príncipe, que entonces mismo, por primera víctima, acababa de ser
decapitado. A Psaménito se le alzó en efecto del vergonzoso poste y fue
en derechura presentado ante Cambises, en cuya corte, lejos de hacerle
violencia alguna, se le trató desde allí en adelante con esplendor,
corriendo sus alimentos a cuenta del soberano; y aun se le hubiera
dado en feudo la administración del Egipto, si no se le hubiera probado
que en él iba maquinando sediciones, siendo costumbre y política de
los persas el tener gran cuenta con los hijos de los reyes, soliendo
reponerlos en la posesión de la corona aun cuando sus padres hayan sido
traidores a la Persia. Entre otras muchas pruebas de esta costumbre,
no es la menor haberlo practicado así con diferentes príncipes, con
Taniras, por ejemplo, hijo de Inaro el libio,[254] el cual recobró de
ellos el dominio que había tenido su padre; y también con Pausiris, que
recibió de manos de los mismos el estado de su padre Amirteo, y esto
cuando quizá no ha habido hasta ahora quien mayores males hayan causado
a los persas que Inaro y Amirteo. Pero el daño estuvo en que no dejando
Psaménito de conspirar contra su soberano, le fue forzoso llevar por
ello su castigo; pues habiendo llegado a noticia de Cambises que había
sido convencido de intentar la sublevación de los egipcios, Psaménito
se dio a sí mismo una muerte repentina, bebiendo la sangre de un toro:
tal fue el fin de este rey.
XVI. De Menfis partió Cambises para Sais con ánimo resuelto de hacer
lo siguiente: Apenas entró en el palacio del difunto Amasis, cuando
sin más dilación mandó sacar su cadáver de la sepultura, y obedecido
con toda prontitud, ordena allí mismo que azoten al muerto, que le
arranquen las barbas y cabellos, que le puncen con púas de hierro, y
que no le ahorren ningún género de suplicio. Cansados ya los ejecutores
de tanta y tan bárbara inhumanidad, a la que resistía y daba lugar el
cadáver embalsamado, sin que por esto se disolviera la momia, y no
satisfecho todavía Cambises, dio la orden impía y sacrílega de que el
muerto fuera entregado al fuego, elemento que veneran los persas por
dios.
En efecto, ninguna de las dos naciones persa y egipcia tienen la
costumbre de quemar a sus difuntos; la primera por la razón indicada,
diciendo ellos que no es conforme a razón cebar a un dios con la carne
cadavérica de un hombre; la segunda por tener creído que el fuego es
un viviente animado y fiero, que traga cuanto se le pone delante, y
sofocado de tanto comer muere de hartura, juntamente con lo que acaba
de devorar.[255] Por lo mismo guárdanse bien los egipcios de echar
cadáver alguno a las fieras o a cualesquiera otros animales, antes
bien los adoban y embalsaman a fin de impedir que, enterrados, los
coman los gusanos. Se ve, pues, que lo que obró Cambises con Amasis era
contra el uso de entrambas naciones. Verdad es que si hemos de creer
a los egipcios, no fue Amasis quien tal padeció, sino cierto egipcio
de su misma edad, a quien atormentaron los persas creyendo atormentar
a aquel; lo que, según cuentan, sucedió en estos términos: Viviendo
aún Amasis, supo por aviso de un oráculo lo que le esperaba después de
su muerte; prevenido, pues, quiso abrigarse antes de la tempestad, y
para evitar la calamidad venidera, mandó que aquel hombre muerto que
después fue azotado por Cambises fuese depositado en la misma entrada
de su sepulcro, dando juntamente orden a su hijo de que su propio
cuerpo fuese retirado en un rincón el más oculto del monumento. Pero a
decir verdad, estos encargos de Amasis y su oculta sepultura, y el otro
cadáver puesto a la entrada, no me parecen sino temerarias invenciones
con que los vanos egipcios se pavonean.
XVII. Vengado ya Cambises de su difunto enemigo, formó el designio de
emprender a un tiempo mismo tres expediciones militares, una contra
los carquedonios o cartagineses, otra contra los amonios, y la tercera
contra los etíopes macrobios, pueblos que habitan en la Libia sobre
las costas del mar Meridional.[256] Tomado acuerdo, le pareció enviar
contra los carquedonios sus armadas navales, contra los amonios parte
de su tropa escogida, y contra los etíopes unos exploradores que de
antemano se informasen del estado de la Etiopía, y procurasen averiguar
particularmente si era verdad que existiese allí la mesa del sol, de
que se hablaba; y para que mejor pudiesen hacerlo quiso que de su parte
presentasen sus regalos al rey de los etíopes.
XVIII. Lo que se dice de la mesa del sol es que en los arrabales de
cierta ciudad de Etiopía hay un prado que se ve siempre lleno de carne
cocida de toda suerte de cuadrúpedos; y esto no es algún portento, pues
todos los que se hallan en algún empleo público se esmeran cada cual
por su parte en colocar allí de noche aquellos manjares. Venido el
día, va el que quiere de los vecinos de la ciudad a aprovecharse de la
mesa pública del prado, divulgando aquella buena gente que la tierra
misma es la que produce de suyo tal opulencia. Esta es, en suma, la tan
celebrada mesa del sol.
XIX. Volviendo a Cambises, no bien tomó la resolución de enviar sus
espías a la Etiopía, cuando hizo venir de la ciudad de Elefantina a
ciertos hombres de los ictiófagos,[257] bien versados en el idioma
etiópico; y en tanto que llegaban, dio orden a su armada naval que se
hiciera a la vela para ir contra Carquedón o Cartago. Representáronle
los fenicios que nunca harían tal, así por no permitírselo la fe de
los tratados públicos, como por ser una impiedad que la madre patria
hiciera guerra a los colonos sus hijos. No queriendo concurrir, pues,
los fenicios a la expedición, lo restante de las fuerzas no era
armamento ni recurso bastante para la empresa; y esta fue la fortuna
de los carquedonios, que por este medio se libraron de caer bajo el
dominio persa; pues entonces consideró Cambises por una parte que no
sería razón forzar a la empresa a los fenicios, que de buen grado
se habían entregado a la obediencia de los persas, y por otro vio
claramente que la fuerza de su marina dependía de la armada fenicia, no
obstante de seguirle en la expedición contra el Egipto los naturales de
Chipre, vasallos asimismo voluntarios de la Persia.
XX. Apenas llegaron de Elefantina los ictiófagos, los hizo partir
Cambises para Etiopía, bien informados de la embajada que debían de
dar, y encargados de los presentes que debían hacer, que consistían en
un vestido de púrpura, en un collar de oro, unos brazaletes, un bote
de alabastro lleno de ungüento, y una pipa de vino fenicio. En cuanto
a los etíopes a quienes Cambises enviaba dicha embajada, la fama que
de ellos corre nos los pinta como los hombres más altos y gallardos
del orbe, cuyos usos y leyes son muy distintos de los de las demás
naciones, en especial la que mira propiamente a la corona, conforme a
la cual juzgan que el más alto de talla entre todos y el que reúna el
valor a su estatura debe ser el elegido por rey.
XXI. Llegados a esta nación los ictiófagos de Cambises al presentar los
regalos al soberano[258] le arengaron en esta forma: «Cambises, rey de
los persas, deseoso de ser en adelante vuestro buen huésped y amigo,
nos mandó venir para que en su nombre os saludemos, y al mismo tiempo
os presentemos de su parte los dones que aquí veis, que son aquellos
géneros de que con particular gusto suele usar el mismo soberano para
el regalo de su real persona». El etíope, conociendo desde luego que
los embajadores no eran más que espías, les dijo: «Ni ese rey de los
persas os envía con esos presentes para honrarse de ser mi amigo y
huésped, ni vosotros decís verdad en lo que habláis; pues vosotros,
bien lo entiendo, venís por espías de mi estado y él nada tiene por
cierto de príncipe justo y hombre recto, pues a serlo, no deseara más
imperio que el suyo, ni metiera en sujeción a los pueblos que en nada
le han ofendido. Por abreviar, entregarle de mi parte este arco que
aquí veis, y le daréis juntamente esta mi formal respuesta: El rey de
los etíopes aconseja por bien de paz al rey de los persas, que haga
la guerra a los macrobios, fiado en el número de vasallos en que es
superior a aquel; entonces cuando vea que sus persas encorvan arcos de
este tamaño con tanta facilidad como yo ahora doblo este a vuestros
ojos; y mientras no vea hacer esto a los suyos, dé muchas gracias a los
dioses porque no inspiran a los etíopes el deseo de nuevas conquistas
para dilatar más su dominio».
XXII. Dijo el etíope, y al mismo punto aflojando su arco lo entrega a
los enviados. Toma después en sus manos la púrpura regalada, y pregunta
qué venía a ser aquello y cómo se hacía: dícenle los ictiófagos la
verdad acerca de la púrpura y su tinte; y él entonces les replica:
«Bien va de engaño; tan engañosos son ellos como sus vestidos y
regalos». Pregunta después qué significa lo del collar y brazaletes;
y como se lo declarasen los ictiófagos diciendo que eran galas para
mayor adorno de la persona, riose el rey, y luego: «No hay tal, les
replica; no me parecen galas sino grillos, y a fe mía que mejores y
más fuertes son los que acá tenemos». Tercera vez preguntó sobre el
ungüento; e informado del modo de hacerlo y del uso que tenía, repitió
lo mismo que acerca del vestido de púrpura había dicho. Pero cuando
llegó a la prueba del vino, informado antes cómo se preparaba aquella
bebida, y relamiéndose con ella los labios, continuó preguntando cuál
era la comida ordinaria del rey de Persia y cuánto solía vivir el persa
que más vivía. Respondiéronle a lo primero que el sustento común era
el pan, explicándole juntamente qué cosa era el trigo de que se hacía;
y a lo segundo, que el término más largo de la vida de un persa era
de ordinario 80 años. A lo cual repuso el etíope que nada extrañaba
que hombres alimentados con el estiércol que llamaban pan vivieran tan
poco, y que ni aun duraran el corto tiempo que vivían, a no mezclar
aquel barro con su tan preciosa bebida, con lo cual indicaba a los
ictiófagos el vino, confesando que en ello les hacían ventaja los
persas.
XXIII. Tomando de aquí ocasión los ictiófagos de preguntarle también
cuál era la comida y cuán larga la vida de los etíopes, respondioles
el rey que, acerca de la vida, muchos entre ellos había que llegaban a
los 120 años, no faltando algunos que alcanzaban a más; en cuanto al
alimento, la carne cocida era su comida y la leche fresca su bebida
ordinaria. Viendo entonces el rey cuanto admiraban los exploradores
una vida de tan largos años, los condujo él mismo a ver una fuente
muy singular, cuya agua pondrá al que se bañe en ella más empapado
y reluciente que si se untara con el aceite más exquisito, y hará
despedir de su húmedo cuerpo un olor de viola finísimo y delicado.
Acerca de esta rara fuente referían después los enviados ser de agua
tan ligera que nada sufría que sobrenadase en ella, ni madera de
especie alguna, ni otra cosa más leve que la madera, pues lo mismo era
echar algo en ella, fuese lo que fuese, que irse a fondo al momento.
Y en verdad, si tal es el agua cual dicen, ¿no se pudiera conjeturar
que el uso que de ella hacen para todo los etíopes, hará que gocen
los macrobios de tan larga vida? Desde esta fuente, contaban los
exploradores que el rey en persona los llevó en derechura hasta la
cárcel pública, donde vieron a todos los presos aherrojados con grillos
de oro, lo que no es extraño siendo el bronce entre los etíopes el
metal más raro y más apreciado. Vista la cárcel, fueron a ver asimismo
la famosa mesa del sol, según la llaman.
XXIV. Desde ella partieron hacia las sepulturas de aquella gente, que
son, según decían los que las vieron, una especie de urnas de vidrio,
preparadas en la siguiente forma: Adelgazado el cadáver y reducido al
estado de momia, sea por el medio con que lo hacen los egipcios, sea
de algún otro modo, le dan luego una mano de barniz a manera de una
capa de yeso, y pintan sobre ella con colores la figura del muerto
tan parecida como pueden alcanzar, y así le meten dentro de un tubo
hecho de vidrio en forma de columna hueca, siendo entre ellos el vidrio
que se saca de sus minas muy abundante y muy fácil de labrar.[259] De
este modo, sin echar de sí mal olor, ni ofrecer a los ojos un aspecto
desagradable, se divisa al muerto cerrado en su columna transparente,
que lo presenta en la apariencia como si estuviera vivo allí dentro.
Es costumbre que los deudos más cercanos tengan en su casa por un año
estas urnas o columnas, ofreciéndoles entre tanto las primicias de
todo, y haciéndoles sacrificios, y que pasado aquel término legítimo
las saquen de casa y las coloquen alrededor de la ciudad.
XXV. Vistas y contempladas estas cosas extraordinarias, salieron por
fin los exploradores de vuelta hacia Cambises, el cual, apenas acabaron
de darle cuenta de su embajada, lleno de enojo y furor emprende de
repente la jornada contra Etiopía.[260] Príncipe de menguado juicio y
de ira desenfrenada, no manda antes hacer provisión alguna de víveres,
ni se detiene siquiera en pensar que lleva sus armas al extremo de la
tierra; oye a los ictiófagos, y sin más espera, emprende desde luego
tan larga expedición, da orden a las tropas griegas de su ejército
que allí le aguardan, y manda tocar a marcha a lo restante de su
infantería. Cuando estuvo ya de camino, dispuso que un cuerpo de 50.000
hombres, destacado del ejército, partiera hacia los amonios, que al
llegar allí los trataran como a esclavos, y pusiesen fuego al oráculo
de Zeus Amón; y él mismo en persona, al frente del grueso de sus
tropas, continuó su marcha hacia los etíopes. No habían andado todavía
una quinta parte del camino que debían hacer, cuando al ejército se le
acababan ya los pocos víveres que traía consigo, los que consumidos,
se le iban después acabando los bagajes, de que echaban mano para su
necesario sustento. Si al ver lo que pasaba desistiera entonces, ya
que antes no, de su porfía y contumacia el insano Cambises, dando la
vuelta con su ejército, hubiérase portado como hombre cuerdo que si
bien puede errar, sabe enmendar el yerro antes cometido; pero no dando
lugar aún a ninguna reflexión sabia, llevando adelante su intento,
iba prosiguiendo su camino. Mientras que la tropa halló hierbas por
los campos, mantúvose de ellas. Mas llegando en breve a los arenales,
algunos de los soldados, obligados de hambre extrema, tuvieron que
echar suertes sobre sus cabezas, a fin de que uno de cada diez
alimentase con su carne a nueve de sus compañeros. Informado Cambises
de lo que sucedía, empezó a temer que iba a quedarse sin ejército si
aquel diezmo de vidas continuaba; y al cabo, dejando la jornada contra
los etíopes, y volviendo a deshacer su camino, llegó a Tebas con mucha
pérdida de su gente. De Tebas bajó a Menfis y licenció a los griegos,
para que embarcándose se restituyesen a su patria. Tal fue el éxito de
la expedición de Etiopía.
XXVI. De las tropas que fueron destacadas contra los amonios, lo que
de cierto se sabe es que partieron de Tebas y fueron conducidas por
sus guías hasta la ciudad de Oasis, colonia habitada, según se dice,
por los samios de la fila Escrionia, distante de Tebas siete jornadas,
siempre por arenales, y situada en una región a la cual llaman los
griegos en su idioma Isla de los Bienaventurados.[261] Hasta este
paraje es fama general que llegó aquel cuerpo de ejército; pero lo que
después le sucedió, ninguno lo sabe, excepto los amonios o los que de
ellos lo oyeron: lo cierto es que dicha tropa ni llegó a los amonios,
ni dio atrás la vuelta desde Oasis. Cuentan los amonios que, salidos
de allí los soldados, fueron avanzando hacia su país por los arenales:
llegando ya a la mitad del camino que hay entre su ciudad y la referida
Oasis, prepararon allí su comida, la cual tomada, se levantó luego
un viento Noto tan vehemente e impetuoso, que levantando la arena y
remolinándola en varios montones, los sepultó vivos a todos aquella
tempestad, con que el ejército desapareció: así es al menos como nos lo
refieren los amonios.
XXVII. Después que Cambises se hubo restituido a Menfis, se apareció a
los egipcios su dios Apis, al cual los griegos suelen llamar Épafo, y
apenas se dejó ver, cuando todos se vistieron de gala y festejáronle
públicamente con grandes regocijos. Al ver Cambises tan singulares
muestras de contento y alegría, sospechando en su interior que
nacían de la complacencia que tenían los egipcios por el mal éxito
de su empresa, mandó comparecer ante sí a los magistrados de Menfis,
y teniéndolos a su presencia, les pregunta por qué antes, cuando
estuvo en Menfis, no dieron los egipcios muestra alguna de contento,
y ahora vuelto de su expedición, en que había perdido parte de su
ejército, todo eran fiestas y regocijos. Respondiéronle llanamente
los magistrados que entonces puntualmente acababa de aparecérseles su
buen dios Apis, quien no se dejaba ver de los egipcios sino alguna
vez muy de tarde en tarde, y que siempre que se dignaba visitarles
su dios solían festejarle muy alegres y ufanos por la merced que les
hacía. Pero Cambises, no bien oída la respuesta, les echó en rostro que
mentían, y aun más, los condenó a muerte por embusteros.
XXVIII. Ejecutada en los magistrados la sentencia capital, llama
Cambises otra vez a los sacerdotes, quienes le dieron cabalmente la
misma respuesta y razón acerca de su dios. Replicoles Cambises que si
alguno de los dioses visible y tratable se apareciera a los egipcios,
no debía escondérsele a él, ni había de ser el último en saberlo; y
diciendo esto, manda a los sacerdotes que le traigan al punto al dios
Apis, que al momento le llevaron. Debo decir aquí que este dios, sea
Apis o Épafo, no es más que un novillo cumplido, hijo de una ternera,
que no está todavía en la edad proporcionada de concebir otro feto
alguno ni de retenerlo en el útero: así lo dicen los egipcios, que a
este fin quieren que baje del cielo sobre la ternera una ráfaga de luz
con la cual conciba y para a su tiempo al dios novillo. Tiene este Apis
sus señales características, cuales son el color negro con un cuadro
blanco en la frente, una como águila pintada en sus espaldas, los pelos
de la cola duplicados y un escarabajo remedado en su lengua.
XXIX. Volvamos a los sacerdotes, que apenas acabaron de presentar a
Cambises su dios Apis, cuando aquel monarca, según era de alocado y
furioso, saca su daga, y queriendo dar al Apis en medio del vientre,
hiérele con ella en uno de los muslos,[262] y soltando la carcajada,
vuelto a los sacerdotes: «Bravos embusteros sois todos, les dice:
reniego de vosotros y de vuestros dioses igualmente. ¿Son por ventura
de carne y hueso los dioses y expuestos a los filos del hierro?
Bravo dios es ese, digno de serlo de los egipcios y de nadie más. Os
juro que no os congratularéis de esa mofa que hacéis de mí, vuestro
soberano». Dicho esto, mandó inmediatamente a los ministros ejecutores
de sentencias, que dieran luego a los sacerdotes doscientos azotes
sin piedad; y ordenó también que al egipcio, fuese el que fuese, que
sorprendieran festejando al dios Apis se le diera muerte sin demora.
Así se les turbó la fiesta a los egipcios, quedaron los sacerdotes
bien azotados, y el dios Apis, mal herido en un muslo, tendido en su
mismo templo, no tardó en expirar, si bien no le faltó el último honor
de lograr a hurto de Cambises sepultura sagrada que le procuraron los
sacerdotes viéndole muerto de la herida.
XXX. En pena de este impío atentado, según nos cuentan los egipcios,
Cambises, antes ya algo demente, se volvió al punto loco furioso. Dio
principio a su violenta manía persiguiendo al príncipe Esmerdis,[263]
hermano suyo de padre y madre, al cual desterró de su corte de Egipto
haciéndole volver a Persia, movido de envidia por haber sido aquel el
único que llegó a encorvar cerca de dos dedos el arco etíope traído por
los ictiófagos, lo que nadie de los demás persas había podido lograr.
Retirado a Persia el príncipe Esmerdis, tuvo Cambises entre sueños una
visión en que le parecía ver un mensajero venido de la Persia con la
nueva de que Esmerdis, sentado sobre un regio trono, tocaba al cielo
con la cabeza. No necesitó más Cambises para ponerse a cubierto de
su sueño con un temerario fratricidio, receloso de que su hermano no
quisiese asesinarle con deseos de apoderarse del imperio. Envía luego a
Persia, con orden secreta de matar a su hermano, al privado que tenía
de su mayor satisfacción, llamado Prexaspes; y en efecto, habiendo este
subido a Susa, dio muerte a Esmerdis, bien sacándole a caza, según
unos, o bien, según otros, llevándole al mar Eritreo y arrojándole allí
al profundo de las aguas.
XXXI. Este fratricidio quieren que sea la primera de las locuras y
atrocidades de Cambises. La segunda la ejecutó bien pronto en una
princesa que le había acompañado al Egipto, siendo su esposa, y al
mismo tiempo su hermana de padre y madre.[264] He aquí cómo sucedió
este incestuoso casamiento. Entre los persas no había ejemplar todavía
de que un hermano hubiese casado jamás con su misma hermana; pero
Cambises, criminalmente preso del amor de una de sus hermanas, a quien
quería tomar por esposa, viendo que iba a hacer en esto una cosa nueva
y repugnante a la nación, después de convocar a los jueces regios les
pregunta si alguna de las leyes patrias ordenaba que un hermano casara
con su hermana queriéndola tomar por esposa: estos jueces regios o
consejeros áulicos son entre los persas ciertos letrados escogidos de
la nación, cuyo empleo suele de suyo ser perpetuo, sino en caso de
ser removidos en pena de algún delito personal.[265] Su oficio es ser
intérpretes de las leyes patrias y árbitros en sus decisiones de todas
las controversias nacionales. Pero más cortesanos que jueces en la
respuesta dada a Cambises, no protestando menos celo de la justicia que
atendiendo a su propia conveniencia, dijeron que ninguna ley hallaban
que ordenase el matrimonio de hermano con hermana, pero sí hallaban
una que autorizaba al rey de los persas para hacer cuanto quisiese.
Dos ventajas lograban de este modo; la de no abrogar la costumbre
recibida, temiendo que Cambises no los perdiera por prevaricadores, y
la de lisonjear la pasión del soberano en aquel casamiento, citando una
ley a favor de su despotismo. Casose entonces Cambises con su hermana,
de quien se había dejado prendar, y sin que pasara mucho tiempo, tomó
también por esposa a otra hermana, que era la más joven de las dos, a
quien quitó la vida habiéndola llevado consigo en la jornada de Egipto.
XXXII. La muerte de esta princesa, no menos que la de Esmerdis, se
cuenta de dos maneras. He aquí cómo la cuentan los griegos: Cambises
se entretenía en hacer reñir entre sí dos cachorritos, uno de león y
otro de perro, y tenía allí mismo a su mujer que los estaba mirando.
Llevaba el perrillo la peor parte en la pelea; pero viéndolo otro
perrillo su hermano, que estaba allí cerca atado, rota la prisión,
corrió al socorro del primero, y ambos unidos pudieron fácilmente
vencer al leoncillo. Dio mucho gusto el espectáculo a Cambises, pero
hizo sallar las lágrimas a su esposa, que estaba sentada a su lado.
Cambises, que lo nota, pregúntale por qué llora, a lo que ella responde
que al ver salir el cachorro a la defensa de su hermano, se le vino a
la memoria el desgraciado Esmerdis, y que esta triste idea, junto con
la reflexión de que no había tenido el infeliz quien por él volviese,
le había arrancado lágrimas. Esta vehemente réplica, según los griegos,
fue el motivo por que Cambises la hizo morir. Pero los egipcios lo
refieren de otro modo: sentados a la mesa Cambises y su mujer, iba esta
quitando una a una las hojas a una lechuga: preguntándole después a su
marido cómo le parecía mejor la lechuga, desnuda como estaba, o vestida
de hojas como antes, y respondiéndole Cambises que mejor le parecía
vestida: «Pues tú, le replica su hermana, has hecho con la casa de Ciro
lo que a tu vista acabo de hacer con esta lechuga, dejándola desnuda y
despojada». Enfurecido Cambises, diole allí de coces, y subiéndosele
sobre el vientre, hizo que abortara y que de resultas del aborto
muriera.
XXXIII. A tales excesos de inhumano furor e impía locura contra los
suyos se dejó arrebatar Cambises, ora fuese efecto de la venganza de
Apis, ora de algún otro principio, pues que entre los hombres suelen
ser muchas las desventuras y varias las causas de donde dimanan. No
tiene duda que se dice de Cambises haber padecido desde el vientre de
su madre la grande enfermedad de gota coral, a quien llaman algunos
morbo sagrado: ¿qué mucho fuera, pues, que de resultas de tan grande
enfermedad corporal hubiera padecido su fantasía y trastornádose su
razón?