VII.

Tal fue la sorpresa del duque a consecuencia de lo ocurrido, que sólo

después de algunas horas, y tras larga conversación con su mujer, llegó

a convencerse de dos cosas: era senador vitalicio por nombramiento real,

y, sin saberlo, había ofendido gravemente al hombre que le encumbraba.

Ambos esposos se preocuparon seriamente. El marido experimentaba

impresiones contrarias; sentía el regocijo íntimo del orgullo

satisfecho, y al mismo tiempo, no acabando de comprender cómo Aldea le

había podido elevar hasta ser _pater patrie_, sentía vagamente el

disgusto de tener que agradecer a tal hombre, a un cualquiera, tamaña

honra. En cuanto a lo del agravio inferido, no podía Algalia explicarse

satisfactoriamente por qué se había ofendido Félix por una frase dicha

con cierto carácter de generalidad.

La mujer se mostraba pesarosa en extremo; parecía dolerse también de

tener que manifestarse agradecida a quien consideraba inferior a su

casa; calculaba la ofensa hecha a Félix, y, sobre todo, no perdía

ocasión de repetir a su marido que Aldea estaba enamorado de Josefina. A

pesar de todo, el disgusto tomó en Margarita un aspecto distinto del que

pudieran prestarle tales consideraciones. Ni el orgullo, que creía

rebajado por la persona que hacía el favor, ni la contrariedad de ver

ofendida a esa misma persona, eran motivos bastantes a justificar su

mal humor. Limitose, con respecto a sumando, a llamarle torpe y

hablador, indicando ligeramente la idea de un desagravio, tanto menos

doloroso, cuanto que Aldea no había recogido públicamente la ofensa;

pero luego, a solas, con el ceño adusto y la mirada triste, abría a su

mortificación libre salida, dando desahogo a su pena; arrojaba con

desprecio sus alhajas en el sortijero: al no hallar lo que buscaba,

cerraba con fuerza los cajoncitos de sus mueblecillos maqueados; recogía

como con ira el abanico escurrido hasta la alfombra desde su falda de

seda, y, al verlo en sus manos, metía distraídamente los dedos entre las

varillas, o desgarraba el país con las sonrosadas uñas. Había momentos

en que se humedecían sus párpados; pero el más leve rumor daba fuerzas

al miedo de ser sorprendida, y ahogaba la inoportuna lágrima, trocando

en dulce sonrisa el salado llanto. Sumida en profundo y silencioso

abatimiento, la mirada inquieta reflejaba el fondo intranquilo de su

espíritu; pero no brotaba una queja de sus labios, ni hubiera sido

posible averiguar, aun espiándola de cerca, la causa verdadera de su

pesar. ¿Era quizá el disgusto de ver alejado de la casa al hombre que

estaba enamorado de su hija? No, seguramente, pues harto podía

comprender Margarita de Algalia que nunca faltarían a Josefina ocasiones

de ventajosa y feliz boda. Ni su corazón de madre, ni su orgullo de dama

podían tolerar suposición semejante.

Sólo por las conversaciones de sus padres, y al cabo de varios días,

supo Josefina el alejamiento de Aldea. La impresión que recibió fue

penosa: dando al olvido las inquietudes inspiradas por la conducta que

Félix observaba respecto a ella, pensó en que ya no vería cerca de sí al

primer hombre en quien creyó hallar algo como una promesa de felicidad.

Cuando llegó a enterarse de la ofensa que mediaba, conociendo el

carácter de su padre, sintió esperanza de que pudieran las cosas

arreglarse; y, apenas concebida la sospecha, resolvió hablar a su madre.

Había en el palacio de los duques una ancha y lujosa galería, a la cual

se abría la puerta de un salón tapizado de rojo, que era el menos

frecuentado de la casa, y donde el duque guardaba en enormes armarios

los libros que no cabían en las bibliotecas de su despacho o consideraba

indignos de vistosa encuadernación y lugar visible, lo cual originaba

que en cambio se viesen en descarado sitio novelas de mala muerte con

cantos dorados y corona ducal en el lomo.

A este salón venía muchas veces Lázaro en busca de algo para leer, o por

entretenerse ordenando lo que allí estaba confundido. Abría un balcón

que daba al jardín, y, respirando el grato aroma de los tilos cercanos,

dejaba pasar el tiempo o se abismaba en sus eternas dudas.

Era cerca del anochecer cuando Josefina, decidida a pedir a su madre que

la ayudase a facilitar la reconciliación con Aldea, cruzaba la galería,

en cuyos vidrios venían a dar los últimos resplandores del día. Al ver

entornada la puerta, miró hacia dentro. El salón estaba casi oscuro;

todo era sombra. Lázaro, para aprovechar la claridad que iba faltando

por momentos, leía apoyado de espaldas en los hierros del balcón, y su

figura se destacaba por negra sobre la amarillenta luz del crepúsculo.

El vientecillo de la tarde mecía ligeramente las ramas del jardín, y al

chocar las hojas unas contra otras, producían un murmullo cadencioso y

apacible, interrumpido sólo por las agudas notas de alguna golondrina

que tenía su nido entre las vigas del tejado.

Al sentir ruido, Lázaro alzó la vista, y viendo a Josefina, adelantó

algunos pasos, mientras ella permanecía callada y quieta, recostada en

el quicio de la puerta.

Lo que allí pasó fue triste, silencioso, casi horrible. El confidente se

trocó en capellán, el amigo dejó su puesto al ministro del cielo. Ella

miró a Lázaro como quien, sin confesar su pena, implora alivio a su

dolor, y él, juntas y caídas las manos que sujetaban el libro, se abismó

en la contemplación de aquella mujer que mendigaba un apoyo o un consejo

del único ser que no podía dárselo, y a quien era crueldad exigírselo.

Los ojos de la niña suplicaban sin comprender el riesgo a que podía

exponerle la súplica, y los de Lázaro querían entender el ruego; pero el

cura veía alzarse ante sí su propia imagen, como se interpone lo

imposible entre el hombre y la felicidad. El sacerdote podía aconsejar;

el hombre no sabía formular la frase, y en tanto la mujer aguardaba en

vano, mirándole cada instante con más cariño, hermosa, inmóvil, sin

explicarse en su mejor amigo la obstinación de aquel silencio. Dejó

entonces caer la cabeza sobre el pecho, miró al cura reconviniéndole

dulcemente, y le dijo:

--«Voy a hablar con mamá.»

Calló él, salió ella lentamente del salón, desapareciendo entre las

sombras de la galería; y Lázaro, volviendo al balcón, abrió de nuevo el

libro, y, sin fuerza para contener el llanto, a través de sus propias

lágrimas leyó estas palabras del Divino Maestro:.... _Y ¡ay de vosotros,

Doctores de la Ley, que cargáis los hombres de cargas que no pueden

llevar, y vosotros ni aun con uno de vuestros dedos tocáis las

cargas!_[2]

Al mismo tiempo, en el opuesto extremo de la casa, el duque, solo en su

despacho, cómodamente sentado en un sillón, buscaba en un periódico la

última sesión del Senado; y al llegar al fin, en la reseña de una

votación nominal, los antojos de la impaciencia le hacían, buscar antes

de tiempo su título, para verlo en letras de molde, ignorando a punto

fijo dónde encontrarlo, si junto a los señores que dijeron _sí_, o entre

los que dijeron no.

Lázaro: casi novela · 第 17 / 27 题