igualmente. Aristeas, natural de Proconeso, hijo de cierto Caistrobio
y poeta de profesión, decía que por inspiración de Febo había ido
hasta los isedones, más allá de los cuales añadía que habitaban los
arimaspos, hombres de un solo ojo en la cara, y más allá de estos están
los grifos que guardan el oro del país, y más lejos que todos habitan
hasta las costas del mar los hiperbóreos. Todas estas naciones, según
él, exceptuados solamente los hiperbóreos, estaban siempre en guerra
con sus vecinos, habiendo sido los primeros en moverla los arimaspos,
de cuyas resultas estos habían echado a los isedones de su tierra,
los isedones a los escitas de la suya, y los cimerios que habitaban
vecinos al mar del Sur, oprimidos por los escitas, habían desamparado
su patria.[336]
XIV. He aquí que Aristeas tampoco conviene con los escitas en la
historia de estos pueblos. Y ya que llevo dicho de dónde era natural
el autor de la mencionada relación, referiré aquí un cuento que de él
oí en Proconeso y en Cícico. Dicen, pues, que Aristeas, ciudadano en
nobleza de sangre a nadie inferior, habiendo entrado en Proconeso en
la oficina de un lavandero, quedó allí muerto, y que el lavandero,
dejándole allí encerrado, fue luego a dar parte de ello a los parientes
más cercanos del difunto. Habiéndose extendido por la ciudad cómo
acababa de morir Aristeas, un hombre natural de Cícico, que acababa
de llegar de la ciudad de Artace,[337] empezó a contradecir a los que
esparcían aquella nueva, diciendo que él al venir de Cícico se había
encontrado con Aristeas y le había hablado en el camino. Manteníase el
hombre en negar que hubiera muerto. Los parientes del difunto fueron a
la oficina del lavandero, llevando consigo lo que hacía al caso para
llevar el cadáver; pero al abrir las puertas de la casa, ni muerto ni
vivo compareció Aristeas. Pasados ya siete años, dejó verse el mismo
en Proconeso, y entonces hizo aquellos versos que los griegos llaman
_arimaspos_, y después de hechos desapareció segunda vez.
XV. Esto nos cuentan aquellas dos ciudades; yo sé aún de Aristeas
otra anécdota que sucedió con los metapontinos de Italia, 340 años
después de su segunda desaparición, según yo conjeturaba cuando estuve
en Proconeso y en Metaponto. Decían, pues, aquellos habitantes que
habiéndoseles aparecido Aristeas en su tierra, les había mandado erigir
un ara a Apolo y levantar al lado de ella una estatua con el nombre
de Aristeas el de Proconeso, dándoles por razón que entre todos los
italianos ellos eran los únicos a cuyo territorio hubiese venido Apolo,
a quien él en su venida había seguido en forma de cuervo el que era en
la actualidad Aristeas. Habiéndoles hablado en estos términos, dicen
los metapontinos que desapareció, y enviando ellos a consultar a Delfos
para saber del dios Apolo lo que significaba la fantasma de aquel
hombre, les había ordenado la Pitia que obedeciesen, que obedecerla
era lo mejor si querían prosperar, con lo cual hicieron lo mandado
por Aristeas. Y en efecto, al lado del mismo ídolo de Apolo está al
presente una estatua que lleva el nombre de Aristeas, y alrededor de
ella unos laureles de bronce. Dicho ídolo se ve en la plaza.
XVI. Baste lo dicho acerca de Aristeas, y volviendo al país de que
antes iba hablando, nadie hay que sepa con certeza lo que más arriba
de él se contiene. Por lo menos no he podido dar con persona que diga
haberlo visto por sus ojos, pues el mismo Aristeas, de quien poco antes
hice mención, en hablando como poeta, no se atrevió a decir en sus
versos que hubiese pasado más allá de los isedones, contentándose con
referir de oídas lo que pasaba más allá, citando por testigos de su
narración a los mismos isedones. Ahora no haré más que referir todo lo
que de oídas he podido averiguar con fundamento acerca de lo más remoto
de aquellas tierras.
XVII. Empezando desde el emporio de los boristenitas, lugar que ocupa
el medio de la costa de Escitia, los primeros habitantes que siguen
son los calípidas, especie de griegos escitas, y más arriba de estos
se halla otra nación llamada los alazones, que, siguiendo como los
calípidas todos los usos de los escitas, acostumbran con todo hacer
sementeras de trigo, del cual se alimentan, comiendo también cebollas,
ajos, lentejas y mijo. Sobre los alazones están los escitas que llaman
_labradores_, quienes usan sembrar su trigo, no para comerlo, sino para
venderlo. Más arriba de estos moran los neuros, cuya región hacia el
viento Bóreas está despoblada de hombres, según tengo entendido. Estas
son las naciones[338] que viven vecinas al río Hípanis y caen hacia el
poniente del Borístenes.
XVIII. Pasando a la otra parte del Borístenes, el primer país, contando
desde el mar, es Hilea, más allá de la cual habitan los escitas
labradores que viven cerca del Hípanis, a quienes llaman boristenitas
los griegos, al paso que se llaman a sí mismos olbiopolitas. Estos
pueblos ocupan la comarca que mira a levante y se extiende por tres
jornadas confinando con un río que tiene por nombre Panticapes, y la
misma hacia el viento Bóreas tiene de largo once jornadas navegando
por el Borístenes arriba. Al país de dichos escitas siguen unos vastos
desiertos; pasados estos, hay una nación llamada los andrófagos, que
hace cuerpo aparte, sin tener nada común con los escitas; pero más allá
de ella no hay sino un desierto en que no vive nación alguna.
XIX. Al pasar el río Panticapes, la tierra que cae al oriente de dichos
escitas labradores está ocupada ya por otros escitas nómadas[339] que
como pastores nada siembran ni cultivan. La tierra que habitan está
del todo rasa sin árbol alguno, excepto la región Hilea, y se extiende
hacia levante catorce días de camino, llegando hasta el río Gerro.
XX. A la otra parte del Gerro yacen los campos o territorios que se
llaman regios, habitados por los más bravos y numerosos escitas, que
miran como esclavos suyos a los demás escitas: confinan por el mediodía
con la región Táurica, por levante con el foso que abrieron los hijos
bastardos de los ciegos y con el emporio de la laguna Mayátide, el
cual llaman Cremnoi, y algunos de estos pueblos llegan hasta el río
Tanis.[340] En la parte superior de los escitas regios hacia el Bóreas
viven los melanclenos, nación enteramente diversa de los escitas; pero
más arriba de ella hay unas lagunas, según estoy informado, y el país
está del todo despoblado.
XXI. Del otro lado del Tanais ya no se halla tierra de escitas, siendo
aquel el primer límite del país de los saurómatas, quienes empezando
desde el ángulo de la laguna Mayátide ocupan el viento Bóreas por
espacio de quince jornadas todo aquel terreno que se ve sin un árbol
silvestre ni frutal. En la región que sigue más arriba de ellos están
situados los budinos, quienes viven en un suelo que llega a ser un
bosque espeso de toda suerte de árboles.[341]
XXII. Sobre los budinos hacia el Bóreas se halla ante todo un país
desierto por espacio de ocho jornadas, y después, inclinándose algo
hacia el viento Subsolano, están los tiságetas, nación populosa o
independiente, que vive de la caza. Confinantes suyos y habitantes
de los mismos contornos son unos pueblos que llaman yircas, y viven
también de lo que cazan, lo cual practican del siguiente modo: pónese
en emboscada el cazador encima de un árbol de los muchos y muy espesos
que hay por todo el territorio; tiene cerca a su caballo, enseñado a
agazaparse vientre a tierra a fin de esconder su bulto, y su perro
está a punto juntamente: lo mismo es descubrir la fiera desde su árbol
que tirarle con el arco, montar en su caballo y seguirla acompañado
del perro. Más allá, tirando hacia oriente, viven otros escitas que,
sublevados contra los regios, se retiraron hacia aquellos países.[342]
XXIII. Toda la región que llevo descrita hasta llegar a la tierra de
estos últimos escitas, es una llanura de terreno grueso y profundo;
pero desde allí empieza a ser áspero y pedregoso.[343] Después de
pasado un gran espacio de este fragoso territorio, al pie de unos
altos montes viven unos pueblos de quienes se dice ser todos calvos
de nacimiento así hombres como mujeres, de narices chatas, de grandes
barbas, sin pelo en ellas, y de un lenguaje particular, si bien su modo
de vestir es a lo escita, y su alimento el fruto de los árboles. El
árbol de que viven se llama _póntico_, y viene a ser del tamaño de una
higuera, llevando un fruto del tamaño de una haba, aunque con hueso:
una vez maduro, lo exprimen y cuelan con sus paños o vestidos, de donde
va manando un jugo espeso y negro, al cual dan el nombre de _asqui_,
bebiéndolo ora chupado, ora mezclado con leche: de las heces más crasas
del jugo forman unas pastillas para comerlas. No abundan de ganado, por
no haber allí muy buenos pastos. Cada cual tiene su casa bajo un árbol
que cubren alrededor en el invierno con un fieltro blanco y apretado
a manera de lana de sombrero, despojándole de él en el verano. Siendo
mirados estos pueblos como personas sagradas, no hay quien se atreva a
injuriarles, en tanto grado que aun de armas carecen para la guerra,
y son los que componen las desavenencias entre los vecinos. El que
fugitivo se acoge a ellos o el reo que se refugia, seguro está de que
nadie le toque ni moleste. El nombre de esta gente es el de argipeos.
XXIV. Hasta llegar a estos calvos son muy conocidas todas aquellas
regiones con sus pueblos intermedios, pues hasta allí llegan, tanto los
escitas de quienes es fácil tomar noticias, como muchos de los griegos,
ya del emporio del Borístenes, ya de los otros emporios del Ponto. Los
escitas que suelen ir a traficar allá, negocian y tratan con ellos por
medio de siete intérpretes de otros tantos idiomas.
XXV. Así que el país hasta dichos calvos es un país descubierto y
conocido; pero nadie puede hablar con fundamento de lo que hay más
allá, por cuanto corta el país una cordillera de montes inaccesibles
que nadie ha traspasado. Verdad es que los calvos nos cuentan cosas que
jamás se me harán creíbles, diciendo que en aquellos montes viven los
egípodas, hombres con pies de cabra, y que más allá hay otros hombres
que duermen un semestre entero como si fuera un día, lo que de todo
punto no admito. Lo que se sabe y se tiene por averiguado es que los
isedones habitan al oriente de los calvos;[344] pero la parte que mira
al Bóreas ni los calvos ni los isedones la tienen conocida, excepto lo
dicho, que ellos quieren darnos por sabido.
XXVI. Dícese de los isedones que observan un uso singular. Cuando a
alguno se le muere su padre, acuden allá todos los parientes con sus
ovejas, y matándolas, cortan en trozos las carnes y hacen también
pedazos al difunto padre del huésped que les da el convite, y mezclando
después toda aquella carne, la sacan a la mesa. Pero la cabeza del
muerto, después de bien limpia y pelada, la doran, mirándola como una
alhaja preciosa de que hacen uso en los grandes sacrificios que cada
año celebran, ceremonia que los hijos hacen en honor de sus padres, al
modo que los griegos celebran las exequias aniversarias. Por lo demás,
estos pueblos son alabados de justos y buenos, y aun se dice que sus
mujeres son tan robustas y varoniles como los hombres. De ellos al fin
se sabe algo.
XXVII. De la región que está sobre los isedones dicen estos que es
habitada por hombres monóculos, y que en ella se hallan los grifos
_guarda-oros_. Esta fábula la toman de los isedones los escitas que la
cuentan, y de estos la hemos aprendido nosotros, usando de una palabra
escítica al nombrarlos _arimaspos_,[345] pues los escitas por uno dicen
_arima_, y por ojo _spu_.
XXVIII. Tan rígida y fría es toda la región que recorremos, que por
ocho meses duran en ella unos hielos insufribles, donde no se hace
lodo con el agua derramada, pero sí con el fuego encendido. Hiélase
entonces el mar y también el Bósforo cimerio. Los escitas que están a
la otra parte del foso pasan a caballo por encima del hielo y conducen
sus carros a la otra ribera hasta los sindos.[346] En suma, hay allí
ocho meses enteros de invierno, y los que restan son de frío. La
estación y naturaleza del invierno es allí muy otra de la que tiene en
otros países. Cuando parece que debía llegar el tiempo de las lluvias,
apenas llueve en el país, pero en verano no cesa de llover. No se oye
un trueno siquiera en la sazón en que truena en otras partes; y si
sucede alguna vez en invierno, se mira como un prodigio, pero en verano
son los truenos frecuentísimos. Por prodigio se tiene del mismo modo
si acaece en la Escitia algún terremoto, ora sea en verano, ora en
invierno. Sus caballos son los que tienen robustez para sufrir aquel
rigor del invierno; los machos y los asnos no lo pueden absolutamente
resistir, cuando en otras partes el hielo gangrena las piernas a los
caballos, al paso que resisten los asnos y mulos.
XXIX. Ese mismo dolor del frío me parece la causa de que haya allí
mismo cierta especie de bueyes mochos, a los cuales no les nacen
astas, y en abono de mi opinión tengo aquel verso de Homero en la
_Odisea_:[347]
«En Libia presto apuntan las astas al cordero».
Bien dicho por cierto, pues en los países calientes desde luego
salen los cuernos; pero en climas muy helados, o nunca los sacan los
animales, o bien los sacan tarde y mal, y así me confirmo en que el
frío es la causa de ello.
XXX. Y puesto que desde el principio me tomé la licencia de hacer en mi
historia mil digresiones, diré que me causa admiración el saber que en
toda la comarca de Elea no puede engendrarse un mulo, no siendo frío el
clima ni dejándose ver otra causa suficiente para ello. Dicen los eleos
que es efecto de cierta maldición de Enomao el que no se engendren
mulos en su territorio; pero ellos lo remedian con llevar las yeguas en
el tiempo oportuno a los pueblos vecinos, en donde las cubren los asnos
padres hasta tanto que quedan preñadas, y entonces se las vuelven a
llevar.
XXXI. Por lo que mira a las plumas voladoras, de que dicen los escitas
estar tan lleno el aire que no se puede por causa de ellas alcanzar con
la vista lo que resta de continente ni se puede por allí transitar,
imagino que más allá de aquellas regiones debe de nevar siempre,
bien que naturalmente nevará menos en verano que en invierno. No es
menester decir más para cualquiera que haya visto de cerca la nieve al
tiempo de caer a copos, pues se parece mucho a unas plumas que vuelan
por el aire.[348] Esa misma intemperie tan rígida del clima es el
motivo sin duda de que las partes del continente hacia el Bóreas sean
inhabitables. Así que soy de opinión que los escitas y sus vecinos
llaman plumas a los copos de nieve, llevados de la semejanza de los
objetos. Pero bastante y harto nos hemos alargado en referir lo que se
cuenta.
XXXII. Nada dicen de los pueblos hiperbóreos ni los escitas ni los
otros pueblos del contorno, a no ser los isedones, quienes tampoco
creo que nada digan, pues nos lo repetirían los escitas, así como
nos repiten lo de los monóculos. Hesíodo, con todo, habla de los
hiperbóreos, y también Homero en los _Epígonos_, si es que Homero sea
realmente autor de tales versos.
XXXIII. Pero los que hablan más largamente de ellos son los delios,
quienes dicen que ciertas ofrendas de trigo venidas de los hiperbóreos
atadas en hacecillos, o bien unos manojos de espigas como primicias
de la cosecha[349] llegaron a los escitas, y tomadas sucesivamente
por los pueblos vecinos y pasadas de mano en mano, corrieron hacia
poniente hasta el Adria, y de allí destinadas al mediodía los primeros
griegos que las recibieron fueron los dodoneos, desde cuyas manos
fueron bajando al golfo Melieo y pasaron a Eubea, donde de ciudad en
ciudad las enviaron hasta la de Caristo, dejando de enviarlas a Andros,
porque los de Caristo las llevaron a Tenos, y los de Tenos a Delos: con
este círculo inmenso vinieron a parar a Delos las ofrendas sagradas.
Añaden los delios, que antes de esto los hiperbóreos enviaron una vez
con aquellas sacras ofrendas a dos doncellas llamadas, según dicen,
Hipéroque la una y Laódice la otra, y juntamente con ellas a cinco de
sus más principales ciudadanos para que les sirviesen de escolta, a
quienes dan ahora el nombre de _Perfereos_, conductores, y son tenidos
en Delos en grande estima y veneración. Pero viendo los hiperbóreos
que no volvían a casa sus enviados, y pareciéndoles cosa dura tener
que perder cada vez a sus anuos diputados, pensaron con esta mira
llevar sus ofrendas en aquellos manojos de trigo hasta sus fronteras,
y entregándolas a sus vecinos, pedirles que las pasasen a otra nación,
y así corriendo de pueblo en pueblo dicen que llegaron en Delos a su
destino. Por mi parte, puedo afirmar que las mujeres de la Tracia y
de la Peonia cuando sacrifican en honor de Artemisa Reina hacen una
ceremonia muy semejante a las mencionadas ofrendas, empleando siempre
en sus sacrificios los mismos hacecillos de trigo, lo que yo mismo he
visto hacer.
XXXIV. Voviendo a las doncellas de los hiperbóreos, desde que murieron
en Delos suelen, así los mancebos como las jóvenes, antes de la boda
cortarse los rizos, y envueltos alrededor de un huso, los deponen
sobre el sepulcro de las dos doncellas, que está dentro del Artemisio,
a mano izquierda del que entra, y por más señas en él ha nacido un
olivo. Los mozos de Delos envuelven también sus cabellos con cierta
hierba y los depositan sobre aquella sepultura. Tal es la veneración
que los habitantes de Delos muestran con esta ofrenda a las doncellas
hiperbóreas.
XXXV. Cuentan los delios asimismo que por aquella misma época en que
vinieron dichos conductores, y un poco antes que las dos doncellas
Hipéroque y Laódice, llegaron también a Delos otras dos vírgenes
hiperbóreas, que fueron Arge y Opis,[350] aunque con diferente destino,
pues dicen que Hipéroque y Laódice vinieron encargadas de traer a
Ilitía o Artemisa Lucina el tributo que allá se habían impuesto por
el feliz alumbramiento de las mujeres; pero que Arge y Opis vinieron
en compañía de sus mismos dioses, Apolo y Artemisa, y a estas se les
tributan en Delos otros honores, pues en su obsequio las mujeres forman
asambleas y celebran su nombre cantándolas un himno, composición que
deben al licio Olén,[351] el cual aprendieron de ellas los demás
isleños, y también los jonios, que reunidos en sus fiestas celebran
asimismo el nombre y memoria de Opis y de Arge. Añaden que Olén,
habiendo venido de la Licia, compuso otros himnos antiguos, que son los
que en Delos suelen cantarse. Cuentan igualmente que las cenizas de los
muslos de las víctimas quemados encima del ara se echan y se consumen
sobre el sepulcro de Arge y Opis que está detrás del Artemisio, vuelto
hacia oriente o inmediato a la hospedería que allí tienen los naturales
de Ceos.
XXXVI. Creo que bastará lo dicho acerca de los hiperbóreos, pues no
quiero detenerme en la fábula de Abaris, quien dicen era de aquel
pueblo, contando aquí cómo dio vuelta a la tierra entera sin comer
bocado, cabalgando sobre una saeta. Yo deduzco que si hay hombres
hiperbóreos, es decir, más allá del Bóreas, los habrá también más
allá del Noto o hipernotios.[352] No puedo menos de reír en este punto
viendo cuántos describen hoy día sus globos terrestres, sin hacer
reflexión alguna en lo que nos exponen: píntannos la tierra redonda, ni
más ni menos que una bola sacada del torno; hácennos igual el Asia con
la Europa. Voy, pues, ahora a declarar en breve cuál es la magnitud de
cada una de las partes del mundo y cuál viene a ser su mapa particular
o su descripción.
XXXVII. Primeramente, los persas en el Asia habitan cerca del mar Noto
o del sur, que llamamos Eritreo. Al norte de ellos hacia el viento
Bóreas están los medos; sobre los medos viven los saspires,[353] y
sobre estos los colcos, que confinan con el mar del norte o ponto
Euxino, donde desagua el río Fasis; así que estas cuatro naciones
ocupan el trecho que hay de mar a mar.
XXXVIII. Desde allí, tomando hacia poniente, del centro de aquellos
países salen dos penínsulas o zonas de tierra extendidas hasta el mar,
las que voy a describir. La una por la parte que corresponde al Bóreas,
empezando desde el Fasis, se extiende por la costa del mar, siguiendo
el ponto Euxino y el Helesponto hasta llegar al Sigeo, que es un
promontorio de Troya: la misma comenzando por la parte del Noto desde
el golfo Miriándico,[354] que está en la costa de Fenicia, corre por la
orilla del mar hasta el promontorio Triopio. Treinta son las naciones
que viven en el distrito de dicha comarca.
XXXIX. Esta es la primera de las dos zonas de tierra; pasando hablar
de la otra, empieza desde los persas y llega hasta el mar Eritreo. En
ella está la Persia, a la cual sigue la Asiria,[355] y después de esta
la Arabia, que termina en el golfo Arábigo o mar Rojo, al cual condujo
Darío un canal tomado desde el Nilo, si bien no concluye allí sino
porque así lo han querido. Hay, pues, un continente ancho y muy grande
desde los persas hasta la Fenicia, desde la cual sigue aquella zona
por la costa del mar Mediterráneo, pasando por la Siria Palestina y
por el Egipto, en donde remata, no conteniendo en su extensión más que
tres naciones. Estas son las regiones contenidas desde la Persia hasta
llegar a la parte occidental del Asia.
XL. Las regiones que caen sobre los persas, medos, saspires y colcos,
tirando hacia levante, son bañadas de un lado por el mar Eritreo, y
del lado del Bóreas lo son por el mar Caspio y por el río Araxes, que
corre hacia el oriente. El Asia es un país poblado hasta la región de
la India, pero desde allí todo lo que cae al oriente es una región
desierta de que nadie sabe dar seguros indicios.
XLI. Tales son los límites y magnitud del Asia: pasando ya a la Libia
o África, sigue allí la segunda zona, pues la Libia empieza desde el
Egipto, y formando allá en su principio una península estrecha, pues no
hay desde nuestro mar Mediterráneo hasta el Eritreo[356] más de cien
mil orgias, que vienen a componer mil estadios, desde aquel paraje
se va ensanchando por extremo aquel continente que se llama Libia o
África.
XLII. Y siendo esto así, mucho me maravillo de aquellos que así
dividieron el orbe, alindándolo en estas tres partes, Libia, Asia
y Europa, siendo no corta la desigualdad y diferencia entre ellas;
pues la Europa, en longitud, hace ventaja a las dos juntas, pero en
latitud no me parece que merezca ser comparada con ninguna de ellas.
La Libia se presenta a los ojos en verdad como rodeada de mar, menos
por aquel trecho por donde linda con el Asia. Este descubrimiento se
debe a Neco, rey del Egipto, que fue el primero, a lo que yo sepa,
en mandar hacer la averiguación, pues habiendo alzado mano de aquel
canal que empezó a abrir desde el Nilo hasta el seno arábigo, despachó
en unas naves a ciertos fenicios, dándoles orden que volviesen por
las columnas de Heracles al mar Boreal o Mediterráneo hasta llegar al
Egipto. Saliendo, pues, los fenicios del mar Eritreo, iban navegando
por el mar del Noto: durante el tiempo de su navegación, así que venía
el otoño salían a tierra en cualquier costa de Libia que les cogiese,
y allí hacían sus sementeras y esperaban hasta la siega.[357] Recogida
su cosecha, navegaban otra vez; de suerte que, pasados así dos años,
al tercero, doblando por las columnas de Heracles, llegaron al Egipto,
y referían lo que a mí no se me hará creíble, aunque acaso lo sea para
algún otro, a saber, que navegando alrededor de la Libia tenían el
sol a mano derecha. Este fue el modo como la primera vez se hizo tal
descubrimiento.