IX.

Josefina entró en el cuarto de la duquesa resuelta a descubrir

francamente la inclinación que hacia Félix sentía, pidiendo a su madre

ayuda para que pudiese aquel hombre ir decorosamente a la casa; pero

frente a Margarita la energía y la resolución dieron en tierra; rompió a

llorar, y balbuceó entre temores lo que se había propuesto decir claro.

La duquesa, besándola cariñosamente, secó sus lágrimas, escuchó la

confesión de aquel amor naciente, y despidiéndola ruego con ternura, la

llevó hasta la puerta de su gabinete, procurando que aquella entrevista

fuese lo más breve posible.

Al quedarse sola, la duquesa lloró también, pero no con aquel llanto

apacible y puro de la niña, sino amarga, desconsoladamente, con lágrimas

tardías en brotar y abrasadoras al deslizarse por el rostro.

Decidida a hablar con su esposo, mandó preguntar si estaba en casa; y

cuando la contestaron que el señor no había salido, se encaminó al

despacho, donde encontró al duque hojeando el reglamento del Senado.

Hízole suspender la lectura, y abordando de frente la cuestión, le dijo

que por su propio interés, por no pecar de ingrato y en gracia de

Josefina, era necesario que Félix Aldea volviese como antes a frecuentar

la casa. Examinose entre ambos cónyuges la cuestión, y el duque, que ya

se iba encariñando con todo lo que tuviera sabor de discusión,

aprovechó la oportunidad, hablando largamente de su decoro y prestigio,

de que no quedase lastimada su dignidad, y de otra porción de cosas que

hubieran hecho murmurar a cualquiera: _palabras, palabras, palabras_.

Por fin, Margarita, con ese tacto que sólo las mujeres tienen, resolvió

las dificultades proponiendo que se diera un baile para celebrar lo de

la senaduría, enviándose a Félix, como de costumbre, su correspondiente

invitación; lo cual, después de lo ocurrido, venía a ser como una

satisfacción, que sin desdoro del ofensor podía desagraviar al ofendido.

Aceptada la idea, Margarita dejó al duque continuar su examen del

reglamento de la alta Cámara, y vuelta a su cuarto, después de haber

cerrado cuidadosamente las puertas para evitar verse de pronto

sorprendida, se dejó caer en un sillón, apoyó en uno de sus anchos

brazos los codos, y ocultándose el rostro con las manos, dejando

rebosar el llanto por entre sus sonrosados dedos, fruncido el ceño y

enrojecidos los párpados, se quedó pensativa, sin que nadie al verla

hubiera podido averiguar si aquella dama era una madre que se imponía un

sacrificio, o una mujer a quien los celos hostigaban.

* * * * *

Se fijó el día de la fiesta, y empezaron los preparativos. Los tapiceros

y adornistas tomaron posesión de los aposentos en que había de

verificarse; se construyó una galería de follaje, que ponía en

comunicación el salón principal de la planta baja con el espacioso

invernadero de cristales que en el jardín se alzaba; cubriéronse las

columnas de hierro con entrelazadas hojarascas; se colgaron de la bóveda

de cristales los aparatos para gas; se pusieron en los ángulos las

mejores esculturas que había en la casa, haciendo que los mármoles

blancos destacaran sobre fondos de oscuro follaje; se prepararon

farolillos para las enramadas del parque; diose orden en las cocinas

para que la cena fuera opípara; se apuraron todos los caprichos que

puede el oro satisfacer al buen gusto, y una legión de artesanos invadió

el palacio durante muchos días, disponiendo las cosas de suerte que

cuando dos horas antes del baile los duques inspeccionaron todos los

preparativos, el nuevo senador, arrellanándose en un sillón con la

dignidad propia de su investidura, y mirando a su mujer con vanidosa

satisfacción, exclamó:--«Estará bien.»

Y así fue. Desde las once de la noche una larga fila de coches iba poco

a poco dejando en el vestíbulo del palacio centenares de convidados; las

damas, envueltas en riquísimos abrigos, bajaban de sus berlinas y sus

_clárens_, dejando ver pies coquetamente calzados que se apoyaban un

momento en el estribo, mientras con la mano, enguantada hasta el codo,

recogían la larga cola ornada de valiosos encajes; los lacayos recibían

órdenes de volver a la madrugada; los mirones y curiosos, estacionados

en la acera opuesta, contemplaban aquellas grandezas haciendo

comentarios, sugeridos por la hermosura de las mujeres o la envidia de

las riquezas; los salones se iban llenando, y el calor que la

aglomeración y las luces engendraban iba animando y coloreando los

rostros. Aquí se oían alabanzas a los dueños de la casa, dichas en voz

alta; allá se agrupaban otros a murmurar censuras; unos buscaban a sus

conocidos; saludaban todos a los duques; los más serios o curiosos

examinaban en los salones inmediatos las obras de arte coleccionadas con

exquisito gusto, o los libros de lujo, puestos sobre las mesas de

riquísimas incrustaciones; y los jóvenes, juntos con los viejos

alegritos, parados en las puertas, pasaban revista a las que entraban,

cambiando apretones de manos, diciendo lisonjas o recibiendo miradas que

parecían señas.

A poco más de media noche el salón ofrecía tal aspecto de lujo y

riqueza; la alegría reinaba, al parecer, con tanto imperio sobre las

almas de toda aquella gente; tanto goce se reflejaba en sus caras, que

no parecía sino que en aquella regocijada turba nadie había que

conociera la pesadumbre ni el dolor.

Ellas, ceñidas por estrechos trajes que oprimen hasta modelar las

formas, con sus largas faldas prendidas de flores y de blondas, con sus

diademas de pedrería en la frente, la belleza impresa en el semblante y

la alegría en las miradas, recibían el homenaje de rebuscadas frases, no

siempre franco, con que sus adoradores trataban de rendirlas. Ellos,

vestido el severo y antipático frac, pugnaban por llegar hasta alguna de

las que más efecto causaban, para hacer en el corro gala de su ingenio,

mirando casi con descaro a las casadas, requebrando con prevención a las

viudas, y tratando de inquirir el dote de las solteras. Hacia los

extremos del salón veíanse algunas parejas, más ocupadas de sí mismas

que del prójimo, en que ella parecía resignarse a conceder lo que

deseaba otorgar, mientras él se obstinaba en pedir lo que luego había de

cansarle. En un círculo se discurría de política; se comentaba en voz

baja el escándalo de la semana, pronunciando al oído y en secreto los

nombres de los protagonistas. Algún caballero se acercaba con disimulo a

las habitaciones contiguas, espiando el momento de tender la mano sobre

los riquísimos vegueros esparcidos en bandejas de plata. La música

dominaba a intervalos el rumor de las conversaciones; la atmósfera se

iba cargando hasta hacerse enojosa; la temperatura aumentaba por

momentos; el abrasado ambiente de la sala parecía luchar con el fresco

que penetraba del jardín por los anchos balcones en suaves ráfagas, y

entre aquel mar de luz o torbellino de colores, se percibía el olor

extraño que formaban los aromas de las flores, los perfumes de tocador y

el calor de los sudorosos cuerpos.

La duquesa, rodeada de sus más íntimas rivales, recibía de cuantos se la

acercaban elogios tributados a su buen gusto, casi todos cortados por un

mismo patrón, muy pocos ingeniosos o bien dichos. Su traje era objeto de

hablillas entre las damas, de admiración entre los hombres. El vestido

de raso blanco, entre cuyos esculturales pliegues se quebraba la luz

como en un mármol flexible, había llegado de París aquella mañana, y las

dos perlas negras que llevaba en las orejas valían una fortuna. Al lado

de su madre, Josefina parecía el nuevo brote de una flor hermosísima:

la madre era como esas rosas que han agotado ya la pompa de sus galas

desplegando todos sus pétalos a las caricias de la luz; ella, como esos

capullos entreabiertos que comienzan a esparcir en torno suyo olor suave

y débil. Su traje era blanco también, pero en el tocado y los prendidos,

las flores sustituían alas joyas.

La excitación que la agitaba la hacía más hermosa. Inquieta y

disgustada, miraba sin cesar a todas partes, preguntándose:--¿No vendrá?

Contestaba lo más brevemente que podía desdeñosa y displicente, y de

cuando en cuando miraba con cariño a su madre, que por vez primera

parecía esquivar las miradas de su hija.

Por fin, la enamorada niña vio entrar a Félix, que, saludando al paso a

diversas gentes, llegó hasta la duquesa, cambiaron ambos algunas frases

de simple cortesía, llegose luego a Josefina, y un momento después se

les vio confundidos entre los grupos de alocadas parejas que parecían

moverse impelidas por las notas de un vals de Strauss.

Lázaro estaba recogido y leyendo cuando llegó hasta sus oídos el alegre

bullicio de la fiesta. Cerró entonces el libro, abrió el balcón, y el

airecillo fresco de la noche le trajo claras y distintas las apasionadas

frases de la música, como si el mundo, con aquella voz de sirena,

quisiera arrancarle de la soledad. Bajó al jardín, se acercó a una reja,

y oculto entre unos arbustos cuyas ramas se entrelazaban trepando por

los gruesos barrotes de hierro, tendió la vista hacia el salón. Su

mirada lo abarcó todo. Pasado un instante, la sorpresa se convirtió en

asombro; sus ojos, deslumbrados por la claridad, fueron descubriendo los

grupos, aislando las figuras, fijándose en los rostros, viendo surgir de

entre un confuso mar de luces y colores las formas y el aspecto de las

cosas. Los corrillos tan pronto formados como disueltos; la extraña

amalgama que producían en el cuadro los trajes negros de los hombres

destacándose sobre los vestidos claros de las mujeres; el continuo pasar

de sombras que se cruzaban ante la reja, cortándole la vista; la

variedad infinita de actitudes; el estado de los ánimos reflejado en las

caras, atestiguando en uno de la indiferencia, en otro de los celos,

mostrando acá la frialdad del apático, allá la impaciencia del nervioso,

todo aquel conjunto de riquezas para él desconocidas, de lujos

ignorados, le produjeron una impresión extraña, fuerte porque era nueva,

y poderosa porque era continuada. La vista de aquel incesante

movimiento, la luz arrancando destellos en pedrerías y collares, las

damas, unas de semblante fresco como flores de campo, ajadas otras por

los afeites o los años, engalanadas con sedas de todos los matices,

desnudas las espaldas y los pechos a propio intento revelados en lo poco

que el raso les cubría, el aire bochornoso y viciado que por la reja se

escapaba, acabaron de marear al cura, sin que por eso dejara de mirar

con ansia, creyendo a cada instante descubrir novedades que hiriesen su

imaginación y calmasen sus agitados nervios. Hubo un momento en que la

música apagó todos los otros ruidos; el ritmo sonoro y melódico de sus

notas parecía arrastrarse como aurora de primavera en plantío de rosas;

los giros lánguidos de acordes amortiguados y dulcísimos se trocaban de

pronto en explosión de sonidos alegremente locos, y las armonías se

esparcían como suspiros que volaban a refugiarse entre los pliegues de

las amplias colgaduras, produciendo combinaciones raras, que se perdían,

unas envueltas entre los giros de otras, como crujir de sedas y

estallar de besos comprimidos. Las parejas iban deslizándose rápidamente

ante la reja en confuso desorden, desapareciendo y tornando a pasar cual

figuras de una linterna mágica, hasta que, callando de repente la

orquesta y suspendiéndose aquel vertiginoso movimiento, Lázaro vio

acercarse, impelidos todavía por la última vuelta del vals, una mujer y

un hombre: Félix y Josefina. Él la ceñía el talle atrayéndola hasta

sentir confundidas las respiraciones, mientras ella se abandonaba por

completo, dejándose llevar. Llegaron hasta donde estaba el cura, y ya

parados, la niña, moviendo el abanico de nácares y encajes ante su

agitado pecho, se apoyó en el brazo de Aldea, mientras él murmuraba a su

oído una frase, pagada con la sonrisa más hechicera del mundo. Lázaro,

asido fuertemente a la reja, los miró sin cuidarse de ser visto, sin

pensar que no tenían ojos más que para contemplarse uno a otro. Fuera

de sí, agitado por un sentimiento desconocido para él, creyó apurar toda

la hiel del sufrimiento humano; y como si su sangre hirviese y

fermentara agolpándose a ofuscar aquel pobre cerebro, la idea del odio

se irguió en él terrible y poderosa. No hubo entonces crimen ni infamia

que no se creyera capaz de cometer; y midiendo con la rapidez del

pensamiento su inocencia, mayor aun que su desdicha, se preguntó, en un

arranque impío, si era divina la justicia que toleraba aquel tormento.

Bajo la sotana del cura latieron por vez primera en el corazón del

hombre los impulsos del mal. El ministro de Dios sufrió como las

criaturas de barro, y su alma de pureza inmaculada, su mansedumbre, su

bondad evangélica, fueron un punto derrocadas por la ira, el

aborrecimiento y la venganza. La que entonces le pareció más que nunca

creada por el Señor con hueso de su hueso y carne de su carne, la

prometida por el deseo y la Naturaleza para ser satisfacción de sus

amores, la mujer que era emblema de su ideal y su felicidad, estaba en

brazos de otro. Aquellos hierros que les separaban y que él inútilmente

sacudía con impotente fuerza, eran sus propios votos, y aquel instante

supremo de su vida, la ratificación solemne de la infame ley que le

decía: «No te amarán.»

Sintiéndose morir, dejó caer con desaliento los brazos, y todo su rencor

se disolvió en dos lágrimas que rodaron lentamente por su abrasado

rostro. Hay almas que rechazan instintivamente el mal. El odio pasó sin

detenerse sobre el espíritu de Lázaro, como la gota de agua que resbala

por el hierro candente. Las fuerzas le faltaron, y mientras los alegres

ruidos de la fiesta, convertidos en voces misteriosas por la fantasía,

le llamaban queriendo embriagarle con efluvios de desconocidos

placeres, dio en tierra rendido y sin aliento.

El baile estaba en sus momentos de mayor brillantez, y la animación,

engendrada por la muchedumbre, se traducía en un continuo murmullo, que

sólo a desiguales intervalos podían dominar desde la orquesta los

instrumentos de metal. El salón parecía un foco de claridad intensa. Las

temblorosas llamas del gas se reproducían hasta lo infinito en las

grandes lunas venecianas, que, multiplicando las imágenes, creaban una

confusión extraña, y empezaba a reinar ese desorden propio de todo sitio

donde se divierten muchos a la vez. Allí dentro todo eran goces y

alegrías; fuera no había sino silencio y sombra; un hombre en tierra,

como soldado herido que se desangra en el campo de batalla, y un cielo

de azul profundo, casi negro, estrellado, que desde su inconmensurable

altura miraba con millares de ojos, tan indiferente a los placeres de

unos como a la desdicha de otros.

Los vientecillos precursores del día empezaron a retozar entre los

troncos con las hojas agitando blandamente las ramas, y algún pájaro,

desvelado por los inusitados ruidos, batía las alas piando alegremente,

y confundiendo desde su oculto nido las luminarias del festejo con los

resplandores de la aurora.

Lázaro: casi novela · 第 19 / 27 题