CLV. Bien me acuerdo de lo mucho que llevo dicho acerca del oráculo

egipcio arriba mencionado, pero quiero añadir algo más en su alabanza,

pues digno es de ella. Este oráculo egipcio, dedicado a Leto, se

halla situado en una gran ciudad vecina a la boca del Nilo que llaman

Sebenítica, al navegar río arriba desde el mar, cuya ciudad, según

antes expresé, es Buto, y en ella hay asimismo un templo de Apolo y de

Artemisa. El de Leto, asiento del oráculo, además de ser una obra en sí

grandiosa, tiene también su propileo de diez orgias de elevación. Pero

de cuanto allí se veía, lo que mayor maravilla me causó fue la capilla

o nicho de Leto que hay en dicho templo, formada de una sola piedra,

así en su longitud como en su anchura.[217] Sus paredes son todas de

una medida y de cuarenta codos cada una; la cubierta de la capilla, que

le sirve de techo, la forma otra piedra, cuyo alero solo tiene cuatro

codos. Esta capilla de una pieza, lo repito, es en mi concepto lo más

admirable de aquel templo.

CLVI. El segundo lugar merece se le dé por su singularidad la isla

llamada de Quemis, situada en una profunda y espaciosa laguna que

está cerca de un templo de la mencionada ciudad de Buto. Los egipcios

pretendían que era una isla flotante; mas puedo afirmar que no la vi

nadar ni moverse, y quedé atónito al oír que una isla pueda nadar

en realidad.[218] Hay en ella un templo magnífico de Apolo, en que

se ven tres aras levantadas, y está poblada de muchas palmas y de

otros árboles, unos estériles, otros de la clase de los frutales. No

dejan los naturales de dar la razón en que se apoyan para creer esta

isla flotante: dicen que Leto, una de las ocho deidades primeras que

hubo en Egipto, tenía su morada en Buto, donde al presente reside su

oráculo, y en aquella isla no flotante todavía recibió a Apolo, que en

depósito se le entregó a la diosa Isis, y allí pudo salvarle escondido,

cuando vino a aquel lugar Tifón, que no dejaba guarida sin registrar,

para apoderarse de aquel hijo de Osiris. Apolo y Artemisa, según los

egipcios, fueron hijos de Dioniso y de Isis;[219] y Leto fue el ama que

los crió y puso en salvo. En egipcio Apolo se llama Horus. Deméter se

dice Isis, y Artemisa lleva el nombre de Bubastis; y en esta creencia

egipcia y no en otra alguna se fundó Esquilo, hijo de Euforión, para

hacer en sus versos a Artemisa hija de Deméter, aunque en esto se

diferencia de los demás poetas que han existido. Tal es la razón por

que los egipcios creen a su isla movediza.

CLVII. De los 59 años que reinó Psamético en Egipto[220] tuvo bloqueada

por espacio de 29 a Azoto, gran ciudad de la Siria, que al fin rindió;

habiendo sido aquella plaza, entre todas cuantas conozco, la que por

más tiempo ha sufrido y resistido el asedio.

CLVIII. Neco sucedió en el reinado a su padre Psamético, y fue el

primero en la empresa de abrir el canal,[221] continuado después por

el persa Darío, que va desde el Nilo hacia el mar Eritreo, y cuya

longitud es de cuatro días de navegación, y tanta su latitud que por

él pueden ir a remo dos galeras a la par. El agua del canal se tomó

del Nilo, algo más arriba de la ciudad de Bubastis, desde donde va

siguiendo por el canal, hasta que desemboca en el mar Eritreo, cerca

de Patumo, ciudad de Arabia. Empezose la excavación en la llanura

del Egipto, limítrofe de la Arabia, con cuya llanura confina por su

parte superior el monte que se extiende cerca de Menfis, en el cual se

hallan las canteras ya citadas. Pasando la acequia por el pie de este

monte, se dilata a lo largo de poniente hacia levante, y al llegar a

las quebradas de la cordillera, tuerce hacia el Noto o mediodía y va

a dar en el golfo Arábigo. Para ir del mar boreal o Mediterráneo al

meridional, que es el mismo que llamamos Eritreo, el más breve atajo

es el que se toma desde el monte Casio, que divide el Egipto de la

Siria y dista del golfo Arábigo mil estadios; esta es, repito, la

senda más corta, pues la del canal es tanto más larga, cuantas son las

sinuosidades que este forma. Ciento veinte mil hombres perecieron en

el reinado de Neco en la excavación del canal, aunque este rey lo dejó

a medio abrir, por haberle detenido un oráculo, diciéndole que se daba

prisa para ahorrar fatiga al bárbaro, es decir, extranjero, pues con

aquel nombre llaman los egipcios a cuantos no hablan su mismo idioma.

CLIX. Dejando, pues, sin concluir el canal, Neco volvió su atención a

las expediciones militares. Mandó construir galeras, de las cuales unas

se fabricaron en el Mediterráneo, otras en el golfo Arábigo o Eritreo,

cuyos arsenales se ven todavía, sirviéndose de estas armadas según

pedía la oportunidad. Con el ejército de tierra venció a los sirios en

la batalla que les dio en Magdolo,[222] a la cual siguió la toma de

Caditis, gran ciudad de Siria; y con motivo de estas victorias consagró

al dios Apolo el mismo vestido que llevaba al hacer aquellas proezas,

enviándolo por ofrenda a Bránquidas, santuario célebre en el dominio de

Mileto. Cumplidos 16 años de reinado, dejó Neco en su muerte el mando a

su hijo Psamis.

CLX. En tiempo del rey Psamis, presentáronse en Egipto unos embajadores

de los eleos con la mira de hacer ostentación en aquella corte, y dar

noticia de un certamen que decían haber instituido en Olimpia con la

mayor equidad y discreción posible, persuadidos de que los egipcios

mismos, nación la más hábil y discreta del orbe, no hubieran acertado

a discurrir unos juegos mejor arreglados. El rey, después de haberle

dado cuenta los eleos del motivo que los traía, formó una asamblea de

las personas tenidas en el país por las más sabias e inteligentes,

quienes oyeron de boca de los eleos el orden y prevenciones que debían

observarse en su público certamen, y escucharon la propuesta que les

hicieron, declarando que el fin de su embajada era conocer si los

egipcios serían capaces de inventar y discurrir algo que para el objeto

fuera mejor y más adecuado. La asamblea, después de tomar acuerdo,

preguntó a los eleos si admitían en los juegos a sus paisanos a la

competencia y pretensión; y habiéndosele respondido que todo griego,

así eleo como forastero, podía salir a la palestra, replicó luego que

esto solo echaba a tierra toda equidad, pues no era absolutamente

posible que los jueces eleos hicieran justicia al forastero en

competencia con un paisano; y que si querían unos juegos públicos

imparciales y con este fin venían a consultar a los egipcios, les daban

el consejo de excluir a todo eleo de la contienda, y admitir tan solo

al forastero.[223] Tal fue el aviso que aquellos sabios dieron a los

eleos.

CLXI. Seis años reinó Psamis solamente, en cuyo tiempo hizo una

expedición contra la Etiopía, y después de su pronta muerte le sucedió

en el trono su hijo Apríes,[224] el cual en su reinado de 25 años pudo

con razón ser tenido por el monarca más feliz de cuantos vio el Egipto,

si se exceptúa a Psamético, su bisabuelo. Durante la prosperidad llevó

las armas contra Sidón, y dio a los tirios una batalla naval; pero su

destino era que toda su dicha se trocara por fin en desventura, que le

acometió con la ocasión siguiente, que me contentaré con apuntar por

ahora, reservándome el referirla circunstanciadamente al tratar de la

Libia. Habiendo enviado Apríes un ejército contra los de Cirene, quedó

gran parte de él perdido y exterminado. Los egipcios echaron al rey

la culpa de su desventura, y se levantaron contra él, sospechando que

los había expuesto a propósito a tan evidente peligro, y enviado sus

tropas a la matanza con la dañada política de poder mandar al resto de

sus vasallos más despótica y seguramente, una vez destruida la mayor

parte de la milicia.[225] Con tales sospechas y resentimiento, se le

rebelaron abiertamente, así los que habían vuelto a Egipto de aquella

infeliz expedición, como los amigos y deudos de los que habían perecido

en la jornada.

CLXII. Avisado Apríes de estos movimientos sediciosos, determinó enviar

a Amasis adonde estaban los malcontentos para que, aplacándolos con

buenas palabras y razones, les hiciera desistir de la sublevación.

Llegado Amasis al campo de los soldados rebeldes, al tiempo que les

estaba amonestando que desistieran de lo empezado, uno de ellos,

acercándosele por las espaldas, coloca un casco sobre su cabeza,

diciendo al mismo tiempo que con él le corona y le proclama por rey

de Egipto. No sentó mal a Amasis, al parecer, según se vio por el

resultado, aquel casco que le sirvió de corona, pues apenas nombrado

rey de Egipto por los sublevados, se preparó luego para marchar contra

Apríes. Informado el rey de lo sucedido, envió a uno de los egipcios

que a su lado tenía, por nombre Patarbemis, hombre de gran autoridad y

reputación, con orden expresa de que le trajera vivo a Amasis. Llegó

el enviado a vista del rebelde, y declarole el mandato que traía; pero

Amasis hizo de él tal desprecio, que hallándose entonces a caballo,

levantó un poco el muslo y le saludó grosera e indecorosamente,

diciéndole al mismo tiempo que tal era el acatamiento que hacía a

Apríes, a quien debía referirlo. Instando, no obstante, Patarbemis

para que fuese a verse con el soberano, que le llamaba, respondiole

que iría, y que en efecto hacía tiempo que disponía su viaje, y que a

buen seguro no tendría por qué quejarse Apríes, a quien pensaba visitar

en persona y con mucha gente de comitiva. Penetró bien Patarbemis el

sentido de la respuesta, y viendo al mismo tiempo los preparativos de

Amasis para la guerra,[226] regresó con diligencia, queriendo informar

cuanto antes al rey de lo que sucedía. Apenas Apríes le ve volver a su

presencia sin traer consigo a Amasis, montando en cólera y ciego de

furor, sin darle lugar a hablar palabra y sin hablar ninguna, manda al

instante que se le mutile, cortándole allí mismo las orejas y narices.

Al ver los demás egipcios que todavía reconocían por rey a Apríes la

viva carnicería tan atroz y horriblemente hecha en un personaje del

más alto carácter y de la mayor autoridad en el reino, pasaron sin

aguardar más al partido de los otros y se entregaron al gobierno y

obediencia de Amasis.

CLXIII. Con la noticia de esta nueva sublevación, Apríes, que tenía

alrededor de su persona hasta 30.000 soldados mercenarios, parte carios

y parte jonios, manda tomar las armas a sus cuerpos de guardias, y al

frente de ellos marcha contra los egipcios, saliendo de la ciudad de

Sais, donde tenía su palacio, dignísimo de verse por su magnificencia.

Al tiempo que los guardias de Apríes iban contra los egipcios, las

tropas de Amasis marchaban contra los guardias extranjeros; y ambos

ejércitos, resueltos a probar de cerca sus corazas, hicieron alto en

la ciudad de Momenfis.[227] En este lugar nos parece prevenir que la

nación egipcia está distribuida en siete clases de personas; la de los

sacerdotes, la de guerreros, la de boyeros, la de porqueros, la de

mercaderes, la de intérpretes, y la de marineros.

CLXIV. Estos son los gremios de los egipcios, que toman su nombre

del oficio que ejercen.[228] De los guerreros parte son llamados

_calasiries_, parte _hermotibies_, y como el Egipto esté divido en

Nomos o distritos, los guerreros están repartidos por ellos del modo

siguiente:

CLXV. A los hermotibies pertenecen los distritos de Busiris, de Sais,

de Quemis, de Papremis, la isla que llaman Prosopitis y la mitad de

Nato. De estos distritos son naturales los hermotibies, quienes, cuando

su número es mayor, componen 16 miríadas o 160.000 hombres, todos

guerreros de profesión, sin que uno solo aprenda o ejercite arte alguna

mecánica.

CLXVI. Los distritos de los calasiries son el bubastista, el tebano, el

aftita, el tanita, el mendesio, el sebenita, el atribita, el farbetita,

el tmuita, el onufita, el anitio, y el miecforita, que está en una isla

frontera a la ciudad de Bubastis. Estos distritos de los calasiries al

llegar a lo sumo su población, forman 25 miríadas o 250.000 hombres, a

ninguno de los cuales es permitido ejercitar otra profesión que la de

las armas, en la que los hijos suceden a los padres.

CLXVII. No me atrevo en verdad a decir si los egipcios adoptaron de los

griegos el juicio que forman entre las artes y la milicia, pues veo que

tracios, escitas, persas, lidios, y, en una palabra, casi todos los

bárbaros, tienen en menor estima a los que profesan algún arte mecánico

y a sus hijos, que a los demás ciudadanos, y al contrario reputan por

nobles a los que no se ocupan en obras de mano, y mayormente a los que

se destinan a la milicia. Este mismo juicio han adoptado todos los

griegos, y muy particularmente los lacedemonios, si bien los corintios

son los que menos desestiman y desdeñan a los artesanos.

CLXVIII. Los guerreros únicamente, si se exceptúan los sacerdotes,[229]

tenían entre los egipcios sus privilegios y gajes particulares, por

los cuales disfrutaba cada uno de doce _aruras_ o yugadas de tierra

inmunes de todo pecho. La _arura_ es una suerte de campo que tiene por

todos lados cien codos egipcios, equivalentes puntualmente a los codos

samios. Dichas propiedades, reservadas al cuerpo de los guerrerros,

pasan de unos a otros, sin que jamás disfrute uno las mismas.

Relevábanse cada año mil de los calasiries y mil de los hermotibies,

para servir de guardias de corps cerca del rey, en cuyo tiempo de

servicio, además de sus yugadas, se les daba su ración diaria,

consistente en cinco minas de pan cocido, que se daba por peso a cada

uno, en dos minas de carne de buey, y en cuatro sextarios de vino.[230]

Esta era siempre la ración dada al guardia; pero volvamos al hilo de la

narración.

CLXIX. Después que se encontraron en Momenfis, Apríes al frente de los

soldados mercenarios, y Amasis al de los guerreros egipcios, diose allí

la batalla, en la cual, a pesar de los esfuerzos de valor que hizo la

tropa extranjera, su número mucho menor fue superado y oprimido por

la multitud de sus enemigos. Vivía Apríes, según dicen, completamente

persuadido de que ningún hombre y nadie, aun de los mismos dioses,

era bastante a derribarle de su trono;[231] tan afianzado y seguro

se miraba en el imperio; pero el engañado príncipe, vencido allí y

hecho prisionero, fue conducido luego a Sais, al palacio antes suyo,

y entonces ya del rey Amasis. El vencedor trató por algún tiempo al

rey prisionero con tanta humanidad, que le suministraba los alimentos

en palacio con toda magnificencia; pero viendo que los egipcios

murmuraban por ello, diciendo que no era justo mantener al mayor

enemigo, así de ellos como del mismo Amasis, consintió este, por fin,

en entregar la persona del depuesto soberano a merced de los vasallos,

quienes le estrangularon y enterraron su cuerpo en la sepultura de sus

antepasados, que se ve aún en el templo de Atenea, al entrar a mano

izquierda, muy cerca de la misma nave del santuario. Dentro del mismo

templo los vecinos de Sais dieron sepultura a todos los reyes que

fueron naturales de su distrito; y allí mismo en el atrio del templo

está el monumento de Amasis, algo más apartado de la nave que el de

Apríes y de sus progenitores, y que consiste en un vasto aposento de

mármol, adornado de columnas a modo de troncos de palma, con otros

suntuosos primores: en ella hay dos grandes armarios con sus puertas,

dentro de los cuales se encierra la urna.

CLXX. En Sais, en el mismo templo de Atenea, a espaldas de su capilla y

pegado a su misma pared, se halla el sepulcro de cierto personaje, cuyo

nombre no me es permitido pronunciar en esta historia. Dentro de aquel

sagrado recinto hay también dos obeliscos de mármol, y junto a ellos

una laguna hermoseada alrededor con un pretil de piedra bien labrada,

cuya extensión, a mi parecer, es igual a la que tiene la laguna de

Delos, que llaman _redonda_.

CLXXI. En aquella laguna hacen de noche los egipcios ciertas

representaciones, a las que llaman misterios de las tristes aventuras

de una persona que no quiero nombrar,[232] aunque estoy a fondo

enterado de cuanto a esto concierne; pero en punto de religión,

silencio. Lo mismo digo respecto a la iniciación de Deméter o

_Tesmoforia_, según la llaman los griegos, pues en ella deben estar

los ojos abiertos y la boca cerrada, menos en lo que no exige secreto

religioso: tal es que las hijas de Dánao trajesen estos misterios del

Egipto,[233] y que de ellas los aprendieron las mujeres pelasgas;

que el uso de esta ceremonia se aboliese en el Peloponeso después de

arrojados sus antiguos moradores por los dorios, siendo los arcades

los únicos que quedaron de la primera raza, los únicos también que

conservaron aquella costumbre.

CLXXII. Amasis, de quien es preciso volver a hablar, reinó en Egipto

después de la muerte violenta de Apríes: era del distrito de Sais

y natural de una ciudad llamada Siuf. Los egipcios al principio no

hacían caso de su nuevo rey, vilipendiándole abiertamente como hombre

antes plebeyo y de familia humilde y oscura; mas él poco a poco, sin

usar de violencia con sus vasallos, supo ganarlos por fin con arte y

discreción. Entre muchas alhajas preciosas, tenía Amasis una bacía de

oro, en la que así él como todos sus convidados solían lavarse los

pies: mandola, pues, hacer pedazos y formar con ellos una estatua de

no sé qué dios, la que luego de consagrada colocó en el sitio de la

ciudad que le pareció más oportuno a su intento. A vista de la nueva

estatua, concurren los egipcios a adorarla con gran fervor, hasta que

Amasis, enterado de lo que hacían con ella sus vasallos, los manda

llamar y les declara que el nuevo dios había salido de aquel vaso vil

de oro en que ellos mismos solían antes vomitar, orinar y lavarse los

pies, y era grande sin embargo el respeto y veneración que al presente

les merecía una vez consagrado. «Pues bien, añade, lo mismo que con

este vaso ha pasado conmigo; antes fui un mero particular y un plebeyo;

ahora soy vuestro soberano, y como a tal me debéis respeto y honor».

Con tal amonestación y expediente logró de los egipcios que estimasen

su persona y considerasen como deber el servirle.

CLXXIII. La conducta particular de este rey y su tenor de vida

ordinario era ocuparse con tesón desde muy temprano en el despacho de

los negocios de la corona hasta cerca de mediodía;[234] pero desde

aquella hora pasaba con su copa lo restante del día bebiendo, zumbando

a sus convidados, y holgándose tanto con ellos, que tocaba a veces

en bufón, con algo de chocarrero. Mal habidos sus amigos con la real

truhanería, se resolvieron por fin a dirigirle una reconvención en

buenos términos: «Señor, le dicen, esa llaneza con que os mostráis

sobrado humilde y rastrero, no es la que pide el decoro de la majestad,

pues lo que corresponde a un real personaje es ir despachando lo que

ocurra, sentado magníficamente en un trono majestuoso. Sí así lo

hicierais, se reconocieran gobernados los egipcios, con estima de su

soberano, por un hombre grande; y vos lograréis tener con ellos mayor

crédito y aplauso, pues lo que hacéis ahora desdice de la suprema

majestad». Pero el rey por su parte les replicó: «Observo que solo al

ir a disparar el arco lo tiran y aprietan los ballesteros, y luego

de disparado lo aflojan y sueltan, pues a tenerlo siempre parado y

tirante, a la mejor ocasión y en lo más apurado del lance se les

rompiera y haría inservible. Semejante es lo que sucede en el hombre

que entregado de continuo a más y más afanes, sin respirar ni holgar

un rato, en el día menos pensado se halla con la cabeza trastornada,

o paralítico por un ataque de apoplejía. Por estos principios, pues,

me gobierno, tomando con discreción la fatiga y el descanso». Así

respondió y satisfizo a sus amigos.

CLXXIV. Es fama también que Amasis, siendo particular todavía, como

joven amigo de diversiones y convites, y enemigo de toda ocupación

seria y provechosa, cuando por agotársele el oro no tenía con qué

entregarse a la crápula entre sus copas y camaradas, solía rondando de

noche acudir a la rapacidad y ligereza de sus manos.[235] Sucedía que

negando firmemente los robos de que algunos le acusaban, era citado

y traído delante de sus oráculos, muchos de los cuales le condenaron

como ladrón, al paso que otros le dieron por inocente. Y es notable la

conducta que cuando rey observó con dichos oráculos: ninguno de los

dioses que le habían absuelto mereció jamás que cuidase de sus templos,

que los adornara con ofrenda alguna, ni que en ellos una sola vez

sacrificase, pues por tener oráculos tan falsos y mentirosos no se les

debía respeto y atención; y por el contrario se esmeró mucho con los

oráculos que le habían declarado por ladrón, mirándolos como santuarios

de verdaderos dioses, pues tan veraces eran en sus respuestas y

declaraciones.

CLXXV. En honor de Atenea edificó Amasis en Sais unos propileos tan

admirables, que así en lo vasto y elevado de la fábrica como en el

tamaño de las piedras y calidad de los mármoles, sobrepujó a los demás

reyes: además levantó allí mismo unas estatuas agigantadas y unas

descomunales _androsfinges_.[236] Para reparar los demás edificios

mandó traer otras piedras de extraordinaria magnitud, acarreadas unas

desde la cantera vecina a Menfis, y otras de enorme mole traídas desde

Elefantina, ciudad distante de Sais veinte días de navegación. Otra

cosa hizo también que no me causa menos admiración, o por mejor decir,

la aumenta considerablemente. Desde Elefantina hizo trasladar una

casa entera de una sola pieza: tres años se necesitaron para traerla

y dos mil conductores encargados de la maniobra, todos pilotos de

profesión. Esta casa _monolitha_, es decir, de una piedra, tiene 21

codos de largo, 14 de ancho y ocho de alto por la parte exterior, y

por la interior su longitud es de 18 codos y 20 dedos, su anchura de

12 codos y de cinco su altura. Hállase esta pieza en la entrada misma

del templo, pues, según dicen, no acabaron de arrastrarla allá dentro,

porque el arquitecto, oprimido de tanta fatiga y quebrantado con el

largo tiempo empleado en la maniobra prorrumpió allí en un gran gemido,

como de quien desfallece, lo cual advirtiendo Amasis no consintió la

arrastraran más allá del sitio en que se hallaba; aunque no falta

quienes pretenden que el motivo de no haber sido llevada hasta dentro

del templo fue por haber quedado oprimido bajo la piedra uno de los que

la movían con palancas.

CLXXVI. En todos los demás templos de consideración dedicó también

Amasis otros grandiosos monumentos dignos de ser vistos. Entre ellos

colocó en Menfis, delante del templo de Hefesto, un coloso recostado de

75 pies de largo, y en su misma base hizo erigir a cada lado otros dos

colosos de mármol etiópico[237] de 20 pies de altura. Otro de mármol

hay en Sais, igualmente grande y tendido boca arriba del mismo modo

que el coloso de Menfis mencionado. Amasis fue también el que hizo en

Menfis construir un templo a Isis, monumento realmente magnífico y

hermoso.

CLXXVII. Es fama que en el reinado de Amasis fue cuando el Egipto, así

por el beneficio que sus campos deben al río, como por la abundancia

que deben los hombres a sus campos, se vio en el estado más opulento

y floreciente en que jamás se hubiese hallado, llegando sus ciudades

al número de 20.000,[238]todas habitadas. Amasis es mirado entre los

egipcios como el autor de la ley que obligaba a cada uno en particular

a que en presencia de su respectivo _nomarca_, o prefecto de provincia,

declarase cada año su modo de vivir y oficio, so pena de muerte al que

no lo declaraba o no lo mostraba justo y legítimo; ley que, adoptándola

de los egipcios, impuso Solón Ateniense a sus ciudadanos, y que siendo

en sí muy loable y justificada es mantenida por aquel pueblo en todo su

vigor.

CLXXVIII. Como sincero amigo de los griegos, no se contentó Amasis

con hacer muchas mercedes a algunos individuos de esta nación, sino

que concedió a todos los que quisieran pasar al Egipto la ciudad de

Náucratis para que fijasen en ella su establecimiento, y a los que

rehusaran asentar allí su morada les señaló lugar donde levantaran a

sus dioses aras y templos, de los cuales el que llaman Helénico es

sin disputa el más famoso, grande y frecuentado. Las ciudades que,

cada cual por su parte, concurrieron a la fábrica de este monumento

fueron: entre las jonias, las de Quíos, la de Teos, la de Focea y la

de Clazómenas; entre las dóricas, las de Rodas, Cnido, Halicarnaso y

Fasélide, y entre las eolias únicamente la de Mitilene. Estas ciudades,

a las cuales pertenece el Helénico, son las que nombran los presidentes

de aquel emporio o directores de su comercio,[239] pues las demás

que pretenden tener parte en el templo solicitan un derecho que de

ningún modo les compete. Otras ciudades erigieron allí mismo templos

particulares, uno a Zeus los eginetas, otro a Hera los samios, y los

milesios uno a Apolo.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 17 / 38 段