Servida la cena, que fue espléndida, los convidados empezaron a
marcharse contentos y satisfechos, como gentes que habían cumplido su
misión. El ruido que causaban los que iban saliendo, despidiéndose con
regocijadas risas, y el húmedo relente con sus fríos vapores, hicieron a
Lázaro volver en sí del largo desmayo al tiempo que los últimos grupos
esperaban, en el espacioso vestíbulo y en los primeros términos del
jardín, la llegada de sus carruajes.
Los hombres, fuertemente arropados con gabanes rusos o entre los
embozos de las capas, fumaban puestos en filas, viendo a las damas que
bajaban las escaleras de mármol, cuchicheando o cubriéndose los desnudos
hombros con costosos chales o vistosos abrigos. Unas se tapaban el
escote aún sudoroso con el cachemir de cien colores; otras se envolvían
entre las pieles del _skunc_, el zorro azul y la marta zibelina; esta
contestando a un saludo, aquella buscando una mirada entre los apiñados
rostros, todas parecían en aquel momento hermosas y felices, aunque
muchas lo pareciesen sin serlo; todas llevaban algo que decir o habían
dado algo que envidiar.
Algunos hombres se marchaban a pié lentamente, divididos en grupos o en
parejas, escuchando a lo lejos durante largo rato el ruido del rodar de
los coches en las desiertas calles, cuando ya empezaba a despuntar el
día y los serenos corrían soñolientos, de farol a farol, apagando los
mecheros de gas.
El cura, oculto entre las sombras del jardín, los vio irse, esperando
para salir de su escondite que se hubiesen todos alejado, cuando notó
que no lejos de sí, entre las ramas de unos arbustos y cerca de una
reja, había un hombre, que indudablemente se quedaba rezagado adrede, y
que, moviéndose de pronto cuidadosamente, se escurrió con cautela a lo
largo de la casa, hasta penetrar en ella por una puerta de servicio, que
por razón del baile aún estaba abierta aquella noche. Lázaro entonces
intentó gritar; pero el asombro le ahogó la voz en la garganta, porque
al volverse para entrar conoció al que de tan sospechosa manera
penetraba en el palacio de los duques, y aquel hombre era Félix Aldea,
el mismo que pocos momentos antes había hecho brotar de los labios de
Josefina una sonrisa de felicidad.
Subió rápidamente la escalera, y el cura se lanzó en su seguimiento;
pero aquél llevaba mucha delantera. Al llegar al piso principal, Aldea,
espiado siempre por Lázaro, cruzó los pasillos desiertos, y atravesando
la galería que separaba las habitaciones del duque de las de su esposa y
su hija, penetró en una sala, ala cual afluían dos grandes corredores,
uno que conducía al cuarto de la duquesa, y otro que llevaba al de
Josefina. La puerta de aquella habitación estaba cerrada; pero apenas
Aldea se detuvo ante ella, golpeándola suavemente con los nudillos, una
de sus hojas se abrió calladamente hacia fuera, mostrando un brazo de
mujer ceñido por una manga de seda roja. Aldea entró, y el brazo atrajo
a sí la puerta, que volvió a quedar instantáneamente cerrada, mientras
Lázaro, pálido y tembloroso, como clavados los pies en el suelo,
escuchaba alejarse, sin saber en qué sentido, los pasos de dos
personas, que andaban de puntillas para no producir ruido sobre los
mármoles del piso.
¿Qué hacer en tan horrible situación? ¿A quién pedir auxilio? ¿A quién
llamar? Un desaliento que tenía mucho de impotencia y algo de despecho
le arrancó de allí, y temeroso de ser visto, huyó de aquella puerta,
tras la cual quedaba rota para siempre la más hermosa de sus ilusiones.
Además, juntamente con el imperioso mandato que la conciencia le
imponía, sintió latir en su alma vacilaciones, engendradas por la
sorpresa, sospechas pérfidas, pero lógicamente sugeridas por los celos.
La que supuso un ángel era mujer, y nada más; no merecía que el corazón
de un hombre la ensalzara, ni que él la adorase, aunque su indulgencia
de sacerdote tratara de redimirla o disculparla. En su caída había
llegado hasta la culpa por el camino de la premeditación; procuró que
su amante volviera a pisar la casa de sus padres, y trémula de amor,
agitada por el deseo, le debió esperar para recibirle en sus brazos.
Divagando de esta suerte, admitiendo como buenos los torpes antojos del
despecho, la piedad iba quedando en el alma de Lázaro completamente
borrada por la incontrastable fuerza de los celos, hasta el punto de que
el miedo de hacer público el suceso, el temor al escándalo, y aun la
idea horrible de ver la hija deshonrada a los ojos de su propia madre,
llegaron a ser en aquel hombre rémoras creadas por la malicia para
eludir el cumplimiento del deber.
* * * * *
Al día siguiente del baile, ya muy entrada la mañana, se notaba en el
palacio de los duques la falta de movimiento propia de toda casa donde
el mucho trasnochar de los amos autoriza que madruguen poco los
criados. Algunos de ellos, reunidos en la caseta del portero, formaban
corro restregándose todavía los ojos, haciendo comentarios de la fiesta,
charlando y maldiciendo. Otros arreglaban los salones reparando el
desorden que habían producido los convidados. El cocinero, seguido de un
pinche que llevaba al hombro un esportón, atravesaba el jardín para
tomar el camino de la plaza. El mozo de cuadra, calzados los zuecos y
entonando una canción de su tierra, frotaba los arreos en la puerta de
la cochera; y en una habitación de la planta baja, junto a una ventana,
la doncella de la duquesa limpiaba cuidadosamente los vestidos con que
su señora se había engalanado la víspera, mientras otras compañeras
admiraban las ricas telas y los finísimos encajes que, desordenadamente
puestos sobre el respaldo de un sofá, podían fácilmente ser vistos desde
fuera.
Lázaro, como de costumbre, había bajado al jardín, y con su libro entre
las manos, paseo arriba, paseo abajo, recorría lentamente el trecho
comprendido entre la estufa de cristales y la verja de entrada, pasando
repetidas veces ante las rejas del salón de baile. Frente a una de ellas
acertó apararse distraídamente, y a través de los gruesos barrotes vio
desamparado y desierto aquel mismo lugar donde pocas horas antes era
todo animación y bullicio. Los sillones de oro y sedas estaban
removidos, como recordando aún los corrillos de que fueron asiento; los
cristales, velados por el polvo de una noche de continuo movimiento;
olvidado sobre una butaca un abanico; las bujías de los candelabros,
apuradas hasta gotear sobre el terciopelo y el mármol que cubría las
consolas, habían hecho saltar con su llama espirante alguna de las
arandelas de cristal. Las puertas que ponían en comunicación unos
salones con otros estaban abiertas, dejando ver, fingida por los
espejos, la perspectiva de una galería profunda, encerrada en marcos
dorados, formada con imágenes de telas o tapices que, multiplicándose,
se reproducían hasta confundir la vista con su último término vacilante
y confuso. Los rayos de sol penetraban por entre las junturas de los
cortinajes, liquidando en resbaladizas gotas el vaho que empañaba los
vidrios, y posándose luego en rasgos o girones de luz sobre los rasos de
colores. En el suelo, confundida con las de la alfombra, había quedado
alguna que otra flor pisoteada y marchita.
--«Así son ellas,»--pensó Lázaro al verlas; y volviendo al libro los
ojos, prosiguió su paseo hasta llegar a la ventana donde estaba la
doncella, que para distraer su trabajo tarareaba a media voz una polka
de moda. Oyola el cura, y, al mirarla, su vista se detuvo en la prenda
que la muchacha tenía entre las manos: una bata de riquísimo raso de un
rojo muy brillante, el mismo rojo que Lázaro había visto en el brazo que
la noche pasada cerró la puerta donde Aldea era esperado. Su sorpresa
fue inmensa. Su pensamiento se resistió a creer lo que los ojos le
decían. Aquella chica era la doncella de Margarita de Algalia, y como
Josefina tenía su servidumbre aparte, lo lógico era que aquella ropa
fuese también de la duquesa. Dudó un momento, y atreviéndose por fin,
quiso ver resuelta su sospecha.
--¿De quién son esos trajes?--preguntó a la doncella.
--¿De quién han de ser,--repuso la muchacha,--sino de la duquesa?
Ésta,--dijo señalando un magnífico vestido y un soberbio abrigo,--es la
ropa que la señora llevó ayer al paseo; y esta bata de raso
rojo,--añadió,--es la que se ha puesto de madrugada después del baile.
Por cierto que se empeñó en quedarse leyendo, sin querer acostarse ni
que yo la desnudara. Debe haber velado hasta muy entrado el día, porque
está, de ojerosa y descompuesta, que da grima mirarla.
Calló la criada, y siguió el hombre su paseo. Ya no cabía duda. Josefina
era, no sólo inocente, sino víctima de una infamia. La culpable era
Margarita de Algalia, y el que pasaba por novio de la hija era su
amante. ¡Maldad inicua! La madre quería comprar el secreto de su delito
a costa del reposo de la pobre niña. Por eso Josefina no podía
explicarse la actitud de Félix Aldea, aquel empeño en mostrarse
enamorado junto al recelo para confesarla su amor.
Lázaro apreció rápidamente la situación: Josefina era buena, y el
galanteo de que Félix la hacía objeto servía para alejar sospechas. La
inocencia era tercera sin saberlo, y su pureza cubría aquel amor
culpable, de igual suerte que el inmaculado manto de nieve puede
ocultar el sucio estercolero.
Una sensación, por mitad indignación y repugnancia, estremeció el alma
del cura, y como el mal no engendra sino males, sus labios murmuraron
involuntariamente esta blasfemia:
--«¡Oh, madre; tú también puedes llegar a ser ídolo falso!»
Le pareció imposible llevar más lejos la degradación y la maldad.
Pocas horas antes, el dolor había estrujado su corazón, considerando
perdida la mujer amada, tanto más, cuanto más imposible. Ahora sus ojos
tropezaban con el delito más cobarde y monstruoso de la tierra.
Eran ya cerca de las doce. El ardoroso sol de los últimos días
primaverales inundaba todo el jardín, engendrando sombras enérgicamente
proyectadas que dibujaban en la arena formas extrañas. El movimiento y
los ruidos iban devolviendo animación a la casa. Las persianas cerradas
se abrían tras cortos intervalos, indicando el despertar de los señores,
y los criados fingían acelerar la faena de borrar el desorden causado
por la fiesta. Sólo en la habitación de Josefina reinaban todavía la
quietud y el silencio. El cuarto estaba casi a oscuras; por las rendijas
de la madera penetraban dos o tres rayos de sol, agitando millares de
átomos inquietos que bullían como polvo de luz; las galas estaban
esparcidas sobre un sofá de raso, y el corsé de seda azul con trencillas
blancas, caído al pié de una butaca. La heredera de los Algalias
dormitaba en su cama de batistas y encajes como una maga recostada sobre
una nube. Tenía desnudo, fuera de las ropas, un brazo, ceñida aún la
muñeca por la pulsera lisa de oro mate, y en el otro, puesto sobre la
almohada, apoyaba la cabeza, embelesada por ensueños formados con
reminiscencias de la víspera. Las sábanas habían quedado por un
movimiento tirantes y presas bajo el peso del cuerpo, modelando a trozos
la forma que cubrían; el embozo caído dejaba al descubierto algo más que
el nacimiento del pecho. Nada turbaba la tranquilidad de aquel reposo
reflejado en una respiración fácil e igual. La sangre, como savia
enérgica, regaba los tejidos, tiñendo la epidermis de tonos que variaban
delicadamente desde el azul de las ramificaciones venosas hasta el
carmín brillante de los labios húmedos; y una mata de pelo, escapada de
la redecilla, hacía resaltar la blancura del cuello. Dormía descuidada,
tranquila, segura de sí misma, y tan ajena de la pasión del cura como de
la perfidia de su madre. La salud y la pureza parecían haberse hermanado
para formar aquella figura hermosa, impregnada de gracia natural y
espontánea. Semejaba la bacante virgen de los bosques antiguos traída
de pronto por ensalmo al centro de la vida moderna. Reposaban a la par
el cuerpo exento de males y la conciencia libre de impurezas.
De fijo hacía mucho tiempo que su madre no dormía así.