XLVI. Ahora daré la causa por que otros egipcios, como ya dije, no

matan cabras o machos de cabrío. Los mendesios cuentan al dios Pan

por uno de los ochos dioses que existieron, a su creencia, antes de

aquellos doce de segunda clase; y los pintores y estatuarios egipcios

esculpen y pintan a Pan con el mismo traje que los griegos, rostro

de cabra y pies de cabrón, sin que crean por esto que sea tal como

lo figuran, sino como cualquiera de sus dioses de primer orden. Bien

sé el motivo de presentarle en aquella forma, pero guardareme de

expresarlo.[145] Por esto los mendesios honran con particularidad a

los cabreros, y adoran sus ganados, siendo aún menos devotos de las

cabras que de los machos de cabrío. Uno es, sin embargo, entre todos

el privilegiado y de tanta veneración, que su muerte se honra en todo

el nomo mendesio con el luto más riguroso. En Egipto se da el nombre

de Mendes así al dios Pan como al cabrón. En aquel nomo sucedió en mis

días la monstruosidad de juntarse en público un cabrón con una mujer:

bestialidad sabida de todos y aplaudida.

XLVII. Los egipcios miran al puerco como animal abominable, dando

origen esta superstición a que el que roce al pasar por desgracia

con algún puerco se arroje al río con sus vestidos para purificarse,

y a que los porquerizos, por más que sean naturales del país, sean

excluidos de la entrada y de la comunicación en los templos, entredicho

que se usa con ellos solamente, excediéndose tanto en esta prevención,

que a ninguno de ellos dieran en matrimonio ninguna hija, ni tomaran

alguna de ellas por mujer, viéndose obligada aquella clase a casarse

entre sí mutuamente. Mas aunque no sea lícito generalmente a los

egipcios inmolar un puerco a sus dioses, lo sacrifican, sin embargo, a

la Luna y a Dioniso, y a estos únicamente en un tiempo mismo, a saber,

el de plenilunio, día en que comen aquella especie de carne. La razón

que dan para sacrificar en la fiesta del plenilunio al puerco que

abominan en los demás días, no seré yo quien la refiera, porque no lo

considero conveniente; diré tan solo el rito del sacrificio con que se

ofrece a la Luna aquel animal. Muerta la víctima, juntan la punta de

su cola, el bazo y el redaño, y cubriéndolo todo con la gordura que

viste los intestinos, lo arrojan a las llamas envuelto de este modo.

Lo restante del tocino se come en el día del plenilunio destinado al

sacrificio, único día en que se atreven a gustar de la carne referida.

En aquella fiesta, los pobres que faltos de medios no alcanzan a

presentar su tocino, remedan otro de pasta, y lo sacrifican, después de

cocido, con las mismas ceremonias.

XLVIII. En la solemne cena que se hace en la fiesta de Dioniso

acostumbra cada cual matar su cerdo en la puerta misma de su casa, y

entregarlo después al mismo porquerizo a quien lo compró para que lo

quite de allí y se lo lleve. Exceptuada esta particularidad, celebran

los egipcios lo restante de la fiesta con el mismo aparato que los

griegos. En vez de los _falos_ usados entre los últimos, han inventado

aquellos unos muñecos de un codo de altura, y movibles por medio de

resortes, que llevan por las calles las mujeres moviendo y agitando

obscenamente un miembro casi tan grande como lo restante del cuerpo.

La flauta guía la comitiva, y sigue el coro mujeril cantando himnos

en loor de Baco o Dioniso. El movimiento obsceno del ídolo y la

desproporción de aquel miembro no dejan de ser para los egipcios un

misterio que cuentan entre los demás de su religión.[146]

XLIX. Paréceme averiguado que Melampo, el hijo de Amitaón, no

ignoraría sino que conocería muy bien esta especie de sacrificio,

pues no solo fue el propagador del nombre de Dioniso entre los

griegos, sino quien introdujo entre ellos asimismo el rito y la pompa

del _falo_, aunque no dio entera explicación de este misterio, que

declararon, más cumplidamente los sabios que le sucedieron. Melampo

fue, en una palabra, quien dio a los griegos razón del _falo_ que

se lleva en la procesión de Dioniso, y el que les enseñó el uso que

de él hacen;[147] y aunque como sabio supo apropiarse el arte de

la adivinación, de discípulo de los egipcios pasó a maestro de los

griegos, enseñándoles entre otras cosas los misterios y culto de

Dioniso, haciendo en él una pequeña mutación. Porque de otro modo no

puedo persuadirme que las ceremonias de este dios se instituyesen

por acaso al mismo tiempo entre griegos y egipcios, pues entonces no

hubiera razón para que no fueran puntualmente las mismas en entrambas

partes, ni para que se hubieran introducido en la Grecia nuevamente,

siendo improbable, por otro lado, que los egipcios tomaran de los

griegos esta o cualquier otra costumbre. Verosímil es, en mi concepto,

que aprendiese Melampo todo lo que a Dioniso pertenece, de aquellos

fenicios que en compañía de Cadmo el tirio emigraron de su patria al

país de Beocia.

L. Del Egipto nos vinieron además a la Grecia los nombres de la mayor

parte de los dioses; pues resultando por mis informaciones que nos

vinieron de los bárbaros, discurro que bajo este nombre se entiende

aquí principalmente a los egipcios. Si exceptuamos en efecto, como

dije, los nombres de Poseidón y el de los Dioscuros, y además los de

Hera, de Hestia, de Temis, de las Cárites y de las Nereidas,[148]

todos los demás desde tiempo inmemorial los conocieron los egipcios

en su país, según dicen los mismos; que de ello yo no salgo fiador.

En cuanto a los nombres de aquellos dioses de que no consta tuviesen

noticia, se deberían, según creo, a los pelasgos, sin comprender

con todo al de Poseidón, dios que adoptarían estos de los libios,

juntamente con su nombre, pues que ningún pueblo sino los libios se

valieron antiguamente de este nombre ni fueron celosos adoradores de

aquel dios. No es costumbre, además, entre los egipcios el tributar a

sus héroes ningún género de culto.

LI. Estas y otras cosas de que hablaré introdujéronse en la Grecia

tomadas de los egipcios; pero a los pelasgos[149] se debe el rito de

construir las estatuas de Hermes con obscenidad, rito que aprendieron

los atenienses de los pelasgos primeramente, y que comunicaron

después a los griegos: lo que no es extraño, si se atiende a que los

atenienses, aunque contándose ya entre los griegos, habitaban en un

mismo país con los pelasgos, que con este motivo empezaron a ser

mirados como griegos. No podrá negar lo que afirmo nadie que haya

sido iniciado en las _orgías_ o misterios de los _cabiros_, cuyas

ceremonias, aprendidas de los pelasgos, celebran los samotracios

todavía, como que los pelasgos habitaron en Samotracia antes de vivir

entre los atenienses, y que enseñaron a sus habitantes aquellas

_orgías_. Los atenienses, pues, para no apartarme de mi propósito,

fueron discípulos de los pelasgos y maestros de los demás griegos en la

construcción de las estatuas de Hermes tan obscenamente representadas.

Los pelasgos apoyaban esta costumbre en una razón simbólica y

misteriosa, que se explica y declara en los misterios que se celebran

en Samotracia.

LII. De los pelasgos oí decir igualmente en Dodona que antiguamente

invocaban en común a los dioses en todos sus sacrificios, sin dar a

ninguno de ellos nombre o dictado peculiar, pues ignoraban todavía cómo

se llamasen. A todos designaban con el nombre de _Theoi_ (dioses),

derivado de la palabra _Thentes_ (en latín _ponentes_), significando

que todo lo ponían los dioses en el mundo, y todo lo colocaban en buen

orden y distribución. Pero habiendo oído con el tiempo los nombres de

los dioses venidos del Egipto, y más tarde el de Dioniso, acordaron

consultar al oráculo de Dodona[150] sobre el uso de nombres peregrinos.

Era entonces este oráculo, reputado ahora por el más antiguo entre

los griegos, el único conocido en el país; y preguntado si sería bien

adoptar los nombres tomados de los bárbaros, respondió afirmativamente;

y desde aquella época los pelasgos empezaron a usar en sus sacrificios

de los nombres propios de los dioses, uso que posteriormente

comunicaron a los griegos.

LIII. En cuanto a las opiniones de los griegos sobre la procedencia de

cada uno de sus dioses, sobre su forma y condición, y el principio de

su existencia, datan de ayer, por decirlo así, o de pocos años atrás.

Cuatrocientos y no más de antigüedad pueden llevarme de ventaja Hesíodo

y Homero, los cuales escribieron la _Teogonía_ entre los griegos,

dieron nombres a sus dioses, mostraron sus figuras y semblantes, les

atribuyeron y repartieron honores, artes y habilidades, siendo a mi ver

muy posteriores a estos poetas los que se cree les antecedieron. Esta

última observación es mía enteramente; lo demás es lo que decían los

sacerdotes de Dodona.

LIV. El origen de este oráculo y de otro que existe en Libia lo

refieren del siguiente modo los egipcios: Decíanme los sacerdotes de

Zeus Tebano que desaparecieron de Tebas dos mujeres religiosas robadas

por los fenicios, y que según posteriormente se divulgó, vendidas la

una en Libia y en Grecia la otra, introdujeron entre estas naciones

y establecieron los oráculos referidos. Todo esto que añadían,

respondiendo a mis dudas y preguntas, no se supo sino mucho después,

porque al principio fueron vanas todas las pesquisas que en busca de

aquellas mujeres se emplearon.

LV. Esto fue lo que oí en Tebas de boca de los sacerdotes; he aquí

lo que dicen sobre el mismo caso las _promántidas_[151] dodoneas.

Escapáronse por los aires desde Tebas de Egipto dos palomas negras,

de las cuales la una llegó a la Libia y la otra a Dodona, y posada

esta última en una haya, les dijo, en voz humana, ser cosa precisa

y prevenida por los hados que existiese un oráculo de Zeus en aquel

sitio; y persuadidos los dodoneos de que por el mismo cielo se les

intimaba aquella orden, se resolvieron desde el instante a cumplirla.

De la otra paloma que aportó a Libia, cuentan que ordenó establecer

allí el oráculo de Amón, erigiendo por esto los libios a Zeus un

oráculo semejante al de Dodona. Tal era la opinión que, en conformidad

con los misterios de aquel templo, profesaban las tres sacerdotisas

dodoneas, la más anciana de las cuales se llamaba Promenia, la segunda

Timareta y Nicandra la menor.

LVI. Y si me es lícito en este punto expresar mi opinión, y siendo

verdad que los fenicios vendieran, de las dos mujeres consagradas a

Zeus que consigo traían, la una en Libia, y en Hélade la otra, no

disto de creer que llevada la segunda a los tesprotos de la Hélade,

región antes conocida con el nombre de Pelasgia, levantara a Zeus algún

santuario, acordándose la esclava, como era natural, del templo del

dios a quien en Tebas había servido y de donde procedía; y que ella

contaría a los tesprotos, después de aprendido el lenguaje de estos

pueblos, cómo los fenicios habían vendido en la Libia otra compañera

suya.

LVII. El ser bárbaras de nación las dos mujeres y la semejanza que se

figuraban los dodoneos entre su idioma y el arrullo o graznido de las

aves, prestó motivo, a mi entender, a que se las diese el nombre de

palomas,[152] diciendo que hablaba la paloma en voz humana cuando con

el trascurso del tiempo pudo aquella mujer ser de ellos entendida,

cesando en el bárbaro e ignorado lenguaje que les había parecido hasta

entonces la lengua de las aves. De otro modo, ¿cómo pudieron creer los

dodoneos que les hablase una paloma en voz humana? El negro color que

atribuían al ave significaba sin duda que era egipcia la mujer.

LVIII. Parecidos son en verdad entrambos oráculos, el de Dodona y el de

Tebas en Egipto, siendo notorio, además, que el arte de adivinar en los

templos nos ha venido de este reino. Indudable es asimismo que entre

los egipcios, maestros en este punto de los griegos, empezaron las

procesiones, los concursos festivos, las ofrendas religiosas, siendo

de ello para mí evidente testimonio que tales fiestas, recientes entre

los griegos, no parecen sino muy antiguas en Egipto.

LIX. No contentos los egipcios con una de estas solemnidades al año,

las celebran muy frecuentes. La principal de todas, en la que se

esmeran en empeño y devoción, es la que van a celebrar en la ciudad

de Bubastis en honor de Artemisa o Diana. Frecuéntase la segunda en

Busiris, ciudad edificada en medio del Delta, para honrar a Isis, diosa

que se llama _Deméter_ en lengua griega, y que tiene en la ciudad un

magnífico templo. Reúnese en Sais el tercer concurso festivo en honra

de Atenea o Minerva; el cuarto en Heliópolis para celebrar al sol; en

Butona el quinto para dar culto a Leto, y para honrar a Ares o Marte

celébrase el sexto en Papremis.[153]

LX. El viaje que con este objeto emprenden a Bubastis merece atención.

Hombres y mujeres van allá navegando en buena compañía, y es

espectáculo singular ver la muchedumbre de ambos sexos que encierra

cada nave. Algunas de las mujeres, armadas con sonajas, no cesan de

repicarlas; algunos de los hombres tañen sus flautas sin descanso, y

la turba de estos y de aquellas, entretanto, no paran un instante de

cantar y palmotear. Apenas llegan de paso a alguna de las ciudades que

se ven en el camino, cuando aproximando la nave a la orilla, continúan

en la zambra algunas de las mujeres; otras motejan e insultan a las

vecinas de la ciudad con terrible gritería; unas danzan; otras, puestas

en pie, levantan sus vestiduras. Y esto se repite en cada pueblo que a

orillas del río van encontrando. Llegados por fin a Bubastis celebran

su fiesta ofreciendo en sacrificio muchas y muy pingües víctimas que

conducen. Y tanto es el vino que durante la fiesta se consume, que

excede al que se bebe en lo restante del año, y tan numeroso el gentío

que allá concurre que, sin contar los niños, entre hombres y mujeres

asciende el número a 700.000 personas, según dicen los del país. He

aquí lo que pasa en Bubastis.

LXI. En la fiesta que, según antes indiqué, celebran los egipcios en

Busiris para honrar a Isis, acabado el sacrificio, millares y millares

de hombres y mujeres que a él asisten prorrumpen en gran llanto y se

maltratan excesivamente, cuya costumbre procede de una causa que no

me es lícito expresar. En esta maceración excédense los carios entre

cuantos moran en Egipto, llegando al punto de lastimarse la frente con

sus sables y cuchillos, de suerte que basta para distinguir a estos

extranjeros de los egipcios el rigor con que se atormentan.

LXII. En cierta noche solemne, durante los sacrificios a que concurren

en la ciudad de Sais, encienden todos sus luminarias al cielo

descubierto, dejándolas arder alrededor de sus casas. Sirven de luces

unas lámparas llenas de aceite y sal, dentro de las cuales nada una

torcida que arde la noche entera sobre aquel licor. Esta fiesta es

conocida con el nombre peculiar de _Licnocaia_ o iluminación de las

lámparas. Los demás egipcios que no concurren a la fiesta y solemnidad

de Sais, notando la noche de aquel sacrificio, encienden igualmente

lámparas en su casa, de modo que, no solo en Sais, sino en todo

Egipto, se forma semejante iluminación. Entre sus misterios y arcanos

religiosos, sin duda les será conocido el motivo que ha merecido a esta

noche la suerte y el honor de tales luminarias.

LXIII. Dos son las ciudades, la de Heliópolis y la de Butona, en cuyas

fiestas los concurrentes se limitan a sus sacrificios. No así en la de

Papremis, donde además de las víctimas que como en aquellas se ofrecen,

se celebra una función muy singular. Porque al ponerse el sol, algunos

de los sacerdotes se afanan en adornar el ídolo que allí tienen;

mientras otros, en número mucho mayor, apercibidos con sendas trancas,

se colocan de fijo en la entrada misma del templo, y otros hombres,

hasta el número de mil, cada cual asimismo con su palo, juntos en otra

parte del templo, están haciendo sus deprecaciones. De notar es que

desde el día anterior de la función colocan su ídolo sobre una peana

de madera dorada, hecha a modo de nicho, y lo transportan a otra pieza

sagrada. Entonces, pues, los pocos sacerdotes que quedaron alrededor

del ídolo vienen arrastrando un carro de cuatro ruedas, dentro del cual

va un nicho, y dentro del nicho la estatua de su dios. Desde luego

los sacerdotes apostados en la entrada del templo impiden el paso a

su mismo dios; pero se presenta la otra partida de devotos al socorro

de su dios injuriado, y cierran a golpes con los sitiadores de la

entrada. Ármase, pues, una brava paliza, en la que muchos, abriéndose

las cabezas, mueren después de las heridas, a lo que creo, por más que

pretendan los egipcios que nadie muere de las resultas.

LXIV. El suceso que dio origen a la fiesta y al combate lo refieren

de este modo los del país: Vivía en aquel templo la madre de Ares, el

cual, educado en sitio lejano y llegado ya a la edad varonil, quiso

un día visitarla; pero los criados de su madre no le conocían y le

cerraron las puertas sin darle entrada. Entonces Ares va a la ciudad,

y volviendo con numerosa comitiva, apalea y maltrata a los criados, y

entra luego a ver a su madre y conocerla. Y en memoria de tal hecho,

en las fiestas de Ares suele renovarse la pendencia. De observar es

que los egipcios fueron los autores de la continencia religiosa, que

no permite el uso de conocer a las mujeres en los lugares sacros, y no

admite en los templos al que tal acto acaba de cometer, sino purificado

con el agua de antemano, al paso que entre todas las naciones, si se

exceptúa la egipcia y la griega, se junta cualquiera con las mujeres

en aquellos lugares, y entra en los templos después de dejarlas, sin

curarse de baño alguno, persuadidos de que en este punto no debe

existir diferencia entre los hombres y los brutos, los que, según

cualquiera puede ver, en especial todo género de pájaros, se unen y

mezclan a la luz del día en los templos de los dioses, cosa que estos

no permitieran en su misma casa si les fuera menos grata y acepta. De

este modo defienden su profanación; aunque en verdad ni me place el

abuso, ni me satisface el pretexto.

LXV. Son los egipcios sumamente ceremoniosos en lo sagrado, y en lo

demás supersticiosos por extremo. Su país, aunque confinante con la

Libia, madre de fieras, no abunda mucho en animales; pero los que hay,

sean o no domésticos y familiares, gozan de las prerrogativas de cosas

sagradas. No diré yo la razón de ello, por no verme en el extremo,

que evito como un escollo, de descender a los arcanos divinos, pues

protesto que si algo de ellos indiqué, fue llevado a más no poder

por el hilo de mi narración. Según la ley o costumbre que rige en

Egipto acerca de las bestias, cada especie tiene aparte sus guardas

y conservadores, ya sean hombres, ya mujeres, cuyo honroso empleo

trasmiten a sus hijos. Los particulares en las ciudades hacen a los

brutos sus votos y ofrendas del modo siguiente: Ofrécese el voto al

dios a quien la bestia se juzga consagrada, y al llegar la ocasión

de cumplirlo, rapa cada cual a navaja la cabeza de sus hijos, o la

mitad de ella, o bien la tercera parte; coloca en una balanza el

pelo cortado, y en la otra tanta plata cuanta pesa el cabello, y en

cumplimiento de su voto, la entrega a la que cuida de aquellas bestias,

la que les compra con aquel dinero el pescado, que es su legítimo

alimento, cuidando de partírselo y cortarlo. ¡Triste del egipcio que

mate a propósito alguna de estas bestias! No paga la pena de otro modo

que con la cabeza; mas si lo hiciere por descuido, satisface la multa

en que le condenen los sacerdotes. Y, ¡ay del que matare algún ibis o

algún gavilán! Sea de acuerdo, sea por casualidad, es preciso que muera

por ello.

LXVI. Grande es la abundancia de animales domésticos que allí se crían;

y fuera mucho mayor sin lo que sucede con los gatos, pues notando los

egipcios que las gatas después de parir no se llegan ya a los gatos

y repugnan juntarse con ellos por más que las busquen y requiebren,

acuden al consuelo de los machos, quitando a las hembras sus hijuelos

y matándolos, si bien están muy lejos de comerlos. Con esto, aquellas

bestias, muy amantes de sus crías y viéndose sin ellas, se llegan

de nuevo a los gatos, deseosas de tener nuevos hijuelos. ¡Ay de los

gatos igualmente si sucede algún incendio, desgracia para ellos fatal

y suprema cuita! Porque los egipcios, que les son supersticiosamente

afectos, sin ocuparse en extinguir el fuego, se colocan de trecho

en trecho como centinelas, con el fin de preservar a los gatos del

incendio; pero estos, por el contrario, asustados de ver tanta gente

por allí, cruzan por entre los hombres, y a veces para huir de ellos

van a precipitarse en el fuego; desgracia que a los espectadores llena

de pesar y desconsuelo. Cuando fallece algún gato de muerte natural, la

gente de la casa se rapa las cejas a navaja; pero al morir un perro, se

rapan la cabeza entera, y además lo restante del cuerpo.

LXVII. Los gatos después de muertos son llevados a sus casillas

sagradas; y adobados en ellas con sal, van a recibir sepultura en

la ciudad de Bubastis. Las perras son enterradas en sagrado en su

respectiva ciudad, y del mismo modo se sepulta a los icneumones. Las

mígalas[154] y gavilanes son llevados a enterrar en la ciudad de

Butona, los ibis a la de Hermópolis; pero a los osos, raros en Egipto,

y a los lobos, no mucho mayores que las zorras en aquel país, se los

entierra allí mismo donde se les encuentra muertos y tendidos.

LXVIII. Hablemos ya de la naturaleza del cocodrilo, animal que pasa

cuatro meses sin comer en el rigor del invierno, que pone sus huevos en

tierra y saca de ellos sus crías, y que, siendo cuadrúpedo, es anfibio

sin embargo. Pasa fuera del agua la mayor parte del día y en el río

la noche entera, por ser el agua más caliente de noche que la tierra

al cielo raso con su rocío. No se conoce animal alguno que de tanta

pequeñez llegue a tal magnitud, pues los huevos que pone no exceden

en tamaño a los de un ganso, saliendo a proporción de ellos en su

pequeñez el joven cocodrilo, el cual crece después de modo que llega a

ser de 17 codos, y a veces mayor. Tiene los ojos como el cerdo, y los

dientes grandes, salidos hacia fuera y proporcionados al volumen de su

cuerpo, y es la única fiera que carezca de lengua. No mueve ni pone en

juego la quijada inferior, distinguiéndose entre todos los animales

por la singularidad de aplicar la quijada de arriba a la de abajo. Sus

uñas son fuertes, y su piel cubierta de escamas, que hacen su dorso

impenetrable. Ciego dentro del agua, goza a cielo descubierto de una

agudísima vista. Teniendo en el agua su guarida ordinaria, el interior

de su boca se le llena y atesta de sanguijuelas. Así que, mientras huye

de él todo pájaro y animal cualquiera, solo el reyezuelo es su amigo y

ave de paz por lo común, de quien se sirve para su alivio y provecho,

pues al momento de salir del agua el cocodrilo y de abrir su boca en la

arena, cosa que hace ordinariamente para respirar el céfiro, se le mete

en ella el reyezuelo y le va comiendo las sanguijuelas, mientras que la

bestia no se atreve a dañarle por el gusto y solaz que en ello percibe.

LXIX. Los cocodrilos son para algunos egipcios sagrados y divinos; para

otros, al contrario, objeto de persecución y enemistad. Las gentes que

moran en el país de Tebas o alrededor de la laguna Meris, se obstinan

en mirar en ellos una raza de animales sacros, y en ambos países

escogen uno comúnmente, al cual van criando y amansando de modo que se

deje manosear, y al cual adornan con pendientes en las orejas, parte de

oro y parte de piedras preciosas y artificiales, y con ajorcas en las

piernas delanteras. Se le señala su ración de carne de los sacrificios.

Regalado portentosamente cuando vivo, a su muerte se le entierra bien

adobado en sepultura sagrada. No así los habitantes de la comarca de

Elefantina, que lejos de respetarlos como divinos, se sustentan con

ellos a menudo. _Campsas_ es el nombre egipcio de estos animales, a los

que llaman los jonios _cocodrilos_, nombre que les dan por la semejanza

que les suponen con los cocodrilos o lagartos que se crían en su tierra.

LXX. Muchas y varias son las artes que allí se emplean para pescar o

coger el cocodrilo, de las cuales referiré una sola que creo la más

digna de ser referida. Átase al anzuelo un cebo, que no es menos que un

lomo de tocino; arrójase en seguida al río, y se está el pescador en la

orilla con un lechoncito vivo, al cual obliga a gruñir mortificándolo.

Al oír la voz del cerdo, el cocodrilo se dirige hacia ella, y topando

con el cebo lo engulle. Al instante tiran de él los de la orilla, y

sacado apenas a la playa, se le emplastan los ojos con lodo, prevención

con la que es fácil y hacedero el domarlo, y sin la cual harta fatiga

costara la empresa.[155]

LXXI. Solo en la comarca de Papremis los hipopótamos o caballos

de río son reputados como divinos, no así en lo demás del Egipto.

El hipopótamo, ya que es menester describirle en su figura y talle

natural, tiene las uñas hendidas como el buey, las narices romas, las

crines, la cola y la voz de caballo, los colmillos salidos, y el tamaño

de un toro más que regular. Su cuero es tan duro que después de seco se

forman con él dardos bien lisos y labrados.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 12 / 38 段