XXVII. Respecto a la causa de no exhalarse del Nilo viento alguno,

natural me parece que falte este en países calurosos, observando que

procede de alguna cosa fría en general. Pero, sea como fuere, no

presumo descifrar el secreto que sobre este punto hasta el presente se

mantuvo.

XXVIII. Ninguno de cuantos hasta ahora traté, egipcio, libio o griego,

pudo darme conocimiento alguno de las fuentes del Nilo.[120] Hallándome

en Egipto, en la ciudad de Sais, di con un tesorero de las rentas de

Atenea, el cual, jactándose de conocer tales fuentes, creí querría

divertirse un rato y burlarse de mi curiosidad. Decíame que entre

la ciudad de Elefantina y la de Siena, en la Tebaida, se hallan dos

montes, llamado Crofi el uno y Mofi el otro, cuyas cimas terminan en

dos picachos, y que manan en medio de ellos las fuentes del Nilo,

abismos sin fondo en su profundidad, de cuyas aguas la mitad corre

al Egipto contraria al Bóreas, y la otra, opuesta al Noto, hacia la

Etiopía.[121] Y contaba, en confirmación de la profundidad de aquellas

fuentes, que reinando Psamético en Egipto, para hacer la experiencia

mandó formar una soga de millares y millares de orgias y sondear con

ella, sin que se pudiese hallar fondo en el abismo. Esto decía el

depositario de Atenea; ignoro si en lo último había verdad. Discurro en

todo lance que debe existir un hervidero de agua que con sus borbotones

y remolinos impida bajar hasta el suelo la sonda echada, impeliéndola

contra los montes.

XXIX. Nada más pude indagar sobre el asunto; pero informándome cuan

detenidamente fue posible, he aquí lo que averigüé como testigo ocular

hasta la ciudad de Elefantina, y lo que supe de oídas sobre el país que

más adentro se dilata.[122] Siguiendo, pues, desde Elefantina arriba,

darás con un recuesto tan arduo, que es preciso para superarlo atar tu

barco por entrambos lados como un buey sujeto por las astas, pues si

se rompiere por desgracia la cuerda, iríase río abajo la embarcación

arrebatada por la fuerza de la corriente. Cuatro días de navegación

contarás en este viaje, durante el cual no es el Nilo menos tortuoso

que el Meandro. El tránsito que tales precauciones requiere no es menor

de doce esquenos. Encuentras después una llanura donde el río forma y

circuye una isla que lleva el nombre de Tacompso, habitada la mitad

por los egipcios y la mitad por los etíopes, que empiezan a poblar el

país desde la misma Elefantina. Con la isla confina una gran laguna,

alrededor de la cual moran los etíopes llamados nómadas. Pasada esta

laguna, en la que el Nilo desemboca, se vuelve a entrar en la madre del

río: allí es preciso desembarcar y seguir cuarenta jornadas el camino

por las orillas, siendo imposible navegar el río en aquel espacio por

los escollos y agudas peñas que de él sobresalen. Concluido por tierra

este viaje y entrando en otro barco, en doce días de navegación llegas

a Méroe,[123] que este es el nombre de aquella gran ciudad, capital,

según dice, de otra casta de etíopes que solo a dos dioses prestan

culto, a Zeus y a Dioniso, bien que mucho se esmeran en honrarlos:

tienen un oráculo de Zeus allí mismo, según cuyas divinas respuestas se

deciden a la guerra, haciéndola cómo y cuándo y en dónde aquel su dios

lo ordenare.

XXX. Siguiendo por el río desde la última ciudad, en el mismo tiempo

empleado en el viaje desde Elefantina, llegas a los _desertores_, que

en idioma del país llaman Asmaj,[124] y que en el griego equivale a

_los que asisten a la izquierda del rey_. Fueron en lo antiguo[125]

veinticuatro miríadas de soldados que desertaron a los etíopes con la

ocasión que referiré. En el reinado de Psamético estaban en tres puntos

repartidas las fuerzas del imperio; en Elefantina contra los etíopes,

en Dafnes de Pelusio[126] contra los árabes y sirios, y en Marea contra

la Libia, los primeros de los cuales conservan los persas fortificados

en mis días, del mismo modo que en aquel tiempo. Sucedió que las

tropas egipcias, apostadas en Elefantina, viendo que nadie venía a

relevarlas después de tres años de guarnición, y deliberando sobre su

estado, determinaron de común acuerdo desertar de su patria pasando

a la Etiopía. Informado Psamético, corre luego en su seguimiento, y

alcanzándolos, les ruega y suplica encarecidamente por los dioses

patrios, por sus hijos, por sus esposas, que tan queridas prendas no

consientan en abandonarlas. Es fama que uno entonces de los desertores,

con un ademán obsceno le respondió «que ellos, según eran, donde quiera

hallarían medios en sí mismos de tener hijos y mujeres». Llegados a

Etiopía, y puestos a la obediencia de aquel soberano, fueron por él

acogidos y aun premiados, pues les mandó en recompensa que, arrojando

a ciertos etíopes malcontentos y amotinados, ocupasen sus campos

y posesiones. Resultó de esta nueva vecindad y acogida que fueron

humanizándose los etíopes con los usos y cultura de la colonia egipcia,

que aprendieron con el ejemplo.[127]

XXXI. Bien conocido es el Nilo todavía, más allá del Egipto que baña,

en el largo trecho que, ya por tierra, ya por agua se recorre en un

viaje de cuatro meses; que tal resulta si se suman los días que se

emplean en pasar desde Elefantina hasta los _desertores_. En todo

el espacio referido corre el río desde poniente; pero más allá no

hay quien diga nada cierto ni positivo, siendo el país un puro yermo

abrasado por los rayos del sol.

XXXII. No obstante, oí de boca de algunos cireneos que yendo en romería

al oráculo de Amón, habían entrado en un largo discurso con Etearco,

rey de los amonios, y que viniendo por fin a recaer la conversación

sobre el Nilo, y sobre lo oculto y desconocido de sus fuentes, les

contó entonces aquel rey la visita que había recibido de los nasamones,

pueblos que ocupan un corto espacio en la Sirte y sus contornos por

la parte de levante. Preguntados estos por Etearco acerca de los

desiertos de la Libia, le refirieron que hubo en su tierra ciertos

jóvenes audaces e insolentes, de familias las más ilustres, que habían

acordado, entre otras travesuras de sus mocedades, sortear a cinco de

entre ellos para hacer nuevos descubrimientos en aquellos desiertos

y reconocer sitios hasta entonces no penetrados. El rigor del clima

los invitaría a ello seguramente, pues aunque empezando desde el

Egipto, y siguiendo la costa del mar que mira al norte, hasta el cabo

Solunte,[128] su último término, está la Libia poblada de varias

tribus de naturales, además del terreno que ocupan algunos griegos y

fenicios; con todo, la parte interior más allá de la costa y de los

pueblos de que está sembrada, es madre y región de fieras propiamente,

a la cual sigue un arenal del todo árido, sin agua y sin viviente que

lo habite. Emprendieron, pues, sus viajes los mancebos, de acuerdo

con sus camaradas, provistos de víveres y de agua; pasaron la tierra

poblada, atravesaron después la región de las fieras,[129] y dirigiendo

su rumbo hacia occidente por el desierto, y cruzando muchos días

unos vastos arenales, descubrieron árboles por fin en una llanura, y

aproximándose empezaron a echar mano de su fruta. Mientras estaban

gustando de ella, no sé qué hombrecillos, menores que los que vemos

entre nosotros de mediana estatura, se fueron llegando a los nasamones,

y asiéndoles de las manos, por más que no se entendiesen en su idioma

mutuamente, los condujeron por dilatados pantanos, y al fin de ellos a

una ciudad cuyos habitantes, negros de color, eran todos del tamaño de

los conductores, y en la que vieron un gran río que la atravesaba de

poniente a levante, y en el cual aparecían cocodrilos.

XXXIII. Temo que parezca ya harto larga la fábula de Etearco el amonio;

diré solo que añadía, según el testimonio de los cireneos, que los

descubridores nasamones, de vuelta de sus viajes, dieron por hechiceros

a los habitantes de la ciudad en que penetraron, y que conjeturaba que

el río que la atraviesa podía ser el mismo Nilo.[130] No fuera difícil,

en efecto, pues que este río no solo viene de la Libia, sino que la

divide por medio; y deduciendo lo oculto por lo conocido, conjeturo que

no es el Nilo inferior al Istro[131] en lo dilatado del espacio que

recorre. Empieza el Istro en la ciudad de Pirene desde los celtas, los

que están más allá de las columnas de Heracles, confinantes con los

cinesios, último pueblo de la Europa, situado hacia el ocaso, y después

de atravesar toda aquella parte del mundo, desagua en el Ponto Euxino,

junto a los istrienos, colonos de los milesios.

XXXIV. Mas al paso que corriendo el Istro por tierra culta y poblada

es de muchos bien conocido, nadie ha sabido manifestarnos las fuentes

del Nilo, que camina por el país desierto y despoblado de la Libia.

Referido llevo cuanto he podido saber sobre su curso, al cual fui

siguiendo con mis investigaciones cuan lejos me fue posible. El Nilo va

a parar al Egipto, país que cae enfrente de Cilicia la montuosa, desde

donde un correo a todo aliento llegará en cinco días por camino recto a

Sínope, situada en las orillas del Ponto Euxino, enfrente de la cual

desagua el Istro en el mar. De aquí opino que igual espacio que el

último recorrerá el Nilo atravesando la Libia. Mas bastante y harto se

ha tratado ya de aquel río.

XXXV. Difusamente vamos a hablar del Egipto, pues de ello es digno

aquel país, por ser entre todos maravilloso, y por presentar mayor

número de monumentos que otro alguno, superiores al más alto

encarecimiento. Tanto por razón de su clima, tan diferente de los

demás, como por su río, cuyas propiedades tanto le distinguen de

cualquier otro, distan los egipcios enteramente de los demás pueblos en

leyes, usos y costumbres. Allí son las mujeres las que venden, compran

y negocian públicamente, y los hombres hilan, cosen y tejen, impeliendo

la trama hacia la parte inferior de la urdimbre, cuando los demás la

dirigen comúnmente a la superior.[132] Allí los hombres llevan la carga

sobre la cabeza, y las mujeres sobre los hombros. Las mujeres orinan en

pie; los hombres se sientan para ello. Para sus necesidades se retiran

a sus casas, y salen de ellas comiendo por las calles, dando por razón

que lo indecoroso, por necesario que sea, debe hacerse a escondidas,

y que puede hacerse a las claras cualquier cosa indiferente. Ninguna

mujer se consagra allí por sacerdotisa a dios o diosa alguna: los

hombres son allí los únicos sacerdotes. Los varones no pueden ser

obligados a alimentar a sus padres contra su voluntad; tan solo las

hijas están forzosamente sujetas a esta obligación.[133]

XXXVI. En otras naciones dejan crecer su cabello los sacerdotes de los

dioses; los de Egipto lo rapan a navaja. Señal de luto es entre los

pueblos cortarse el cabello los más allegados al difunto, y entre los

egipcios, ordinariamente rapados, lo es el cabello y barba crecida en

el fallecimiento de los suyos. Los demás hombres no acostumbran comer

con los brutos, los egipcios tienen con ellos plato y mesa común. Los

demás se alimentan de pan de trigo y de cebada; los egipcios tuvieran

el comer de él por la mayor afrenta, no usando ellos de otro pan que

del de escancia o candeal. Cogen el lodo y aun el estiércol con sus

manos, y amasan la harina con los pies. Los demás hombres dejan sus

partes naturales en su propia disposición, excepto los que aprendieron

de los egipcios a circuncidarse.[134] En Egipto usan los hombres

vestidura doble, y sencilla las mujeres. Los egipcios en las velas

de sus naves cosen los anillos y cuerdas por la parte interior, en

contraposición con la práctica de los demás, que los cosen por fuera.

Los griegos escriben y mueven los cálculos[135] en sus cuentas de la

siniestra a la derecha; los egipcios, al contrario, de la derecha a

la siniestra, diciendo por esto que los griegos hacen a zurdas lo que

ellos derechamente.

XXXVII. Dos géneros de letras están allí en uso, unas sacras y las

otras populares.[136] Supersticiosos por exceso, mucho más que otros

hombres cualesquiera, usan de toda especie de ceremonias, beben en

vasos de bronce y los limpian y friegan cada día, costumbre a todos

ellos común y de ninguno particular. Sus vestidos son de lino y siempre

recién lavados, pues que la limpieza les merece un cuidado particular,

siendo también ella la que les impulsa a circuncidarse, prefiriendo

ser más bien aseados que gallardos y cabales. Los sacerdotes, con la

mira de que ningún piojo u otra sabandija repugnante se encuentre sobre

ellos al tiempo de sus ejercicios o de sus funciones religiosas, se

rapan a navaja cada tres días de pies a cabeza. También visten de lino,

y calzan zapatos de papiro, pues que otra ropa ni calzado no les es

permitido; se lavan con agua fría diariamente, dos veces por el día y

otras dos por la noche, y usan, en una palabra, ceremonias a miles en

su culto religioso. Disfrutan en cambio aquellos sacerdotes de no pocas

conveniencias, pues nada ponen de su casa ni consumen de su hacienda;

comen de la carne ya cocida en los sacrificios, tocándoles diariamente

a cada uno una crecida ración de la de ganso y de buey, no menos que

su buen vino de uvas; mas el pescado es vedado para ellos. Ignoro qué

prevención tienen los egipcios contra las habas,[137] pues ni las

siembran en sus campos en gran cantidad, ni las comen crudas, ni menos

cocidas, y ni aun verlas pueden sus sacerdotes, como reputándolas por

impura legumbre. Ni se contentan consagrando sacerdotes a los dioses,

sino que consagran muchos a cada dios, nombrando a uno de ellos sumo

sacerdote y perpetuando sus empleos en los hijos a su fallecimiento.

XXXVIII. Viven los egipcios en la opinión de que los bueyes son la

única víctima propia de su Épafo,[138] para lo cual hacen ellos la

prueba, pues encontrándose en el animal un solo pelo negro, ya no pasa

por puro y legítimo. Uno de los sacerdotes es el encargado y nombrado

particularmente para este registro, el cual hace revista del animal,

ya en pie, ya tendido boca arriba; observa en su lengua sacándola

hacia fuera las señas que se requieren en una víctima pura, de las que

hablaré más adelante; mira y vuelve a mirar los pelos de su cola, para

notar si están o no en su estado natural. En caso de asistir al buey

todas las cualidades que de puro y bueno le califican, márcanlo por

tal enroscándole en las astas el papiro, y pegándole cierta greda a

manera de lacre, en la que imprimen su sello. Así marcado, lo conducen

al sacrificio, y ¡ay del que sacrificara una víctima no marcada! Otra

cosa que la vida no le costaría. Estas son, en suma, las pruebas y los

reconocimientos de aquellos animales.

XXXIX. Síguese la ceremonia del sacrificio.[139] Conducen la bestia

ya marcada al altar destinado al holocausto; pegan fuego a la pira,

derraman vino sobre la víctima al pie mismo del ara, e invocan su dios

al tiempo de degollarla, cortándole luego la cabeza y desollándole

el cuerpo. Cargan de maldiciones a la cabeza ya dividida, y la sacan

a la plaza, vendiéndola a los negociantes griegos, si los hay allí

domiciliados y si hay mercado en la ciudad; de otro modo, la echan

al río como maldita. La fórmula de aquellas maldiciones expresa solo

que si algún mal amenaza al Egipto en común, o a los sacrificadores

en particular, descargue todo sobre aquella cabeza. Esta ceremonia

usan los egipcios igualmente sobre las cabezas de las víctimas y en la

libación del vino, y se valen de ella generalmente en sus sacrificios,

naciendo de aquí que nunca un egipcio coma de la cabeza de ningún

viviente.

XL. No es una misma la manera de escoger y consumir las víctimas en

los sacrificios, sino muy varia en cada una de ellos. Hablaré del de

la diosa de su mayor veneración y a la cual se consagra la fiesta

más solemne, de la diosa Isis. En su reverencia hacen un ayuno,

le presentan después sus oraciones y súplicas, y, por último, le

sacrifican un buey. Desollada la víctima, le limpian las tripas,

dejando las entrañas pegadas al cuerpo con toda su gordura; separan

luego las piernas, y cortan la extremidad del lomo con el cuello y

las espaldas. Entonces embuten y atestan lo restante del cuerpo de

panales purísimos de miel, de uvas e higos pasos, de incienso, mirra y

otros aromas, y derramando después sobre él aceite en gran abundancia,

entréganlo a las llamas. Al sacrificio precede el ayuno, y mientras

está abrasándose la víctima, se hieren el pecho los asistentes, se

maltratan y lloran y plañen, desquitándose después en espléndido

convite con las partes que de la víctima separaron.

XLI. A cualquiera es permitido allí el sacrificio de bueyes y terneros

puros y legales, mas a ninguno es lícito el de vacas o terneras, por

ser dedicadas a Isis, cuyo ídolo representa una mujer con astas de

buey, del modo con que los griegos pintan a Ío; por lo cual es la vaca,

con notable preferencia sobre los demás brutos, mirada por los egipcios

con veneración particular. Así que no se hallará en el país hombre ni

mujer alguna que quiera besar a un griego, ni servirse de cuchillo,

asador o caldero de alguno de esta nación, ni aun comer carne de buey,

aunque puro por otra parte, mientras sea trinchada por un cuchillo

griego. Para los bueyes difuntos tienen aparte sepultura; las hembras

son arrojadas al río, pero los machos enterrados en el arrabal de cada

pueblo, dejándose por señas una o entrambas de sus astas salidas

sobre la tierra. Podrida ya la carne y llegado el tiempo designado, va

recorriendo las ciudades una barca que sale de la isla Prosopítide,

situada dentro del Delta, de nueve esquenos de circunferencia. En esta

isla hay una ciudad, entre otras muchas, llamada Atarbequis, donde hay

un templo dedicado a Afrodita, y de la que acostumbran salir las barcas

destinadas a recoger los huesos de los bueyes. Muchas salen de allí

para diferentes ciudades; desentierran aquellos huesos, y reunidos en

un lugar, les dan a todos sepultura; práctica que observan igualmente

con las demás bestias, enterrándolas cuando mueren, pues a ello les

obligan las leyes y a respetar sus vidas en cualquier ocasión.[140]

XLII. Los pueblos del distrito de Zeus Tebano, o mas bien el nomo de

Tebas, matan sin escrúpulo las cabras, sin tocar a las ovejas, lo que

no es de extrañar, por no adorar los egipcios a unos mismos dioses,

excepto dos universalmente venerados, Isis y Osiris, el cual pretenden

sea el mismo que Dioniso. Los pueblos, al contrario, del distrito de

Mendes o del nomo mendesio, respetando las cabras, matan libremente

las ovejas. Los primeros, y los que como ellos no se atreven a las

ovejas, dan la siguiente razón de la ley que se impusieron: Heracles

quería ver a Zeus de todos modos, y Zeus no quería absolutamente ser

visto de Heracles. Grande era el empeño de aquel, hasta que, después de

larga porfía, toma Zeus un efugio: mata un carnero, le quita la piel,

córtale la cabeza y se presenta a Heracles disfrazado con todos estos

despojos. Y en atención a este disfraz formaron los egipcios el ídolo

de Zeus _Caricarnero_,[141] figura que tomaron de ellos los amonios,

colonos en parte egipcios y en parte etíopes, que hablan un dialecto

mezcla de entrambos idiomas, etiópico y egipcio. Y estos colonos, a

mi entender, no se llaman amonios por otra razón que por ser Amón el

nombre de Zeus en lengua egipcia. He aquí, pues, la razón por qué no

matan los tebanos a los carneros, mirándolos como bestia sagrada.

Verdad es que en cada año hay un día señalado, el de la fiesta de Zeus,

en que matan a golpes un carnero, y con la piel que le quitan visten el

ídolo del dios con el traje mismo que arriba mencioné, presentándole

luego otro ídolo de Heracles. Durante la representación de tal acto

lamentan los presentes y plañen con muestras de sentimiento la muerte

del carnero, al cual entierran después en lugar sagrado.

XLIII. Este Heracles oía yo a los egipcios contarlo por uno de sus

doce dioses, pero no pude adquirir noticia alguna en el país de aquel

otro Heracles que conocen los griegos. Entre varias pruebas que me

conducen a creer que no deben los egipcios a los griegos el nombre

de aquel dios, sino que los griegos lo tomaron de los egipcios, en

especial los que designan con él al hijo de Anfitrión, no es la menor,

el que Anfitrión y Alcmena, padres del Heracles griego, traían su

origen del Egipto,[142] y el que confiesen los egipcios que ni aun

oyeron los nombres de Poseidón o de los Dioscuros;[143] tan lejos

están de colocarlos en el catálogo de sus dioses. Y si algún dios

hubieran tomado los egipcios de los griegos, fueran ciertamente los

que he nombrado, de quienes con mayor razón se conservara la memoria;

porque en aquella época traficaban ya los griegos por el mar, y algunos

habría, según creo sin duda, patrones y dueños de sus navíos; y muy

natural parece que de su boca oyeran antes los egipcios el nombre de

sus dioses náuticos que el de Heracles, campeón protector de la tierra.

Declárese, pues, la verdad, y sea Heracles tenido, como lo es, por dios

antiquísimo del Egipto; pues si hemos de oír a aquellos naturales,

desde la época en que los ocho dioses engendraron a los otros doce,

entre los cuales cuentan a Heracles, hasta el reinado de Amasis, han

trascurrido no menos de 17.000 años.

XLIV. Queriendo yo cerciorarme de esta materia donde quiera me fuese

dable, y habiendo oído que en Tiro de Fenicia había un templo a

Heracles dedicado, emprendí viaje para aquel punto. Lo vi, pues,

ricamente adornado de copiosos donativos, y entre ellos dos vistosas

columnas, una de oro acendrado en copela, otra de esmeralda, que de

noche en gran manera resplandecía. Entré en plática con los sacerdotes

de aquel dios, y preguntándoles desde cuando fue su templo erigido,

hallé que tampoco iban acordes con los griegos acerca de Heracles,

pues decían que aquel templo había sido fundado al mismo tiempo

que la ciudad, y no contaban menos de 2300 años desde la fundación

primera de Tiro. Allí mismo vi adorar a Heracles en otro edificio

con el sobrenombre de Tasio, lo que me incitó a pasar a Tasos, donde

igualmente encontré un templo de aquel dios, fundado por los fenicios,

que navegando en busca de Europa edificaron la ciudad de Tasos,

suceso anterior en cinco[144] generaciones al nacimiento en Grecia de

Heracles, hijo de Anfitrión. Todas estas averiguaciones prueban con

evidencia que es Heracles uno de los dioses antiguos, y que aciertan

aquellos griegos que conservan dos especies de heraclios o templos de

Heracles, en uno de los cuales sacrifican a Heracles el Olímpico como

dios inmortal, y en el otro celebran sus honores aniversarios como los

del héroe o semidiós.

XLV. Entre las historias que nos refieren los griegos a modo de

conseja, puedo contar aquella fábula simple y desatinada que en estos

términos nos encajan: que los egipcios, apoderados de Heracles que por

allí transitaba, le coronaron cual víctima sagrada, y le llevaban con

grande pompa y solemnidad para que fuese a Zeus inmolado, mientras él

permanecía quieto y sosegado como un cordero, hasta que al ir a recibir

el último golpe junto al altar, usando el valiente de todo su brío

y denuedo, pasó a cuchillo toda aquella cohorte de extranjeros. Los

que así se expresan, a mi entender, ignoran en verdad de todo punto

lo que son los egipcios, y desconocen sus leyes y sus costumbres.

Díganme, pues: ¿cómo los egipcios intentarían sacrificar una víctima

humana cuando ni matar a los brutos mismos les permite su religión,

exceptuando a los cerdos, gansos, bueyes o novillos, y aun estos con

prueba que debe preceder y seguridad de su pureza? ¿Y cabe además que

Heracles solo, Heracles todavía mortal, que por mortal lo dan los

griegos en aquella ocasión, pudiera con la fuerza de su brazo acabar

con tanta muchedumbre de egipcios? Pero silencio ya: y lo dicho, según

deseo, sea dicho con perdón y benevolencia así de los dioses como de

los héroes.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 11 / 38 段