dejó como monumentos de su reinado los propileos que se ven en el
templo de Hefesto a la parte de poniente, y dos estatuas delante de
ellos erigidas, de 25 codos de altura, de las cuales la que mira
al mediodía la llaman los egipcios el Invierno, y la que mira al
norte el Verano, adorando y venerando a esta con mucho respecto, al
contrario de lo que hacen con la primera. Cuéntase de este rey un caso
singular.[187] Poseyendo tantos tesoros en plata, cuales ninguno
de los reyes que le sucedieron llegó a reunirlos, no digo mayores,
pero ni aun iguales, y queriendo poner en seguro tanta riqueza, mandó
fabricar de piedra un erario, de cuyas paredes exteriores una daba
afuera de palacio. En esta el artífice de la fábrica, con dañada
intención, dispuso una oculta trampa, colocando una de las piedras
en tal disposición que quedase fácilmente levadiza con la fuerza de
dos hombres o con la de uno solo. Acabada la fábrica, atesoró en ella
el rey sus inmensas riquezas. Corriendo el tiempo, y viéndose ya el
arquitecto al fin de sus días, llamó a sus hijos, que eran dos, y les
declaró que, deseoso de su felicidad, tenía concertadas de antemano
sus medidas para que les sobrara el dinero y pudieran vivir en grande
opulencia, pues con esta mira había preparado un artificio en la casa
del tesoro que para el rey edificó: dioles en seguida razón puntual
del modo como se podría remover la piedra levadiza, con la medida de
la misma, añadiendo que si se aprovechaban del aviso serían ellos los
tesoreros del erario y los dueños de las riquezas del rey. Muerto el
arquitecto, no vieron sus hijos la hora de empezar: venida la noche,
van a palacio, hallan en el edificio aquella _piedra filosofal_, la
retiran de su lugar como con un juego de manos, y entrando en el
erario, vuelven a su casa bien provistos de dinero. Quiso la negra
suerte que por entonces al rey le viniese el deseo de visitar su
erario, abierto el cual, al ver sus arcas menguadas, quedó pasmado y
confuso sin saber contra quién volver sus sospechas, pues al entrar,
había hallado enteros los sellos en la puerta y esta bien cerrada.
Segunda y tercera vez tornó a abrir y registrar su erario, y otras
tantas veces fue echando menos su dinero; pues a fe no eran los
ladrones tan desinteresados que supieran irse a la mano en repetir sus
tientos al tesoro. Entonces el rey urdió, dicen, una trampa, mandando
hacer unos lazos y armárselos allí mismo junto a las arcas donde estaba
el dinero. Vuelven a la presa los ladrones como las moscas a la miel,
y apenas entra uno y se acerca a las arcas, cuando queda cogido en la
trampa. No bien se sintió caído en el lazo, conociendo el trance en
que se había metido, llama luego a su hermano, dícele su estado, y
pídele que entre al momento y que de un golpe le corte la cabeza; no
sea, añadía, que pierdas la tuya si quedando aquí la mía, soy por ella
descubierto y conocido. Al otro pareciole bien el aviso; y así entró e
hizo puntualmente lo que se le decía, y vuelta la piedra movediza a su
lugar, fuese a casa con la cabeza de su hermano. Apenas amanece entra
de nuevo el rey en su erario, ve en su lazo al ladrón con la cabeza
cortada, el edificio entero y en todo él rastro ninguno de entrada ni
de salida, y quédase mucho más confuso y como fuera de sí. Para salir
de suspensión, añaden que tomó el expediente de mandar colgar del
muro el cuerpo decapitado del ladrón, y poner centinelas con orden de
prender y presentarle cualquier persona que vieran llorar o mostrar
compasión a vista del cadáver. En tanto que este pendía, la madre del
ladrón, que moría de pena y dolor, hablando al hijo que le quedaba,
le mandó que procurase por todos medios hallar modo cómo descolgar
el cuerpo de su hermano y llevárselo a su casa; y que cuidara bien
del éxito, y entendiera que en otro caso ella misma se presentaría al
rey y sabría revelarle que él era y no otro el que metía mano en sus
tesoros. El hijo, en vista de las importunaciones de su madre, quien no
le dejaba respirar con sus instancias ni se persuadía de las razones
que aquel alegaba, arbitró, según dicen, un medio ingenioso: busca
luego y adereza unos jumentos, llena de vino sus odres, y cargando con
ellos la recua, sale tras de ella de su casa. Al llegar cerca de los
que guardaban el cadáver colgado, él mismo quita las ataduras de dos
o tres pezoncillos que tenían los odres, y al punto empieza el vino
a correr y él a levantar las manos, a golpearse la frente, a gritar
como desesperado y aturdido sin saber a qué pellejo acudir primero. A
la vista de tanto vino, los guardas del muerto corren luego al camino
armados con sus vasijas, aplicándose a porfía a recoger el caldo
que se iba derramando, y no queriendo perder el buen lance que les
ofrecía la suerte. Al principio fingiose irritado el arriero, llenando
de improperios a los guardas; pero poco a poco pareció calmarse con
sus razones y volver en sí de su cólera y enojo, terminando, en fin,
por sacar los jumentos del camino y ponerse a componer y ajustar sus
pellejos. En esto íbase alargando entre ellos la plática; y uno de los
guardas, no sé con qué donaire, hizo que el arriero riera de tan buena
gana que recibió por regalo uno de sus pellejos. Al verse ellos con un
odre delante, tendidos a la redonda, piensan luego en darse un buen
rato, y convidan a su bienhechor para que se quede con ellos y les haga
compañía. No se hizo mucho de rogar el arriero, el cual, habiéndose
llevado los brindis y los aplausos de todos en la borrachera, dioles
poco después con generosidad un segundo pellejo. Con esto, los guardas,
empinando a discreción, convertidos en toneles y vencidos luego del
sueño, quedaron tendidos a la larga donde la borrachera les cogió. Bien
entrada ya la noche, no contento el ladrón con descolgar el cuerpo de
su hermano, púsose muy despacio a rasurar por mofa y escarnio a los
guardas, rapándoles la mejilla derecha, y cargando después el cadáver
en uno de sus jumentos, y cumplidas las órdenes de su madre, se retiró.
Muchos fueron los extremos de sentimiento que el rey hizo al dársele
parte de que había sido robado el cadáver del ladrón; pero empeñado
más que nunca en averiguar quién hubiese sido el que así se burlaba
de él, tomó a lo que cuentan una resolución que en verdad no se me
hace creíble, cual es la de mandar a una hija suya que se prostituyera
en el lupanar público, presta a cuantos la brindasen, pero que antes
obligara a cada galán a darle parte de la mayor astucia y del atentado
mayor que en sus días hubiese cometido; con orden de que si alguno
le refiriese el del ladrón decapitado y descolgado, lo detuvieran al
instante sin dejarle escapar ni salir afuera. Empezó la hija a poner
por obra el mandato de su padre, y entendiendo el ladrón el misterio
y la mira con que todo se hacía, y queriendo dar una nueva muestra
de cuánto excedía al rey en astuto y taimado, imaginó una traza bien
singular, pues cortando el brazo entero a un hombre recién muerto,
fuese con él bien cubierto bajo sus vestidos, y de este modo entró a
visitar a la princesa cortesana; hácele esta la misma pregunta que
solía a los demás, y él contesta abiertamente la verdad: que la más
atroz de sus maldades había sido la de cortar la cabeza a su mismo
hermano, cogido en el lazo real dentro del erario, y el más astuto
de los ardides haber embriagado a los guardias con el vino, logrando
así descolgar el cadáver de su hermano. Al oír esto, agarra luego
la princesa al ladrón; mas este, aprovechándose de la oscuridad, le
alargaba el brazo amputado que traía oculto, el cual ella aprieta
fuertemente creyendo tener cogido al ladrón por la mano, mientras
este, dejando el brazo muerto sale por la puerta volando. Informado
del caso y de la nunca vista sagacidad y audacia de aquel hombre,
queda de nuevo el rey confuso y pasmado. Finalmente, envía un bando a
todas las ciudades de sus dominios mandando que en ellas se publicase,
por el cual no solo perdonaba al ladrón ofreciéndole impunidad,
sino que le prometía grandes premios, con tal que se le presentara
y descubriese. Con este salvoconducto, llevado de la esperanza del
galardón, preséntase el ladrón al rey Rampsinito, quien dice quedó
tan maravillado y aun prendado de su astucia, que como al hombre más
despierto y entendido del universo le dio su misma hija por esposa,
viendo que entre los egipcios, los más ladinos de los hombres, era el
más astuto de todos.
CXXII. Referían todavía de este mismo rey que, habiendo bajado vivo al
lugar donde creen los griegos que vive Hades, rey del infierno, jugó
a los dados con la diosa Deméter, ganándole unas manos y perdiendo
otras,[188] y volvió a salir de allí con una servilleta de oro que
la diosa le regaló. De aquí procede, según decían, que los egipcios
solemnicen como festivo todo el tiempo que trascurrió desde la bajada
hasta la subida de Rampsinito. No ignoro que aun al presente celebran
una fiesta semejante; mas no puedo afirmar si por este o por otro
motivo la celebraban. En ella los sacerdotes visten a uno de los suyos
con un vestido tejido aquel mismo día por sus manos mismas, véndanle
y cúbrenle los ojos con una mitra, y después de colocarle así en el
camino que van al templo de Deméter, déjanle solo y se vuelven atrás.
Cuentan después que aparecen allí dos lobos que, saliendo a recibir al
de los ojos vendados, lo conducen al templo de Deméter, distante 20
estadios de la ciudad, y le restituyen luego al puesto en que antes le
hallaron.
CXXIII. Si alguno hubiere a quien se hagan creíbles esas fábulas
egipcias, sea enhorabuena, pues no salgo fiador de lo que cuento, y
solo me propongo por lo general escribir lo que otros me referían.
Vuelvo a los egipcios,[189] quienes creen que Deméter y Dioniso son
los árbitros y dueños del infierno; y ellos asimismo dijeron los
primeros que era inmortal el alma de los hombres, la cual, al morir el
cuerpo humano, va entrando y pasando de uno en otro cuerpo de animal
que entonces vaya formándose, hasta que recorrida la serie de toda
especie de vivientes terrestres, marinos y volátiles, que recorre en un
período de 3000 años, torna a entrar por fin en un cuerpo humano que
esté ya para nacer. Y es singular que no falten ciertos griegos, cuál
más pronto, cuál más tarde, que adoptando esta invención se la hayan
apropiado, cual si fueran ellos los autores de tal sistema, y aunque sé
quiénes son, quiero hacerles el honor de no nombrarlos.[190]
CXXIV. Hasta el reinado de Rampsinito, según los sacerdotes, viose
florecer en Egipto la justicia, permaneciendo las leyes en su vigor
y viviendo la nación en el seno de la abundancia y prosperidad;[191]
pero Queops, que le sucedió en el trono, echó a perder un estado
tan floreciente. Primeramente, cerrando los templos, prohibió a los
egipcios sus acostumbrados sacrificios; ordenó después que todos
trabajasen por cuenta del público, llevando unos hasta el Nilo la
piedra cortada en el monte de Arabia, y encargándose otros de pasarla
en sus barcas por el río y de transportarla al otro monte que llaman
de Libia. En esta fatiga ocupaba de continuo hasta 3000 hombres, a los
cuales de tres en tres meses iba relevando, y solo en construir el
camino para conducir dicha piedra de sillería, hizo penar y afanar a su
pueblo durante diez años enteros; lo que no debe extrañarse, pues este
camino, si no me engaño, es obra poco o nada inferior a la pirámide
misma que preparaba de cinco estadios de largo, diez orgias de ancho
y ocho de alto en su mayor elevación, y construido de piedra, no solo
labrada, sino esculpida además con figuras de varios animales. Y en
los diez años de fatiga empleados en la construcción del camino, no se
incluye el tiempo invertido en preparar el terreno del collado donde
las pirámides debían levantarse, y en fabricar un edificio subterráneo
que sirviese para sepulcro real, situado en una isla formada por una
acequia que del Nilo se deriva. En cuanto a la pirámide, se gastaron
en su construcción 20 años: es una fábrica cuadrada de ocho pletros de
largo en cada uno de sus lados, y otros tantos de altura, de piedra
labrada y ajustada perfectamente, y construida de piezas tan grandes,
que ninguna baja de 30 pies.
CXXV. La pirámide[192] fue edificándose de modo que en ella quedasen
unas gradas o poyos que algunos llaman _escalas_ y otros _altares_.
Hecha así desde el principio la parte inferior, iban levantándose
y subiendo las piedras, ya labradas, con cierta máquina formada de
maderos cortos que, alzándolas desde el suelo, las ponía en el primer
orden de gradas, desde el cual con otra máquina que en él tenían
prevenida las subían al segundo orden, donde las cargaban sobre otra
máquina semejante, prosiguiendo así en subirlas, pues parece que
cuantos eran los órdenes de gradas, tantas eran en número las máquinas,
o quizá no siendo más que una fácilmente transportable, la irían
mudando de grada en grada, cada vez que la descargasen de la piedra;
que bueno es dar de todo diversas explicaciones. Así es que la fachada
empezó a pulirse por arriba, bajando después consecutivamente, de modo
que la parte inferior, que estribaba en el mismo suelo, fue la postrera
en recibir la última mano. En la pirámide está notado con letras
egipcias cuánto se gastó en rábanos, en cebollas y en ajos para el
consumo de peones y oficiales; y me acuerdo muy bien que al leérmelo el
intérprete me dijo que la cuenta ascendía a 1600 talentos de plata. Y
si esto es así, ¿a cuánto diremos que subiría el gasto de herramientas
para trabajar, y de víveres y vestidos para los obreros, y más teniendo
en cuenta, no solo el tiempo mencionado que gastaron en la fábrica de
tales obras, sino también aquel, y a mi entender debió ser muy largo,
que emplearían así en cortar la piedra como en abrir la excavación
subterránea?
CXXVI. Viéndose ya falto de dinero, llegó Queops a tal extremo de
avaricia y bajeza, que en público lupanar prostituyó a una hija, con
orden de exigir en recompensa de su torpe y vil entrega cierta suma que
no me expresaron fijamente los sacerdotes. Aun más; cumplió la hija
tan bien con lo que su padre tan mal le mandó, que a costa de su honor
quiso dejar un monumento de su propia infamia, pidiendo a cada uno de
sus amantes que le costeara una piedra para su edificio; y en efecto,
decían que con las piedras regaladas se había construido una de las
tres pirámides, la que está en el centro delante de la pirámide mayor,
y que tiene pletro y medio en cada uno de sus lados.
CXXVII. Muerto Queops después de un reinado de cincuenta años, según
referían, dejó por sucesor de la corona a su hermano Quefrén, semejante
a él en su conducta y gobierno. Una de las cosas en que pretendió
imitar al difunto, fue en querer levantar una pirámide, como en efecto
la levantó, pero no tal que llegase en su magnitud a la de su hermano,
de lo que yo mismo me cercioré habiéndolas medido entrambas. Carece
aquella de edificios subterráneos, ni llega a ella el canal derivado
del Nilo que alcanza a la de Queops, y corriendo por un acueducto allí
construido, forma y baña una isla, dentro de la cual dicen que yace
este rey. Quefrén fabricó la parte inferior de su pirámide de mármol
etiópico vareteado, si bien la dejó cuarenta pies más baja que la
pirámide mayor de su hermano, vecina a la cual quiso que la suya se
erigiera, hallándose ambas en un mismo cerro, que tendrá unos cien pies
de elevación. Quefrén reinó cincuenta y seis años.
CXXVIII. Estos dos reinados completan los 106 años en que dicen los
egipcios haber vivido en total miseria y opresión, sin que los templos
por tanto tiempo cerrados se les abrieran una sola vez. Tanto es el
odio que conservan todavía contra los dos reyes, que ni acordarse
quieren de su nombre por lo general;[193] de suerte que llaman a estas
fábricas las pirámides del pastor Filitis, quien por aquellos tiempos
apacentaba sus rebaños por los campos en que después se edificaron.
CXXIX. A Quefrén refieren que sucedió en el trono un hijo de Queops,
por nombre Micerino, quien, desaprobando la conducta de su padre, mandó
abrir los templos, y que el pueblo, en extremo trabajado, dejadas
las obras públicas, se retirara a cuidar de las de su casa, y tomara
descanso y refección en las fiestas y sacrificios. Entre todos los
reyes, dicen que Micerino fue el que con mayor equidad sentenció las
causas de sus vasallos, elogio por el cual es el monarca más celebrado
de cuantos vio el Egipto. Llevó a tal punto la justicia, que no solo
juzgaba los pleitos todos con entereza, sino que era tan cumplido,
que a la parte que no se diera por satisfecha de su sentencia, solía
contentarla con algo de su propia casa y hacienda; mas a pesar de su
clemencia y bondad para con sus vasallos, y del estudio tan escrupuloso
en cumplir con sus deberes, empezó a sentir los reveses de la fortuna
en la temprana muerte de su hija, única prole que tenía. La pena y luto
del padre en su doméstica desventura fue sin límites, y queriendo hacer
a la princesa difunta honores extraordinarios, hizo fabricar en vez de
urna sepulcral, una vaca de madera hueca y muy bien dorada en la cual
dio sepultura a su querida hija.
CXXX. Esta vaca, que no fue sepultada en la tierra, se dejaba ver aún
en mis días patente en la ciudad de Sais, colocada en el palacio en un
aposento muy adornado. Ante ella se quema todos los días y se ofrece
todo género de perfumes, y todas las noches se le enciende su lámpara
perenne. En otro aposento vecino están unas figuras que representan a
las concubinas de Micerino, según decían los sacerdotes de la ciudad
de Sais: no cabe duda que se ven en él ciertas estatuas colosales de
madera, de cuerpo desnudo, que serán veinte a lo más; no diré quiénes
sean, sino la tradición que corre acerca de ellas.
CXXXI. Sobre esta vaca y estos colosos hay, pues, quien cuenta que
Micerino, prendado de su hija, logró cumplir, a despecho de ella, sus
incestuosos deseos, y que habiendo dado fin a su vida la princesa
colgada de un lazo, llena de dolor por la violencia paterna, fue por
su mismo padre sepultada en aquella vaca. Viendo la madre que algunas
doncellas de palacio eran las que habían entregado el honor de su
hija a la pasión del padre, les mandó cortar las manos, y aun pagan
ahora sus estatuas la misma pena que ellas vivas sufrieron. Los que
así hablan, a mi entender, no hacen más que contarnos una fábula
desatinada, así en la sustancia del hecho como en las circunstancias
de las manos cortadas, pues solo el tiempo ha privado a los colosos
de las suyas, que aun en mis días se veían caídas a los pies de las
estatuas.
CXXXII. La vaca, a la cual volveremos, trae cubierto el cuerpo con un
manto de púrpura, sacando la cabeza y cuello dorados con una gruesa
capa de oro, y lleva en medio de sus astas un círculo de oro que
imita al del sol. Su tamaño viene a ser como el mayor del animal que
representa, y no está en pie, sino arrodillada. Todos los años la sacan
fuera de su encierro, y en el tiempo en que los egipcios plañen y
lamentan la aventura de un dios a quien con cuidado evitaré el nombrar,
entonces es cabalmente cuando sale al público la vaca de Micerino. Y
dan por razón de tal salida, que la hija al morir pidió a su padre que
una vez al año le hiciera ver la luz del sol.
CXXXIII. Después de la desventura de su hija tuvo el rey otro disgusto,
por haberle venido de la ciudad de Buto un oráculo en que se le decía
no le restaban más que seis años de vida, y que al séptimo debía
acabar su carrera. Lleno de amargura y sentimiento, Micerino envió
sus quejas al oráculo, mandando se le manifestase lo importuno de su
predicción, pues habiéndose concedido muy larga vida a su padre y a su
tío, que cerraron los templos, y que despreciaron a los dioses como
si no existieran, y que se complacieron en oprimir al linaje humano,
intimábale a él, a pesar de su piedad y religión, que dentro de tan
corto tiempo había de morir. Entonces, dicen, vínole del oráculo por
respuesta que por la misma conducta que alegaba se le acortaban en
tanto grado los plazos de la vida, por no haber hecho lo que debía,
pues la opresión fatal del Egipto, que sus dos antecesores en el trono
habían cumplido muy bien, y él no, estaba dispuesto que durase 150
años. Oído este oráculo, y conociendo Micerino que estaba ya dado el
fallo contra su vida, mandó fabricar una multitud de candeleros, a fin
de que su luz convirtiese la noche en día,[194] y desde entonces empezó
a entregarse sin reserva a todo género de diversión y regalo, comiendo
y bebiendo sin parar día y noche, y no dejando ni lago, ni prado,
bosque o vega al que no fuera donde quier supiese haber algún paraje
ameno y delicioso, apto para su recreo y solaz. Todo lo cual discurrió
y practicó con el intento de desmentir al oráculo, declarándole falso
y engañoso con hacer que sus seis años fatales valieran por doce
convertidas las noches en otros tantos días.
CXXXIV. No dejó, sin embargo, Micerino de levantar su pirámide, menor
que la de su padre, de más de 20 pies. La fábrica es cuadrada, de
mármol etiópico hasta su mitad y de tres pletros[195] en cada uno de
sus lados. Pretenden algunos griegos equivocadamente que esta pirámide
es de la cortesana Ródope, con lo que demuestran, en mi humilde juicio,
cuán pocas noticias tienen de esa ramera, pues a tenerlas, no le dieran
la gloria de haber erigido una pirámide en cuya fábrica se hubieron de
expender los talentos a millares, por decirlo así. Además, Ródope no
floreció en el reinado de Micerino, sino en el de Amasis, muchos años
después de muertos aquellos reyes que dejaron las pirámides. Esta mujer
fue natural de Tracia, sierva de Yadmón de Samos, hijo de Hefestópolis,
y compañera de esclavitud del fabulista Esopo, quien fue sin duda
esclavo de Yadmón, como lo convence el que habiendo los naturales de
Delfos, prevenidos por su mismo oráculo, publicado repetidas veces el
pregón de que si alguno hubiese que quisiera exigir de ellos la debida
satisfacción por la muerte allí dada a Esopo, estaban prontos a pagar
la pena; nadie se presentó con tal demanda, sino un cierto Yadmón,
nieto de otro del mismo nombre, a cuyo joven se satisfizo en efecto
aquel agravio. Lo que declara que Esopo había sido esclavo de Yadmón.
CXXXV. En cuanto a la bella Ródope, pasó al Egipto en compañía de
Xantes, natural de Samos; y aunque su destino en aquel viaje había
sido enriquecer a su amo con la ganancia que le granjease su belleza,
fue puesta en libertad mediante una gran suma de dinero por un hombre
de Mitilene, llamado Caraxes, hijo de Escamandrónimo y hermano de la
poetisa Safo. Quedose Ródope libre y suelta en Egipto, donde juntó
muchos caudales como linda y graciosa cortesana, grandes, sí, para
una mujer de su profesión, pero no tantos que pretendiera con ellos
levantar una pirámide. Y si alguno tuviere curiosidad, podrá aún ver
por sí mismo la décima parte de las riquezas de Ródope, y por esto
concluir que no deben atribuírsele tantas, pues queriendo dejar ella
un monumento suyo a la Grecia, dio una ofrenda que nadie jamás había
hecho ni aun pensado, y la dedicó en Delfos como memoria particular.
Al efecto mandó que la décima parte de sus haberes se empleara en unos
asadores de hierro, tantos en número para cuantos sufragase dicha
cantidad, destinados a servir en los sacrificios de los bueyes; y en el
día se ven aún amontonados detrás del ara que dedicaron los de Quíos,
frontera al templo de Delfos. Es ya antigua costumbre que sienten
en Náucratis su tienda las cortesanas más insignes por su donaire y
belleza. Allí moraba de asiento la mujer de quien hablamos, tan famosa,
que ningún griego había que por el nombre siquiera no conociese a la
hermosa Ródope; y allí mismo residió después otra llamada Arquídice,
decantada por toda la Grecia, mas no tanto que jamás hubiese podido
llegar a la fama de la primera. Volviendo a Mitilene Caraxes,
libertador de Ródope, como llevo dicho, fue con este motivo amargamente
zaherido por Safo en muchas de sus canciones. Pero bastante hemos
hablado de Ródope.