LII. Por abreviar la narración, mandó Periandro publicar un bando para

que nadie admitiera en su casa a su hijo ni le hablara palabra, so pena

de cierta multa pecuniaria que en él se imponía, pagadera al templo de

Apolo. En efecto, publicado ya este pregón, nadie hubo que le quisiera

saludar ni menos recibir en su casa, mayormente cuando el mismo joven

por su parte no tenía por bien solicitar a nadie para que contraviniera

al edicto de su padre, sino que sufriendo con paciencia la persecución

paterna, vivía bajo los portales de la ciudad, andando de unos a otros.

Cuatro días habían ya pasado, y viéndole el mismo Periandro transido

de hambre, desfigurado y sucio, no le sufrió más el corazón tratarle

con tanta aspereza; y así, aflojando su rigor, se le acercó y le habló

de esta manera: «¡Por vida de los dioses, hijo mío! ¿Cuándo acabarás

de entender lo que mejor te está, si el verte en la miseria en que te

hallas, o tener parte en las comodidades del principado que poseo,

solo con mostrarte dócil y obediente a tu padre? ¿Es posible que,

siendo tú hijo mío y señor de Corinto la rica y feliz, te afirmes en tu

obstinación y ciego de enojo contra tu mismo padre, a quien ni la menor

seña de disgusto debieras dar en tu semblante, quieras a pesar mío

vivir cual pordiosero? ¿No consideras, niño, que si alguna desgracia

hubo en nuestra casa, de resultas de la cual me miras sin duda con

tan malos ojos, yo soy el que llevé la peor parte de aquel mal, y que

pago ahora con usura la culpa que en ello cometí? Al presente bien has

podido experimentar cuánto más vale envidia que compasión, tocando a un

tiempo con las manos los inconvenientes de enemistarte con los tuyos

y con tus mayores y de resistirles tenazmente. Ea, vamos de aquí, y

al palacio en derechura». Así se explicaba Periandro con el obstinado

mancebo; pero el hijo no dio a su padre más respuesta que decirle

pagase luego a Apolo la multa en que acababa de incurrir por haberle

hablado. Con esto vio claramente Periandro que había llegado al extremo

el mal de su hijo, ni admitía ya cura ni remedio, y determinado desde

aquel punto a apartarlo de sus ojos, embarcándole en una nave le envió

a Córcira, de donde era también soberano. Pero queriendo vengar la

contumacia del hijo en la cabeza del que reputaba por autor de tanta

desventura, hizo la guerra a su suegro Procles, a quien cautivó después

de tomar por fuerza a Epidauro.

LIII. No obstante lo referido, como Periandro, corriendo el tiempo

y avanzando ya en edad, no se hallase con fuerzas para atender al

gobierno y despacho de los negocios del estado, envió a Córcira un

diputado que de su parte le dijera a Licofrón que viniese a encargarse

del mando; pues en el hijo mayor,[275] a quien tenía por hombre débil

y algo menguado, no reconocía talento suficiente para el gobierno.

Pero, caso extraño, el contumaz Licofrón no se dignó responder una

sola palabra al enviado de su padre: y con todo, el viejo Periandro,

más enamorado que nunca del mancebo, hizo que una hija suya partiese

a Córcira, esperando vencer al obstinado príncipe por medio de su

hermana, y conseguir el objeto de sus ansias y deseos. Llegada allá,

hablole así la hermana: «Dime, niño, por los dioses: ¿has de querer

que el mando pase a otra familia, y que la casa de tu padre se pierda,

antes que volver a ella para tomar las riendas del gobierno? Vente a

casa conmigo, y no más tenacidad contra tu mismo bien. No saber ceder

es de insensatos; no dejes curarte la uña, y vendrás a quedar cojo.

Más vale comúnmente un ajuste moderado cediendo cada cual algo de su

derecho, que andar siempre en litigios. ¿Ignoras que muchas veces

el ahínco en defender a la madre hace que se pierda la herencia del

padre? La corona es movediza, y tiene muchos pretendientes que no la

dejarán caer en tierra. Nuestro padre está ya viejo y decaído; ven

y no permitas que se alce un extraño con lo tuyo». Tales eran las

razones que la hija, bien prevenida y enseñada por su padre, proponía a

Licofrón, y eran, en efecto, las más eficaces y poderosas; y con todo

la respuesta del hijo se ciñó a manifestar que mientras supiera que

vivía en Corinto su padre, jamás seguramente volvería allá. Después que

la hija dio cuenta de su embajada, Periandro, por medio de un diputado

que tercera vez envió a su hijo, hízole decir de su parte que viniera

él a Corinto, donde le sucedería en el mando, que renunciaba a su

favor, queriendo él mismo pasar a Córcira. Admitido con esta condición

el partido, disponíanse entrambos para el viaje, el padre para pasar

a Córcira, el hijo para restituirse a Corinto. Noticiosos entretanto

los corcíreos de lo concertado, dieron muerte al joven Licofrón para

impedir que viniese a su isla el viejo Periandro.[276] Tal era, pues,

el atentado de que este tomaba satisfacción en los corcíreos.

LIV. Pero volviendo a tomar el hilo de la narración, después que los

lacedemonios desembarcaron en Samos sus numerosas tropas, desde luego

pusieron sitio a la ciudad. Avanzando después hacia los muros y pasando

más allá del frente que está junto al mar en los arrabales de la plaza,

salió Polícrates contra ellos con mucha gente armada y logró arrojarlos

de aquel puerto. Pero habiendo las tropas mercenarias y muchas de las

milicias de Samos salido de otro fuerte situado en la pendiente de

un monte vecino, sucedió que sostenido por algún tiempo el ataque de

los lacedemonios, fueron los samios al cabo deshechos y derrotados,

y no pocos quedaros muertos allí mismo en el alcance que seguían los

enemigos.

LV. Y si todos los lacedemonios allí presentes hubieran obrado con el

ardor con que en lo fuerte del alcance obraron dos de ellos, Arquias

y Licopas, Samos hubiera sido tomada sin falta en aquella refriega.

Mas por desgracia no fueron sino los dos los que en la retirada de los

samios tuvieron valor y osadía para seguirles hasta dentro de la misma

plaza; de donde, cerrado después el paso, no pudiendo salir, murieron

con las armas en la mano. No dejaré de notar de paso que hablé yo mismo

con cierto Arquias, nieto de aquel valiente de que arriba hablaba,

e hijo de Samio, habiéndole visto en Pitana, su propio pueblo.

Con ningunos huéspedes se esmeraba tanto este Arquias como con los

naturales de Samos, diciendo que por haber muerto en Samos su abuelo

como buen guerrero en el lecho del honor, pusieron a su padre el nombre

de Samio; y añadía que estimaba tanto y honraba a los de Samos, porque

honraron a su buen abuelo con pública sepultura.

LVI. Pasado ya 40 días de sitio, viendo los lacedemonios que nada

adelantaban en el cerco, dieron la vuelta al Peloponeso; acerca de lo

cual corre una fábula por cierto vana, ni aun bien tramada, según la

que, habiendo Polícrates acuñado gran cantidad de moneda de plomo con

una capa de oro, la dio a los lacedemonios, quienes aceptándola por

legítima y corriente, levantando el sitio se volvieron. Lo cierto es

que esta expedición fue la primera que los lacedemonios, pueblo de

origen dórico, hicieron contra el Asia.

LVII. Cuando los samios sublevados contra Polícrates vieron que

iban a quedar solos y desamparados de los lacedemonios, hiciéronse

también a la vela hacia Sifnos.[277] Movíales a este viaje la falta

de dinero, y la noticia de que los vecinos de aquella isla, que se

hallaba en el mayor auge a la sazón, eran sin duda los más ricos de

todos los isleños, a causa de las minas de oro y plata abiertas en su

isla, tan abundantes, que del diezmo del producto que de ellas les

resultaba, se ve en Delfos todavía un tesoro, por ellos ofrecido, que

no cede a ninguno de los más ricos y preciosos que en aquel templo se

depositaron. Los vecinos de Sifnos repartían entre sí el dinero que

las minas iban redituando. Al tiempo, pues, de amontonar en Delfos las

ofrendas de su tesoro, tuvieron la curiosidad de saber del oráculo si

les sería dado disfrutar sus minas por mucho tiempo, a cuya pregunta

respondió así la Pitia:

Cuando sea cándido el pritaneo

¡Oh Sifnos! y cándido tu foro,

Llama entonces intérprete que explique

El rojo nuncio y ejército de leño.

Y quiso la suerte que al acabar puntualmente los sifnios de adornar

su plaza y pritaneo con el blanco mármol de Paros, llegasen allá los

samios en sus naves.

LVIII. Mas los buenos sifnios nunca supieron atinar el sentido del

oráculo, ni luego de recibido, ni después de venidos los samios, aunque

estos, apenas llegados a la isla, destacaron hacia la ciudad una

nave de su escuadra, que, según se acostumbraba antiguamente en toda

embarcación, venía colorada y teñida de almagre. Esto era cabalmente

lo que la Pitia en su oráculo les prevenía, que se guardasen recelosos

del rojo nuncio y del ejército de madera. Llegados a la ciudad los

diputados de la armada samia, no pudiendo alcanzar de los sifnios un

préstamo de diez talentos que les pedían, sin más razones ni altercados

empezaron a saquear la tierra. Corrió luego la voz por toda la isla,

y saliendo armados los isleños a la defensa de sus propiedades,

quedaron en campo de batalla tan deshechos que a muchos se les cerró la

retirada hacia la plaza; y los samios, de resultas de esta victoria,

por no habérseles prestado diez talentos, exigieron ciento de multa y

contribución.

LIX. Con esta suma compraron poco después de los hermioneos la isla

Hidrea,[278] situada en las costas del Peloponeso, la cual entregaron

luego en depósito a los vecinos de Trecén, partiéndose de allí para

Creta, en la cual, aunque solo navegaban hacia esta isla con el

designio de arrojar de ella a los zacintios, fundaron con todo la

ciudad de Cidonia, donde, por el espacio de cinco años que moraron allí

de asiento, tuvieron tan próspera la fortuna que pudieron edificar los

templos que al presente quedan en Cidonia, entre los cuales se cuenta

el de Dictina. Llegado el sexto año de su colonia, sobrevínoles una

desgracia, pues habiéndoles vencido los eginetas en una batalla naval,

los hicieron, no menos que a los de Creta, prisioneros y esclavos;

y entonces fue cuando los vencedores, cortados los espolones de las

galeras apresadas, hechos en forma de jabalí, los consagraron a Atenea

en su templo de Egina. Tales hostilidades ejecutaron los eginetas

movidos de encono y enemistad jurada que tenían contra los samios,

quienes, en tiempo que Anfícrates reinaba en Samos, habían hecho y

sufrido también iguales hostilidades en la guerra contra Egina, de

donde se originaron tantas otras.

LX. Algo más de lo regular me voy dilatando al hablar de los samios,

por parecerme que son a ello acreedores, atendida la magnificencia de

tres monumentos, a los cuales no iguala ningún otro de los griegos.

Por las entrañas de un monte que tiene 150 orgias de altura abrieron

una mina o camino subterráneo, al cual hicieron dos bocas o entradas.

Empezaron la obra por la parte inferior del monte, y el camino cubierto

que allí abrieron tiene de largo siete estadios, ocho pies de alto,

y otros tantos de ancho. A lo largo de la mina, excavaron después un

conducto de 28 codos de profundidad y de tres pies de anchura, por

dentro de la cual corre acanalada en sus arcaduces el agua que, tomada

desde una gran fuente, llega hasta la misma ciudad. El arquitecto de

este foso subterráneo, que sirviera de acueducto, fue Eupalino el

megareo, hijo de Naustrofo. Este es uno de los tres monumentos de

Samos. El otro es su muelle, terraplén levantado dentro del mar, que

tendrá 20 orgias de alto y más de dos estadios de largo. El tercero

es un magnífico templo, el mayor realmente de cuantos he alcanzado a

ver hasta ahora, cuyo primer arquitecto fue Reco, natural de Samos e

hijo de Files.[279] En atención a estos monumentos me he extendido en

referir los hechos de los samios.

LXI. Pero será ya tiempo que volvamos a Cambises, hijo de Ciro,

contra quien, mientras holgaba despacio en Egipto haciendo atentados

y locuras, se levantaron con el mando del imperio dos hermanos magos,

a uno de los cuales, llamado Paticites, había dejado el rey en su

ausencia por mayordomo o gobernador de su palacio. Movió al mago a

sublevarse la cierta noticia que tenía de la muerte del príncipe

Esmerdis, la que se procuraba mantener tan oculta y secreta que,

siendo pocos los sabedores de ella, creían los persas generalmente

que el príncipe vivía y gozaba de salud: valiose, pues, el mago del

secreto tomando las siguientes medidas para alzarse con la corona.

Tenía otro hermano mago con quien se unió para urdir la traición y

levantamiento, y brindábale para la empresa el ver que su hermano

era del todo parecido, no solo en el semblante, sino aun en el mismo

nombre, al hijo de Ciro, Esmerdis, muerto secretamente por orden de su

hermano Cambises. Soborna, pues, un mago a otro, Paticites a Esmerdis;

ofrécele allanar las dificultades todas, llévalo consigo de la mano y

le coloca en el trono real de Persia. Toma luego la providencia de

despachar correos no solo a las demás provincias del imperio, sino

también destina uno al Egipto, encargado de intimar públicamente a todo

el ejército que de allí en adelante nadie obedezca ni reconozca por

soberano a Cambises, sino solamente a Esmerdis, hijo de Ciro.[280]

LXII. Fueron, en efecto, los otros correos publicando su pregón por

todos los puntos adonde habían sido destinados. El que corría al

Egipto, hallando de camino en Ecbatana, lugar de la Siria,[281] a

Cambises, de vuelta ya con toda la gente de armas, y colocándose allí

en medio del campo a vista de todas las tropas, pregonó las órdenes

que de parte del mago traía. Oyó Cambises el pregón de boca del mismo

correo, y persuadido de que sucedía realmente lo que pregonaba, creyó

que Prexaspes, enviado antes a Persia con el encargo de dar muerte

a Esmerdis, su hermano, no cumpliendo sus órdenes, le había hecho

traición. Volviéndose, pues, a Prexaspes, a quien tenía cerca de su

persona: «¿Así, le dijo, cumpliste, oh Prexaspes, con las órdenes que

te di?». «Señor, responde aquel, os juro que es falso y que miente

ese pregonero diciendo que Esmerdis se os ha sublevado. A fe de buen

vasallo, os repito que nada, ni poco ni mucho, tendréis que temer de

él: bien sabe el cielo que yo con mis propias manos le di sepultura,

después de ejecutado lo que me mandasteis. Si es verdad que los muertos

resucitan así, aun del medo Astiages podéis recelar no se os alce con

el imperio, antes suyo; pero si las cosas de los muertos continúan en

ir como han ido hasta ahora, estad bien seguro que no se levantará del

sepulcro para subir al trono vuestro Esmerdis. Lo que debemos hacer

ahora en mi concepto es apoderarnos luego de ese correo, y averiguar

de parte de quién viene a intimarnos que reconozcamos a Esmerdis por

soberano».

LXIII. Pareció bien a Cambises lo que Prexaspes decía, y apenas acabó

de oírle, llama ante sí al correo y, venido este, pregúntale Prexaspes:

«Oh tú, que nos dices venir acá enviado por Esmerdis, hijo de Ciro,

di por los dioses la verdad en una sola cosa y vuélvete en hora

buena. Dinos, pues: ¿fue acaso el mismo Esmerdis quien te dio esas

órdenes cara a cara, o fue alguno de sus criados?». «En verdad, señor,

respondiole el correo, que después de la partida del rey Cambises para

Egipto nunca más he visto por mis ojos al príncipe Esmerdis, hijo de

Ciro. El que me dio la orden fue aquel mago a quien dejó Cambises por

mayordomo de palacio, diciéndome que Esmerdis, hijo de Ciro, mandaba

que os pregonase las órdenes que traigo». Así les habló el enviado sin

faltar un punto a la verdad, y vuelto entonces Cambises a su privado:

«Bien veo, Prexaspes, le dijo, que a fuer de buen vasallo cumpliste con

lo que te mandó tu soberano, y nada tengo de qué acusar de tu conducta.

¿Pero quién podrá ser ese persa rebelde que alzándose con el nombre de

Esmerdis se atreve a mi reino?». «Señor, dijo Prexaspes, difícil será

que no adivine la trama. Los rebeldes, os digo, son dos magos; uno el

mago Paticites, el gobernador que dejasteis en palacio, y el otro el

mago Esmerdis, su hermano, tan traidor como él».

LXIV. Apenas oyó Cambises el nombre de Esmerdis, diole un gran salto

el corazón, herido de repente, así con la sinceridad de la narración,

como con la verdad de aquel antiguo sueño en que durmiendo le pareció

ver a un mensajero que le decía, que sentado Esmerdis sobre un trono

real llegaba al cielo con su cabeza. Entonces fue el ponerse a llorar

muy de veras y lamentar al desgraciado Esmerdis, viendo cuán en balde

y con cuánta sin razón había hecho morir al príncipe su hermano.

Entonces fue también cuando al cesar de plañir y lamentar en tono el

más triste la desventura que con todo su peso le oprimía, montó de un

salto sobre su caballo, como quien no veía la hora de partir a Susa

con su gente para destronar al mago. Pero quiso su hado adverso que al

ir a montar con ímpetu y sin algún miramiento, tirando hacia abajo con

su mismo peso el puño del alfanje, sacase la hoja fuera de la vaina,

y que el alfanje desenvainado por sí mismo hiriese a Cambises en el

muslo. Luego que se vio herido en la parte misma del cuerpo en que

antes había herido al dios de los egipcios, Apis, pareciéndole mortal

la herida, preguntó por el nombre de la ciudad en que se hallaba, y se

le dijo llamarse Ecbatana. No carecía de misterio la pregunta, pues un

oráculo venido de la ciudad de Butona había antes anunciado a Cambises

que vendría a morir en Ecbatana, la cual tomaba este por su Ecbatana

de Media, donde tenía todos sus entretenimientos y delicias, y en la

cual se lisonjeaba echando largas cuentas que vendría a morir en una

edad avanzada; pero el oráculo no hablaba sino de otra Ecbatana, ciudad

de la Siria.[282] Al resonar, pues, en sus oídos el nombre fatal de la

ciudad, vuelto en sí Cambises de su locura, aturdido en parte por la

desgracia de verse destronado por un mago, y en parte desesperado por

sentirse herido de muerte, comprendió por fin el sentido del oráculo

aciago, y dijo estas palabras: «¡Aquí quieren los dioses, aquí los

hados, que acabe Cambises, hijo de Ciro!».

LXV. Nada más aconteció por entonces; pero unos veinte días después,

convocados los grandes señores de la Persia que cerca de sí tenía,

hízoles Cambises este discurso: «Persas míos, vedme al cabo en el lance

apretado de confesaros en público lo que más que cosa alguna deseaba

encubriros. Habéis de saber que allá en Egipto tuve entre sueños una

fatal visión, que ojalá nunca hubiera soñado, la cual me figuraba que

un mensajero enviado de mi casa me traía el aviso de que Esmerdis,

subido sobre un trono real, se levantaba más allá de las nubes y tocaba

al cielo con su cabeza. Confiésoos, señores, que el miedo que mi sueño

me infundió de verme algún día privado del imperio por mi hermano, me

hizo obrar con más presteza que acuerdo; y así debió suceder, pues

no cabe en hombre nacido el poder estorbar el destino fatal de las

estrellas. ¿Qué hice, ¡insensato!, al despertar de mi sueño? Envío

luego a Susa a ese mismo Prexaspes con orden de dar muerte a Esmerdis.

Desembarazado ya de mi soñado rival por medio de un hecho impío y

atroz, vivía después seguro y quieto sin imaginar jamás que, muerto una

vez mi hermano, persona alguna pudiera levantarse con mi corona. Mas,

¡ay de mí, desventurado!, que no atiné con lo que había de sucederme,

porque después de haber sido fratricida y de violar los derechos más

sagrados, me veo con todo destronar ahora de mi imperio. Ese vil era

el mago Esmerdis, aquel que entre sueños no sé qué dios me hizo ver

rebelde. Yo mismo fui el homicida de mi hermano, os vuelvo a confesar,

para que nadie de vosotros imagine que vive y reina el príncipe

Esmerdis, hijo de Ciro. Dos magos son, señores, los que se alzan con

el imperio; uno el mismo a quien dejé en casa de mayordomo, otro su

hermano llamado Esmerdis; y en esto no cabe duda, pues aquel hermano

mío, el buen príncipe Esmerdis, que en este lance debiera ser y fuera

sin duda el primero en vengarme de los magos, murió ya, os lo juro por

ese mismo dolor de que me siento acabar, y murió el infeliz con una

muerte la más impía que se conozca, procurada por la persona que más

allegada tenía sobre la tierra. Ahora, oh persas míos, en falta de mi

buen hermano, a vosotros es a quienes debo volverme como a segundos

herederos del imperio persa, y también de mi legítima venganza, que

quiero toméis después de mi propia muerte. Invoco, pues, a los dioses

tutelares de mi corona, y aquí en presencia de ellos, en esta mi

última disposición, os mando a todos vosotros, oh persas, en común,

y a vosotros, oh mis aqueménidas que estáis aquí presentes, muy en

particular, que nunca sufráis que vuelva vuestro imperio a los medos:

no, jamás, sino que si con engaño lo han adquirido, con engaño quiero

que se lo quitéis; si con fuerza os lo usurparon, con fuerza os mando

se lo arranquéis. Desde ahora para entonces suplico a los dioses que

si así lo hiciereis, os confirmen la libertad junto con la soberanía,

la abundancia en los frutos de la campiña, la fecundidad en los partos

de vuestras mujeres, la abundancia en vuestras crías y rebaños. Pero

si no recobraseis el imperio, o no tomaseis la empresa con la mayor

actividad, desde este momento invoco contra vosotros a todos los dioses

del universo, y convierto todos mis votos primeros en otras tantas

imprecaciones contra la nación persa entera; añadiendo la maldición

de que tenga cada uno de vosotros un fin tan desastroso como el que

muy presto voy a tener».[283] Dijo Cambises, y lamentando después su

desventura, abominó todas las acciones de su vida.

LXVI. Los persas circunstantes, al ver a su rey entregado a la amargura

y al más deshecho llanto, rasgan todos sus vestiduras, y prorrumpen

en sollozos y confusos lamentos. Poco después, como la llaga se fuese

encancerando a toda prisa y hubiese ya penetrado hasta el mismo hueso,

se pudrió todo el muslo; y Cambises, hijo de Ciro, acabó sus días allí

mismo, sin dejar prole alguna, ni varón, ni hembra, después de un

reinado de siete años y cinco meses. Muerto Cambises, apoderose desde

luego del ánimo de los persas allí presentes una vehemente sospecha de

que sería falsa la nueva de que los magos se hubiesen alzado con el

mando, inclinándose antes a creer que cuanto Cambises les había dicho

sobre la muerte de Esmerdis era una mera ficción y maliciosa calumnia

urdida adrede para enemistar con el príncipe todo el nombre persa;

de suerte que pensaban que Esmerdis, hijo de Ciro, y no otro, era en

realidad quien había subido al trono, mayormente viendo que Prexaspes

negaba tenazmente haber puesto sus manos en el príncipe, obligado a

ello por conocer bien claro que, muerto una vez Cambises, no podía ya

buenamente confesar haber sido el verdugo de un infante de Persia, hijo

de Ciro.

LXVII. Con esto, el mago intruso en el trono, abusando del nombre

del príncipe Esmerdis, su tocayo, reinó tranquilo los siete meses

que faltaban para que se cumpliera el octavo año del reinado de

Cambises.[284] En este corto espacio de tiempo se esmeró en hacer

mercedes y gracias a todos sus vasallos, de modo que los pueblos del

Asia en general, exceptuados solamente los persas, después de su

fallecimiento lo echaron de menos muy de veras y por muchos días.

Habíase particularmente conciliado el mago el amor de los súbditos

con escribir, luego de subido al trono, a todas las naciones de sus

dominios, que por espacio de tres años concedía generalmente que nadie

sirviese en la milicia ni le pagase tributo alguno.

LXVIII. Llegado el octavo mes de su reinado, descubriose la impostura

del mago del siguiente modo: Ótanes, hijo de Farnaspes, señor muy

principal que ni en nobleza ni menos en riqueza cedía a ninguno de

los grandes de Persia, fue el primero que vino poco a poco a sospechar

dentro de sí que el monarca reinante era Esmerdis el mago, y no el

hijo de Ciro. En dos razones fundaba su sospecha: una en que el rey

nunca salía del recinto de la ciudad; otra en que jamás admitía a

su presencia ningún persa de alguna consideración; y movido de esta

idea y recelo, aplicose muy de propósito a averiguar la verdad del

caso. Fedima, hija de Ótanes, había sido antes una de las mujeres de

Cambises, y continuaba entonces en serlo del mago, encerrada en el

serrallo del rey con todas las demás que fueron de su antecesor. Envía,

pues, Ótanes un mensaje a su hija pidiéndole le diga si el rey con

quien ella duerme es Esmerdis, hijo de Ciro, o algún otro personaje; a

lo cual manda ella contestar que ignora con quien duerme, puesto que

nunca antes había visto al príncipe Esmerdis, ni sabe al presente quién

sea su marido. Envíale Ótanes segundo recado en estos términos: «Mujer,

pues que no conoces al hijo de Ciro, puedes al menos preguntar a la

princesa Atosa con qué marido, así ella como tú, estáis casadas, pues

que Atosa no puede menos de conocer bien a su mismo hermano, el infante

Esmerdis». «Pues qué, replicó Fedima a su padre, ¿puedo abocarme con

Atosa, ni verme con ninguna de las mujeres del serrallo? Apenas este

rey, sea quien quiera, tomó posesión de la corona, se nos separó al

punto unas de otras, cada cual en su propio aposento».

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 21 / 38 段