CXXII. Los batidores enviados por los escitas hallaron a los persas

acampados a cosa de tres jornadas del Istro. Una vez hallados, les

ganaron la delantera un día de camino, y plantando diariamente sus

reales, iban delante talando la tierra y cuanto producía. Los persas,

habiendo visto asomar la caballería de los escitas, dieron tras ellos,

siguiendo siempre las pisadas de los que se les iban escapando; y como

se encontrasen en derechura con el primer cuerpo mencionado, íbanle

siguiendo después hacia levante, acercándose al Tanais. Pasaron el río

los escitas, y tras ellos lo pasaron los persas, que les iban a los

alcances, hasta que pasado el país de los saurómatas, llegaron al de

los budinos.

CXXIII. Mientras que marcharon los persas por la tierra de los escitas

y por la de los saurómatas nada hallaban que arruinar en un país

desierto y desolado. Pero venidos a la provincia de los budinos,[414]

encontrando allí una ciudad de madera que habían dejado vacía sus

mismos vecinos, la pegaron fuego. Hecha esta proeza, continuaban en ir

adelante, siguiendo la marcha de los escitas, hasta que, atravesada ya

aquella región, se hallaron en otra desierta, totalmente despoblada

y falta de hombres, que cae mas allá de la de los budinos y tiene de

extensión siete días de camino. Mas allá de este desierto viven los

tiságetas, de cuyo país van bajando cuatro ríos llamados el Lico, el

Oaro, el Tanais y el Sirgis, que corren por la tierra de los mayatas y

desaguan en la laguna Mayátide.

CXXIV. Viéndose Darío en aquella soledad, mandando a sus tropas hacer

alto, las atrincheró en las orillas del Oaro. Estando allí hizo

levantar ocho fuertes, todos grandes y a igual distancia unos de

otros, que sería la de 60 estadios, cuyas ruinas y vestigios aún se

dejaban ver en mis días.[415] En tanto que Darío se ocupaba en aquellas

fortificaciones, aquel cuerpo de escitas en cuyo seguimiento él había

venido, dando una vuelta por la región superior, fue retirándose otra

vez a la Escitia. Habiendo, pues, desaparecido de manera que ni rastro

de escita quedaba ya, tomó Darío la resolución de dejar sus castillos

a medio construir; y como tuviese creído que en aquel ejército, cuya

pista había perdido, iban todos los escitas tomando la vuelta de

poniente, emprendió otra vez sus marchas, imaginando que todos sus

enemigos fugitivos iban escapándosele hacia aquella parte. Así que

moviendo cuanto antes todas sus tropas, apenas llegó a la Escitia, dio

con los dos cuerpos de los escitas otro vez unidos, y una vez hallados

iba siguiéndoles siempre a una jornada de distancia, mientras ellos de

propósito cedían.

CXXV. Y como no cesase Darío de irles a los alcances, conforme a su

primera resolución, iban retirándose poco a poco hacia las tierras de

aquellas naciones que les habían negado socorros contra los persas.

La primera donde les guiaron fue la de los melanclenos, y después que

con su venida y con la invasión de los persas los tuvieron conmovidos

y turbados, continuaron en guiar al enemigo hacia el país de los

andrófagos. Alborotados también estos, fueron los escitas llevándole

hacia los neuros, poniéndoles asimismo en grande agitación, e iban

adelante huyendo hacia los agatirsos, con los persas en su seguimiento.

Pero los agatirsos, como viesen que sus vecinos, alborotados con

la visita de los escitas, abandonaban su tierra, no esperando que

estos penetrasen en la suya, enviáronles un heraldo con orden de

prohibirles la entrada en sus dominios, haciéndoles saber que si la

intentaban, les sería antes preciso abrirse paso por medio de una

batalla. Después de esta previa íntima salieron armados los agatirsos a

guardar sus fronteras, resueltos a defender el paso a los que quisiesen

acometerles. Acaeció que los cobardes melanclenos, andrófagos y neuros,

cuando vieron acercarse a los escitas arrastrando a los persas en su

seguimiento, olvidados de sus amenazas, en vez de tomar las armas para

su defensa, echaron todos a huir hacia el norte y no pararon hasta

verse en los desiertos. Noticiosos los escitas de que los agatirsos

no querían darles paso, no prosiguieron sus marchas hacia ellos, sino

que desde la comarca de los neuros fueron guiando a los persas a la

Escitia.

CXXVI. Viendo Darío que se dilataba la guerra y que nunca cesaba la

marcha, determinó enviar un mensajero a caballo que alcanzase al rey

de los escitas Idantirso y le diese esta embajada: «¿Para qué huir y

siempre huir, hombre villano? ¿No tienes en tu mano escoger una de dos

cosas que voy a indicarte? Si te crees tan poderoso que seas capaz de

hacerme frente, aquí estoy, detente un poco, déjate de tantas vueltas y

revueltas, y frente a frente midamos las fuerzas en campo de batalla.

Pero si te tienes por inferior a Darío, cesa también por lo mismo de

correr, préstame juramento de fidelidad, como a tu soberano, ofreciendo

a mi discreción haciendas y personas, con la única fórmula de que me

dais la tierra y el agua, y ven luego a recibir mis órdenes».

CXXVII. A esta embajada dio la siguiente respuesta el rey de los

escitas Idantirso: «Sábete, persa, que no es la que piensas mi

conducta. Jamás huí de hombre nacido porque le temiese, ni ahora huyo

de ti, ni hago cosa nueva que no acostumbre a hacerla del mismo modo en

tiempo de paz. Quiero decirte por qué sobre la marcha no te presento

la batalla: porque no tenemos ciudades fundadas, ni campos plantados,

cuya defensa nos obligue a venir luego a las manos con solo el recelo

de que nos las toméis o nos las taléis. ¿Sabes cómo nos viéramos luego

obligados del todo a una acción? Nosotros tenemos los sepulcros de

nuestros padres: allí, oh persa, si tienes ánimo de descubrirlos y

osadía de violarlos, conocerás por experiencia si tenemos o no valor

de volver por ellos cuerpo a cuerpo contra todos vosotros. Pero antes

de recibir esta injuria, si no nos conviene, no entraremos contigo en

combate. Basta lo dicho acerca del encuentro que pides; por lo tocante

a soberanos, no reconozco otros señores que lo sean míos que Zeus,

de quien desciendo, y Hestia, la reina de los escitas. En lugar de

los homenajes de tierra y agua, y del despotismo que pretendes sobre

personas y haciendas, te enviaré unos dones que más te convengan. Mas

para responder a la arrogancia con que te llamas mi soberano, te digo,

a modo de escita, que vayas en hora mala con tu soberanía». Tal fue la

respuesta de los escitas que llevó a Darío su mismo enviado.

CXXVIII. Los reyes de los escitas,[416] que se veían llamar esclavos

en la embajada del persa, montaron en cólera, y llevados de ella

despacharon hacia el Istro el cuerpo de sus tropas, a cuyo frente iba

Escópasis con orden de abocarse con los jonios que guardaban el puente

allí formado. Pero a los otros que quedaban les pareció no hostigar

más a los persas, llevándolos de una a otra parte, sino cargar sobre

ellos siempre que se detuviesen a comer. Como lo determinaron así lo

practicaron, esperando y atisbando el tiempo de la comida. En efecto,

la caballería de los escitas en todas aquellas escaramuzas desbarataba

a la de los persas, la cual, vueltas las espaldas, era apoyada por su

infantería, que salía luego a la defensa de los fugitivos. Los escitas,

puesta en huida la caballería enemiga, por no dar con la infantería

volvían a su campo, si bien al venir la noche tornaban a molestar con

sus embestidas al enemigo.

CXXIX. Voy a referir un incidente extraño y singular que en aquellos

ataques contra el campo de Darío aprovechó mucho a los persas, y a

los escitas les incomodó sobremanera. Tal fue, ¡quién lo creyera!, el

rebuzno de los asnos y la figura de los mulos, pues la Escitia, como

antes dije, es una tierra que no produce burros, ni cría mulos, ni se

deja ver en todo el país asno ni macho alguno a causa del rigor del

frío. Sucedía, pues, que rebuznando aquellos jumentos alborotaban la

caballería de los escitas, y no pocas veces al tiempo mismo de embestir

contra los persas y en la fuga de sus escaramuzas, oyendo los caballos

el rebuzno de los burros, volvíanse de repente perturbados, y les

entraba tal miedo y espanto, que se paraban con las orejas levantadas,

como quienes nunca habían oído aquel sonido ni visto aquella figura. No

dejaba esto de tener alguna parte en el éxito de las refriegas.

CXXX. Mas como viesen los escitas que los persas turbados empezaban a

desmayar y no sabían qué hacerse, se valieron de un artificio que les

convidase a detenerse más en la Escitia, y aumentase de este modo su

trabajo viéndose faltos de todo. Dejaron, pues, allí cerca una porción

de ganados juntamente con sus pastores,[417] y se fueron hacia otra

parte. Los persas, encontrando aquel ganado, sé lo llevaban muy ufanos

y contentos con su presa.

CXXXI. Después de haber entretenido muchas veces al enemigo con aquel

ardid, no sabía ya Darío qué partido tomar. Entendíanlo bien los reyes

de los escitas, y determinaron enviarle un heraldo que le regalase

de su parte un pájaro, un ratón, una rana y cinco saetas. Los persas

no hacían sino preguntar al portador les explicase qué significaban

aquellos presentes; pero él les respondió que no tenía más orden que

la de regresar con toda prontitud, una vez entregados los dones, y

que bien sabrían los persas, si eran tan sabios como lo presumían,

descifrar lo que significaban los regalos.

CXXXII. Oído lo que el enviado les decía, pusiéronse los persas a

discurrir sobre el enigma. El parecer de Darío era que los escitas

con aquellos dones se rendían a su soberanía, entregándose a sí

mismos, entregándole la tierra y entregándole el agua, en lo cual se

gobernaba por sus conjeturas; porque el ratón, decía, es un animal que

se cría en tierra y se alimenta de los mismos frutos que el hombre,

porque la rana se cría y vive en el agua, porque el pájaro es muy

parecido al caballo, y en fin, porque entregando las saetas venían

ellos a entregarle toda su fuerza y poder. Tal era la interpretación

y juicio que Darío profería; pero Gobrias, uno de los septemviros que

arrebataron al mago trono y vida, dio un parecer del todo diferente

del de Darío, pues conjeturó que con aquellos presentes querían

decirles los escitas: si vosotros, persas, no os vais de aquí volando

como pájaros, o no os metéis bajo de tierra hechos unos ratones, o

de un salto no os echáis en las lagunas convertidos en ranas, no os

será posible volver atrás, sino que todos quedaréis aquí traspasados

con estas saetas. Así explicaban los persas la alusión de aquellos

presentes.

CXXXIII. Volviendo a aquel cuerpo de escitas encargado primero de

ir a cubrir el país vecino a la laguna Mayátide, y después de pasar

hacia el Istro para conferenciar con los jonios, habiendo llegado al

puente les hablaron en estos términos: «¿Qué hacéis aquí, jonios? Para

traeros la libertad hemos venido, con tal que nos queráis escuchar.

Tenemos entendido que Darío os dio la orden de que solo guardaseis

este puente por espacio de 60 días, y que si pasado este término no

compareciese, os volvieseis a vuestras casas. Ahora, pues, bien podéis

hacerlo así: en ello no ofenderéis a Darío ni tampoco a nosotros. Así

que, habiéndole esperado hasta el día y plazo señalado, desde ahora os

mandamos que partáis de ahí». Habiéndoles prometido los jonios que así

lo harían, se volvieron los escitas al punto sin más aguardar.

CXXXIV. Los demás escitas, después de los regalos enviados a Darío,

puesta al cabo en orden de batalla toda su infantería y caballería,

presentáronse al enemigo como determinados a una acción general.

Formados así en filas, pasó casualmente por entre ellos una liebre, y

apenas la vieron cuando corrieron todos tras ella; y viéndolos Darío

agitados con esto y gritando todos a una contra el animal, preguntó

qué alboroto era aquel de los enemigos, y oyendo que perseguían a

una liebre, vuelto a aquellos con quienes solía comunicar todas las

cosas: «Verdaderamente, les dijo, que nos tienen en vilísimo concepto

esas hordas atrevidas, y que ahora nos están zumbando, de suerte que

me parece que Gobrias atinaba con el sentido de sus dones. Puesto

que también me conformo yo con la interpretación de Gobrias, es

preciso discurrir el medio mejor para podernos retirar de aquí con

toda seguridad». A lo cual Gobrias respondió: «Señor, si bien estaba

yo antes casi asegurado por la fama de que estos escitas eran unos

bárbaros infelices, con todo, llegado aquí lo he visto por mis ojos,

y estoy viendo aún que ellos se burlan de nosotros como de niños,

tomándonos por juguete. Mi parecer sería que luego que cierre la noche,

la primera digo que llegue, encendidos en el campo los mismos fuegos

que solíamos antes, y dejando en él, so color de alguna sorpresa, las

tropas de menor resistencia para la fatiga, y atados allí todos los

asnos, nos partiéramos del país, primero que, o los escitas corran

en derechura al Istro para deshacernos el puente, o los jonios nos

intenten algún daño tal, que nos acabe de perder y arruinar».

CXXXV. Este fue el parecer que dio Gobrias, y del cual venida apenas la

noche se valió Darío, quien dejó en su campo los inválidos y achacosos

y a todos aquellos cuya pérdida era de poquísima cuenta, y con ellos

también atados todos sus burros. El motivo verdadero de dejar aquellos

animales era para que rebuznasen entretanto con todas sus fuerzas, y

el de dejar a los inválidos no era otro realmente que la misma falta

de salud y de robustez, si bien de esta misma se valió de pretexto,

como si él con la flor de su ejército meditara alguna sorpresa contra

el enemigo, durante la cual debieran ellos quedarse para resguardo y

defensa de sus reales, conforme lo pedía el estado de su salud. Así

que habiendo Darío hecho entender esto a los que dejaba y mandado

hacer los fuegos ordinarios, se apresuró a tomar la vuelta del Istro.

Los jumentos que se vieron allí sin la muchedumbre de antes, quejosos

también y resentidos, empezaron a rebuznar aún más de lo acostumbrado,

y los escitas que oían aquel estrepitoso concierto estaban sin el menor

recelo de la partida, muy creídos que los persas quedaban allí al par

que sus asnos.

CXXXVI. No bien había amanecido, cuando los inválidos, viéndose allí

solos, y conociéndose malamente vendidos por Darío, comienzan a alzar

las manos al cielo y extenderlas hacia los escitas y darles cuenta

de lo que pasaba. Luego que estos lo oyeron, juntas de repente sus

fuerzas, que consistían en los dos cuerpos de tropas nacionales y en

un tercer cuerpo formado de saurómatas, de budinos y gelonos, se ponen

en movimiento para perseguir a los persas, camino derecho del Istro.

Pero sucedió que siendo muy numerosa por una parte la infantería persa,

que no sabía las veredas en un país donde no hay caminos abiertos y

hollados, y marchando por otra a la ligera la caballería escítica, muy

práctica en los atajos de su viaje, sin encontrarse unos con otros,

los escitas llegaron al puente mucho antes que los persas. Informados

allí de cómo estos no habían llegado todavía, hablaron a los jonios

que estaban sobre sus naves: «¿No veis, jonios, que se pasó ya el

plazo y número de los días, y que no hacéis bien en esperar aquí por

más tiempo? Si antes el temor del persa os tuvo aquí clavados, ahora

por lo menos echad a pique el puente y marchad luego libres a vuestras

tierras, dando gracias por ello a los dioses y también a nosotros los

escitas; que bien podéis estar seguros que vamos a escarmentar a ese

que fue vuestro señor, de modo que no le dé más la gana de hacer otra

expedición contra pueblo ni hombre viviente».

CXXXVII. Consultaron los jonios lo que había de hacerse sobre este

punto. El parecer de Milcíades el ateniense, que se hallaba allí de

general, como señor que era de los moradores del Quersoneso cercano al

Helesponto, era de complacer a los escitas y restituir la libertad a

la Jonia. Mas el parecer de Histieo el Milesio fue del todo contrario,

dando por razón que en el estado presente, cada uno de ellos debía a

Darío el ser señor de su ciudad, que arruinando el poder e imperio

del rey, ni él mismo estaría en posición de mandar a los milesios, ni

ninguno de ellos a su respectiva ciudad, pues claro estaba que cada

una de estas prefería un gobierno popular al dominio absoluto de un

príncipe. Apenas acabó Histieo de proferir su voto, cuando todos los

demás lo adoptaron, por más que antes hubiesen sido del parecer de

Milcíades.

CXXXVIII. Los jefes allí discordes en la votación, señores todos de

consideración en la estima de Darío, eran en primer lugar los tiranos

(o príncipes) de las ciudades del Helesponto, Dafnis príncipe de

Abido, Hipoclo el de Lámpsaco, Herofanto el de Pario, Metrodoro el de

Proconeso, Aristágoras de Cícico, y Aristón de Bizancio, todos ellos

príncipes en el Helesponto: estaban en segundo lugar los señores de las

ciudades de Jonia, Estratis el de Quíos y Eaces de Samos, Laodamas de

Focea e Histieo el de Mileto, cuyo voto fue el que prevaleció contra

Milcíades. Por fin, de la Eolia solo se hallaba presente un príncipe

que fuese de cuantía, y este era Aristágoras, señor de Cime.

CXXXIX. Resueltos, pues, estos señores a seguir el parecer de Histieo,

determinaron al mismo tiempo medir por él así las obras como las

razones: las obras, con deshacer la parte del puente que estaba del

lado de los escitas, pero no más allá de un tiro de ballesta, con

la mira de darles a entender que ponían manos a la obra, cuando su

intención era no tocar nada, y también para impedir que los escitas

se abriesen paso por el puente a despecho de los jonios queriendo

penetrar a la otra parte del Istro: las razones, con decirles que ya

empezaban por el lado de ellos la maniobra para llevar a cabo todo lo

que pretendían. Esto resolvieron hacer en consecuencia del parecer de

Histieo, el cual después de este acuerdo respondió así a los escitas

en nombre de todos: «Buenas son las nuevas, oh escitas, que nos

acabáis de traer, y en buena sazón nos dais prisa a que nos valgamos

de la ocasión. No puede ser más oportuno el aviso que nos dais, y la

ejecución de nuestra parte no cabe que sea más obsequiosa para con

vosotros ni mas diligente. ¿No veis con vuestros ojos cómo ya vamos

deshaciendo el puente y cuánto empeño mostramos en volver a recobrar

la libertad? En tanto, pues, que acabamos de disolver estas barcas,

no perdáis vosotros el tiempo que os convida a que busquéis a esos

enemigos comunes, y hallados os venguéis de ellos y nos venguéis a

nosotros como bien merecido lo tienen».

CXL. Los simples y crédulos escitas creyeron por segunda vez que los

jonios trataban verdad con ellos, y dieron luego la vuelta en busca de

los persas,[418] pero se desviaron totalmente del rumbo y camino que

estos traían. De esta equivocación tenían la culpa los mismos escitas,

por haber gastado antes los forrajes a la caballería y haber cegado

los manantiales de las aguas; pues si así no lo hubieran ejecutado,

tuvieran en su mano hallar desde luego a los persas, si hallarles

quisieran; de suerte que en aquella resolución que tuvieron antes por

la más acertada, en esa misma erraron completamente. Porque sucedió que

los escitas iban en busca de los enemigos por los parajes de su país

donde había heno o hierba para los caballos y agua para el ejército,

creídos de que los persas vendrían huyendo por ellos, mientras que los

persas en su retirada iban deshaciendo el mismo camino que antes habían

llevado, y aun así volviendo atrás sobre sus mismas pisadas, a duras

penas hallaron al cabo la salida. Y como llegasen de noche al Istro y

encontrasen deshecha la parte inmediata de de su puente, cayeron en la

mayor consternación, temiendo sobremanera que los jonios no se hubieran

vuelto, dejándoles a ellos entre los enemigos.

CXLI. Había un egipcio en el ejército de Darío, que superaba con su

grito a otro hombre cualquiera, al cual mandó Darío que puesto en el

borde mismo del Istro llamase por su nombre a Histieo el Milesio.

Voceando estaba el egipcio cuando Histieo, oído el primer grito, arrimó

todas sus naves para pasar el ejército, y volvió a unir las barcas para

la formación del puente.

CXLII. De este modo los persas se escaparon huyendo, y los escitas

quedaron segunda vez burlados, buscando en balde a los enemigos. De

aquí, hablando los escitas de los jonios, suelen con gracia atribuirles

dos propiedades; una, que los jonios para libres son los hombres más

viles, ruines y cobardes del mundo; otra, que para esclavos son los más

amantes de sus amos que darse pueden y los menos amigos de huir. Tales

son las injurias que contra ellos suelen lanzar los escitas.

CXLIII. Continuando Darío sus marchas por la Tracia, llegó a

Sesto,[419] ciudad del Quersoneso, desde donde pasó en sus naves al

Asia, dejando por general de sus tropas en Europa al persa Megabazo,

sujeto a quien dio aquel rey un grande elogio en presencia de la corte

con la siguiente ocasión: Iba Darío a abrir unas granadas que quería

comer, y al punto que tuvo abierta la primera, preguntole su hermano

Artabano cuál era la cosa de que el rey deseara tener tanta abundancia

cuanta era la de los granos de aquella granada. A lo que respondió

Darío, que prefiriera tantos Megabazos cuantos eran aquellos granos,

más bien que tener bajo de su dominio, a toda la Grecia; palabra con

que entre los persas le honró y distinguió muchísimo. A este, pues,

dejó por generalísimo de sus tropas, que subían a 80.000 hombres.

CXLIV. Este mismo Megabazo, por un chiste que dijo, dejó entre las

gentes del Helesponto memoria y fama inmortal. Como estando en Bizancio

oyese decir que los calcedonios habían fundado su ciudad 17 años antes

que fundasen allí cerca de la suya los bizantinos: «Sin duda, dijo con

esta ocasión, debían entonces de estar ciegos los calcedonios, que a

no estarlo no hubieran edificado en un suelo infame, pudiendo edificar

en otro excelente». Megabazo, dejado por general en la provincia de

los helespónticos, conquistó con sus tropas a todos los pueblos que no

_medizaban_[420] (es decir, no eran partidarios del medo o del persa),

a todo lo cual dio cima Megabazo.

CXLV. Por el mismo tiempo fue cuando pasó a Libia una grande armada,

de cuya ocasión hablaré después de haberla preparado con esta previa

narración. Aquellos pelasgos, infames piratas, que se llevaron

las mujeres atenienses del pueblo de Braurón, echaron también

violentamente de Lemnos a los descendientes de los campeones de la nave

_Argos_. Viéndose estos echar de casa, navegaron para Lacedemonia;

allá arribados y atrincherados en el monte Taigeto, encendieron

allí fuego para dar señal de su venida, lo cual observado por los

lacedemonios, les preguntaron por medio de un mensajero quiénes eran y

de dónde venían. Respondieron ellos al enviado, que eran los minias,

descendientes de aquellos héroes de la nave _Argos_ que, aportando a

Lemnos, los habían allí engendrado.[421] Oída esta relación, y viendo

los lacedemonios que eran sus huéspedes de la raza de los minias,

pregúntanles de nuevo a qué fin habían venido a su tierra y dado aviso

de su arribo con las hogueras; a lo que dijeron que echados de su casa

por los pelasgos volvían a las de sus padres, cosa que les parecía muy

puesta en razón; que lo que pedían era ser sus vecinos, tener parte

así en los empleos públicos como en las suertes y reparticiones de

las tierras. Los lacedemonios tuvieron a bien dar la naturaleza a los

minias con las condiciones mencionadas, a lo que les movió sobre todo

el saber que sus tindáridas[422] habían navegado en la nave _Argos_;

así que, habiéndoles naturalizado, les dieron sus suertes en las

tierras, y se les repartieron en sus _filas_ o distritos. Los minias

tomaron desde luego mujeres hijas del país, y casaron con los hijos del

mismo a las que consigo traían de Lemnos.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 31 / 38 段