los sacerdotes, Asiquis, que mandó hacer los propileos del templo
de Hefesto que dan al levante, y que son en realidad de cuantos hay
en el edificio los más bellos y los más grandes con notable exceso,
pues aunque los demás propileos son todos obras llenas de figuras
bien esculpidas y presentan infinita variedad de fábricas, en esto
sobresalen con gran ventaja los de Asiquis que mencionamos. En este
reinado hubo, por escasez de dinero, gran falta de fe pública en el
trato y comercio. Para obviar este abuso dicen que entre los egipcios
se publicó una ley por la cual se ordenaba que cualquiera que quisiese
tomar dinero prestado, hubiera de dar en prenda el cadáver de su mismo
padre; y se añadió más todavía: que el que diera un préstamo fuera
árbitro absoluto del sepulcro del que lo tomaba; y además, el que
empeñase la dicha prenda y no quisiese satisfacer a su acreedor, se
impuso la pena de no poder ser enterrado al morir en la tumba de sus
mayores u otra alguna, ni dar sepultura a ninguno de los suyos que
durante aquel tiempo muriera.[197] Cuentan del mismo rey, que codicioso
de superar las glorias de cuantos habían antes reinado en Egipto, dejó
su monumento público en una pirámide hecha de ladrillo. Hay en ella
una inscripción grabada en mármol que hace hablar a la misma pirámide
en estos términos: «_No me humilles comparándome a las pirámides de
mármol, a las que excedo tanto, como Zeus a los demás dioses; pues
dando en el suelo de la laguna con un chuzo, y recogido el barro a
él pegado, con este barro formaban mis ladrillos, y así fue cómo me
construyeron_». Esto es en suma cuanto hizo aquel rey.
CXXXVII. Un ciego de la ciudad de Anisis,[198] llamado también Anisis
con el nombre de su patria, sucedió a Asiquis en la corona. En tiempo
de este rey, los etíopes, apoderándose del Egipto con un numeroso
ejército, a cuyo frente venía su monarca Sabacón, obligaron al rey
ciego a refugiarse fugitivo en los pantanos.[199] Cincuenta fueron los
años que reinó en Egipto el etíope Sabacón, durante los cuales siguió
la conducta de no castigar con pena de muerte a los egipcios reos de
algún delito capital; siendo su práctica la de graduar la sentencia
por la gravedad del delito, y condenar a los reos a las obras públicas
y a levantar el terraplén de la ciudad de donde eran naturales.
Lográbase con estos castigos el común beneficio de que las ciudades
cuyos terraplenes habían sido construidos la primera vez en tiempo de
Sesostris por los prisioneros que abrieron los canales del Egipto, a la
segunda entonces en el reinado del etíope se hiciesen más elevados. El
suelo de las ciudades de aquel país se levanta mucho generalmente sobre
la superficie de la campiña; pero en Bubastis, con singularidad, mejor
que en las demás se observa la elevación del terraplén. Hay en esta
ciudad un templo dedicado a la diosa Bubastis que merece particular
memoria y atención.
CXXXVIII. Templos se hallarán más grandes, más suntuosos que el de
Bubastis, pero ninguno de una perspectiva más grata y halagüeña a
la vista. La diosa a quien pertenece es la misma Artemisa de los
griegos. El templo está en un terreno que parece una isla por todos
lados menos por su entrada, pues que desde el Nilo corren dos acequias
de cien pies de anchura cada una, con su arboleda que les da sombra,
las que entrambas por diferente lado van sin juntarse hacia la entrada
del templo. Sus pórticos, adornados con figuras de seis codos, obra
de mucho primor, tienen diez orgias de elevación. Es de notar que
hallándose construido el templo en el centro de la ciudad, se deja ver
con todo por cualquier parte se vaya girando; lo que sucede por haberse
alzado con el tiempo el piso de la ciudad con un nuevo terraplén, y
mantenido el templo en el plano inferior en que desde el principio se
edificó, quedando así patente y visible de todas partes. Una cerca
esculpida con figuras en toda su extensión, rodea y ciñe el lugar
sagrado, y dentro de ella hay un bosque de árboles altísimos, que rodea
a su vez el gran templo, de un estadio así de longitud como de anchura,
dentro del cual está la estatua de la diosa. Delante de la entrada del
templo corre un camino empedrado, de tres estadios de largo y unos
cuatro pletros de ancho, con una arboleda alta hasta las nubes que a
uno y otro lado se ve plantada. Este camino lleva al templo de Hermes,
y con esto concluimos la digresión.
CXXXIX. Por fin, según cuentan, pudieron verse libres del etíope,
gracias a una visión que tuvo en sueños, que le obligó a escaparse a
toda prisa: parecíale durmiendo ver un hombre a su lado que le sugería
la idea de destrozar y partir por medio a todos los sacerdotes, después
de mandarlos juntar en un mismo sitio. Pensó consigo mismo que aquella
visión no podía menos de ser una prueba y tentación de los dioses, que
con ella le inducían a cometer la mayor impiedad, para que llevase por
ello su castigo de parte del cielo o de parte de los hombres, que él
se abstendría de cometerla; y puesto que había cumplido el plazo de
su imperio en Egipto, que los mismos dioses le habían revelado, se
resolvió con gusto a retirarse. En efecto, hallándose aún en Etiopía,
los oráculos del país le habían prevenido ser voluntad divina que
por espacio de 50 años reinase en Egipto. Con este motivo lo dejó
Sabacón de su propia voluntad, viendo cumplido el período destinado, y
perturbado con su misma visión.
CXL. Ausentado apenas el etíope, tomó de nuevo el mando el rey ciego,
saliendo de sus pantanos, donde vivió cincuenta años refugiado en una
isla que había ido levantando y terraplenando con tierra y ceniza, pues
que en el largo tiempo de su oculto retiro, al traerle los egipcios
a hurto del etíope los víveres necesarios, según lo tenía ordenado a
ciertos vasallos fieles, les pedía por favor le llevasen juntamente
ceniza para formar sus diques. Esta isla, que tiene el nombre de Elbó,
y diez estadios no más por todos lados, no pudo ser hallada por nadie
antes de Amintes, ni fue dable a los reyes encontrarla en el largo
espacio de 700 años.[200]
CXLI. Después de la muerte del ciego decían que reinó un sacerdote
de Hefesto, por nombre Setón. Este rey sacrificador, contra toda
sabia política, en nada contaba con la gente de armas de su reino,
como si nunca hubiera de necesitarlos; y no contento todavía con los
desaires que les hacía de continuo, añadió la injuria de privarles del
goce de ciertas yugadas de tierra que les habían reservado los reyes
anteriores, dando doce de ellas a cada soldado. De ahí resultó que,
habiendo invadido el Egipto Senaquerib, rey de los árabes[201] y de los
asirios, con un grueso ejército, los guerreros del país no quisieron
tomar las armas en defensa de Setón. Viéndose el sacerdote rey en tan
apurado trance, entró en el templo de Hefesto, y allí a los pies de su
ídolo plañía y lamentaba la desventura que iba ya a descargar sobre
su cabeza. En medio de sollozos y suspiros sorprendiole el sueño,
según dicen, y mientras dormía se le apareció su dios, quien le animó,
asegurándole que si salía a recibir el ejército de los árabes con sus
tropas voluntarias, ningún mal le sucedería; que el mismo dios se
encargaba de la defensa, y cuidaría de enviarle socorro. Confiado en
su sueño, anímase el sacerdote a juntar un ejército con los egipcios
que de buen grado quisieran seguirle, y se atrinchera con ellos en
Pelusio, que es la puerta del Egipto. Ni un solo guerrero de profesión
se contaba en las tropas que se le juntaron, siendo sus soldados todos
mercaderes, artesanos y regatones vendedores. ¡Cosa singular! Después
que llegaron a Pelusio, sucedió que los ratones agrestes, derramados
por el vecino campo de los enemigos, comieron de noche las aljabas,
comieron los nervios de los arcos, y finalmente, las mismas correas
que servían de asas en los escudos. Venido el día, hállanse desarmados
los invasores, entréganse a la fuga y perecen en gran número.[202] Al
presente se ve todavía en el templo de Hefesto la estatua de mármol
de este rey con un ratón en la mano, y en ella se lee la inscripción
siguiente: «Mírame, hombre, y aprende de mí a ser religioso».
CXLII. A propósito de lo referido, decíanme los egipcios a una con
sus sacerdotes, y lo comprobaban con sus monumentos, que contando
desde el primer rey hasta el sacerdote de Hefesto, el último que allí
reinó, habían pasado en aquel período 341 generaciones de hombres, en
cuyo trascurso se habían ido sucediendo en Egipto otros tantos sumos
sacerdotes e igual número de reyes. Contando, pues, 100 años por cada
3 generaciones, las 300 referidas dan la suma de 10.000 años, y las 41
que restan además, componen 11.340. En el espacio de estos 11.340 años
decían que ningún Dios hubo en forma humana, añadiendo que ni antes ni
después, en cuantos reyes había tenido Egipto, se vio cosa semejante.
Contaban, empero, que en el tiempo mencionado, el sol había invertido
por cuatro veces su carrera natural,[203] saliendo dos veces desde el
punto donde regularmente se pone, y ocultándose otras dos en el lugar
de donde nace por lo común, sin que por este desorden del cielo se
hubiese alterado cosa alguna en Egipto, así de las que nacen de la
tierra, como de las que proceden del río, ni en las enfermedades, ni en
las muertes de los habitantes.
CXLIII. Contaré un suceso curioso. Hallándose en Tebas, antes que
yo pensara en pasar allá, el historiador Hecateo, empezó a declarar
su ascendencia, haciendo derivar su casa de un dios, que era el
decimosexto de sus abuelos. Con esta ocasión hicieron con él los
sacerdotes de Zeus Tebano lo mismo que practicaron después conmigo,
aunque no deslindase mi genealogía, pues me entraron en un gran templo
y me fueron enseñando tantos colosos de madera cuantos son los sumos
sacerdotes que, como expresé, han existido, pues sabido es que cada
cual coloca allí su imagen mientras vive. Iban, pues, mis conductores
contando y mostrándome por orden las estatuas, diciendo: «Este es el
hijo del que acabamos de mirar, como puedes verlo, por lo que se
parece a su inmediato predecesor»; y de este modo me hicieron reconocer
las efigies y recorrerlas de una en una. Algo más hicieron con Hecateo,
pues como él se envaneciera de su ascendencia, haciéndose proceder de
un dios, su antepasado, le dieron en ojos con la serie y generación de
sus sacerdotes, no queriendo sufrirle la suposición de que un hombre
pudiera haber nacido de un dios, y dándole cuenta, al deslindarle
la sucesión de sus 345 colosos, que cada uno había sido no más un
_piromis_, hijo de otro _piromis_ (esto es, un hombre bueno hijo de
otro, pues _piromis_ equivale en griego a bueno y honrado), sin que
ninguno de ellos descendiese de padre dios ni de héroe alguno. En fin,
concluían que los representados por las estatuas que enseñaban habían
sido todos grandes hombres, como decían, pero ninguno que de muy lejos
fuera dios.
CXLIV. Verdad es, añadían, que antes de estos hombres los dioses eran
quienes reinaban en Egipto, morando y conversando entre los mortales,
y teniendo siempre uno de ellos imperio soberano. El último dios que
reinó allí fue Oro, hijo de Osiris, llamado por los griegos Apolo,
quien terminó su reino después de haber acabado con el de Tifón. A
Osiris le llamamos en griego Dioniso, esto es, el _Libre_.
CXLV. Entre los griegos noto que son tenidos por los dioses más
modernos Heracles, Dioniso y Pan; mientras al contrario entre los
egipcios es Pan un dios antiquísimo, reputado por uno de los dioses
primeros, como los llaman; Heracles por uno de los doce dioses que
llaman de segunda clase, y Dioniso por uno de los dioses terceros,
que fueron hijos de los doce segundos. Tengo arriba declarados los
muchos años que corrieron desde Heracles hasta el rey Amasis, según
los egipcios, quienes pretenden fueron más los que trascurrieron desde
Pan, pero menos los que pasaron después de Dioniso, aunque entre este
y el rey Amasis no mediaron menos de 15.000 años a lo que dicen: y de
este cómputo de años, cuya cuenta llevan siempre y notan por escrito,
pretenden estar muy ciertos y seguros. Pero en cuanto al Dioniso o
Baco griego, que dicen nacido de Semele, hija de Cadmo, desde su
nacimiento hasta la presente era median 1600 años[204] a más largar, y
desde Heracles, el hijo de Alcmena, habrá unos 900, y desde Pan al de
Penélope, de la cual y de Hermes creen los griegos nacido este dios,
han corrido hasta mi edad 800 años a lo más, menos sin duda de los que
se cuentan posteriores a la guerra de Troya.
CXLVI. Siga, empero, cada cual la que más le acomodare de estas dos
cronologías pues yo me contento con haber declarado lo que por ambos
pueblos se piensa acerca de dichos dioses. Solo añadiré, que si se
da por cosa tan constante y recibida el que los dos dioses cuya edad
se controvierte, Dioniso, el hijo de Semele, y Pan el de Penélope,
nacieron y vivieron en Grecia hasta la vejez, como lo es esto respecto
de Heracles, el hijo de Anfitrión, pudiera decirse con razón en este
caso que Dioniso y Pan, dos hombres como los demás, se alzaron con
el nombre de aquellos dos dioses, y así las dificultades quedarían
allanadas. Pero se opone el inconveniente de que los griegos pretenden
que su Dioniso, apenas malamente nacido, pues Zeus lo encerró dentro de
uno de sus muslos, fue llevado a Nisa, que está en Etiopía, más allá
de Egipto: tanto distan de creer que se criara y viviera en Grecia
como hombre natural. Mayor es la confusión y enredo respecto de Pan,
del cual ni aun los griegos saben decir dónde paró después de nacido.
De aquí, en una palabra, se deduce que los griegos no oyeron el nombre
de los dos dioses citados sino mucho después de oído el de los demás
dioses, y que desde la época en que empezaron a nombrarlos, les
forjaron la genealogía. Hasta aquí he hecho hablar a los egipcios.
CXLVII. Voy a referir lo que sucedió en aquel país, según dicen otros
pueblos y los naturales asimismo confirman, sin dejar de mezclar en la
narración algo de lo que por mí mismo he observado. Viéndose libres
e independientes los egipcios después del reinado del mencionado
sacerdote de Hefesto, y hallándose sin rey, como si fueran hombres
nacidos para servir siempre a algún soberano, dividieron el Egipto en
doce partes, nombrando doce reyes a la vez.[205] Enlazados mutuamente
desde luego con el vínculo de los casamientos, reinaban estos, atenidos
a ciertos pactos de que no se quitarían el mando unos a otros, que
ninguno de ellos pretendería lograr más autoridad y poder que los
demás, y que todos conservarían entre sí la mejor amistad y más
perfecta armonía. Movioles a convenir en esta mutua igualdad y alianza
común, y a procurarla consolidar con toda seguridad y firmeza, un
oráculo que les anunció, apenas apoderados del mando, que vendría a
ser señor de todo el Egipto aquel de entre ellos que en el templo de
Hefesto libase a los dioses en una taza de bronce; aludiendo el oráculo
a la costumbre que observaban de sacrificar juntos en todos los templos.
CXLVIII. Reinando, pues, con tal unión, acordaron dejar un monumento
en nombre común de todos, y con esta objeto construyeron el laberinto,
algo más allá de la laguna Meris, hacia la ciudad llamada de los
Cocodrilos.[206] Quise verlo por mí mismo, y me pareció mayor aún de
lo que suele decirse y encarecerse. Me atreveré a decir que cualquiera
que recorriese las fortalezas, muros y otras fábricas de los griegos,
que hacen alarde de su grandeza, ninguna hallará entre todas que no sea
menor e inferior en coste y en trabajo a dicho laberinto. No ignoro
cuán magníficos son los templos, el de Éfeso y el de Samos, pero es
menester confesar que las pirámides les hacen tanta ventaja que cada
una de estas puede compararse con muchas obras juntas de los griegos,
aunque sean de las mayores; y con todo, es el laberinto monumento tan
grandioso que excede por sí solo a las pirámides mismas. Compónese
de doce palacios cubiertos, contiguos unos a otros y cercados todos
por una pared exterior, con las puertas fronteras entre sí; seis de
ellos miran al norte y seis al mediodía. Cada uno tiene duplicadas sus
piezas, unas subterráneas, otras en el primer piso, levantadas sobre
los sótanos, y hay 1500 de cada especie, que forman entre todas 3000.
De las del primer piso, que anduve recorriendo, hablaré como testigo
de vista; a las subterráneas solo las conozco de oídas, pues que los
egipcios, a cuyo cargo están, se negaron siempre a enseñármelas,
dándome por razón el hallarse abajo los sepulcros de los doce reyes
fundadores y dueños del laberinto, y las sepulturas de los cocodrilos
sagrados; y de tales estancias por lo mismo solo hablaré por lo que me
refirieron. En las piezas superiores, que cual obra más que humana por
mis ojos estuve contemplando, admiraba atónito y confuso sus pasos y
salidas entre sí, y las vueltas y rodeos tan varios de aquellas salas,
pasando de los salones a las cámaras, de las cámaras a los retretes,
de estos a otras galerías, y después a otras cámaras y salones. El
techo de estas piezas y sus paredes cubiertas de relieves y figuras
son todas de mármol. Cada uno de los palacios está rodeado de un
pórtico sostenido con columnas de mármol blanco perfectamente labrado y
unido. Al extremo del laberinto se ve pegada a uno de sus ángulos una
pirámide de cuarenta orgias, esculpida de grandes animales, a la cual
se va por un camino fabricado bajo de tierra.
CXLIX. Mas aunque sea el laberinto obra tan rica y grandiosa, causa
todavía mayor admiración la laguna que llaman Meris, cerca de la cual
aquel se edificó. Cuenta la laguna de circunferencia 3000 estadios,
medida que corresponde a 60 esquenos, los mismos cabalmente que tienen
de longitud las costas marítimas de Egipto; corre a lo largo de norte
a mediodía, y tiene 50 orgias de fondo en su mayor profundidad.[207]
Por sí misma declara que es obra de manos y artificial. En el centro
de ella, a corta diferencia, vense dos pirámides que se elevan sobre
la flor del agua 50 orgias, y abajo tienen otras tantas de cimiento,
y encima de cada una se ve un coloso de mármol sentado en su trono:
aunque ambas pirámides vienen a tener 100 orgias, que forman cabalmente
un estadio _hexapletro_ o de 600 pies, contando la orgia a razón de 6
pies o de 4 codos, midiendo el pie por 4 palmos y el codo por 6. Siendo
el terreno en toda la comarca tan árido y falto de agua, no puede esta
nacer en la misma laguna, sino que a ella ha sido conducida por un
canal derivado del Nilo; y en efecto, pasa desde el río a la laguna
durante seis meses, en los cuales la pesca reditúa al fisco 20 minas
diarias, y sale de la laguna en los otros seis meses, que producen al
mismo fisco un talento de plata cada día.[208]
CL. Más notable es lo que me decían los naturales, que el agua de
su laguna, corriendo por un conducto subterráneo tierra adentro
hacia poniente, y pasando cerca del monte que domina a Menfis, iba a
desembocar en la sirte de la Libia.[209] No viendo yo en parte alguna
amontonada la tierra que debió sacarse al abrir tan gran laguna, movido
de curiosidad, y deseoso de saber qué se había hecho de tanto material
excavado, pregunté a la gente de los alrededores dónde estaba la
infinita arena extraída de aquella hoya. Diéronme a esto satisfacción y
respuesta, y de ella quedé persuadido apenas me la indicaron, sabiendo
que en Nínive, ciudad de los asirios, había sucedido un caso muy
semejante al que referían. Allí unos ladrones concibieron el designio
de robar los muchos tesoros que Sardanápalo, rey de Nínive,[210] en un
erario subterráneo tenía cuidadosamente guardados. Con este objeto,
medida la distancia, empiezan desde su casa a cavar una mina hacia el
palacio del rey: iban por la noche echando al Tigris, río que atraviesa
la ciudad de Nínive, la tierra que excavaban de la mina, y de este
modo prosiguieron hasta salir al cabo con su intento. Lo mismo oí haber
sucedido en la excavación de la citada laguna, con la diferencia que se
ejecutaba de día la maniobra, sin tener que aguardar a la oscuridad de
la noche, y la tierra que iban extrayendo la llevaban al Nilo, el cual,
recibiéndola en su corriente, no podía menos de arrastrarla en ella e
irla disipando.
CLI. Referido el modo con que se abrió la laguna Meris, volvamos a los
doce reyes, quienes, gobernando con suma equidad y entereza, en el
tiempo legítimo hacían un sacrificio en el templo de Hefesto. Venido
el último día de la solemnidad, y preparándose a hacer las libaciones
religiosas, al irles a presentar las copas con que solían hacerlas,
el sumo sacerdote, por equivocación, sacó once no más para los doce
reyes. Entonces Psamético, el último de la fila real, viendo que le
faltaba su copa, echó mano de su casco, lo alargó e hizo con él su
libación, medio realmente obvio para salir del lance, pues que todos
los reyes solían ir con casco, y los doce, en efecto, lo llevaban en
aquel instante. Aparecía claramente que Psamético había alargado su
casco sin sombra de engaño o mala fe; pero, sin embargo, los once
reyes, atendiendo por una parte a su acción, recordando por otra el
oráculo, que les tenía predicho que vendría a ser soberano de todo
Egipto aquel de entre ellos que libase con copa de bronce, tomaron
seria resolución sobre lo acaecido, y aunque no creyeron justo quitar
la vida a Psamético, conociendo por sus palabras que no había obrado en
aquello con deliberación o fin particular, acordaron con todo que, casi
enteramente privado de su poder, fuese desterrado y confinado en los
pantanos, con orden de no salir de ellos ni entrometerse en el gobierno
de lo restante del Egipto.[211]
CLII. El desgraciado Psamético, cuyo padre, Neco, había sido muerto
por orden del etíope Sabacón,[212] se había ya visto anteriormente
precisado a refugiarse en Siria, huyendo de las manos del etíope,
hasta que, habiéndose retirado este amedrentado por su sueño, fue
llamado otra vez a Egipto por sus paisanos del distrito de Sais. Y
ahora, siendo ya rey, por la inadvertencia de haber convertido en copa
su casco, sucediole la segunda desventura de que sus once colegas en
el reino le confinasen en los pantanos del Egipto. Viéndose, pues,
inocente, calumniado y oprimido por la violencia de sus compañeros,
pensó seriamente en vengarse de sus perseguidores; y para lograr su
intento envió a consultar el oráculo de Leto en la ciudad de Buto, al
que miran los egipcios como el más verídico. Diósele por contestación
que el socorro y venganza deseada le vendrían por el mar, cuando a
las costas llegasen unos hombres de bronce; respuesta que le llenó
de desconfianza y abatió las alas de su corazón por lo ridículo e
imposible de los auxiliares que se le prometían. No pasó mucho tiempo,
sin embargo, que ciertos jonios y carios que iban en corso[213]
aportasen al Egipto, obligados de la necesidad. Saltaron a tierra
armados con su arnés de bronce, y un egipcio que jamás había visto
tales armaduras, corre hacia los pantanos, y avisando a Psamético de
lo que pasaba, dícele que acababan de venir por mar unos hombres de
bronce, que saltando en tierra la robaban y saqueaban. Conociendo
Psamético desde luego que iba cumpliéndose la predicción del oráculo,
recibió con grandes muestras de amistad a los piratas de Jonia y de
Caria, y no paró hasta que a fuerza de promesas y del ventajoso partido
que les proponía, logró de ellos que se quedaran a su servicio, con
cuyo socorro y con el de los egipcios de su bando, salió al cabo
vencedor de los once reyes,[214] acabando con todo su poder.
CLIII. Apoderado Psamético de todo el Egipto, levantó en Menfis,
dedicándolos a Hefesto, los portales o propileos que miran al mediodía,
y enfrente de ellos fabricó en honor de Apis un palacio rodeado de
columnas y lleno de figuras esculpidas, en el cual el dios Apis, cuyo
nombre griego es _Épafo_,[215] se cría y mora, siempre que aparece a
los egipcios: las columnas del palacio son otros tantos colosos de doce
codos cada uno.
CLIV. En cuanto a los jonios y carios que sirvieron como tropas
mercenarias en la conquista, recibieron de Psamético en recompensa de
su servicio ciertas propiedades, unas enfrente de otras, por medio
de las cuales corre el Nilo, y a las que puso el nombre de reales,
sin dejar de darles el monarca, no contento con esta recompensa, lo
demás que les tenía prometido.[216] Entregoles asimismo ciertos niños
egipcios para que cuidasen de instruirlos en la lengua griega, y los
que al presente son intérpretes de ella en Egipto descienden de los que
entonces la aprendieron. Los campos que los jonios y carios poseyeron
largo tiempo, no distan mucho de la costa, y caen un poco más abajo
de la ciudad de Bubastis, cerca de la boca Pelusia del Nilo, como la
llaman. Andando el tiempo, estos mismos extranjeros, transplantados
de sus campos, fueron colocados en Menfis por el rey Amasis, quien en
ellos quiso tener un cuerpo de guardias contra los egipcios. Desde el
tiempo en que dichas tropas se domiciliaron en Egipto, por medio de
su trato y comunicación, nosotros los griegos sabemos con exactitud y
puntualidad la historia del país, contando desde Psamético y siguiendo
los sucesos posteriores a su reinado. Los jonios o carios fueron los
primeros colonos de extranjero idioma que en Egipto se establecieron;
y aun en mis días veíase en los lugares desde los cuales fueron
trasladados a Menfis las atarazanas de sus naves y las ruinas de sus
habitaciones. Ved aquí el modo como Psamético llegó a apoderarse del
Egipto.