impostura a Ótanes, envía a su hija este tercer recado: «Hija mía,
por lo que debes a ti misma y a tu cuna, es menester no te excuses
ni te niegues a entrar en el peligro a que te llama ahora tu padre,
pues si no es ese rey el legítimo Esmerdis, hijo de Ciro, sino hijo de
cualquiera, como imagino, es del todo forzoso que ese impostor soberano
no se alabe por más tiempo de tener a su disposición una princesa
de tu clase, ni de ser el tirano de los persas seducidos, sino que
lleve pronto su castigo. Haz, pues, lo que voy a decirte: la noche
que contigo duerma espera que esté bien dormido, y entonces tiéntale
las orejas: si se las hallares, no hay más que hacer ni vacilar, pues
con esto podrás estar seguro de que eres esposa de Esmerdis, hijo de
Ciro; pero si no las tuviere el malvado impostor, sabe, hija, que has
venido a ser una cortesana del mago Esmerdis». Respondió Fedima a su
padre, que bien veía el gran peligro a que en ello se iba a exponer,
pues claro estaba que si aquel hombre no tenía orejas y la cogía
en el momento de tentar si las tenía, la haría morir y desaparecer
infaustamente; pero no obstante su riesgo, dábale palabra de hacer sin
falta la prueba que le pedía. Las orejas a que se aludía habíalas hecho
cortar Ciro, padre de Cambises, al mago Esmerdis, no sé por qué delito,
que no debió ser leve, que en su tiempo había cometido. La reina
Fedima, la hija del noble Ótanes, cumplió exactamente con la palabra
dada a su padre: cuando le llegó su vez de dormir con el mago, según
la costumbre de las mujeres en Persia, que van por turno a estar con
sus maridos, fue al tálamo real y se acostó con aquel. Coge al mago un
profundo sueño; Fedima a su salvo le va tentando las orejas, y ve desde
luego, sin caberle duda, que carece de ellas el impostor. Apenas, pues,
amanece el día, cuando envía un mensaje a su padre dándole cuenta de lo
averiguado.
LXX. Hecha ya la prueba, llamó Ótanes a dos grandes de Persia, el uno
Aspatines y Gobrias el otro, que le parecieron los más a propósito
para guardar el secreto; y no bien acabó de contarles la impostura
del mago, de que no dejaban de tener por sí mismos algunos barruntos,
cuando dieron entero crédito a la narración. Acordaron allí mismo que
cada uno de ellos se asociara para la empresa contra el mago otro
persa, aquel sin duda de quien más confianza tuvieran. En consecuencia
de esta determinación, Ótanes escogió por compañero a Intafrenes,
Gobrias a Megabizo, y Aspatines a Hidarnes. Siendo ya seis los persas
conjurados contra el mago, quiso la suerte que llegase entretanto a
Susa Darío, hijo de Histaspes, venido de Persia, de la cual era su
padre gobernador. Apenas supieron los seis la venida de Darío, les
pareció conveniente unirle a su partido.
LXXI. Júntanse, pues, los siete a deliberar seria y eficazmente sobre
el punto, unidos entre sí con los más sagrados y solemnes juramentos.
Al llegar el turno a Darío, dijo su parecer en esta forma: «Estaba
persuadido, señores, de que yo era el único en saber que no vivía
Esmerdis, hijo de Ciro, y que un mago nos representaba el papel de
soberano: diré más aún, que no fue otra mi venida sino ver cómo podría
oponerme al mago y procurar la muerte a ese tirano. Ahora, ya que la
suerte ha querido que yo no sea el único dueño del misterio, sabiendo
vosotros también el secreto, mi parecer es que pongamos ahora mismo
manos a la obra sin esperar a mañana, qué es lo que más nos importa».
«Oh buen hijo de Histaspes, le replica Ótanes, hablas como quien eres,
pues hijo de un gran padre, no te muestras menos grande que el que
te engendró. Pero atiende, Darío, a que lo que propones no sea antes
precipitar la empresa que manejarla con arte y prudencia. La gravedad
del negocio, si queremos llevarlo a cabo, requiere que seamos más en
número los agresores del tirano». «Pues en verdad os aseguro, replica
luego Darío, que si adoptáis el parecer de Ótanes, vais desde este
punto, amigos míos, a ser otras tantas funestas víctimas consagradas
a la venganza del mago. ¿No veis que no ha de faltar alguno, entre
muchos, que para hacer fortuna venda con la denuncia vuestras vidas
al furor del intruso? Lo mejor hubiera sido que vosotros por vuestra
propia mano hubierais antes dado el golpe sin llamar a nadie en vuestro
socorro. Pero ya que no lo hicisteis, teniendo por mejor comunicar
la empresa con muchos y hacerme entrar en la liga, os repito que
estamos ya al extremo; o llevemos hoy mismo por cabo la empresa, o si
se nos pasa el día de hoy, juro aquí mismo por los dioses que nadie
ha de anticiparse en la delación, pues desde aquí voy en derechura a
delataros al mago».
LXXII. Cuando Ótanes vio a Darío tan resuelto y pronto a la ejecución,
hablole otra vez así: «Ahora bien, Darío, ya que nos obligas, y aun
fuerzas, aquí de improviso sin dejarnos respirar un punto a que
emprendamos esta hazaña, dinos asimismo por vida de los dioses: ¿cómo
hemos de penetrar en palacio para dejarnos caer de golpe sobre ellos?
Bien sabes tú o por haberlos visto con tus ojos, o haberlo mil veces
oído, cómo están allí apostados por orden los centinelas. Dinos, pues:
¿cómo podremos pasar por medio de ellos?». «¿Cómo? responde Darío, ¿no
sabes, Ótanes, que la intrepidez hace ver ejecutadas muchas cosas antes
que la razón las mire como posibles? ¿Que otras al contrario da por
hechas la razón que no puede cumplir el brazo más robusto? Creedme,
fuera reparos y temores; nada más fácil para nosotros que penetrar por
medio de esos centinelas apostados, parte porque ni uno de ellos habrá
que no nos ceda el paso, siendo los personajes que somos en la Persia,
pues los unos lo harán por respeto, y otros quizá por miedo; parte
por no faltarme un especioso pretexto con que logremos el paso libre,
con decir que recién llegado de Persia traigo de parte de mi padre un
importante negocio que tratar de palabra con el soberano. Mentiré sin
duda diciéndolo; pero bueno es mentir si lo pide el asunto, pues a
mi ver el que miente y el que dice verdad van entrambos al mismo fin
de atender a su provecho. Miente el uno porque con el engaño espera
adelantar sus negocios: dice verdad el otro para conseguir algo,
cebando con ella a los demás para que le fíen mejor sus intereses. En
suma, con la verdad y la mentira procuran todos su utilidad; de suerte
que creo que si nada se interesara en ello la gente, todo este aparato
de palabras se lo llevaría el aire, y tan falso fuera el hombre más
veraz, como veraz el más falso del universo. Vamos al caso: al portero
y guardia de palacio que cortés y atento nos ceda el paso, sabremos
después agradecérselo y pagárselo bien; al que haciéndonos frente
tuviere la osadía de negarnos la entrada, le trataremos allí mismo como
a enemigo; y empezando por él las hostilidades, avanzaremos animosos al
ataque de palacio».
LXXIII. Después de este discurso, toma Gobrias la palabra: «Amigos,
les dice, trátase ahora de nuestro honor; nada más glorioso a nuestras
personas que recobrar el imperio perdido o morir en la demanda si no
pudiésemos salir con ella. ¿Pues qué, nosotros los persas hemos de
ser vasallos de un medo, súbditos de un mago, siervo de un criminal
infame y con las orejas cortadas? Bien podéis acordaros los que conmigo
os hallasteis presentes al último discurso del enfermo y moribundo
Cambises, no diré de los encargos y mandas que nos hizo, sino de las
horrendas maldiciones de que nos cargó, si después de su muerte no
procurábamos recobrar el imperio usurpado. Verdad es que nosotros,
temerosos de que no fuera su arenga una calumnia contra Esmerdis, su
hermano, no acabamos de darle el crédito que merecía. Ahora repito que
me conformo con el parecer de Darío, y añado que nadie salga de está
junta sino para ir en derechura a desocupar el palacio, y a deshacernos
luego del mago». Dijo, y todos a una voz siguieron el voto de Gobrias.
LXXIV. Entretanto que los coligados estaban en asamblea, sucedió
un caso oportunamente llevado por la fortuna. Los magos dominantes
acordaron como conveniente atraer a Prexaspes a su partido y confianza,
por muchos motivos: uno por saber que había tenido que sufrir de
Cambises las más atroces injurias, habiendo su hijo caído a sus propios
ojos traspasado de una flecha que el rey le disparó; otro por ser
Prexaspes el único o el que mejor que nadie sabía la muerte que con
sus propias manos había dado al príncipe Esmerdis; y tercero, por
ser además uno de los señores de mayor reputación entre los persas.
Por estos motivos, habiendo los magos llamado a palacio a Prexaspes,
procuraron ganárselo por amigo, y le obligaron con los más solemnes
juramentos a darles palabra que les guardaría sumo secreto, sin decir
a hombre nacido o por nacer el engaño que habían tramado contra los
persas, prometiéndole por su parte montes de oro y cuanto acertara
a pedir y desear. Promete Prexaspes a los magos hacer cuanto se le
pidiese; y dícenle segunda vez que estaban resueltos a convocar a los
persas todos bajo los muros de su real alcázar, deseosos de que él,
subido sobre una de las almenas de palacio, les dijese que el soberano
a quien entonces obedecían era realmente el mismo Esmerdis, hijo de
Ciro, y ningún otro Esmerdis; lo cual le mandaban los magos, así por
ser Prexaspes el más acreditado sujeto que tenían los persas, como por
saber muy bien que tanto más crédito se le daría, cuantas habían sido
en número las ocasiones en que Prexaspes había públicamente asegurado
que vivía Esmerdis, hijo de Ciro, negando ser verdad la voz que de su
muerte corría.
CXXV. No se hizo rogar Prexaspes, diciendo estar pronto para ello.
Llaman, pues, los magos a los persas para aquella asamblea del reino,
y mandan a aquel, que puesto sobre una almena les hable desde allí.
Entonces el honrado Prexaspes, olvidándose de propósito de lo que los
magos le habían pedido, toma desde Aquemenes el exordio de su arenga,
va deslindando la ascendencia de Ciro que de él venía, pondera al
llegar aquí lo mucho que debe al gran Ciro la nación de los persas, y,
concluido su elogio, sigue llanamente diciendo la verdad, confesando
que la había antes encubierto por no poder decirla a su salvo y sin que
le costase caro; pero que había llegado ya la hora para declarar, según
lo exigía su conciencia, el gran misterio del palacio de Susa. Confesó,
en efecto, que obligado por Cambises, él mismo había sido antes el
verdugo del príncipe real Esmerdis, hijo de Ciro; y que los magos eran
entonces los soberanos del imperio. Concluyó por fin descargando sobre
los persas las más horrendas imprecaciones, si dejando a los magos sin
la debida venganza no volvían a señorearse del mando. Y diciendo estas
últimas palabras, se arroja desde lo alto del alcázar cabeza abajo. Así
Prexaspes, honrado en vida, murió como persa bueno y leal.
LXXVI. Mientras que esto sucedía en palacio, los siete grandes de
Persia confederados, en virtud del acuerdo tomado de poner manos a
la obra al momento, sin dilatar la empresa un solo punto, iban a
ejecutarla después de haber llamado a los dioses en su favor y ayuda,
sin que nada hubieran sabido de la reciente aventura de Prexaspes. A
la mitad de su camino oyeron lo que con este acababa de suceder, y
retirándose de la calle entraron de nuevo en consulta. Era Ótanes de
parecer que se difiriera absolutamente la empresa para mejor ocasión,
no siendo oportuna para el intento la presente ocasión del alboroto y
fermentación del estado. Darío decía, al contrario, que convenía ir
luego a palacio y acometer la empresa sin más tardanza. En el calor de
esta contienda, he aquí que aparecen de repente a los septemviros siete
pares de halcones dando caza a dos pares de buitres, arrancándoles las
plumas por el aire, y destrozándoles el cuerpo con los picos. Venlos
los siete conjurados, y dando todos asentimiento a Darío, marchan
derechos a palacio llevados en alas de tan felices agüeros.
LXXVII. Llegan a las puertas de palacio; les sucede puntualmente como
se prometía Darío, pues al instante los centinelas, parte por respecto
a tales grandes y señores de Persia, parte por no pasarles siquiera por
el pensamiento que pudieran venir aquellos personajes con el objeto
que realmente traían, no solo les dieron paso franco, sino que, como
si fueran otros tantos enviados de los mismos dioses, nadie hubo que
les preguntase a qué venían. Pero internados ya dentro de las salas
de palacio, al dar con los eunucos que solían entrar los recados al
soberano, pregúntanles estos qué pretendían allí dentro, gritando al
mismo tiempo y amenazando a los guardias por haberles admitido en
palacio. Al oírles los conjurados, y al ver la resistencia que se
les hacía, anímanse mutuamente, sacan sus dagas, cosen a puñaladas a
cuantos se les oponen, y éntranse corriendo hacia el aposento de los
magos.
LXXVIII. Hallábanse cabalmente los dos magos dentro de él tomando
sus medidas sobre el reciente caso de Prexaspes. Apenas oyeron aquel
alboroto y repentina gritería de sus eunucos, salieron ambos corriendo,
y al ver lo que dentro pasaba, pensaron en hacer una vigorosa
resistencia: el uno de ellos antes que llegasen los conjurados pudo
coger su arco, y el otro echó mano luego de su lanza. Cierran los
grandes contra los magos; al del arco nada le servían sus flechas no
estando a tiro los enemigos, que le tenían cuerpo a cuerpo rodeado
y oprimido; el otro, blandiendo oportunamente su lanza se defendía
bien y ofendía a los agresores, hiriendo con ella a Aspatines en un
muslo y a Intafrenes en uno de los ojos, del cual toda su vida quedó
tuerto, aunque no murió de la herida. Pero mientras uno de los magos
lograba herir a estos dos, el otro, viendo que no podía hacer uso del
arco, iba retirándose de la sala hacia el retrete contiguo, con ánimo
de cerrar la puerta a los agresores; pero al mismo tiempo dos de los
conspiradores, Darío y Gobrias, arremeten y entran dentro con él.
Cógele Gobrias apretadamente y le tiene bien sujeto entre los brazos;
mas con todo, Darío no usaba de la daga, temeroso de herir a Gobrias en
la oscuridad del aposento, en vez de pasar al mago de parle a parte.
Conociendo Gobrias que estaba detenido, pregúntale qué hace del puñal
en la ociosa mano: «Téngole aquí suspendido, le dice, y con la mano
levantada por no herirte». «Cóseme con él, amigo, responde Gobrias,
como pases a puñaladas a este mago maldito». Obedece Darío, da la
puñalada y acierta al mago.
LXXIX. Muertos ya los dos magos y cortadas sus cabezas, los
libertadores de Persia dejan en palacio a sus dos compañeros heridos,
ya porque no podían estos seguirles, ya también con la mira de que se
quedasen por guardas del alcázar. Los otros cinco, sanos y victoriosos,
salen corriendo de palacio con las dos cabezas en las manos, y lo
llenan todo de tumulto y vocería. Convocando luego a los persas, con
las cabezas pendientes de las manos, les van contando apresuradamente
lo sucedido, y matando juntamente por las calles a cuantos magos les
salen al encuentro. Los demás persas, teniendo a la vista la reciente
hazaña de sus siete héroes, y patente a los ojos el embuste de los
magos, miraban todos como un deber de honor y de justicia ejecutar
otro tanto por su parte, y con el puñal en la mano no dejaban a vida
mago alguno que pudiesen hallar. Tanta fue la carnicería que, si no
la hubiese detenido la noche, no quedara ya raza de magos. Los persas
miran como el más solemne y memorable este día, en que celebran una
gran fiesta aniversaria, a la que dan el nombre de _Magofonía_, no
permitiendo que en ella comparezcan en público los magos, obligados
severamente a mantenerse encerrados en su casa.
LXXX. De allí a cinco días, sosegado ya en Susa el público tumulto,
los septemviros levantados contra los magos empezaron a consultar
entre sí acerca de la situación y arreglo del imperio persa; y en la
deliberación se dijeron cosas y pareceres que no se harán creíbles
a los griegos, pero que no por esto dejaron realmente de decirse.
Aconsejábales Ótanes que, en primer lugar, se dejase en manos del
pueblo la suma potestad del estado, y les hablaba en esta conformidad:
«Mi parecer, señores, es que ningún particular entre nosotros sea
nombrado monarca de aquí en adelante, pues tal gobierno ni es agradable
ni menos provechoso a la sociedad avasallada. Bien sabéis vosotros
mismos a qué extremos no llegó la suma insolencia y tiranía de
Cambises, y no os ha cabido poca parte en la audacia extremada del
mago. Quisiera se me dijese cómo cabe en realidad que la monarquía,
a cuyo capricho es dado hacer impunemente cuanto se le antoje, pueda
ser un gobierno justo y arreglado. ¿Cómo no ha de ser por sí misma
peligrosa y capaz de trastornar y sacar de quicio las ideas de un
hombre de índole la más justa y moderada cuando se vea sobre el
trono? Y la razón es, porque la abundancia de todo género de bienes
engendra insolencia en el corazón del monarca, juntándose esta con
la envidia, vicio común nacido con el hombre mismo. Teniendo, pues,
un soberano estos dos males, insolencia adquirida y envidia innata,
tiene en ellos la suma y el colmo de todos. Lleno de sí mismo y de su
insolente pujanza, cometerá mil atrocidades por mero capricho, otras
mil de pura envidia, siendo así que un soberano a quien todo sobra
debiera por justo motivo verse libre de los estímulos de tal pasión.
Con todo, en un monarca suele observarse un proceder contrario para
con sus súbditos: de envidia no puede sufrir que vivan y adelanten los
sujetos de mérito y prendas sobresalientes; gusta mucho de tener a su
lado los ciudadanos más corrompidos y depravados del estado; tiene el
ánimo siempre dispuesto a proteger la delación y apoyar la calumnia.
No hay hombre más receloso y descontentadizo que un monarca. ¿Es uno
parco o contenido en admirar sus prendas y subirlas a las nubes? Se da
él por ofendido de que se falte al acatamiento y veneración debida al
soberano. ¿Es otro, por el contrario, pródigo en dar muestras de su
respeto y admiración? Se le desdeña y mira como a un adulador falso y
vendido. Y no es eso lo peor; lo que no puede sufrírsele de ningún modo
es ver cómo trastorna las leyes de la patria; cómo abusa por fuerza
de las mujeres ajenas; cómo, finalmente, pronuncia sentencia capital
sin oír al acusado. Mas al contrario, un estado republicano, además de
llevar en su mismo nombre de _Isonomía_ la justicia igual para todos
y con ella la mayor recomendación, no da prácticamente en ninguno
de los vicios y desórdenes de un monarca; permite a la suerte la
elección de empleos; pide después a los magistrados cuenta y razón de
su gobierno; admite, por fin, a todos los ciudadanos en la liberación
de los negocios públicos. En resolución, mi voto es anular el estado
monárquico, y sustituirle el gobierno popular, que al cabo en todo
género de bienes siempre lo más es lo mejor». Tal fue el parecer que
dio Ótanes.
LXXXI. Pero Megabizo, en el voto razonado que dio, se declaró por
la oligarquía, favoreciendo a los grandes por estas razones: «Desde
luego, dijo, me conformo con el voto de Ótanes, dando por buenas sus
razones acerca de acabar con la tiranía; mas en cuanto a lo que añadió
de que pasase a manos del vulgo la autoridad soberana, en esto digo
no anduvo acertado. Es cierto que nada hay más temerario en el pensar
que el imperito vulgo, ni más insolente en el querer que el vil y
soez populacho. De suerte que de ningún modo puede aprobarse que para
huir la altivez de un soberano se quiera ir a parar en la insolencia
del vulgo, de suyo desatento y desenfrenado; pues al cabo un soberano
sabe lo que hace cuando obra; pero el vulgo obra según le viene a
las mientes, sin saber lo que hace ni por qué lo hace. ¿Y cómo ha de
saberlo, cuando ni aprendió de otro lo que es útil y laudable, ni de
suyo es capaz de entenderlo? Cierra los ojos y arremete de continuo
como un toro, o quizá mejor, a manera de un impetuoso torrente lo
abate y arrastra todo. ¡Haga Dios que no los persas, sino los enemigos
de los persas dejen el gobierno en manos del pueblo! Ahora debemos
nosotros escoger un consejo compuesto de los sujetos más cabales del
estado, en quienes depositaremos el poder soberano. Vamos a lograr
así dos ventajas, una que nosotros mismos seremos del número de
tales consejeros, otra que las resoluciones públicas serán las más
acertadas, como debe suponerse siendo dictadas por hombres del mayor
mérito y reputación».
LXXXII. Tal fue el voto dado por Megabizo. Darío, el tercero en hablar,
votó en esta forma:[285] «Bien me parece lo que tocante al vulgo
acaba de decir Megabizo, pero no me parece bien por lo que mira a la
oligarquía; porque de los tres gobiernos propuestos, el del vulgo, el
de los nobles, y el de un monarca, aun cuando se suponga cada cual
en su género el mejor, el de un rey opino que excede en mucho a los
demás. Y opino así, porque no veo que pueda darse persona más adecuada
para el gobierno que la de un varón en todo grande y sobresaliente,
que asistido de una prudencia política igual a sus eminentes talentos,
sepa regir el cuerpo entero de la monarquía de modo que en nada se
le pueda reprender; y tenga asimismo la ventaja del secreto en las
determinaciones que fuere preciso tomar contra los enemigos de la
corona. Paso a la oligarquía, en la cual, siendo muchos en dar pruebas
de valor y en granjear méritos para con el público, es consecuencia
natural que la misma emulación engendre aversión y odio de unos hacia
los otros; pues queriendo cada cual ser el principal autor y como
cabeza en las resoluciones públicas, es necesario que den en grandes
discordias y mutuas enemistades, que de las enemistades pasen a las
sediciones de los partidos, y de las muertes a la monarquía, dando
con este último recurso una prueba real de que es este el mejor de
todos los gobiernos posibles. ¿Qué diré del estado popular, en el cual
es imposible que no vayan anidando el cohecho y la corrupción en el
manejo de los negocios? Adoptada una vez esta lucrativa iniquidad y
familiarizada entre los que administran los empleos, en vez de odio
no engendra sino harta unión en los magistrados de una misma gavilla
que se aprovechan privadamente del gobierno y se cubren mutuamente
por no quedar en descubierto ante el pueblo. De este modo suelen
andar los negocios de la república, hasta tanto que un magistrado les
aplica el remedio, y logra que el desorden público cese y acabe. Con
esto, viniendo a ser objeto de la admiración del vulgo, ábrese camino
con ella para llegar a ser monarca, dando en esto una nueva prueba
de que la monarquía es el gobierno más acertado. Y, para decirlo en
una palabra, ¿de dónde vino a la Persia, pregunto, la independencia
y libertad pública? ¿Quién fue el autor de su imperio? ¿Fue acaso el
pueblo? ¿Fue por ventura la oligarquía? ¿O fue más bien un monarca?
En suma, mi parecer es que nosotros los persas, hechos antes libres
y señores del imperio por un varón, por el gran Ciro, mantengamos el
mismo sistema de gobierno, sin alterar de ningún modo las leyes y
fueros de la patria, lo más útil que contemplo para nosotros».
LXXXIII. Dados los tres referidos pareceres, los cuatro votos que
restaban del septemvirato se declararon por el de Darío. Ótanes, que
deseaba introducir el gobierno popular y derechos iguales para todos
los persas, no habiendo conseguido su intento, les habló de nuevo en
estos términos: «Visto está, compañeros míos, que algunos de los que
aquí estamos obtendrá la corona, o bien se la dé la suerte, o bien la
elección de la nación a cuyo arbitrio la dejemos, o bien por cualquiera
otra vía que recaiga en su cabeza. Pues yo renuncio desde ahora el
derecho de pretenderla, ni entro en concurso, persistiendo en no querer
ni mandar como rey, ni ser mandado como súbdito. Cedo todo el derecho
que pudiera pretender, pero cedo con la expresa condición de no estar
jamás yo ni alguno de mis descendientes a las órdenes del soberano».
Hecha tal propuesta, que fue admitida luego por los seis confederados
bajo aquella restricción, salió Ótanes del congreso; y en efecto, sola
su familia se mantiene hasta hoy día libre e independiente entre los
persas, pues se le manda únicamente en cuanto ella no lo rehúsa, no
faltando por otra parte a las leyes del estado persa.