mayores, no solo anhelasen el derecho a la corona, sino que cometiesen
muchos desafueros e insolencias capitales, tanto que los lacedemonios
dieron contra ellos sentencia de muerte, y después presos los metieron
en la cárcel. Es uso de los lacedemonios ejecutar de noche la sentencia
de muerte en los condenados a ella, sin efectuarlo jamás de día.
Sucedió, pues, que habiendo resuelto que murieran los minias, sus
mujeres, que no solo eran ciudadanas, pero hijas aun de las principales
casas de Esparta, lograron con sus empeños el permiso de entrar en la
cárcel y de hablar cada una con su marido, permiso que se les otorgó
sin recelar de ellas la menor sombra de engaño ni de perjuicio. ¿Qué
intentan ellas una vez dentro? Cada cual da al marido sus propios
vestidos, y se visten con los de su marido, y así los minias con el
traje de sus mujeres, haciéndose pasar por ellas, saliéronse de la
cárcel, y otra vez por este medio se refugiaron al Taigeto.[423]
CXLVII. En aquella misma sazón salió de Lacedemonia para hacer un nuevo
establecimiento un hombre principal llamado Teras, hijo de Autesión,
nieto de Tisameo, biznieto de Tersandro, y tercer nieto de Polínices.
Siendo Teras de la estirpe cadmea,[424] era tío por parte de madre
de los dos hijos de Aristodemo, llamados el uno Eurístenes y el otro
Procles, en cuya menor edad tuvo la regencia del reino en Esparta.
Pero cuando los príncipes, sus sobrinos, llegados ya a la mayor edad,
quisieron encargarse del gobierno, a Teras, que había tomado gusto al
mandar, se le hacía tan intolerable el haber de ser mandado, que dijo
no poder vivir más en Lacedemonia, sino que quería volverse por mar a
vivir con los suyos. Eran estos los descendientes de Membliaro, hijo de
Peciles, de nación fenicio, quienes se habían establecido en la isla
que al presente se llama Tera,[425] y antes se llamaba Calista. Porque
como Cadmo el hijo de Agénor, yendo en busca de Europa hubiese llegado
a esa isla, ora fuese por parecerle buena la tierra, ora por algún otro
motivo que para ello tuviera, lo cierto es que dejó en ella en compañía
de otros muchos fenicios a Membliaro, que era de su misma familia.
Ocho generaciones habían ya trascurrido desde que estos fenicios
habitaban la isla Calista, cuando Teras fue allá desde Lacedemonia.
CXLVIII. Vino Teras con una colonia de hombres que había reclutado
entre las tribus de Lacedemonia, con ánimo de avecindarse en la
isla con ellos y no de echarles de casa, antes bien de hacerles
muy familiares y amigos. Viendo, pues, Teras a los minias huidos
de la cárcel y refugiados en el Taigeto, pidió a los lacedemonios,
empeñados en quitarles la vida, que se la quisiesen perdonar, pues él
se encargaba de sacárselos del país. Habiendo condescendido con su
súplica los lacedemonios, Teras se hizo a la vela con tres naves de
cincuenta remos, para irse a juntar con los descendientes de Membliaro,
llevando consigo no a todos los minias, sino a unos pocos que quisieron
seguirle, pues la mayor parte de ellos habían partido para echarse
contra los paroreatas y los caucones;[426] y habiendo logrado en efecto
arrojarles de su patria, se quedaron allí repartidos en seis ciudades,
que fueron la de Lépreo, la de Macisto, la de Frixas, la de Pirgo,
la de Epio, y la de Nudio, muchas de las cuales fueron en mis días
asoladas por los eleos. Llegado Teras a la isla, llamose esta Tera, del
nombre del conductor de la nueva colonia.
CXLIX. Tenía Teras un hijo que no quiso embarcarse con su padre, quien
resentido le dijo que si no le seguía, le dejaría allí como una oveja
entre los lobos, de donde vino a quedarle después al mancebo, sin
caérsele jamás, el nombre de Eólico (oveja-lobo). Tuvo Eólico después
por hijo a Egeo, del cual lleva el nombre de Égidas una de las tribus
de Esparta más numerosa. Como a los naturales de aquel distrito se
les muriesen los hijos siendo aún niños, por aviso de un oráculo se
edificó un templo, y se dedicó a las furias de Layo y de Edipo. Esto
mismo aconteció después a los originarios de la misma tribu cuando
fueron a establecerse en Tera.
CL. Hasta aquí van acordes en la historia los lacedemonios con los
naturales de Tera; pero acerca de lo que pasó después, solo los tereos
son los que nos refieren lo siguiente: Grino, hijo de Esanio, uno de
los descendientes de Teras y rey de la isla de Tera, partió para Delfos
llevando consigo una hecatombe (o _sacrificio de cien bueyes_). Entre
otros vecinos que le acompañaban iba Bato, hijo de Polimnesto, el cual
era de la familia de los Eutimidas, una de las minias. Consultando,
pues, Grino, rey de los tereos, acerca de otros asuntos, la Pitia le
dio en respuesta un oráculo que le mandaba fundar una colonia en Libia.
Pero Grino le replicó diciendo: «Oh señor, me hallo muy viejo y tan
agobiado que no puedo sostenerme. Os suplico que eso lo mandéis más
bien a alguno de estos mozos que aquí tengo». Y al decir estas palabras
apuntó con el dedo a Bato. Por entonces no hubo más: vueltos a su casa,
no contaron ya con el oráculo, parte por no saber hacia dónde caía la
tal Libia, parte por no atreverse a enviar una colonia a la ventura.
CLI. Después de este caso, durante siete años no llovió gota en Tera,
y cuantos árboles había en la isla, todos, salvo uno solo, quedaron
secos. Consultaron los tereos sobre esta calamidad al mismo Apolo, y la
Pitia les respondió con el oráculo de enviar una colonia a la Libia.
Viendo que no cesaba el azote ni se les daba otro remedio, enviaron
unos diputados a Creta con orden de informarse si alguno, o natural
del país o habitante en él, había ido a la Libia. Yendo los diputados
de ciudad en ciudad llegaron a la de Itano,[427] donde hallaron un
mercader de púrpura llamado Corobio, quien les dijo que llevado de una
tempestad había aportado a Libia, y tocado en una isla de ella llamada
Platea. Haciendo al mercader ventajosos partidos, se lo llevaron a
Tera, de donde salieron en una nave unos descubridores de la Libia que
no fueron muchos al principio, quienes gobernados por el piloto Corobio
aportaron a la isla Platea,[428] donde habiendo dejado a su conductor
con víveres para algunos meses, dieron prontamente la vuelta a Tera
para llevar noticias a los suyos del descubrimiento de la nueva isla.
CLII. Íbanse acabando las provisiones al infeliz Corobio, porque los
tereos dilataban la vuelta por más tiempo del que tenían ajustado;
pero entre tanto una nave samia, cuyo capitán era Coleo, fletada para
Egipto, fue llevada por los temporales a la misma Platea. Los samios
que en ella venían, informados por Corobio de todo lo sucedido, le
proveyeron de víveres para un año, y levando ancla deseosos de llegar
al Egipto, partiéronse de la isla, por más que soplaba el viento
Subsolano, el cual, como no quisiese amainar, les obligó a pasar más
allá de las columnas de Heracles, y aportar por su buena suerte a
Tarteso. Era entonces Tarteso para los griegos un imperio virgen y
reciente que acababan de descubrir. Allí negociaron también con sus
géneros, que ninguno les igualó jamás en la ganancia del viaje, al
menos de aquellos de quienes puedo hablar con fundamento, exceptuando
siempre a Sóstrato, natural de Egina, hijo de Laodamante, con quien
nadie puede apostárselas en lucro. Los samios, poniendo aparte la
décima de su ganancia, que subió a seis talentos, hicieron con ella un
caldero de bronce a manera de pila argólica; alrededor de él había unos
grifos mirándose unos a otros, y era sostenido por tres colosos puestos
de rodillas, cada uno de siete codos de alto: fue dedicado en el Hereo.
CLIII. La humanidad de los samios para con Corobio fue el principio
de la grande armonía que sucedió después entre cireneos y samios. Pero
volviendo a los descubridores tereos, dejado que hubieron en aquella
isla a Corobio y vueltos a Tera, dieron razón de la isla de la Libia
hallada por ellos, y de la posesión que de ella habían tomado. Con esta
noticia determinaron los tereos que se enviase allá una colonia, que
en los siete distritos de que se componía Tera, uno de dos hermanos de
cada familia entrase en cántaro para ella, y que Bato fuese allí por su
rey y conductor. Así enviaron a Platea dos _pentecónteros_ cargados de
colonos.
CLIV. Esto cuentan los tereos: en todo lo demás van conformes con
los cireneos, los cuales solo discuerdan de los tereos por lo que
mira a Bato, pues nos refieren así la historia: Hay, dicen, en Creta
una ciudad llamada Oaxo, donde era rey Etearco, el cual, viudo ya, y
teniendo en casa una hija de su primera mujer, por nombre Frónima, casó
de segundas nupcias con otra. La nueva esposa dio muchas pruebas de que
era realmente madrastra: no contenta con el odio que llevaba consigo el
nombre, no perdía ocasión de maltratar a Frónima y de maquinar contra
ella cuanto podía, hasta el punto de ponerla tacha en su honor, e
inducir al marido a creer que tenía en su hija una ramera. Engañado así
el padre, tomó contra ella una extraña resolución. Había un natural de
Tera y negociante en Oaxo, por nombre Temison, a quien Etearco, después
de recibirle por huésped suyo, le conjuró por los fueros más sagrados
de la hospitalidad que le concediese una merced que le quería pedir; y
habiéndole aquel jurado que se la haría, preséntale Etearco a su misma
hija, y le manda que la arroje al mar. Quejoso Temison de la mala fe
de su huésped en arrancarle el juramento, y renunciando a la carta del
hospedaje; tomó el expediente de embarcar consigo a la hija de Etearco,
y estando en alta mar, para cumplir con la formalidad del juramento,
la echó al agua sostenida con unas cuerdas, y sacándola otra vez con
ellas, la llevó a Tera.
CLV. Allí un ciudadano ilustre entre los tereos, llamado Polimnesto,
tomó a Frónima por concubina, y de ella tuvo a su tiempo un hijo de voz
trabada y balbuciente, a quien se le dio el nombre de Bato, según dicen
los cireneos, pero a lo que imagino se le daría algún otro nombre, pues
no fue llamado Bato sino después de haber ido a la Libia; nombre que se
le dio, así por causa del oráculo que en Delfos se le profirió, como
por la dignidad honrosa que después tuvo, acostumbrando los libios dar
al rey el nombre de Bato. Este creo fue el motivo por que la Pitia en
su oráculo le dio tal nombre, como que entendía la lengua líbica, y
sabía que él vendría a ser rey en Libia; pues es cierto que él, llegado
a la mayor edad, había ya ido a Delfos a consultar el oráculo sobre el
defecto de su lengua, y que a su consulta había respondido así la Pitia:
Te trajo, oh Bato, aquí tu voz trabada;
a poblar en la Libia, madre de reses,
Apolo manda que de jefe vayas.
A este oráculo repitió el consultante: «Mi amo y señor, acá vine para
pediros remedio de mi voz trabada y defectuosa, y vos me dais oráculos
diferentes para mí imposibles, ordenándome que funde ciudades en la
Libia. ¿Qué medios y qué poder tengo yo para ello?». Por más que así
representó, no pudo lograr otra respuesta del oráculo; y viendo Bato
que se le inculcaba siempre lo mismo que antes, dejando las cosas en
tal estado, regresó a Tera.
CLVI. Mas como en adelante no solo a él sino también a los otros
vecinos de Tera todo continuase en salirles mal, no pudiendo dar estos
con la causa de tanta desgracia, enviaron a Delfos a saber cuál fuese
la ocasión de semejante calamidad. La respuesta de la Pitia fue que
como fueran con Bato a fundar una colonia en Cirene de la Libia,
todo les iría mejor. Por esta respuesta resolvieron los tereos enviar
allá a Bato con dos galeras de 50 remos. Estos colonos aventureros,
como no pudiesen dejar de partir, se hicieron a la vela como para ir
en busca de la Libia; pero vueltos atrás se restituyeron a Tera. A su
regreso les echaron de allá los tereos, sin dejarles arribar a tierra,
mandándoles que otra vez emprendiesen la navegación. Obligados a ello,
emprendieron de nuevo su viaje, y poblaron cerca de la Libia una isla,
que según dije se llamaba Platea, y que pretenden no es mayor que la
sola ciudad actual de Cirene.
CLVII. Después de haberla habitado ya dos años y de ver que no por esto
mejoraban sus negocios, dejando en ella un hombre solo, partieron todos
los demás para Delfos. Presentándose allí al oráculo, le propusieron
que a pesar de ser ya moradores de la Libia no por eso experimentaban
alivio en sus calamidades. A lo que la Pitia respondió:
Sin ir a Libia, que en ganado abunda,
pretendes saber más acerca de ella
que yo mismo que allí a verla estuve:
admírame, pues, tu gran talento.
Oída tal respuesta, viendo Bato que Apolo no les dejaría parar con su
colonia si primero no fueran a colocarla en el mismo continente de
Libia, volviose a embarcar con su comitiva. Vuelto con los suyos a su
isla, y tomado consigo al que allí dejaron, hicieron una población en
un sitio de la Libia llamado Aziris,[429] situado enfrente de la isla,
rodeado de hermosísimas colinas y bañado a un lado por un río.
CLVIII. Seis años enteros estuvieron en este paraje, pero llegado el
séptimo, los mismos libios lograron de ellos que lo desamparasen,
prometiendo transportarles a otro sitio mejor; y en efecto, los
condujeron hacia poniente a una región la más bella del universo.
Pero a fin de que los griegos no atinasen dónde venía a caer el nuevo
establecimiento, los llevaron allá de noche, no fuese que viajando de
día midiesen por las horas el sitio y la distancia. El nombre del país
adonde fueron es el de Irasa. Habiéndoles, pues, llevado a una fuente
que se dice ser de Apolo: «Amigos griegos, les dijeron, aquí sí que
estaréis bien; este lugar es un encanto; aquí vienen a caer las mismas
cataratas del cielo».
CLIX. Durante el tiempo de la vida de Bato,[430] el conductor de la
colonia, que reinó 40 años, y el de Arcesilao su hijo, que reinó 16, se
mantuvieron allí los cireneos tantos en número cuantos al principio de
la fundación habían sido a ella destinados. Pero en tiempo del tercer
rey, llamado Bato el Feliz, la Pitia con sus oráculos movió a todos
los griegos a navegar a Libia para incorporarse en la colonia de los
cireneos que les convidaban con la repartición de las posesiones y
campos. El oráculo que profirió fue el siguiente:
Quien al reparto de la fértil Libia
tarde acuda, no poco ha de pesarle.
El efecto fue que se juntó en Cirene mucho griego; pero viendo los
libios circunvecinos que se les iba cercenando mucho el terreno, y
no pudiendo sufrir Adicrán, que este era el nombre de su rey, ni el
perjuicio de verse privado de aquella comarca, ni la insolencia que
con él usaban los cireneos, por medio de unos enviados al Egipto, se
entregaron a sí mismos con todos sus bienes al rey de los egipcios
Apríes. Juntó este un numeroso ejército de egipcios, y le hizo marchar
a Cirene. Concurrieron armados los cireneos al lugar llamado Irasa y
a la fuente Teste,[431] donde venidos a las manos con los egipcios,
quienes no sabiendo por experiencia qué tropa era la griega la tenía en
bajo concepto, les vencieron y derrotaron de manera que pocos pudieron
volver sanos a Egipto, cuya pérdida fue la causa de que, irritados por
ella los egipcios, se rebelasen contra Apríes.
CLX. El mencionado Bato tuvo por hijo a Arcesilao, quien le sucedió en
el mando, si bien desde el principio reinó entre él y sus hermanos la
discordia y sedición, hasta el punto de separarse estos y de partir
hacia otra parte de la Libia. Allí, habiendo tomado acuerdo entre
ellos, fundaron la ciudad que entonces llamaron Barca, como se llama
todavía. No contentos con su rebelión, al tiempo que la fundaban
hicieron que los libios se alzasen contra los cireneos. Arcesilao hizo
después una expedición contra los libios, tanto los que habían acogido
a los rebeldes, como contra los que se le habían rebelado; pero estos,
por miedo que de él tuvieron, dejando sus tierras huyeron hacia los
libios orientales. Fueles siguiendo Arcesilao, hasta que llegados
los fugitivos a un lugar de la Libia llamado Leucón, se resolvieron
a cargar contra el enemigo. En la refriega fueron los libios tan
superiores, que allí quedaron muertos 7000 _hoplitas_[432] cireneos.
Después de esta desgracia, cayó enfermo Arcesilao, y estando en cama
y habiendo tomado una medicina, fue ahogado por su hermano Learco, a
quien mató después a traición la viuda de Arcesilao, que tenía por
nombre Erixo.
CLXI. En vez de Arcesilao entró a reinar su hijo Bato, que era cojo y
de pies contrahechos. Por razón del destrozo padecido en la guerra,
los cireneos destinaron unos diputados a Delfos para saber del oráculo
de qué medio se podrían valer para poner su ciudad en mejor estado.
Mandoles la Pitia que tomasen en Mantinea[433] de la Arcadia un
reformador, para cuyo empleo, a petición de los cireneos, fue nombrado
por los de Mantinea, Demonacte, el hombre de mayor crédito que había
en la ciudad. Habiendo después pasado el nuevo visitador a Cirene,
e informándose puntualmente de todo, hizo en ella dos innovaciones:
la una fue distribuir en tres partidos a sus vecinos, señalando para
el uno a los tereos con los pueblos fronterizos; para el otro a los
peloponesios con los cretenses; para el tercero a todos los demás
isleños: la segunda fue pasar todos los derechos y regalías que habían
tenido antes los reyes al cuerpo de la república, dejando al rey Bato
la prerrogativa del sacerdocio y la inspección de los templos con sus
ingresos.
CLXII. Duró tal estado de cosas todo el tiempo que vivió Bato; pero en
el de su hijo Arcesilao nació una gran contienda y porfía acerca de los
puestos y magistraturas. Autor de ella fue dicho Arcesilao, hijo de
Bato el cojo y de Feretima, el cual no quería estar a lo ordenado por
Demonacte de Mantinea, sino que pretendía recobrar todas las regalías
y derechos de sus antepasados. El éxito de la sedición y discordia fue
que, perdida por Arcesilao la batalla, hubo de escapar a Samos, y su
madre a Salamina de Chipre. Era entonces señor de Salamina Eveltón,
el que dedicó en Delfos aquel incensario tan digno de verse que se
conserva allí en el tesoro de los corintios.[434] Llegada a la corte
de este, Feretima pidiole un ejército que le restituyese a Cirene:
esmerábase Eveltón en hacerle mil regalos, menos lo que ella le pedía;
mas la princesa al recibirlos decíale que buenas eran aquellas dádivas
y que mucho las agradecía, pero que fuera mejor y que mucho más le
agradeciera el favor del ejército que le había pedido; y esta era la
arenga que a cada regalo repetía. Regalole, por último, Eveltón un huso
de oro y una rueca armada con su copo de lana, y como también entonces
Feretima repitiese las mismas palabras, respondiole aquel: «Con estos
dijes se obsequia a una mujer y no con el mando de un ejército».
CLXIII. Por aquel mismo tiempo Arcesilao, refugiado en Samos, no hacía
sino reclutar a cuantos podía, con la promesa de repartirles campos
en Cirene. Recogido ya un grande ejército, fuese él mismo a Delfos a
consultar aquel oráculo sobre su vuelta, a lo que respondió la Pitia:
«Apolo os da el reino en Cirene hasta el cuarto Bato y el cuarto
Arcesilao por espacio de ocho generaciones; pero él mismo os exhorta
a que no penséis en prolongarlo más allá. Vuélvete tú, y mantente
tranquilo en casa; y si acaso hallares el horno lleno de cántaros no te
dé la gana de cocerlos, antes déjalos muy enhorabuena. Pero si cocieres
la hornada, no entres en la _rodeada de agua_, pues de no hacerlo así
morirás tú mismo, y contigo el más bravo toro».
CLXIV. Este oráculo dio la Pitia a Arcesilao, quien llevando consigo
las tropas que tenía en Samos, fuese a Cirene. Apoderado allí del
mando, no se acordaba ya de la profecía de la Pitia, sino que procuraba
vengarse de los que se le habían levantado, obligándoles a la fuga.
Algunos de sus contrarios, sin querer exponerse al peligro, se habían
ausentado del país; a algunos otros, caídos en manos de Arcesilao, se
les envió a Chipre para que se les hiciese perecer, si bien quiso la
fortuna que habiendo aportado a Cnido,[435] los cnidios les librasen de
la muerte, y les enviasen a Tera: algunos otros, por fin, se refugiaron
a una gran torre de un particular llamado Aglomaco la cual mandó rodear
de fagina Arcesilao y quemar vivos en ella a dichos cireneos. Como
reflexionase después sobre lo hecho, y entendiese que a esto aludía
lo que la Pitia le decía en el oráculo, que si hallaba los cántaros
en el horno no quisiese cocerlos, temiendo la muerte que se le había
profetizado, e imaginando que Cirene era la _rodeada de agua_ del
oráculo, no quiso de propósito entrar más en la ciudad de los cireneos.
Estaba casado con una parienta hija del rey de los barceos llamada
Alacir: refugiose, pues, a la corte de su suegro. Allí, algunos de los
ciudadanos, junto con aquellos cireneos que vivían en ella desterrados,
habiéndole acechado al tiempo que paseaba por la plaza, le asesinaron
juntamente con su suegro. Así Arcesilao vino a encontrar con su destino
fatal, habiéndose desviado, o de propósito o por descuido, del aviso
del oráculo.
CLXV. En tanto que Arcesilao se detenía en Barca preparando su misma
ruina, Feretima su madre cumplía con todas las funciones honrosas de
gobernadora del reino en lugar de su hijo, acudiendo al despacho de
los negocios y presidiendo en el consejo de Estado. Pero apenas supo
que su hijo había sido asesinado en Barca, huyó sin más dilación al
Egipto, a lo que la movieron los servicios que Arcesilao tenía hechos a
Cambises, hijo de Ciro,[436] habiendo sido el que puso a Cirene bajo
la protección del persa, y se la hizo tributaria. Llegada Feretima
al Egipto, imploró la protección de Ariandes, suplicándole quisiese
ampararla y vengarla de los rebeldes, valiéndose del pretexto de decir
que por adicto a los medos había muerto su hijo.
CLXVI. Era Ariandes el virrey de Egipto nombrado por Cambises, y
andando el tiempo quiso apostárselas con Darío, temeridad que pagó con
la cabeza; pues habiendo oído y visto que Darío quería dejar de sí una
memoria sin igual que ningún otro monarca hubiese dejado antes, quiso
Ariandes imitarle por su parte, hasta que por esta competencia llevó
su merecido. Acuñó Darío una moneda de oro el más puro y acendrado que
darse pudiese;[437] y Ariandes el virrey de Egipto hizo otro tanto en
una moneda de plata finísima que mandó batir, de donde aún ahora no hay
plata más acendrada y pura que la ariándica. Informado Darío de lo que
hacía Ariandes, so color de que se le había sublevado, le hizo morir.
CLXVII. Lleno entonces Ariandes de compasión por Feretima, diole en
su socorro toda la armada de Egipto, así la de tierra como la de mar,
señalando por general de tierra a Amasis, de patria marafio, y de mar
a Bardes, que era de la familia de los Pasargadas. Pero antes de hacer
partir el ejército envió Ariandes a Barca un heraldo que preguntase
quién había sido el que mató a Arcesilao, a lo que respondieron los
barceos que todos a una le habían dado la muerte por haber recibido de
él muchas injurias. Con tal respuesta acabose Ariandes de resolver, y
envió todo su ejército juntamente con Feretima.
CLXVIII. Tal era el pretexto que se hacía valer para aquella
expedición; pero a lo que entiendo, el motivo verdadero no era sino
el deseo de conquistar a los de la Libia; porque siendo muchas y
varias las naciones de los libios, muy pocas eran las que entre ellas
obedecían al persa, y la mayor parte en nada contaban con Darío.
Explicaré la situación de los libios, comenzando desde el Egipto. Los
primeros vecinos a este reino son los adirmáquidas,[438] que tienen
sus propias leyes y costumbres, aunque por la mayor parte son las
mismas que las de Egipto. En el vestido siguen el traje de los otros
libios; sus mujeres llevan en una y otra pierna ajorcas de bronce, y
los insectos que al peinarse cogen los muerden luego, y vengadas así
de sus picaduras los arrojan, cosa que solo se usa en esta nación.
Son los únicos asimismo entre los libios que presentan al rey todas
las doncellas que están para casarse, y si alguna le agrada, él es el
primero en conocerla. Estos adirmáquidas se extienden desde el Egipto
hasta el puerto que llaman Plino.
CLXIX. Confinan con estos los giligamas, situados hacia poniente hasta
la isla Afrodisíade.[439] Frontera del medio de este país viene a caer
la isla Platea, que poblaron los cireneos. En su continente se halla
el puerto de Menelao y también la región de Aziris en que los cireneos
habitaban. Desde allí comienza el silfio, que desde la isla de Platea
se extiende hasta la boca o entrada de la Sirte. El modo de vivir de
estos pueblos es el mismo que el de los primeros.
CLXX. Por la parte de poniente los asbistas son confinantes con los
giligamas; están sobre Cirene, y no llegan hasta el mar, cuya costa
ocupan los cireneos. Son entre los libios los más aficionados a
gobernar una carroza de dos tiros. En los más de sus usos y modales
imitan a los de Cirene.