XLIII. La segunda vez que se repitió la tentativa, según dicen los

cartagineses, fue cuando Sataspes, hijo de Teaspes, uno de los

aqueménidas, no acabó de dar vuelta a la Libia, habiendo sido enviado

a este efecto, sino que espantado así de lo largo del viaje como de

la soledad de la costa, volvió atrás por el mismo camino, sin llevar

a cabo la empresa que su misma madre le había impuesto y negociado

para su enmienda; he aquí lo que sucedió: Había Sataspes forzado una

doncella principal, hija de Zópiro, y como en pena del estupro hubiese

de morir empalado por sentencia del rey Jerjes, su madre, que era

hermana de Darío, le libró del suplicio con su mediación, asegurando

que ella le daría un castigo mayor que el mismo Jerjes, pues le

obligaría a dar una vuelta a la Libia, hasta tanto que costeada toda

ella volviese al seno arábigo. Habiéndole Jerjes perdonado la vida

bajo esta condición, fue Sataspes al Egipto, y tomando allí una nave

con sus marineros, navegó hacia las columnas de Heracles; pasadas las

cuales y doblado el promontorio de la Libia que llaman Soloente, iba

navegando hacia mediodía. Pero como después de pasado mucho mar en

muchos meses de navegación viese que siempre le restaba más que pasar,

volvió, por fin, la proa y restituyose otra vez al Egipto. De allí,

habiendo ido a presentarse al rey Jerjes, díjole cómo había llegado muy

lejos y aportado a las costas de cierta región en que los hombres eran

muy pequeños y vestían de colorado, quienes apenas él arribara con su

navío, abandonando sus ciudades se retiraban al monte; aunque él y su

comitiva no les habían hecho otro daño al desembarcar que quitarles

algunas ovejas de sus rebaños. Añadía que el motivo de no haber dado a

la Libia una entera vuelta por mar, había sido no poder su navío seguir

adelante, quedándose allí como si hubiese varado. Jerjes, que no tuvo

por verdadera aquella relación, mandó que empalado pagase la pena a

que primero le condenó, puesto que no había dado salida a la empresa

en que aquella se le había conmutado. En efecto, un eunuco esclavo

de Sataspes, apenas oyó la muerte de su amo, huyó a Samos cargado de

grandes tesoros, los cuales bien sé quién fue el samio que se los

apropió, aunque de propósito quiero olvidarme de ello.

XLIV. Respecto al Asia, gran parte de ella fue descubierta por orden

de Darío, quien, con deseo de averiguar en qué parte del mar desaguase

el río Indo, que es el segundo de los ríos en criar cocodrilos, entre

otros hombres de satisfacción que envió en unos navíos esperando saber

de ellos la verdad, uno fue Escílax el cariandense. Empezando estos

su viaje desde la ciudad de Caspatiro,[358] en la provincia Páctica,

navegaron río abajo tirando a levante hasta que llegaron al mar. Allí,

torciendo el rumbo hacia poniente, continuaron su navegación, hasta que

después de treinta meses aportaron al mismo sitio de donde el rey del

Egipto había antes hecho salir aquellos fenicios que, como dije, dieron

vuelta por mar alrededor de la Libia. Después que hubieron hecho su

viaje por aquellas costas, Darío conquistó la India e hizo frecuente

la navegación de aquellos mares. De este modo se vino a descubrir que

si se exceptúa la parte oriental de Asia, lo demás es muy semejante a

la Libia. De aquí nació también señalar por límites del Asia al Nilo,

río del Egipto, y al Fasis, río de la Cólquide, si bien algunos ponen

su término en el Tanais, en la laguna Mayátide, y en los Portumeios

cimerios.

XLV. Pero respecto de la Europa, nadie todavía ha podido averiguar

si está o no rodeada de mar por el Levante, si lo está o no por el

norte;[359] sábese de ella que tiene por sí sola tanta longitud como

las otras dos juntas. No puedo alcanzar con mis conjeturas por qué

motivo, si es que la tierra sea un mismo continente, se le dieron en

su división tres nombres diferentes derivados de nombres de mujeres,

ni menos sé cómo se llamaban los autores de tal división, ni dónde

sacaron los nombres que impusieron a las partes divididas. Verdad es

que al presente muchos griegos pretenden que la Libia se llame así del

nombre de una mujer nacida en aquella tierra, y que el Asia lleve el

nombre de otra mujer esposa de Prometeo. Pero los lidios se apropian

el origen del último nombre, diciendo que lo tomó de Asies, hijo de

Cotis y nieto de Manes, no de Asia la de Prometeo; añadiendo que de

Asies tomó también el nombre una de las tribus de Sardes que llaman la

Asiada. Mas de la Europa nadie sabe si está rodeada de mar ni de dónde

le vino el nombre, ni quién se lo impuso; a no decir que lo tomase

de aquella Europa natural de Tiro, habiendo antes sido anónima como

debieron también de serlo las otras dos.[360] La dificultad está en que

se sabe que Europa no era natural del Asia, ni pasó a esta parte del

mundo que ahora los griegos llaman Europa, sino que solamente fue de

Fenicia a Creta y de Creta a Licia. Pero basta ya de investigaciones, y

sin buscar usanzas nuevas, valgámonos de los nombres establecidos.

XLVI. La región del Ponto Euxino, contra la que Darío preparaba su

expedición, se aventaja a las restantes del mundo en criar pueblos

rudos y tardos, en cuyo número no quiero incluir a los escitas, en

tanto grado, que de las naciones que moran cerca del Ponto, ninguna

podemos presentar que sea algo hábil y ladina, ni tampoco nombrar

de entre todas un sabio, a no ser la nación de los escitas y el

célebre Anacarsis; porque es menester confesar que la nación escítica

ha hallado cierto secreto o arbitrio en que ninguna otra de las que

yo sepa ha sabido dar hasta ahora, arbitrio verdaderamente el más

acertado, si bien por lo demás no tiene cosa que me dé mucho que

admirar. Y consiste su grande invención en hacer que nadie de cuantos

vayan contra ellos se les pueda escapar, y que si ellos evitaren el

encuentro no puedan ser sorprendidos. Unos hombres, en efecto, que

ni tienen ciudades fundadas ni muros levantados, todos sin casa ni

habitación fija, que son ballesteros de a caballo, que no viven de sus

sementeras y del arado, sino de sus ganados y rebaños, que llevan en

su carro todo el hato y familia, ¿cómo han de poder ser vencidos en

batalla, u obligados por fuerza a venir a las manos con el enemigo?

XLVII. Dos cosas han contribuido para este arbitrio y sistema: una es

la misma condición del país apropiada para esto; otra la abundancia

de los ríos, que les ayuda a lo mismo, porque por una parte su país

es una llanura llena de pastos y abundante de agua, y además corren

por ella tantos ríos que no son menos en número que las acequias y

canales en Egipto. Quiero únicamente apuntar aquí los ríos más famosos

y navegables que desde el mar allí se encuentran, los cuales son el

Istro, río de siete bocas, el Tiras, el Hípanis, el Borístenes, el

Panticapes, el Hipaciris, el Gerro y el Tanais,[361] cuyas corrientes

voy a describir.

XLVIII. El Danubio o Istro, río el mayor de cuantos conocemos, es

siempre el mismo, así en verano como en invierno, sin disminuir nunca

su corriente. La razón de su abundancia es, porque siendo el primero

entre los ríos de la Escitia que llevan su curso desde poniente,

entran en él otros ríos que lo aumentan, y son los siguientes: cinco

que tienen su corriente dentro de la misma Escitia van a desaguar en

el Istro: uno es el que los naturales llaman el Pórata y el Píreto;

los otros son el Tiaranto, el Áraro, el Náparis y el Odreso.[362] El

primero que he nombrado de estos ríos es caudaloso, y corriendo hacia

oriente desagua al cabo en el Istro: menor que este es el segundo de

los dichos, el Tiaranto, que corre inclinándose algo hacia poniente:

los otros tres, el Áraro, el Náparis y el Odreso, tienen sus corrientes

en el espacio intermedio de los otros dos, y van a dar en el mismo

Istro, y estos son, como dije, los ríos propios y nacidos de la Escitia

que lo acrecientan.

XLIX. De los agatirsos baja el río Maris[363] y va a confundir sus

aguas con las del Istro. Desde las cumbres del Hemo corren hacia el

norte tres grandes ríos, que son el Atlas, el Auras y el Tibisis, y

van a parar en el Istro. Por la Tracia y por el país de los crobizos,

pueblos tracios, pasan tres ríos, que son el Atris, el Noes, el

Artanes, y desaguan también en el Istro. En el mismo va a dar el Escío,

el cual corriendo desde los peones y del monte Ródope pasa por medio

del Hemo. El río Angro, que desde los ilirios corre hacia el viento

Bóreas y pasa por la llanura Tribálica, va a desaguar en el río Brongo;

mas el Brongo mismo desemboca después en el Istro, el cual recibe así

en su lecho aquellos dos grandes ríos. A más de estos, paran también en

el Istro el Carpis y otro río llamado Alpis, que salen de la región que

está sobre el país de los Ómbricos, encaminando su corriente hacia el

Bóreas. En suma, el gran Istro va recorriendo toda la Europa, empezando

desde los celtas, que exceptuados los cinetas,[364] son los últimos

europeos que viven hacia poniente, y atravesada toda aquella parte del

mundo, viene a morir en los confines y extremidad de la Escitia.

L. Así que, contribuyendo al Istro con sus corrientes los mencionados

ríos y otros muchos más, llega aquel a formarse el mayor de todos; si

bien por otra parte el Nilo le hace ventaja, si se comparan las aguas

propias del uno con las propias del otro, sin contar la advenediza,

pues que ni río ni fuente alguna desagua en el Nilo para ayudarle a

crecer. La razón de que el Istro lleve siempre la misma agua en verano

e invierno paréceme que puede ser la siguiente. En el invierno se

halla en su propio punto de abundancia, y apenas sube un poco más de

lo regular, por razón de ser muy poca la lluvia que cae en aquellas

regiones y por hallarse todas cubiertas de nieve caída antes en

invierno, y entonces deshecha corre de todas partes hacia el Istro: de

suerte que no solo lleva en su corriente el agua de la nieve deshelada

que va escurriéndose hacia el río, sino también las muchas lluvias y

temporales de la estación, lloviendo allí tanto en el verano. Y cuanto

mayor es la copia de agua que el sol atrae y chupa en verano que no en

invierno, tanto mayor es a proporción la abundancia de la que acude

al Istro en aquella estación que no es esta. Por lo que balanceada

entonces la salida del agua como la entrada, vienen a quedar las aguas

del Istro igualadas en verano con las de invierno.

LI. Además de este gran río poseen los escitas el Tiras, que bajando

del lado del Bóreas tiene su nacimiento en una gran laguna que separa

la región de la Escitia de la tierra de los neuros. En la embocadura

del mismo río habitan los griegos que se llaman los tiritas.[365]

LII. El tercer río que corre por la Escitia es el Hípanis, salido de

una gran laguna,[366] alrededor de la cual pacen ciertos caballos

salvajes y blancos, laguna que se llama con mucha razón la madre

del Hípanis, que naciendo de ella corre cinco días de navegación,

conservándose humilde y dulce, pero después acercándose al mar es

extremadamente amarga por el espacio de cuatro jornadas. Causa de este

daño es una fuente que le rinde su agua, en tal grado amarga, aunque

por sí nada copiosa, que basta para inficionar con su sabor todo el

Hípanis, río bastante grande entre los secundarios. Hállase dicha

fuente en la frontera que separa la tierra de los escitas labradores

de la de los alazones; su nombre y el de la comarca donde brota es en

lengua de los escitas _Exampeo_, que en griego corresponde a _Irai

Odoi_, vías sacras. En el país de los alazones poco trecho dejan

intermedio el Tiras y el Hípanis, pero salidos de allí van en su curso

apartándose uno del otro y dejando más espacio entre sí.

LIII. El cuarto de dichos ríos y el mayor de todos después del Istro

es el Borístenes, río a mi ver el más provechoso, no solo entre los de

Escitia,[367] pero aun entre todos los del mundo, salvo siempre el Nilo

del Egipto, con quien no hay alguno que en esto se le pueda comparar.

Pero de los demás es sin duda el Borístenes el más feraz y fructuoso;

produce los más bellos y saludables pastos para el ganado; lleva

muchísima y muy singular y escogida pesca; trae un agua muy delicada

al gusto y muy limpia, a pesar de los vecinos ríos que corren turbios.

Las campiñas por donde pasa dan las mejores mieses, y allí donde no

siembran crían los prados una altísima hierba. En su embocadura hay

mucha sal, que el agua va cuajando por sí misma: críanse en él unos

grandes pescados sin espina que llaman _antáceos_, a propósito para

salarlos; son mil, en suma, las maravillas que el Borístenes produce.

Navégase por el espacio de 40 días hasta un lugar llamado Gerro, y

se tiene sabido que corre desde el Bóreas; pero de allí arriba nadie

sabe por qué lugares pasa; solo parece que corriendo por sitios

despoblados baja a la tierra de los escitas georgos o _labradores_,

quienes habitan en sus riberas el espacio de 10 días de navegación.

Las fuentes de este río, lo mismo que las del Nilo, ni yo las sé, ni

creo que las sepa griego alguno. Al llegar el Borístenes cerca ya del

mar, júntasele allí el Hípanis, entrando los dos en un mismo lago. El

espacio entre estos dos ríos, que es una punta avanzada hacia el mar,

se llama el promontorio de Hipolao, donde está edificado un templo

de la Madre,[368] y más allá de él, vecinos al Hípanis, habitan los

boristenitas.

LIV. A estos ríos, de los que bastante hemos dicho, sigue el quinto,

llamado Panticapes,[369] que baja del norte saliendo de una laguna; y

en medio de este y del Borístenes viven los escitas georgos. Entra en

la Hilea, y habiéndola atravesado, desagua en el Borístenes, con el

cual se confunde.

LV. El sexto es el Hipaciris, que saliendo también de una laguna y

corriendo por medio de los escitas nómadas, desagua en el mar cerca de

la ciudad de Carcinitis,[370] dejando a su derecha la Hilea y el lugar

que llaman el Dromo de Aquiles.

LVI. El séptimo río, el Gerro,[371] empieza a separarse del Borístenes

en aquel sitio, desde el cual este último se halla descubierto y

conocido, sitio que se llama también Gerro, trasmitiendo su nombre al

río. Encaminándose hacia el mar, separa con su corriente la región de

los escitas nómadas de la de los escitas regios, y por último entra en

el Hipaciris.

LVII. El Tanais es el octavo río, que saliendo de una gran laguna[372]

en las regiones superiores, va a entrar en otra mayor llamada la

Mayátide, que separa los escitas regios de los saurómatas. En este mismo

río entra otro, suyo nombre es el Hirgis.

LVIII. Estos son los ríos de que los escitas están bien provistos y

abastecidos. La hierba que nace en la Escitia para pasto de los ganados

es la más amarga de cuantas se conocen, como puede hacerse la prueba en

las reses abriéndolas después de muertas.

LIX. Los escitas, pues, abundan en las cosas principales o de primera

necesidad; por lo tocante a las leyes y costumbres, se rigen en la

siguiente forma. He aquí los únicos dioses que reconocen y veneran:

en primer lugar y con más particularidad, a la diosa Hestia;[373]

luego a Zeus y a Gea, a quien miran como esposa de aquel; después a

Apolo, Afrodita Urania, Heracles y Ares; y estos son los dioses que

todos los escitas reconocen por tales; pero los regios hacen también

sacrificios a Poseidón. Los nombres escíticos que les dan son los

siguientes: a Hestia la llaman _Tabiti_; a Zeus le dan un nombre el

más propio y justo a mi entender, llamándole _Papeo_; a Gea la llaman

_Apia_; a Apolo _Etosiro_; a Afrodita Urania _Artimpasa_; a Poseidón

_Tamimasadas_. No acostumbran erigir estatuas, altares ni templos sino

a Ares únicamente.

LX. He aquí el modo y rito invariable que usan en todos sus

sacrificios. Colocan la víctima atadas las manos con una soga; tras de

ella está el sacrificador, quien tirando del cabo de la soga da con la

víctima en el suelo, y al tiempo de caer ella, invoca y la ofrece al

dios a quien la sacrifica. Va luego a atar con un dogal el cuello de

la bestia, y asiendo de una vara que mete entre cuello y dogal, le da

vueltas hasta que la sofoca. No enciende allí fuego, ni ofrece parte

alguna de la víctima, ni la rocía con licores, sino que ahogada y

desollada va luego a cocerla.

LXI. Siendo la Escitia una región sumamente falta de leña, han hallado

un medio para cocer las carnes de los sacrificios.[374] Desollada

la víctima, mondan de carne los huesos, y si tienen allí a mano

ciertos calderos del país, muy parecidos a los peroles de Lesbos, con

la diferencia de que son mucho más capaces, meten en ellos la carne

mondada, y encendiendo debajo aquellos huesos limpios y desnudos, la

hacen hervir de este modo; pero si no tienen a punto el caldero, echan

la carne mezclada con agua dentro del vientre de la res, en el cual

cabe toda fácilmente una vez mondada, y encienden debajo los huesos,

que van ardiendo vigorosamente: con esto, un buey y cualquiera otra

víctima se cuece por sí misma. Una vez cocida, el sacrificador corta

por primicias de ella una parte de carne y otra de las entrañas, y las

arroja delante de sí. Y no solo sacrifican los ganados ordinarios, sino

muy especialmente los caballos.

LXII. Este es el rito de sus sacrificios, y estas las víctimas que

generalmente sacrifican a todos sus dioses; pero con su dios Ares usan

de un rito particular. En todos sus distritos, contando por curias,

tienen un templo erigido a Ares, hecho de un modo extraño. Levantan

una gran pira amontonando faginas hasta tres estadios de largo y de

ancho, pero no tanto de alto; encima forman un área cuadrada a modo de

ara, y la dejan cortada y pendiente por tres lados y accesible por el

cuarto. Para la conservación de su hacina, que siempre va menguando

consumida por las inclemencias del tiempo, la van reparando con 150

carros de fagina que le añaden; y encima de ella llevanta cada distrito

un alfanje de hierro, herencia de sus abuelos, y este es el ídolo o

estatua de Ares.[375] A este alfanje levantado hacen sacrificios

anuales de reses y caballos, y aun se esmeran en sacrificar a este más

que a los demás dioses; y llega el celo a tal punto, que de cada cien

prisioneros cogidos en la guerra le sacrifican uno, y no con el rito

con que inmolan los brutos, sino con otro bien diferente. Ante todo

derraman vino sobre la cabeza del prisionero; después le degüellan

sobre un vaso en que chorree la sangre, y subiéndose con ella encima

del montón de sus haces, la derraman sobre los alfanjes. Hecho esto

sobre el ara, vuelven al pie de las faginas y de las víctimas que

acaban de degollar, cortan todo el hombro derecho juntamente con

el brazo, y lo echan al aire; por un lado yace el brazo allí donde

cae, por otro el cadáver. En dando fin a las demás ceremonias del

sacrificio, se retiran.

LXIII. A esto, en suma, se reducen sus sacrificios, no acostumbrando

inmolar lechones, y lo que es más, ni aun criarlos en su tierra.

LXIV. Acerca de sus usos y conducta en la guerra, el escita bebe

luego la sangre al primer enemigo que derriba, y a cuantos mata en

las refriegas y batallas les corta la cabeza y la presenta después al

soberano: ¡infeliz del que ninguna presenta!, pues no le cabe parte

alguna en los despojos, de que solo participa el que las traiga. Para

desollar la cabeza cortada al enemigo, hacen alrededor de ella un

corte profundo de una a otra oreja, y asiendo de la piel la arrancan

del cráneo, y luego con una costilla de buey la van descarnando, y

después la ablandan y adoban con las manos, y así curtida la guardan

como si fuera una toalla. El escita guerrero ata de las riendas del

caballo en que va montado y lleva como en triunfo aquel colgajo humano,

y quien lleva o posee mayor número de ellos es reputado por el más

bravo soldado: aun se hallan muchos entre ellos que hacen coser en sus

capotes aquellas pieles, como quien cose un pellico. Otros muchos,

desollando la mano derecha del enemigo, sin quitarla las uñas, hacen

de ella, después de adobada, una tapa para su aljaba; y no hay que

admirarse de esto, pues el cuero humano, recio y reluciente, sin duda

adobado saldría más blanco y lustroso que ninguna de las otras pieles.

Otros muchos, desollando al muerto de pies a cabeza, y clavando en un

palo aquella momia, van paseándola en su mismo caballo.

LXV. Tales son sus leyes y usos de guerra; pero aun hacen más con las

cabezas, no de todos, sino de sus mayores enemigos. Toma su sierra el

escita y corta por las cejas la parte superior del cráneo y la limpia

después; si es pobre, conténtase cubriéndole con cuero crudo de buey;

pero si es rico, lo dora, y tanto uno como otro se sirven después del

cráneo como de vaso para beber.[376] Esto mismo practican aún con las

personas más familiares y allegadas; si teniendo con ellas alguna riña

o pendencia, logran sentencia favorable contra ellas en presencia

del rey. Cuando un escita recibe algunos huéspedes a quienes honra

particularmente, les presenta las tales cabezas convertidas en vasos, y

les da cuenta de cómo aquellos sus domésticos quisieron hacerle guerra,

y que él salió vencedor. Esta, entre ellos, es la mayor prueba de ser

hombres de provecho.

LXVI. Una vez al año, cada gobernador de distrito suele llenar una

gran pipa de vino, del cual beben todos los escitas bravos que han

muerto en la guerra algún enemigo; pero los otros, que no han podido

hacer otro tanto, están allí sentados como a la vergüenza, sin poder

gustar del banquete, no habiendo para ellos infamia mayor. Pero los que

hubieren sido muy señalados en la matanzas de hombres, se les da a cada

cual dos vasos a un tiempo, y bebe uno por dos.

LXVII. No faltan a los escitas adivinos en gran cantidad, cuya

manera de adivinar por medio de varas de sauce explicaré aquí:

Traen al lugar donde quieren hacer la función unos grandes haces de

mimbres, y dejándolos en tierra los desatan; van después tomando una

a una y dejando sucesivamente las varillas, y al mismo tiempo están

vaticinando, y sin cesar de murmurar vuelven a juntarlas y a componer

sus haces: este género de adivinación es heredado de sus abuelos.

Los que llaman _enareos_, que son los hermafroditas o afeminados,

pretenden que la diosa Afrodita los hace adivinos, y vaticinan con la

corteza interior del árbol teia o tilo, haciendo tres tiras de aquella

membranilla, envolviéndolas alrededor de sus dedos, y adivinando al

paso que las van desenvolviendo.

LXVIII. Si alguna vez enferma su rey, hace llamar a los tres adivinos

de mayor crédito y fama, los cuales del modo arriba dicho vaticinan

acerca de aquella enfermedad. Por lo común, salen con decir que uno u

otro, nombrando a los sujetos que les parece, juraron falso por los

lares regios; pues que cuando los escitas quieren hacer el juramento

más grave y más solemne de todos, casi siempre les obligan las leyes a

jurar por los hogares o penates del rey. Al punto, pues traen preso al

sujeto que dicen haber perjurado, y allí le reconvienen los adivinos,

diciendo que el rey está enfermo porque él, como parece por los

vaticinios, fue perjuro violando los hogares y penates regios. Suele

acontecer que, enojado el preso, desmiente a los adivinos, diciendo que

no hubo tal perjurio. Entonces llama el rey otros tantos adivinos, y

si estos, observando el modo que se guardó en la adivinación, dan al

reo por convicto del perjurio, sin más dilación le cortan la cabeza,

y los primeros adivinos se reparten todos sus haberes. Pero si los

segundos absuelven al pretendido perjuro, llámanse de nuevo otros, y

después otros, y si sucede que los más den al hombre por inocente, la

pena decretada por las leyes es que mueran los primeros adivinos.

LXIX. El género de muerte es el siguiente: llenan un carro de haces de

leña menuda; atan al yugo los bueyes; luego meten en medio de los haces

a los adivinos con prisiones en los pies, con las manos atadas atrás y

con mordazas en la boca; pegan fuego a la fagina, y espantando a gritos

a los bueyes, les hacen que corran. Sucede que muchos de los bueyes

quedan abrasados en compañía de los falsos profetas, pero muchos otros,

cuando la lanza del carro se acaba de abrasar, escapan vivos, aunque

bien chamuscados. Del mismo modo queman también vivos por otros delitos

a sus adivinos, llamándolos falsos.

LXX. Si el rey manda quitar la vida a alguno de sus vasallos, no

la perdona a sus hijos, obligando a todos los varones a morir con

su padre,[377] si bien a las hembras ningún daño se les hace. La

solemnidad en los contratos y alianzas de los escitas con cualquiera

que los contraigan, es la siguiente: colocan en medio una gran copa de

barro, y en ella juntamente con vino mezclan la sangre de entrambos

contrayentes, que se sacan hiriéndose ligeramente el cuerpo con un

cuchillo o con la espada.[378] Después de esto, mojan en la copa el

alfanje, la segur, las saetas y el dardo, y hecha esta ceremonia, pasan

a sus votos y largas deprecaciones, tras de las cuales beben del vino

ensangrentado, así los actores principales de la confederación, como

las personas más respetables de su comitiva.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 28 / 38 段