LXXII. Los egipcios veneran como sagradas a las nutrias que se crían en

sus ríos, y con particularidad entre los peces al que llaman lepidoto

o escamoso, y a la anguila, pretendiendo que estas dos especies están

consagradas al Nilo, como lo está entre las aves el _vulpanser_ o ganso

bravo.

LXXIII. Otra ave sagrada hay allí que solo he visto en pintura, cuyo

nombre es el de fénix. Raras son, en efecto, las veces que se deja

ver, y tan de tarde en tarde, que según los de Heliópolis solo viene

al Egipto cada quinientos años, a saber, cuando fallece su padre.

Si en su tamaño y conformación es tal como la describen, su mole y

figura son muy parecidas a las del águila, y sus plumas en parte

doradas, en parte de color de carmesí. Tales son los prodigios que de

ella nos cuentan, que aunque para mi poco dignos de fe, no omitiré el

referirlos. Para trasladar el cadáver de su padre desde la Arabia al

templo del Sol, se vale de la siguiente maniobra: forma ante todo un

huevo sólido de mirra, tan grande cuanto sus fuerzas alcancen para

llevarlo, probando su peso después de formado para experimentar si

es con ellas compatible; va después vaciándolo hasta abrir un hueco

donde pueda encerrar el cadáver de su padre; el cual ajusta con otra

porción de mirra y atesta de ella la concavidad, hasta que el peso del

huevo preñado con el cadáver iguale al que cuando sólido tenía; cierra

después la abertura, carga con su huevo, y lo lleva al templo del Sol

en Egipto. He aquí, sea lo que fuere, lo que de aquel pájaro refieren.

LXXIV. En el distrito de Tebas se ven ciertas serpientes divinas,

nada dañosas a los hombres,[156] pequeñas en el tamaño, que llevan

dos cuernecillos en la parte más alta de la cabeza. Al morir se las

entierra en el templo mismo de Zeus, a cuyo numen y tutela se las cree

dedicadas.

LXXV. Otra casta hay de sierpes aladas, sobre las cuales queriéndome

informar hice mi viaje a un punto de la Arabia situado no lejos de

Butona. Llegado allí (no se crea exageración), vi tal copia de huesos

y de espinas de serpientes cual no alcanzo a ponderar. Veíanse allí

vastos montones de osamentas, aquí otros no tan grandes, más allá

otros menores, pero muchos y numerosos. Este sitio, osario de tantos

esqueletos, es una especie de quebrada estrecha de los montes, y como

un puerto que domina una gran llanura confinante con las campiñas

del Egipto. Aquella carnicería se explica diciendo que al abrirse la

primavera acuden las serpientes aladas desde la Arabia al Egipto,[157]

y que las aves que llaman ibis les salen al encuentro desde luego a la

entrada del país, negándoles el paso, y acaban con todas ellas. A este

servicio que los ibis prestan a los egipcios, atribuyen los árabes la

estima y veneración en que los tienen aquellos naturales, y esta es la

razón que dan los egipcios mismos del honor que le tributan.

LXXVI. El ibis es una ave negra por extremo en su color, en las piernas

semejante a la grulla, con el pico sumamente encorvado, del tamaño del

_crex_ o «rey de codornices». Esta es la figura de los ibis negros que

pelean con las sierpes; pero otra es la de los ibis domésticos que se

dejan ver a cada paso, que tienen la cabeza y cuello pelado, y blanco

el color de sus alas, bien que las extremidades de ellas, su cabeza,

su cuello y las partes posteriores son de un color negro muy subido;

en las piernas y en el pico se asemeja a la otra especie. La serpiente

voladora se parece a la hidra; sus alas no están formadas de plumas,

sino de unas pieles o membranas semejantes a las del murciélago.

LXXVII. Dejando ya a un lado las bestias sacras y divinas, hablemos por

fin de los mismos egipcios. Debo confesar que los habitantes de aquella

comarca que se siembra, como que cultivan y ejercitan la memoria

sobre los demás hombres, son asimismo la gente más hábil y erudita

que hasta el presente he podido encontrar. En su manera de vivir

guardan la regla de purgarse todos los meses del año por tres días

consecutivos, procurando vivir sanos a fuerza de vomitivos y lavativas,

persuadidos de que de la comida nacen al hombre todos los achaques y

enfermedades. Los que así piensan son por otra parte los hombres más

sanos que he visto, si se exceptúa a los libios. Este beneficio lo

deben en mi concepto a la constancia de sus anuas estaciones, porque

sabido es que toda mutación, y la de las estaciones en particular, es

la causa generalmente de que enfermen los hombres. Por lo común, no

comen otro pan que el que hacen de la espelta, al cual dan el nombre

de _kyllestis_. Careciendo de viñas el país,[158] no beben otro vino

que la cerveza que sacan de la cebada. De los pescados, comen crudos

algunos después de bien secos al sol, otros adobados en salmuera.

Conservan también en sal a las codornices, ánades y otras aves pequeñas

para comerlas después sin cocer. Las demás aves, como también los

peces, los sirven hervidos o asados, a excepción de los animales que

reputan por divinos.

LXXVIII. En los convites que se dan entre la gente rica y regalada se

guarda la costumbre de que acabada la comida pase uno alrededor de los

convidados, presentándoles, en un pequeño ataúd, una estatua de madera

de un codo o de dos a lo más,[159] tan perfecta, que en el aire y color

remeda al vivo un cadáver, y diciendo de paso a cada uno de ellos

al presentársela y enseñarla: «¿No le ves? mírale bien: come y bebe

y huelga ahora, que muerto no has de ser otra cosa que lo que ves».

Costumbre es esta, como he dicho, en los espléndidos banquetes.

LXXIX. Contentos los egipcios con su música y canciones patrias, no

admiten ni adoptan ninguna de las extranjeras. Entre muchos himnos y

canciones nacionales, a cual más lindas, lo es con preferencia cierta

cantinela, usada también en Fenicia, en Chipre y en varios países, y

aunque en cada uno de ellos lleva su nombre particular, es no solo

parecida, sino igual exactamente a la que cantan los griegos con el

nombre de _Lino_. Y entre tantas cosas que no acabo de admirar entre

los egipcios, no es lo que menos ha excitado mi curiosidad el saber

de dónde les procedía aquel cántico, al cual son tan aficionados

que siempre se oye en sus labios, y al que en vez de _Lino_ llaman

_Maneros_ en egipcio. Así dicen se llamaba el hijo único del primer rey

de Egipto, muerto el cual en la flor de su edad, quisieron los egipcios

conservar la memoria del infeliz príncipe, y honrar al difunto con

aquellas fúnebres endechas que fueron la primera y única canción del

país.

LXXX. Otra costumbre guardan los egipcios en la que se parecen, no a

los griegos en general, sino a los lacedemonios, pues que los jóvenes

al encontrarse con los ancianos se apartan del camino cediéndoles

el paso, y se ponen en pie al entrar en la pieza los de mayor edad,

ofreciéndoles luego su asiento.

LXXXI. Pero en lo que a ninguno de los griegos se parecen aquellos

pueblos, es que en vez de saludarse con corteses palabras, se inclinan

profundamente al hallarse en la calle, bajando su mano hasta la

rodilla. Visten túnicas de lino largas hasta las piernas, alrededor

de las cuales corren algunas franjas, y a las que llaman _kalasiris_.

Encima de ellas llevan su manto de lana, con cuyos tejidos se guardan

sin embargo de presentarse en el templo o de enterrarse amortajados en

ellos, lo que fuera a sus ojos una profanación. Relación tiene esta

costumbre egipcia con las ceremonias órficas[160] y pitagóricas, como

se llaman, no siendo lícito tampoco a ninguno de los iniciados en sus

orgías y misterios ir a la sepultura con mortaja de lana, a cuyos usos

no falta su razón arcana y religiosa.

LXXXII. Los egipcios, además de otras invenciones, enseñaron varios

puntos de astrología; qué mes y qué día, por ejemplo, sea apropiado a

cada uno de los dioses,[161] cuál sea el hado de cada particular, qué

conducta seguirá, qué suerte y qué fin espera al que hubiese nacido en

tal día o con tal ascendiente; doctrinas de que los poetas griegos se

han valido en sus versos. En punto a prodigios, fueron los egipcios

los mayores agoreros del universo, como que tanto se esmeran en su

observación, pues apenas sucede algún portento lo notan desde luego

y observan su éxito; coligiendo de este modo el que ha de tener otro

portento igual que acontezca.

LXXXIII. Del arte de vaticinar, tal es el concepto que tienen, que no

lo miran como propio de hombres, sino apenas de algunos de sus dioses.

Varios son los oráculos, en efecto, que encierra su país: el de

Heracles, el de Apolo, el de Atenea, el de Artemisa, el de Ares, el de

Zeus, y el de Leto, por fin, situado en la ciudad de Buto, al que dan

la primacía y honran con preferencia a los demás.

LXXXIV. Reparten en tantos ramos la medicina, que cada enfermedad tiene

su médico aparte, y nunca basta uno solo para diversas dolencias.

Hierve en médicos el Egipto: médicos hay para los ojos, médicos para

la cabeza, para las muelas, para el vientre; médicos, en fin, para los

achaques ocultos.

LXXXV. Por lo que hace al luto y sepultura, es costumbre que al morir

algún sujeto de importancia las mujeres de la familia se emplasten de

lodo el rostro y la cabeza. Así desfiguradas y desceñidas, y con los

pechos descubiertos, dejando en casa al difunto, van girando por la

ciudad con gran llanto y golpes de pecho, acompañándolas en comitiva

toda la parentela. Los hombres de la misma familia, quitándose el

cíngulo, forman también su coro plañiendo y llorando al difunto.

Concluidos los clamores, llevan el cadáver al taller del embalsamador.

LXXXVI. Allí tienen oficiales especialmente destinados a ejercer el

arte de embalsamar, los cuales, apenas es llevado a su casa algún

cadáver, presentan desde luego a los conductores unas figuras de

madera, modelos de su arte, las cuales con sus colores remedan al

vivo un cadáver embalsamado. La más primorosa de estas figuras, dicen

ellos mismos, es la de un sujeto cuyo nombre no me atrevo ni juzgo

lícito publicar. Enseñan después otra figura inferior en mérito y menos

costosa, y por fin otra tercera más barata y ordinaria, preguntando

de qué modo y conforme a qué modelo desean se les adobe el muerto;

y después de entrar en ajuste y cerrado el contrato, se retiran los

conductores. Entonces, quedando a solas los artesanos en su oficina,

ejecutan en esta forma el adobo de primera clase. Empiezan metiendo

por las narices del difunto unos hierros encorvados, y después de

sacarle con ellos los sesos, introducen allá sus drogas e ingredientes.

Abiertos después los ijares con piedra de Etiopía aguda y cortante,

sacan por ellos los intestinos, y purgado el vientre, lo lavan con vino

de palma y después con aromas molidos, llenándolo luego de finísima

mirra, de casia, y de variedad de aromas, de los cuales exceptúan

el incienso, y cosen últimamente la abertura.[162] Después de estos

preparativos adoban secretamente el cadáver con salitre durante

setenta días, único plazo que se concede para guardarle oculto; luego

se le faja, bien lavado, con ciertas vendas cortadas de una pieza de

finísimo lino, untándole al mismo tiempo con aquella goma de que se

sirven comúnmente los egipcios en vez de cola.[163] Vuelven entonces

los parientes por el muerto, toman su momia, y la encierran en un nicho

o caja de madera, cuya parte exterior tiene la forma y apariencia

de un cuerpo humano, y así guardada la depositan en un aposentillo,

colocándola en pie y arrimada a la pared. He aquí el modo más exquisito

de embalsamar los muertos.

LXXXVII. Otra es la forma con que preparan el cadáver los que,

contentos con la medianía, no gustan de tanto lujo y primor en este

punto. Sin abrirle las entrañas ni extraerle los intestinos, por

medio de unos clisteres llenos de aceite de cedro, se lo introducen

por el orificio, hasta llenar el vientre con este licor, cuidando que

no se derrame después y que no vuelva a salir. Adóbanle durante los

días acostumbrados, y en el último sacan del vientre el aceite antes

introducido, cuya fuerza es tanta, que arrastra consigo en su salida

tripas, intestinos y entrañas ya líquidas y derretidas. Consumida al

mismo tiempo la carne por el nitro de afuera, solo resta del cadáver la

piel y los huesos; y sin cuidarse de más, se restituye la momia a los

parientes.

LXXXVIII. El tercer método de adobo, de que suelen echar mano los

que tienen menos recursos, se deduce a limpiar las tripas del muerto

a fuerza de lavativas, y adobar el cadáver durante los setenta días

prefijados, restituyéndole después al que lo trajo para que lo vuelva a

su casa.

LXXXIX. En cuanto a las matronas de los nobles del país y a las mujeres

bien parecidas, se toma la precaución de no entregarlas luego de

muertas para embalsamar, sino que se difiere hasta el tercero o cuarto

día después de su fallecimiento. El motivo de esta dilación no es otro

que el de impedir que los embalsamadores abusen criminalmente de la

belleza de las difuntas, como se experimentó, a lo que dicen, en uno de

esos inhumanos, que se llegó a una de las recién muertas, según se supo

por la delación de un compañero de oficio.

XC. Siempre que aparece el cadáver de algún egipcio o de cualquier

extranjero presa de un cocodrilo o arrebatado por el río, es deber de

la ciudad en cuyo territorio haya sido arrojado enterrarle en lugar

sacro, después de embalsamarle y amortajarle del mejor modo posible.

Hay más todavía, pues no se permite tocar al difunto a pariente o amigo

alguno, por ser este un privilegio de los sacerdotes del Nilo, los

que con sus mismas manos lo componen y sepultan como si en el cadáver

hubiera algo de sobrehumano.

XCI. Huyen los egipcios de los usos y costumbres de los griegos, y

en una palabra, de cuantas naciones viven sobre la faz de la tierra;

pero este principio, común en todos ellos, padece alguna excepción

en la gran ciudad de Quemis, del distrito de Tebas, vecina a la de

Neápolis.[164] Perseo, el hijo de Dánae, tiene en ella un templo

cuadrado, circuido en torno de una arboleda de palmas. El propileo[165]

del templo está formado de grandes piedras de mármol, y en él se ven

en pie dos grandes estatuas, de mármol asimismo: dentro del sagrado

recinto hay una capilla, y en ella la estatua de Perseo. Los buenos

quemitas cuentan que muchas veces se les aparece en la comarca, otras

no pocas en su templo; y aun a veces se encuentra una sandalia de las

que calza el semidiós, no como quiera, sino tamaña de dos codos, cuya

aparición, a lo que dicen, es siempre agüero de bienes, y promesa de

un año de abundancia para todo Egipto. En honor de Perseo celebran

juegos gímnicos según la costumbre griega, en los que entra todo

género de certamen, y se proponen por premio animales, pieles y mantos

de abrigo. Quise investigar de ellos la razón por la que Perseo los

distinguía entre los demás egipcios con sus apariciones, y por qué

se singularizaban en honrarle con sus juegos gímnicos; a lo que me

respondieron que el semidiós era hijo de la ciudad, y me contaban que

dos de sus compatriotas, llamado el uno Dánao y Linceo el otro, habían

pasado por mar a la Hélade, y de la descendencia de entrambos, que me

deslindaron, nació Perseo, el cual, pasando por Egipto en el viaje que

hizo a la Libia con el mismo objeto que refieren los griegos de traer

la cabeza de Gorgona, visitó la ciudad de Quemis, cuyo nombre sabía

por su madre, y que allí reconoció a todos sus parientes, y que por su

mandato se celebraban los juegos gímnicos desde entonces.

XCII. Los usos hasta aquí referidos pertenecen a los egipcios que

moran más arriba de los pantanos; los que viven en medio de ellos se

asemejan enteramente a los primeros en costumbres y en tener una sola

esposa,[166] como también sucede entre los griegos; pero exceden a

los demás en ingenio y habilidad para alcanzar el sustento. Cuando la

campiña queda convertida en mar durante la avenida del río, suelen

criarse dentro del agua misma muchos lirios, que llaman _loto_[167]

los naturales, de los que, después de segados y secos al sol, extraen

la semilla, parecida en medio de la planta a la de la adormidera,

amasando con ella sus panes y cociéndolos al horno. Sírveles también de

alimento la raíz del mismo _loto_, de figura algo redonda y del tamaño

de una manzana. Otros lirios nacen allí en el agua estancada del río

muy parecidos a las rosas, de cuyas raíces sale una vaina semejante en

forma al panal de las avispas, dentro de la cual se encierra un fruto

formado de ciertos granos apiñados a manera de confites y del tamaño

del hueso de aceituna, que se pueden comer así tiernos como secos.

Tienen otra planta llamada _biblo_,[168] de anual cosecha, cuya parte

inferior, después de arrancada y sacada del pantano, se come y se

vende, siendo de un codo de largo, y cortándose la superior para otros

usos. Los que buscan en el _biblo_ más delicado gusto antes de comerlo

suelen meterlo a tostar en un horno bien caldeado. No falta gente en

el país cuyo único alimento es la pesca, y que comen los peces, después

de limpiados de las tripas y de secarlos al sol.

XCIII. Aunque los ríos no suelen criar pesca gregal o de comitiva, la

producen las lagunas del Egipto, en las que sucede que apenas sienten

los peces el instinto de formar nuevas crías, nadan en tropas hacia el

mar; los machos al frente conducen aquel rebaño, despidiendo al mismo

tiempo la semilla que, sorbida por las hembras que los persiguen, las

hace preñadas. Después de llenas en el mar, dan todos la vuelta y

nadan hacia su primitiva guarida; pero entonces no son ya los machos

los pilotos, por decirlo así, del rumbo, sino que se alzan las hembras

con la dirección del rebaño, a imitación de lo que han visto hacer a

los otros en la ida, y van despidiendo sus huevos, tan pequeños como

un granito de mijo, que son engullidos por los machos que les van en

seguimiento. Cada uno de aquellos granos es un pescadillo, y de los

que quedan en el agua escapando de la voracidad de los machos nacen

después los pescados. Se observa que los que se cogen en su salida al

mar, tienen la cabeza algo raída a la parte izquierda, pero en los

cogidos a la vuelta se les ve como rozada y desflorada la derecha,

porque van hacia el mar siguiendo la orilla izquierda, y toman a

la vuelta el mismo rumbo, acercándose cuanto pueden a la ribera, y

nadando junto a tierra, para evitar que la corriente del río no los

desvíe y aleje de su camino.[169] Apenas crece el Nilo se empiezan al

mismo tiempo a llenarse las hoyas que forma la tierra, y los pantanos

vecinos al río, con el agua que del mismo se comunica y trasfunde, y

en aquellas balsas acabadas de llenar hierve de repente un hormiguero

de pescadillos. Creo, pues, y difícil será que me engañe, que el año

anterior, al menguar el Nilo, los peces se fueron retirando con las

últimas aguas hacia la madre del río, dejando en el lodo sus huevos, de

los cuales salen de repente los nuevos peces al volver al año siguiente

la avenida de las aguas.[170] He aquí cuanto de ellos puede decirse.

XCIV. Los mismos egipcios de las lagunas exprimen para su uso cierto

ungüento, que llaman _kiki_, de la fruta de los _siliciprios_,[171]

plantas que en Grecia se crían naturalmente en los campos, y que

sembradas en Egipto a orillas del río o de las lagunas dan muy copioso

fruto, aunque de un olor ingrato. Apenas es cogido este, hay quien lo

machaca para exprimir su jugo, y suelen también freírlo en la sartén

para recoger el licor que de él va manando, el cual viene a ser cierto

humor craso, que para la luz del candil no sirviera menos que el

aceite, si no despidiera un olor pesado y molesto.

XCV. Varios remedios han discurrido los naturales para defenderse y

librarse de los mosquitos, plaga en Egipto infinita. Los que viven más

allá de los pantanos se suben y guarecen en sus altas torres, donde no

pueden los mosquitos remontar su tenue vuelo vencidos de la fuerza de

los vientos; los que moran vecinos a las lagunas, en vez del asilo de

las torres, acuden al amparo de una red, con que se previene cada uno,

cogiendo en ella de día los insectos como pesca, y tomando de noche

para defenderse en su aposento dormitorio aquella misma red, con que

rodea su cama y dentro de la cual se echa a dormir. Es singular que si

allí duerme uno cubierto con sus vestidos o envuelto en sus sábanas,

penetran por ellas los mosquitos y le pican, al paso que huyen tanto de

la red, que ni aun se atreven a tentar el paso por sus aberturas.

XCVI. Las barcas de carga se fabrican allí de madera de espino, árbol

muy semejante en lo exterior al loto de Cirene, y cuya lágrima es la

goma. Su construcción, muy singular por cierto, se forma de tablones de

espino de dos codos, compuestos a manera de tejas y unidos entre sí con

largos y muy espesos clavos. Construido así el buque, en la parte de

arriba se tienden los bancos del batel en vez de cubierta, sin valerse

absolutamente de los maderos que llamamos costillas; y lo calafatean

luego con biblo por la parte interior. El timón está metido de modo que

llega y aun pasa por la quilla. El mástil es de espino, y las jarcias

y velas de biblo. Estas barcas, que no son capaces de navegar río

arriba, a no tener buen viento, suben tiradas desde la orilla; pero río

abajo navegan con la sola ayuda de un rejado que llevan hecho de varas

de tamariz, entretejido a manera de cañizo y parecido a una puerta,

y de una piedra agujereada que pesará como dos talentos o quintales.

Al partir, arrojan al agua de proa su rejado atado al barco con una

soga, y de popa la piedra también atada; el rejado, impelido por la

corriente, vase largando y tirando a remolque la _baris_, que así se

llaman estas barcas, mientras dirige su curso la piedra arrastrada

desde la popa surcando el fondo del río. Hay un sinnúmero de estas

naves, y algunas de tanto buque que cargan con muchos miles de talentos.

XCVII. En el tiempo que el Nilo inunda el país, aparecen únicamente

las ciudades a flor del agua con una perspectiva muy parecida a la que

presentan las islas en el mar Egeo, pues entonces es un mar todo el

Egipto, y solo las poblaciones asoman su cabeza sobre el agua. Durante

la inundación, en vez de seguir la corriente del río, se navega por lo

llano de la campiña, según manifiestamente aparece, pues la navegación

trillada y ordinaria de Náucratis a Menfis es por cerca de las

pirámides, rumbo que se deja durante la inundación por otro que pasa

por la punta del Delta y la ciudad de Cercasoro. Del mismo modo, el que

desde la costa, saliendo de Canobo, quisiera navegar sobre la campiña

hacia Náucratis, hará su viaje por la ciudad de Antila y por otra que

se llama Arcandro.

XCVIII. No quiero omitir, ya que hice mención de estas dos ciudades,

que Antila, que lo es bien considerable, está señalada para el chapín

y el calzado de la esposa del actual monarca de Egipto, tributo

introducido desde que el persa se hizo señor del reino. Acerca de la

otra, llamada Arcandro, creo debió tomar su nombre de aquel Arcandro

que fue yerno de Dánao, hijo de Ptío y nieto de Aqueo. Bien cabe que

haya existido otro Arcandro, pero lo que no admite duda es que este

nombre no es egipcio.

XCIX. Cuanto llevo dicho hasta el presente es lo que yo mismo vi, lo

que supe por experiencia, lo que averigüé con mis pesquisas; lo que en

adelante iré refiriendo lo oí de boca de los egipcios, aunque entre

ello mezclaré algo aún de lo que vi por mis ojos. De Menes, el primero

que reinó en Egipto, decíanme los sacerdotes que desvió con un dique

el río para secar el terreno de Menfis, pues observando que el río se

echaba con toda su corriente hacia las raíces del monte arenoso de la

Libia, discurrió para desviarle levantar un terraplén en un recodo que

forma el río por la parte de mediodía a unos cien estadios más arriba

de Menfis, y logró con aquella obra que, encanalada el agua por un

nuevo cauce, no solo dejase enjuta la antigua madre del río, sino que

aprendiese a dirigir su curso a igual distancia de los dos montes. Es

cierto que aun al presente mantienen los persas en aquel recodo en

que se obliga al Nilo a torcer su curso, mucha gente apostada para

reforzar cada año el mencionado dique; y con razón, pues si rompiendo

por allí el río se precipitase por el otro lado, iría sin duda a pique

Menfis y quedara sumergida. Apenas hubo Menes, el primer rey, desviado

el Nilo y enjugado el terreno, fundó primeramente en él la ciudad que

ahora se llama Menfis,[172] realmente edificada en aquella especie de

garganta del Egipto y rodeada con una laguna artificial que él mismo

mandó excavar por el norte y mediodía, empezando desde el río, que la

cerraba al oriente. Al mismo tiempo erigió en su nueva ciudad un templo

a Hefesto, monumento en verdad magnífico y memorable.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 13 / 38 段