Josefina entró en el cuarto de la duquesa resuelta a descubrir
francamente la inclinación que hacia Félix sentía, pidiendo a su madre
ayuda para que pudiese aquel hombre ir decorosamente a la casa; pero
frente a Margarita la energía y la resolución dieron en tierra; rompió a
llorar, y balbuceó entre temores lo que se había propuesto decir claro.
La duquesa, besándola cariñosamente, secó sus lágrimas, escuchó la
confesión de aquel amor naciente, y despidiéndola ruego con ternura, la
llevó hasta la puerta de su gabinete, procurando que aquella entrevista
fuese lo más breve posible.
Al quedarse sola, la duquesa lloró también, pero no con aquel llanto
apacible y puro de la niña, sino amarga, desconsoladamente, con lágrimas
tardías en brotar y abrasadoras al deslizarse por el rostro.
Decidida a hablar con su esposo, mandó preguntar si estaba en casa; y
cuando la contestaron que el señor no había salido, se encaminó al
despacho, donde encontró al duque hojeando el reglamento del Senado.
Hízole suspender la lectura, y abordando de frente la cuestión, le dijo
que por su propio interés, por no pecar de ingrato y en gracia de
Josefina, era necesario que Félix Aldea volviese como antes a frecuentar
la casa. Examinose entre ambos cónyuges la cuestión, y el duque, que ya
se iba encariñando con todo lo que tuviera sabor de discusión,
aprovechó la oportunidad, hablando largamente de su decoro y prestigio,
de que no quedase lastimada su dignidad, y de otra porción de cosas que
hubieran hecho murmurar a cualquiera: _palabras, palabras, palabras_.
Por fin, Margarita, con ese tacto que sólo las mujeres tienen, resolvió
las dificultades proponiendo que se diera un baile para celebrar lo de
la senaduría, enviándose a Félix, como de costumbre, su correspondiente
invitación; lo cual, después de lo ocurrido, venía a ser como una
satisfacción, que sin desdoro del ofensor podía desagraviar al ofendido.
Aceptada la idea, Margarita dejó al duque continuar su examen del
reglamento de la alta Cámara, y vuelta a su cuarto, después de haber
cerrado cuidadosamente las puertas para evitar verse de pronto
sorprendida, se dejó caer en un sillón, apoyó en uno de sus anchos
brazos los codos, y ocultándose el rostro con las manos, dejando
rebosar el llanto por entre sus sonrosados dedos, fruncido el ceño y
enrojecidos los párpados, se quedó pensativa, sin que nadie al verla
hubiera podido averiguar si aquella dama era una madre que se imponía un
sacrificio, o una mujer a quien los celos hostigaban.
* * * * *
Se fijó el día de la fiesta, y empezaron los preparativos. Los tapiceros
y adornistas tomaron posesión de los aposentos en que había de
verificarse; se construyó una galería de follaje, que ponía en
comunicación el salón principal de la planta baja con el espacioso
invernadero de cristales que en el jardín se alzaba; cubriéronse las
columnas de hierro con entrelazadas hojarascas; se colgaron de la bóveda
de cristales los aparatos para gas; se pusieron en los ángulos las
mejores esculturas que había en la casa, haciendo que los mármoles
blancos destacaran sobre fondos de oscuro follaje; se prepararon
farolillos para las enramadas del parque; diose orden en las cocinas
para que la cena fuera opípara; se apuraron todos los caprichos que
puede el oro satisfacer al buen gusto, y una legión de artesanos invadió
el palacio durante muchos días, disponiendo las cosas de suerte que
cuando dos horas antes del baile los duques inspeccionaron todos los
preparativos, el nuevo senador, arrellanándose en un sillón con la
dignidad propia de su investidura, y mirando a su mujer con vanidosa
satisfacción, exclamó:--«Estará bien.»
Y así fue. Desde las once de la noche una larga fila de coches iba poco
a poco dejando en el vestíbulo del palacio centenares de convidados; las
damas, envueltas en riquísimos abrigos, bajaban de sus berlinas y sus
_clárens_, dejando ver pies coquetamente calzados que se apoyaban un
momento en el estribo, mientras con la mano, enguantada hasta el codo,
recogían la larga cola ornada de valiosos encajes; los lacayos recibían
órdenes de volver a la madrugada; los mirones y curiosos, estacionados
en la acera opuesta, contemplaban aquellas grandezas haciendo
comentarios, sugeridos por la hermosura de las mujeres o la envidia de
las riquezas; los salones se iban llenando, y el calor que la
aglomeración y las luces engendraban iba animando y coloreando los
rostros. Aquí se oían alabanzas a los dueños de la casa, dichas en voz
alta; allá se agrupaban otros a murmurar censuras; unos buscaban a sus
conocidos; saludaban todos a los duques; los más serios o curiosos
examinaban en los salones inmediatos las obras de arte coleccionadas con
exquisito gusto, o los libros de lujo, puestos sobre las mesas de
riquísimas incrustaciones; y los jóvenes, juntos con los viejos
alegritos, parados en las puertas, pasaban revista a las que entraban,
cambiando apretones de manos, diciendo lisonjas o recibiendo miradas que
parecían señas.
A poco más de media noche el salón ofrecía tal aspecto de lujo y
riqueza; la alegría reinaba, al parecer, con tanto imperio sobre las
almas de toda aquella gente; tanto goce se reflejaba en sus caras, que
no parecía sino que en aquella regocijada turba nadie había que
conociera la pesadumbre ni el dolor.
Ellas, ceñidas por estrechos trajes que oprimen hasta modelar las
formas, con sus largas faldas prendidas de flores y de blondas, con sus
diademas de pedrería en la frente, la belleza impresa en el semblante y
la alegría en las miradas, recibían el homenaje de rebuscadas frases, no
siempre franco, con que sus adoradores trataban de rendirlas. Ellos,
vestido el severo y antipático frac, pugnaban por llegar hasta alguna de
las que más efecto causaban, para hacer en el corro gala de su ingenio,
mirando casi con descaro a las casadas, requebrando con prevención a las
viudas, y tratando de inquirir el dote de las solteras. Hacia los
extremos del salón veíanse algunas parejas, más ocupadas de sí mismas
que del prójimo, en que ella parecía resignarse a conceder lo que
deseaba otorgar, mientras él se obstinaba en pedir lo que luego había de
cansarle. En un círculo se discurría de política; se comentaba en voz
baja el escándalo de la semana, pronunciando al oído y en secreto los
nombres de los protagonistas. Algún caballero se acercaba con disimulo a
las habitaciones contiguas, espiando el momento de tender la mano sobre
los riquísimos vegueros esparcidos en bandejas de plata. La música
dominaba a intervalos el rumor de las conversaciones; la atmósfera se
iba cargando hasta hacerse enojosa; la temperatura aumentaba por
momentos; el abrasado ambiente de la sala parecía luchar con el fresco
que penetraba del jardín por los anchos balcones en suaves ráfagas, y
entre aquel mar de luz o torbellino de colores, se percibía el olor
extraño que formaban los aromas de las flores, los perfumes de tocador y
el calor de los sudorosos cuerpos.
La duquesa, rodeada de sus más íntimas rivales, recibía de cuantos se la
acercaban elogios tributados a su buen gusto, casi todos cortados por un
mismo patrón, muy pocos ingeniosos o bien dichos. Su traje era objeto de
hablillas entre las damas, de admiración entre los hombres. El vestido
de raso blanco, entre cuyos esculturales pliegues se quebraba la luz
como en un mármol flexible, había llegado de París aquella mañana, y las
dos perlas negras que llevaba en las orejas valían una fortuna. Al lado
de su madre, Josefina parecía el nuevo brote de una flor hermosísima:
la madre era como esas rosas que han agotado ya la pompa de sus galas
desplegando todos sus pétalos a las caricias de la luz; ella, como esos
capullos entreabiertos que comienzan a esparcir en torno suyo olor suave
y débil. Su traje era blanco también, pero en el tocado y los prendidos,
las flores sustituían alas joyas.
La excitación que la agitaba la hacía más hermosa. Inquieta y
disgustada, miraba sin cesar a todas partes, preguntándose:--¿No vendrá?
Contestaba lo más brevemente que podía desdeñosa y displicente, y de
cuando en cuando miraba con cariño a su madre, que por vez primera
parecía esquivar las miradas de su hija.
Por fin, la enamorada niña vio entrar a Félix, que, saludando al paso a
diversas gentes, llegó hasta la duquesa, cambiaron ambos algunas frases
de simple cortesía, llegose luego a Josefina, y un momento después se
les vio confundidos entre los grupos de alocadas parejas que parecían
moverse impelidas por las notas de un vals de Strauss.
Lázaro estaba recogido y leyendo cuando llegó hasta sus oídos el alegre
bullicio de la fiesta. Cerró entonces el libro, abrió el balcón, y el
airecillo fresco de la noche le trajo claras y distintas las apasionadas
frases de la música, como si el mundo, con aquella voz de sirena,
quisiera arrancarle de la soledad. Bajó al jardín, se acercó a una reja,
y oculto entre unos arbustos cuyas ramas se entrelazaban trepando por
los gruesos barrotes de hierro, tendió la vista hacia el salón. Su
mirada lo abarcó todo. Pasado un instante, la sorpresa se convirtió en
asombro; sus ojos, deslumbrados por la claridad, fueron descubriendo los
grupos, aislando las figuras, fijándose en los rostros, viendo surgir de
entre un confuso mar de luces y colores las formas y el aspecto de las
cosas. Los corrillos tan pronto formados como disueltos; la extraña
amalgama que producían en el cuadro los trajes negros de los hombres
destacándose sobre los vestidos claros de las mujeres; el continuo pasar
de sombras que se cruzaban ante la reja, cortándole la vista; la
variedad infinita de actitudes; el estado de los ánimos reflejado en las
caras, atestiguando en uno de la indiferencia, en otro de los celos,
mostrando acá la frialdad del apático, allá la impaciencia del nervioso,
todo aquel conjunto de riquezas para él desconocidas, de lujos
ignorados, le produjeron una impresión extraña, fuerte porque era nueva,
y poderosa porque era continuada. La vista de aquel incesante
movimiento, la luz arrancando destellos en pedrerías y collares, las
damas, unas de semblante fresco como flores de campo, ajadas otras por
los afeites o los años, engalanadas con sedas de todos los matices,
desnudas las espaldas y los pechos a propio intento revelados en lo poco
que el raso les cubría, el aire bochornoso y viciado que por la reja se
escapaba, acabaron de marear al cura, sin que por eso dejara de mirar
con ansia, creyendo a cada instante descubrir novedades que hiriesen su
imaginación y calmasen sus agitados nervios. Hubo un momento en que la
música apagó todos los otros ruidos; el ritmo sonoro y melódico de sus
notas parecía arrastrarse como aurora de primavera en plantío de rosas;
los giros lánguidos de acordes amortiguados y dulcísimos se trocaban de
pronto en explosión de sonidos alegremente locos, y las armonías se
esparcían como suspiros que volaban a refugiarse entre los pliegues de
las amplias colgaduras, produciendo combinaciones raras, que se perdían,
unas envueltas entre los giros de otras, como crujir de sedas y
estallar de besos comprimidos. Las parejas iban deslizándose rápidamente
ante la reja en confuso desorden, desapareciendo y tornando a pasar cual
figuras de una linterna mágica, hasta que, callando de repente la
orquesta y suspendiéndose aquel vertiginoso movimiento, Lázaro vio
acercarse, impelidos todavía por la última vuelta del vals, una mujer y
un hombre: Félix y Josefina. Él la ceñía el talle atrayéndola hasta
sentir confundidas las respiraciones, mientras ella se abandonaba por
completo, dejándose llevar. Llegaron hasta donde estaba el cura, y ya
parados, la niña, moviendo el abanico de nácares y encajes ante su
agitado pecho, se apoyó en el brazo de Aldea, mientras él murmuraba a su
oído una frase, pagada con la sonrisa más hechicera del mundo. Lázaro,
asido fuertemente a la reja, los miró sin cuidarse de ser visto, sin
pensar que no tenían ojos más que para contemplarse uno a otro. Fuera
de sí, agitado por un sentimiento desconocido para él, creyó apurar toda
la hiel del sufrimiento humano; y como si su sangre hirviese y
fermentara agolpándose a ofuscar aquel pobre cerebro, la idea del odio
se irguió en él terrible y poderosa. No hubo entonces crimen ni infamia
que no se creyera capaz de cometer; y midiendo con la rapidez del
pensamiento su inocencia, mayor aun que su desdicha, se preguntó, en un
arranque impío, si era divina la justicia que toleraba aquel tormento.
Bajo la sotana del cura latieron por vez primera en el corazón del
hombre los impulsos del mal. El ministro de Dios sufrió como las
criaturas de barro, y su alma de pureza inmaculada, su mansedumbre, su
bondad evangélica, fueron un punto derrocadas por la ira, el
aborrecimiento y la venganza. La que entonces le pareció más que nunca
creada por el Señor con hueso de su hueso y carne de su carne, la
prometida por el deseo y la Naturaleza para ser satisfacción de sus
amores, la mujer que era emblema de su ideal y su felicidad, estaba en
brazos de otro. Aquellos hierros que les separaban y que él inútilmente
sacudía con impotente fuerza, eran sus propios votos, y aquel instante
supremo de su vida, la ratificación solemne de la infame ley que le
decía: «No te amarán.»
Sintiéndose morir, dejó caer con desaliento los brazos, y todo su rencor
se disolvió en dos lágrimas que rodaron lentamente por su abrasado
rostro. Hay almas que rechazan instintivamente el mal. El odio pasó sin
detenerse sobre el espíritu de Lázaro, como la gota de agua que resbala
por el hierro candente. Las fuerzas le faltaron, y mientras los alegres
ruidos de la fiesta, convertidos en voces misteriosas por la fantasía,
le llamaban queriendo embriagarle con efluvios de desconocidos
placeres, dio en tierra rendido y sin aliento.
El baile estaba en sus momentos de mayor brillantez, y la animación,
engendrada por la muchedumbre, se traducía en un continuo murmullo, que
sólo a desiguales intervalos podían dominar desde la orquesta los
instrumentos de metal. El salón parecía un foco de claridad intensa. Las
temblorosas llamas del gas se reproducían hasta lo infinito en las
grandes lunas venecianas, que, multiplicando las imágenes, creaban una
confusión extraña, y empezaba a reinar ese desorden propio de todo sitio
donde se divierten muchos a la vez. Allí dentro todo eran goces y
alegrías; fuera no había sino silencio y sombra; un hombre en tierra,
como soldado herido que se desangra en el campo de batalla, y un cielo
de azul profundo, casi negro, estrellado, que desde su inconmensurable
altura miraba con millares de ojos, tan indiferente a los placeres de
unos como a la desdicha de otros.
Los vientecillos precursores del día empezaron a retozar entre los
troncos con las hojas agitando blandamente las ramas, y algún pájaro,
desvelado por los inusitados ruidos, batía las alas piando alegremente,
y confundiendo desde su oculto nido las luminarias del festejo con los
resplandores de la aurora.