C. Los mismos sacerdotes me iban leyendo en un libro el catálogo de

nombres de 330 reyes posteriores a Menes.[173] En tan larga serie de

tantas generaciones se contaban 18 reyes etíopes, una reina egipcia

y los demás reyes egipcios también. El nombre de aquella reina única

era Nitocris, el mismo que tenía la otra reina de Babilonia, y de ella

contaban que, recibida la corona de mano de los egipcios, que habían

quitado la vida a su hermano, supo vengarse de los regicidas por medio

de un ardid. Mandó fabricar una larga habitación subterránea, con el

pretexto de dejar un monumento de nueva invención; y bajo este color,

con una mira bien diversa, convidó a un nuevo banquete a muchos de

los egipcios que sabía haber sido motores y principales cómplices en

la alevosa muerte de su hermano. Sentados ya a la mesa, en medio del

convite dio orden que se introdujese el río en la fábrica subterránea

por un conducto grande que estaba oculto. A este acto de la reina

añadían el de haberse precipitado en seguida por sí misma dentro de una

estancia llena de ceniza a fin de no ser castigada por los egipcios.

CI. De los demás reyes del catálogo decían que, no habiendo dejado

monumento alguno, ninguna gloria ni esplendor quedaba de ellos en

la posteridad, si se exceptúa el último, llamado Meris, pues este

hizo muchas obras públicas, edificando en el templo de Hefesto los

propileos o pórticos que miran al viento Bóreas, mandando excavar una

grandísima laguna cuyos estadios de circunferencia referiré más abajo,

y levantando en ella unas pirámides, de cuya magnitud daré razón al

hablar de la laguna. Tantos fueron los monumentos que a Meris se deben,

cuando ni uno solo dejaron los demás.

CII. Bien podré por lo mismo pasar a estos en silencio, para hacer

desde luego mención del otro gran monarca que con el nombre de

Sesostris les sucedió en la corona.[174] Decíanme de Sesostris los

sacerdotes que, saliendo del golfo Arábigo con una armada de naves

largas, sujetó a su dominio a los que habitaban en las costas del

mar Eritreo, alargando su viaje hasta llegar a no sé qué bajíos que

hacían el mar innavegable; que desde el mar Eritreo, dada la vuelta a

Egipto, penetró por tierra firme con un ejército numeroso que juntó,

conquistando tantas naciones cuantas delante se le ponían, y si

hallaba con alguna valiente de veras y amante de sostener su libertad,

erigía en su distrito, después de haberla vencido, unas columnas en

que grababa una inscripción que declarase su nombre propio, el de su

patria y la victoria con su ejército obtenida sobre aquel pueblo; si

le acontecía, empero, no encontrar resistencia en algún otro, y rendir

sus plazas con facilidad, fijaba asimismo en la comarca sus columnas

con la misma inscripción grabada en las otras, pero mandaba esculpir en

ellas además la figura de una mujer, queriendo sirviese de nota de la

cobardía de los vencidos, menos hombres que mujeres.

CIII. Lleno de gloria Sesostris con tantos trofeos, iba corriendo las

provincias del continente del Asia, de donde pasando a Europa domó

en ella a los escitas y tracios, hasta cuyos pueblos llegó, a lo que

creo, el ejército egipcio, sin pasar más allá, pues que en su país y

no más lejos se encuentran las columnas. Desde este término, dando la

vuelta hacia atrás por cerca del río Fasis, no tengo bastantes luces

para asegurar si el mismo rey, separando alguna gente de su ejército,

la dejaría allí en una colonia que fundó, o si algunos de sus soldados,

molidos y fastidiados de tanto viaje, se quedarían por su voluntad en

las cercanías de aquel río.

CIV. Así me expreso, porque siempre he tenido la creencia de que los

colcos no son más que egipcios, pensamiento que concebí antes que a

ninguno lo oyera. Para salir de dudas y satisfacer mi curiosidad,

tomé informes de entrambas naciones, y vine a descubrir que los

colcos conservaban más viva la memoria de los egipcios que no estos

de aquellos, si bien los egipcios no negaban que los colcos fuesen

un cuerpo separado antiguamente de la armada de Sesostris. Dio motivo

a mis sospechas acerca del origen de los colcos el verlos negros de

color y crespos de cabellos; pero no fiándome mucho en esta conjetura,

puesto que otros pueblos hay además de los egipcios negros y crespos,

me fundaba mucho más en la observación de que las únicas naciones del

globo que desde su origen se circuncidan son los colcos, egipcios y

etíopes, pues que los fenicios y sirios[175] de la Palestina confiesan

haber aprendido del Egipto el uso de la circuncisión. Respecto de

los otros sirios situados en las orillas de los ríos Termodonte y

Partenio, y a los macrones sus vecinos y comarcanos, únicos pueblos que

se circuncidan, afirman haberlo aprendido modernamente de los colcos.

No sabría, empero, definir, entre los egipcios y etíopes, cuál de los

dos pueblos haya tomado esta costumbre del otro, viéndola en ambos muy

antigua y de tiempo inmemorial. Descubro, no obstante, un indicio para

mí muy notable, que me inclina a pensar que los etíopes la tomaron

de los egipcios, con quienes se mezclaron, y es haber observado que

los fenicios que tratan y viven entre los griegos no se cuidan de

circuncidar como los egipcios a los hijos que les van naciendo.[176]

CV. Y una vez que hablo de los colcos, no quiero omitir otra prueba de

su mucha semejanza con los egipcios, con quienes frisa no poco su tenor

de vida y su modo de hablar, y es el idéntico modo con que trabajan

el lino. Verdad es que el de colcos se llama entre los griegos lino

_sardónico_, y el otro _egipcio_, del nombre de su país.

CVI. Volviendo a las columnas que el rey Sesostris iba levantando en

diversas regiones, si bien muchas ya no parecen al presente, algunas vi

yo mismo existentes todavía en la Siria palestina, en las cuales leí

la referida inscripción y noté grabados los miembros de una mujer. En

la Jonia se dejan ver también dos figuras de aquel héroe esculpidas en

mármoles; una en el camino que va a Focea desde el dominio de Éfeso;

otra en el que va desde Sardes hacia Esmirna. En ambas partes vese

grabado un varón alto de cinco palmos, armado con su lanza en la mano

derecha, y con su ballesta en la izquierda, con la demás armadura

correspondiente, toda etiópica y egipcia. Desde un hombro a otro corren

esculpidas por el pecho unas letras egipcias con caracteres sagrados

que dicen: _Esta región la gané con mis hombres_. Es verdad no se dice

allí quién sea el conquistador representado, ni de dónde vino; pero en

otras partes lo dejó expreso. Sé que algunos que vieron tales figuras

conjeturan, sin dar en el blanco, si sería la imagen de Memnón.[177]

CVII. Añadían los sacerdotes que, vuelto Sesostris de sus conquistas

con gran comitiva de prisioneros traídos de las provincias subyugadas,

fue hospedado en Dafnes de Pelusio por un hermano encargado en su

ausencia del gobierno del Egipto, quien durante el convite que daba

como huéspedes a Sesostris y a sus hijos, mandó rodear de leña el

exterior de la casa, y luego de amontonada se le diese fuego.

Entendiendo Sesostris lo que se hacía, y consultando con su mujer, a

quien llevaba siempre en su compañía, lo que en lance tan apretado

debía hacerse, recibió de ella el consejo de arrojar a la hoguera dos

de los seis hijos que allí tenía y formar con ellos un puente por el

cual saliesen los demás salvos de aquel incendio; consejo que resolvió

poner por obra, logrando salvarse con la pérdida de dos hijos, con los

demás de la compañía.[178]

CVIII. Restituido Sesostris al Egipto y vengada desde luego la alevosía

de su hermano, sirviose de la tropa de prisioneros que consigo llevaba

en bien público del estado, pues ellos fueron los que en aquel reinado

arrastraron al templo de Hefesto los mármoles que en él hay de una

grandeza descomunal; ellos los empleados por fuerza en abrir los

fosos y canales que al presente cruzan el Egipto, haciendo a su pesar

que aquel país, antes llano, abierto como un coso a la caballería y

a las ruedas de los carros, dejase de serlo en adelante; pues, en

efecto, desde aquella sazón, aunque sea el Egipto una gran llanura,

con los canales que en él se abrieron, muchos en número vueltos y

revueltos hacia todas partes, se hizo impracticable a la caballería e

intransitable a las ruedas. El objeto que tuvo aquel monarca cortando

con tantos canales el terreno, fue proveer de agua saludable a sus

vasallos, pues veía que cuantos egipcios habitaban tierra adentro

apartados de las orillas del río, hallándose faltos de agua corriente

al retirar el Nilo su avenida, acudían por necesidad a la de los pozos,

bebida harto gruesa y pesada.

CIX. Cortado así el Egipto por los motivos expresados, el mismo

Sesostris, a lo que decían, hizo la repartición de los campos, dando

a cada egipcio su suerte cuadrada y medida igual de terreno;[179]

providencia sabia por cuyo medio, imponiendo en los campos cierta

contribución, logró fijar y arreglar las rentas anuas de la corona. Con

este orden de cosas, si sucedía que el río destruyese parte de alguna

de dichas suertes, debía su dueño dar cuenta de lo sucedido al rey, el

cual, informado del caso, reconocía de nuevo por medio de sus peritos

y medía la propiedad, para que, en vista de lo que había desmerecido,

contribuyese menos al erario en adelante, a proporción del terreno

que le restaba. Nacida de tales principios en Egipto la geometría,

creo pasaría después a Grecia, conjetura que no es extraña, pues que

los griegos aprendieron de los babilonios el reloj, el gnomon y el

repartimiento civil de las doce horas del día.

CX. Sesostris fue el único que tuvo dominio sobre la Etiopía. Delante

del templo de Hefesto dejó memoria de su reinado en unas estatuas de

mármol que levantó, dos de las cuales, la suya y la de su esposa,

tienen la altura de 30 codos, y de 20 las cuatro restantes, que son

de sus hijos. Sucedió después que intentando el persa Darío colocar

su estatua delante de la de Sesostris, se le opuso el sacerdote de

Hefesto, diciéndole que no había llegado a las proezas de Sesostris,

pues que este, no habiendo conquistado menos naciones que Darío,

subyugó entre ellas a los escitas, a quienes el persa no pudo vencer,

y que no siéndole superior en hazañas, no quisiera serlo tampoco en

el honor y preeminencia de las estatuas. Y es singular que Darío, no

llevando a mal la resistencia, disimulase la libertad y franqueza del

sacerdote.

CXI. Muerto Sesostris, continuaban, tomó el mando del reino su hijo

Ferón,[180] el cual, sin haber emprendido ninguna militar expedición,

tuvo la desgracia de cegar. Bajaba el Nilo con una de las mayores

avenidas que por entonces acostumbraba, llegando su creciente a 18

codos, y arrojado además sobre los campos, por desgracia, a impulsos

de un viento impetuoso, se encrespaba como el mar, y levantaba sus

olas. Viéndolo el rey, dicen que enfurecido tomó su lanza con ímpetu

temerario e impío y la arrojó en medio de las ondas remolinadas del

río. Allí mismo, sin dilatársele el castigo, enfermó de los ojos y

perdió la vista. Diez años había que vivía ciego el monarca, cuando de

la ciudad de Buto le llegó un oráculo en que se le anunciaba el término

de su pena y castigo, y que iba a recobrar la vista solo con lavarse

los ojos con la orina de una mujer tan continente, que sin comercio con

ningún hombre extraño, solo fuese conocida de su marido. Quiso empezar

su tentativa con la de su propia mujer; pero no surtiendo efecto,

siguió haciendo prueba en la de muchas otras, hasta que por fin recobró

la vista. Mandó que todas las mujeres en cuya orina había probado

remedio, excepto aquella que se lo había dado, fuesen conducidas a

cierta ciudad que se llama al presente Eritrebelos, y allí todas

quemadas de una vez; y no menos agradecido que severo, quiso tomar por

esposa aquella a quien debía el recobro de la vista. Entre otras muchas

dádivas que, libre de su ceguera, consagró en los templos de más fama

y consideración, merecen atención particular los monumentos, dignos en

verdad de verse, que erigió en el templo del Sol, y son dos obeliscos

de mármol, cada uno de una sola pieza y de cien codos de alto y ocho de

grueso.

CXII. A este monarca dan por sucesor en el trono a un ciudadano de

Menfis, cuyo nombre griego es Proteo,[181] que tiene actualmente en

aquella ciudad un templo y bosque religioso muy bello y adornado,

alrededor del cual tienen su casa los fenicios de Tiro, circunstancia

por la que se llama aquel lugar el campo de los fenicios. Dentro de

este recinto sagrado hállase también un templo que tiene el nombre de

Afrodita la huéspeda, y que creo, a no engañarme, será Helena, hija

de Tíndareo, pues según he oído decir estuvo Helena en el palacio de

Proteo, y no hay además, otro templo de los delicados a Afrodita que

lleve el renombre de huéspeda o de peregrina.

CXIII. He aquí en verdad lo que me referían los sacerdotes acerca de

Helena cuando yo les pedía informes. Al volver a su patria Alejandro

en compañía de Helena, a quien había robado en Esparta, unos vientos

contrarios le arrojaron desde el mar Egeo al Egipto, en cuyas costas,

no mitigándose la tempestad, se vio obligado a tomar tierra y aportar

a las Tariquías, situadas en la boca del Nilo que llaman Canóbica.

Había a la sazón en dicha playa, y lo hay todavía, un templo, dedicado

a Heracles, asilo tan privilegiado al mismo tiempo que el esclavo que

en él se refugiaba, de cualquier dueño fuese, no podía ser por nadie

sacado de allí, siempre que dándose por siervo de aquel dios se dejase

marcar con sus armas o sello sagrado, ley que desde el principio hasta

el día se ha mantenido siempre en todo su vigor. Informados, pues, los

criados de Alejandro del asilo y privilegios del templo, se acogieron a

aquel sagrado con ánimo de dañar a su señor, y le acusaron refiriendo

circunstanciadamente cuanto había pasado en el rapto de Helena y en el

atentado contra Menelao; deposición criminal que hicieron no solo en

presencia de los sacerdotes de aquel templo, sino también de Tonis,

gobernador de aquel puerto y desembocadura.

CXIV. Apenas acabó este de oír la declaración de los esclavos, cuando

despacha a Menfis un expreso para Proteo con orden de decirle: «Acaba

de llegar un extranjero, príncipe de la familia real de Teucro, que ha

cometido en Grecia una impía y temeraria violencia, viniendo de allí

con la esposa de su mismo huésped furtivamente seducida; y trayendo

con ella inmensos tesoros, arribó a tierra arrojado por la tempestad.

¿Qué haremos, pues, con él? ¿Le dejaremos salir impunemente del puerto

con sus naves, o le despojaremos de cuanto consigo lleva?». Proteo,

avisado, envió luego un correo con la siguiente respuesta: «A ese

hombre, sea quien fuere, que tal maldad y perfidia contra su mismo

huésped ha cometido, prendédmelo sin falta y llevadle a mi presencia

para oír qué razón da de sí y de su crimen».

CXV. El gobernador Tonis, recibida apenas esta orden, se apodera

de la persona de Alejandro, embargándole juntamente las naves, y

haciéndole conducir sin dilación a Menfis con su Helena, sus esclavos

y tesoros. Llevados todos a la presencia de Proteo, preguntó este

a Alejandro quién era, de dónde venía y con qué ley navegaba; a lo

cual el interrogado declaró su nombre, el de su familia y el de su

patria, dándole razón de su viaje y del puerto donde procedía. Insta

Proteo preguntándole de dónde hubo a Helena: Alejandro buscaba efugios

cautelosamente para no descubrir la verdad; pero los nuevos acogidos a

Heracles, esclavos suyos antiguos, dando cuenta puntual de su atentado,

fueron desmintiéndole, sin dejarle lugar a la réplica. Proteo entonces,

por abreviar razones, hablole en estos términos: «A no tener formada

anteriormente mi resolución de no ensangrentar mis manos en ninguno de

los pasajeros que arrojados por los vientos aporten a mis dominios,

os aseguro que vengara al griego en vuestra cabeza, y que hiciera en

vos un ejemplar, ¡hombre el más vil y malvado de cuantos viven!, pues

recibido y regalado como huésped, correspondisteis con el más enorme

agravio, convertido en adúltero de la esposa de vuestro amigo, que en

su casa os acogía; y no contento con el horror del tálamo violado,

huís con la adúltera furtivamente robada a su marido: aún más; como si

agravio, adulterio, rapto, todo fuera poco para vos, cargasteis con

los tesoros de vuestro huésped, que saqueasteis. Con todo, no mudo de

resolución, lo repito, ni me contaminaré con sangre extranjera; pero

tampoco sufriré que os llevéis impunemente esa mujer con los tesoros

robados, sino que de una y otros quiero ser depositario en favor de

vuestro huésped griego, hasta que él, informado, quiera recobrarlos.

A vos os mando que dentro del término fijo de tres días salgáis con

vuestra comitiva de mis dominios, poniendo mar en medio, so pena en

otro caso de ser tratado como enemigo».

CXVI. Así me referían los sacerdotes la llegada de Helena a la corte

de Proteo, de la cual no pienso que dejase de tener noticia el poeta

Homero; pero como la verdad de esta narración no sea tan apta y

grandiosa para la belleza y majestad de su epopeya como la fábula de

que se sirvió, omitiola a mi entender con tal motivo, contentándose

con manifestar que bien conocida la tenía, como no cabe en ello la

menor duda. El poeta presenta en la _Ilíada_[182] a Alejandro, perdido

el rumbo, llevando de un país a otro su Helena, y aportando después

de varios rodeos a Sidón, ciudad de Fenicia, lo que no contradijo

en ninguno de sus escritos. De lo dicho hace mención Homero en la

_Aristía_ de Diomedes con los siguientes versos: «Había allí mantos

bordados, dignos de maravilla, obra mujeril de sidonia mano, los que

con su noble Helena trajo de Sidón por el ancho ponto Paris el de

rostro divino». Y de esto mismo con otros versos habla Homero en la

_Odisea_: «_Tales_, tan útiles y tan salubres medicinas poseyó la

hija de Zeus, las que le fueron dadas por la reina egipcia Polidamna,

esposa de Ton, de allí donde el suelo feraz las brota en gran copia: al

beberlas, unas dan la salud, y otras la muerte». Hablando con Telémaco,

Menelao profiere asimismo estos versos: «Allá en Egipto, con ansia

grande de mi vuelta, me detenían Dios y mi mezquina hecatombe». En

estos pasajes Homero da muy bien a entender que sabía las navegaciones

de Alejandro y su arribo al Egipto, con el cual confina la Siria, país

de los fenicios, a quienes pertenece la ciudad de Sidón.

CXVII. La respectiva situación de estos países, no menos que los

versos citados, declaran y evidencian más y más que no son de Homero

los versos ciprios, sino de otro poeta ignorado, pues en ellos se

hace llegar a Alejandro con su Helena desde Esparta a Ilión en una

navegación de tres días únicamente, viento en popa y por un mar de

leche, cuando Homero nos dice en su _Ilíada_ que su ruta fue muy larga

y contrastada.

CXVIII. Pero dejemos cantar a Homero, y mentir a los versos ciprios;

que no es poeta quien no sabe fingir. Preguntados por mí los sacerdotes

sobre si era fábula lo que cuentan los griegos de la guerra de Troya,

me contestaron con la siguiente narración, que decían haber salido

de boca del mismo Menelao, de quien se tomaron en el país noticias

del suceso: Después del rapto de Helena, una armada griega poderosa

había pasado a la Teucrida para auxiliar a Menelao y hacer valer sus

pretensiones. Los griegos, saltando en tierra y atrincherados en sus

reales, ante todo enviaron a Ilión sus embajadores en compañía del

mismo Melenao, quienes, introducidos dentro de la plaza, pidieron se

les restituyera Helena y los tesoros que en su rapto les había hurtado

Alejandro, y que se les diera al mismo tiempo cabal satisfacción de la

injuria por él cometida; pero los troyanos, entonces y después, siempre

que fueron requeridos, de palabra y con juramentos respondían que no

tenían en su ciudad a Helena, ni en su poder los tesoros mencionados;

que aquella y estos se hallaban detenidos en Egipto,[183] y que no

parecía justo ni razonable salir responsables y garantes de las

prendas que el rey egipcio tenía interceptadas. Los griegos, tomando

la respuesta por un nuevo engaño con que se les quería insultar, no

levantaron el sitio puesto a la ciudad hasta tomarla a viva fuerza;

mas después de tomada la plaza, no pareciendo Helena, y oyendo siempre

la misma relación de los troyanos, se convencieron al cabo de lo que

decían y de la verdad del suceso, y enviaron a Menelao para que se

presentase a Proteo.

CXIX. Llega Menelao al Egipto, sube río arriba hasta Menfis, y hace

una sincera narración de todo lo sucedido. Proteo no solo lo hospeda

en casa y regala magníficamente, sino que le restituye su Helena sin

desdoro en su honor, y sus tesoros sin pérdida ni menoscabo. Mas a

pesar de tantas honras y favores como allí recibió Menelao, no dejó de

ser ingrato y aun malvado con los egipcios, pues no pudiendo salir del

puerto, como deseaba, por serle contrario los vientos, y viendo que

duraba mucho la tempestad, se valió para aplacarla de un modo cruel y

abominable, que fue tomar dos niños hijos de unos naturales del Egipto,

partirlos en trozos y sacrificarlos a los vientos.[184] Sabido el impío

sacrificio y la inhumanidad de Menelao, huyó este con sus naves hacia

Libia, abominado y perseguido por los egipcios. Qué rumbo desde allí

siguiese, no pudieron decírmelo; pero añadían que lo referido, parte lo

sabían de oídas, parte lo vieron por sus ojos, y que de todo podían ser

fieles testigos; y he aquí lo que en suma me refirieron los sacerdotes

egipcios.

CXX. A la verdad, por lo que respecta a Helena, doy entero crédito a su

narración, tanto más cuanto creo que si a la sazón se hubiera hallado

en Troya, fuera restituida a los griegos, aun a pesar de Alejandro,

pues ni Príamo hubiera sido tan necio, ni sus hijos y demás deudos

tan insensatos, que solo porque aquel gozara de su Helena pusiesen a

riesgo de balde sus vidas y las de sus hijos, y la salud y existencia

del estado. Pero concedamos que al principio de la contienda tomaran

el partido de no restituirla; no dudo que al ver caer tanto troyano

combatiendo con los griegos; al ver Príamo muertos en las refriegas

no uno u otro, sino los más de sus hijos, pues morir los veía si se

ha de dar crédito a los poetas, a vista de tales destrozos y tamañas

pérdidas como les iban sucediendo, no dudo, repito, aun cuando el mismo

Príamo fuera el amante de Helena, que a trueque de librarse de tantos

desastres como entonces le oprimían, la volviera por fin enhoramala a

los aqueos. Ni se diga que los negocios públicos dependían del capricho

de un príncipe enamorado, por tocar a Alejandro la corona en la vejez

de Príamo; pues no es así: el grande Héctor, primogénito del rey, y

héroe de otras prendas y valor que Alejandro, era el príncipe heredero

del cetro, y no parece verosímil que permitiera impunemente a su

hermano menor una resistencia y obstinación tan inicua y perniciosa,

y más tocando con las manos las calamidades que de ellas resultaban

contra sí mismo y contra el resto de los troyanos. Así que, no teniendo

estos a Helena, mal podían restituirla, y aunque decían la verdad, no

les daban crédito los griegos, ordenándolo así la Providencia,[185] a

decir lo que siento, con la mira de hacer patente a los mortales en

la ruina total de Troya, que por fin al llegar al plazo hace Dios un

castigo horroroso y ejemplar de atroces y enormes atentados; y así

juzgo de este suceso.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 14 / 38 段