CLXXIX. La ciudad de Náucratis era la única antiguamente que gozaba

el privilegio de emporio,[240] careciendo todas las demás de Egipto

de tal derecho; y esto en tal grado, que al que aportase a cualquiera

de las embocaduras del Nilo que no fuera la Canóbica, se le exigía el

juramento de que no había sido su ánimo arribar allá, y se le precisaba

luego a pasar en su misma nave a la boca Canóbica; y si los vientos

contrarios le impedían navegar hacia ella, érale absolutamente forzoso

rodear el Delta con las barcas del río, trasladando en ellas la carga

hasta llegar a Náucratis: tan privilegiado era el emporio de esta

ciudad.

CLXXX. Habiendo abrasado un incendio casual el antiguo templo en que

Delfos existía, alquilaron los Anfictiones por 300 talentos a algunos

asentistas la fábrica del que allí se ve en la actualidad. Los vecinos

de Delfos, obligados a contribuir con la cuarta parte de la suma

fijada,[241] iban girando por varias ciudades a fin de recoger limosna

para la nueva fábrica; y no fue ciertamente del Egipto de donde menos

alcanzaron, habiéndoles dado Amasis 1000 talentos de alumbre y 20 minas

los griegos allí establecidos.

CLXXXI. Formó Amasis un tratado de amistad y alianza mutua con los

de Cirene, de entre los cuales no se desdeñó de tomar una esposa, ya

fuera por antojo o pasión de tener por mujer a una griega, ya por dar

a estos una nueva prueba de su afecto y unión. La mujer con quien casó

se llamaba Ládice, y era, según unos, hija de Batto; según otros, de

Arcesilao, y según algunos, en fin, lo era de Critóbulo, hombre de gran

autoridad y reputación en Cirene. Cuéntase que Amasis, durmiendo con su

griega, jamás podía llegar a conocerla, siendo por otra parte muy capaz

de conocer a las otras mujeres. Y viendo que siempre sucedía lo mismo,

habló a su esposa de esta suerte: «Mujer: ¿qué has hecho conmigo? ¿qué

hechizos me has dado? Perezca yo, si ninguno de tus artificios te libra

del mayor castigo que jamás se dio a mujer alguna». Negaba Ládice; mas

por eso no se aplacaba Amasis. Entonces ella va al templo de Afrodita,

y hace allí un voto prometiendo enviar a Cirene una estatua de la

diosa, con tal que Amasis la pudiera conocer aquella misma noche, único

remedio de su desventura. Hecho este voto, pudo conocerla el rey, y

continuó lo mismo en adelante, amándola desde entonces con particular

cariño. Agradecida Ládice, envió a Cirene, en cumplimiento de su

voto, la estatua prometida, que se conserva allí todavía, vuelta la

cara hacia fuera de la ciudad. Cuando Cambises se apoderó después del

Egipto, al oír de la misma Ládice quién era, la remitió a Cirene sin

permitir se la hiciera el menor agravio en su honor.

CLXXXII. En la Grecia ofreció Amasis algunos donativos religiosos; tal

es la estatua dorada de Atenea que dedicó en Cirene con un retrato suyo

que al vivo le representa; tales son dos estatuas de mármol de Atenea,

ofrecidas en Lindos,[242] juntamente con una coraza de lino, obra digna

de verse; y tales son, en fin, dos estatuas de madera de Hera que

hasta mis días estaban en el gran templo de Samos colocadas detrás de

sus puertas. En cuanto a las ofrendas de Samos, hízolas Amasis por la

amistad y vínculo de hospedaje que tenía con Polícrates, hijo de Eaces

y señor de Samos. Por lo que toca a los donativos de Lindos, no le

indujo a hacerlos ningún motivo de amistad, sino la fama solamente de

que llegadas allí las hijas de Dánao, al huir de los hijos de Egipto,

fueron las fundadoras de aquel templo. Estos dones consagró, en suma,

en Grecia Amasis, quien fue el primero que, conquistada la isla de

Chipre, la obligó a pagarle tributo.[243]

LIBRO TERCERO.

TALÍA.

Expedición de Cambises al Egipto: derrota de los egipcios. Intenta

Cambises conquistar la Etiopía; relación de los descubridores

enviados a este país y desgracias de los expedicionarios. — Búrlase

Cambises de los dioses egipcios: sus locuras y muerte de su hermano

y esposa. — Fortuna de Polícrates, el tirano de Samos, a quien

atacan los lacedemonios y corintios. — Álzase contra Cambises

el mago Esmerdis y se apodera del trono de Persia: muerte de

Cambises. — Descúbrese la impostura del mago y muere a manos de

los siete conjurados. — Artificio de Darío para subir al Trono. —

Contribuciones del Imperio persa. — Descripción de la India, Arabia y

sus producciones. — Oretes, gobernador de Sardes, mata a Polícrates:

castigo de Oretes. — Artificio del médico Democedes para regresar a

Grecia. — Darío ayuda a Silosonte para recobrar a Samos. — Rebelión

de Babilonia, su asedio y reconquista.

I. Contra el rey Amasis, pues, dirigió Cambises, hijo y sucesor de

Ciro, una expedición en la cual llevaba consigo, entre otros vasallos

suyos, a los griegos de Jonia y Eolia; el motivo de ella fue el

siguiente: Cambises, por medio de un embajador enviado al rey Amasis,

le pidió una hija por esposa, a cuya demanda le había inducido el

consejo y solicitación de cierto egipcio que, al lado del persa, urdía

en esto una trama, altamente resentido contra Amasis, porque tiempos

atrás, cuando Ciro le pidió por medio de mensajeros que le enviara el

mejor oculista de Egipto, le había escogido entre todos los médicos del

país y enviado allá arrancándole del seno de su mujer y de la compañía

de sus hijos muy amados. Este egipcio, enojado contra Amasis, no cesaba

de exhortar a Cambises a que pidiera una hija al rey de Egipto con la

intención doble y maligna de dar a este que sentir si la concedía, o

de enemistarle cruelmente con Cambises si la negaba. El gran poder

del persa, a quien Amasis no odiaba menos que temía, no le permitía

rehusarle su hija, ni podía dársela por otra parte, comprendiendo

que no la quería Cambises por esposa de primer orden, sino por amiga

y concubina: en tal apuro acudió a un expediente. Vivía entonces en

Egipto una princesa llamada Nitetis, de gentil talle y de belleza y

donaire singular, hija del último rey Apríes, que había quedado sola y

huérfana en su palacio. Ataviada de galas y adornada con joyas de oro,

y haciéndola pasar por hija suya, enviola Amasis a Persia por mujer de

Cambises, el cual, saludándola algún tiempo después con el nombre de

hija de Amasis, la joven princesa le respondió: «Señor, vos sin duda,

burlado por Amasis, ignoráis quién sea yo. Disfrazada con este aparato

real me envió como si en mi persona os diera una hija, dándoos la que

lo es del infeliz Apríes, a quien dio muerte Amasis, hecho jefe de los

egipcios rebeldes, ensangrentando sus manos en su propio monarca».

II. Con esta confesión de Nitetis y esta ocasión de disgusto, Cambises,

hijo de Ciro, vino muy irritado sobre el Egipto. Así es como lo

refieren los persas;[244] aunque los egipcios, con la ambición de

apropiarse a Cambises, dicen que fue hijo de la princesa Nitetis, hija

de su rey Apríes, a quien antes la pidió Ciro, según ellos, negando la

embajada de Cambises a Amasis en demanda de una hija. Pero yerran en

esto, pues primeramente no pueden olvidar que en Persia, cuyas leyes

y costumbres no hay quien las sepa quizá mejor que los egipcios, no

puede suceder a la corona un hijo natural existiendo otro legítimo;

y en segundo lugar, siendo sin duda Cambises hijo de Casandane y

nieto de Farnaspes, uno de los aqueménidas, no podía ser hijo de una

egipcia.[245] Sin duda los egipcios, para hacerse parientes de la

casa real de Ciro, pervierten y trastornan la narración; mas pasemos

adelante.

III. Otra fábula, pues por tal la tengo, corre aún sobre esta materia.

Entró, dicen, no sé qué mujer persa a visitar las esposas de Ciro,

y viendo alrededor de Casandane unos lindos niños de gentil talle y

gallardo continente, pasmada y llena de admiración empezó a deshacerse

en alabanza de los infantes. «Sí, señora mía, respondiole entonces

Casandane, la esposa de Ciro; sí, estos son mis hijos, mas poco, sin

embargo, cuenta Ciro con la madre que tan agraciados príncipes le dio:

no soy yo su querida esposa, lo es la extranjera que hizo venir del

Egipto». Así se explicaba, poseída de pasión y de celos contra Nitetis:

óyela Cambises, el mayor de sus hijos, y volviéndose hacia ella: «Pues

yo, madre mía, le dice, os empeño mi palabra de que cuando mayor he de

vengaros del Egipto, trastornándolo enteramente y revolviéndolo todo

de arriba abajo». Tales son las palabras que pretenden dijo Cambises,

niño a la sazón de unos diez años, de las cuales se admiraron las

mujeres; y que llegado después a la edad varonil, y tomada posesión del

imperio, acordándose de su promesa, quiso cumplirla, emprendiendo dicha

jornada contra el Egipto.

IV. Más empero contribuiría a formarla el caso siguiente: servía en la

tropa extranjera de Amasis un ciudadano de Halicarnaso llamado Fanes,

hombre de talento, soldado bravo y capaz en el arte de la guerra.

Enojado y resentido contra Amasis, ignoro por qué motivo, escapose del

Egipto en una nave con ánimo de pasarse a los persas y de verse con

Cambises. Siendo Fanes por una parte oficial de crédito no pequeño

entre los guerreros asalariados, y estando por otra muy impuesto en las

cosas del Egipto, Amasis, con gran ansia de cogerle, mandó desde luego

que se le persiguiera. Envía en su seguimiento una galera y en ella el

eunuco de su mayor confianza;[246] pero este, aunque logró alcanzarle y

cogerle en Licia, no tuvo la habilidad de volverle a Egipto, pues Fanes

supo burlarle con la astucia de embriagar a sus guardias, y escapado de

sus prisiones logró presentarse a los persas. Llegado a la presencia de

Cambises en la coyuntura más oportuna, en que resuelta ya la expedición

contra el Egipto no veía el monarca medio de transitar con su tropa

por un país tan falto de agua, Fanes no solo le dio cuenta del estado

actual de los negocios de Amasis, sino que le descubrió al mismo tiempo

un modo fácil de hacer el viaje, exhortándole a que por medio de

embajadores pidiera al rey de los árabes paso libre y seguro por los

desiertos de su país.

V. Y, en efecto, solo por aquel paraje que Fanes indicaba se halla

entrada abierta para el Egipto. La región de los sirios que llamamos

palestinos se extiende desde la Fenicia hasta los confines de Caditis:

desde esta ciudad, no mucho menor que la de Sardes, a mi entender,

siguiendo las costas del mar, empiezan los emporios y llegan hasta

Yeniso, ciudad del árabe, cuyos son asimismo dichos emporios.[247]

La tierra que sigue después de Yeniso es otra vez del dominio de los

sirios hasta llegar a la laguna de Serbónida, por cuyas cercanías se

dilata hasta el mar el monte Casio, y, finalmente, desde esta laguna,

donde dicen que Tifón se ocultó, empieza propiamente el territorio

de Egipto. Ahora bien; todo el distrito que media entre la ciudad de

Yeniso y el monte Casio y la laguna de Serbónida, distrito no tan corto

que no sea de tres días de camino, es un puro arenal sin una gota de

agua.

VI. Quiero ahora indicar aquí de paso una noticia que pocos sabrán, aun

de aquellos que trafican por mar en Egipto. Aunque llegan al país dos

veces al año, parte de todos los puntos de la Grecia, parte también

de la Fenicia, un sinnúmero de tinajas llenas de vino, ni una sola de

ellas se deja ver, por decirlo así, en parte alguna del Egipto. ¿Qué

se hace, pues, preguntará alguno, de tanta tinaja transportada? Voy a

decirlo: es obligación precisa de todo _demarco_ o alcalde, que recoja

estas tinajas en su respectiva ciudad y las mande pasar a Menfis, a

cargo de cuyos habitantes corre después conducirlas llenas de agua

a los desiertos áridos de la Siria;[248] de suerte que las tinajas

que van siempre llegando de nuevo, sacadas luego del Egipto, son

transportadas a la Siria, y allí juntadas a las viejas.

VII. Tal es la providencia que dieron los persas apoderados apenas

del Egipto, para facilitar el paso y entrada a su nueva provincia

acarreando el agua al desierto del modo referido. Mas como Cambises,

al emprender su conquista, no tuviese aún ese arbitrio de aprontar

el agua, enviados al árabe[249] sus mensajeros conforme al aviso de

su huésped halicarnasio, obtuvo el paso libre y seguro, mediante un

tratado concluido bajo la fe pública de entrambos.

VIII. Entre los árabes, los más fieles y escrupulosos en guardar la

fe prometida en los pactos solemnes que contratan, úsase la siguiente

ceremonia. Entre las dos personas que quieren hacer un legítimo

convenio, sea de amistad o sea de alianza, preséntase un medianero que

con una piedra aguda y cortante hace una incisión en la palma de la

mano de los contrayentes, en la parte más vecina al dedo pulgar; toma

luego unos pedacitos del vestido de entrambos, y con ellos mojados

en la sangre de las manos va untando siete piedras allí prevenidas,

invocando al mismo tiempo a Dioniso y a Urania, o sea a Baco y a Venus.

Concluida por el medianero esta ceremonia, entonces el que contrae

el pacto de alianza o amistad presenta y recomienda a sus amigos el

extranjero, o el ciudadano, si con un ciudadano lo contrae; y los

amigos por su parte miran como un deber solemne guardar religiosamente

el pacto convenido. Los árabes, que no conocen más Dios que a Dioniso

y a Urania,[250] pretenden que su modo de cortarse el pelo, que es a

la redonda, rapándose a navaja las guedejas de sus sienes, es el mismo

puntualmente con que solía cortárselo Dioniso. A este dan el nombre de

_Orotalt_, y a Urania el de _Alilat_.

IX. Volviendo al asunto, el árabe, concluido ya su tratado público con

los embajadores de Cambises, para servir a su aliado, tomó el medio

de llenar de agua unos odres hechos de pieles de camellos, y cargando

con ellos a cuantas bestias pudo encontrar, adelantose con sus recuas

y esperó a Cambises en lo mas árido de los desiertos. De todas las

relaciones es esta la más verosímil; pero como corre otra, aunque lo

sea menos, preciso es referirla. En la Arabia hay un río llamado Coris

que desemboca en el mar conocido por Eritreo. Refiérese, pues, que el

rey de los árabes, formando un acueducto hecho de pieles crudas de

bueyes y de otros animales, tan largo y tendido, que desde el Coris

llegase al arenal mencionado, por este canal trajo el agua hasta unos

grandes aljibes que para conservarla había mandado abrir en aquellos

páramos del desierto. Dicen que a pesar de la distancia de doce

jornadas que hay desde el río hasta el erial, el árabe condujo el agua

a tres parajes distintos por tres canales separados.

X. En tanto que se hacían los preparativos, atrincherose Psaménito,

hijo de Amasis, cerca de la boca del Nilo que llaman Pelusia, esperando

allí a Cambises, pues este, al tiempo de invadir con sus tropas el

Egipto, no encontró ya vivo a Amasis, el cual acababa de morir después

de un reinado feliz de 44 años, en que jamás le sucedió desventura

alguna de gran monta. Su cadáver embalsamado se depositó en la

sepultura que él mismo se había hecho fabricar en un templo durante su

vida. Reinando ya su hijo Psaménito en Egipto, sucedió un portento muy

grande y extraordinario para los egipcios, pues llovió en su ciudad

de Tebas, donde antes jamás había llovido, ni volvió a llover después

hasta nuestros días, según los mismos tebanos aseguran.[251] Es cierto

que no suele verse caer una gota de agua en el alto Egipto, y sin

embargo, caso extraño, viose entonces en Tebas caer el agua hilo a hilo

de los cielos.

XI. Salidos los persas de los eriales del desierto, plantaron su campo

vecino al de los egipcios para venir con ellos a las manos.[252] Allí

fue donde las tropas extranjeras al servicio del Egipto, en parte

griegas y en parte carias, llevadas de ira y encono contra Fanes por

haberse hecho adalid de un ejército enemigo de otra lengua y nación,

maquinaron contra él una venganza bárbara e inhumana. Tenía Fanes unos

hijos que había dejado en Egipto, y haciéndolos venir al campo los

soldados mercenarios, los presentan en medio de entrambos reales a

la vista de su padre, colocan después junto a ellos una gran taza, y

sobre ella los van degollando uno a uno, presenciando su mismo padre el

sacrificio. Acabada de ejecutar tal carnicería en aquellas víctimas

inocentes, mezclan vino y agua con la sangre humana, y habiendo de

ella bebido todas las guardias extranjeras, cierran con el enemigo.

Empeñada y reñida fue la refriega, cayendo de una y otra parte muchos

combatientes, hasta que al fin cedieron el campo los egipcios.

XII. Hallándome en el sitio donde se dio la batalla, me hicieron los

egipcios observar una cosa que me causó mucha novedad. Vi por el suelo

unos montones de huesos, separados unos de otros, que eran los restos

de los combatientes caídos en la acción; y dije separados, porque

según el sitio que en sus filas habían ocupado las huestes enemigas,

estaban allí tendidos de una parte los huesos de los persas, y de otra

los de los egipcios. Noté, pues, que los cráneos de los persas eran

tan frágiles y endebles que con la menor chinita que se los tire se

los pasará de parte a parte; y al contrario, tan sólidas y duras las

calaveras egipcias que con un guijarro que se les arroje apenas se

podrá romperlas. Dábanme de esto los egipcios una razón a la que yo

llanamente asentía, diciéndome que desde muy niño suelen raer a navaja

sus cabezas, con lo cual se curten sus cráneos y se endurecen al calor

del sol. Y este mismo es sin duda el motivo porque no encalvecen,

siendo averiguado que en ningún país se ven menos calvos que en Egipto,

y esta es la causa también de tener aquella gente tan dura la cabeza.

Y al revés, la tienen los persas tan débil y quebradiza, porque desde

muy tiernos la defienden del sol, cubriéndosela con sus tiaras hechas

de fieltro a manera de turbantes.[253] Esta es la particularidad que

noté en dicho campo, e idéntica es la que noté en los otros persas que,

conducidos por Aquemenes, hijo de Darío, quedaron juntamente con su

jefe vencidos y muertos por Inaro el libio, no lejos de Papremis.

XIII. Volvamos a los egipcios derrotados, que vueltas una vez las

espaldas al enemigo en la batalla, se entregaron a la fuga sin orden

alguno. Encerráronse después en la plaza de Menfis, adonde Cambises

les envió río arriba una nave de Mitilene, en que iba un heraldo persa

encargado de convidarlos a una capitulación. Apenas la ven entrar en

Menfis, cuando saliendo en tropel de la fortaleza y arrojándose sobre

ella, no solo la echan a pique, sino que despedazan a los hombres

de la tripulación, y cargando con sus miembros destrozados, como si

vinieran de la carnicería, entran con ellos en la plaza. Sitiados

después en ella, se entregaron al persa a discreción al cabo de algún

tiempo. Pero los libios que confinan con el Egipto, temerosos con lo

que en él sucedía, sin pensar en resistir se entregaron a los persas,

imponiéndose por sí mismo cierto tributo y enviando regalos a Cambises.

Los colones griegos de Barca y de Cirene, no menos amendrentados que

los libios, les imitaron en rendirse al vencedor. Diose Cambises por

contento y satisfecho con los dones que recibió de los libios; pero se

mostró quejoso y aun irritado por los presentes venidos de Cirene, por

ser a lo que imaginaba cortos y mezquinos. Y, en efecto, anduvieron con

él escasos los cireneos enviándole solamente 500 minas de plata, las

que fue cogiendo a puñados y derramando entre las tropas por su misma

mano.

XIV. Al décimo día después de rendida la plaza de Menfis, ordenó

Cambises que Psaménito, rey de Egipto, que solo seis meses había

reinado, en compañía de otros egipcios, fuera expuesto en público y

sentado en los arrabales de la ciudad, para probar del siguiente modo

el ánimo y carácter real de su prisionero. A una hija que Psaménito

tenía, mandola luego vestir de esclava enviándola con su cántaro por

agua; y en compañía de ella, por mayor escarnio, otras doncellas

escogidas entre las hijas de los señores principales vestidas con el

mismo traje que la hija del rey. Fueron pasando los jóvenes y damas

con grandes gritos y lloros por delante de sus padres, quienes no

pudieron menos de corresponderlas gritando y llorando también al verlas

tan maltratadas, abatidas y vilipendiadas; pero el rey Psaménito, al

ver y conocer a la princesa su hija, no hizo más ademán de dolor que

bajar sus ojos y clavarlos en tierra. Apenas habían pasado las damas

con sus cántaros, cuando Cambises tenía ya prevenida otra prueba

mayor, haciendo que allí mismo, a vista de su infeliz padre, pareciese

también el príncipe su hijo con otros 2000 egipcios, todos mancebos

principales, todos de la misma edad, todos con dogal al cuello y con

mordazas en la boca. Iban estas tiernas víctimas al suplicio para

vengar en ellas la muerte de los que en Menfis habían perecido en

la nave de Mitilene, pues tal había sido la sentencia de los jueces

regios, que murieran diez de los egipcios principales por cada uno

de los que, embarcados en dicha nave, habían cruelmente fenecido.

Psaménito, mirando los ilustres reos que pasaban, por más que entre

ellos divisó al príncipe, su hijo, llevado al cadalso, y a pesar de los

sollozos y alaridos que daban los egipcios sentados en torno de él, no

hizo más extremo que el que acababa de hacer al ver a su hija. Pasada

ya aquella cadena de condenados al suplicio, casualmente uno de los

amigos de Psaménito, antes su frecuente convidado, hombre de avanzada

edad, despojado al presente de todos sus bienes y reducido al estado

de pordiosero, venía por entre las tropas pidiendo a todos suplicante

una limosna a vista de Psaménito, el hijo de Amasis, y de los egipcios,

partícipes de su infamia y exposición en los arrabales. No bien le ve

Psaménito, cuando prorrumpe en gran llanto, y llamando por su propio

nombre al amigo mendicante, empieza a desgreñarse dándose con los

puños en la frente y en la cabeza. De cuanto hacía el prisionero en

cada una de aquellas salidas o espectáculos, las guardias persas que

estaban por allí apostadas iban dando cuenta a Cambises. Admirado este

de lo que se le relataba por medio de un mensajero, manda hacerle una

pregunta: «Cambises, vuestro soberano, dícele el enviado, exige de vos,

Psaménito, que le digáis la causa por qué al ver a vuestra hija tan

maltratada y el hijo llevado al cadalso, ni gritasteis ni llorasteis, y

acabando de ver al mendigo, quien según se le ha informado en nada os

atañe ni pertenece, ahora por fin lloráis y gemís». A esta pregunta que

se le hacía respondió Psaménito en estos términos: «Buen hijo de Ciro,

tales son y tan extremados mis males domésticos que no hay lágrimas

bastantes con qué llorarlos; pero la miseria de este mi antiguo valido

y compañero es un espectáculo para mí bien lastimoso, viéndole ahora

al cabo de sus días y en el linde del sepulcro pobre pordiosero, de

rico y feliz que poco antes le veía». Esta respuesta, llevada por el

mensajero, pareció sabia y acertada a Cambises; y al oírla, dicen los

egipcios que lloró Creso, que había seguido a Cambises en aquella

jornada, y lloraron asimismo los persas que se hallaban presentes en la

corte de su soberano; y este mismo enterneciose por fin, de modo que

dio orden en aquel mismo punto para que sacasen al hijo del rey de la

cadena de los condenados a muerte, perdonándole la vida, y desde los

arrabales condujesen al padre a su presencia.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 18 / 38 段