Tal fue la sorpresa del duque a consecuencia de lo ocurrido, que sólo
después de algunas horas, y tras larga conversación con su mujer, llegó
a convencerse de dos cosas: era senador vitalicio por nombramiento real,
y, sin saberlo, había ofendido gravemente al hombre que le encumbraba.
Ambos esposos se preocuparon seriamente. El marido experimentaba
impresiones contrarias; sentía el regocijo íntimo del orgullo
satisfecho, y al mismo tiempo, no acabando de comprender cómo Aldea le
había podido elevar hasta ser _pater patrie_, sentía vagamente el
disgusto de tener que agradecer a tal hombre, a un cualquiera, tamaña
honra. En cuanto a lo del agravio inferido, no podía Algalia explicarse
satisfactoriamente por qué se había ofendido Félix por una frase dicha
con cierto carácter de generalidad.
La mujer se mostraba pesarosa en extremo; parecía dolerse también de
tener que manifestarse agradecida a quien consideraba inferior a su
casa; calculaba la ofensa hecha a Félix, y, sobre todo, no perdía
ocasión de repetir a su marido que Aldea estaba enamorado de Josefina. A
pesar de todo, el disgusto tomó en Margarita un aspecto distinto del que
pudieran prestarle tales consideraciones. Ni el orgullo, que creía
rebajado por la persona que hacía el favor, ni la contrariedad de ver
ofendida a esa misma persona, eran motivos bastantes a justificar su
mal humor. Limitose, con respecto a sumando, a llamarle torpe y
hablador, indicando ligeramente la idea de un desagravio, tanto menos
doloroso, cuanto que Aldea no había recogido públicamente la ofensa;
pero luego, a solas, con el ceño adusto y la mirada triste, abría a su
mortificación libre salida, dando desahogo a su pena; arrojaba con
desprecio sus alhajas en el sortijero: al no hallar lo que buscaba,
cerraba con fuerza los cajoncitos de sus mueblecillos maqueados; recogía
como con ira el abanico escurrido hasta la alfombra desde su falda de
seda, y, al verlo en sus manos, metía distraídamente los dedos entre las
varillas, o desgarraba el país con las sonrosadas uñas. Había momentos
en que se humedecían sus párpados; pero el más leve rumor daba fuerzas
al miedo de ser sorprendida, y ahogaba la inoportuna lágrima, trocando
en dulce sonrisa el salado llanto. Sumida en profundo y silencioso
abatimiento, la mirada inquieta reflejaba el fondo intranquilo de su
espíritu; pero no brotaba una queja de sus labios, ni hubiera sido
posible averiguar, aun espiándola de cerca, la causa verdadera de su
pesar. ¿Era quizá el disgusto de ver alejado de la casa al hombre que
estaba enamorado de su hija? No, seguramente, pues harto podía
comprender Margarita de Algalia que nunca faltarían a Josefina ocasiones
de ventajosa y feliz boda. Ni su corazón de madre, ni su orgullo de dama
podían tolerar suposición semejante.
Sólo por las conversaciones de sus padres, y al cabo de varios días,
supo Josefina el alejamiento de Aldea. La impresión que recibió fue
penosa: dando al olvido las inquietudes inspiradas por la conducta que
Félix observaba respecto a ella, pensó en que ya no vería cerca de sí al
primer hombre en quien creyó hallar algo como una promesa de felicidad.
Cuando llegó a enterarse de la ofensa que mediaba, conociendo el
carácter de su padre, sintió esperanza de que pudieran las cosas
arreglarse; y, apenas concebida la sospecha, resolvió hablar a su madre.
Había en el palacio de los duques una ancha y lujosa galería, a la cual
se abría la puerta de un salón tapizado de rojo, que era el menos
frecuentado de la casa, y donde el duque guardaba en enormes armarios
los libros que no cabían en las bibliotecas de su despacho o consideraba
indignos de vistosa encuadernación y lugar visible, lo cual originaba
que en cambio se viesen en descarado sitio novelas de mala muerte con
cantos dorados y corona ducal en el lomo.
A este salón venía muchas veces Lázaro en busca de algo para leer, o por
entretenerse ordenando lo que allí estaba confundido. Abría un balcón
que daba al jardín, y, respirando el grato aroma de los tilos cercanos,
dejaba pasar el tiempo o se abismaba en sus eternas dudas.
Era cerca del anochecer cuando Josefina, decidida a pedir a su madre que
la ayudase a facilitar la reconciliación con Aldea, cruzaba la galería,
en cuyos vidrios venían a dar los últimos resplandores del día. Al ver
entornada la puerta, miró hacia dentro. El salón estaba casi oscuro;
todo era sombra. Lázaro, para aprovechar la claridad que iba faltando
por momentos, leía apoyado de espaldas en los hierros del balcón, y su
figura se destacaba por negra sobre la amarillenta luz del crepúsculo.
El vientecillo de la tarde mecía ligeramente las ramas del jardín, y al
chocar las hojas unas contra otras, producían un murmullo cadencioso y
apacible, interrumpido sólo por las agudas notas de alguna golondrina
que tenía su nido entre las vigas del tejado.
Al sentir ruido, Lázaro alzó la vista, y viendo a Josefina, adelantó
algunos pasos, mientras ella permanecía callada y quieta, recostada en
el quicio de la puerta.
Lo que allí pasó fue triste, silencioso, casi horrible. El confidente se
trocó en capellán, el amigo dejó su puesto al ministro del cielo. Ella
miró a Lázaro como quien, sin confesar su pena, implora alivio a su
dolor, y él, juntas y caídas las manos que sujetaban el libro, se abismó
en la contemplación de aquella mujer que mendigaba un apoyo o un consejo
del único ser que no podía dárselo, y a quien era crueldad exigírselo.
Los ojos de la niña suplicaban sin comprender el riesgo a que podía
exponerle la súplica, y los de Lázaro querían entender el ruego; pero el
cura veía alzarse ante sí su propia imagen, como se interpone lo
imposible entre el hombre y la felicidad. El sacerdote podía aconsejar;
el hombre no sabía formular la frase, y en tanto la mujer aguardaba en
vano, mirándole cada instante con más cariño, hermosa, inmóvil, sin
explicarse en su mejor amigo la obstinación de aquel silencio. Dejó
entonces caer la cabeza sobre el pecho, miró al cura reconviniéndole
dulcemente, y le dijo:
--«Voy a hablar con mamá.»
Calló él, salió ella lentamente del salón, desapareciendo entre las
sombras de la galería; y Lázaro, volviendo al balcón, abrió de nuevo el
libro, y, sin fuerza para contener el llanto, a través de sus propias
lágrimas leyó estas palabras del Divino Maestro:.... _Y ¡ay de vosotros,
Doctores de la Ley, que cargáis los hombres de cargas que no pueden
llevar, y vosotros ni aun con uno de vuestros dedos tocáis las
cargas!_[2]
Al mismo tiempo, en el opuesto extremo de la casa, el duque, solo en su
despacho, cómodamente sentado en un sillón, buscaba en un periódico la
última sesión del Senado; y al llegar al fin, en la reseña de una
votación nominal, los antojos de la impaciencia le hacían, buscar antes
de tiempo su título, para verlo en letras de molde, ignorando a punto
fijo dónde encontrarlo, si junto a los señores que dijeron _sí_, o entre
los que dijeron no.