XV. Los que fueron al cadalso con el perdón no hallaron ya vivo al

príncipe, que entonces mismo, por primera víctima, acababa de ser

decapitado. A Psaménito se le alzó en efecto del vergonzoso poste y fue

en derechura presentado ante Cambises, en cuya corte, lejos de hacerle

violencia alguna, se le trató desde allí en adelante con esplendor,

corriendo sus alimentos a cuenta del soberano; y aun se le hubiera

dado en feudo la administración del Egipto, si no se le hubiera probado

que en él iba maquinando sediciones, siendo costumbre y política de

los persas el tener gran cuenta con los hijos de los reyes, soliendo

reponerlos en la posesión de la corona aun cuando sus padres hayan sido

traidores a la Persia. Entre otras muchas pruebas de esta costumbre,

no es la menor haberlo practicado así con diferentes príncipes, con

Taniras, por ejemplo, hijo de Inaro el libio,[254] el cual recobró de

ellos el dominio que había tenido su padre; y también con Pausiris, que

recibió de manos de los mismos el estado de su padre Amirteo, y esto

cuando quizá no ha habido hasta ahora quien mayores males hayan causado

a los persas que Inaro y Amirteo. Pero el daño estuvo en que no dejando

Psaménito de conspirar contra su soberano, le fue forzoso llevar por

ello su castigo; pues habiendo llegado a noticia de Cambises que había

sido convencido de intentar la sublevación de los egipcios, Psaménito

se dio a sí mismo una muerte repentina, bebiendo la sangre de un toro:

tal fue el fin de este rey.

XVI. De Menfis partió Cambises para Sais con ánimo resuelto de hacer

lo siguiente: Apenas entró en el palacio del difunto Amasis, cuando

sin más dilación mandó sacar su cadáver de la sepultura, y obedecido

con toda prontitud, ordena allí mismo que azoten al muerto, que le

arranquen las barbas y cabellos, que le puncen con púas de hierro, y

que no le ahorren ningún género de suplicio. Cansados ya los ejecutores

de tanta y tan bárbara inhumanidad, a la que resistía y daba lugar el

cadáver embalsamado, sin que por esto se disolviera la momia, y no

satisfecho todavía Cambises, dio la orden impía y sacrílega de que el

muerto fuera entregado al fuego, elemento que veneran los persas por

dios.

En efecto, ninguna de las dos naciones persa y egipcia tienen la

costumbre de quemar a sus difuntos; la primera por la razón indicada,

diciendo ellos que no es conforme a razón cebar a un dios con la carne

cadavérica de un hombre; la segunda por tener creído que el fuego es

un viviente animado y fiero, que traga cuanto se le pone delante, y

sofocado de tanto comer muere de hartura, juntamente con lo que acaba

de devorar.[255] Por lo mismo guárdanse bien los egipcios de echar

cadáver alguno a las fieras o a cualesquiera otros animales, antes

bien los adoban y embalsaman a fin de impedir que, enterrados, los

coman los gusanos. Se ve, pues, que lo que obró Cambises con Amasis era

contra el uso de entrambas naciones. Verdad es que si hemos de creer

a los egipcios, no fue Amasis quien tal padeció, sino cierto egipcio

de su misma edad, a quien atormentaron los persas creyendo atormentar

a aquel; lo que, según cuentan, sucedió en estos términos: Viviendo

aún Amasis, supo por aviso de un oráculo lo que le esperaba después de

su muerte; prevenido, pues, quiso abrigarse antes de la tempestad, y

para evitar la calamidad venidera, mandó que aquel hombre muerto que

después fue azotado por Cambises fuese depositado en la misma entrada

de su sepulcro, dando juntamente orden a su hijo de que su propio

cuerpo fuese retirado en un rincón el más oculto del monumento. Pero a

decir verdad, estos encargos de Amasis y su oculta sepultura, y el otro

cadáver puesto a la entrada, no me parecen sino temerarias invenciones

con que los vanos egipcios se pavonean.

XVII. Vengado ya Cambises de su difunto enemigo, formó el designio de

emprender a un tiempo mismo tres expediciones militares, una contra

los carquedonios o cartagineses, otra contra los amonios, y la tercera

contra los etíopes macrobios, pueblos que habitan en la Libia sobre

las costas del mar Meridional.[256] Tomado acuerdo, le pareció enviar

contra los carquedonios sus armadas navales, contra los amonios parte

de su tropa escogida, y contra los etíopes unos exploradores que de

antemano se informasen del estado de la Etiopía, y procurasen averiguar

particularmente si era verdad que existiese allí la mesa del sol, de

que se hablaba; y para que mejor pudiesen hacerlo quiso que de su parte

presentasen sus regalos al rey de los etíopes.

XVIII. Lo que se dice de la mesa del sol es que en los arrabales de

cierta ciudad de Etiopía hay un prado que se ve siempre lleno de carne

cocida de toda suerte de cuadrúpedos; y esto no es algún portento, pues

todos los que se hallan en algún empleo público se esmeran cada cual

por su parte en colocar allí de noche aquellos manjares. Venido el

día, va el que quiere de los vecinos de la ciudad a aprovecharse de la

mesa pública del prado, divulgando aquella buena gente que la tierra

misma es la que produce de suyo tal opulencia. Esta es, en suma, la tan

celebrada mesa del sol.

XIX. Volviendo a Cambises, no bien tomó la resolución de enviar sus

espías a la Etiopía, cuando hizo venir de la ciudad de Elefantina a

ciertos hombres de los ictiófagos,[257] bien versados en el idioma

etiópico; y en tanto que llegaban, dio orden a su armada naval que se

hiciera a la vela para ir contra Carquedón o Cartago. Representáronle

los fenicios que nunca harían tal, así por no permitírselo la fe de

los tratados públicos, como por ser una impiedad que la madre patria

hiciera guerra a los colonos sus hijos. No queriendo concurrir, pues,

los fenicios a la expedición, lo restante de las fuerzas no era

armamento ni recurso bastante para la empresa; y esta fue la fortuna

de los carquedonios, que por este medio se libraron de caer bajo el

dominio persa; pues entonces consideró Cambises por una parte que no

sería razón forzar a la empresa a los fenicios, que de buen grado

se habían entregado a la obediencia de los persas, y por otro vio

claramente que la fuerza de su marina dependía de la armada fenicia, no

obstante de seguirle en la expedición contra el Egipto los naturales de

Chipre, vasallos asimismo voluntarios de la Persia.

XX. Apenas llegaron de Elefantina los ictiófagos, los hizo partir

Cambises para Etiopía, bien informados de la embajada que debían de

dar, y encargados de los presentes que debían hacer, que consistían en

un vestido de púrpura, en un collar de oro, unos brazaletes, un bote

de alabastro lleno de ungüento, y una pipa de vino fenicio. En cuanto

a los etíopes a quienes Cambises enviaba dicha embajada, la fama que

de ellos corre nos los pinta como los hombres más altos y gallardos

del orbe, cuyos usos y leyes son muy distintos de los de las demás

naciones, en especial la que mira propiamente a la corona, conforme a

la cual juzgan que el más alto de talla entre todos y el que reúna el

valor a su estatura debe ser el elegido por rey.

XXI. Llegados a esta nación los ictiófagos de Cambises al presentar los

regalos al soberano[258] le arengaron en esta forma: «Cambises, rey de

los persas, deseoso de ser en adelante vuestro buen huésped y amigo,

nos mandó venir para que en su nombre os saludemos, y al mismo tiempo

os presentemos de su parte los dones que aquí veis, que son aquellos

géneros de que con particular gusto suele usar el mismo soberano para

el regalo de su real persona». El etíope, conociendo desde luego que

los embajadores no eran más que espías, les dijo: «Ni ese rey de los

persas os envía con esos presentes para honrarse de ser mi amigo y

huésped, ni vosotros decís verdad en lo que habláis; pues vosotros,

bien lo entiendo, venís por espías de mi estado y él nada tiene por

cierto de príncipe justo y hombre recto, pues a serlo, no deseara más

imperio que el suyo, ni metiera en sujeción a los pueblos que en nada

le han ofendido. Por abreviar, entregarle de mi parte este arco que

aquí veis, y le daréis juntamente esta mi formal respuesta: El rey de

los etíopes aconseja por bien de paz al rey de los persas, que haga

la guerra a los macrobios, fiado en el número de vasallos en que es

superior a aquel; entonces cuando vea que sus persas encorvan arcos de

este tamaño con tanta facilidad como yo ahora doblo este a vuestros

ojos; y mientras no vea hacer esto a los suyos, dé muchas gracias a los

dioses porque no inspiran a los etíopes el deseo de nuevas conquistas

para dilatar más su dominio».

XXII. Dijo el etíope, y al mismo punto aflojando su arco lo entrega a

los enviados. Toma después en sus manos la púrpura regalada, y pregunta

qué venía a ser aquello y cómo se hacía: dícenle los ictiófagos la

verdad acerca de la púrpura y su tinte; y él entonces les replica:

«Bien va de engaño; tan engañosos son ellos como sus vestidos y

regalos». Pregunta después qué significa lo del collar y brazaletes;

y como se lo declarasen los ictiófagos diciendo que eran galas para

mayor adorno de la persona, riose el rey, y luego: «No hay tal, les

replica; no me parecen galas sino grillos, y a fe mía que mejores y

más fuertes son los que acá tenemos». Tercera vez preguntó sobre el

ungüento; e informado del modo de hacerlo y del uso que tenía, repitió

lo mismo que acerca del vestido de púrpura había dicho. Pero cuando

llegó a la prueba del vino, informado antes cómo se preparaba aquella

bebida, y relamiéndose con ella los labios, continuó preguntando cuál

era la comida ordinaria del rey de Persia y cuánto solía vivir el persa

que más vivía. Respondiéronle a lo primero que el sustento común era

el pan, explicándole juntamente qué cosa era el trigo de que se hacía;

y a lo segundo, que el término más largo de la vida de un persa era

de ordinario 80 años. A lo cual repuso el etíope que nada extrañaba

que hombres alimentados con el estiércol que llamaban pan vivieran tan

poco, y que ni aun duraran el corto tiempo que vivían, a no mezclar

aquel barro con su tan preciosa bebida, con lo cual indicaba a los

ictiófagos el vino, confesando que en ello les hacían ventaja los

persas.

XXIII. Tomando de aquí ocasión los ictiófagos de preguntarle también

cuál era la comida y cuán larga la vida de los etíopes, respondioles

el rey que, acerca de la vida, muchos entre ellos había que llegaban a

los 120 años, no faltando algunos que alcanzaban a más; en cuanto al

alimento, la carne cocida era su comida y la leche fresca su bebida

ordinaria. Viendo entonces el rey cuanto admiraban los exploradores

una vida de tan largos años, los condujo él mismo a ver una fuente

muy singular, cuya agua pondrá al que se bañe en ella más empapado

y reluciente que si se untara con el aceite más exquisito, y hará

despedir de su húmedo cuerpo un olor de viola finísimo y delicado.

Acerca de esta rara fuente referían después los enviados ser de agua

tan ligera que nada sufría que sobrenadase en ella, ni madera de

especie alguna, ni otra cosa más leve que la madera, pues lo mismo era

echar algo en ella, fuese lo que fuese, que irse a fondo al momento.

Y en verdad, si tal es el agua cual dicen, ¿no se pudiera conjeturar

que el uso que de ella hacen para todo los etíopes, hará que gocen

los macrobios de tan larga vida? Desde esta fuente, contaban los

exploradores que el rey en persona los llevó en derechura hasta la

cárcel pública, donde vieron a todos los presos aherrojados con grillos

de oro, lo que no es extraño siendo el bronce entre los etíopes el

metal más raro y más apreciado. Vista la cárcel, fueron a ver asimismo

la famosa mesa del sol, según la llaman.

XXIV. Desde ella partieron hacia las sepulturas de aquella gente, que

son, según decían los que las vieron, una especie de urnas de vidrio,

preparadas en la siguiente forma: Adelgazado el cadáver y reducido al

estado de momia, sea por el medio con que lo hacen los egipcios, sea

de algún otro modo, le dan luego una mano de barniz a manera de una

capa de yeso, y pintan sobre ella con colores la figura del muerto

tan parecida como pueden alcanzar, y así le meten dentro de un tubo

hecho de vidrio en forma de columna hueca, siendo entre ellos el vidrio

que se saca de sus minas muy abundante y muy fácil de labrar.[259] De

este modo, sin echar de sí mal olor, ni ofrecer a los ojos un aspecto

desagradable, se divisa al muerto cerrado en su columna transparente,

que lo presenta en la apariencia como si estuviera vivo allí dentro.

Es costumbre que los deudos más cercanos tengan en su casa por un año

estas urnas o columnas, ofreciéndoles entre tanto las primicias de

todo, y haciéndoles sacrificios, y que pasado aquel término legítimo

las saquen de casa y las coloquen alrededor de la ciudad.

XXV. Vistas y contempladas estas cosas extraordinarias, salieron por

fin los exploradores de vuelta hacia Cambises, el cual, apenas acabaron

de darle cuenta de su embajada, lleno de enojo y furor emprende de

repente la jornada contra Etiopía.[260] Príncipe de menguado juicio y

de ira desenfrenada, no manda antes hacer provisión alguna de víveres,

ni se detiene siquiera en pensar que lleva sus armas al extremo de la

tierra; oye a los ictiófagos, y sin más espera, emprende desde luego

tan larga expedición, da orden a las tropas griegas de su ejército

que allí le aguardan, y manda tocar a marcha a lo restante de su

infantería. Cuando estuvo ya de camino, dispuso que un cuerpo de 50.000

hombres, destacado del ejército, partiera hacia los amonios, que al

llegar allí los trataran como a esclavos, y pusiesen fuego al oráculo

de Zeus Amón; y él mismo en persona, al frente del grueso de sus

tropas, continuó su marcha hacia los etíopes. No habían andado todavía

una quinta parte del camino que debían hacer, cuando al ejército se le

acababan ya los pocos víveres que traía consigo, los que consumidos,

se le iban después acabando los bagajes, de que echaban mano para su

necesario sustento. Si al ver lo que pasaba desistiera entonces, ya

que antes no, de su porfía y contumacia el insano Cambises, dando la

vuelta con su ejército, hubiérase portado como hombre cuerdo que si

bien puede errar, sabe enmendar el yerro antes cometido; pero no dando

lugar aún a ninguna reflexión sabia, llevando adelante su intento,

iba prosiguiendo su camino. Mientras que la tropa halló hierbas por

los campos, mantúvose de ellas. Mas llegando en breve a los arenales,

algunos de los soldados, obligados de hambre extrema, tuvieron que

echar suertes sobre sus cabezas, a fin de que uno de cada diez

alimentase con su carne a nueve de sus compañeros. Informado Cambises

de lo que sucedía, empezó a temer que iba a quedarse sin ejército si

aquel diezmo de vidas continuaba; y al cabo, dejando la jornada contra

los etíopes, y volviendo a deshacer su camino, llegó a Tebas con mucha

pérdida de su gente. De Tebas bajó a Menfis y licenció a los griegos,

para que embarcándose se restituyesen a su patria. Tal fue el éxito de

la expedición de Etiopía.

XXVI. De las tropas que fueron destacadas contra los amonios, lo que

de cierto se sabe es que partieron de Tebas y fueron conducidas por

sus guías hasta la ciudad de Oasis, colonia habitada, según se dice,

por los samios de la fila Escrionia, distante de Tebas siete jornadas,

siempre por arenales, y situada en una región a la cual llaman los

griegos en su idioma Isla de los Bienaventurados.[261] Hasta este

paraje es fama general que llegó aquel cuerpo de ejército; pero lo que

después le sucedió, ninguno lo sabe, excepto los amonios o los que de

ellos lo oyeron: lo cierto es que dicha tropa ni llegó a los amonios,

ni dio atrás la vuelta desde Oasis. Cuentan los amonios que, salidos

de allí los soldados, fueron avanzando hacia su país por los arenales:

llegando ya a la mitad del camino que hay entre su ciudad y la referida

Oasis, prepararon allí su comida, la cual tomada, se levantó luego

un viento Noto tan vehemente e impetuoso, que levantando la arena y

remolinándola en varios montones, los sepultó vivos a todos aquella

tempestad, con que el ejército desapareció: así es al menos como nos lo

refieren los amonios.

XXVII. Después que Cambises se hubo restituido a Menfis, se apareció a

los egipcios su dios Apis, al cual los griegos suelen llamar Épafo, y

apenas se dejó ver, cuando todos se vistieron de gala y festejáronle

públicamente con grandes regocijos. Al ver Cambises tan singulares

muestras de contento y alegría, sospechando en su interior que

nacían de la complacencia que tenían los egipcios por el mal éxito

de su empresa, mandó comparecer ante sí a los magistrados de Menfis,

y teniéndolos a su presencia, les pregunta por qué antes, cuando

estuvo en Menfis, no dieron los egipcios muestra alguna de contento,

y ahora vuelto de su expedición, en que había perdido parte de su

ejército, todo eran fiestas y regocijos. Respondiéronle llanamente

los magistrados que entonces puntualmente acababa de aparecérseles su

buen dios Apis, quien no se dejaba ver de los egipcios sino alguna

vez muy de tarde en tarde, y que siempre que se dignaba visitarles

su dios solían festejarle muy alegres y ufanos por la merced que les

hacía. Pero Cambises, no bien oída la respuesta, les echó en rostro que

mentían, y aun más, los condenó a muerte por embusteros.

XXVIII. Ejecutada en los magistrados la sentencia capital, llama

Cambises otra vez a los sacerdotes, quienes le dieron cabalmente la

misma respuesta y razón acerca de su dios. Replicoles Cambises que si

alguno de los dioses visible y tratable se apareciera a los egipcios,

no debía escondérsele a él, ni había de ser el último en saberlo; y

diciendo esto, manda a los sacerdotes que le traigan al punto al dios

Apis, que al momento le llevaron. Debo decir aquí que este dios, sea

Apis o Épafo, no es más que un novillo cumplido, hijo de una ternera,

que no está todavía en la edad proporcionada de concebir otro feto

alguno ni de retenerlo en el útero: así lo dicen los egipcios, que a

este fin quieren que baje del cielo sobre la ternera una ráfaga de luz

con la cual conciba y para a su tiempo al dios novillo. Tiene este Apis

sus señales características, cuales son el color negro con un cuadro

blanco en la frente, una como águila pintada en sus espaldas, los pelos

de la cola duplicados y un escarabajo remedado en su lengua.

XXIX. Volvamos a los sacerdotes, que apenas acabaron de presentar a

Cambises su dios Apis, cuando aquel monarca, según era de alocado y

furioso, saca su daga, y queriendo dar al Apis en medio del vientre,

hiérele con ella en uno de los muslos,[262] y soltando la carcajada,

vuelto a los sacerdotes: «Bravos embusteros sois todos, les dice:

reniego de vosotros y de vuestros dioses igualmente. ¿Son por ventura

de carne y hueso los dioses y expuestos a los filos del hierro?

Bravo dios es ese, digno de serlo de los egipcios y de nadie más. Os

juro que no os congratularéis de esa mofa que hacéis de mí, vuestro

soberano». Dicho esto, mandó inmediatamente a los ministros ejecutores

de sentencias, que dieran luego a los sacerdotes doscientos azotes

sin piedad; y ordenó también que al egipcio, fuese el que fuese, que

sorprendieran festejando al dios Apis se le diera muerte sin demora.

Así se les turbó la fiesta a los egipcios, quedaron los sacerdotes

bien azotados, y el dios Apis, mal herido en un muslo, tendido en su

mismo templo, no tardó en expirar, si bien no le faltó el último honor

de lograr a hurto de Cambises sepultura sagrada que le procuraron los

sacerdotes viéndole muerto de la herida.

XXX. En pena de este impío atentado, según nos cuentan los egipcios,

Cambises, antes ya algo demente, se volvió al punto loco furioso. Dio

principio a su violenta manía persiguiendo al príncipe Esmerdis,[263]

hermano suyo de padre y madre, al cual desterró de su corte de Egipto

haciéndole volver a Persia, movido de envidia por haber sido aquel el

único que llegó a encorvar cerca de dos dedos el arco etíope traído por

los ictiófagos, lo que nadie de los demás persas había podido lograr.

Retirado a Persia el príncipe Esmerdis, tuvo Cambises entre sueños una

visión en que le parecía ver un mensajero venido de la Persia con la

nueva de que Esmerdis, sentado sobre un regio trono, tocaba al cielo

con la cabeza. No necesitó más Cambises para ponerse a cubierto de

su sueño con un temerario fratricidio, receloso de que su hermano no

quisiese asesinarle con deseos de apoderarse del imperio. Envía luego a

Persia, con orden secreta de matar a su hermano, al privado que tenía

de su mayor satisfacción, llamado Prexaspes; y en efecto, habiendo este

subido a Susa, dio muerte a Esmerdis, bien sacándole a caza, según

unos, o bien, según otros, llevándole al mar Eritreo y arrojándole allí

al profundo de las aguas.

XXXI. Este fratricidio quieren que sea la primera de las locuras y

atrocidades de Cambises. La segunda la ejecutó bien pronto en una

princesa que le había acompañado al Egipto, siendo su esposa, y al

mismo tiempo su hermana de padre y madre.[264] He aquí cómo sucedió

este incestuoso casamiento. Entre los persas no había ejemplar todavía

de que un hermano hubiese casado jamás con su misma hermana; pero

Cambises, criminalmente preso del amor de una de sus hermanas, a quien

quería tomar por esposa, viendo que iba a hacer en esto una cosa nueva

y repugnante a la nación, después de convocar a los jueces regios les

pregunta si alguna de las leyes patrias ordenaba que un hermano casara

con su hermana queriéndola tomar por esposa: estos jueces regios o

consejeros áulicos son entre los persas ciertos letrados escogidos de

la nación, cuyo empleo suele de suyo ser perpetuo, sino en caso de

ser removidos en pena de algún delito personal.[265] Su oficio es ser

intérpretes de las leyes patrias y árbitros en sus decisiones de todas

las controversias nacionales. Pero más cortesanos que jueces en la

respuesta dada a Cambises, no protestando menos celo de la justicia que

atendiendo a su propia conveniencia, dijeron que ninguna ley hallaban

que ordenase el matrimonio de hermano con hermana, pero sí hallaban

una que autorizaba al rey de los persas para hacer cuanto quisiese.

Dos ventajas lograban de este modo; la de no abrogar la costumbre

recibida, temiendo que Cambises no los perdiera por prevaricadores, y

la de lisonjear la pasión del soberano en aquel casamiento, citando una

ley a favor de su despotismo. Casose entonces Cambises con su hermana,

de quien se había dejado prendar, y sin que pasara mucho tiempo, tomó

también por esposa a otra hermana, que era la más joven de las dos, a

quien quitó la vida habiéndola llevado consigo en la jornada de Egipto.

XXXII. La muerte de esta princesa, no menos que la de Esmerdis, se

cuenta de dos maneras. He aquí cómo la cuentan los griegos: Cambises

se entretenía en hacer reñir entre sí dos cachorritos, uno de león y

otro de perro, y tenía allí mismo a su mujer que los estaba mirando.

Llevaba el perrillo la peor parte en la pelea; pero viéndolo otro

perrillo su hermano, que estaba allí cerca atado, rota la prisión,

corrió al socorro del primero, y ambos unidos pudieron fácilmente

vencer al leoncillo. Dio mucho gusto el espectáculo a Cambises, pero

hizo sallar las lágrimas a su esposa, que estaba sentada a su lado.

Cambises, que lo nota, pregúntale por qué llora, a lo que ella responde

que al ver salir el cachorro a la defensa de su hermano, se le vino a

la memoria el desgraciado Esmerdis, y que esta triste idea, junto con

la reflexión de que no había tenido el infeliz quien por él volviese,

le había arrancado lágrimas. Esta vehemente réplica, según los griegos,

fue el motivo por que Cambises la hizo morir. Pero los egipcios lo

refieren de otro modo: sentados a la mesa Cambises y su mujer, iba esta

quitando una a una las hojas a una lechuga: preguntándole después a su

marido cómo le parecía mejor la lechuga, desnuda como estaba, o vestida

de hojas como antes, y respondiéndole Cambises que mejor le parecía

vestida: «Pues tú, le replica su hermana, has hecho con la casa de Ciro

lo que a tu vista acabo de hacer con esta lechuga, dejándola desnuda y

despojada». Enfurecido Cambises, diole allí de coces, y subiéndosele

sobre el vientre, hizo que abortara y que de resultas del aborto

muriera.

XXXIII. A tales excesos de inhumano furor e impía locura contra los

suyos se dejó arrebatar Cambises, ora fuese efecto de la venganza de

Apis, ora de algún otro principio, pues que entre los hombres suelen

ser muchas las desventuras y varias las causas de donde dimanan. No

tiene duda que se dice de Cambises haber padecido desde el vientre de

su madre la grande enfermedad de gota coral, a quien llaman algunos

morbo sagrado: ¿qué mucho fuera, pues, que de resultas de tan grande

enfermedad corporal hubiera padecido su fantasía y trastornádose su

razón?

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 19 / 38 段