VIII.

Lázaro no durmió aquella noche. La conmoción recibida era demasiado

fuerte. Por vez primera se daba cuenta del género de afecto que le

inspiraba Josefina, y vivo todavía el dolor de verla desear la vuelta de

Félix a la casa, sintiendo la pena de recordarla implorando su ayuda,

comprendía la grandeza de su mal y lo imposible del remedio. Pero no se

sorprendió al confesarse el secreto de aquella inclinación; sus

impresiones anteriores le habían llevado de la mano hasta aquel punto,

y las que le pasaron antes casi inadvertidas, le aparecían explicadas

ahora. Sus recuerdos le iban diciendo que los materiales del fuego, al

parecer prendido entonces, ardían desde mucho tiempo atrás, y su memoria

le revelaba cosas que, regocijándole como hombre, le espantaban como

sacerdote. Las reminiscencias le venían, no evocadas por el deseo, sino

involuntariamente. Recordaba que un día, estando sentada ella (¡ya

subrayaba el pronombre!) en el invernadero con su bordado entre las

manos y los ojos fijos en la labor, él, antes de llegarse a hablarla, la

contempló a hurtadillas largo rato, deleitándose como un devoto en la

imagen que tiene reputación de milagrosa. Otra vez, al querer alcanzar

al mismo tiempo un ovillo de estambre que había rodado por la arena del

jardín, el pelo de ella, rozándole la cara, le había estremecido, cual

si su alma vibrara dentro de su cuerpo. Con frecuencia, sin dar al

olvido sus encantos morales, se había parado a grabar en el fondo de su

imaginación aquellas líneas que dibujaban un cuerpo formado de bellezas.

Lázaro conocía hasta dónde llegaban el sutil ingenio de la niña y su

candidez exenta de mojigatería; no se le ocultaba ninguna excelencia de

condición y carácter; pero aquella noche se dijo que desde meses atrás

hubiera podido dar detalles sobre la esbeltez del cuerpo, la pequeñez

del pié, la roja frescura de la boca, o el delicioso mirar de las

pupilas de Josefina. El capellán descubrió primero en ella una ser

humano que parecía un ángel, y el hombre acabó por enamorarse de una

mujer angelical, pero mujer al fin. Esto había sucedido natural,

sencillamente, sin provocación de una parte o cálculo de otra, sobre

todo sin intención en Lázaro, que se encontraba preso en una red, no

porque se la preparasen, ni porque él, hallándola tendida, entrase en

ella, sino porque los lazos estaban preparados en torno suyo por la

fuerza y la naturaleza de las cosas. Tan inocente era Josefina, como

irresponsable era él. Su único delito era llegar a comprender la

monstruosidad de su desgracia, sin que antes lo que en él existía de

sagrado le hubiese dado la voz de alarma. El hombre de la tierra y el

del cielo caminaban juntos, y cuando el primero empezó insensiblemente a

desviarse de la buena senda, el hombre de Dios no le avisó del peligro

ni le previno del mal, y Lázaro, obligado a llamar a las cosas por su

nombre, vio el peligro en Josefina y el mal en el amor.--! La dulzura y

la bondad un peligro; el amor un mal! ¿Por qué?

Antes de que el pobre clérigo llegase a persuadirse de la certeza de su

amor, empleaba en la lectura y el estudio la mayor parte de los días y

muchas horas de la noche. Las ideas que de sus observaciones brotaban

chocaron claramente con los preceptos que se le imponían; su buena fe le

impulsaba a buscar, cada vez con más ahínco, una opinión, un juicio, que

diera solución a sus dudas, algo fuerte en que apoyarse para vivir y

creer al mismo tiempo; pero ningún filósofo, ni ningún escrito sagrado

le podían dar lo que su propia conciencia se obstinaba en negarle.

Lázaro llegó a ser uno de los seres más desdichados de la tierra: el

cura que adquiere la costumbre de pensar.

Lenta, muy lentamente, pero de un modo seguro y cierto, fue

convenciéndose de que le habían educado dándole por verdades infalibles

afirmaciones que no podía comprender; y, sin embargo, no cedía. La

santidad de la misión impuesta le servía de refugio, o buscaba en las

prácticas religiosas una ocupación piadosa, durante la cual se

imaginaba sentir vagamente que su espíritu se elevaba en arrobos

místicos hasta los prometidos cielos, como espiral de incienso que sube

a perderse en el espacio.

Otras veces las limosnas que hacía la duquesa ocupaban su imaginación,

hasta el punto de amortiguar todos sus pensamientos. Margarita quiso

solemnizar la senaduría concedida a su esposo dando a los pobres una

gruesa suma, y Lázaro fue el encargado de distribuirla. Cumplió el

mandato escrupulosamente, consagrándose a él de modo que durante algunos

días vivió embargado por su hermosa tarea; no salió de sus manos una

sola moneda sin que supiera que realmente la necesitaba quien la

recibía; se gozó en remediar las pesadumbres, y lo hizo con tal dulzura,

desplegando tanta bondad, prodigando con tan divino arte los consuelos,

que duplicó el socorro, añadiendo al oro de la duquesa esa otra limosna

que sólo se da con el espíritu; quien la recibía de sus manos, quedaba

obligado sin humillación y agradecido sin bajeza. El oro, al pasar por

ellas, parecía purificarse sin dejarlas manchadas.

Cumplida su misión de caridad, Lázaro se encerró de nuevo en sus

soledades, y entonces las dudas, muertas al parecer aquellos días,

tornaron a mostrarle las insaciables fauces, semejantes a esos reptiles

asquerosos que después de aplastados vuelven a revivir y arrastrarse.

Habitaba el capellán en casa de los Algalias un cuarto, casi una celda,

de humilde aspecto, que los señores quisieron inútilmente amueblarle con

mayor regalo. Frente a un balcón, abierto sobre las arboledas del

jardín, tenía una cama de hierro pintada de verde, y a su cabecera un

Crucifijo de torpe talla, de lacia y triste figura; un reclinatorio al

pié del lecho; dos estantes de caoba deslucida llenos de libros, y una

mesa también cargada de ellos hasta el punto de parecer rebosar,

desparramándose por las sillas inmediatas; un modestísimo aguamanil de

loza con su jofaina de lo mismo; un armario de pino barnizado, donde se

guardaba la sotana de los domingos; una exquisita limpieza en todo, y

una apariencia de profunda calma: tal era el cuarto, cuyas vidrieras se

abrían antes que ninguna otra de las de la casa, y las que hasta más

tarde estaban iluminadas por la lámpara que ayudaba el tenaz trabajo de

sus largas veladas.

Aparte la impresión de apacible melancolía que aquella estancia causaba,

lo más chocante de ella era la multitud de libros esparcidos por todos

lados. Parecía que el dueño de aquel cuarto trataba de resolver un

problema, y que en alguna de sus infinitas páginas esperaba encontrar la

solución. No había fase ni aspecto del espíritu humano que no estuviese

representado allí. Lázaro buscaba la verdad en todas partes; en los

grandes escritores paganos, como en los Padres de la Iglesia; en los

heresiarcas más ilustres y los ortodoxos más severos; en los

mantenedores del sentimiento religioso y en los descreídos pensadores

modernos. Se enorgullecía con las certezas de la ciencia, y sonreía ante

las promesas de las religiones; examinaba los piadosos engaños y las

verdades demostradas. Todo quería abarcarlo, cielo y tierra, presente y

pasado, buscando con perseverante tenacidad las causas de las cosas, o

el origen de las ideas, lo mismo en los tomos amarillentos y

apergaminados de los siglos muertos, que en los volúmenes modernos,

húmedos todavía, con su olor a tinta de imprenta y sus cubiertas de

colores.

Solo, inteligente, ávido de saber y con tiempo libre, Lázaro estudió y

observó cada vez con más ansia. Todas las perspectivas en que puede

dilatar su mirada el entendimiento humano fueron presentándole

dificultades e incertidumbres, y en confuso desorden invadieron su

espíritu impresiones contrarias, dándose al mismo tiempo a su razón

ideas justas y apreciaciones erróneas. De cada sistema recogió una

palabra distinta, y de ninguno la verdad: unos le atormentaban con sus

fraseologías de tecnicismos ingeniosos que dan nombre de cosas reales a

creaciones del espíritu, afirmando lo que no demuestran; otros le decían

que el hombre es fuerza y materia nada más, un reloj con cuerda para

cierto número de años, que suele por su genio adelantarse al tiempo en

que vive, que se retrasa por la ignorancia, que puede arreglarse cuando

se descompone, pero que al fin se rompe; unos todo lo fundan en ideas,

otros todo lo basan en hechos. Y cuando tales pensamientos le absorbían,

parecía que una vocecilla burlona, desde un rincón de su cerebro, se le

acercaba al oído, aconsejándole que arrojase los libros y se dejara de

filosofías y estériles monólogos, que no habían de darle un grano de

trigo ni una gota de agua. Él, sin embargo, seguía en sus estudios, y

como el buzo baja con su escafandra a las profundidades del Océano,

penetraba en los mares sociales, con la buena fe por apoyo y la

sinceridad por guía.

Entonces cada paso fue un desengaño: vio que la vida es lucha de

egoísmos contrarios, donde el oro sirve de absolución para la infamia y

salvo-conducto para la nulidad; el mundo una batalla en que se cuentan

las preseas, no según lo que se trabaja, sino con arreglo a lo que se

posee. Adquirir es el talismán que todo lo resuelve; no tener, el delito

que a nadie se perdona; no haber tenido, una mancha que jamás se borra.

En las puertas del mundo la impudencia ha escrito este letrero: «Posee,

y lo demás te será dado con hartura.»

Algunas veces Lázaro creía ir convenciéndose de que la tierra era el

asiento del mal, como le habían dicho sus maestros: todo, al parecer, le

incitaba para inclinarse a esta opinión. Mezclado con su amor a la

humanidad, empezaba a sentir desprecio hacia el hombre, ser extraño,

ridículo y sublime al mismo tiempo, que con frecuencia es malo, pero que

algunas veces es peor. Veía que, como la fruta pasa pronto de la madurez

a la corrupción, el hombre pasa rápidamente de la experiencia al

egoísmo, y se fue persuadiendo de que la experiencia es inútil, porque

siempre llega tarde. Si pensaba en sí propio, sentía humildad; si

estudiaba al prójimo, le poseía el orgullo. Todo eran dudas continuas,

enlazadas cual esas olas mutuamente engendradas, y en que ninguna es la

postrera.

Al analizar el presente, todo le parecía negro; mas al estudiar la vida

de otras épocas, miraba bajo distintas formas reproducidas las mismas

dificultades, pero siempre disminuidas, hechas cada vez más soportables,

y supo que ese trabajo de los siglos, aspiración y tarea de la

humanidad, es el progreso. Vio que el mundo mejoraba con el tiempo, que

el mal disminuía, y que sus antiguos maestros le habían pintado como

perdurablemente malo lo que es eternamente perfectible. Aunque los

estudios y las cavilaciones le amargaran, en el fondo de su alma quedaba

siempre, como en la caja de Pandora, un bálsamo dulcísimo, la esperanza;

y entonces la vocecilla burlona, cual si tuviera empeño en trocar sus

ideales por ídolos, le decía:--«La esperanza es el manjar más sabroso de

la tierra, pero es también el menos nutritivo.»--

Fruto de tantos desvelos, Lázaro llegó a saber mucho, pero todo podía

reducirse a dos puntos: uno relativo al mundo, otro concerniente a sí

mismo. Supo que el mal y el bien no radican uno en la tierra y otro en

el cielo, sino que ambos están aquí abajo, dentro de nosotros mismos, en

gérmenes dispuestos a brotar y florecer o podrirse, según los instintos,

la educación, el tiempo o la voluntad del hombre. Y supo, en cuanto así,

que en la tierra hay algo muy parecido a la felicidad: el amor. Un libro

que nadie puede leer dos veces en la vida, pero que realmente existe y a

él le estaba negado. Su alma debía ser un muerto que tuviese por sudario

una sotana.

Las doctrinas de los que le educaron lo ordenaban así. Por cima del

decálogo casi divino que debía practicar, los hombres habían escrito

este mandato:--«No te amarán.»--

--¡No te amarán!!, se repetía Lázaro continuamente, y cada vez le

parecía más injusto. Su inocencia protestaba con la impetuosidad de la

ira o con la amarga laxitud del desaliento, pero siempre tenía que

confesarse vencida. Su conciencia era un siervo puesto en la alternativa

de alzarse en armas o aceptar humilde y bajamente la esclavitud; no

había más que dos caminos; abjurar, o resignarse. Lo que no existía, lo

que nadie le podía ofrecer, era una solución que tuviese algo de

consuelo.

Cuando la tempestad sorprende al pájaro que se aleja del nido, el ave

lucha con la tormenta, aleteando por recobrarlo; cuando el niño que

rompe a andar cae y se lastima, busca afanoso el regazo de su madre;

cuando el hombre abandona la mujer que le quiere, y sufre desengaños,

torna a ella, y en sus brazos se arroja: Lázaro no tenía nido, ni

regazo, ni brazos a que acogerse; llevaba, como una doble maldición, la

duda en la frente y el amor en el alma. Su meditación de religioso se

quebrantaba con sus cavilaciones de hombre, y si la enérgica voluntad o

el temor al peligro traían la oración a sus labios, entre los severos

pensamientos del sagrado rezo se deslizaba un nombre de mujer,

penetrando su imagen alegre y bulliciosa entre las austeras reflexiones,

como entraría una maga en un coro de monjes.

Lázaro: casi novela · 第 18 / 27 题