[209] Si este conducto se supone natural, y más si se concede a la

laguna un manantial siempre vivo, como quieren algunos viajeros, será

esto más probable que no si se pretende que el conducto es artificial,

pues entonces el lago todo se hubiera desaguado por él, y la tierra

excavada por tan largo trecho hubiera debido de ser infinita.

[210] Esta es la única vez que el autor hace mención de este monarca,

por haberse perdido el libro que el autor escribió de los asirios.

[211] Sin duda la libación en una taza de bronce debió incitar menos

a los once reyes contra Psamético que la envidia de su provincia

marítima, viéndole floreciente por su comercio y muy unido con los

negociantes extranjeros.

[212] No consta cuál fuese el grado de Neco, si soberano o vasallo,

si magistrado o particular: pero la retirada de su hijo a Siria hace

conjeturar que sería príncipe de alguna provincia de Egipto.

[213] La piratería fue una profesión antiquísima en los mares de

Grecia y del Asia menor, ni se reputaba infame, según el testimonio de

Tucídides, quien la atribuye, parte a la oportunidad del mar, parte

a la pobreza de los habitantes, parte a la independencia de aquellos

pequeños estados, de la cual nacía la impunidad de los corsarios.

[214] La batalla parece que se dio cerca de Menfis, en la cual algunos

reyes quedaron muertos, y otros se refugiaron dentro del África.

[215] Este toro y dios Apis de los menfitas no debe confundirse con

el toro y dios Mueris de los de Heliópolis, a cuya imitación los

israelitas fabricaron su becerro en el desierto.

[216] Parece que el favor de este rey hacia los griegos a quienes debía

en parte la corona, indispuso no poco el ánimo de los nacionales para

con su soberano, de cuyo servicio desertaron de una vez en gran número,

según se dijo en el pár. XXX de este libro. Este descontento obligó

más a Psamético a unirse con los extraños, haciendo alianza con los

atenienses y con otros griegos.

[217] En las ruinas de Egipto se ven todavía techos grandes de una sola

pieza.

[218] Es extraño que ignore el autor las grandes islas flotantes cerca

de Orcómeno, ciudad de Beocia, que después describió Teofrasto, y

otras de que Plinio y Séneca dieron noticia. En el río Formoso en el

reino de Benín, según el abate Marcy, se ven no pocas islas flotantes,

pobladas de cañas y arbustos. En cuanto a la historia de la isla de

Quemis, parece trasladada por los griegos a la de Delos, mudados solo

los nombres; a no ser que los egipcios con el comercio de los griegos

adoptasen también sus fábulas.

[219] Conservo los nombres griegos, a los cuales en latín corresponden:

a Artemisa, Diana; a Dioniso, Baco; a Deméter, Ceres.

[220] Dícese de este rey, además, que envió a buscar las fuentes del

Nilo, que hizo en dos niños la experiencia referida en el segundo

párrafo de este libro, y que conjuró a fuerza de regalos la tempestad

que le amenazaba con la invasión de los escitas.

[221] Este canal regio, del cual Aristóteles hace inverosímilmente

primer actor a Sesostris, y Diodoro y Heródoto a Neco, fue llevado a

cabo por Darío, y no, según pretende Diodoro, por Ptolomeo Filadelfo,

tantos años posterior a nuestro autor, si bien este monarca fabricó una

exclusa con sus puertas para subir y bajar el agua, a fin de que el mar

Rojo, más elevado que el Egipto, como se decía, no inundase el país. En

la incertidumbre que reina acerca del curso del canal, parece lo más

probable que se tomó el agua desde el brazo bubástico del Nilo cerca

de Facusa, y tirando hacia al monte vecino de la Arabia, y torciendo

al pie de él su dirección, seguía hasta entrar en el golfo Arábigo

cerca de la ciudad de Patumo, que se duda si será la Phitom del Éxodo,

después Heopolis.

[222] Por el libro IV de los Reyes sabemos, con más puntualidad, que

Faraón Necao venció a los judíos cerca de Mageddo; que en Rebla de

Siria prendió al rey Joacaz, llevándole cautivo a Egipto; que nombró a

Joaquín rey de Jerusalén, aunque no consta que tomase a fuerza de armas

esta ciudad, que será acaso la Caditis de Heródoto. Venció también Neco

a los asirios, y se apoderó de Carcamis sobre el Éufrates; pero vencido

poco después por Nabucodonosor, perdió sus conquistas, y murió 600 años

antes de Jesucristo.

[223] Diodoro pretende que la embajada de los eleos fue en tiempo de

Amasis.

[224] Este rey, que venció al principio a los tirios, sidonios y

cipriotas, volviendo a Egipto con un rico botín, y a quien dan unos

22 y otros 19 años de reinado, es el Ephree de la Biblia, cuyo delito

fue abandonar a su aliado Sedecías en manos de Nabucodonosor, y cuyo

castigo anuncia Jeremías.

[225] En el libro IV, párrafo CLIX de esta historia, se verán los

motivos que tuvo Apríes para esta expedición y que eran injustas las

sospechas de sus vasallos.

[226] No se sabe si estos preparativos de guerra se hicieron con el

favor de Nabucodonosor, que se valdría de estos disturbios para saquear

el Egipto, y si fueron en el tiempo o después de su invasión; mas

parece que auxilió a Amasis, y que le dejó tan solo como rey feudatario.

[227] Ciudad no lejos de la laguna Marea.

[228] Heródoto, al estilo de los poetas, dejando suspensa la

expectación de los lectores al ir a darse una acción decisiva,

intercala este episodio de las milicias y clases en Egipto, que en vez

de siete reduce a cinco Diodoro de Sicilia. En cuanto a la milicia

egipcia, a pesar de su separación y perpetuidad, obsérvase que jamás

sobresalió en valor, pues sin el ejercicio activo de la guerra, los

soldados, aunque de profesión, se enervan con el ocio.

[229] Esta era la primera clase del estado con un sumo sacerdote y

varios colegios presididos por un pontífice menor; el rey era cabeza

del sacerdocio egipcio, como debía serlo en la religión natural la

suprema potestad.

[230] La mina corresponde casi a una libra de peso: el sextario a poco

más de un cuartillo.

[231] Este pasaje concuerda con la expresión arrogante y blasfema que

pone Ezequiel en boca de este rey, el dragón grande tendido entre sus

ríos y diciendo: _Meus est fluvius, ego fecime metipsum_. No conviene

menos con la narración de Heródoto lo demás de la profecía, aunque la

desolación de 40 años con que se amenaza a las ciudades del Egipto,

después de la invasión de Nabucodonosor, hace pensar que entre Apríes

y Amasis reinó algún príncipe menos poderoso, que sería el Partamis de

Helánico o algún otro.

[232] Estos misterios representaban las desventuras de Osiris, echado

al río en una caja cerrada con plomo o hecho pedazos por Tifón y

hallado por su mujer Isis.

[233] Diodoro afirma que Deméter o Ceres es la misma que Isis, cuya

tesmoforia o misterios eleusinos celebró la Grecia, adoptándolos del

Egipto en Argos por medio de las danaides, y en Atenas, colonia quizá

egipcia, por medio de los egipcios Petes y Erectes.

[234] Los egipcios habían logrado con la fuerza de la costumbre, que

en una sociedad bien constituida tiene dominio absoluto, contener

y limitar a la suprema autoridad, por más que la corona fuese

hereditaria, recayendo en los raros casos de elección en un oficial

de mérito o en un sacerdote virtuoso. La conducta trazada al monarca

era arregladísima: el uso apartaba de él todas las personas bajas y

vulgares, dándole por criados jóvenes nobles educados con esmero;

repartía sus horas entre el despacho de los negocios, el sacrificio

diario, un breve recreo, una mesa moderada y en oír la lectura de

las instrucciones de los libros sagrados, y un elogio de sus diarias

acciones si lo merecía, y en fin, nada le consentían hacer contrario a

las leyes y costumbres del Egipto.

[235] Aunque las leyes egipcias prohibían el hurto, como se ve por

este pasaje y por la historia referida en el pár. CXXI de este libro,

señalaban un magistrado con el nombre de Archiladrón, quien tomaba

por escrito los nombres de los que quisiesen profesar tal oficio, y

les obligaba a presentarle sus hurtos; y ante él acudían los dueños

de lo robado, que lo recobraban dejando una cuarta parte de su valor

en beneficio del ladrón. Sin defender esta economía como remedio de

mayores males, diré que no era contraria a la ley natural, pues la

potestad suprema puede moderar el dominio privado de cada uno con

ciertas cargas y condiciones a que puede obligarlos.

[236] Esfinges con rostro de hombre.

[237] Se estimaba en más el mármol etiópico negro o variado, por lo

fuerte de la piedra, o quizá solo por ser extranjero.

[238] Diodoro refiere que las ciudades y pueblos grandes del Egipto

antiguamente subían a 18.000, en tiempo de Filadelfo a 20.000, siendo

entonces de siete millones la población, que en su tiempo había bajado

a tres millones. Y no es de admirar, si es verdad que un niño no

costase a sus padres más que 20 dracmas hasta la edad varonil, pues la

población crece con la abundancia de víveres.

[239] Equivalen a los que llamamos cónsules al presente, pues cada

nación, y aun a veces una ciudad, tenían al parecer su compañía de

comercio.

[240] Náucratis era, según se dice, colonia de Mileto, si bien

no consta la época de su fundación. En cuanto a los emporios

privilegiados, es difícil de resolver si son más ventajosos que

perniciosos al bien público.

[241] Nos es extraño que los de Delfos fuesen tan cargados en el

reparto, pues sin la fatiga de cultivar sus riscos, vivían a expensas

del templo, y aun quizá se enriquecían, como sucede con los cuestantes,

con lo que recogían para su reedificación.

[242] Ciudad de la isla de Rodas.

[243] Parece que Heródoto fue mal informado acerca de la prosperidad

del reinado de Amasis, pues mal conviene su narración con las

predicciones de los profetas, con el saqueo de Nabucodonosor, y con la

de Jenofonte de que Ciro, contra quien Amasis se había coligado con

Creso, se apoderó del Egipto.

[244] Es más verosímil que la expedición de este rey contra el Egipto

fuese motivada por la sublevación de Amasis, antes feudatario de la

Persia, o por haber conquistado Ciro el Egipto, o por ser este país

desde Nabucodonosor dependencia del imperio babilonio.

[245] No obstante estas dos razones, de las cuales una estriba en la

suposición arbitraria de que un monarca persa no pudiera contraer

matrimonio legítimo con una princesa extranjera, y la otra nada

prueba porque se responde por la cuestión, se ve en Ateneo que dos

historiadores de mérito, Dinón y Linceas, hacen a Cambises hijo de

Nitetis.

[246] Esta raza de gente, más astuta y fiel en palacio que intrépida y

avisada en las expediciones de guerra, era reputada, según Jenofonte,

en las cortes bárbaras, por la más apta y adicta al servicio de los

soberanos, de cuyo favor únicamente dependía, viéndose despreciada y

aborrecida de los demás hombres.

[247] Las dos ciudades de Caditis y Yeniso, de que no habla ninguno

de los autores antiguos, oscurecen la descripción geográfica de un

terreno exactamente conocido, cual es la Siria palestina o costa de

los filisteos, que empieza desde la Fenicia y continuaba hasta Egipto

siguiendo de norte a mediodía. Tal vez será Caditis no Jerusalén, sino

la Gat de los filisteos, y Yeniso será Rafia, distante tres jornadas

del monte Casio. Los emporios que cita eran los varios puertos de la

Pentápolis de los filisteos.

[248] Da el nombre de Siria al desierto que cae entre el Egipto y la

Idumea, confinante con la tribu de Judá, comprendiendo bajo aquel

nombre el mencionado camino de tres jornadas.

[249] Era este árabe un príncipe idumeo, reinante en la Arabia Pétrea.

Los idumeos descendientes de Esaú, vasallos antes del reino de Judá,

gobernados por una especie de virrey y después de siglo y medio

sublevados, se mantuvieron independientes, y en tiempo de la cautividad

babilónica se hicieron tan poderosos, que si creemos a Heródoto, tenían

bajo su dominio los puertos y emporios de los filisteos, sin reconocer

por dueños a los persas, que lo eran ya de Babilonia. La fe en los

tratados era ciertamente una de sus virtudes características.

[250] Por su Dioniso entendían el sol, por Urania la luna. El estado de

ignorancia en que estaban sumidos los árabes no me permite detenerme en

sus dioses planetarios y en los que colocaban en las estrellas fijas,

en sus ángeles medianeros, y en su magia y sabianismo.

[251] En el bajo Egipto suele muchas veces llover en invierno y alguna

vez nevar. En el alto Egipto, en especial cerca de las cataratas,

es extraordinaria, aunque no cosa nunca vista, una lluvia seguida y

continua, que es lo que significa el texto; pues en cuanto al rocío, es

allí copioso cuando baja crecido el Nilo.

[252] Polieno dice que los egipcios que estaban de guarnición en la

fuerte plaza de Pelusio, dieron paso a los persas por no hacer daño a

una gran tropa de perros y gatos y otros animales tenidos en Egipto por

sagrados, que Cambises hacía marchar al frente de sus tropas.

[253] Estas tiaras, aunque hechas de fieltro o lana tupida, creo

serían más semejantes en su forma a los turbantes asiáticos que a los

sombreros con alas. En cuanto a la fragilidad de los cráneos persas,

menos influiría en ella el turbante que el clima del Asia meridional;

por lo cual se ve todavía en los cementerios resolverse pronto en

ceniza blanca un cadáver asiático, al paso que un europeo se deshace

más tarde y en ceniza negra, como se observa en las Filipinas.

[254] En el reinado de Artajerjes Longimano, Inaro, príncipe de la

Libia, puesto al frente da los egipcios sublevados, y asistido por los

atenienses, dio a los persas una batalla en que pereció Aquemenes, tío

del rey, con 100.000 soldados. El resto de los persas se fortificó

en Menfis, donde estuvieron tres años sitiados por Inaro, hasta que

viniendo en su socorro Megabizo con un nuevo ejército, derrotó a este,

obligándole a retirarse a Biblo y a rendirse poco después. El infeliz

Inaro fue crucificado en Susa contra la fe de las capitulaciones: pero

el egipcio Amirteo, después de haberse retirado con algunos de los

suyos a los pantanos inaccesibles, y reinado en ellos pacíficamente con

el auxilio de los atenienses, salió de sus lagunas, y no solo recobró

todo el Egipto, sino que coligado con los árabes dio en Fenicia una

batalla a los persas en la cual fue derrotado, y no se sabe si muerto

también. Los persas dieron después a su hijo Pausiris el reino de

Egipto.

[255] Antiguamente los persas veneraban el fuego, si como dios o como

imagen de la divinidad se ignora; pero se sabe que entre varios pueblos

orientales quedó pura por algún tiempo la religión después del diluvio.

Por lo tocante al dios fuego de los egipcios, no se puede dar una idea

más grosera de una divinidad que la descrita por Heródoto; y aunque

el vulgo se explicase así, los sacerdotes no venerarían en el fuego

material otro numen que su Hefesto o Vulcano.

[256] Los macrobios (_hombres de larga vida_) no podían habitar en las

costas del mar del Sur, del todo incógnitas a los antiguos. La Etiopía

era una dilatada región que por el norte confinaba con Elefantina de

Egipto, por el poniente con la Libia interior, al presente Abisinia,

por el levante con el mar Rojo, y por el mediodía con la parte del

África, entonces desconocida, que comprende ahora los reinos de

Gingiro, Álava y Zeila. Sus antiguos límites no pueden fijarse, así por

falta de monumentos, como porque debieran variar según el poder del

etíope.

[257] Los que se alimentan de pescado.

[258] La capital de este soberano, cercana al país de los ictiófagos

situados en las orillas del golfo Arábigo, sería, según parece, la

antigua Auxumis, ahora Ascum, 45 leguas distante del mar Rojo, a 14

grados de latitud boreal. Solo suponiendo esta parte de Etiopía,

la más distante del Egipto, dividida e independiente de las demás,

podrá conciliarse la sencillez de estos etíopes y su ignorancia del

uso de púrpura, brazaletes, pan, etc., con las conquistas que habían

hecho en Egipto los reyes etíopes sin duda de otras provincias, y

con la comunicación tan estrecha que habían tenido con la nación más

civilizada.

[259] Este vidrio sacado de las minas, muy diferente sin duda del

nuestro, da lugar a muchas conjeturas. Ámbar no puede serlo, pues solo

es depósito del mar Báltico; con más verosimilitud se le cree alcohol,

de que abunda la Abisinia, o una especie de sal de piedra, tierna al

excavarla y endurecida después al aire. Respecto a las costumbres que

atribuye Heródoto a los etíopes, convienen en parte con las actuales:

su amor a la bebida es el mismo; su vida, aunque no tan larga en la

actualidad, es favorecida por el clima y por la sencillez de costumbres

y alimentos; y su abundancia en oro es confirmada por muchos autores,

si bien no es menor en Abisinia la del hierro que es quizá el bronce de

Heródoto.

[260] No será impropio de este lugar reducir a un punto de vista

la historia de la antigua Etiopía esparcida por varios escritores.

El nombre de etíopes se extendía a los escitas del Araxes, a los

árabes de una y otra orilla del Mar Rojo, a los africanos de la Libia

interior, y a los abisinios o etíopes propios de quienes nos ocupamos.

Descendientes de Habaschi, hijo de Chus, que pasando el estrecho

de Bab-el-Mandeb dio el nombre a su nación y a su país, estuvieron

al principio divididos en varios reinos, que Plinio hace subir a

45, entre los cuales eran los más poderosos los de Méroe y Auxumis,

dilatándose el primero hasta la Tebaida; contra el cual dicen se

dirigió la famosa expedición de Moisés como general de Faraón. No es

improbable que la reina de Saba que visitó a Salomón fuese soberana a

un tiempo de los egipcios y etíopes, y que tuviera de Salomón un hijo

de quien descendían los antiguos reyes de Etiopía. Según pretenden

los abisinios, hubo también en Méroe diversas reinas con el nombre de

Candace, de una de las cuales era ministro el eunuco bautizado por

San Felipe. Reunidos los etíopes en un mismo imperio por Sesostris,

que será acaso el Sesac de la Escritura, tuvieron sus conquistadores,

como Zara, derrotado por Asá, rey de Judá, al frente de un millón de

soldados, y como el ya conocido Sabacón, llamado Sua o Taraca en la

Biblia, hasta que el asirio Asaraddon, para vengar la derrota de su

padre Senaquerib, se apoderó del Egipto y de la Etiopía, donde reinó

tres años con mucha crueldad. No se sabe más de los etíopes hasta Ciro,

cuyos sucesores solo dominaron algunos etíopes confinantes con Egipto.

Ptolomeo Evergetes penetró más tarde hasta Auxumis, y los romanos

entraron alguna vez en Etiopía; pero fueron efímeras y nada estables

sus conquistas.

[261] No sé por qué los griegos dieron este nombre al lugar donde se

deportaba a los desterrados. La citada Oasis era la mayor de las tres

así llamadas.

[262] Antes había ya Cambises con una conducta poco considerada

abrasado los templos en Menfis, y quitado de la tumba del rey

Osimandias un círculo de oro de 365 codos, en cuya superficie se

representaban todos los movimientos de las constelaciones del cielo.

Los restos escapados de las llamas subían a más de 300 talentos de oro.

[263] Jenofonte llama a este príncipe Tanasxares, y Justino, Mergis,

variación muy usada en los nombres de los príncipes bárbaros, nacida

entre los griegos y latinos de la diversidad de su lengua con la de

los orientales. Estos fratricidios de príncipes reales, fundados en

la máxima de Séneca, _non capit regnum duos_, eran entre los bárbaros

muy frecuentes, hasta que el cristianismo y su civilización vinieren a

destruirlos.

[264] Esta hermana a quien mató Cambises en Egipto, se llamaba Méroe,

y su hermana mayor, y mujer también suya, era Atosa. El ejemplo de

Cambises abrió la puerta a todo género de incesto entre los persas, que

cerrando los ojos al horror de la naturaleza y al grito de la razón, no

reconocían parentesco alguno, aun en primer grado, que les impidiera el

matrimonio.

[265] Estos consejeros de Estado, en número de siete, parece que

seguían siempre a la corte y al soberano, si bien algunos más

residirían quizá ya en una, ya en otra provincia del imperio,

según la urgencia de los negocios. El despotismo de los monarcas y

la arbitrariedad de los sátrapas no debía permitir en los jueces

tribunales que Jenofonte nos pinta en su _Ciropedia_, menos según la

realidad que según lo que debía ser.

[266] No es posible sacar a estos dioses del caos de la mitología, ni

dar razón de su nombre, procedencia y número, a menos que se les tome

por compañeros de Hefesto, padre de los herreros, venidos de Fenicia a

varios lugares de la Grecia.

[267] La isla de Samos, separada del Asia menor por un estrecho de mil

pasos de ancho, situada entre el grado 38 y 39 de latitud, y de unas

87 millas de circuito, poblada desde el principio por Macareo, hijo de

Eolo, ocupada después por los carios, y conquistada por los jonios en

tiempo de Roboam, fue una de las más célebres de Grecia. Su gobierno

sería antiguamente monárquico, pues se hace memoria no solo de Macareo,

Tembrio y Procles, antiguos posesores de la isla, sino también del

rey Anfícrates, anterior a la edad de Cambises. Prevaleció después

la democracia en tiempo de Creso y de Ciro, de quienes nunca fueron

vasallos los samios, muy poderosos por mar y opulentos comerciantes;

pero a la democracia sucedió la oligarquía de los _geómoros_, o de

algunos nobles que repartiéndose los campos gobernaron la isla con una

especie de Senado, hasta que fueron todos degollados por el pueblo;

el cual no recobró su libertad sino para recaer en manos del general

Silosonte, y poco después de la muerte de este, en las de Eaces, quien

dejó el mando a su hijo Polícrates, 531 años antes de Jesucristo.

[268] Si no es este realmente el ejemplar de la carta de Amasis, o un

extracto del discurso de Solón con Creso, está en ella perfectamente

imitada la simplicidad majestuosa de los antiguos soberanos. Sus

máximas, aunque fundadas en los errores del fatalismo y de la envidia

que se atribuye a los dioses, podrán ser ciertas aplicándolas a

la infalibilidad con que se cumplen los divinos decretos, una vez

previstos, pero no violentados los actos de nuestro libre albedrío, y

a la insolencia injuriosa, compañera de una larga prosperidad, con que

suele obcecar a los príncipes la justicia divina.

[269] Polícrates conservaba al parecer, contra lo que sucede

generalmente, aquella afectación de familiaridad con el pueblo,

aquella afabilidad y bizarría en convites y en servicios que le habían

conducido al mando, ganándole el aura popular.

[270] Véase lib I, pár. LXX.

[271] Concuerda Plinio con Heródoto en la descripción de este peto y

de la lana de que era formado, producto del arbusto del algodón que

se cría en los confines del Egipto con la Arabia; pero no acierta en

atribuir a Alejandría el primer uso de las telas de hilos de varios

colores, conocidas ya desde José, hijo de Jacob, y a Átalo la invención

del brocado o tela entretejida con hilos de oro, que vemos usados ya en

el peto de Amasis.

[272] Los asirios y babilonios fueron verosímilmente los primeros

autores del eunuquismo, pues antes de los persas lo vemos ya usado

en los palacios lidios y medos: barbarie cruel y afeminación indigna

que se imita escandalosamente en Italia para dar buenas voces a los

conciertos y teatros.

[273] Es incierta la época en que los corintios enviaron sus colonias

a Corfú, aunque debió ser posterior a Homero, quien la llama en su

_Odisea_, Esqueria, la tierra de los feacios, sin hacer mención de

Egnecrates, conductor de la colonia.

[274] Ciudad de la Argólida, quizá Pigiada hoy día, célebre por el

templo de Esculapio.

[275] No asiento a que el primogénito, como quieren algunos, se llamase

Gorgias, pues este era el nombre de un hermano de Periandro, cuyo hijo

Psamético sucedió en el gobierno a su tío.

[276] La muerte de Licofrón ocasionó al parecer entre los corintios y

corcíreos una batalla naval, de las más antiguas y célebres que vio la

Grecia.

[277] En Sifanto, que tal es el nombre de la antigua Sifnos, isla de

40 millas de circunferencia, no se trabajaba en el día mina alguna,

aunque se asegura que las hay de plomo. Tiene la isla cinco muy buenos

puertos, Faros, Vati, Quitriani, Jerrónisos y Calanca.

[278] _Wesselingio_ corrige por dos códices insignes el texto, que en

vez de _Hidrea_ decía _Tirea_, ciudad dentro de tierra en la Argólida,

lo que a muchos hizo incurrir en error.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 36 / 38 段