LXXXIV. Los seis grandes restantes de la liga continuaban en sus

conferencias ordenadas a la mejor elección de un monarca; y ante todo

les pareció establecer que si la corona venía a recaer en alguno de

los seis, se obligara este a guardar a Ótanes y a toda su descendencia

el perpetuo privilegio de honrarse con la vestidura de los medos, y

enviarle asimismo los legítimos regalos que se miran entre los persas

como distinciones las más honoríficas. La causa de honrar a Ótanes

con esta singular prerrogativa fue por haber sido el principal autor

y cabeza de la conjuración contra el mago, aconsejándola a los demás

compañeros de la liga. Respecto al cuerpo de los siete confederados,

ordenaron: primero, que cualquiera de ellos, siempre que le pareciese,

tuviera franca la entrada en palacio, sin prevención ni ceremonia de

pasar antes recado, a no ser que el rey estuviese en su aposento en

compañía de sus mujeres: segundo, que el rey no pudiera tomar esposa

que no fuese de la familia de dichos confederados: finalmente, por lo

tocante al punto principal de la elección al trono, acordaron tomar el

medio de montar los seis a caballo en los arrabales de Susa, y nombrar

y reconocer por rey a aquel cuyo caballo relinchase el primero a la

salida del sol.

LXXXV. Tenía Darío un caballerizo hábil y perspicaz, por nombre Ebares,

al cual, apenas vuelto a su casa de la asamblea, hace llamar y habla

de este modo. «Hágote saber, Ebares, que para la elección de monarca

hemos resuelto que sea nuestro rey aquel cuyo caballo, estando cada uno

de nosotros montado en el suyo, fuere el primero en relinchar al nacer

el sol. Tiempo es ahora de que te valgas de tus tretas y recursos,

si algunos tienes, para hacer de todas maneras que yo y ningún otro

arrebate el premio de la corona». «Buen ánimo, señor, responde Ebares;

dadla ya por alcanzada y puesta sobre la cabeza; si nada más se exige,

y si en lo que decís consiste ser rey o no, albricias os pido, porque

ningún otro que vos lo será. Más vale maña que fuerza, y mañas hay

aquí y recursos para todo». «Manos a la obra, pues, replícale Darío;

si algún ardid sabes, tiempo es de usarlo sin perder un instante, pues

mañana mismo ha de decidirse la cuestión». Oído lo cual, practica

Ebares esta diligencia: venida la noche, toma una de las yeguas de su

amo, aquella cabalmente que movía y alborotaba más el amor del caballo

de Darío; llévala a los arrabales y la deja allí atada; vuelve después

conduciendo el caballo de Darío, hácele dar mil vueltas y revueltas

alrededor de la yegua, permitiéndole solo el acercarse a ella, hasta

que al cabo de largo rato le deja holgar libremente.

LXXXVI. Apenas empezó a rayar el alba al siguiente día, cuando los seis

grandes de Persia pretendientes de la corona, conforme a lo pactado, se

dejaron ver aparejados y prontos en sus respectivos caballos, e iban de

una a otra parte paseando por los arrabales, cuando no bien llegados a

aquel paraje donde la yegua había estado atada la noche anterior, dando

una corrida el caballo de Darío empieza sus relinchos. Al mismo tiempo

ven todos correr un rayo por el sereno cielo y oyen retumbar un trueno,

cuyos prodigios sucedidos a Darío fueron su inauguración para la

corona, de modo que los otros competidores, bajando del caballo a toda

prisa y doblando allí mismo la rodilla, le saludaron y reconocieron por

su rey.[286]

LXXXVII. Así cuentan algunos el ambicioso artificio usado por Ebares,

si bien otros, pues andan en esto divididas las relaciones de los

persas, lo refieren de otra manera. Dicen que Ebares aplicó antes su

mano al vientre de la yegua, y la mantuvo cubierta entre sus vestidos,

pero al momento de apuntar el sol, cuando debían mover los caballos,

sacando su mano el caballerizo, la llevó a las narices del caballo, el

cual, percibiendo el olor, principió al punto a relinchar.

LXXXVIII. De este modo Darío, hijo de Histaspes, fue no solo proclamado

en Susa, sino reconocido también por rey de todos los vasallos del

Asia a quienes antes Ciro y después Cambises habían subyugado. Pero en

este número no deben entrar los árabes, que nunca prestaron vasallaje

y obediencia a los persas, si bien como amigos y aliados quisieron

dar paso a Cambises para el Egipto, al cual los persas no hubieran

podido embestir con sus tropas si los árabes se les hubieran opuesto.

Reconocido ya Darío rey de los persas, empezó sus nuevas alianzas,

tomando por esposas de primera clase a las dos hijas de Ciro, llamada

la una Atosa y la otra Aristona, aquella casada primero con su mismo

hermano Cambises, y después con el mago; esta doncella todavía. Casó

asimismo Darío con otra princesa real llamada Parmis, hija del infante

Esmerdis, y quiso también tener por esposa de primer orden a la hija de

Ótanes que había sido la primera en descubrir al mago impostor.[287]

Una vez que tuvo ya Darío seguro y afianzado el imperio en su persona,

mandó lo primero erigir por monumento de su nueva grandeza y fortuna

una estatua ecuestre de mármol con una inscripción grabada en ella

que decía: «Darío, hijo de Histaspes, por el valor de su caballo (al

cual nombraba allí por su propio nombre) y de su caballerizo Ebares,

adquirió el reino de los persas».

LXXXIX. Establecidas así las cosas entre los persas, señaló Darío 20

gobiernos que llaman satrapías, y nombrando en ellos sus sátrapas o

gobernadores, ordenó los tributos que debían pagársele, tasando cierta

cantidad para cada una de aquellas naciones tributarias. A este fin fue

reuniendo a cada nación algunos pueblos confinantes, que contribuyesen

juntamente con ella, y esta providencia tomada para las provincias más

cercanas la extendió a las gentes más remotas del imperio, encabezando

unas con otras para el reparto de los ingresos de la corona. La forma

guardada en la división de los gobiernos y en la distribución de los

tributos anuales fue la siguiente. Ante todo mandó a los pueblos que

solían contribuir con plata que le pagasen la contribución en talentos

babilónicos, y a los que con oro en talentos euboicos: el talento

babilónico corresponde a 70 minas euboicas.[288] En el reinado de

Ciro y en el inmediato de Cambises, no habiéndose fijado un arreglo

todavía ni determinado una tasa individual acerca de los tributos,

solían los pueblos contribuir a la corona con sus donativos; de suerte

que Darío fue el autor de la talla determinada, de lo cual y de otras

providencias de este género nació el dicho de los persas, que Darío

fue un mercader, Cambises un señor y Ciro un padre; pues aquel de todo

hacía comercio, el otro era áspero y descuidado, y este último muy

humano y solícito en hacerlos a todos felices.

XC. Volviendo al asunto, el primer gobierno ordenado por Darío se

componía de los jonios, de los magnesios del Asia, de los eolios,

de los carios, de los licios, de los milias y de los panfilios:

la contribución para la cual dichos pueblos juntamente estaban

empadronados subía a 400 talentos de plata. El segundo gobierno,

compuesto de los misios, lidios, lasonios, cabalios y los hiteneos,

contribuía con 400 talentos. El tercer gobierno, en que estaban

encabezados los pueblos del Helesponto que caen a la derecha del

que navega hacia el ponto Euxino, a saber, los frigios, los tracios

asiáticos, paflagonios, los mariandinos y los sirios,[289] cargaba

con 360 talentos de contribución. El cuarto gobierno, que comprendía

solo los cilicios, además de 360 caballos blancos que salían a uno por

día,[290] pagaba al rey 500 talentos de plata, de los cuales 140 se

quedaban allí para mantener la caballería apostada en las guarniciones

de Cilicia, y los 360 restantes iban al erario real de Darío.

XCI. El quinto gobierno, cargado con 350 talentos de imposición,

empezaba desde la ciudad de Posideo,[291] fundada por Anfíloco, hijo de

Anfiarao, en los confines de los cilicios y sirios, y llegando hasta el

Egipto, comprendía la Fenicia entera, la Siria que llaman Palestina,

y la isla de Chipre, no entrando sin embargo en este gobierno la

parte confinante de la Arabia, que era franca y privilegiada. El

sexto gobierno se componía del Egipto, de los libios sus vecinos, de

Cirene y de Barca, agregadas a este partido, y pagaba al erario real

700 talentos, y esto sin contar el producto que daba al rey la pesca

del lago Meris, ni tampoco el trigo que en raciones medidas se daba

a 120.000 soldados persas y a las tropas extranjeras a sueldo del

rey en Egipto, que suelen estar de guarnición en el fuerte blanco de

Menfis. En el séptimo gobierno estaban encabezados los satágidas, los

gandarios,[292] los dadicas y los aparitas que contribuían todos con

la suma de 170 talentos. Del octavo gobierno, compuesto de Susa y de

lo restante del país de los cisios, percibía el erario 300 talentos de

contribución.

XCII. Del nono gobierno, en que entraba Babilonia con lo restante de

la Asiria, sacaba el rey 1000 talentos de plata, y además 500 niños

eunucos. Del décimo gobierno, compuesto de Ecbatana con toda la Media,

de los paricanios y de los ortocoribantios, entraban en las rentas

reales 450 talentos. El undécimo gobierno componíanlo los caspios, los

pausicas, los pantimatos y los daritas, pueblos que unidos bajo un

mismo registro tributan al rey 200 talentos. Del duodécimo gobierno,

que desde los bactrianos se extendía hasta los eglos, se sacaban 360

talentos.[293]

XCIII. El decimotercio gobierno, formado de la Páctica, de los

armenios, y gentes comarcanas hasta llegar al ponto Euxino, redituaba

a las arcas del rey 400 talentos. Del decimocuarto gobierno, al cual

estaban agregados los sagartios, los sarangas, los tamaneos, los utios,

los micos y los habitantes de las islas del mar Eritreo, en las cuales

suele confinar el rey a los reos que llaman _deportados_, se percibían

600 talentos de contribución. Los sacas y los caspios, alistados en el

gobierno decimoquinto, contribuían con 250 talentos al año. Los partos,

los corasmios, los sogdos y los arios, que formaban el decimosexto,

pagaban al rey 300 talentos.[294]

XCIV. Los paricanios y etíopes del Asia empadronados en el

decimoséptimo gobierno pagaban al erario real 400 talentos. A los

matienos, a los saspires y a los alarodios, pueblos unidos en el

gobierno decimoctavo, se les había impuesto la suma de 200 talentos. A

los pueblos del decimonono, moscos, tibarenos, macrones, mosinecos y

marsos, se impusieron 300 talentos de tributo. El gobierno vigésimo, en

que están alistados los indios, nación sin disputa la más numerosa de

cuantas han llegado a mi noticia, paga un tributo más crecido que los

demás gobiernos, que consiste en 360 talentos de oro en polvo.[295]

XCV. Ahora, pues, reducido el talento de plata babilónico al talento

euboico, de las contribuciones apuntadas resulta la suma de 9880

talentos euboicos. Multiplicado después el talento de oro en grano

por 13 talentos de plata, dará esta partida la suma de 4680 talentos:

así que, hecha la suma total de dichos talentos, el tributo anual que

recogía Darío ascendía a 14.560 talentos euboicos, y esto sin incluir

en ella las partidas de quebrados.

XCVI. Estos eran los ingresos que Darío percibía del Asia y de algunas

pocas provincias de la Libia. Corriendo el tiempo, se le añadió el

tributo que después le pagaron, así las islas del Asia menor, como los

vasallos que llegó a tener en Europa, hasta la misma Tesalia. El modo

como guarda el persa sus tesoros en el erario, es derramar el oro y la

plata derretida en unas tinajas de barro hasta llenarlas, y retirarlas

después de cuajado el metal; de suerte que cuando necesita dinero va

cortando de aquellos pilones el oro y plata que para la ocasión hubiere

menester.

XCVII. Estos eran, repito, los gobiernos y las tallas de tributo

ordenadas por Darío. No he contado la Persia propia[296] entre las

provincias tributarias de la corona, por cuanto los persas en su país

son privilegiados e inmunes de contribución. Hablaré ahora de algunas

otras naciones, las cuales, si bien no tenían tributos impuestos,

contribuían al rey, sin embargo, con sus donativos regulares. Tales

eran los etíopes, confinantes con el Egipto, que tienen su domicilio

cerca de la sagrada Nisa, y celebran fiestas a Dioniso, los cuales,

como todos sus comarcanos, siguiendo el modo de vivir que los indios

llamados calantias, moran en las habitaciones subterráneas. Habiendo

sido conquistados por Cambises dichos etíopes y sus vecinos en la

expedición emprendida contra los otros etíopes macrobios, presentaban

entonces cada tercer año y presentan aún ahora sus donativos, reducidos

a dos _quénices_ de oro no acrisolado, a 200 maderos de ébano, a cinco

niños etíopes, y a veinte grandes dientes de elefante.[297] Tales eran

asimismo los colcos, que, juntamente con sus vecinos hasta llegar al

monte Cáucaso, eran contados entre los pueblos donatarios de la corona,

pues los dominios del persa terminan en el Cáucaso, desde el cual

todo el país que se extiende hacia el viento Bóreas en nada reconoce

su imperio. Los colcos, aun en el día, hacen al persa sus regalos de

cinco en cinco años, como homenajes concertados, que consisten en

cien mancebos y cien doncellas. Tales eran los árabes, finalmente,

que regalaban al rey cada año mil talentos de incienso: y estos eran,

además de los tributos, los donativos públicos que debían hacerse al

soberano.

XCVIII. Volviendo al oro en polvo que los indios, como decíamos, llevan

al rey en tan grande cantidad, explicaré el modo con que lo adquieren.

La parte de la India de la cual se saca el oro, y que está hacia donde

nace el sol, es toda un mero arenal; porque ciertamente de todos los

pueblos del Asia de quienes algo puede decirse con fundamento de

verdad y de experiencia, los indios son los más vecinos a la aurora,

y los primeros moradores del verdadero oriente o lugar del nacimiento

del sol, pues lo que se extiende más allá de su país y se acerca más

a Levante es una región desierta, totalmente cubierta de arena.[298]

Muchas y diversas en lenguaje son las naciones de los indios; unas son

de nómadas o pastores, otras no; algunas de ellas, viviendo en los

pantanos que forman allí los ríos, se alimentan de peces crudos que

van pescando con barcos de caña, pues hay allí cañas tales, que un solo

canuto basta para formar un barco. Estos indios de las lagunas visten

una ropa hecha de cierta especie de junco, que después de segado en los

ríos y machacado, van tejiendo a manera de estera, haciendo de él una

especie de petos con que se visten.

XCIX. Otros indios que llaman padeos y que habitan hacia la aurora, son

no solo pastores de profesión, sino que comen crudas las reses, y sus

usos se dice son los siguientes: Cualquiera de sus paisanos que llegue

a enfermar, sea hombre, sea mujer, ha de servirles de comida. ¿Es varón

el infeliz doliente? Los hombres que le tratan con más intimidad son

los que le matan, dando por razón que corrompido él con su mal llegaría

a corromper las carnes de los demás. El infeliz resiste y niega su

enfermedad; mas ellos por eso no le perdonan, antes bien lo matan y

hacen de su carne un banquete. ¿Es mujer la enferma? Sus más amigas y

allegadas son las que hacen con ella lo mismo que suelen los hombres

con sus amigos enfermos. Si alguno de ellos llega a la vejez, y son

pocos de este número, procuran quitarle la vida antes que enferme de

puro viejo, y muerto se lo comen alegremente.

C. Otros indios hay cuya costumbre es no matar animal alguno, no

sembrar planta ninguna, ni vivir en casas. Su alimento son las hierbas,

y entre ellas tienen una planta que la tierra produce naturalmente,

de la cual se levanta una vaina, y dentro de ella se cría una especie

de semilla del tamaño del mijo, que cogida con la misma vainilla van

comiendo después de cocida. El infeliz que entre ellos enferma se va

a despoblado y tiéndese en el campo, sin que nadie se cuide de él, ni

doliente ni después de muerto.

CI. El concúbito de todos estos indios mencionados, se hace en público,

nada más contenido ni modesto que el de los ganados. Todos tienen el

mismo color que los etíopes: el esperma que dejan en las hembras para

la generación no es blanco, como en los demás hombres, sino negro como

lo es el que despiden los etíopes. Verdad es que estos indios, los más

remotos de los persas y situados hacia el Noto, jamás fueron súbditos

de Darío.

CII. Otra nación de indios se halla fronteriza a la ciudad de Caspatiro

y a la provincia Páctica, y situada hacia el Bóreas, al norte de

los otros indios, la cual sigue un modo de vivir parecido al de los

bactrianos; y estos indios, los guerreros más valientes entre todos,

son los que destinan a la conducción y extracción del oro citado.[299]

Hacia aquel punto no es más el país que un arenal despoblado, y en él

se crían una especie de hormigas de tamaño poco menor que el de un

perro y mayor que el de una zorra, de las cuales cazadas y cogidas

allí se ven algunas en el palacio del rey de Persia. Al hacer estos

animales su hormiguero o morada subterránea, van sacando la arena a la

superficie de la tierra, como lo hacen en Grecia nuestras hormigas, a

las que se parecen del todo en la figura. La arena que sacan es oro

puro molido, y por ella van al desierto los indios señalados, del modo

siguiente: Unce cada uno a su carro tres camellos: los dos atados con

sogas a los dos extremos de las varas son machos, el que va en medio

es hembra. El indio montado sobre ella procura que sea madre y recién

parida y arrancada con violencia de sus tiernas crías, lo que no es

extraño, pues estas hembras son allí nada inferiores en ligereza a los

caballos y al mismo tiempo de robustez mucho mayor para la carga.

CIII. No diré aquí cuál sea la figura del camello por ser bien conocida

entre los griegos; diré, sí, una particularidad que no es tan sabida;

a saber, que el camello tiene en las piernas de detrás cuatro muslos y

cuatro rodillas, y que sus partes naturales miran por entre las piernas

hacia su cola.

CIV. Uncidos de este modo al carro los camellos, salen los indios

auríferos a recoger el oro, pero siempre con la mira de llegar al lugar

del pillaje en el mayor punto de los ardores del sol, tiempo en que se

sabe que las hormigas se defienden del excesivo calor escondidas en

sus hormigueros. Es de notar que los momentos en que el sol pica más y

se deja sentir más ardiente, no es a medio día como en otros climas,

sino por la mañana, empezando muy temprano, y subiendo de punto hasta

las diez del día, hora en que es mucho mayor el calor que se siente en

la India que no en Grecia al medio día, y por eso la llaman los indios

hora del baño. Pero al llegar al medio día, el calor que se siente

entre los indios es el mismo que suele sentirse en otros países. Por

la tarde, cuando empieza el sol a declinar, calienta allí del mismo

modo que en otras partes después de recién salido; mas después se va

templando de tal manera y refrescando el día, que al ponerse el sol se

siente ya mucho frío.[300]

CV. Apenas llegan los indios al lugar de la presa, muy provistos de

costales, los van llenando con la mayor diligencia posible, y luego

toman la vuelta por el mismo camino, en lo cual se dan tanta prisa,

porque las hormigas, según dicen ellos, los rastrean por el olor, y

luego que lo perciben salen a perseguirlos, y siendo, como aseguran,

de ligereza tal a que no llega animal alguno, si los indios no

cogieran la delantera mientras ellas se van reuniendo, ni uno solo

de los colectores de oro escapara con vida. En la huida los camellos

machos, siendo menos ágiles, se cansan antes que las hembras, y los van

soltando de la cuerda, primero uno y después otro, haciéndolos seguir

detrás del carro, al paso que las hembras, que tiran en las varas con

la memoria y deseo de sus crías, nada van aflojando de su corrida.

Esta, en suma, según nos lo cuentan los persas, es la manera con que

recogen los indios tanta abundancia de oro, sin faltarles con todo otro

oro, bien que en menor copia, sacado de las minas del país.

CVI. Advierto que a los puntos extremos de la tierra habitada les han

cabido en suerte las cosas más bellas y preciosas, así como a la Grecia

ha tocado la fortuna de lograr para sí las estaciones más templadas en

un cielo más dulce y apacible. Por la parte de Levante, la primera de

las tierras habitadas es la India, como acabo de decir, y desde luego

vemos allí que las bestias cuadrúpedas, como también las aves, son

mucho mayores que en otras regiones, a excepción de los caballos, que

en grandeza quedan muy atrás a los de Media llamados niseos.[301] En

segundo lugar, vemos en la India infinita copia de oro, ya sacado de

sus minas, ya revuelto por los ríos entre las arenas, ya robado, como

dije, a las hormigas. Lo tercero, encuéntranse allí ciertos árboles

agrestes que en vez de fruta llevan una especie de lana, que no solo en

belleza sino también en bondad aventaja a la de las ovejas, y sirve a

los indios para tejer sus vestidos.[302]

CVII. Por la parte de mediodía, la última de las tierras pobladas es la

Arabia, única región del orbe que naturalmente produce el incienso, la

mirra, la casia, el cinamomo y lédano, especies todas que no recogen

fácilmente los árabes, si se exceptúa la mirra. Para la cosecha del

incienso sírvense del sahumerio del estoraque, una de las drogas que

nos traen a Grecia los fenicios; y la causa de sahumarle al irlo a

recoger es porque hay unas sierpes aladas de pequeño tamaño y de color

vario por sus manchas, que son las mismas que a bandadas hacen sus

expediciones hacia el Egipto, las que guardan tanto los árboles del

incienso, que en cada uno se hallan muchas de ellas, y son tan amigas

de estos árboles que no hay medio de apartarlas sino a fuerza de humo

del estoraque mencionado.

CVIII. Añaden los árabes sobre este punto, que todo su país estuviera

a pique de verse lleno de estas serpientes si no cayera sobre ellas

la misma calamidad que, como sabemos, suele igualmente suceder a las

víboras, cosa en que deja verse, según nos persuade toda buena razón,

un insigne rasgo de la sabiduría y providencia divina, pues vemos que

a todos los animales tímidos a un tiempo por instinto y aptos para el

sustento común de la vida, los hizo Dios muy fecundos, sin duda a fin

de que, aunque comidos ordinariamente, no llegaran a verse del todo

consumidos; mientras los otros por naturaleza fieros y perjudiciales

suelen ser poco fecundos en sus crías.[303] Se ve esto especialmente

en las liebres y conejos, los cuales, siendo presa de las fieras y

aves de rapiña, y caza de los hombres, son una raza con todo tan

extremadamente fecunda, que preñada ya concibe de nuevo, en lo que

se distingue de cualquiera otro animal; y a un mismo tiempo lleva en

su vientre una cría con pelo, otra sin pelo aún, otra en embrión que

se va formando, y otra nuevamente concebida en esperma. Tal es la

fecundidad de la liebre y del conejo. Al contrario, la leona, fiera la

más valiente y atrevida de todas, pare una sola vez en su vida y un

cachorro solamente, arrojando juntamente la matriz al parirlo; y la

causa de esto es porque apenas empieza el cachorrito a moverse dentro

de la leona, cuando sus uñas, que tiene más agudas que ninguna otra

fiera, rasga la matriz, y cuanto más va después creciendo, tanto más la

araña con fuerza ya mayor, y por fin, vecino al parto, nada deja sano

en el útero, dejándolo enteramente herido y destrozado.

CIX. Así que si las víboras y sierpes voladoras de los árabes nacieran

sin fracaso alguno por su orden natural, no quedara hombre a vida

en aquel país. Pero sucede que al tiempo mismo del coito, cuando el

macho está arrojando la esperma, la mala hembra, asiéndole del cuello

y apretándole con toda su fuerza, no le suelta hasta que ha comido y

tragado su cabeza. Muere entonces el macho, mas después halla la hembra

su castigo en sus mismos hijuelos, que antes de nacer, como para vengar

a su padre, la van comiendo las entrañas, de modo que para salir a luz

se abren camino por el vientre rasgado de su misma madre. No sucede así

con las otras serpientes, en nada enemigas ni perjudiciales al hombre,

las que después de poner sus huevos van sacando una caterva sin número

de hijuelos. Respecto a las víboras, observamos que las hay en todos

los países del mundo; pero las sierpes voladoras solo en Arabia se ven

ir a bandadas, lo que las hace parecer muchas en número, y es cierto

que no se ven en otras regiones.

CX. Hemos referido el modo como los árabes recogen el incienso; he aquí

el que emplean para recoger la casia. Para ir a esta cosecha, antes

de todo se cubren no solo el cuerpo sino también la cara con cueros

y otras pieles, dejando descubiertos únicamente los ojos; porque la

casia, nacida en una profunda laguna, tiene apostados alrededor ciertos

alados avechuchos muy parecidos a los murciélagos, de singular graznido

y de muy gran fuerza, y así defendidos los árabes con sus pieles los

van apartando de los ojos mientras recogen su cosecha de casia.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 23 / 38 段