conferencias ordenadas a la mejor elección de un monarca; y ante todo
les pareció establecer que si la corona venía a recaer en alguno de
los seis, se obligara este a guardar a Ótanes y a toda su descendencia
el perpetuo privilegio de honrarse con la vestidura de los medos, y
enviarle asimismo los legítimos regalos que se miran entre los persas
como distinciones las más honoríficas. La causa de honrar a Ótanes
con esta singular prerrogativa fue por haber sido el principal autor
y cabeza de la conjuración contra el mago, aconsejándola a los demás
compañeros de la liga. Respecto al cuerpo de los siete confederados,
ordenaron: primero, que cualquiera de ellos, siempre que le pareciese,
tuviera franca la entrada en palacio, sin prevención ni ceremonia de
pasar antes recado, a no ser que el rey estuviese en su aposento en
compañía de sus mujeres: segundo, que el rey no pudiera tomar esposa
que no fuese de la familia de dichos confederados: finalmente, por lo
tocante al punto principal de la elección al trono, acordaron tomar el
medio de montar los seis a caballo en los arrabales de Susa, y nombrar
y reconocer por rey a aquel cuyo caballo relinchase el primero a la
salida del sol.
LXXXV. Tenía Darío un caballerizo hábil y perspicaz, por nombre Ebares,
al cual, apenas vuelto a su casa de la asamblea, hace llamar y habla
de este modo. «Hágote saber, Ebares, que para la elección de monarca
hemos resuelto que sea nuestro rey aquel cuyo caballo, estando cada uno
de nosotros montado en el suyo, fuere el primero en relinchar al nacer
el sol. Tiempo es ahora de que te valgas de tus tretas y recursos,
si algunos tienes, para hacer de todas maneras que yo y ningún otro
arrebate el premio de la corona». «Buen ánimo, señor, responde Ebares;
dadla ya por alcanzada y puesta sobre la cabeza; si nada más se exige,
y si en lo que decís consiste ser rey o no, albricias os pido, porque
ningún otro que vos lo será. Más vale maña que fuerza, y mañas hay
aquí y recursos para todo». «Manos a la obra, pues, replícale Darío;
si algún ardid sabes, tiempo es de usarlo sin perder un instante, pues
mañana mismo ha de decidirse la cuestión». Oído lo cual, practica
Ebares esta diligencia: venida la noche, toma una de las yeguas de su
amo, aquella cabalmente que movía y alborotaba más el amor del caballo
de Darío; llévala a los arrabales y la deja allí atada; vuelve después
conduciendo el caballo de Darío, hácele dar mil vueltas y revueltas
alrededor de la yegua, permitiéndole solo el acercarse a ella, hasta
que al cabo de largo rato le deja holgar libremente.
LXXXVI. Apenas empezó a rayar el alba al siguiente día, cuando los seis
grandes de Persia pretendientes de la corona, conforme a lo pactado, se
dejaron ver aparejados y prontos en sus respectivos caballos, e iban de
una a otra parte paseando por los arrabales, cuando no bien llegados a
aquel paraje donde la yegua había estado atada la noche anterior, dando
una corrida el caballo de Darío empieza sus relinchos. Al mismo tiempo
ven todos correr un rayo por el sereno cielo y oyen retumbar un trueno,
cuyos prodigios sucedidos a Darío fueron su inauguración para la
corona, de modo que los otros competidores, bajando del caballo a toda
prisa y doblando allí mismo la rodilla, le saludaron y reconocieron por
su rey.[286]
LXXXVII. Así cuentan algunos el ambicioso artificio usado por Ebares,
si bien otros, pues andan en esto divididas las relaciones de los
persas, lo refieren de otra manera. Dicen que Ebares aplicó antes su
mano al vientre de la yegua, y la mantuvo cubierta entre sus vestidos,
pero al momento de apuntar el sol, cuando debían mover los caballos,
sacando su mano el caballerizo, la llevó a las narices del caballo, el
cual, percibiendo el olor, principió al punto a relinchar.
LXXXVIII. De este modo Darío, hijo de Histaspes, fue no solo proclamado
en Susa, sino reconocido también por rey de todos los vasallos del
Asia a quienes antes Ciro y después Cambises habían subyugado. Pero en
este número no deben entrar los árabes, que nunca prestaron vasallaje
y obediencia a los persas, si bien como amigos y aliados quisieron
dar paso a Cambises para el Egipto, al cual los persas no hubieran
podido embestir con sus tropas si los árabes se les hubieran opuesto.
Reconocido ya Darío rey de los persas, empezó sus nuevas alianzas,
tomando por esposas de primera clase a las dos hijas de Ciro, llamada
la una Atosa y la otra Aristona, aquella casada primero con su mismo
hermano Cambises, y después con el mago; esta doncella todavía. Casó
asimismo Darío con otra princesa real llamada Parmis, hija del infante
Esmerdis, y quiso también tener por esposa de primer orden a la hija de
Ótanes que había sido la primera en descubrir al mago impostor.[287]
Una vez que tuvo ya Darío seguro y afianzado el imperio en su persona,
mandó lo primero erigir por monumento de su nueva grandeza y fortuna
una estatua ecuestre de mármol con una inscripción grabada en ella
que decía: «Darío, hijo de Histaspes, por el valor de su caballo (al
cual nombraba allí por su propio nombre) y de su caballerizo Ebares,
adquirió el reino de los persas».
LXXXIX. Establecidas así las cosas entre los persas, señaló Darío 20
gobiernos que llaman satrapías, y nombrando en ellos sus sátrapas o
gobernadores, ordenó los tributos que debían pagársele, tasando cierta
cantidad para cada una de aquellas naciones tributarias. A este fin fue
reuniendo a cada nación algunos pueblos confinantes, que contribuyesen
juntamente con ella, y esta providencia tomada para las provincias más
cercanas la extendió a las gentes más remotas del imperio, encabezando
unas con otras para el reparto de los ingresos de la corona. La forma
guardada en la división de los gobiernos y en la distribución de los
tributos anuales fue la siguiente. Ante todo mandó a los pueblos que
solían contribuir con plata que le pagasen la contribución en talentos
babilónicos, y a los que con oro en talentos euboicos: el talento
babilónico corresponde a 70 minas euboicas.[288] En el reinado de
Ciro y en el inmediato de Cambises, no habiéndose fijado un arreglo
todavía ni determinado una tasa individual acerca de los tributos,
solían los pueblos contribuir a la corona con sus donativos; de suerte
que Darío fue el autor de la talla determinada, de lo cual y de otras
providencias de este género nació el dicho de los persas, que Darío
fue un mercader, Cambises un señor y Ciro un padre; pues aquel de todo
hacía comercio, el otro era áspero y descuidado, y este último muy
humano y solícito en hacerlos a todos felices.
XC. Volviendo al asunto, el primer gobierno ordenado por Darío se
componía de los jonios, de los magnesios del Asia, de los eolios,
de los carios, de los licios, de los milias y de los panfilios:
la contribución para la cual dichos pueblos juntamente estaban
empadronados subía a 400 talentos de plata. El segundo gobierno,
compuesto de los misios, lidios, lasonios, cabalios y los hiteneos,
contribuía con 400 talentos. El tercer gobierno, en que estaban
encabezados los pueblos del Helesponto que caen a la derecha del
que navega hacia el ponto Euxino, a saber, los frigios, los tracios
asiáticos, paflagonios, los mariandinos y los sirios,[289] cargaba
con 360 talentos de contribución. El cuarto gobierno, que comprendía
solo los cilicios, además de 360 caballos blancos que salían a uno por
día,[290] pagaba al rey 500 talentos de plata, de los cuales 140 se
quedaban allí para mantener la caballería apostada en las guarniciones
de Cilicia, y los 360 restantes iban al erario real de Darío.
XCI. El quinto gobierno, cargado con 350 talentos de imposición,
empezaba desde la ciudad de Posideo,[291] fundada por Anfíloco, hijo de
Anfiarao, en los confines de los cilicios y sirios, y llegando hasta el
Egipto, comprendía la Fenicia entera, la Siria que llaman Palestina,
y la isla de Chipre, no entrando sin embargo en este gobierno la
parte confinante de la Arabia, que era franca y privilegiada. El
sexto gobierno se componía del Egipto, de los libios sus vecinos, de
Cirene y de Barca, agregadas a este partido, y pagaba al erario real
700 talentos, y esto sin contar el producto que daba al rey la pesca
del lago Meris, ni tampoco el trigo que en raciones medidas se daba
a 120.000 soldados persas y a las tropas extranjeras a sueldo del
rey en Egipto, que suelen estar de guarnición en el fuerte blanco de
Menfis. En el séptimo gobierno estaban encabezados los satágidas, los
gandarios,[292] los dadicas y los aparitas que contribuían todos con
la suma de 170 talentos. Del octavo gobierno, compuesto de Susa y de
lo restante del país de los cisios, percibía el erario 300 talentos de
contribución.
XCII. Del nono gobierno, en que entraba Babilonia con lo restante de
la Asiria, sacaba el rey 1000 talentos de plata, y además 500 niños
eunucos. Del décimo gobierno, compuesto de Ecbatana con toda la Media,
de los paricanios y de los ortocoribantios, entraban en las rentas
reales 450 talentos. El undécimo gobierno componíanlo los caspios, los
pausicas, los pantimatos y los daritas, pueblos que unidos bajo un
mismo registro tributan al rey 200 talentos. Del duodécimo gobierno,
que desde los bactrianos se extendía hasta los eglos, se sacaban 360
talentos.[293]
XCIII. El decimotercio gobierno, formado de la Páctica, de los
armenios, y gentes comarcanas hasta llegar al ponto Euxino, redituaba
a las arcas del rey 400 talentos. Del decimocuarto gobierno, al cual
estaban agregados los sagartios, los sarangas, los tamaneos, los utios,
los micos y los habitantes de las islas del mar Eritreo, en las cuales
suele confinar el rey a los reos que llaman _deportados_, se percibían
600 talentos de contribución. Los sacas y los caspios, alistados en el
gobierno decimoquinto, contribuían con 250 talentos al año. Los partos,
los corasmios, los sogdos y los arios, que formaban el decimosexto,
pagaban al rey 300 talentos.[294]
XCIV. Los paricanios y etíopes del Asia empadronados en el
decimoséptimo gobierno pagaban al erario real 400 talentos. A los
matienos, a los saspires y a los alarodios, pueblos unidos en el
gobierno decimoctavo, se les había impuesto la suma de 200 talentos. A
los pueblos del decimonono, moscos, tibarenos, macrones, mosinecos y
marsos, se impusieron 300 talentos de tributo. El gobierno vigésimo, en
que están alistados los indios, nación sin disputa la más numerosa de
cuantas han llegado a mi noticia, paga un tributo más crecido que los
demás gobiernos, que consiste en 360 talentos de oro en polvo.[295]
XCV. Ahora, pues, reducido el talento de plata babilónico al talento
euboico, de las contribuciones apuntadas resulta la suma de 9880
talentos euboicos. Multiplicado después el talento de oro en grano
por 13 talentos de plata, dará esta partida la suma de 4680 talentos:
así que, hecha la suma total de dichos talentos, el tributo anual que
recogía Darío ascendía a 14.560 talentos euboicos, y esto sin incluir
en ella las partidas de quebrados.
XCVI. Estos eran los ingresos que Darío percibía del Asia y de algunas
pocas provincias de la Libia. Corriendo el tiempo, se le añadió el
tributo que después le pagaron, así las islas del Asia menor, como los
vasallos que llegó a tener en Europa, hasta la misma Tesalia. El modo
como guarda el persa sus tesoros en el erario, es derramar el oro y la
plata derretida en unas tinajas de barro hasta llenarlas, y retirarlas
después de cuajado el metal; de suerte que cuando necesita dinero va
cortando de aquellos pilones el oro y plata que para la ocasión hubiere
menester.
XCVII. Estos eran, repito, los gobiernos y las tallas de tributo
ordenadas por Darío. No he contado la Persia propia[296] entre las
provincias tributarias de la corona, por cuanto los persas en su país
son privilegiados e inmunes de contribución. Hablaré ahora de algunas
otras naciones, las cuales, si bien no tenían tributos impuestos,
contribuían al rey, sin embargo, con sus donativos regulares. Tales
eran los etíopes, confinantes con el Egipto, que tienen su domicilio
cerca de la sagrada Nisa, y celebran fiestas a Dioniso, los cuales,
como todos sus comarcanos, siguiendo el modo de vivir que los indios
llamados calantias, moran en las habitaciones subterráneas. Habiendo
sido conquistados por Cambises dichos etíopes y sus vecinos en la
expedición emprendida contra los otros etíopes macrobios, presentaban
entonces cada tercer año y presentan aún ahora sus donativos, reducidos
a dos _quénices_ de oro no acrisolado, a 200 maderos de ébano, a cinco
niños etíopes, y a veinte grandes dientes de elefante.[297] Tales eran
asimismo los colcos, que, juntamente con sus vecinos hasta llegar al
monte Cáucaso, eran contados entre los pueblos donatarios de la corona,
pues los dominios del persa terminan en el Cáucaso, desde el cual
todo el país que se extiende hacia el viento Bóreas en nada reconoce
su imperio. Los colcos, aun en el día, hacen al persa sus regalos de
cinco en cinco años, como homenajes concertados, que consisten en
cien mancebos y cien doncellas. Tales eran los árabes, finalmente,
que regalaban al rey cada año mil talentos de incienso: y estos eran,
además de los tributos, los donativos públicos que debían hacerse al
soberano.
XCVIII. Volviendo al oro en polvo que los indios, como decíamos, llevan
al rey en tan grande cantidad, explicaré el modo con que lo adquieren.
La parte de la India de la cual se saca el oro, y que está hacia donde
nace el sol, es toda un mero arenal; porque ciertamente de todos los
pueblos del Asia de quienes algo puede decirse con fundamento de
verdad y de experiencia, los indios son los más vecinos a la aurora,
y los primeros moradores del verdadero oriente o lugar del nacimiento
del sol, pues lo que se extiende más allá de su país y se acerca más
a Levante es una región desierta, totalmente cubierta de arena.[298]
Muchas y diversas en lenguaje son las naciones de los indios; unas son
de nómadas o pastores, otras no; algunas de ellas, viviendo en los
pantanos que forman allí los ríos, se alimentan de peces crudos que
van pescando con barcos de caña, pues hay allí cañas tales, que un solo
canuto basta para formar un barco. Estos indios de las lagunas visten
una ropa hecha de cierta especie de junco, que después de segado en los
ríos y machacado, van tejiendo a manera de estera, haciendo de él una
especie de petos con que se visten.
XCIX. Otros indios que llaman padeos y que habitan hacia la aurora, son
no solo pastores de profesión, sino que comen crudas las reses, y sus
usos se dice son los siguientes: Cualquiera de sus paisanos que llegue
a enfermar, sea hombre, sea mujer, ha de servirles de comida. ¿Es varón
el infeliz doliente? Los hombres que le tratan con más intimidad son
los que le matan, dando por razón que corrompido él con su mal llegaría
a corromper las carnes de los demás. El infeliz resiste y niega su
enfermedad; mas ellos por eso no le perdonan, antes bien lo matan y
hacen de su carne un banquete. ¿Es mujer la enferma? Sus más amigas y
allegadas son las que hacen con ella lo mismo que suelen los hombres
con sus amigos enfermos. Si alguno de ellos llega a la vejez, y son
pocos de este número, procuran quitarle la vida antes que enferme de
puro viejo, y muerto se lo comen alegremente.
C. Otros indios hay cuya costumbre es no matar animal alguno, no
sembrar planta ninguna, ni vivir en casas. Su alimento son las hierbas,
y entre ellas tienen una planta que la tierra produce naturalmente,
de la cual se levanta una vaina, y dentro de ella se cría una especie
de semilla del tamaño del mijo, que cogida con la misma vainilla van
comiendo después de cocida. El infeliz que entre ellos enferma se va
a despoblado y tiéndese en el campo, sin que nadie se cuide de él, ni
doliente ni después de muerto.
CI. El concúbito de todos estos indios mencionados, se hace en público,
nada más contenido ni modesto que el de los ganados. Todos tienen el
mismo color que los etíopes: el esperma que dejan en las hembras para
la generación no es blanco, como en los demás hombres, sino negro como
lo es el que despiden los etíopes. Verdad es que estos indios, los más
remotos de los persas y situados hacia el Noto, jamás fueron súbditos
de Darío.
CII. Otra nación de indios se halla fronteriza a la ciudad de Caspatiro
y a la provincia Páctica, y situada hacia el Bóreas, al norte de
los otros indios, la cual sigue un modo de vivir parecido al de los
bactrianos; y estos indios, los guerreros más valientes entre todos,
son los que destinan a la conducción y extracción del oro citado.[299]
Hacia aquel punto no es más el país que un arenal despoblado, y en él
se crían una especie de hormigas de tamaño poco menor que el de un
perro y mayor que el de una zorra, de las cuales cazadas y cogidas
allí se ven algunas en el palacio del rey de Persia. Al hacer estos
animales su hormiguero o morada subterránea, van sacando la arena a la
superficie de la tierra, como lo hacen en Grecia nuestras hormigas, a
las que se parecen del todo en la figura. La arena que sacan es oro
puro molido, y por ella van al desierto los indios señalados, del modo
siguiente: Unce cada uno a su carro tres camellos: los dos atados con
sogas a los dos extremos de las varas son machos, el que va en medio
es hembra. El indio montado sobre ella procura que sea madre y recién
parida y arrancada con violencia de sus tiernas crías, lo que no es
extraño, pues estas hembras son allí nada inferiores en ligereza a los
caballos y al mismo tiempo de robustez mucho mayor para la carga.
CIII. No diré aquí cuál sea la figura del camello por ser bien conocida
entre los griegos; diré, sí, una particularidad que no es tan sabida;
a saber, que el camello tiene en las piernas de detrás cuatro muslos y
cuatro rodillas, y que sus partes naturales miran por entre las piernas
hacia su cola.
CIV. Uncidos de este modo al carro los camellos, salen los indios
auríferos a recoger el oro, pero siempre con la mira de llegar al lugar
del pillaje en el mayor punto de los ardores del sol, tiempo en que se
sabe que las hormigas se defienden del excesivo calor escondidas en
sus hormigueros. Es de notar que los momentos en que el sol pica más y
se deja sentir más ardiente, no es a medio día como en otros climas,
sino por la mañana, empezando muy temprano, y subiendo de punto hasta
las diez del día, hora en que es mucho mayor el calor que se siente en
la India que no en Grecia al medio día, y por eso la llaman los indios
hora del baño. Pero al llegar al medio día, el calor que se siente
entre los indios es el mismo que suele sentirse en otros países. Por
la tarde, cuando empieza el sol a declinar, calienta allí del mismo
modo que en otras partes después de recién salido; mas después se va
templando de tal manera y refrescando el día, que al ponerse el sol se
siente ya mucho frío.[300]
CV. Apenas llegan los indios al lugar de la presa, muy provistos de
costales, los van llenando con la mayor diligencia posible, y luego
toman la vuelta por el mismo camino, en lo cual se dan tanta prisa,
porque las hormigas, según dicen ellos, los rastrean por el olor, y
luego que lo perciben salen a perseguirlos, y siendo, como aseguran,
de ligereza tal a que no llega animal alguno, si los indios no
cogieran la delantera mientras ellas se van reuniendo, ni uno solo
de los colectores de oro escapara con vida. En la huida los camellos
machos, siendo menos ágiles, se cansan antes que las hembras, y los van
soltando de la cuerda, primero uno y después otro, haciéndolos seguir
detrás del carro, al paso que las hembras, que tiran en las varas con
la memoria y deseo de sus crías, nada van aflojando de su corrida.
Esta, en suma, según nos lo cuentan los persas, es la manera con que
recogen los indios tanta abundancia de oro, sin faltarles con todo otro
oro, bien que en menor copia, sacado de las minas del país.
CVI. Advierto que a los puntos extremos de la tierra habitada les han
cabido en suerte las cosas más bellas y preciosas, así como a la Grecia
ha tocado la fortuna de lograr para sí las estaciones más templadas en
un cielo más dulce y apacible. Por la parte de Levante, la primera de
las tierras habitadas es la India, como acabo de decir, y desde luego
vemos allí que las bestias cuadrúpedas, como también las aves, son
mucho mayores que en otras regiones, a excepción de los caballos, que
en grandeza quedan muy atrás a los de Media llamados niseos.[301] En
segundo lugar, vemos en la India infinita copia de oro, ya sacado de
sus minas, ya revuelto por los ríos entre las arenas, ya robado, como
dije, a las hormigas. Lo tercero, encuéntranse allí ciertos árboles
agrestes que en vez de fruta llevan una especie de lana, que no solo en
belleza sino también en bondad aventaja a la de las ovejas, y sirve a
los indios para tejer sus vestidos.[302]
CVII. Por la parte de mediodía, la última de las tierras pobladas es la
Arabia, única región del orbe que naturalmente produce el incienso, la
mirra, la casia, el cinamomo y lédano, especies todas que no recogen
fácilmente los árabes, si se exceptúa la mirra. Para la cosecha del
incienso sírvense del sahumerio del estoraque, una de las drogas que
nos traen a Grecia los fenicios; y la causa de sahumarle al irlo a
recoger es porque hay unas sierpes aladas de pequeño tamaño y de color
vario por sus manchas, que son las mismas que a bandadas hacen sus
expediciones hacia el Egipto, las que guardan tanto los árboles del
incienso, que en cada uno se hallan muchas de ellas, y son tan amigas
de estos árboles que no hay medio de apartarlas sino a fuerza de humo
del estoraque mencionado.
CVIII. Añaden los árabes sobre este punto, que todo su país estuviera
a pique de verse lleno de estas serpientes si no cayera sobre ellas
la misma calamidad que, como sabemos, suele igualmente suceder a las
víboras, cosa en que deja verse, según nos persuade toda buena razón,
un insigne rasgo de la sabiduría y providencia divina, pues vemos que
a todos los animales tímidos a un tiempo por instinto y aptos para el
sustento común de la vida, los hizo Dios muy fecundos, sin duda a fin
de que, aunque comidos ordinariamente, no llegaran a verse del todo
consumidos; mientras los otros por naturaleza fieros y perjudiciales
suelen ser poco fecundos en sus crías.[303] Se ve esto especialmente
en las liebres y conejos, los cuales, siendo presa de las fieras y
aves de rapiña, y caza de los hombres, son una raza con todo tan
extremadamente fecunda, que preñada ya concibe de nuevo, en lo que
se distingue de cualquiera otro animal; y a un mismo tiempo lleva en
su vientre una cría con pelo, otra sin pelo aún, otra en embrión que
se va formando, y otra nuevamente concebida en esperma. Tal es la
fecundidad de la liebre y del conejo. Al contrario, la leona, fiera la
más valiente y atrevida de todas, pare una sola vez en su vida y un
cachorro solamente, arrojando juntamente la matriz al parirlo; y la
causa de esto es porque apenas empieza el cachorrito a moverse dentro
de la leona, cuando sus uñas, que tiene más agudas que ninguna otra
fiera, rasga la matriz, y cuanto más va después creciendo, tanto más la
araña con fuerza ya mayor, y por fin, vecino al parto, nada deja sano
en el útero, dejándolo enteramente herido y destrozado.
CIX. Así que si las víboras y sierpes voladoras de los árabes nacieran
sin fracaso alguno por su orden natural, no quedara hombre a vida
en aquel país. Pero sucede que al tiempo mismo del coito, cuando el
macho está arrojando la esperma, la mala hembra, asiéndole del cuello
y apretándole con toda su fuerza, no le suelta hasta que ha comido y
tragado su cabeza. Muere entonces el macho, mas después halla la hembra
su castigo en sus mismos hijuelos, que antes de nacer, como para vengar
a su padre, la van comiendo las entrañas, de modo que para salir a luz
se abren camino por el vientre rasgado de su misma madre. No sucede así
con las otras serpientes, en nada enemigas ni perjudiciales al hombre,
las que después de poner sus huevos van sacando una caterva sin número
de hijuelos. Respecto a las víboras, observamos que las hay en todos
los países del mundo; pero las sierpes voladoras solo en Arabia se ven
ir a bandadas, lo que las hace parecer muchas en número, y es cierto
que no se ven en otras regiones.
CX. Hemos referido el modo como los árabes recogen el incienso; he aquí
el que emplean para recoger la casia. Para ir a esta cosecha, antes
de todo se cubren no solo el cuerpo sino también la cara con cueros
y otras pieles, dejando descubiertos únicamente los ojos; porque la
casia, nacida en una profunda laguna, tiene apostados alrededor ciertos
alados avechuchos muy parecidos a los murciélagos, de singular graznido
y de muy gran fuerza, y así defendidos los árabes con sus pieles los
van apartando de los ojos mientras recogen su cosecha de casia.