XXXIV. Además de sus deudos, enfureciose también contra los demás

persas el insano Cambises, según harto lo manifiesta lo que, como

dicen, sucedió con Prexaspes, su íntimo privado, introductor de los

recados, mayordomo de sala, cuyo hijo era su copero mayor, empleo de no

poca estima en palacio. Hablole, pues, Cambises en esta forma: «Dime,

Prexaspes: ¿qué concepto tienen formado de mí los persas?, ¿con qué

ojos me miran?, ¿qué dicen de mi?». «Grandes son, señor, respondió

Prexaspes, los elogios que de vos hacen los persas; solo una cosa no

alaban, diciendo que gustáis algo del vino». Apenas hubo dicho esto

acerca de la opinión de los persas, cuando fuera de sí de cólera,

replicole Cambises: «¿Y eso es lo que ahora me objetan? ¿Eso dicen de

mí los persas, que tomado del vino pierdo la razón? Mentían, pues, en

lo que antes decían». Con estas palabras aludía Cambises a otro caso

antes acaecido: hallándose una vez con sus ministros y consejeros, y

estando también Creso en la asamblea de los persas, preguntoles el rey

cómo pensaban de su persona y si le miraban los vasallos por igual a

su padre Ciro. Respondiéronle sus consejeros que hacía ventajas aun

a Ciro, cuyos dominios no solo conservaba en su obediencia, sino que

les había añadido las conquistas del Egipto y de las costas del mar.

Creso, presente a la junta y poco satisfecho de la respuesta que oía

de boca de los persas, vuelto hacia Cambises le dijo: «Pues a mí no me

parecéis, hijo del gran Ciro, ni igual ni semejante a vuestro padre,

cuando todavía no nos habéis sabido dar un hijo tal y tan grande como

Ciro nos lo supo dejar en vos». Cayó en gracia a Cambises la fina

lisonja de Creso, y celebrola por discreta.

XXXV. Haciendo, pues, memoria de este suceso anterior, Cambises, lleno

entonces de enojo, continuó su diálogo con Prexaspes. «Aquí mismo,

pues, quiero que veas con tus ojos si los persas aciertan o desatinan

en decir que pierdo la razón. He aquí la prueba que he de hacer: voy

a disparar una flecha contra tu hijo, contra ese mismo que está ahí

en mi antesala: si le diere con ella en medio del corazón, será señal

de que los persas desatinan; pero si no la clavare en medio de él, yo

mismo me daré por convencido de que aciertan en lo que de mí dicen, y

que yo soy el que no atino». Dice, apunta su arco, y tira contra el

mancebo: cae este, y mándale abrir Cambises para registrar la herida.

Apenas halló la flecha bien clavada en medio del corazón, dio una

gran carcajada, y habló así con el padre del mancebo, presente allí a

la anatomía del hijo: «¿No ves claramente, Prexaspes, que no soy yo

quien, perdido el juicio, no atina, sino los persas los que van fuera

de tino y razón? Y si no, dime ahora: ¿viste jamás otro que así sepa

dar en el blanco, como yo he sabido darle en medio del corazón?».

Bien conoció Prexaspes que estaba el rey totalmente fuera de sí, y

temeroso de que no convirtiera contra él mismo su furor: «Señor, le

dice, os juro que la mano misma de Dios no pudo ser más certera». No

hubo más por entonces; pero después, en otro sitio y ocasión, hizo el

furioso Cambises otra barbarie semejante con doce persas principales,

mandándolos enterrar vivos y cabeza abajo, sin haber ellos dado motivo

en cosa de importancia.

XXXVI. Viendo, pues, Creso el lidio los atroces desafueros que iba

cometiendo Cambises, pareciole sería bien darle un aviso, y así

abocándose con él: «Señor, le dice, no conviene soltar la rienda a la

dulce ira de la juventud, antes es mejor tirarla, reprimiéndoos a vos

mismo. Bueno es prever lo que pueda llegar, y mejor aún prevenirlo:

vos, señor, dais la muerte a muchos hombres, la dais también a algunos

mozos vuestros, sin haber sido antes hallados reos, ni convencidos de

culpa alguna notable: los persas quizá, si continuáis en esa conducta,

se os podrán sublevar. Me perdonaréis esta libertad que tomo en

atención a que Ciro vuestro padre, con las mayores veras, me encargó

que cuando lo juzgase necesario os asistiese con mis prevenciones y

avisos». Aconsejábale Creso con mucho amor y cortesía; pero Cambises le

contestó con esta insolencia: «Y tú, Creso, ¿tienes osadía de avisar

y aconsejar a Cambises? ¿Tú que tan bien supiste mirar por tu casa y

corona; tú que tan buen expediente diste a mi padre, aconsejándole que

pasara el Araxes contra los maságetas cuando querían pasar a nuestros

dominios? Dígote que con tu mala política te perdiste a ti, juntamente

con tu patria, y con tu elocuencia engañaste a Ciro y acabaste con la

vida de mi padre. Pero ya es tiempo que no te felicites más por ello,

pues mucho hace ya que con un pretexto cualquiera debiera yo haberme

librado de ti». No bien acaba de hablar en este tono, cuando va por su

arco para dispararlo contra Creso; pero este, anticipándosele, sale

corriendo hacia fuera. Cambises, viendo que no puede alcanzarle ya con

sus flechas, ordena a gritos a sus criados que cojan y maten a aquel

hombre; pero ellos, que tenían bien conocido a su amo, y profundamente

sondeado su variable humor, tomaron el partido de ocultar entretanto

a Creso. Su mira era cauta y doble, o bien para volver a presentar

a Creso vivo y salvo, en caso de que Cambises arrepentido lo echara

menos, esperanzados de ganar entonces albricias por haberle salvado,

o bien de darle muerte después, caso de que el rey, sin mostrar pesar

por su hecho, no deseara que Creso viviese. No pasó, en efecto, mucho

tiempo sin que Cambises deseara de nuevo la compañía y gracia de Creso;

sábenlo los familiares, y le dan alegres la nueva de que tenían vivo a

Creso todavía. «Mucho me alegro, dijo Cambises al oírlo, de la vida y

salud de mi buen Creso; pero vosotros que me lo habéis conservado vivo

no os alegraréis por ello, pues pagaréis con la muerte la vida que le

habéis dado». Y como lo dijo lo ejecutó.

XXXVII. De esta especie de atentados, no menos locos que atroces, hizo

otros muchos Cambises, así con sus persas, como con los aliados de la

corona en el tiempo que se detuvo en Menfis, donde con nota de impío

iba abriendo los antiguos monumentos y diciendo mil gracias insolentes

y donosas contra las momias egipcias. Entonces fue también cuando entró

en el templo de Hefesto, y se divirtió en él, haciendo burla y mofa

de su ídolo, tomando ocasión de su figurilla, muy parecida en verdad

a los dioses _Pataicos_ fenicios que en las proas de sus naves suelen

llevar los de Fenicia. Estos dioses, por si acaso alguno jamás los vio,

voy a dibujarlos aquí en un rasgo solo, con decir que son unos muñecos

u hombres pigmeos. Quiso asimismo Cambises entrar en el templo de los

Cabiros,[266] donde nadie más que a su sacerdote es lícita la entrada;

con cuyas estatuas tuvo mucho que reír y mofar, haciendo después del

escarnio que las quemaran. Estas estatuas vienen a ser como la de

Hefesto, de quien se dice son hijos los Cabiros.

XXXVIII. Por fin, para hablar con franqueza, Cambises me parece a

todas luces un loco insensato; de otro modo, ¿cómo hubiera dado en la

ridícula manía de escarnecer y burlarse de las cosas sagradas y de los

usos religiosos? Es bien notorio lo siguiente: que si se diera elección

a cualquier hombre del mundo para que de todas las leyes y usanzas

escogiera para sí las que más le complacieran, nadie habría que al

cabo, después de examinarlas y registrarlas todas, no eligiera las de

su patria y nación. Tanta es la fuerza de la preocupación nacional, y

tan creídos están los hombres que no hay educación, ni disciplina, ni

ley, ni moda como la de su patria. Por lo que parece que nadie sino un

loco pudiera burlarse de los usos recibidos de que se burlaba Cambises.

Dejando aparte mil pruebas de que tal es el sentimiento común de los

hombres, mayormente en lo que mira a las leyes y ceremonias patrias, el

siguiente caso puede confirmarlo muy señaladamente. En cierta ocasión

hizo llamar Darío a unos griegos, sus vasallos, que cerca de sí tenía,

y habiendo comparecido luego, les hace esta pregunta: «¿Cuánto dinero

querían por comerse a sus padres al acabar de morir?». Respondiéronle

luego que por todo el oro del mundo no lo harían. Llama inmediatamente

después a unos indios titulados calatias, entre los cuales es uso común

comer el cadáver de sus propios padres: estaban allí presentes los

griegos, a quienes un intérprete declaraba lo que se decía: venidos los

indios, les pregunta Darío cuánto querían por permitir que se quemaran

los cadáveres de sus padres; y ellos luego le suplicaron a gritos que

no dijera por los dioses tal blasfemia. ¡Tanta es la prevención a favor

del uso y de la costumbre! De suerte que cuando Píndaro hizo a la

costumbre árbitra y déspota de la vida, habló a mi juicio como filósofo

más que como poeta.

XXXIX. Pero dejando reposar un poco al furioso Cambises, al mismo

tiempo que hacía su expedición contra el Egipto, emprendían otra los

lacedemonios hacia Samos[267] contra Polícrates, hijo de Eaces, que en

aquella isla se había levantado. Al principio de su tiranía, dividido

en tres partes el estado, repartió una a cada uno de sus dos hermanos;

pero poco después reasumió el mando de la isla entera, dando muerte

a Pantagnoto, uno de ellos, y desterrando al otro, Silosonte, el más

joven de los tres. Dueño ya único y absoluto del estado, concluyó un

tratado público de amistad y confederación con Amasis, rey de Egipto,

a quien hizo presentes y de quien asimismo los recibió. En muy poco

tiempo subieron los asuntos de Polícrates a tal punto de fortuna y

celebridad, que así en Jonia como en lo restante de Grecia, se oía solo

en boca de todos el nombre de Polícrates, observando que no emprendía

expedición alguna en que no le acompañase la misma felicidad. Tenía,

en efecto, una armada naval de 100 _pentecónteros_, y un cuerpo de mil

alabarderos a su servicio; atropellábalo todo sin respetar a hombre

nacido; siendo su máxima favorita que sus amigos le agradecerían más

lo restituido que lo nunca robado. Apoderose a viva fuerza de muchas

de las islas vecinas, y de no pocas plazas del continente. En una de

sus expediciones, ganada una victoria naval a los lesbios, los cuales

habían salido con todas sus tropas a la defensa de los de Mileto, los

hizo prisioneros, y cargados de cadenas les obligó a abrir en Samos el

foso que ciñe los muros de la plaza.

XL. Entretanto, Amasis no miraba con indiferencia la gran prosperidad

de Polícrates su amigo, antes se informaba con gran curiosidad del

estado de sus negocios; y cuando vio que iba subiendo de punto la

fortuna de su amigo, escribió en un papel esta carta y se la envió

en estos términos:[268] «Amasis a Polícrates. — Por más que suelan

ser de gran consuelo para el hombre las felices nuevas que oye de los

asuntos de un huésped y amigo suyo, con todo, no me satisface lo mucho

que os lisonjea y halaga la fortuna, por cuanto sé bien que los dioses

tienen su poco de celos o de envidia. En verdad prefiriera yo para mí,

no menos que para las personas que de veras estimo, salir a veces con

mis intentos, y a veces que me saliesen frustrados, pasando así la

vida en una alternativa de ventura y desventura, que verlo todo llegar

prósperamente. Dígote esto, porque te aseguro que de nadie hasta ahora

oí decir que después de haber sido siempre y en todo feliz, a la postre

no viniera al suelo estrepitosamente con toda su dicha primera. Sí,

amigo, créeme ahora, y toma de mí el remedio que voy a darte contra

los engañosos halagos de la fortuna. Ponte solo a pensar cuál es la

cosa que más estima te merece, y por cuya pérdida más te dolieras en tu

corazón: una vez hallada, apártala lejos de ti, de modo que nunca jamás

vuelva a parecer entre los hombres. Aun más te diré: que si practicada

una vez esta diligencia no dejara de perseguirte con viento siempre en

popa la buena suerte, no dejes de valerte a menudo de este remedio que

aquí te receto».

XLI. Leyó Polícrates la carta, y se hizo cargo de la prudencia del

aviso que le daba Amasis; y poniéndose luego a discurrir consigo

mismo cuál de sus alhajas sintiera más perder, halló que sería sin

duda un sello que solía siempre llevar, engastado en oro y grabado en

una esmeralda, pieza trabajada por Teodoro el samio, hijo de Telecles.

Al punto mismo, resuelto ya a desprenderse de su sello querido,

escoge un medio para perderlo adrede, y mandando equipar uno de sus

_pentecónteros_, se embarca en él, dando orden de engolfarse en alta

mar, y lejos ya de la isla, quítase el sello de su mano a vista de toda

la tripulación, y arrojándolo al agua, manda dar la vuelta hacia el

puerto, volviendo a casa triste y melancólico sin su querido anillo.

XLII. Pero al quinto o sexto día de su pérdida voluntaria le sucedió

una rara aventura. Habiendo cogido uno de los pescadores de Samos un

pescado tan grande y exquisito que le parecía digno de presentarse

a Polícrates, va con él a las puertas de palacio, diciendo querer

entrar a ver y hablar a Polícrates su señor. Salido el recado de que

entrase, entra alegre el pescador, y al presentar su regalo: «Señor,

le dice, quiso la buena suerte que cogiera ese pescado que ahí veis,

y mirándolo desde luego por un plato digno de vuestra mesa, aunque

vivo de este oficio y trabajo de mis manos, no quise sacar a la plaza

este pez tan regalado; tened, pues, a bien recibir de mí este regalo».

Contento Polícrates con la bella y simple oferta del buen pescador, le

respondió así: «Has hecho muy bien, amigo; dos placeres me haces en

uno, hablándome como me hablas, y regalándole como me regalas con ese

pescado tan raro y precioso: quiero que seas hoy mi convidado».[269]

Piénsese cuán ufano se volvería el pescador con la merced y honra

que se le hacía. Entretanto, los criados de Polícrates al aderezar y

partir el pescado, hallan en su vientre el mismo sello de su amo poco

antes perdido. No bien lo ven y reconocen, cuando muy alegres por el

hallazgo, van con él y lo presentan a Polícrates, diciéndole dónde

y cómo lo habían hallado. A Polícrates pareció aquella aventura más

divina que casual, y después de haber notado circunstanciadamente en

una carta cuanto había practicado en el asunto y cuanto casualmente le

había acontecido, la envió a Egipto.

XLIII. Leyó Amasis la carta que acababa de llegarle de parte de

Polícrates, y por su contenido conoció luego y vio estar totalmente

negado a un hombre librar a otro del hado fatal que amenaza su cabeza,

acabándose entonces de persuadir que Polícrates, en todo tan afortunado

que ni aun lo que abandonaba perdía, vendría por fin al suelo consigo

y con toda su dicha. Por efecto de la carta hizo Amasis entender a

Polícrates, por medio de un embajador enviado a Samos, que anulando

los tratados renunciaba a la amistad y hospedaje público que con él

tenía ajustado; en lo cual no era otra su mira sino la de conjurar de

antemano la pesadumbre que sin duda sintiera mucho mayor en su corazón

sí viniera a descargar contra Polícrates el último y fatal golpe que la

fortuna le tenía guardado, siendo todavía su huésped y público amigo.

XLIV. Contra este hombre en todo tan afortunado hacían una expedición

los lacedemonios, como antes decía, llamados al socorro por ciertos

samios mal contentos de su tirano, quienes algún tiempo después

fundaron en Creta la ciudad de Cidonia. El origen de esta guerra fue el

siguiente: noticioso Polícrates de la armada que contra el Egipto iba

juntando Cambises, hijo de Ciro, pidiole por favor, enviándole a este

fin un mensajero, que tuviera a bien despachar a Samos una embajada

que le convidase a concurrir también con sus tropas a la jornada.

Recibido este aviso, Cambises destinó gustoso un enviado a Samos

pidiendo a Polícrates quisiera juntar sus naves con la armada real que

se aprestaba contra el Egipto. Polícrates, que llevaba muy estudiada

la respuesta, entresacando de entre sus paisanos aquellos de quienes

sospechaba estar dispuestos para alguna sublevación, los envió en 40

galeras a Cambises, suplicándole no volviera a remitírselos a su casa.

XLV. Dicen algunos sobre el particular, que no llegaron a Egipto los

samios enviados y vendidos por Polícrates, sino que estando ya de

viaje en las aguas de la isla de Cárpatos acordaron no pasar adelante

en una reunión que entre sí tuvieron, recelosos de la mala fe del

tirano. Cuentan otros que llegados ya al Egipto, observando que allí

se les ponían guardias, huyeron secretamente, y que de vuelta a Samos,

Polícrates, saliéndoles a recibir con sus naves, les presentó la

batalla, en la cual, quedando victoriosos los que volvían del Egipto,

llegaron a desembarcar en su isla, de donde se vieron obligados a

navegar hacia Lacedemonia, vencidos por tierra en una segunda batalla.

Verdad es que no falta quien diga que también por tierra salieron

vencedores de Polícrates en el segundo combate los samios recién

vueltos del Egipto; pero no me parece probable, cualquiera que sea

quien lo afirme. Pues si así hubiera sucedido, ¿que necesidad tuvieran

los restituidos a Samos de llamar en su ayuda a los lacedemonios,

siendo por sí bastantes para hacer frente y derrotar a Polícrates? Y

por otra parte, ¿qué razón persuade que por un puñado de gente recién

vuelta de su viaje pudiera ser vencido en campo de batalla un tirano

que, además de la mucha tropa asalariada para su defensa, tenía gran

número de flecheros por guardias de su casa y persona? Tanto más,

cuanto que al tiempo de darse la batalla, sábese que Polícrates tenía

encerrados en el arsenal a los hijos y mujeres de los demás samios

fieles, estando todo a punto para pegar fuego al arsenal y abrasar

vivas todas aquellas víctimas en él encerradas, caso de que sus samios

se pasaran a las filas y al partido de los que volvían de la expedición

de Egipto.

XCVI. Llegados a Esparta los samios echados de la isla por el tirano

Polícrates, y presentados ante los magistrados como hombres reducidos

al extremo de miseria y necesidad, hicieron un largo discurso pidiendo

se les quisiera socorrer. Respondiéronles los magistrados en aquella

primera audiencia, más a lo burlesco que a lo lacónico, que no

recordaban ya el principio, ni habían entendido el fin de la arenga.

En otra segunda audiencia que lograron los samios, sin cuidarse de

retórica ni discursos, presentando a vista de todos sus alforjas, solo

dijeron que estaban vacías y pedían algo por caridad. A lo cual se les

respondió que harto había con presentar vacías las alforjas, sin ser

menester que pidiesen por caridad; y se resolvió darles socorro.

XLVII. Hechos en efecto los preparativos, emprendieron su expedición

contra Samos, con la mira, según dicen los samios, de pagarles el

beneficio que de ellos habían antes recibido los lacedemonios, cuando

con sus naves les socorrieron contra los mesenios; aunque si estamos

a lo que los mismos lacedemonios aseguran, no tanto pretendían en

aquella jornada vengar a los que les pedían socorro, como vengarse de

dos presas que se les habían hecho, una de cierta copa grandiosa que

enviaban a Creso,[270] otra de un precioso coselete que les enviaba por

regalo Amasis, rey de Egipto, el cual los samios habían interceptado en

sus piraterías un año antes de robarles la copa regalada a Creso. Era

aquel peto una especie de tapiz de lino entretejido con muchas figuras

de animales y bordado con hilos de oro y de cierta lana de árbol,

pieza en verdad digna de verse y admirarse, así por lo dicho como

particularmente por contener el urdimbre de cada lizo, no obstante de

ser muy sutil, 360 hilos, todos bien visibles y notables.[271] Igual a

este es el peto que el mismo Amasis consagró en Lindos a Atenea.

XLVIII. Con mucho empeño concurrieron los corintios a que se efectuase

dicha expedición a Samos, resentidos contra los samios, de quienes una

era antes de esta expedición, y al tiempo mismo en que fue robada la

mencionada copa a los lacedemonios, habían recibido una injuria con

el siguiente motivo. Periandro, hijo de Cípselo, enviaba a Sardes, al

rey Aliates, 300 niños tomados de las primeras familias de Córcira,

con el destino de ser reducidos a la condición de eunucos. Habiendo de

camino tocado en Samos los corintios que conducían a los desgraciados

niños, informados los samios del motivo y destino con que se los

llevaba a Sardes, lo primero que con ellos hicieron fue prevenirles

que se refugiasen al templo de Artemisa. Refugiados allí los niños, no

permitiendo, por una parte los samios a los corintios que se les sacase

del asilo con violencia, ni consintiendo, por otra, los corintios a

aquellos que llevasen de comer a los refugiados, discurrieron los

samios para socorrer a los niños instituir cierta fiesta que se celebra

todavía del mismo modo. Consistía en que venida la noche, todo el

tiempo que los niños se mantuvieron allí refugiados, las doncellas y

mancebos de Samos armaban sus coros y danzas, introduciendo en ellas

la costumbre de llevar cada cual su torta hecha con miel, de forma que

pudieran tomarla los niños, que en efecto la tomaban para su sustento.

Dilatose tanto la fiesta, que al cabo, cansadas de aguardar en vano las

guardias corintias, se retiraron de la isla, y los samios restituyeron

a Córcira aquella tropa de niños sin castrar.[272]

XLIX. Bien veo que si muerto Periandro hubieran corrido los corintios

en buena armonía con los naturales de Córcira, no hubiera sido bastante

la pasada injuria para que tanto favorecieran aquellos la jornada

de Samos. Mas, por desgracia, los dos pueblos desde que la isla se

pobló[273] nunca han podido tener un día de paz y sosiego: y así es que

los corintios deseaban tomar venganza de los de Samos por la injuria

referida. Por lo que toca a Periandro, el motivo que le movió a enviar

a Sardes los niños escogidos y sacados de entre los principales vecinos

de Córcira para que fuesen hechos eunucos, fue el deseo de vengarse de

un atentado mayor que contra él habían cometido aquellos naturales.

L. Para declarar el hecho, debe saberse que después que Periandro quitó

la vida a su misma esposa Melisa, quiso el destino que tras aquella

calamidad le sucediese también otra doméstica. Tenía en casa dos hijos

habidos en Melisa, los dos aún mancebos, uno de 16 y otro de 18 años

de edad. Habiéndolos llamado a su corte su abuelo materno, Procles,

señor de Epidauro,[274] los recibió con mucho cariño y los agasajó como

convenía y como suelen los abuelos a sus nietos. Al tiempo de volverse

los jóvenes a Corinto, habiendo salido Procles acompañándolos por largo

trecho, les dijo estas palabras al despedirse: «¡Ah, hijos míos, si

sabéis acaso quién mató a vuestra madre!». El mayor no hizo alto en

aquella expresión de despedida; pero al menor, llamado Licofrón, le

impresionó de tal modo, que vuelto a Corinto, ni saludar quiso a su

padre, que había sido el matador, ni responder a ninguna pregunta que

le hiciera; llegando a tal punto que Periandro, lleno de enojo, echó al

hijo fuera de su casa.

LI. Echado su hijo menor, procuró Periandro saber del mayor lo que les

había dicho y prevenido su abuelo materno. El mozo, sin acordarse de

la despedida de Procles, a que no había particularmente atendido, dio

cuenta a su padre de las demostraciones de cariño con que habían sido

recibidos y tratados por el abuelo; pero replicándole Periandro que no

podía menos de haberles aquel sugerido algo más, y porfiando mucho al

mismo tiempo en querer saberlo todo puntualmente, hizo por fin memoria

el hijo de las palabras que usó con ellos el abuelo al despedirse y

las refirió a su padre. Bien comprendió Periandro lo que significaba

aquella despedida; mas con todo nada quiso aflojar del rigor que usaba

con su hijo, sino que, enviando orden al dueño de la casa donde se

había refugiado, le prohibió darle acogida en ella. Echado el joven

de su posada, se acogió de nuevo a otra, de donde por las amenazas

de Periandro y por la orden expresa para que de allí se le sacara,

fue otra vez arrojado. Despedido segunda vez de su albergue, fuese a

guarecer a casa de unos amigos y compañeros suyos, quienes, no sin

mucho miedo y recelo, al cabo por ser hijo de Periandro, resolvieron

darle acogida.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 20 / 38 段