XCV. Este Samolxis, según tengo entendido de los griegos establecidos

en el Helesponto y en el mismo Ponto, siendo hijo de mujer y mero

hombre, sirvió esclavo en Samos, pero tuvo la suerte de servir a

Pitágoras, el hijo de Mnesarco. Habiendo salido libre de Samos, supo

con su industria recoger un buen tesoro, con el cual se retiró a su

patria. Como hallase a los tracios sus paisanos sin cultura y sin

gusto ni instrucción, el prudente Samolxis, hecho a la civilización

o molicie de la Jonia y a un modo de pensar y obrar mucho más fino y

sagaz que el que corría entre los tracios, como hombre acostumbrado al

trato de los griegos y particularmente al de Pitágoras, no el último de

los sabios, con estas luces y superioridad mandó labrarse una sala en

donde, recibiendo a sus paisanos de mayor cuenta y dándoles suntuosos

convites, comenzó a dogmatizar, diciendo que ni él, ni sus camaradas,

ni alguno de sus descendientes acabarían muriendo, sino que pasarían a

cierto paraje donde eternamente vivos tuviesen a satisfacción todas sus

comodidades y placeres. En tanto que así platicaba y trataba con los

tracios, íbase labrando una habitación subterránea;[396] y lo mismo fue

quedar concluida que desaparecer Samolxis de la vista de sus paisanos,

metiéndose bajo de tierra en su sótano, donde se mantuvo por espacio de

tres años. Los tracios, que lo echaban menos, y sentían la falta de su

buena compañía, llorábanle ya por muerto, cuando llegado ya el cuarto

año, ve aquí que se les aparece de nuevo Samolxis, y con la obra les

hace creer lo que les había dicho de palabra.

XCVI. Esto cuentan que hizo Samolxis: yo en realidad no tomo partido

acerca de esta historia y de la subterránea habitación; ni dejo de

creerlo, ni lo creo tampoco ciegamente; si bien sospecho que nuestro

Samolxis viviría muchos años antes que hubiese nacido Pitágoras. Así

que si era Samolxis un hombre meramente, o si es un dios geta, y el

dios principal para los getas, decídanlo ellos mismos; pues solo es de

este lugar decir que los getas vencidos por Darío le iban siguiendo con

lo demás del ejército.

XCVII. Darío, después de llegado al Istro con todo su ejército de

tierra, habiendo pasado todas sus tropas por el nuevo puente, mandó

a los jonios que lo deshicieran y que con toda la gente de las naves

fuese por tierra siguiendo el grueso de sus tropas. Estaban ya los

jonios a punto de obedecer, y el puente a pique de ser deshecho, cuando

el general de los de Mitilene, Coes, hijo de Erxandro, tomose la

licencia de hablar a Darío, habiéndole antes preguntado si llevaría

a mal el escuchar una representación o consejo que se le quisiese

proponer, y le habló en estos términos: «Bien sabéis, señor, que vais a

guerrear en un país en que ni se halla campo labrado ni ciudad alguna

habitada. ¿No sería mejor que dejarais en pie el puente como ahora

está, y apostaseis para su defensa a los mismos que lo construyeron?

Dos ventajas hallo en esto; una es que si tenemos el buen éxito que

pensamos hallando y venciendo a los escitas, tendremos en el puente

paso para la vuelta; otra que si no los hallamos, tendremos por él

retirada segura; pues bien, veo que no tenemos que temer el que nos

venzan los escitas en batalla; antes temiera yo que han de evitar

ser hallados, y que perdidos acaso en busca de ellos, tengamos algún

tropiezo. Tal vez se podría decir que hago en esto mi negocio con la

esperanza de quedarme aquí sosegado: no pretendo tal; no hago más,

señor, que poner en vuestra consideración un proyecto que me parece el

más ventajoso; por lo que a mí me toca, estoy pronto a seguiros, ni

pretendo que me dejéis aquí». No puede explicarse cuán bien pareció a

Darío la propuesta, a la cual respondió así: «Amigo y huésped lesbio,

no dejaré sin premio esa tu fidelidad; cuando esté de vuelta sano y

salvo en mi palacio, quiero y mando que te dejes ver y que veas cómo sé

corresponder con favores al que me sirve con buenos consejos».

XCVIII. Habiendo hablado estas pocas palabras y mandado hacer sesenta

nudos en una correa,[397] mandó llamar ante sí a los señores de las

ciudades de la Jonia y habloles así: «Ciudadanos de Jonia, sabed que

he tenido a bien revocar mis primeras órdenes acerca del puente; ahora

os ordeno que tomada esta correa hagáis lo que voy a deciros. Desde el

punto que me viereis marchar contra los escitas, empezaréis a desatar

diariamente uno de estos nudos. Si en todo el tiempo que fuere menester

para irlos deshaciendo uno a uno, yo no compareciese, al cabo de él os

haréis a la vela para vuestra patria; pero entretanto que llegue este

término, puesto que lo he pensado mejor, os mando que conservéis entero

el puente, y pongáis en su defensa y custodia todo vuestro esmero,

pues en ello me daré por muy bien servido y satisfecho». Dadas estas

órdenes, emprendió Darío su marcha hacia la Escitia.

XCIX. La parte marítima de la Tracia se avanza mar adentro frontera

de la Escitia, la cual empieza desde un seno que aquella forma, donde

va a desaguar el Istro, que en sus desembocaduras se vuelve hacia el

Euro o levante. Empezando del Istro, iré describiendo ahora con sus

medidas la parte marítima del país de la Escitia: en el Istro comienza,

pues, Escitia la antigua, que mira hacia el Noto o mediodía y llega

hasta una ciudad que llaman Carcinitis; desde cuyo punto, siguiendo las

costas del poniente por un país montuoso situado sobre el Ponto, es

habitada por la gente táurica hasta la Quersoneso Traquea,[398] ciudad

confinante con un seno de mar que mira hacia el viento Apeliota o

levante. Porque es de saber que las fronteras de la Escitia se dividen

en dos partes que terminan ambas en el mar, la una mira al mediodía y

la otra a levante,[399] en lo que se parece al país del Ática; pues

los táuricos, en efecto, vienen a ocupar una parte de la Escitia, a

la manera que si otra nación ocupase una parle del Ática, suponiendo

que no fueran realmente atenienses, como lo son los que ahora ocupan

el collado Suníaco y la costa de aquel promontorio que da con el

mar, empezando desde el _demo_ Tórico, hasta el _demo_ Anaflisto;

entendiendo con toda esta comparación como la de un enano a un gigante.

Tal es la situación de la Táurica; pero a quien no ha navegado las

costas del Ática, quiero especificársela de otro modo: está la Táurica,

repito, de manera como si otra nación que no fueran los yapiges ocupase

aquella parte de la Yapigia[400] que empezando desde el puerto de

Brindis llega hasta aquel cabo, quedando, empero, separada de los

confines de Tarento. Con estos dos ejemplos que expreso, indico al

mismo tiempo otros muchos lugares, a los cuales es la Táurica parecida.

C. Desde la Táurica habitan ya los escitas, no solo todo el país que

está sobre los Táuricos, y el que confina con el mar por el lado de

levante, sino también la parte occidental así del Bósforo cimerio

como de la laguna Mayátide hasta dar con el río Tanais, que viene a

desaguar en la punta misma de dicha laguna.[401] Pero hacia los países

superiores que se van internando por tierra desde el Istro, acaba la

Escitia, confinando primero con los agatirsos, después con los neuros,

con los andrófagos y finalmente con los melanclenos.[402]

CI. Viniendo, pues, la Escitia a formar como un cuadro,[403] cuyos

dos lados confinan con el mar, su dimensión tirando tierra adentro

es del todo igual a sus dimensiones tomadas a lo largo de las costas

marítimas; porque por las costas desde el Istro hasta el Borístenes se

cuentan diez jornadas, y desde el Borístenes hasta la laguna Mayátide

otras diez; y penetrando tierra adentro desde el mar hasta llegar

a los melanclenos situados sobre los escitas, hay el camino de 20

jornadas, previniendo que en cada jornada hago entrar el número de

200 estadios.[404] Así que la travesía de la Escitia tendrá unos 4000

estadios, y otros 4000 su latitud, internándose tierra arriba, y estos

son los límites y extensión de todo aquel país.

CII. Volviendo a la historia, como viesen los escitas, consultando

consigo mismos, que sus solas fuerzas no eran poderosas para habérselas

cuerpo a cuerpo con el ejército entero de Darío, enviaron embajadores a

las naciones comarcanas para pedirles asistencia. Reunidos, en efecto,

los reyes de ellas, sabiendo cuán grande ejército se les iba acercando,

deliberaban sobre el consejo que tomarían en aquel apuro. Dichos reyes,

unidos en asamblea, eran el de los táuricos, el de los neuros, el de

los andrófagos, el de los melanclenos, el de los gelonos, el de los

budinos y el de los saurómatas.

CIII. Para decir algo de estas naciones, los táuricos tienen leyes

y costumbres bárbaras: sacrifican a su virgen todos los náufragos

arrojados a sus costas, e igualmente todos los griegos que a ellas

arriban, si pueden haberlos a las manos. Ved ahí el bárbaro sacrificio:

después de la auspicación o sacrificio de la víctima, dan con una

clava en la cabeza del infeliz, y, según algunos dicen, desde una

peña escarpada, encima de la cual está edificado el templo, arrojan

el cadáver decapitado y ponen en un palo su cabeza. Otros dicen lo

mismo acerca de lo último, pero niegan que sea el cuerpo precipitado,

antes pretenden que se le entierra. La diosa a quien sacrifican dicen

los mismos táuricos ser Ifigenia, hija de Agamenón.[405] Acerca de

los enemigos que llegan a sus manos, cada cual corta la cabeza a su

respetuoso prisionero, y se va con ella a su morada, y poniéndola

después en la punta de un palo largo, la coloca sobre su casa y en

especial sobre la chimenea, de modo que sobresalga mucho, diciendo con

cruel donaire que ponen en aquella atalaya quien les guarde la casa.

Estos viven de sus presas y despojos de la guerra.

CIV. Los agatirsos son unos hombres afeminados y dados al lujo,

especialmente en los ornatos de oro. El comercio y uso de las mujeres

es común entre ellos, con la mira de que siendo todos hermanos y como

de una misma casa, ni tengan allí lugar la envidia ni el odio de unos

contra otros. En las demás costumbres son muy parecidos a los tracios.

CV. Las leyes y usos de los neuros son como los de los escitas.

Una edad o generación antes que Darío emprendiese aquella jornada,

sobrevino tal plaga o inundación de sierpes, que se vieron forzados a

dejar toda la región;[406] muchas de ellas las crió el mismo terreno,

pero muchas más fueron las que bajaron hacia él de los desiertos

comarcanos, y hasta tal punto les incomodaron que huyendo de su tierra

pasaron a vivir con los budinos. Es mucho de temer que toda aquella

caterva de neuros sean magos completos, si estamos a lo que nos cuentan

tanto los escitas como los griegos establecidos en la Escitia, pues

dicen que ninguno hay de los neuros que una vez al año no se convierta

en lobo por unos pocos días, volviendo después a su primera figura.

¿Qué haré yo a los que tal cuentan? Yo no les creo de todo ello una

palabra, pero ellos dicen y aun juran lo que dicen.

CVI. Los andrófagos son en sus costumbres los más agrestes y fieros

de todos los hombres, no teniendo leyes algunas ni tribunales. Son

pastores que visten del mismo modo que los escitas, pero que tienen su

lenguaje propio.

CVII. Los melanclenos van todos vestidos de negro, de donde les ha

venido el nombre que tienen, como si dijéramos _capas negras_. Entre

todas estas gentes son los únicos que comen carne humana, y en lo demás

siguen los usos de los escitas.

CVIII. Los budinos, que forman una nación grande y populosa, tienen los

ojos muy azules y rubio el color. La ciudad que poseen, toda de madera,

se llama Gelono;[407] son tan grandes sus murallas, que cada lado de

ellas tiene de largo 30 estadios, siendo al mismo tiempo muy altas, por

más que todas sean de madera; las casas y los templos son asimismo

de madera. Los templos están dedicados a los dioses de la Grecia, y

adornados a lo griego con estatuas, con aras y nichos de madera; aún

más, cada tercer año celebran en honor de Dioniso sus trietéridas o

bacanales, lo que no es de admirar, siendo estos gelonos originarios de

unos griegos que retirados de los emporios plantaron su asiento entre

los budinos y conservan una lengua en parte griega.

CIX. Los budinos propios ni hablan la misma lengua que dichos gelonos,

ni siguen el mismo modo de vivir, pues siendo originarios o naturales

del país, siguen la profesión de pastores y son los únicos en aquella

tierra que comen sus piojos. Pero los gelonos cultivan sus campos,

comen pan, tienen sus huertos plantados, son de fisonomía y color

diferente. Verdad es que a los gelonos les llaman también budinos;

haciéndoles en esto injuria los griegos que tal nombre les dan. Todo el

país de los budinos está lleno de arboledas de toda especie, y en el

paraje donde es más espesa la selva hay una laguna grande y dilatada,

y alrededor de ella un cañaveral. En ella se cogen nutrias, castores y

otras fieras cuyas pieles sirven para forrar los pellicos y zamarras, y

cuyos testículos sirven de remedio contra el mal de madre.

CX. Acerca de los saurómatas cuéntase la siguiente historia. En tiempo

de la guerra entre los griegos y las amazonas, a quienes los escitas

llaman _Eórpata_, palabra que equivale en griego a _Androctonoi_

(_mata-hombres_), compuesta de _Eor_ que significa hombre y de _pata_

matar; en aquel tiempo se dice que, vencedores los griegos en la

batalla del río Termodonte, se llevaban en tres navíos cuantas amazonas

habían podido coger prisioneras, pero que ellas, habiéndose rebelado en

el mar, hicieron pedazos a sus guardias. Mas como después que acabaron

con toda la tripulación ni supiesen gobernar el timón, ni servirse

del juego de las velas, ni bogar con los remos, se dejaban llevar a

discreción del viento y de la corriente. Hizo la fortuna que aportasen

a un lugar de la costa de la laguna Mayátide llamado Cremnos,[408] que

pertenece a la comarca de los escitas libres. Dejadas allí las naves,

se encaminaron hacia el país habitado, y se alzaron con la primera

piara de caballos que casualmente hallaron, y montadas en ellos iban

talando y robando el país de los escitas.

CXI. No podían estos atinar qué raza de gente y qué violencia fuese

aquella, no entendiendo su lengua, no conociendo su traje, ni sabiendo

de qué nación eran, y se admiraban de dónde les había podido venir

aquella manada de bandoleros. Teníanlas, en efecto, por hombres todos

de una misma edad, contra quienes habían tenido varias refriegas;[409]

pero apoderados después de algunas muertas en el combate, al cabo

se desengañaron conociendo ser mujeres aquellos bandidos. Habiendo

con esto tomado acuerdo sobre el caso, parecioles que de ningún modo

convenía matar en adelante a ninguna, y que mejor fuera enviar sus

mancebos hacia ellas en igual número al que podían conjeturar que

sería el de las mujeres, dándoles orden de que plantando su campo

vecino al de las enemigas, fuesen haciendo lo mismo que las viesen

hacer, y que en caso de que ellas les acometieran no admitiesen el

combate sino que huyesen, y cuando vieran que ya no les perseguían, se

acampasen de nuevo cerca de ellas. La mira que tenían los escitas en

estas resoluciones era de poder tener en ellas una sucesión de hijos

belicosos.

CXII. Los jóvenes destinados a la pacífica expedición cumplían las

órdenes que traían de no intentar nada. Cuando experimentaron las

amazonas que aquellos enemigos venían de paz sin ánimo de hacerles

hostilidad alguna, los dejaban estar en hora buena sin pensar en ellos.

Los jóvenes iban acercando más y más de cada día su campo al campo

vecino, ni llevaban consigo cosa alguna sino sus armas y caballos,

yendo tan ligeros como las mismas amazonas, e imitando el modo de vivir

de estas, que era la caza y la pesca.

CXIII. Solían las amazonas cerca del medio día andar vagando ya de

una en una,[410] ya por parejas, y retiradas una de otra acudían a

sus necesidades mayores y menores. Los escitas, que lo habían ido

observando, se dieron a ejecutar lo mismo, y hubo quien se abalanzó

licenciosamente hacia una de ellas que iba sola: ni lo esquivó la

amazona, sino que le dejó hacer de sí lo que el mancebo quiso. Por

desgracia, no podía hablarle porque no se entendían; pero con señas

se ingenió y le dio a entender que al día siguiente acudiese al mismo

lugar, y que llevase compañía y viniesen dos, pues ella traería otra

consigo. Al volver el mancebo a los suyos dio cuenta a todos de lo

sucedido, y al otro día no faltó a la cita llevando un compañero, y

halló a la amazona que con otra ya les estaba esperando.

CXIV. Cerciorados los demás jóvenes de lo que pasaba, animáronse

también a amansar a las demás amazonas, y llegó a tal punto que, unidos

ya los reales, vivían en buena compañía, teniendo cada cual por mujer

propia a la que primero había conocido. Y por más que los maridos no

pudieron alcanzar a hablar la lengua de sus mujeres, pronto supieron

estas aprender la de los maridos. Habiendo, pues, vivido juntos algún

tiempo, dijeron por fin los hombres a sus Amazonas: «Bien sabéis que

nosotros tenemos más lejos a nuestros padres y también nuestros bienes:

basta ya de esta situación; no vivamos así por más tiempo, sino vámonos

de aquí y viviremos en compañía de los nuestros, y no temáis que os

dejemos por otras mujeres algunas». «Jamás, respondieron ellas; a

nosotras no nos es posible vivir en compañía de vuestras hembras, pues

no tenemos la misma educación y crianza que ellas. Nosotras disparamos

el arco, tiramos el dardo, montamos un caballo, y esas habilidades

mujeriles de hilar el copo, enhebrar la aguja, atender a los cuidados

domésticos, las ignoramos:[411] vuestras mujeres, al contrario, nada

saben de lo que sabemos nosotras, sino que sentadas en sus carros

cubiertos hacen sus labores sin salir a caza ni ir a parte alguna.

Ya veis con esto que no podríamos avenirnos. Si queréis obrar con

rectitud, y estar casados con nosotras como es justicia y razón, lo

que debéis hacer es ir allá a veros con vuestros padres, pedirles que

os den la parte legítima de sus bienes, y volviendo después, podremos

vivir aparte formando nuestros aduares».

CXV. Dejáronse los jóvenes persuadir por estas razones, y después que

hechas las reparticiones de los bienes paternos volvieron a vivir

con sus amazonas, ellas les hablaron de nuevo en esta forma: «Mucha

pena nos da y nos tiene en continuo miedo pensar que hemos de vivir

por esos vecinos contornos, viendo por una parte que hemos privado a

vuestros padres de vuestra compañía, y acordándonos por otra de las

muchas correrías que hicimos en vuestra comarca. Ahora bien; ya que

nos honráis y os honráis a vosotros mismos con querernos por esposas,

hagamos lo que os proponemos. Vámonos de aquí, queridos; alcemos

nuestros aduares, y dejando esta tierra, pasemos a la otra parte del

Tanais, donde plantaremos nuestros reales».

CXVI. También en esto les dieron gusto los jóvenes, y pasado el río se

encaminaron hacia otra parte, alejándose tres jornadas del Tanais hacia

levante, y tres de la laguna Mayátide hacia el norte,[412] y llegados

al mismo paraje en que moran al presente, fijaron allí su habitación.

Desde entonces las mujeres de los sármatas han seguido en vivir al uso

antiguo, en ir a caballo a la caza con sus maridos y también sin ellos,

y en vestir con el mismo traje que los hombres.

CXVII. Hablan los sármatas la lengua de los escitas, aunque desde

tiempos antiguos corrompida y llena de solecismos, lo que se debe a las

amazonas, que no la aprendieron con perfección. Tienen ordenados los

matrimonios de modo que ninguna doncella se case si primero no matase

alguno de los enemigos, con lo que acontece que muchas de ellas, por

no haber podido cumplir con esta ley, mueren doncellas, sin llegar

siquiera a ser matronas.

CXVIII. Para volver a nuestro intento, habiendo ido a verse los

embajadores de los escitas con los reyes de las naciones que acabo de

enumerar, y hallándoles ya juntos, les dieron cuenta de que el persa,

después de haber conquistado todo el continente del Asia, había

pasado al de la Europa por un puente de barcas construido sobre las

cervices del Bósforo; que después de haber pasado por él y subyugado a

los tracios, estaba formando otro puente sobre el Istro, pretendiendo

avasallar el mundo y hacerlos a todos esclavos. «Ahora, pues, continuó,

os pedimos que no evitéis tomar partido en este negocio, ni permitáis

que quedemos perdidos, antes bien que unidos con nosotros en una liga,

salgamos juntos al encuentro. ¿No queréis convenir en ello? pues

sabed que nosotros, forzados de la necesidad, o bien dejaremos libre

el país, o quedándonos allí ajustaremos paces con él. Decid si no,

¿qué otro recurso nos queda, si no queréis acceder a socorrernos? No

debéis pensar que por esto os vaya mejor a vosotros, no; que el persa

no intenta más contra nosotros que contra vosotros mismos. Cierto que

se dará por satisfecha su ambición con nuestra conquista, y que a

vosotros no querrá tocaros un cabello. En prueba de lo que decimos, oíd

esta razón que es convincente: Si las miras del persa en su expedición

no fuesen otras que querer vengarse de la esclavitud en que antes le

tuvimos, lo que debiera hacer en este caso era venir en derechura

contra nosotros, dejando en paz a las otras naciones, y así haría ver

a todos que su expedición es contra los escitas, y contra nadie más.

Pero ahora está tan lejos de ello, que lo mismo ha sido poner el pie en

nuestro continente, que arrastrar en su curso y domar a cuantos se le

pusieron por delante; pues debéis saber que tiene bajo de su dominio no

solo a los tracios, sino también a los getas nuestros vecinos».

CXIX. Habiendo perorado así los embajadores escitas, entraron en

acuerdo los reyes unidos de aquellas naciones, pero en él estuvieron

discordes los pareceres. El gelono, el budino y el saurómata votaron,

de común acuerdo, que se diese ayuda y socorro a los escitas. Pero el

agatirso, el neuro, el andrófago, con los reyes de los melanclenos y

de los táuricos, les respondieron en estos términos: «Si vosotros,

escitas, no hubierais sido los primeros en injuriar y guerrear contra

los persas y vinierais con las pretensiones con que ahora venís, sin

duda alguna nos convencieran vuestras razones, y nosotros a vista de

ellas estaríamos en esa confederación a que nos convidáis. Pero es el

caso que vosotros, entrando antes por las posesiones de los persas,

tuvisteis el mando sobre ellos sin darnos parte de él en todo tiempo

que Dios os lo dio, y ahora el mismo Dios vengador les mueve y conduce

contra vosotros, queriendo que os vuelvan la visita y que os paguen en

la misma moneda. Ni entonces hicimos nosotros agravio ninguno a esos

pueblos, ni tampoco ahora queremos ser los primeros en injuriarles.

Mas si a pesar de nuestra veneración el persa nos acometiere dentro

de casa y fuere invasor no siendo provocado, no somos tan sufridos

que impunemente se lo queramos permitir y tolerar. Sin embargo, hasta

tanto que lo veamos, nos mantendremos quietos y neutrales, persuadidos

de que los persas no vienen contra nosotros, sino contra sus antiguos

agresores, que dieron principio a la discordia».

CXX. Después que los escitas oyeron la relación y la respuesta que les

traían sus enviados, resolvieron ante todo que, puesto que no se les

juntaban aquellas tropas auxiliares, de ningún modo convenía entrar en

batalla a cara descubierta y de poder a poder, sino que se debía ir

cediendo poco a poco, y al tiempo mismo de la retirada cegar los pozos

y las fuentes por donde quiera que pasasen, sin dejar forraje en todo

el país que no quedase gastado y perdido. Determinaron en segundo lugar

dividir el ejército en dos cuerpos, y que se agregasen los saurómatas

al uno de ellos, a cuyo frente iría Escópasis; cuyo cuerpo, en caso de

que el persa se echase sobre él, iríase retirando en derechura hacia el

Tanais, por la orilla de la laguna Mayátide, y que si el persa volviere

atrás le picase la retaguardia. Este camino estaba encargado de seguir

una partida de las tropas de los regios: en cuanto al segundo cuerpo,

acordaron que se formase de dos brigadas de los escitas regios, de la

mayor mandada por Idantirso, y de la tercera mandada por Taxacis,[413]

uniéndoseles los gelonos y los budinos; que este cuerpo marchase

delante de los persas a una jornada de distancia sin dejarse alcanzar

ni ver en su retirada, cumpliendo con lo que se había decretado: lo

primero, que llevasen en derechura al enemigo que les fuera siguiendo

hacia las tierras de aquellos reyes que habían rehusado su alianza

a fin de enredarlos también con el persa, de manera que, a pesar

suyo, entrasen en aquella guerra, ya que de grado no la quisieron; lo

segundo, que después de llegados allá tomasen la vuelta para su país,

y si les pareciese del caso, mirando bien en ello cargasen sobre el

enemigo.

CXXI. Tomadas así sus medidas, encaminábanse los escitas hacia el

ejército de Darío, enviando delante por batidores los piquetes de sus

mejores caballeros. Pero antes hicieron partir no solo sus carros

cubiertos, en que suelen vivir sus hijuelos con todas sus mujeres, sino

también sus ganados todos y demás bienes en la comitiva de sus carros,

dándoles orden de que sin parar caminasen hacia el norte, y solamente

se quedaron con los rebaños que bastasen para su diaria manutención. Lo

demás lo enviaron todo delante.

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