CLII. Pasado ya un año y siete meses de sitio, viendo Darío que no

era poderoso para tomar tan fuerte plaza, hallábanse él y su ejército

descontentos y apurados. A la verdad no había podido lograr su intento

en todo aquel tiempo, por más que hubiese jugado todas las máquinas de

guerra y tramado todos los artificios militares, entre los cuales no

había dejado de echar mano también de la misma estratagema con que Ciro

había tomado a Babilonia. Pero ni con este ni con otro medio alguno

logró Darío sorprender la vigilancia de los sitiados, que estaban muy

alerta y muy apercibidos contra el enemigo.

CLIII. Había entrado ya el vigésimo mes del malogrado asedio, cuando a

Zópiro, hijo de Megabizo, uno de los del septemvirato contra el mago,

le sucedió la rara monstruosidad de que pariera una de las mulas de

su bagaje.[323] El mismo Zópiro, avisado del nunca visto parto, y no

acabando de dar crédito a nueva tan extraña, quiso ir en persona a

cerciorarse; fue y vio por sus mismos ojos la cría recién nacida y

recién parida la mula. Sorprendido de tamaña novedad, ordena a sus

criados que a nadie se hable del caso; y poniéndose él mismo muy de

propósito a pensar sobre el portento, recordó luego aquellas palabras

que dijo allá un babilonio al principio del sitio, que cuando parieran

las mulas se tomaría a Babilonia. Esta memoria, combinada con el parto

reciente de su mula, hizo creer a Zópiro que debía, en efecto, ser

tomada Babilonia, habiendo sido sin duda providencia del cielo, que

previendo que su mula había de parir, permitió que el babilonio lo

dijese de burlas.

CLIV. Persuadiose Zópiro con aquel discurso ciertamente agorero que

había ya llegado el punto fatal de la toma de Babilonia. Preséntase

a Darío y le pregunta si tenía realmente el mayor deseo y empeño en

que se tomase la plaza sitiada, y habiendo entendido del soberano

que nada del mundo deseaba con iguales veras, continuó sus primeras

meditaciones, buscando medio de poder ser él mismo el autor de la

empresa y ejecutor de tan grande hazaña, y tanto más iba empeñándose en

ello, cuanto mejor sabía ser entre los persas muy atendidos de presente

y muy premiados en el porvenir los extraordinarios servicios hechos a

la corona. El fruto de su meditación fue resolverse a la ejecución del

único remedio que hallaba para rendir aquella plaza: consistía en que

él mismo, mutilado cruelmente, se pasase fugitivo a los babilonios.

Contando, pues, por nada quedar feamente desfigurado por todos los días

de su vida, hace de su persona el más lastimoso espectáculo: cortadas

de su propia mano las narices, cortadas asimismo las orejas, cortados

descompuestamente los cabellos y azotadas cruelmente las espaldas,

muéstrase así maltrecho y desfigurado a la presencia de Darío.

CLV. La pena que Darío tuvo al ver de repente ante sus ojos un persa

tan principal hecho un retablo vivo de dolores, no puede ponderarse:

salta luego de su trono, y le pregunta gritando quién así le ha

malparado y con qué ocasión. «Ningún otro, señor, sino vos mismo, le

responde Zópiro, pues solo mi soberano pudo ponerme tal como aquí

me miráis. Por vos, señor, yo mismo me he desfigurarlo así por mis

propias manos, sin injuria de extraños, no pudiendo ya ver ni sufrir

por más tiempo que los asirios burlen y mofen a los persas». «Hombre

infeliz, le replica Darío, ¿quieres dorarme un hecho el más horrendo

y negro con el color más especioso que discurrirse pueda? ¿Pretextas

ahora que por el honor de la Persia, por amor mío, por odio de los

sitiados has ejecutado en tu persona esa carnicería sin remedio? Dime

por los dioses, hombre mal aconsejado, ¿acaso se rendirán antes los

enemigos porque tú te hayas hecho pedazos? ¿Y no ves que mutilándote

no has cometido sino una locura?». «Señor, le respondió Zópiro, bien

visto tenía que si os hubiera dado parte de lo que pensaba hacer nunca

habíais de permitírmelo. Lo hice por mí mismo, y con solo lo hecho

tenemos ya conquistada la inexpugnable Babilonia, si por vos no se

pierde, como sin duda no se perderá. Diré, señor, lo que he pensado.

Tal como me hallo, deshecho y desfigurado, me pasaré luego al enemigo;

les diré que sois vos el autor de la miseria en que me ven, y si mucho

no me engaño, se lo daré a entender así, y llegaré a tener el mando de

su guarnición. Oíd vos ahora, señor, lo que podremos hacer después.

Al cabo de diez días que yo esté dentro, podréis entresacar mil

hombres, la escoria del ejército, que tanto sirve salva como perdida, y

apostármeles allá delante de la puerta que llaman de Semíramis. Pasados

otra vez siete días, podréis de nuevo apostarme dos mil enfrente de

la otra puerta que dicen de Nínive. Pasados veinte días más, podréis

tercera vez plantar otra porción hasta cuatro mil hombres en la puerta

llamada de los caldeos. Y sería del caso que ni los primeros ni los

últimos soldados que dije tuvieran otras armas defensivas que sus

puñales solos, los que sería bueno dejárselos. Veinte días después

podréis dar orden general a los tropas para que acometan de todas

partes alrededor de los muros, pero a los persas naturales los quisiera

fronteros a las dos puertas que llaman la Bélida y la Cisia. Así lo

digo y ordeno todo, por cuanto me persuado que los babilonios, viendo

tantas proezas hechas antes, por mí, han de confiármelo todo, aun las

llaves mismas de la ciudad. Por los demás, a mi cuenta y a la de los

persas correrá dar cima a la empresa».

CLVI. Concertado así el negocio, iba luego huyendo Zópiro hacia una

de las puertas de la ciudad, y volvía muy a menudo la cabeza con

ademán y apariencia de quien deserta. Venle venir así los centinelas

apostados en las almenas, y bajando a toda prisa, pregúntanle desde

una de las puertas medio abiertas quién era y a qué venía. Respóndeles

que era Zópiro que quería pasárseles a la plaza. Oído esto, condúcenle

al punto a los magistrados de Babilonia. Puesto allí en presencia

de todo el congreso, empieza a lamentar su desventura y decir que

Darío era quien había hecho ponerle del modo en que él mismo se había

puesto; que el único motivo había sido porque él le aconsejaba que ya

que no se descubría medio alguno para la toma de la plaza, lo mejor

era levantar el sitio y retirar de allí el ejército. «Ahora, pues,

continuó diciendo, ahí me tenéis, babilonios míos; prometo hacer

a vosotros cuanto bien supiere, que espero no ha de ser poco, y a

Darío, a sus persas y a todo su campo cuanto mal pudiere; que sin duda

será muchísimo, pues voto a Dios que estas heridas que en mí veis

les cuesten ríos de sangre, mayormente sabiendo yo bien todos sus

artificios, los misterios del gabinete y su modo de pensar y obrar».

CLVII. Así les habló Zópiro, y los babilonios del congreso, que veían

a su presencia, no sin horror, a un grande de Persia con las narices

mutiladas, con las orejas cortadas, con las carnes rasgadas, y todo él

empapado en la sangre que aún corría, quedaron desde luego persuadidos

de que era la relación muy verdadera, y se ofrecieron a aliviar la

desventura de su nuevo aliado, dándole gusto en cuanto les pidiera.

Habiendo pedido él una porción de tropa, que luego tuvo a su mando,

hizo con ella lo que con Darío había concertado, pues saliendo al

décimo día con sus babilonios, y cogiendo en medio a los mil soldados,

los primeros que había pedido que apostase Darío, los pasó todos a filo

de la espada. Viendo entonces los babilonios que el desertor acreditaba

con obras lo que les ofreciera de palabra, alegres sobremanera se

declararon nuevamente prontos a servir a Zópiro, o más bien a dejarse

servir de él enteramente. Esperó Zópiro el término de los días

consabidos, y llegado este, toma una partida de babilonios escogidos,

y hecha segunda salida de la plaza, mata a Darío dos mil soldados.

Con esta segunda proeza de valor no se hablaba ya de otra cosa entre

los babilonios ni había otro hombre para ellos igual a Zópiro, quien

dejando después que pasasen los días convenidos, hace su tercer salida

al puesto señalado, donde cerrando en medio de su gente a cuatro mil

enemigos, acaba con todo aquel cuerpo. Vista esta última hazaña,

entonces sí que Zópiro lo era todo para con los de Babilonia, de modo

que luego le nombraron generalísimo de la guarnición, castellano de la

plaza y alcaide de la fortaleza.

CLVIII. Entretanto, llega el día en que, según lo pactado, manda Darío

dar un asalto general a Babilonia, y Zópiro acredita con el hecho que

lo pasado no había sido sino engaño y doble artificio de un hábil

desertor. Entonces los babilonios apostados sobre los muros iban

resistiendo con valor al ejército de Darío que los acometía, y Zópiro

al mismo tiempo, abriendo a sus persas las dos puertas de la ciudad, la

Bélida y la Cisia, les introducía en ella. Algunos babilonios testigos

de lo que Zópiro iba haciendo se refugiaron al templo de Zeus Belo;

los demás, que nada sabían ni aun sospechaban de la traición que se

ejecutaba, estuvieron fijos cada cual en su puesto hasta tanto que se

vieron clara y patentemente vendidos y entregados al enemigo.

CLIX. Así fue tomada Babilonia por segunda vez. Dueño ya Darío de los

babilonios vencidos, tomó desde luego las providencias más oportunas,

una sobre la plaza, mandando demoler todos sus muros y arrancar todas

las puertas de la ciudad, de cuyas dos prevenciones ninguna había

usado Ciro cuando se apoderó de Babilonia;[324] otra tomó sobre los

sitiados, haciendo empalar hasta tres mil de aquellos que sabía haber

sido principales autores de la rebelión, dejando a los demás ciudadanos

en su misma patria con sus bienes y haciendas; la tercera sobre la

población, tomando sus medidas a fin de dar mujeres a los babilonios

para la propagación, pues que ellos, como llevamos referido, habían

antes ahogado a las que tenían, a fin de que no les gastasen las

provisiones de boca durante el sitio. Para este efecto ordenó Darío a

las naciones circunvecinas, que cada cual pusiera en Babilonia cierto

número de mujeres que él mismo determinaba, de suerte que la suma de

las que allí se recogieron subió a cincuenta mil, de quienes descienden

los actuales babilonios.

CLX. Respecto a Zópiro, si queremos estar al juicio de Darío, jamás

persa alguno, ni antes ni después, hizo más relevante servicio a la

corona, exceptuando solamente a Ciro, pues a este rey nunca hubo persa

que se le osase comparar ni menos igualar. Cuéntase con todo que solía

decir el mismo Darío que antes quisiera no ver en Zópiro aquella

carnicería de mano propia que conquistar y rendir no una, sino veinte

babilonias que existieran. Lo cierto es que usó con él las mayores

demostraciones de estima y particular honor, pues no solo le enviaba

todos los años aquellos regalos que son entre los persas la mayor

prueba de distinción y privanza con el soberano, sino que dio a Zópiro

por todo el tiempo de su vida la satrapía de Babilonia, inmune de todo

pecho y tributo. Hijo de este Zópiro fue el general Megabizo, el que

en Egipto guerreó con los atenienses y sus aliados, y padre del otro

Zópiro que, desertado de los persas, pasó a la ciudad de Atenas.

LIBRO CUARTO.

MELPÓMENE.

Refiere Heródoto en este libro las dos expediciones de los persas

contra los escitas y la Libia. — Origen de los escitas; sus

tradiciones y costumbres. — Descripción geográfica del orbe conocido

en tiempos de Heródoto. — Ríos que bañan la Escitia; sacrificios

y costumbres guerreras de aquellos habitantes; sus adivinos y

entierros. — Expedición de Darío contra los escitas: puentes sobre

el Bósforo y el Danubio. — Cobardía de los aliados de los escitas. —

Episodio acerca de los saurómatas y su casamiento con las amazonas.

— Estratagema de los escitas y retirada de Darío. — Motivos de la

expedición de los persas contra la Libia. — Fundación de Cirene:

reyertas de los cireneos. — Descripción de la Libia y de sus

habitantes. — Perfidias de los persas para apoderarse de Barca, y

venganzas de Feretima.

I. Después de la toma de Babilonia sucedió la expedición de Darío

contra los escitas, de quienes el rey decidió vengarse,[325] viendo al

Asia floreciente así en tropas como en copiosos réditos de tributos;

pues habiendo los escitas entrado antes en las tierras de los medos

y vencido en batalla a los que les hicieron frente, habían sido los

primeros motores de las hostilidades, conservando, como llevo dicho,

el imperio del Asia superior por espacio de veintiocho años. Yendo en

seguimiento de los cimerios, dejáronse caer sobre el Asia, e hicieron

entretanto cesar en ella el dominio de los medos; pero al pretender

volverse a su país los que habían peregrinado veintiocho años, se les

presentó después de tan larga ausencia un obstáculo y trabajo nada

inferior a los que en media habían superado. Halláronse con un ejército

formidable que salió a disputarles la entrada de su misma casa, pues

viendo las mujeres escitas que tardaban tanto sus maridos en volver, se

habían interinamente ajustado con sus esclavos, de quienes eran hijos

los que a la vuelta les salieron al encuentro.

II. Los escitas suelen cegar a sus esclavos,[326] para mejor valerse

de ellos en el cuidado y confección de la leche, que es su ordinaria

bebida, en cuya extracción emplean unos canutos de hueso muy parecidos

a una flauta, metiendo una extremidad de ellos en las partes naturales

de las yeguas, y aplicando la otra a su misma boca con el fin de

soplar, y al tiempo que unos están soplando van otros ordeñando; y dan

por motivo de esto, que al paso que se hinchan de viento las venas de

la yegua, sus ubres van subiendo y saliendo hacia fuera. Extraída así

la leche, derrámanla en unas vasijas cóncavas de madera, y colocando

alrededor de ellas a sus esclavos ciegos, se la hacen revolver y

batir, y lo que sobrenada de la leche así removida lo recogen como

la flor y nata de ella y lo tienen por lo más delicado, estimando en

menos lo que se escurre al fondo. Para este ministerio quitan la vista

los escitas a cuantos esclavos cogen, muchos de los cuales no son

labradores, sino pastores únicamente.

III. Del trato de estos esclavos con las mujeres había salido aquella

nueva prole de jóvenes, que sabiendo de qué origen y raza procedían,

salieron al encuentro a los que volvían de la Media.[327] Ante todo,

para impedirles la entrada tiraron un ancho foso desde los montes

Táuricos hasta la Mayátide, vastísima laguna; y luego, plantados allí

sus reales, y resistiendo a los escitas que se esforzaban para entrar

en sus tierras, vinieron a las manos muchas veces, hasta que al ver

que las tropas veteranas no podían adelantar un paso contra aquella

juventud, uno de los escitas habló así a los demás: «¿Qué es lo que

estamos haciendo, paisanos? Peleando con nuestros esclavos como

realmente peleamos, si somos vencidos, quedamos siempre tantos señores

menos cuantos mueran de nosotros; si los vencemos, tantos esclavos nos

quedarán después de menos cuantos fueren sus muertos. Oíd lo que he

pensado: que dejando nuestras picas y ballestas, tomemos cada uno de

nosotros el látigo de su caballo, y que blandiéndolo en la mano avance

hacia ellos; pues en tanto que nos vean con las armas en la mano se

tendrán aquellos bastardos miserables por tan buenos y bien nacidos

como nosotros sus amos. Pero cuando nos vieren armados con el azote en

vez de lanza, recordarán que son nuestros esclavos, y corridos de sí

mismos, se entregarán todos a la fuga».

IV. Ejecutáronlo todos los que oyeron al escita, y espantados los

enemigos por el miedo de los azotes, dejando de pelear, dieron todos

a huir. De este modo los escitas obtuvieron primero el imperio del

Asia, y arrojados después por los medos volvieron de nuevo a su país;

y aquella era la injuria para cuya venganza juntó Darío un ejército

contra ellos.

V. La nación de los escitas es la más reciente y moderna, según

confiesan ellos mismos, que refieren su origen de este modo. Hubo

en aquella tierra, antes del todo desierta y despoblada, un hombre

que se llamaba Targitao, cuyos padres fueron Zeus y una hija del río

Borístenes.[328] Téngolo yo por fábula, pero ellos se empeñan en dar

por hijo de tales padres a Targitao, y en atribuir a ese tres hijos,

Lipoxais, Arpoxais y Colaxais el menor de todos. Reinando estos

príncipes, cayeron del cielo en su región ciertas piezas de oro, a

saber, un arado, un yugo, una copa y una segur. Habiéndolas visto

el mayor de los tres, se fue hacia ellas con ánimo de tomarlas para

sí, pero al estar cerca, de repente el oro se puso hecho un ascua;

apartándose el primero, acercose allá el segundo, y sucediole lo

mismo, rechazando a entrambos el oro rojo y encendido; pero yendo

por fin el tercero y menor de todos, apagose la llama, y él fuese

con el oro a su casa. A lo cual atendiendo los dos hermanos mayores,

determinaron ceder al menor todo el reino y el gobierno.

VI. Añaden que de Lipoxais desciende la tribu de los escitas llamados

aucatas; del segundo, Arpoxais, la de los que llevan el nombre de

catíaros y de traspis, y del más joven la de los reales que se llaman

los parálatas. El nombre común a todos los de la nación dicen que es

el de escólotos, apellido de su rey, aunque los griegos los nombren

escitas.[329]

VII. Tal es el origen y descendencia que se dan a sí mismos; respecto

de su cronología, dicen que desde sus principios y su primer rey

Targitao hasta la venida de Darío a su país, pasaron nada más que

mil años cabales. Los reyes guardan aquel oro sagrado que del cielo

les vino con todo el cuidado posible, y todos los años en un día de

fiesta celebrado con grandes sacrificios van a sacarlo y pasearlo por

la comarca; y añaden que si alguno en aquel día, llevándolo consigo,

quedase a dormir al raso, ese tal muriera antes de pasar aquel año,

y para precaver este mal señálase por jornada a cada uno de los que

pasean el oro divino el país que pueda en un día ir girando a caballo.

«Viendo Colaxais, prosiguen, lo dilatado de la región,[330] repartiola

en tres reinos, dando el suyo a cada uno de sus hijos, si bien quiso

que aquel en que hubiera de conservarse el oro divino fuese mayor que

los demás». Según ellos, las tierras de sus vecinos que se extienden

hacia el viento Bóreas son tales, que a causa de unas plumas que van

volando esparcidas por el aire, ni es posible descubrirlas con la

vista, ni penetrar caminando por ellas, estando toda aquella tierra y

aquel ambiente lleno de plumas, que impiden la vista a los ojos.

VIII. Después de oír a los escitas hablando de sí mismos, de su país

y del que se extiende más allá, oigamos acerca de ellos a los griegos

que moran en el Ponto Euxino.[331] Cuentan que Heracles al volver

con los bueyes de Gerión llegó al país que habitan al presente los

escitas, entonces despoblado: añaden que Gerión moraba fuera del Ponto

o Mediterráneo en una isla vecina a Gadira, más allá de las columnas de

Heracles, llamada por los griegos Eritía, y situada en el Océano, y que

este Océano empezando al levante gira alrededor del continente; todo lo

que dicen sobre su palabra sin confirmarlo realmente con prueba alguna.

Desde allá vino, pues, Heracles a la región llamada ahora Escitia, en

donde como le cogiese un recio y frío temporal, cubriose con su piel de

león y se echó a dormir. Al tiempo que dormía dispuso la Providencia

que desaparecieran las yeguas que sueltas del carro estaban allí

paciendo.

IX. Levantado Heracles de su sueño, púsose a buscar a sus perdidas

yeguas, y habiendo girado por toda aquella tierra, llegó por fin a la

que llaman Hilea,[332] donde halló en una cueva a una doncella de

dos naturalezas, _semivíbora_ a un tiempo y _semivirgen_, mujer desde

las nalgas arriba, y sierpe de las nalgas abajo. Causole admiración

el verla, pero no dejó de preguntarla por sus yeguas si acaso las

había visto por allí descarriadas. Respondiole ella que las tenía

en su poder; pero que no se las devolvería a menos que no quisiese

conocerla, con cuya condición y promesa la conoció Heracles sin hacerse

más de rogar. Y aunque ella con la mira y deseo de gozar por más largo

tiempo de su buena compañía íbale dilatando la entrega de las yeguas,

queriendo él al cabo partirse con ellas, restituyóselas y dijo: «He

aquí esas yeguas que por estos páramos hallé perdidas; pero buenas

albricias me dejas por el hallazgo, pues quiero que sepas como me hallo

encinta de tres hijos tuyos. Dime lo que quieres que haga de ellos

cuando fueren ya mayores, si escoges que les dé habitación en este

país, del que soy ama y señora, o bien que te los remita». Esto dijo,

a lo que él respondió: «Cuando los veas ya de mayor edad, si quieres

acertar, haz entonces lo que voy a decirte. ¿Ves ese arco y esa banda

que ahí tengo? Aquel de los tres a quien entonces vieres apretar el

arco así como yo ahora, y ceñirse la banda como ves que me la ciño, a

ese harás que se quede por morador del país; pero al que no fuere capaz

de hacer otro tanto de lo que mando, envíale fuera de él. Mira que lo

hagas como lo digo; que así tú quedarás muy satisfecha, y yo obedecido».

X. Habiéndole hablado así, dicen que de dos arcos que Heracles allí

tenía aprestó el uno, y sacando después una banda que tenía unida en la

parte superior una copa de oro, púsole en las manos el arco y la banda,

y con esto se despidió. Después que ella vio crecidos a sus hijos,

primero puso nombre a cada uno, llamando al mayor Agatirso, Gelono

al que seguía, y al menor Escita, teniendo después bien presentes

las órdenes de Heracles, que puntualmente ejecutó. Y como en efecto

no hubiesen sido capaces dos de sus hijos, Agatirso y Gelono, de

hacer aquella prueba de valor en la contienda, arrojados por su misma

madre partieron de su tierra; pero habiendo salido con la empresa

propuesta Escita, el más mozo de todos, quedó dueño de la región, y

de él descienden por línea recta cuantos reyes hasta aquí han tenido

los escitas.[333] Para memoria de aquella copa usan los escitas hasta

hoy día traer sus copas pendientes de sus bandas, y esto último fue lo

único que de suyo inventó y mandó la madre a su hijo escita.

XI. Así cuentan esta historia los griegos colonos del Ponto; pero

corre otra a la que mejor me atengo, y es la siguiente.[334] Apurados

y agobiados en la guerra por los maságetas, los escitas nómadas o

pastores que moraban primero de asiento en el Asia, dejaron sus tierras

y pasando el río Araxes se fueron hacia la región de los cimerios, de

quienes era antiguamente el país que al presente poseen los escitas.

Viéndolos aquellos cimerios venir contra sí, entraron a deliberar lo

que sería bien hacer siendo tan grande el ejército que se les acercaba.

Dividiéronse allí los votos en dos partidos, entrambos realmente

fuertes y empeñados, si bien era mejor el que seguían sus reyes;

porque el parecer del vulgo era que no convenía entrar en contienda ni

exponerse al peligro siendo tantos los enemigos, y que era menester

abandonar el país: el de sus reyes era que se había de pelear a favor

de la patria contra los que venían. Grande era el empeño; ni el vulgo

quería obedecer a sus reyes, ni estos ceder a aquel: el vulgo estaba

obstinado en que sin disparar un dardo era preciso marchar cediendo

la tierra a los que venían a invadirla: los reyes continuaban en su

resolución de que mejor era morir en su patria con las armas en la

mano, que acompañar en la huida a la muchedumbre, confirmándose en

su opinión al comparar los muchos bienes que en la patria lograban

con los muchos males que huyendo de ella conocían habían de salirles

al encuentro. El éxito de la discordia fue que, obstinándose los

dos partidos en su parecer y viéndose iguales en número, vinieron a

las manos entre sí. El cuerpo de la nación de los cimerios enterró

a los que de ambos partidos murieron en la refriega cerca del río

Tiras, donde al presente se deja ver todavía su sepultura, y una vez

enterrados saliose de su tierra.

XII. Con esto los escitas se apoderaron al llegar de la región

desierta y desamparada. Existen en efecto aun ahora en Escitia los que

llaman _fuertes cimerios_ (_Cimmeria Teichea_); un lugar denominado

_Porthimeia Cimmeria_, pasajes cimerios; una comarca asimismo con el

nombre de Cimeria,[335] y finalmente, el celebrado Bósforo cimerio.

Parece también que los cimerios, huyendo hacia el Asia, poblaron

aquella península donde ahora está Sínope, ciudad griega, y que los

escitas, yendo tras ellos, dieron por otro rumbo y vinieron a parar en

la Media; porque los cimerios fueron en su retirada siguiendo siempre

la costa del mar, y los escitas, dejando el Cáucaso a su derecha, los

iban buscando, hasta que internándose en su viaje tierra adentro se

metieron en el referido país.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 26 / 38 段