dónde comienza el Borístenes a ser navegable. Luego que muere un rey,
abren allí un foso cuadrado, y prevenido este, toman el cadáver, al
cual antes han abierto y purgado el vientre, y llenado después de
juncia machacada, de incienso, de almea, de semilla de apio y de anís,
y volviendo a coser la abertura lo enceran todo por fuera. Puesto
sobre un carro, lo llevan a otra nación o provincia de su imperio, y
los que en ella reciben el cadáver del rey le hacen el mismo luto que
los escitas regios que se lo condujeron, el cual consiste en cortarse
un poquito de la orejas, en quitarse las puntas de los cabellos, en
abrirse la piel alrededor de sus brazos, en llagarse la frente y
narices, y en traspasarse la mano izquierda con sus saetas. Desde
allí llevan el cadáver en su carro hasta otra nación de su dominio,
sin que dejen de acompañar al muerto aquellos escitas que fueron
los primeros en recibirlo de los regios. Por fin, después que los
conductores pasearon al difunto por todas las provincias, se detienen
en los gerros, vasallos los más apartados de todos, al lado de la misma
sepultura. Primero ponen el cadáver dentro de su caja sobre un lecho
que está en aquella hoya; después clavan al uno y al otro lado del
difunto unas lanzas, y sobre ellas suspenden palos para hacerle una
enramada de mimbres. En el contorno espacioso del arca encierran una
de las concubinas reales, sofocándola primero, como también un copero,
un cocinero, un caballerizo, un criado, un paje de antesala para los
recados, unos caballos, las primicias más delicadas de todas las cosas,
y unas copas de oro, pues entre ellos no está introducido el uso de la
plata y del bronce. Después de esto, todos a porfía cubren con tierra
el difunto, empeñados en levantar sobre él un enorme túmulo.
LXXII. Al cabo de un año después del entierro, vuelven de nuevo a
practicar la siguiente ceremonia. Escogen de los criados del difunto
rey los más lindos y bellos, quienes suelen ser escitas libres y bien
nacidos, pues allí son criados del rey los ciudadanos que él mismo
elige, no habiendo entre ellos el uso de comprar esclavos: escogidos,
repito, cincuenta de entre ellos, los ahogan y juntamente cincuenta
caballos de los más hermosos. Sácanles a todos las tripas y les limpian
las entrañas llenándolas después de paja y cosiéndoles el vientre.
Toman después un medio cerco, a manera de un aro de cuba, y clavan
sus dos extremos en dos palos que se levantan desde el túmulo; a poca
distancia clavan otro medio aro del mismo modo, y otros muchos así.
Hechos aquellos arcos, desde la cola de cada caballo hasta el cuello
meten un palo recio, y suben el cadáver sobre los aros, de suerte
que los primeros sostienen sus espaldas, y los postreros sus muslos
y vientre, quedando suspenso el caballo sin tocar en el suelo ni con
las manos ni con las piernas; levantado así, le ponen su freno y brida
atada a un palo que está allí delante. Sobre cada uno de los caballos
colocan sendos caballeros, que son los mancebos allí ahogados, metiendo
a cada cadáver un palo recto que penetrando por el espinazo llegue al
pescuezo, clavando la punta inferior de dicho palo que queda fuera del
cuerpo dentro de un agujero que tiene el otro palo que atraviesa el
cuerpo del caballo. Puesta alrededor del túmulo aquella cabalgada de
momias, se retiran todos a sus casas.
LXXIII. Esto sucede en las sepulturas de los reyes; por lo que toca a
las de los particulares se sigue otro estilo. Cuando muere un escita,
los parientes más cercanos le ponen en su carro y le van llevando por
las casas de sus amigos. Cada uno de estos recibe con un gran convite
a toda la comitiva, poniendo también al muerto la misma mesa que
a sus conductores;[379] pasados 40 días en tales visitas, al cabo
lo entierran. Los escitas que le dieron sepultura usan de muchas
ceremonias para purificarse: primero se refriegan y lavan la cabeza;
y después para la lustración de todo su cuerpo plantan tres palos
en tierra en forma de triángulo, cuyas puntas se unen por medio de
su mutua inclinación; alrededor de los palos extienden un fieltro o
encerado hecho de lana a manera de sombrero apretándolo lo más que
pueden, sin dejar, el más mínimo resquicio; y en medio de aquella
estufa de lana tupida meten un brasero en forma de esquife y dentro
unas piedras hechas ascua, todo con el fin de sahumarse como diré más
adelante.
LXXIV. Nace en el país el cáñamo,[380] hierba enteramente parecida
al lino, menos en lo grueso y alto, en que el cáñamo le hace muchas
ventajas. Parte de él nace de suyo, parte se siembra. Los tracios hacen
de él telas y vestidos muy semejantes a las de lino, tanto que nadie
que no esté hecho a verlas sabrá distinguir si son de lino o de cáñamo,
y quien nunca las haya visto las tendrá por piezas de lino.
LXXV. Del mencionado cáñamo toman, pues, la semilla los escitas impuros
y contaminados por algún entierro, echándola a puñados encima de las
piedras penetradas del fuego, y metidos ellos allá dentro de su estufa.
La semilla echada va levantando tal sahumerio y despidiendo de sí
tanto vapor, que no hay estufa alguna entre los griegos que en esto le
exceda. Entretanto, los escitas gritan de placer como si se bañasen en
agua rosada, y esta función les sirve de baño, pues jamás acostumbran a
bañarse.[381] Las mujeres escitas componen para sus afeites una especie
de emplasto: preparan una vasija con agua; raspan luego un poco de
ciprés, de cedro y de palo de incienso contra una piedra áspera, y de
las raspaduras mezcladas con agua forman un engrudo craso con que se
emplastan el rostro y aun todo el cuerpo. Dos ventajas logran con esto;
oler bien, cualquiera que sea su mal olor natural, y quedar limpias y
relucientes al quitarse aquella costra al día siguiente.
LXXVI. A nada tienen más aversión que a los usos y modas extrañas, aun
a las de otra provincia de la nación; pero con mucha particularidad a
las de los griegos, como se vio bien una vez en Anacarsis y en Escilas.
Anacarsis en primer lugar, habiendo visto muchos países y mostrádose en
todos hombre muy sabio, volvía ya a los aires nativos de la Escitia.
Sucedió que navegando el Helesponto tomase puerto en Cícico, en donde
halló a los vecinos de la ciudad ocupados en hacer a la madre de los
dioses una fiesta magnífica y pomposa, y el buen Anacarsis con aquella
ocasión hizo un voto a la madre, de que si por su favor y ayuda llegaba
salvo a su casa, le haría aquel mismo sacrificio que entonces veía
hacer a los cicicenos, e introduciría allí aquella vigilia y fiesta
nocturna. Llegado después a Escitia, habiendo desembarcado en el sitio
que llaman Hilea, floresta vecina al Dromo de Aquiles y poblada de
todo género de árboles, celebraba Anacarsis su fiesta a la diosa, sin
omitir ceremonia alguna, tocando sus timbales y llevando las figurillas
pendientes del cuello. Uno de los escitas que le había visto en
aquella función le delató al rey Saulio, el cual, avisado, y viendo por
sus ojos a Anacarsis que continuaba en sus ceremonias, le mató con una
saeta.[382] Y aun ahora, si se pregunta a los escitas por Anacarsis,
responderán que no saben ni conocen tal hombre; tal es la enemiga que
con él tienen, así porque viajó por la Grecia, como porque siguió los
usos y ritos extranjeros. Pero, según supe de Timnes, tutor que era de
Ariapites, fue Anacarsis tío de Idantirso, rey de la Escitia, e hijo
de Gnuro, nieto de Lico y biznieto de Espargapites. Y si es verdad que
Anacarsis fuese de tal familia, ¡triste suerte para el infeliz la de
haber muerto a manos de su mismo hermano, pues Idantirso fue hijo de
Saulio, y Saulio quien mató a Anacarsis!
LXXVII. Es singular lo que oí contar a los del Peloponeso, que
Anacarsis había sido enviado a Grecia por el rey de los escitas, para
que como discípulo aprendiera de los griegos, y que vuelto de sus
estudios había informado al mismo que le envió de que todos los pueblos
de la Grecia eran muy dados a todo género de erudición, salvo los
lacedemonios que eran los únicos que en sus conversaciones hablaban con
naturalidad sin pompa ni estudio. Pero esto es a fe mía un cuento con
que los mismos griegos se han querido divertir: lo cierto es que al
infeliz le costó la vida aquella fiesta, como dije, y este fue el pago
que tuvo de haber querido introducir usos nuevos y seguir costumbres
griegas.
LXXVIII. El mismo fin que este tuvo largos años después Escilas, hijo
de Ariapites. Sucedió que Ariapites, rey de los escitas, tuvo entre
otros hijos a Escilas, habido en una mujer no del país, sino natural de
Istria, colonia de los milesios, que instruyó a su hijo en la lengua
y literatura griega.[383] Andando después el tiempo, como su padre
Ariapites hubiese sido alevosamente muerto por el rey de los agatirsos,
Espargapites, Escilas tomó posesión no solo de la corona, sino también
de una esposa de su padre, que se llamaba Opea, señora natural de la
Escitia, en quien Ariapites había tenido un hijo llamado Orico. Rey ya
de los suyos, Escilas gustaba poco de vivir a la escítica, y su pasión
era seguir particularmente las costumbres de los griegos conforme a
la educación y usanzas en que se había criado. Para este efecto solía
conducir el ejército escita a la ciudad de los boristenitas, colonos
griegos, y según ellos pretenden, originarios de Mileto: apenas
llegado, dejando su ejército en los arrabales de la ciudad, se metía en
persona dentro de la plaza, y mandando al punto cerrar las puertas se
despojaba de los vestidos escíticos y se vestía a la griega. En este
traje íbase el rey paseando por la plaza sin alabarderos ni guardia
alguna que le siguiese; pero entretanto tenía centinelas a las puertas
de la ciudad, no fuese que metido dentro alguno de los suyos acertase
a verle en aquel traje. En todo, por abreviar, se portaba como si
fuese griego, y según el ritual de los griegos hacía sus fiestas y
sacrificios a los dioses. Después de pasado un mes o algo más, tomando
de nuevo su hábito escítico se volvía otra vez; y como esta función la
hiciese a menudo, había mandado edificar en Borístenes[384] un palacio,
y llevado a él por esposa una mujer natural de la ciudad.
LXXIX. Pero estando destinado que tuviese un fin desastroso, alcanzole
la desventura con la siguiente ocasión. Diole la gana de alistarse
entre los cofrades de Dioniso, el dios de las máscaras, y cuando iba
ya a hacer aquella ceremonia y profesión, sucediole un raro portento.
Alrededor de la magnífica y suntuosa casa que, como acabo de decir,
se había fabricado en la ciudad de los boristenitas, tenía una gran
plaza circuida toda de estatuas de mármol blanco en forma de esfinges
y de grifos; contra este palacio disparó Dios un rayo que lo abrasó
totalmente. Pero no se dio Escilas por entendido, y prosiguió del
mismo modo su mascarada. Es de saber que los escitas suelen dar en
rostro a los griegos sus borracheras y bacanales, diciendo que no es
razonable tener por dios a uno que hace volver locos y furiosos a los
hombres. Ahora, pues, cuando Escilas iba hecho un perfecto camarada
de Dioniso, uno de los boristenitas dio casualmente con los escitas y
les dijo: «Muy bien, sabios escitas; vosotros os mofáis de los griegos
porque hacemos locuras cuando se apodera de nosotros el dios Dioniso;
¿y qué diríais ahora si vierais a vuestro rey, a quien no sé qué
espíritu bueno o malo arrebata danzando por esas calles, loco y lleno
de Dioniso a no poder más? Y si no queréis creerme sobre mi palabra,
seguidme, amigos, que mostrároslo he con el dedo». Siguiéronle los
escitas principales, y el boristenita los condujo y ocultó en una
de las almenas. Cuando vieron los escitas que pasaba la mojiganga, y
que en ella iba danzando su rey hecho un insensato, no es decible la
pesadumbre que por ello tuvieron, y saliendo de allí dieron cuenta a
todo el ejército de lo que acababan de ver.
LXXX. De aquí resultó que al dirigirse Escilas con sus tropas hacia
su casa, los escitas pusieron a su frente un hermano suyo llamado
Octamasadas, nacido de una hija de Teres, y sublevados negaron a
aquel obediencia. Viendo Escilas lo que pasaba, y sabiendo el motivo
de aquella novedad, se refugió a la Tracia; de lo cual informado
Octamasadas movió su ejército hacia aquel país, y hallándose ya cerca
del Istro, saliéronles al encuentro armados los tracios, y estando a
punto de venir a las manos los dos ejércitos, Sitalces envió un heraldo
que habló así a Octamasades: «¿Para qué probar fortuna y querer medir
las espadas? Tú eres hijo de una de mis hermanas, y tienes en tu poder
un hermano mío refugiado en tu corte: ajustémonos en paz; entrégame tú
a ese hermano y yo te entregaré a Escilas, que lo es tuyo. Así, ni tú
ni yo nos expondremos a perder nuestra gente». Estos partidos de paz le
envió a proponer Sitalces, quien tenía un hermano retirado en la corte
de Octamasades; convino este en lo que se le proponía, y entregando su
tío a Sitalces, recibió de él a su hermano Escilas. Habiendo Sitalces
recobrado a su hermano, retirose con sus tropas, y Octamasades en aquel
mismo sitio cortó la cabeza a Escilas. Tan celosos están los escitas
de sus leyes y disciplina propia, y tal pago dan a los que gustan de
introducir novedades y modas extranjeras.
LXXXI. Por lo que mira al número fijo de población de los escitas,
no encontré quien me lo supiese decir precisamente, hallando en los
informes mucha divergencia. Unos me decían que eran muchísimos en
número, otros que había muy pocos escitas puros y de antigua raza.
Referiré la prueba de su población que me pusieron a la vista. Hay
entre los ríos Borístenes e Hípanis cierto lugar con el nombre de
Exampeo, del cual poco antes hice mención, cuando dije que había allí
una fuente de agua amarga, que mezclándose con el Hípanis impedía que
se pudiese beber de su corriente. Viniendo al asunto, hay en aquel
lugar un caldero tan descomunal, que es seis veces más grande que
aquella pila que está en la boca del Ponto, ofrenda que allí dedicó
Pausanias, hijo de Cleómbroto. Mas para quien nunca vio esta pila,
describiré en breve el caldero de los escitas, diciendo que podrá
recibir sin duda unos 600 cántaros, y que su canto tiene seis dedos de
recio. Decíanme, pues, los del país, que este caldero se había hecho
de las puntas de sus saetas; porque como su rey Ariantas, que así se
llamaba, quisiese saber a punto fijo cuánto fuese el número de sus
escitas, dio orden de que cada uno de ellos presentase una punta de
saeta, imponiendo pena capital al que no la presentase.[385] Habiéndose
recogido, pues, un número inmenso de puntas, pareciole al rey dejar a
la posteridad una memoria de ellas, y mandó hacer aquel caldero, lo
dejó en Exampeo como un público monumento, y he aquí lo que oía decir
de aquella población.
LXXXII. Nada de singular y maravilloso ofrece aquella región, si
exceptuamos la grandeza y el número de los ríos que posee. No dejaré
con todo de notar una maravilla, si es que lo sea, que a más de los
ríos y de lo dilatado de aquella llanura, allí se presenta, y es el
vestigio de la planta del pie de Heracles que muestran impreso en
una piedra, el cual en realidad se parece a la pisada de un hombre;
no tiene menos de dos codos y está cerca del río Tiras. Pero basta lo
dicho de cuentos y tradiciones; volvamos a tomar el hilo de la historia
que antes íbamos contando.
LXXXIII. Al tiempo que Darío hacía sus preparativos contra los escitas,
enviando sus comisarios con orden de intimar a unos que le aprontasen
la infantería, a otros la armada naval, a otros que le fabricasen
un puente de naves en el Bósforo de Tracia, su hermano Artabano,
hijo también de Histaspes, de ningún modo aprobaba que se hiciese la
guerra a los escitas, dando por motivo que era una nación falta de
todo y necesitada; pero viendo que sus consejos no hacían fuerza al
rey, siendo en realidad los mejores, cesó en ellos y dejó correr los
negocios. Cuando todo estuvo aprontado, Darío partió con su ejército
desde Susa.
LXXXIV. Entonces sucedió que uno de los persas llamado Eobazo, el cual
tenía tres hijos y los tres partían para aquella jornada,[386] suplicó
a Darío que de tres le dejase uno en casa para su consuelo. Respondiole
Darío, que siendo él su amigo y pidiéndole un favor tan pequeño, quería
darle el gusto cumplido dejándole a los tres. Eobazo no cabía en sí
de contento, creyendo que sus hijos quedaban libres y desobligados
de salir a campaña; pero Darío dio orden que los ejecutores de sus
sentencias matasen a todos los hijos de Eobazo, y de este modo,
degollados, quedaron con su padre.
LXXXV. Luego que Darío salió de Susa llegó al Bósforo de Calcedonia,
lugar donde se había construido el puente; entrando en una nave, fuese
hacia las islas Cianeas, como las llaman; de las cuales dicen los
griegos que eran en lo antiguo vagas y errantes. Sentado después en el
templo de Zeus Urio,[387] estuvo contemplando el Ponto, pues es cosa
que merece ser vista, no habiendo mar alguno tan admirable. Tiene allí
de largo 11.100 estadios, y de ancho por donde lo es más 3300. La boca
de este mar tiene en su entrada cuatro estadios de ancho; pero a lo
largo en todo aquel trecho y especie de cuello que se llama Bósforo,
en donde se había construido el puente, cuenta como 120 estadios.
Dicho Bósforo se extiende hasta la Propóntide, que siendo ancha de 500
estadios y larga de 1400 va a terminar en el Helesponto,[388] el cual
cuenta siete estadios a lo angosto y 400 a lo largo, y termina después
en una gran anchura de mar, que es el llamado Mar Egeo.
LXXXVI. Ved ahí cómo se han medido estas distancias. Suele una nave
en un largo día hacer comúnmente 70.000 orgias de camino a lo más; de
noche, empero, 60.000 únicamente: ahora bien, el viaje que hay desde
la boca del Ponto, que es su lugar más angosto, hasta el río Fasis, es
una navegación de nueve días y ocho noches, navegación que comprende,
por tanto, 1.110.000 orgias, que hacen 11.100 estadios. La navegación
que hay desde el país de los sindos hasta Temiscira, que está cerca del
río Termodonte,[389] siendo aquella la mayor anchura del Ponto, es de
tres días y dos noches, que componen 330.000 orgias, a que corresponde
la suma de 3300 estadios. Repito, pues, que en estos términos he
calculado la extensión del Ponto, del Bósforo y del Helesponto, cuya
situación natural es conforme la que llevo declarada. Tiene el Ponto
además de lo dicho una laguna que desagua en él, y que no es muy
inferior en extensión, la cual lleva el nombre de Mayátide,[390] y se
dice ser la madre del Ponto.
LXXXVII. Vuelvo a Darío, quien después de contemplado el Ponto,
volviose atrás hacia el puente, cuyo ingeniero o arquitecto había
sido Mandrocles, natural de Samos. Habiendo el rey mirado también
curiosamente el Bósforo, hizo levantar en él dos columnas de mármol
blanco, y grabar en una con letras asirias y en otra con griegas el
nombre de todas las naciones que en su ejército conducía, y conducía
todas aquellas de quienes era soberano. El número de dichas tropas
de infantería y caballería subía a 70 miríadas, o al de 700.000
hombres, sin incluir en él la armada naval en que venían juntas 600
embarcaciones. Algún tiempo después cargaron los bizantinos con dichas
columnas, y llevándolas a su ciudad se valieron de ellas para levantar
el ara de Artemisa Ortosia, exceptuando solamente una piedra llena de
caracteres asirios, que fue dejada en Bizancio en el templo de Dioniso.
El sitio del Bósforo en que el rey Darío fabricó aquel su puente, es
puntualmente, según mis conjeturas, el que está en medio de Bizancio y
del templo de Zeus situado en aquella boca.
LXXXVIII. Habiendo Darío mostrado mucho gusto y satisfacción por lo
bien construido que le parecía el puente de barcas, tuvo la generosidad
de pagar a su arquitecto Mandrocles de Samos todas las partidas a
razón de diez por uno. Separando después Mandrocles la primicias de
aquel regalo, hizo con ellas pintar aquel largo puente echado sobre el
Bósforo, y encima de él al rey Darío sentado en su trono, y al ejército
en el acto de pasar; y dedicó este cuadro en el Hereo o templo de
Hera, en Samos, con esta inscripción: _Mandrocles, que subyugó con su
puente al Bósforo, fecundo en pesca, colocó aquí su monumento, corona
suya, gloria de Samos, pues que supo agradar al rey, al gran Darío_.
Tal fue la memoria que dejó el constructor de aquel puente.
LXXXIX. Después que Darío dio con Mandrocles aquella prueba de
liberalidad, pasó a la Europa, habiendo ordenado a los jonios que
navegasen hacia el Ponto, hasta entrar en el Istro, donde les mandó
que le aguardasen, haciendo un puente de barcas sobre aquel río, y
esta orden se dio a los jonios, porque ellos con los eolios y los
helespónticos eran los que capitaneaban toda la armada naval. Pasadas
las Cianeas, la armada llevaba su rumbo hacia el Istro, y habiendo
navegado por el río dos días de navegación desde el mar, hicieron allí
un puente sobre las cervices del Istro, esto es, en el paraje desde
donde empieza a dividirse en varias bocas. Darío con sus tropas, que
pasaron el Bósforo por encima de aquel tablado hecho de barcas, iba
marchando por la Tracia, y llegando a las fuentes del río Tearo,[391]
dio tres días de descanso a su gente allí atrincherada.
XC. Los que moran vecinos al Tearo dicen que es el río más saludable
del mundo, pues sus aguas, además de ser medicinales para muchas
enfermedades, lo son particularmente contra la sarna de los hombres
y la roña de los caballos. Sus fuentes son 38, saliendo todas de una
misma peña, pero unas frías y otras calientes. Vienen a estar a igual
distancia, así de la ciudad de Hereo, vecina a la de Perinto, como de
Apolonia, ciudad del ponto Euxino,[392] a dos jornadas de la una y a
dos igualmente de la otra. El Tearo va a desaguar en el río Contadesdo,
este en el Agrianes, el Agrianes en el Hebro, y el Hebro en el mar
vecino a la ciudad de Eno.
XCI. Habiendo, pues, Darío llegado al Tearo, y fijado allí su campo,
contento de haber dado con aquel río, quísole honrar poniendo una
columna con esta inscripción: _Las fuentes del río Tearo brotan el
agua mejor y más bella de todos los ríos; a ellas llegó conduciendo
su ejército contra los escitas el hombre mejor y más bello de todos
los hombres, Darío, el hijo de Histaspes y rey del Asia y de todo el
continente_. Esto era lo que en la columna estaba escrito.
XCII. Partió Darío de aquel campo, dio con otro río que lleva el nombre
de Artisco,[393] y corre por el país de los odrisas. Junto a aquel río,
habiendo señalado cierto lugar, se le antojó dar orden a sus tropas
de que al pasar dejase cada cual su piedra en aquel mismo sitio, y
habiéndolo cumplido todos, continuó marchando con su gente, dejando
allí grandes montones de piedra.
XCIII. Antes de llegar al Istro, los primeros pueblos que por fuerza
rindió Darío fueron los getas _atanizontes_,[394] o defensores de la
inmortalidad, pues los tracios que habitan en Salmideso, puestos sobre
las ciudades de Apolonia y de Mesambria, llamados los esmirciadas y los
nipseos, sin la menor resistencia se le entregaron. Pero los getas,
nación la más valiente y justa de todos los tracios, resueltos con poca
cordura a disputarle el paso, fueron sobre la marcha hechos esclavos
por Darío.
XCIV. Respecto a la inmortalidad, están muy lejos de creer que
realmente mueran; y su opinión es que el que acaba aquí la vida va
a vivir con el dios Samolxis, a quien algunos hacen el mismo que
_Gebeleicis_.[395] De cinco en cinco años sortean uno de ellos, al
cual envían por mensajero a Samolxis, encargándole aquello de que por
entonces necesitan. Para esto, algunos de ellos, puestos en fila, están
allí con tres lanzas; otros, cogiendo de las manos y de los pies al
mensajero destinado a Samolxis, lo levantan al aire y le tiran sobre
las picas. Si muere el infeliz traspasado con ellas, ¡albricias!,
porque les parece que tienen aquel dios de su parte; pero si no muere
el enviado sobre las picas, se vuelven contra él diciéndole que es un
hombre malo o ruin, y acusándole así, envían otro, a quien antes de
morir dan sus encargos. Estos tracios, al ver truenos y relámpagos,
disparan sus flechas contra el cielo, con mil bravatas y amenazas a
Zeus, no teniéndole por dios, ni creyendo en otro que en su propio
Samolxis.