LXXI. La sepultura de los reyes está en el lugar llamado Gerro, desde

dónde comienza el Borístenes a ser navegable. Luego que muere un rey,

abren allí un foso cuadrado, y prevenido este, toman el cadáver, al

cual antes han abierto y purgado el vientre, y llenado después de

juncia machacada, de incienso, de almea, de semilla de apio y de anís,

y volviendo a coser la abertura lo enceran todo por fuera. Puesto

sobre un carro, lo llevan a otra nación o provincia de su imperio, y

los que en ella reciben el cadáver del rey le hacen el mismo luto que

los escitas regios que se lo condujeron, el cual consiste en cortarse

un poquito de la orejas, en quitarse las puntas de los cabellos, en

abrirse la piel alrededor de sus brazos, en llagarse la frente y

narices, y en traspasarse la mano izquierda con sus saetas. Desde

allí llevan el cadáver en su carro hasta otra nación de su dominio,

sin que dejen de acompañar al muerto aquellos escitas que fueron

los primeros en recibirlo de los regios. Por fin, después que los

conductores pasearon al difunto por todas las provincias, se detienen

en los gerros, vasallos los más apartados de todos, al lado de la misma

sepultura. Primero ponen el cadáver dentro de su caja sobre un lecho

que está en aquella hoya; después clavan al uno y al otro lado del

difunto unas lanzas, y sobre ellas suspenden palos para hacerle una

enramada de mimbres. En el contorno espacioso del arca encierran una

de las concubinas reales, sofocándola primero, como también un copero,

un cocinero, un caballerizo, un criado, un paje de antesala para los

recados, unos caballos, las primicias más delicadas de todas las cosas,

y unas copas de oro, pues entre ellos no está introducido el uso de la

plata y del bronce. Después de esto, todos a porfía cubren con tierra

el difunto, empeñados en levantar sobre él un enorme túmulo.

LXXII. Al cabo de un año después del entierro, vuelven de nuevo a

practicar la siguiente ceremonia. Escogen de los criados del difunto

rey los más lindos y bellos, quienes suelen ser escitas libres y bien

nacidos, pues allí son criados del rey los ciudadanos que él mismo

elige, no habiendo entre ellos el uso de comprar esclavos: escogidos,

repito, cincuenta de entre ellos, los ahogan y juntamente cincuenta

caballos de los más hermosos. Sácanles a todos las tripas y les limpian

las entrañas llenándolas después de paja y cosiéndoles el vientre.

Toman después un medio cerco, a manera de un aro de cuba, y clavan

sus dos extremos en dos palos que se levantan desde el túmulo; a poca

distancia clavan otro medio aro del mismo modo, y otros muchos así.

Hechos aquellos arcos, desde la cola de cada caballo hasta el cuello

meten un palo recio, y suben el cadáver sobre los aros, de suerte

que los primeros sostienen sus espaldas, y los postreros sus muslos

y vientre, quedando suspenso el caballo sin tocar en el suelo ni con

las manos ni con las piernas; levantado así, le ponen su freno y brida

atada a un palo que está allí delante. Sobre cada uno de los caballos

colocan sendos caballeros, que son los mancebos allí ahogados, metiendo

a cada cadáver un palo recto que penetrando por el espinazo llegue al

pescuezo, clavando la punta inferior de dicho palo que queda fuera del

cuerpo dentro de un agujero que tiene el otro palo que atraviesa el

cuerpo del caballo. Puesta alrededor del túmulo aquella cabalgada de

momias, se retiran todos a sus casas.

LXXIII. Esto sucede en las sepulturas de los reyes; por lo que toca a

las de los particulares se sigue otro estilo. Cuando muere un escita,

los parientes más cercanos le ponen en su carro y le van llevando por

las casas de sus amigos. Cada uno de estos recibe con un gran convite

a toda la comitiva, poniendo también al muerto la misma mesa que

a sus conductores;[379] pasados 40 días en tales visitas, al cabo

lo entierran. Los escitas que le dieron sepultura usan de muchas

ceremonias para purificarse: primero se refriegan y lavan la cabeza;

y después para la lustración de todo su cuerpo plantan tres palos

en tierra en forma de triángulo, cuyas puntas se unen por medio de

su mutua inclinación; alrededor de los palos extienden un fieltro o

encerado hecho de lana a manera de sombrero apretándolo lo más que

pueden, sin dejar, el más mínimo resquicio; y en medio de aquella

estufa de lana tupida meten un brasero en forma de esquife y dentro

unas piedras hechas ascua, todo con el fin de sahumarse como diré más

adelante.

LXXIV. Nace en el país el cáñamo,[380] hierba enteramente parecida

al lino, menos en lo grueso y alto, en que el cáñamo le hace muchas

ventajas. Parte de él nace de suyo, parte se siembra. Los tracios hacen

de él telas y vestidos muy semejantes a las de lino, tanto que nadie

que no esté hecho a verlas sabrá distinguir si son de lino o de cáñamo,

y quien nunca las haya visto las tendrá por piezas de lino.

LXXV. Del mencionado cáñamo toman, pues, la semilla los escitas impuros

y contaminados por algún entierro, echándola a puñados encima de las

piedras penetradas del fuego, y metidos ellos allá dentro de su estufa.

La semilla echada va levantando tal sahumerio y despidiendo de sí

tanto vapor, que no hay estufa alguna entre los griegos que en esto le

exceda. Entretanto, los escitas gritan de placer como si se bañasen en

agua rosada, y esta función les sirve de baño, pues jamás acostumbran a

bañarse.[381] Las mujeres escitas componen para sus afeites una especie

de emplasto: preparan una vasija con agua; raspan luego un poco de

ciprés, de cedro y de palo de incienso contra una piedra áspera, y de

las raspaduras mezcladas con agua forman un engrudo craso con que se

emplastan el rostro y aun todo el cuerpo. Dos ventajas logran con esto;

oler bien, cualquiera que sea su mal olor natural, y quedar limpias y

relucientes al quitarse aquella costra al día siguiente.

LXXVI. A nada tienen más aversión que a los usos y modas extrañas, aun

a las de otra provincia de la nación; pero con mucha particularidad a

las de los griegos, como se vio bien una vez en Anacarsis y en Escilas.

Anacarsis en primer lugar, habiendo visto muchos países y mostrádose en

todos hombre muy sabio, volvía ya a los aires nativos de la Escitia.

Sucedió que navegando el Helesponto tomase puerto en Cícico, en donde

halló a los vecinos de la ciudad ocupados en hacer a la madre de los

dioses una fiesta magnífica y pomposa, y el buen Anacarsis con aquella

ocasión hizo un voto a la madre, de que si por su favor y ayuda llegaba

salvo a su casa, le haría aquel mismo sacrificio que entonces veía

hacer a los cicicenos, e introduciría allí aquella vigilia y fiesta

nocturna. Llegado después a Escitia, habiendo desembarcado en el sitio

que llaman Hilea, floresta vecina al Dromo de Aquiles y poblada de

todo género de árboles, celebraba Anacarsis su fiesta a la diosa, sin

omitir ceremonia alguna, tocando sus timbales y llevando las figurillas

pendientes del cuello. Uno de los escitas que le había visto en

aquella función le delató al rey Saulio, el cual, avisado, y viendo por

sus ojos a Anacarsis que continuaba en sus ceremonias, le mató con una

saeta.[382] Y aun ahora, si se pregunta a los escitas por Anacarsis,

responderán que no saben ni conocen tal hombre; tal es la enemiga que

con él tienen, así porque viajó por la Grecia, como porque siguió los

usos y ritos extranjeros. Pero, según supe de Timnes, tutor que era de

Ariapites, fue Anacarsis tío de Idantirso, rey de la Escitia, e hijo

de Gnuro, nieto de Lico y biznieto de Espargapites. Y si es verdad que

Anacarsis fuese de tal familia, ¡triste suerte para el infeliz la de

haber muerto a manos de su mismo hermano, pues Idantirso fue hijo de

Saulio, y Saulio quien mató a Anacarsis!

LXXVII. Es singular lo que oí contar a los del Peloponeso, que

Anacarsis había sido enviado a Grecia por el rey de los escitas, para

que como discípulo aprendiera de los griegos, y que vuelto de sus

estudios había informado al mismo que le envió de que todos los pueblos

de la Grecia eran muy dados a todo género de erudición, salvo los

lacedemonios que eran los únicos que en sus conversaciones hablaban con

naturalidad sin pompa ni estudio. Pero esto es a fe mía un cuento con

que los mismos griegos se han querido divertir: lo cierto es que al

infeliz le costó la vida aquella fiesta, como dije, y este fue el pago

que tuvo de haber querido introducir usos nuevos y seguir costumbres

griegas.

LXXVIII. El mismo fin que este tuvo largos años después Escilas, hijo

de Ariapites. Sucedió que Ariapites, rey de los escitas, tuvo entre

otros hijos a Escilas, habido en una mujer no del país, sino natural de

Istria, colonia de los milesios, que instruyó a su hijo en la lengua

y literatura griega.[383] Andando después el tiempo, como su padre

Ariapites hubiese sido alevosamente muerto por el rey de los agatirsos,

Espargapites, Escilas tomó posesión no solo de la corona, sino también

de una esposa de su padre, que se llamaba Opea, señora natural de la

Escitia, en quien Ariapites había tenido un hijo llamado Orico. Rey ya

de los suyos, Escilas gustaba poco de vivir a la escítica, y su pasión

era seguir particularmente las costumbres de los griegos conforme a

la educación y usanzas en que se había criado. Para este efecto solía

conducir el ejército escita a la ciudad de los boristenitas, colonos

griegos, y según ellos pretenden, originarios de Mileto: apenas

llegado, dejando su ejército en los arrabales de la ciudad, se metía en

persona dentro de la plaza, y mandando al punto cerrar las puertas se

despojaba de los vestidos escíticos y se vestía a la griega. En este

traje íbase el rey paseando por la plaza sin alabarderos ni guardia

alguna que le siguiese; pero entretanto tenía centinelas a las puertas

de la ciudad, no fuese que metido dentro alguno de los suyos acertase

a verle en aquel traje. En todo, por abreviar, se portaba como si

fuese griego, y según el ritual de los griegos hacía sus fiestas y

sacrificios a los dioses. Después de pasado un mes o algo más, tomando

de nuevo su hábito escítico se volvía otra vez; y como esta función la

hiciese a menudo, había mandado edificar en Borístenes[384] un palacio,

y llevado a él por esposa una mujer natural de la ciudad.

LXXIX. Pero estando destinado que tuviese un fin desastroso, alcanzole

la desventura con la siguiente ocasión. Diole la gana de alistarse

entre los cofrades de Dioniso, el dios de las máscaras, y cuando iba

ya a hacer aquella ceremonia y profesión, sucediole un raro portento.

Alrededor de la magnífica y suntuosa casa que, como acabo de decir,

se había fabricado en la ciudad de los boristenitas, tenía una gran

plaza circuida toda de estatuas de mármol blanco en forma de esfinges

y de grifos; contra este palacio disparó Dios un rayo que lo abrasó

totalmente. Pero no se dio Escilas por entendido, y prosiguió del

mismo modo su mascarada. Es de saber que los escitas suelen dar en

rostro a los griegos sus borracheras y bacanales, diciendo que no es

razonable tener por dios a uno que hace volver locos y furiosos a los

hombres. Ahora, pues, cuando Escilas iba hecho un perfecto camarada

de Dioniso, uno de los boristenitas dio casualmente con los escitas y

les dijo: «Muy bien, sabios escitas; vosotros os mofáis de los griegos

porque hacemos locuras cuando se apodera de nosotros el dios Dioniso;

¿y qué diríais ahora si vierais a vuestro rey, a quien no sé qué

espíritu bueno o malo arrebata danzando por esas calles, loco y lleno

de Dioniso a no poder más? Y si no queréis creerme sobre mi palabra,

seguidme, amigos, que mostrároslo he con el dedo». Siguiéronle los

escitas principales, y el boristenita los condujo y ocultó en una

de las almenas. Cuando vieron los escitas que pasaba la mojiganga, y

que en ella iba danzando su rey hecho un insensato, no es decible la

pesadumbre que por ello tuvieron, y saliendo de allí dieron cuenta a

todo el ejército de lo que acababan de ver.

LXXX. De aquí resultó que al dirigirse Escilas con sus tropas hacia

su casa, los escitas pusieron a su frente un hermano suyo llamado

Octamasadas, nacido de una hija de Teres, y sublevados negaron a

aquel obediencia. Viendo Escilas lo que pasaba, y sabiendo el motivo

de aquella novedad, se refugió a la Tracia; de lo cual informado

Octamasadas movió su ejército hacia aquel país, y hallándose ya cerca

del Istro, saliéronles al encuentro armados los tracios, y estando a

punto de venir a las manos los dos ejércitos, Sitalces envió un heraldo

que habló así a Octamasades: «¿Para qué probar fortuna y querer medir

las espadas? Tú eres hijo de una de mis hermanas, y tienes en tu poder

un hermano mío refugiado en tu corte: ajustémonos en paz; entrégame tú

a ese hermano y yo te entregaré a Escilas, que lo es tuyo. Así, ni tú

ni yo nos expondremos a perder nuestra gente». Estos partidos de paz le

envió a proponer Sitalces, quien tenía un hermano retirado en la corte

de Octamasades; convino este en lo que se le proponía, y entregando su

tío a Sitalces, recibió de él a su hermano Escilas. Habiendo Sitalces

recobrado a su hermano, retirose con sus tropas, y Octamasades en aquel

mismo sitio cortó la cabeza a Escilas. Tan celosos están los escitas

de sus leyes y disciplina propia, y tal pago dan a los que gustan de

introducir novedades y modas extranjeras.

LXXXI. Por lo que mira al número fijo de población de los escitas,

no encontré quien me lo supiese decir precisamente, hallando en los

informes mucha divergencia. Unos me decían que eran muchísimos en

número, otros que había muy pocos escitas puros y de antigua raza.

Referiré la prueba de su población que me pusieron a la vista. Hay

entre los ríos Borístenes e Hípanis cierto lugar con el nombre de

Exampeo, del cual poco antes hice mención, cuando dije que había allí

una fuente de agua amarga, que mezclándose con el Hípanis impedía que

se pudiese beber de su corriente. Viniendo al asunto, hay en aquel

lugar un caldero tan descomunal, que es seis veces más grande que

aquella pila que está en la boca del Ponto, ofrenda que allí dedicó

Pausanias, hijo de Cleómbroto. Mas para quien nunca vio esta pila,

describiré en breve el caldero de los escitas, diciendo que podrá

recibir sin duda unos 600 cántaros, y que su canto tiene seis dedos de

recio. Decíanme, pues, los del país, que este caldero se había hecho

de las puntas de sus saetas; porque como su rey Ariantas, que así se

llamaba, quisiese saber a punto fijo cuánto fuese el número de sus

escitas, dio orden de que cada uno de ellos presentase una punta de

saeta, imponiendo pena capital al que no la presentase.[385] Habiéndose

recogido, pues, un número inmenso de puntas, pareciole al rey dejar a

la posteridad una memoria de ellas, y mandó hacer aquel caldero, lo

dejó en Exampeo como un público monumento, y he aquí lo que oía decir

de aquella población.

LXXXII. Nada de singular y maravilloso ofrece aquella región, si

exceptuamos la grandeza y el número de los ríos que posee. No dejaré

con todo de notar una maravilla, si es que lo sea, que a más de los

ríos y de lo dilatado de aquella llanura, allí se presenta, y es el

vestigio de la planta del pie de Heracles que muestran impreso en

una piedra, el cual en realidad se parece a la pisada de un hombre;

no tiene menos de dos codos y está cerca del río Tiras. Pero basta lo

dicho de cuentos y tradiciones; volvamos a tomar el hilo de la historia

que antes íbamos contando.

LXXXIII. Al tiempo que Darío hacía sus preparativos contra los escitas,

enviando sus comisarios con orden de intimar a unos que le aprontasen

la infantería, a otros la armada naval, a otros que le fabricasen

un puente de naves en el Bósforo de Tracia, su hermano Artabano,

hijo también de Histaspes, de ningún modo aprobaba que se hiciese la

guerra a los escitas, dando por motivo que era una nación falta de

todo y necesitada; pero viendo que sus consejos no hacían fuerza al

rey, siendo en realidad los mejores, cesó en ellos y dejó correr los

negocios. Cuando todo estuvo aprontado, Darío partió con su ejército

desde Susa.

LXXXIV. Entonces sucedió que uno de los persas llamado Eobazo, el cual

tenía tres hijos y los tres partían para aquella jornada,[386] suplicó

a Darío que de tres le dejase uno en casa para su consuelo. Respondiole

Darío, que siendo él su amigo y pidiéndole un favor tan pequeño, quería

darle el gusto cumplido dejándole a los tres. Eobazo no cabía en sí

de contento, creyendo que sus hijos quedaban libres y desobligados

de salir a campaña; pero Darío dio orden que los ejecutores de sus

sentencias matasen a todos los hijos de Eobazo, y de este modo,

degollados, quedaron con su padre.

LXXXV. Luego que Darío salió de Susa llegó al Bósforo de Calcedonia,

lugar donde se había construido el puente; entrando en una nave, fuese

hacia las islas Cianeas, como las llaman; de las cuales dicen los

griegos que eran en lo antiguo vagas y errantes. Sentado después en el

templo de Zeus Urio,[387] estuvo contemplando el Ponto, pues es cosa

que merece ser vista, no habiendo mar alguno tan admirable. Tiene allí

de largo 11.100 estadios, y de ancho por donde lo es más 3300. La boca

de este mar tiene en su entrada cuatro estadios de ancho; pero a lo

largo en todo aquel trecho y especie de cuello que se llama Bósforo,

en donde se había construido el puente, cuenta como 120 estadios.

Dicho Bósforo se extiende hasta la Propóntide, que siendo ancha de 500

estadios y larga de 1400 va a terminar en el Helesponto,[388] el cual

cuenta siete estadios a lo angosto y 400 a lo largo, y termina después

en una gran anchura de mar, que es el llamado Mar Egeo.

LXXXVI. Ved ahí cómo se han medido estas distancias. Suele una nave

en un largo día hacer comúnmente 70.000 orgias de camino a lo más; de

noche, empero, 60.000 únicamente: ahora bien, el viaje que hay desde

la boca del Ponto, que es su lugar más angosto, hasta el río Fasis, es

una navegación de nueve días y ocho noches, navegación que comprende,

por tanto, 1.110.000 orgias, que hacen 11.100 estadios. La navegación

que hay desde el país de los sindos hasta Temiscira, que está cerca del

río Termodonte,[389] siendo aquella la mayor anchura del Ponto, es de

tres días y dos noches, que componen 330.000 orgias, a que corresponde

la suma de 3300 estadios. Repito, pues, que en estos términos he

calculado la extensión del Ponto, del Bósforo y del Helesponto, cuya

situación natural es conforme la que llevo declarada. Tiene el Ponto

además de lo dicho una laguna que desagua en él, y que no es muy

inferior en extensión, la cual lleva el nombre de Mayátide,[390] y se

dice ser la madre del Ponto.

LXXXVII. Vuelvo a Darío, quien después de contemplado el Ponto,

volviose atrás hacia el puente, cuyo ingeniero o arquitecto había

sido Mandrocles, natural de Samos. Habiendo el rey mirado también

curiosamente el Bósforo, hizo levantar en él dos columnas de mármol

blanco, y grabar en una con letras asirias y en otra con griegas el

nombre de todas las naciones que en su ejército conducía, y conducía

todas aquellas de quienes era soberano. El número de dichas tropas

de infantería y caballería subía a 70 miríadas, o al de 700.000

hombres, sin incluir en él la armada naval en que venían juntas 600

embarcaciones. Algún tiempo después cargaron los bizantinos con dichas

columnas, y llevándolas a su ciudad se valieron de ellas para levantar

el ara de Artemisa Ortosia, exceptuando solamente una piedra llena de

caracteres asirios, que fue dejada en Bizancio en el templo de Dioniso.

El sitio del Bósforo en que el rey Darío fabricó aquel su puente, es

puntualmente, según mis conjeturas, el que está en medio de Bizancio y

del templo de Zeus situado en aquella boca.

LXXXVIII. Habiendo Darío mostrado mucho gusto y satisfacción por lo

bien construido que le parecía el puente de barcas, tuvo la generosidad

de pagar a su arquitecto Mandrocles de Samos todas las partidas a

razón de diez por uno. Separando después Mandrocles la primicias de

aquel regalo, hizo con ellas pintar aquel largo puente echado sobre el

Bósforo, y encima de él al rey Darío sentado en su trono, y al ejército

en el acto de pasar; y dedicó este cuadro en el Hereo o templo de

Hera, en Samos, con esta inscripción: _Mandrocles, que subyugó con su

puente al Bósforo, fecundo en pesca, colocó aquí su monumento, corona

suya, gloria de Samos, pues que supo agradar al rey, al gran Darío_.

Tal fue la memoria que dejó el constructor de aquel puente.

LXXXIX. Después que Darío dio con Mandrocles aquella prueba de

liberalidad, pasó a la Europa, habiendo ordenado a los jonios que

navegasen hacia el Ponto, hasta entrar en el Istro, donde les mandó

que le aguardasen, haciendo un puente de barcas sobre aquel río, y

esta orden se dio a los jonios, porque ellos con los eolios y los

helespónticos eran los que capitaneaban toda la armada naval. Pasadas

las Cianeas, la armada llevaba su rumbo hacia el Istro, y habiendo

navegado por el río dos días de navegación desde el mar, hicieron allí

un puente sobre las cervices del Istro, esto es, en el paraje desde

donde empieza a dividirse en varias bocas. Darío con sus tropas, que

pasaron el Bósforo por encima de aquel tablado hecho de barcas, iba

marchando por la Tracia, y llegando a las fuentes del río Tearo,[391]

dio tres días de descanso a su gente allí atrincherada.

XC. Los que moran vecinos al Tearo dicen que es el río más saludable

del mundo, pues sus aguas, además de ser medicinales para muchas

enfermedades, lo son particularmente contra la sarna de los hombres

y la roña de los caballos. Sus fuentes son 38, saliendo todas de una

misma peña, pero unas frías y otras calientes. Vienen a estar a igual

distancia, así de la ciudad de Hereo, vecina a la de Perinto, como de

Apolonia, ciudad del ponto Euxino,[392] a dos jornadas de la una y a

dos igualmente de la otra. El Tearo va a desaguar en el río Contadesdo,

este en el Agrianes, el Agrianes en el Hebro, y el Hebro en el mar

vecino a la ciudad de Eno.

XCI. Habiendo, pues, Darío llegado al Tearo, y fijado allí su campo,

contento de haber dado con aquel río, quísole honrar poniendo una

columna con esta inscripción: _Las fuentes del río Tearo brotan el

agua mejor y más bella de todos los ríos; a ellas llegó conduciendo

su ejército contra los escitas el hombre mejor y más bello de todos

los hombres, Darío, el hijo de Histaspes y rey del Asia y de todo el

continente_. Esto era lo que en la columna estaba escrito.

XCII. Partió Darío de aquel campo, dio con otro río que lleva el nombre

de Artisco,[393] y corre por el país de los odrisas. Junto a aquel río,

habiendo señalado cierto lugar, se le antojó dar orden a sus tropas

de que al pasar dejase cada cual su piedra en aquel mismo sitio, y

habiéndolo cumplido todos, continuó marchando con su gente, dejando

allí grandes montones de piedra.

XCIII. Antes de llegar al Istro, los primeros pueblos que por fuerza

rindió Darío fueron los getas _atanizontes_,[394] o defensores de la

inmortalidad, pues los tracios que habitan en Salmideso, puestos sobre

las ciudades de Apolonia y de Mesambria, llamados los esmirciadas y los

nipseos, sin la menor resistencia se le entregaron. Pero los getas,

nación la más valiente y justa de todos los tracios, resueltos con poca

cordura a disputarle el paso, fueron sobre la marcha hechos esclavos

por Darío.

XCIV. Respecto a la inmortalidad, están muy lejos de creer que

realmente mueran; y su opinión es que el que acaba aquí la vida va

a vivir con el dios Samolxis, a quien algunos hacen el mismo que

_Gebeleicis_.[395] De cinco en cinco años sortean uno de ellos, al

cual envían por mensajero a Samolxis, encargándole aquello de que por

entonces necesitan. Para esto, algunos de ellos, puestos en fila, están

allí con tres lanzas; otros, cogiendo de las manos y de los pies al

mensajero destinado a Samolxis, lo levantan al aire y le tiran sobre

las picas. Si muere el infeliz traspasado con ellas, ¡albricias!,

porque les parece que tienen aquel dios de su parte; pero si no muere

el enviado sobre las picas, se vuelven contra él diciéndole que es un

hombre malo o ruin, y acusándole así, envían otro, a quien antes de

morir dan sus encargos. Estos tracios, al ver truenos y relámpagos,

disparan sus flechas contra el cielo, con mil bravatas y amenazas a

Zeus, no teniéndole por dios, ni creyendo en otro que en su propio

Samolxis.

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