LLEGÓ el día del santo de la duquesa, y, como de costumbre, se festejó
en familia con una comida, que si tenía sus puntas y ribetes de
pretencioso convite, no carecía de cierto aspecto de intimidad, pues
sólo asistieron a ella los más asiduos amigos de la casa, Félix Aldea
entre ellos, y el joven pero venerable capellán.
Esmeráronse en prepararlo todo los criados, inspeccionándolo
cuidadosamente el mayordomo, y a la hora fijada estaba puesta la mesa
de tal suerte, que juntamente daba muestra de la calidad de los dueños y
del esmero de la servidumbre.
Un manojo de flores, presas en rico vaso de Bohemia, ocupaba el centro:
la cubrían blanquísimos lienzos de letras y escudos primorosamente
bordados; relucía sobre ellos la limpia plata; puestas en trasparentes
platos acusaban las frutas con sus aromas su completa sazón; a las copas
de diversas formas y tamaños esperaban los más preciados vinos, y la
tranquila luz de las lámparas iluminaba aquella lujosa sencillez,
mientras sólo el continuo tic-tac del reloj rompía el silencio del
comedor, como llamando a convidados y dueños. Oíanse por las
habitaciones inmediatas, a un lado el murmullo de la conversación
pausada de los que esperaban, a otro el ruido que producían con sus
últimos preparativos los criados. Poco después fueron tomando asiento
los escogidos que habían de disfrutar con los duques el grato e íntimo
solaz que ofrecía aquella fiesta de familia.
Las personas convidadas eran pocas, pero dignas de ser citadas. Además
de Aldea, puesto no se sabe por qué previsora disposición a la izquierda
de Margarita, estaban cuatro señoras y dos caballeros. La condesa de
Busdonguillo, dama elegantísima al presente, en otros tiempos señorita
cursi de las que pasan las primaveras en el Retiro, los veranos en el
Prado y los inviernos en torno de una camilla con lámpara de petróleo
haciendo flores de trapo o redondeles de _crochet_, mientras alguno de
los presentes cuenta lo que en la corte se dice cuidando de disfrazar la
crónica escandalosa de modo que no dejen de enterarse las niñas de la
casa. Conoció al conde cuando éste acababa de perder a sus padres; se
dejó abrazar varias veces en la penumbra de un pasillo, negándole
siempre otros favores; y un día, entre los enojos de una sesión de celos
y las alegrías de una reconciliación, hizo que su madre dijese al
muchacho: «Pronto nos darán Vds. un buen día.» Poco después de la boda
el conde tiró por un lado, la mujer por otro, y hoy viven en la mejor
armonía, ella disponiendo _sus martes_, y él amueblando casa distinta
cada año a una traviata de moda.
Frente a esta, para mortificarla con el espectáculo de su lujo,
colocaron a la señora de Alzaola, hija de una nobilísima familia que se
vio obligada a casarla con un pollo imberbe, gracias a no se sabe qué
cuentos y calumnias, según los cuales la niña tuvo que ausentarse un año
de la corte para pasarlo en compañía de una tía pobre que vivía en un
cortijo de Andalucía. Cuando, trascurridos dos años, el matrimonio
volvió a Madrid, trajo en su compañía un precioso niño, que murió poco
después de garrotillo mientras su madre estaba en un baile. En la
actualidad la señora de Alzaola es individua de varias juntas de
beneficencia, hace con frecuencia donativos de consideración que
anuncían los periódicos, y suele mandar que paguen a su lavandera con
bonos de los que el Ayuntamiento distribuye a los pobres.
Otra de las invitadas era Pura Menguado, una casi niña, de diez y nueve
años, sobrina de la condesa de Busdonguillo. Tenía el pelo de un negro
azulado por lo intenso, el rostro de una palidez clorótica, los pómulos
salientes, algo caídos los labios, y los ojos de un mirar despreciativo
y lánguido como de heroína de novela que no ha encontrado todavía su
ideal en la tierra. Se levantaba a las tres, almorzaba, iba en coche a
paseo, se vestía a las ocho para comer, volvía a vestirse a las nueve
para ir a la ópera, engalanábase de nuevo para dar una vuelta por algún
salón de buen tono, regresaba a su casa a las cuatro, se empapaba en la
lectura de novelas francesas hasta las ocho, y dormía hasta la hora de
levantarse para repetir las mismas operaciones. Pura, que era renombrada
por su estranjerismo en el vestir, aquel día llevaba un vestido de raso
negro de mangas cortas muy ceñido y muy largo con volantes de ancho
encaje azul, un collar de perlitas, medias de seda negra, zapatos de
raso claro con la punta algo encorvada, y el pelo, recogido a la
_vierge_, salpicado entre los rizos de alfileritos con cabeza de
brillante.
La cuarta señora era la generala viuda de Pillote. Tendría cincuenta
años, pero a media luz representaba treinta y cinco; estaba hacía tiempo
en relaciones con otro general a quien el difunto legó sus placas en
prueba de buena amistad; se dedicaba mucho a las cosas de iglesia,
bacía novenas, y creyendo que esto no podía ya ponerla en ridículo,
vestía imágenes. Después del general, sus pasiones eran las amigas a
quienes siempre aconsejaba lo mejor y las conversaciones en que se
hablaba del decoro.
Los hombres merecen párrafo aparte.
Don Juan del Cupón era un señor muy rico, asociado con un marqués que no
lo era menos, para prestar dinero a menores con escrituras de depósito
como garantía. Cuando los muchachos que recibían el préstamo no se
pegaban un tiro y sus padres se veían amenazados por la deshonra, el
señor de Cupón transigía el asunto, viniendo siempre a quedaren sus
garras el sesenta por ciento al año. Fue diputado de una mayoría
conservadora, y contribuyó poderosamente a varias peregrinaciones
católicas.
Arturito Galeolo era un chico que frecuentaba las mejores casas y las
peores mujeres de la corte: tenía dos hermanas jamonas muy guapas,
extravagantes en el vestir, de conducta dudosa y a quienes acompañaba a
todas partes. Puede decirse que no tenía personalidad propia: todo el
mundo le llamaba del mismo modo: «el hermano de _la pareja_;» nombre con
que Madrid entero designaba aquellas elegantes y ex-jóvenes señoritas.
El último convidado de los duques era un antiguo periodista amadamado y
maldiciente; ducho en dos especialidades, merced a las que vivía
haciéndose lado por doquiera. Poseía un repertorio completísimo de
narraciones de disgustos domésticos entre lo más acomodado de la
sociedad, que se complacía en contar oportunamente, y escribía revistas
de bailes, detallando los trajes y prendidos de las damas. Llevaba las
patillas teñidas de rubio y afeitado el bigote, que empezaba
descaradamente a blanquear. Decían las gentes que algunas encopetadas
señoras le habían pagado con dulzuras infinitas, más que los elogios
para ellas, las censuras para otras. Tenía, además, otra particularidad:
recibía toda su correspondencia en la redacción; no se pudo averiguar
dónde vivía; se llegó a sospechar que tenía en una buhardilla una mala
cama, un gran lavabo con muchos frascos, tintes, pomadas o cosméticos, y
una percha cargada de ropa; pero nadie logró poner en claro la verdad.
Sentáronse los duques con sus comensales, ateniéndose más a la confianza
que a la etiqueta, y se comió luego como se comía en aquella casa cuya
mesa era uno de los mejores altares que pudo desear la gula. Mucho
permitía su riqueza a los de Algalia; pero más valía su exquisito modo
de elegir: eran de los pocos que saben comer, cosa harto difícil de
aprender, porque sólo a gente rica está reservada su enseñanza.
La conversación, general o limitada a pequeños grupos, versaba sobre
todo aquello que sin ofensa podía decirse ante una niña como Josefina y
un clérigo como Lázaro; pues si ella contenía la libre lengua cortesana
con su aspecto de pureza, bien se echaba de ver que el cura era un cura
digno de sentarse donde cualquier grande o virtuoso se sentara.
Pasando de unas cosas a otras, se llegó en la conversación a lo que era
objeto de diversos comentarios por aquellos días: el estreno de un drama
de esa escuela que, inspirada en la realidad, lleva a la escena nuestra
propia vida y nuestras miserias; haciendo al teatro espejo donde las
imágenes que se mueven en la acción fingida, sean, según su virtud o su
torpeza, ejemplo de unos y escarmiento de otros. Servía de base al drama
el manoseado problema de la falsa posición creada por la sociedad al
hijo natural, y el autor atacaba duramente ciertas hipocresías, que
podrían ser ridículas sino tuvieran marcado carácter de intransigencias
odiosas.
La generala Pillote se mostró desde luego partidaria del perdón. La de
Alzaola sostuvo que la mujer que faltaba era porque quería faltar, idea
que hizo sonreír a algunos de los presentes. Purita Menguado se
deleitaba oyendo todo aquello que tenía todavía en cierto modo para ella
el encanto de lo desconocido; y digo en cierto modo, porque era una de
esas niñas vírgenes que nada ignoran teóricamente, esforzándose en
discurrir cuál será en la práctica la aplicación de sus conocimientos
poco castos. La de Busdonguillo callaba y comía, no porque se acordara
de que nadie puede tirar la primera piedra, sino considerando
oportunamente que hay casas con tejado de vidrio.
Menos Josefina, que no podía explicarse todo el alcance de la
conversación, todos tomaron parte en ella: mostrando su opinión unos
acaloradamente, con tibieza otros, como quien ignora la de los dueños de
la casa y no quiere desagradar; este hablando en nombre de la moral
ultrajada, y aquél tratando de darse por ingenioso, mientras alguno
comía en silencio, riéndose para sus adentros en general de la virtud, y
en particular de los virtuosos. Guardaba silencio la duquesa, que, como
mujer _de mucho mundo_, sabía los peligros que rodean a su sexo, y
callaba también el cura, pensando que era excusado hablar cuando todos
debían suponer que sólo en nombre de la misericordia podría hacerlo. La
conversación quedó limitada al duque y Félix Aldea: el primero, apurando
cuantos lugares comunes y frases hechas acoge la intransigencia
disfrazada de moralidad, repetía los argumentos ideados por todos los
que, afectando desconocer el origen de muchas faltas, son exigentes
para que se les tenga por justos. Aldea, con animada frase, decía que la
madre es disculpable muchas veces, y los hijos inocentes siempre. Con
sencillas razones, sin artificio ni esfuerzo, demostraba que la
severidad en las costumbres no debe ser rayana en la crueldad, y que,
como más consolador, debía preferirse el perdón al desdén con que suelen
mirarse en el mundo faltas que tienen mucho de desgracias. Defendíase y
alzaba el duque la voz como aquel a quien van faltando armas;
respondíale Félix tranquilo, al parecer, pero en el fondo con interés
vehemente, hasta que el duque, formulando torpe y rudamente su modo de
pensar, exclamó:
--Quizá tenga usted razón. Convengo en que el perdón es muy cristiano y
muy humanitario el olvido; pero yo no daría nunca una hija mía a un
hombre nacido en tales condiciones.
Si alguien hubiera tenido entonces fija la vista en el rostro de Félix,
le hubiera visto demudarse; pero nadie notó que aquel hombre frunciera
un instante el entrecejo, mordiéndose los labios, como para no decir lo
que desde el fondo de la conciencia les mandaba la dignidad ultrajada.
Solamente la duquesa, que oyó la frase de su marido, se conmovió; pero
supo callar, comprendiendo que había escuchado una torpeza irremediable.
Aldea se contentó con dar por terminada la discusión, y acabó de tomar
tranquilamente su café, limitándose a decir:
--Estoy seguro, señor duque, de que nuestro querido don Lázaro sería
menos cruel que usted
--El capellán no es aquí buen juez,--replicó Algalia,--ni puede entender
de esto, porque no puede tener hijos.
Lázaro calló. Levantáronse todos de la mesa, y no se habló más; pero un
momento después, Aldea, visiblemente conmovido, llevó al duque hasta el
hueco de un balcón, y allí, sin ser oído de nadie, al mismo tiempo que
sacaba un pliego del bolsillo, le dijo:
--Hace tiempo que deseaba probar a usted mi buena amistad. Aprovechándome
de la influencia de mis amigos, he conseguido para usted esta distinción:
al pisar por última vez su casa, he venido con el propósito de aumentar
en algo las alegrías de este día; y usted, en cambio, acaba de ofenderme
desapiadadamente: soy hijo natural.
Y separándose con rapidez de Algalia, que maquinalmente había recogido
el pliego, estrechó la mano a la duquesa, que intentó en vano detenerle,
saludó al cura, hizo a los restantes una inclinación de cabeza, mirando
profundamente a Josefina, extrañada de tan repentina despedida; salió
del comedor, cruzó las salas, y un momento después el portero,
descubriéndose respetuosamente, le abría la lujosa verja del parque.
El duque, atónito, no sabía lo que le pasaba: abrió el pliego, y no
pudo, al leerlo, contener un estremecimiento de gozo: era la realización
de su sueño de oro. Su nombramiento de senador vitalicio: al pié del
documento se leía la siguiente firma:
_Yo el rey_.
--Mira, Margarita,--dijo en voz baja, tendiendo el pliego a la duquesa y
su hija;--ven, hija mía. Aldea me ha dado este papel, y se ha marchado,
diciéndome que le había ofendido.
Y mientras los circunstantes se miraban unos a otros, el duque, poseído
de una sorpresa inconcebible, sin darse exacta cuenta de lo sucedido,
atento sólo a su propio regocijo, leía y releía el nombramiento por cima
de las hermosísimas cabezas de su esposa y su hija. La duquesa,
apartando cariñosamente a la niña y recatándose de ser oída, asió a su
marido fuertemente del brazo, diciéndole:
--¿Qué has hecho? Aldea es hijo natural.
--Pero este nombramiento,--repuso Algalia, a quien por el momento sólo
podía preocupar su senaduría,--¿qué quiere decir, a qué viene darme tan
gran prueba de afecto?
--Félix está enamorado de Josefina,--contestó Margarita.
De allí a poco los convidados fueron desfilando repletos de buenos
manjares y llenos de curiosidades: ellos saboreando el aromoso veguero,
y ellas hablando de los trajes de la duquesa y su hija. Si alguno
callaba, era porque lo mal que digería no le dejaba murmurar de lo bien
que había comido.