CXXXI. El buen Democedes, ya que de sus aventuras hacemos mención,

dejando a Crotona su patria, como referiré, fue a vivir con Polícrates.

Vivía antes en Crotona en casa de su mismo padre, hombre de condición

áspera y dura, y no pudiendo ya sufrirle por más tiempo, fue a

establecerse en Egina. Allí, desde el primer año de su domicilio,

aunque se hallaba desprovisto y falto todavía de los hierros e

instrumentos de su profesión, dejó con todo muy atrás a los primeros

cirujanos del país; por lo que al segundo año los eginetas le

asalariaron para el público con un talento, al tercer año le condujeron

los atenienses por cien minas, y Polícrates al cuarto por dos

talentos:[317] por estos pasos vino Democedes a Samos. La fama de este

insigne profesor ganó tanto crédito a los médicos de Crotona, que eran

tenidos por los más excelentes de toda la Grecia; después de los cuales

se daba el segundo lugar a los médicos de Cirene. En la misma Grecia

los médicos de Argos pasaban a la sazón por los más hábiles de todos.

CXXXII. De resultas, pues, de la cura del rey, se le puso a Democedes

una gran casa en Susa, y se le dio cubierto en la mesa real, como

comensal honorario de Darío, de suerte que nada le hubiese quedado que

desear, si no le trajera molestado siempre el deseo de volver a su

querida Grecia. No había otro hombre ni otro privado como Democedes

para el rey, de cuyo favor se valió especialmente en dos casos; el

uno cuando logró con su mediación que el rey perdonase la vida a sus

médicos de Egipto, a quienes por haber sido vencidos en competencia

con el griego había condenado Darío a ser empalados; el otro cuando

obtuvo la libertad para cierto adivino eleo, a quien veía confundido

y maltratado con los demás esclavos que habían sido de la comitiva de

Polícrates.

CXXXIII. Entre otras novedades no mucho después de dicha cura, sucedió

un incidente de consideración a la princesa Atosa, hija de Ciro y

esposa de Darío, a la cual se le formó en los pechos un tumor que una

vez abierto se convirtió en llaga, la cual iba tomando incremento.

Mientras el mal no fue mucho, la princesa lo ocultaba por rubor sin

hablar palabra; mas cuando vio que se hacía de consideración se

resolvió a llamar a Democedes y hacer que lo viese. El médico le dio

palabra de que sin falta la curaría, pero con pacto y condición de

que la princesa jurase hacerle una gracia que él quería suplicarle,

asegurándola de antemano que nada le pediría de que ella pudiera

avergonzarse.

CXXXIV. Sanada ya Atosa por obra de Democedes, estando en cama

con Darío, hablole así, instruida por su médico de antemano: «¿No

me diréis, señor, por qué tenéis ociosa tanta tropa sin emprender

conquista alguna y sin dilatar el imperio de Persia? A un hombre grande

como vos, oh Darío, a un príncipe joven, al soberano más poderoso del

orbe, el honor le está pidiendo de justicia que haga ver a todos, con

el esplendor de sus proezas, que los persas tienen a su frente un héroe

que los dirige. Por dos motivos os conviene obrar así; por el honor,

para que conozcan los persas que sois un soberano digno del trono que

ocupáis; y por razón de estado, para que los súbditos afanados en la

guerra no tengan lugar de armaros alguna sublevación. Y ahora que os

veo en la flor de la edad quisiera miraros más coronado de laureles,

pues bien sabéis que el vigor del espíritu crece con la actividad del

cuerpo, y al paso que envejece el último, suele aquel ir menguando

hasta quedar al fin ofuscado o del todo extinguido».[318] En esta

forma repetía Atosa las lecciones de su médico. «Me hablas, Atosa,

responde Darío, como si leyeras los pensamientos y designios de mi

espíritu; pues quiero que sepas que estoy resuelto ya a emprender una

expedición contra los escitas, haciendo a este fin un puente de naves

que una entre sí los dos continentes de Asia y Europa; y te aseguro,

mujer, que todo lo verás en breve ejecutado». «Meditadlo antes, señor,

le replica Atosa; dejad por ahora esos escitas, que ni son primicias

convenientes para vuestras armas victoriosas, y son víctimas seguras

por otra parte siempre que las acometáis. Creedme, caro Darío; acometed

de primer golpe a la Grecia, de la cual oigo hablar tanto y decir tales

cosas, que me han dado deseos de verme pronto rodeada aquí de doncellas

laconias, argivas otras, unas áticas, otras corintias. Y no parece sino

que lo disponen los dioses, que os han traído un hombre el más apto de

todos para poder iros informando punto por punto de todas las cosas

de la Grecia, el buen médico que tan bien os curó el pie dislocado».

«Mujer, respondió Darío, si te parece mejor acometer antes a la Grecia,

creo sería del caso enviar delante nuestros exploradores conducidos

por el médico que dices, para que, informados ante todo y aun testigos

oculares del estado de la Grecia, puedan instruirnos después, y con

esta ventaja podremos acometer mejor a los griegos».

CXXXV. Dicho y hecho, pues apenas deja verse la luz del día, cuando

Darío llama a su presencia a quince de sus persas, hombres todos de

consideración, y les ordena dos cosas: una, ir a observar las costas

de la Grecia conducidos por Democedes; otra, que vigilen siempre

para que no se les escape su conductor, al cual de todos modos manda

lo devuelvan a palacio. Instruidos así los persas, hace Darío venir

a Democedes y pídele que después de haber conducido algunos persas

alrededor de la Grecia, sin dejar cosa que no les haga ver, tenga a

bien dar la vuelta a la corte. Al mismo tiempo le convida a cargar con

todos sus muebles preciosos para regalarlos a su padre y hermanos, en

vez de los cuales le daría después otros más numerosos y mejores, para

lo cual le cedía desde luego una barca bien abastecida de provisiones,

que cargada con aquellos presentes le fuese siguiendo en su viaje. Soy

de opinión que Darío hablaba de este modo con sincero corazón, aunque

el hábil Democedes, recelándose de que fuese aquella una fina tentativa

de su fidelidad, anduvo con precaución, sin aceptar desde luego las

ofertas de su amo, antes cortésmente le replicó que su gusto sería

que su majestad le permitiera dejar alguna parte de sus alhajas para

hallarlas después a su vuelta, y que aceptaría con placer la barca

que su majestad tenía la bondad de ofrecerle para cargar en ella los

regalos para los suyos. Tales, en suma, fueron las órdenes con que

Darío le envió con sus compañeros hacia el mar.

CXXXVI. Habiendo, pues, bajado a Fenicia y llegado a Sidón, uno de los

puertos de aquel país, equiparon sin pérdida de tiempo tres galeras,

y cargaron de todo género de bastimentos una nave, en que embarcaron

asimismo varios y preciosos regalos. Abastecidos de todo, siguieron

el rumbo hacia la Grecia, que fueron costeando y sacando los planos

de sus costas, sin dejar nada que notar por escrito, y practicada

esta diligencia con la mayor parte de los lugares, y en especial

con los más nombrados, llegaron por fin a Tarento en las playas de

Italia. Aristofílides, rey de los tarentinos, a quien Democedes logró

fácilmente sobornar, le complació en sus dos solicitudes, de quitar

los timones a las naves de los medos, y de arrestar por espías a los

persas, echando voz de que lo eran sin duda. Mientras se irrogaba este

daño a la tripulación, Democedes llegó a Crotona, y una vez refugiado

ya en su patria, suelta Aristofílides a sus prisioneros, restituyendo

los timones a sus naves.

CXXXVII. Hechos a la vela otra vez los persas, parten en seguimiento

de Democedes, y como llegados a Crotona le hallasen paseando por la

plaza, le echaron mano al momento. Algunos de los vecinos de Crotona

a quienes el nombre y poder de los persas tenía amedrentados, no

mostraban dificultad en entregarles el fugitivo; pero otros, saliendo a

la defensa de su paisano, le sacaron a viva fuerza de las manos de los

extranjeros, contra quienes arremetieron con sus bastones, sin contar

con las protestas que entretanto les hacían los persas. «Mirad, decían

estos, mirad lo que hacéis. ¡Cómo, quitarnos de las manos a ese esclavo

y fugitivo del rey! ¿Cómo pensáis que Darío, el gran rey, sufrirá

esta injuria que se le hace? ¿Cómo podrá disimularla? ¿Cómo podrá

dejar de saliros muy cara la presa que ahora nos arrebatáis? ¿Queréis

ser los primeros a quienes hagamos guerra declarada, los primeros a

quienes hagamos cautivos nuestros?». Pero salieron vanas sus protestas

y amenazas, antes bien, no contentos los crotoniatas con haberles

arrebatado a Democedes, echáronse sobre la barca del rey que con ellos

venía. Viéronse con esto obligados los persas a tomar su derrotero

hacia el Asia, sin cuidarse de llevar adelante sus observaciones

sobre la Grecia, faltos ya de guía y adalid. Con todo, Democedes, al

despedirse de ellos, no dejó de pedirles que de su parte dijeran a

Darío que había tomado por esposa a una hija de Milón, sabiendo bien

cuánto significaba para el rey el famoso nombre de aquel luchador

de primera clase, Milón el crotoniata.[319] Y a mi juicio, diose

Democedes a fuerza de dinero tanta maña y prisa en aquel casamiento,

con la mira de que Darío le tuviera por hombre de consideración en su

patria.

CXXXVIII. Salidos los persas de Crotona, aportaron con sus naves a

la Yapigia,[320] donde quedaron esclavos; lo cual sabido por Gilo

tarentino, desterrado de su patria, tuvo la generosidad de redimirlos

y conducirlos libres al rey Darío, beneficio que fue tan del agrado

del soberano, que se hallaba pronto a hacer en su recompensa cuanto

quisiera pedirle. Gilo, después de darle cuenta de su desgracia, le

suplicó por favor que negociase su vuelta a Tarento; mas, para no poner

en agitación toda la Grecia, como sin falta sucedería si por su causa

destinase una poderosa armada para la Italia, hízole saber que como los

cnidios quisieran restituirle a su patria, serían bastantes ellos solos

para salir con su intento. Decíalo Gilo persuadido de que los cnidios,

amigos de los tarentinos, lograrían su regreso si lo pretendían con

eficacia. Complácele Darío al punto según había ofrecido, mandando

a los cnidios por medio de un enviado que se empeñasen en restituir

su amigo Gilo a Tarento; pero porque obedientes a Darío procuraron

ellos lograr dicha vuelta pidiéndola buenamente a los tarentinos, y

no teniendo bastantes fuerzas para obligarles por la violencia, no

consiguieron al cabo lo que pedían. Tal fue, en suma, el éxito de los

persas exploradores de la Grecia, siendo los primeros que pasaron allí

desde el Asia con ánimo de observar la situación del país.

CXXXIX. Después de estas tentativas apoderose Darío de Samos, la

primera de todas las ciudades así griegas como bárbaras de que se hizo

dueño, y fue con el motivo siguiente: En tanto que Cambises hacía la

expedición al Egipto, muchos griegos, como suele acontecer en tales

ocasiones, pasaban allá, estos con sus géneros y mercaderías, aquellos

con ánimo de sentar plaza entre las tropas mercenarias, y algunos pocos

sin otra mira que la de viajar y ver el país. De estos últimos fue uno

Silosonte, hijo de Eaces y hermano de Polícrates, a la sazón desterrado

de Samos, a quien sucedió allí una rara aventura. Había salido de su

posada con su manto de grana, y vestido así iba paseándose por la

plaza de Menfis. Darío, que a la sazón servía entre los alabarderos de

Cambises, no siendo todavía de grado superior, al ver a Silosonte se

prendó de su manto encarnado, y llegándose a él quería comprárselo con

su dinero. Quiso la buena suerte de Silosonte que se mostrara bizarro

con el joven Darío viéndole perdido por su manto. «No os lo venderé

por ningún dinero, le dice; os lo regalo, sí, de buena gana, ya que

mostráis voluntad de tenerlo». Darío, agradeciéndole la cortesía, tomó

luego el manto de grana tan deseado.

CXL. Silosonte, al ver que le cogía la palabra y el manto, se tuvo a

sí mismo por más simple y sandio que por cortés y caballero. Andando

después el tiempo, muerto ya Cambises, muerto asimismo el mago a manos

de los septemviros, y nombrado Darío, uno de ellos, por soberano, oyó

decir Silosonte que había recaído el cetro en manos de aquel joven

persa a quien antes allá en Egipto había regalado su manto cuando se

lo pidió. Con esta nueva, anímase a emprender el viaje de Susa, y

presentándose a las puertas de palacio da al portero el recado de que

allí estaba un bienhechor de Darío que deseaba hablarle. Recibido el

recado, empezó admirado el rey a discurrir consigo mismo: «¿Quién puede

ser ese griego, a cuyos servicios ahora ya al principio de mi gobierno

esté obligado como a bienhechor mío? No sé que hasta aquí haya llegado

a mi corte griego alguno, ni recordar puedo que nada deba yo a nadie de

aquella nación. Con todo, que entre ese griego, pues quiero saber de

él mismo qué motivo tiene para lo que él dice». El portero introdujo

a Silosonte a la presencia del rey, y puesto en pie, pregúntanle los

intérpretes quién es y cuáles son sus servicios hechos al soberano para

decirse su bienhechor. Refirió Silosonte lo tocante a su manto y que

él era aquel griego afortunado que había tenido el honor de regalarlo

a Darío. A esto responde luego el rey: «¿Eres tú, amigo, aquel tan

bizarro caballero que me hizo aquel regalo cuando no era yo más que

un mero particular? El don entonces recibido pudo ser de poca monta,

pero no lo será mi recompensa, sino tal como la que daría al que en

el estado actual en que me hallo me ofreciera un magnífico presente.

Todos mis tesoros ahí los tienes a tu disposición; toma de ellos el

oro y la plata que quisieres, que no sufriré que te puedas jamás

arrepentir de haber sido liberal conmigo, con el sucesor de Cambises».

«Señor, le responde Silosonte, agradezco sumamente vuestra liberalidad:

agradézcoos el oro y la plata que de vuestros tesoros me ofrecéis.

Otra es la gracia que de vos deseara: recobrar el dominio de Samos, mi

patria, que me tiene usurpado un criado de nuestra casa, después que

Oretes dio la muerte a mi hermano Polícrates. La merced, pues, que de

vos espero es que me repongáis en el señorío de Samos sin muerte ni

esclavitud de ninguno de mis paisanos».

CXLI. Oída la petición de Silosonte, envió Darío al frente de un

ejército al general Ótanes, uno del famoso septemvirato, con orden de

llevar a cabo las pretensiones y demandas de su bienhechor. Llegado

a los puntos marítimos del reino, Ótanes dispuso las tropas para la

expedición de Samos.

CXLII. El mando de Samos estaba a la sazón en manos de aquel Menandrio,

hijo de Menandrio, a quien Polícrates al partirse de la isla había

dejado por regente de ella. Este, dándose por el hombre más virtuoso y

justificado de todos, no tuvo la suerte ni la proporción de mostrarse

tal; porque lo primero que hizo, sabida la muerte de Polícrates, fue

levantar un ara a Zeus Libertador, dedicando alrededor de ella un

recinto religioso, que se ve al presente en los arrabales de la ciudad.

Erigido ya el sagrado monumento, llamó a la asamblea a todos los

vecinos de Samos y habloles así: «Bien veis, ciudadanos, que teniendo

en mis manos el cetro que antes solía tener Polícrates en las suyas, si

quiero puedo ser vuestro soberano. Mas yo no apruebo en mi persona lo

que repruebo en la de otro, pues puedo aseguraros que nunca me pareció

bien que quisiera ser Polícrates señor de hombres tan nobles como él,

ni semejante tiranía podré jamás consentirla en hombre alguno nacido o

por nacer. Pagó ya Polícrates su merecido y cumplió su destino fatal.

Resuelto yo a depositar la suprema autoridad en manos del pueblo, y

deseoso de que todos seamos libres y de una misma condición y derecho

público, solo os pido dos gracias en recompensa: una, que del tesoro de

Polícrates se me reserven aparte seis talentos; otra, que el sacerdocio

de Zeus Libertador, investido desde luego en mi persona, pase a ser en

los míos hereditario; privilegios que con razón pretendo, así por haber

erigido esas aras, como por la resolución en que estoy de restituiros

la independencia». Esta era la propuesta que bajo tales condiciones

hacia Menandrio a los samios: oída la cual, levantose uno de ellos y le

dijo: «No mereces tú, según eres de vil y despreciable, de malvado y

ruin, ser nuestro soberano. ¡Perdiérannos los dioses si tal sucediera!

De ti pretendemos ahora que nos des cuenta del dinero público que has

manejado».[321] El que así se expresaba era uno de los ciudadanos más

principales, llamado Telesarco.

CXLIII. Previendo Menandrio claramente que no había de faltar alguno

que se alzara con el mando, en caso de que él lo dejase, mudó la

resolución de abandonarlo que tenía antes formada; y para asegurarse

más en el imperio, retirado a la ciudadela, hacía llamar allí uno

por uno a los vasallos, con el pretexto de dar cuenta del dinero,

pero en llegando los mandaba coger y poner en prisiones. En tanto que

permanecían bien custodiados, asaltó a Menandrio una grave enfermedad,

de la cual, creyendo Licareto, uno de los hermanos de Menandrio, que

iba este a morir, con la ambiciosa mira de facilitarse la posesión del

señorío de Samos, procuró la muerte a aquellos presos, que pensó no

dejarían de querer en adelante la independencia y libertad del estado.

CXLIV. En esta situación se hallaban los negocios cuando los persas

aportaron a Samos llevando consigo a Silosonte. Entonces no solo faltó

quien les saliera al encuentro con las armas en las manos, sino que

desde luego que llegaron allá capituló con ellos la tropa misma de

Menandrio, mostrándose pronta a salir de la isla y a hacer que saliera

juntamente su actual señor. Convino Ótanes por su parte en firmar el

tratado, y compuestas así las paces, los oficiales mayores de la armada

persa, haciendo colocar unos asientos junto a la ciudadela, estaban

allí sentados.

CXLV. Sucedió entretanto un caso impensado. Tenía el gobernador

Menandrio un hermano llamado Carilao, hombre algo atolondrado y

furioso, quien no sé por qué delito estaba en un calabozo, desde donde,

como informado de lo que pasaba, sacase la cabeza por una reja y viese

delante sentados a los persas en paz y sosiego, púsose a gritar como

un insensato pidiendo que le llevasen a Menandrio, a quien tenía que

hablar, lo cual sabido por este mandó que le sacaran de la cárcel y

se lo presentaran. Llegado apenas a su presencia, principió a echar

maldiciones de su boca y cargar de baldones a su hermano, porque no

caía de improviso sobre aquellos persas allí recostados. «¡Insensato!,

le dice, ¿a mí, que soy tu hermano y que en nada tengo merecida la

cárcel, me tienes aherrojado en un calabozo, y ves ahí a esos persas

que van a sacarte del trono y de tu misma casa echándote a donde te

lleva tu mala fortuna, y de puro cobarde no le arrojas sobre ellos?

Teniéndolos ahí en tu mano, ¿cómo no los cazas y coges a tu placer?

Si de nada eres capaz, ven acá, cobarde, confíame tus guardias, y con

ellos les pagaré bien la visita que vinieron a hacernos, y a ti te

aseguro que te dejaré salir libre de la isla».

CXLVI. Así dijo Carilao, y aceptó Menandrio el partido que su furioso

hermano le proponía, no porque hubiera perdido de modo el sentido común

que con sus tropas se lisonjeara de salir victorioso del ejército

del rey, sino ciego de envidia, si no me engaño, contra la dicha de

Silosonte, no sufriendo que este, con las manos limpias, sin pérdida

de gente y sin el más mínimo menoscabo, viniera a ser señor de tan

rico estado. Debió, pues, querer irritar antes a los persas para

empeorar y turbar así el estado de Samos y dejarlo revuelto y perdido

a su sucesor, pues bien veía que los samios, cruelmente irritados

por su hermano, vengarían en los persas la injuria recibida. Por su

persona nada tenía que temer, sabiendo que de todos modos tendría

libre y segura la salida de la isla, siempre que quisiese, pues a

este fin tenía ya prevenida una mina o camino subterráneo que salía

al mar desde la misma ciudadela. Así, pues, Menandrio, embarcándose

furtivamente, salió de Samos; y Carilao, haciendo tomar las armas a

sus tropas, abiertas las puertas de las plaza, dejose caer de repente

sobre los persas, descuidados y seguros de semejante traición, como que

estaban del todo creídos de que la paz quedaba ya concluida y ajustada.

Envisten los guardias de Carilao contra los persas que reposaban en

sus asientos, y fácilmente pasan a cuchillo a todas las cabezas del

ejército persa; pero acudiendo después lo restante de él a la defensa

de sus caudillos, y cargando sobre las tropas mercenarias de Carilao,

las obligaron a encerrarse de nuevo en la ciudadela.

CXLVII. Cuando el general Ótanes vio aquella alevosía, junta con

tanto estrago de sus persas, olvidado muy de propósito de las órdenes

de Darío, quien le había mandado al despedirse para el ejército que

entregase la isla de Samos al dominio de Silosonte, sin muertes, sin

esclavitud, sin otro daño ni agravio de los isleños, dio orden a

sus tropas de que pasasen a cuchillo a todo samio que hallaran, sin

distinción de niños, ni mozos, ni hombres, ni viejos; de suerte que,

al punto, parte de las tropas pónese a sitiar en forma la ciudadela,

parte va corriendo por uno y otro lado matando a cuantos se les ponen

delante, así dentro como fuera de los templos.

CXLVIII. Entretanto, Menandrio, huyendo de Samos, iba ya navegando

hacia Lacedemonia. Aportado allí felizmente, desembarcó todo el

equipaje e hizo con los muebles preciosos que consigo traía lo

que voy a referir. Coloca en su aparador la copiosa vajilla que

tenía de oro y plata, mandando a sus criados que la limpien y

bruñan primorosamente.[322] Mientras esto se hacía en su albergue,

entreteníase Menandrio discurriendo con Cleómenes, hijo de

Anaxándridas, a quien como rey de Esparta había ido a cumplimentar.

Alargando de propósito la conversación, de palabra en palabra vinieron

los dos hablando hasta la posada del huésped. Entra en ella Cleómenes,

ve de improviso tan rica repostería, y quédase atónito y como fuera de

sí. El cortés Menandrio, prevenido ya con tiempo, bríndale con ella,

insta, porfía que tome cuanto le agrade. No obstante la suspensión de

Cleómenes y la bizarría de Menandrio en ofrecerle segunda y tercera vez

su magnífica vajilla, el severo espartano, mostrando en su desinterés

un ánimo el más entero y justificado, nada quiso aceptar de todo

cuanto se le ofrecía. Aún más, comprendiendo muy bien que el huésped,

regalando a algunos ciudadanos, como sin duda lo hiciera, no dejaría

de hallar protectores en el cohecho, fue en derechura a verse con los

éforos, y les propuso que sin duda fuera lo más útil echar luego del

Peloponeso al desterrado de Samos, de quien recelaba mucho que a fuerza

de dádivas había de corromper sin falta o a él mismo, o a algún otro de

los espartanos. Prevenidos así los éforos, publicaron un bando en que

se mandaba salir de sus dominios a Menandrio.

CXLIX. Mientras esto se hacía en Esparta, los persas no solo entregaban

al saqueo la isla de Samos, sino que la barrían como con red,

envolviendo a todos sus vecinos y pasándolos a cuchillo, sin perdonar

a ninguno la vida. Así vengados, entregaron a Silosonte la isla vacía

y desierta, aunque el mismo general Ótanes la volvió a poblar algún

tiempo después, movido, así de una visión que tuvo en sueños, como

principalmente por motivo de cierta enfermedad vergonzosa que padeció.

CL. Por el mismo tiempo que se hacía la expedición naval contra

Samos, negaron la obediencia a los persas los babilonios, que muy de

antemano se habían apercibido para lo que intentaban. Habiéndose sabido

aprovechar de las pertubaciones públicas del estado, así en el tiempo

en que reinaba el mago, como en aquel en que los septemviros coligados

recobraban el imperio, se proveyeron de todo lo necesario para sufrir

un dilatado sitio, sin que se echara de ver lo que iban premeditando.

Cuando declaradamente se quisieron rebelar, tomaron una resolución más

bárbara aún que extraña, cual fue la de juntar en un lugar mismo a

todas las mujeres y hacerlas morir estranguladas, exceptuando solamente

a sus madres y reservándose cada cual una sola mujer, la que fuese más

de su agrado: el motivo de reservarla no era otro sino el de tener

panadera en casa, y el de ahogar a las demás el de no querer tantas

bocas que consumieran su pan.

CLI. Informado el rey Darío de lo que pasaba en Babilonia, parte contra

los rebeldes con todas las fuerzas juntas del imperio, y llegado

allí, emprende desde luego el asedio de la plaza. Los babilonios,

lejos de alarmarse o de temer por el éxito del sitio, subidos sobre

los baluartes de la fortaleza bailaban alegres a vista del enemigo,

mofándose de Darío con todo su ejército. En una de estas danzas hubo

quien una vez dijo este sarcasmo: «Persas, ¿qué hacéis aquí tanto

tiempo ociosos? ¿Cómo no pensáis en volveros a vuestras casas? Pues en

verdad os digo que cuando paran las mulas, entonces nos rendiréis».

Claro está que no creía el babilonio que tal decía que la mula pudiera

parir jamás.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 25 / 38 段