era poderoso para tomar tan fuerte plaza, hallábanse él y su ejército
descontentos y apurados. A la verdad no había podido lograr su intento
en todo aquel tiempo, por más que hubiese jugado todas las máquinas de
guerra y tramado todos los artificios militares, entre los cuales no
había dejado de echar mano también de la misma estratagema con que Ciro
había tomado a Babilonia. Pero ni con este ni con otro medio alguno
logró Darío sorprender la vigilancia de los sitiados, que estaban muy
alerta y muy apercibidos contra el enemigo.
CLIII. Había entrado ya el vigésimo mes del malogrado asedio, cuando a
Zópiro, hijo de Megabizo, uno de los del septemvirato contra el mago,
le sucedió la rara monstruosidad de que pariera una de las mulas de
su bagaje.[323] El mismo Zópiro, avisado del nunca visto parto, y no
acabando de dar crédito a nueva tan extraña, quiso ir en persona a
cerciorarse; fue y vio por sus mismos ojos la cría recién nacida y
recién parida la mula. Sorprendido de tamaña novedad, ordena a sus
criados que a nadie se hable del caso; y poniéndose él mismo muy de
propósito a pensar sobre el portento, recordó luego aquellas palabras
que dijo allá un babilonio al principio del sitio, que cuando parieran
las mulas se tomaría a Babilonia. Esta memoria, combinada con el parto
reciente de su mula, hizo creer a Zópiro que debía, en efecto, ser
tomada Babilonia, habiendo sido sin duda providencia del cielo, que
previendo que su mula había de parir, permitió que el babilonio lo
dijese de burlas.
CLIV. Persuadiose Zópiro con aquel discurso ciertamente agorero que
había ya llegado el punto fatal de la toma de Babilonia. Preséntase
a Darío y le pregunta si tenía realmente el mayor deseo y empeño en
que se tomase la plaza sitiada, y habiendo entendido del soberano
que nada del mundo deseaba con iguales veras, continuó sus primeras
meditaciones, buscando medio de poder ser él mismo el autor de la
empresa y ejecutor de tan grande hazaña, y tanto más iba empeñándose en
ello, cuanto mejor sabía ser entre los persas muy atendidos de presente
y muy premiados en el porvenir los extraordinarios servicios hechos a
la corona. El fruto de su meditación fue resolverse a la ejecución del
único remedio que hallaba para rendir aquella plaza: consistía en que
él mismo, mutilado cruelmente, se pasase fugitivo a los babilonios.
Contando, pues, por nada quedar feamente desfigurado por todos los días
de su vida, hace de su persona el más lastimoso espectáculo: cortadas
de su propia mano las narices, cortadas asimismo las orejas, cortados
descompuestamente los cabellos y azotadas cruelmente las espaldas,
muéstrase así maltrecho y desfigurado a la presencia de Darío.
CLV. La pena que Darío tuvo al ver de repente ante sus ojos un persa
tan principal hecho un retablo vivo de dolores, no puede ponderarse:
salta luego de su trono, y le pregunta gritando quién así le ha
malparado y con qué ocasión. «Ningún otro, señor, sino vos mismo, le
responde Zópiro, pues solo mi soberano pudo ponerme tal como aquí
me miráis. Por vos, señor, yo mismo me he desfigurarlo así por mis
propias manos, sin injuria de extraños, no pudiendo ya ver ni sufrir
por más tiempo que los asirios burlen y mofen a los persas». «Hombre
infeliz, le replica Darío, ¿quieres dorarme un hecho el más horrendo
y negro con el color más especioso que discurrirse pueda? ¿Pretextas
ahora que por el honor de la Persia, por amor mío, por odio de los
sitiados has ejecutado en tu persona esa carnicería sin remedio? Dime
por los dioses, hombre mal aconsejado, ¿acaso se rendirán antes los
enemigos porque tú te hayas hecho pedazos? ¿Y no ves que mutilándote
no has cometido sino una locura?». «Señor, le respondió Zópiro, bien
visto tenía que si os hubiera dado parte de lo que pensaba hacer nunca
habíais de permitírmelo. Lo hice por mí mismo, y con solo lo hecho
tenemos ya conquistada la inexpugnable Babilonia, si por vos no se
pierde, como sin duda no se perderá. Diré, señor, lo que he pensado.
Tal como me hallo, deshecho y desfigurado, me pasaré luego al enemigo;
les diré que sois vos el autor de la miseria en que me ven, y si mucho
no me engaño, se lo daré a entender así, y llegaré a tener el mando de
su guarnición. Oíd vos ahora, señor, lo que podremos hacer después.
Al cabo de diez días que yo esté dentro, podréis entresacar mil
hombres, la escoria del ejército, que tanto sirve salva como perdida, y
apostármeles allá delante de la puerta que llaman de Semíramis. Pasados
otra vez siete días, podréis de nuevo apostarme dos mil enfrente de
la otra puerta que dicen de Nínive. Pasados veinte días más, podréis
tercera vez plantar otra porción hasta cuatro mil hombres en la puerta
llamada de los caldeos. Y sería del caso que ni los primeros ni los
últimos soldados que dije tuvieran otras armas defensivas que sus
puñales solos, los que sería bueno dejárselos. Veinte días después
podréis dar orden general a los tropas para que acometan de todas
partes alrededor de los muros, pero a los persas naturales los quisiera
fronteros a las dos puertas que llaman la Bélida y la Cisia. Así lo
digo y ordeno todo, por cuanto me persuado que los babilonios, viendo
tantas proezas hechas antes, por mí, han de confiármelo todo, aun las
llaves mismas de la ciudad. Por los demás, a mi cuenta y a la de los
persas correrá dar cima a la empresa».
CLVI. Concertado así el negocio, iba luego huyendo Zópiro hacia una
de las puertas de la ciudad, y volvía muy a menudo la cabeza con
ademán y apariencia de quien deserta. Venle venir así los centinelas
apostados en las almenas, y bajando a toda prisa, pregúntanle desde
una de las puertas medio abiertas quién era y a qué venía. Respóndeles
que era Zópiro que quería pasárseles a la plaza. Oído esto, condúcenle
al punto a los magistrados de Babilonia. Puesto allí en presencia
de todo el congreso, empieza a lamentar su desventura y decir que
Darío era quien había hecho ponerle del modo en que él mismo se había
puesto; que el único motivo había sido porque él le aconsejaba que ya
que no se descubría medio alguno para la toma de la plaza, lo mejor
era levantar el sitio y retirar de allí el ejército. «Ahora, pues,
continuó diciendo, ahí me tenéis, babilonios míos; prometo hacer
a vosotros cuanto bien supiere, que espero no ha de ser poco, y a
Darío, a sus persas y a todo su campo cuanto mal pudiere; que sin duda
será muchísimo, pues voto a Dios que estas heridas que en mí veis
les cuesten ríos de sangre, mayormente sabiendo yo bien todos sus
artificios, los misterios del gabinete y su modo de pensar y obrar».
CLVII. Así les habló Zópiro, y los babilonios del congreso, que veían
a su presencia, no sin horror, a un grande de Persia con las narices
mutiladas, con las orejas cortadas, con las carnes rasgadas, y todo él
empapado en la sangre que aún corría, quedaron desde luego persuadidos
de que era la relación muy verdadera, y se ofrecieron a aliviar la
desventura de su nuevo aliado, dándole gusto en cuanto les pidiera.
Habiendo pedido él una porción de tropa, que luego tuvo a su mando,
hizo con ella lo que con Darío había concertado, pues saliendo al
décimo día con sus babilonios, y cogiendo en medio a los mil soldados,
los primeros que había pedido que apostase Darío, los pasó todos a filo
de la espada. Viendo entonces los babilonios que el desertor acreditaba
con obras lo que les ofreciera de palabra, alegres sobremanera se
declararon nuevamente prontos a servir a Zópiro, o más bien a dejarse
servir de él enteramente. Esperó Zópiro el término de los días
consabidos, y llegado este, toma una partida de babilonios escogidos,
y hecha segunda salida de la plaza, mata a Darío dos mil soldados.
Con esta segunda proeza de valor no se hablaba ya de otra cosa entre
los babilonios ni había otro hombre para ellos igual a Zópiro, quien
dejando después que pasasen los días convenidos, hace su tercer salida
al puesto señalado, donde cerrando en medio de su gente a cuatro mil
enemigos, acaba con todo aquel cuerpo. Vista esta última hazaña,
entonces sí que Zópiro lo era todo para con los de Babilonia, de modo
que luego le nombraron generalísimo de la guarnición, castellano de la
plaza y alcaide de la fortaleza.
CLVIII. Entretanto, llega el día en que, según lo pactado, manda Darío
dar un asalto general a Babilonia, y Zópiro acredita con el hecho que
lo pasado no había sido sino engaño y doble artificio de un hábil
desertor. Entonces los babilonios apostados sobre los muros iban
resistiendo con valor al ejército de Darío que los acometía, y Zópiro
al mismo tiempo, abriendo a sus persas las dos puertas de la ciudad, la
Bélida y la Cisia, les introducía en ella. Algunos babilonios testigos
de lo que Zópiro iba haciendo se refugiaron al templo de Zeus Belo;
los demás, que nada sabían ni aun sospechaban de la traición que se
ejecutaba, estuvieron fijos cada cual en su puesto hasta tanto que se
vieron clara y patentemente vendidos y entregados al enemigo.
CLIX. Así fue tomada Babilonia por segunda vez. Dueño ya Darío de los
babilonios vencidos, tomó desde luego las providencias más oportunas,
una sobre la plaza, mandando demoler todos sus muros y arrancar todas
las puertas de la ciudad, de cuyas dos prevenciones ninguna había
usado Ciro cuando se apoderó de Babilonia;[324] otra tomó sobre los
sitiados, haciendo empalar hasta tres mil de aquellos que sabía haber
sido principales autores de la rebelión, dejando a los demás ciudadanos
en su misma patria con sus bienes y haciendas; la tercera sobre la
población, tomando sus medidas a fin de dar mujeres a los babilonios
para la propagación, pues que ellos, como llevamos referido, habían
antes ahogado a las que tenían, a fin de que no les gastasen las
provisiones de boca durante el sitio. Para este efecto ordenó Darío a
las naciones circunvecinas, que cada cual pusiera en Babilonia cierto
número de mujeres que él mismo determinaba, de suerte que la suma de
las que allí se recogieron subió a cincuenta mil, de quienes descienden
los actuales babilonios.
CLX. Respecto a Zópiro, si queremos estar al juicio de Darío, jamás
persa alguno, ni antes ni después, hizo más relevante servicio a la
corona, exceptuando solamente a Ciro, pues a este rey nunca hubo persa
que se le osase comparar ni menos igualar. Cuéntase con todo que solía
decir el mismo Darío que antes quisiera no ver en Zópiro aquella
carnicería de mano propia que conquistar y rendir no una, sino veinte
babilonias que existieran. Lo cierto es que usó con él las mayores
demostraciones de estima y particular honor, pues no solo le enviaba
todos los años aquellos regalos que son entre los persas la mayor
prueba de distinción y privanza con el soberano, sino que dio a Zópiro
por todo el tiempo de su vida la satrapía de Babilonia, inmune de todo
pecho y tributo. Hijo de este Zópiro fue el general Megabizo, el que
en Egipto guerreó con los atenienses y sus aliados, y padre del otro
Zópiro que, desertado de los persas, pasó a la ciudad de Atenas.
LIBRO CUARTO.
MELPÓMENE.
Refiere Heródoto en este libro las dos expediciones de los persas
contra los escitas y la Libia. — Origen de los escitas; sus
tradiciones y costumbres. — Descripción geográfica del orbe conocido
en tiempos de Heródoto. — Ríos que bañan la Escitia; sacrificios
y costumbres guerreras de aquellos habitantes; sus adivinos y
entierros. — Expedición de Darío contra los escitas: puentes sobre
el Bósforo y el Danubio. — Cobardía de los aliados de los escitas. —
Episodio acerca de los saurómatas y su casamiento con las amazonas.
— Estratagema de los escitas y retirada de Darío. — Motivos de la
expedición de los persas contra la Libia. — Fundación de Cirene:
reyertas de los cireneos. — Descripción de la Libia y de sus
habitantes. — Perfidias de los persas para apoderarse de Barca, y
venganzas de Feretima.
I. Después de la toma de Babilonia sucedió la expedición de Darío
contra los escitas, de quienes el rey decidió vengarse,[325] viendo al
Asia floreciente así en tropas como en copiosos réditos de tributos;
pues habiendo los escitas entrado antes en las tierras de los medos
y vencido en batalla a los que les hicieron frente, habían sido los
primeros motores de las hostilidades, conservando, como llevo dicho,
el imperio del Asia superior por espacio de veintiocho años. Yendo en
seguimiento de los cimerios, dejáronse caer sobre el Asia, e hicieron
entretanto cesar en ella el dominio de los medos; pero al pretender
volverse a su país los que habían peregrinado veintiocho años, se les
presentó después de tan larga ausencia un obstáculo y trabajo nada
inferior a los que en media habían superado. Halláronse con un ejército
formidable que salió a disputarles la entrada de su misma casa, pues
viendo las mujeres escitas que tardaban tanto sus maridos en volver, se
habían interinamente ajustado con sus esclavos, de quienes eran hijos
los que a la vuelta les salieron al encuentro.
II. Los escitas suelen cegar a sus esclavos,[326] para mejor valerse
de ellos en el cuidado y confección de la leche, que es su ordinaria
bebida, en cuya extracción emplean unos canutos de hueso muy parecidos
a una flauta, metiendo una extremidad de ellos en las partes naturales
de las yeguas, y aplicando la otra a su misma boca con el fin de
soplar, y al tiempo que unos están soplando van otros ordeñando; y dan
por motivo de esto, que al paso que se hinchan de viento las venas de
la yegua, sus ubres van subiendo y saliendo hacia fuera. Extraída así
la leche, derrámanla en unas vasijas cóncavas de madera, y colocando
alrededor de ellas a sus esclavos ciegos, se la hacen revolver y
batir, y lo que sobrenada de la leche así removida lo recogen como
la flor y nata de ella y lo tienen por lo más delicado, estimando en
menos lo que se escurre al fondo. Para este ministerio quitan la vista
los escitas a cuantos esclavos cogen, muchos de los cuales no son
labradores, sino pastores únicamente.
III. Del trato de estos esclavos con las mujeres había salido aquella
nueva prole de jóvenes, que sabiendo de qué origen y raza procedían,
salieron al encuentro a los que volvían de la Media.[327] Ante todo,
para impedirles la entrada tiraron un ancho foso desde los montes
Táuricos hasta la Mayátide, vastísima laguna; y luego, plantados allí
sus reales, y resistiendo a los escitas que se esforzaban para entrar
en sus tierras, vinieron a las manos muchas veces, hasta que al ver
que las tropas veteranas no podían adelantar un paso contra aquella
juventud, uno de los escitas habló así a los demás: «¿Qué es lo que
estamos haciendo, paisanos? Peleando con nuestros esclavos como
realmente peleamos, si somos vencidos, quedamos siempre tantos señores
menos cuantos mueran de nosotros; si los vencemos, tantos esclavos nos
quedarán después de menos cuantos fueren sus muertos. Oíd lo que he
pensado: que dejando nuestras picas y ballestas, tomemos cada uno de
nosotros el látigo de su caballo, y que blandiéndolo en la mano avance
hacia ellos; pues en tanto que nos vean con las armas en la mano se
tendrán aquellos bastardos miserables por tan buenos y bien nacidos
como nosotros sus amos. Pero cuando nos vieren armados con el azote en
vez de lanza, recordarán que son nuestros esclavos, y corridos de sí
mismos, se entregarán todos a la fuga».
IV. Ejecutáronlo todos los que oyeron al escita, y espantados los
enemigos por el miedo de los azotes, dejando de pelear, dieron todos
a huir. De este modo los escitas obtuvieron primero el imperio del
Asia, y arrojados después por los medos volvieron de nuevo a su país;
y aquella era la injuria para cuya venganza juntó Darío un ejército
contra ellos.
V. La nación de los escitas es la más reciente y moderna, según
confiesan ellos mismos, que refieren su origen de este modo. Hubo
en aquella tierra, antes del todo desierta y despoblada, un hombre
que se llamaba Targitao, cuyos padres fueron Zeus y una hija del río
Borístenes.[328] Téngolo yo por fábula, pero ellos se empeñan en dar
por hijo de tales padres a Targitao, y en atribuir a ese tres hijos,
Lipoxais, Arpoxais y Colaxais el menor de todos. Reinando estos
príncipes, cayeron del cielo en su región ciertas piezas de oro, a
saber, un arado, un yugo, una copa y una segur. Habiéndolas visto
el mayor de los tres, se fue hacia ellas con ánimo de tomarlas para
sí, pero al estar cerca, de repente el oro se puso hecho un ascua;
apartándose el primero, acercose allá el segundo, y sucediole lo
mismo, rechazando a entrambos el oro rojo y encendido; pero yendo
por fin el tercero y menor de todos, apagose la llama, y él fuese
con el oro a su casa. A lo cual atendiendo los dos hermanos mayores,
determinaron ceder al menor todo el reino y el gobierno.
VI. Añaden que de Lipoxais desciende la tribu de los escitas llamados
aucatas; del segundo, Arpoxais, la de los que llevan el nombre de
catíaros y de traspis, y del más joven la de los reales que se llaman
los parálatas. El nombre común a todos los de la nación dicen que es
el de escólotos, apellido de su rey, aunque los griegos los nombren
escitas.[329]
VII. Tal es el origen y descendencia que se dan a sí mismos; respecto
de su cronología, dicen que desde sus principios y su primer rey
Targitao hasta la venida de Darío a su país, pasaron nada más que
mil años cabales. Los reyes guardan aquel oro sagrado que del cielo
les vino con todo el cuidado posible, y todos los años en un día de
fiesta celebrado con grandes sacrificios van a sacarlo y pasearlo por
la comarca; y añaden que si alguno en aquel día, llevándolo consigo,
quedase a dormir al raso, ese tal muriera antes de pasar aquel año,
y para precaver este mal señálase por jornada a cada uno de los que
pasean el oro divino el país que pueda en un día ir girando a caballo.
«Viendo Colaxais, prosiguen, lo dilatado de la región,[330] repartiola
en tres reinos, dando el suyo a cada uno de sus hijos, si bien quiso
que aquel en que hubiera de conservarse el oro divino fuese mayor que
los demás». Según ellos, las tierras de sus vecinos que se extienden
hacia el viento Bóreas son tales, que a causa de unas plumas que van
volando esparcidas por el aire, ni es posible descubrirlas con la
vista, ni penetrar caminando por ellas, estando toda aquella tierra y
aquel ambiente lleno de plumas, que impiden la vista a los ojos.
VIII. Después de oír a los escitas hablando de sí mismos, de su país
y del que se extiende más allá, oigamos acerca de ellos a los griegos
que moran en el Ponto Euxino.[331] Cuentan que Heracles al volver
con los bueyes de Gerión llegó al país que habitan al presente los
escitas, entonces despoblado: añaden que Gerión moraba fuera del Ponto
o Mediterráneo en una isla vecina a Gadira, más allá de las columnas de
Heracles, llamada por los griegos Eritía, y situada en el Océano, y que
este Océano empezando al levante gira alrededor del continente; todo lo
que dicen sobre su palabra sin confirmarlo realmente con prueba alguna.
Desde allá vino, pues, Heracles a la región llamada ahora Escitia, en
donde como le cogiese un recio y frío temporal, cubriose con su piel de
león y se echó a dormir. Al tiempo que dormía dispuso la Providencia
que desaparecieran las yeguas que sueltas del carro estaban allí
paciendo.
IX. Levantado Heracles de su sueño, púsose a buscar a sus perdidas
yeguas, y habiendo girado por toda aquella tierra, llegó por fin a la
que llaman Hilea,[332] donde halló en una cueva a una doncella de
dos naturalezas, _semivíbora_ a un tiempo y _semivirgen_, mujer desde
las nalgas arriba, y sierpe de las nalgas abajo. Causole admiración
el verla, pero no dejó de preguntarla por sus yeguas si acaso las
había visto por allí descarriadas. Respondiole ella que las tenía
en su poder; pero que no se las devolvería a menos que no quisiese
conocerla, con cuya condición y promesa la conoció Heracles sin hacerse
más de rogar. Y aunque ella con la mira y deseo de gozar por más largo
tiempo de su buena compañía íbale dilatando la entrega de las yeguas,
queriendo él al cabo partirse con ellas, restituyóselas y dijo: «He
aquí esas yeguas que por estos páramos hallé perdidas; pero buenas
albricias me dejas por el hallazgo, pues quiero que sepas como me hallo
encinta de tres hijos tuyos. Dime lo que quieres que haga de ellos
cuando fueren ya mayores, si escoges que les dé habitación en este
país, del que soy ama y señora, o bien que te los remita». Esto dijo,
a lo que él respondió: «Cuando los veas ya de mayor edad, si quieres
acertar, haz entonces lo que voy a decirte. ¿Ves ese arco y esa banda
que ahí tengo? Aquel de los tres a quien entonces vieres apretar el
arco así como yo ahora, y ceñirse la banda como ves que me la ciño, a
ese harás que se quede por morador del país; pero al que no fuere capaz
de hacer otro tanto de lo que mando, envíale fuera de él. Mira que lo
hagas como lo digo; que así tú quedarás muy satisfecha, y yo obedecido».
X. Habiéndole hablado así, dicen que de dos arcos que Heracles allí
tenía aprestó el uno, y sacando después una banda que tenía unida en la
parte superior una copa de oro, púsole en las manos el arco y la banda,
y con esto se despidió. Después que ella vio crecidos a sus hijos,
primero puso nombre a cada uno, llamando al mayor Agatirso, Gelono
al que seguía, y al menor Escita, teniendo después bien presentes
las órdenes de Heracles, que puntualmente ejecutó. Y como en efecto
no hubiesen sido capaces dos de sus hijos, Agatirso y Gelono, de
hacer aquella prueba de valor en la contienda, arrojados por su misma
madre partieron de su tierra; pero habiendo salido con la empresa
propuesta Escita, el más mozo de todos, quedó dueño de la región, y
de él descienden por línea recta cuantos reyes hasta aquí han tenido
los escitas.[333] Para memoria de aquella copa usan los escitas hasta
hoy día traer sus copas pendientes de sus bandas, y esto último fue lo
único que de suyo inventó y mandó la madre a su hijo escita.
XI. Así cuentan esta historia los griegos colonos del Ponto; pero
corre otra a la que mejor me atengo, y es la siguiente.[334] Apurados
y agobiados en la guerra por los maságetas, los escitas nómadas o
pastores que moraban primero de asiento en el Asia, dejaron sus tierras
y pasando el río Araxes se fueron hacia la región de los cimerios, de
quienes era antiguamente el país que al presente poseen los escitas.
Viéndolos aquellos cimerios venir contra sí, entraron a deliberar lo
que sería bien hacer siendo tan grande el ejército que se les acercaba.
Dividiéronse allí los votos en dos partidos, entrambos realmente
fuertes y empeñados, si bien era mejor el que seguían sus reyes;
porque el parecer del vulgo era que no convenía entrar en contienda ni
exponerse al peligro siendo tantos los enemigos, y que era menester
abandonar el país: el de sus reyes era que se había de pelear a favor
de la patria contra los que venían. Grande era el empeño; ni el vulgo
quería obedecer a sus reyes, ni estos ceder a aquel: el vulgo estaba
obstinado en que sin disparar un dardo era preciso marchar cediendo
la tierra a los que venían a invadirla: los reyes continuaban en su
resolución de que mejor era morir en su patria con las armas en la
mano, que acompañar en la huida a la muchedumbre, confirmándose en
su opinión al comparar los muchos bienes que en la patria lograban
con los muchos males que huyendo de ella conocían habían de salirles
al encuentro. El éxito de la discordia fue que, obstinándose los
dos partidos en su parecer y viéndose iguales en número, vinieron a
las manos entre sí. El cuerpo de la nación de los cimerios enterró
a los que de ambos partidos murieron en la refriega cerca del río
Tiras, donde al presente se deja ver todavía su sepultura, y una vez
enterrados saliose de su tierra.
XII. Con esto los escitas se apoderaron al llegar de la región
desierta y desamparada. Existen en efecto aun ahora en Escitia los que
llaman _fuertes cimerios_ (_Cimmeria Teichea_); un lugar denominado
_Porthimeia Cimmeria_, pasajes cimerios; una comarca asimismo con el
nombre de Cimeria,[335] y finalmente, el celebrado Bósforo cimerio.
Parece también que los cimerios, huyendo hacia el Asia, poblaron
aquella península donde ahora está Sínope, ciudad griega, y que los
escitas, yendo tras ellos, dieron por otro rumbo y vinieron a parar en
la Media; porque los cimerios fueron en su retirada siguiendo siempre
la costa del mar, y los escitas, dejando el Cáucaso a su derecha, los
iban buscando, hasta que internándose en su viaje tierra adentro se
metieron en el referido país.