II. Los egipcios vivieron en la presunción de haber sido los primeros

habitantes del mundo, hasta el reinado de Psamético.[95] Desde

entonces, cediendo este honor a los frigios, se quedaron ellos en su

concepto con el de segundos. Porque queriendo aquel rey averiguar cuál

de las naciones había sido realmente la más antigua, y no hallando

medio ni camino para la investigación de tal secreto, echó mano

finalmente de original invención. Tomó dos niños recién nacidos de

padres humildes y vulgares, y los entregó a un pastor para que allá

entre sus apriscos los fuese criando de un modo desusado, mandándole

que los pusiera en una solitaria cabaña, sin que nadie delante de ellos

pronunciara palabra alguna, y que a las horas convenientes les llevase

unas cabras con cuya leche se alimentaran y nutrieran, dejándolos en

lo demás a su cuidado y discreción. Estas órdenes y precauciones las

encaminaba Psamético al objeto de poder notar y observar la primera

palabra en que los dos niños al cabo prorrumpiesen, al cesar en su

llanto e inarticulados gemidos. En efecto, correspondió el éxito a lo

que se esperaba. Transcurridos ya dos años en expectación de que se

declarase la experiencia, un día, al abrir la puerta, apenas el pastor

había entrado en la choza, se dejaron caer sobre él los dos niños, y

alargándole sus manos, pronunciaron la palabra _becós_. Poco o ningún

caso hizo por la primera vez el pastor de aquel vocablo; mas observando

que repetidas veces, al irlos a ver y cuidar, otra voz que _becós_ no

se les oía, resolvió dar aviso de lo que pasaba a su amo y señor, por

cuya orden, juntamente con los niños, pareció a su presencia. El mismo

Psamético, que aquella palabra les oyó, quiso indagar a qué idioma

perteneciera y cuál fuese su significado, y halló por fin que con este

vocablo se designaba el pan entre los frigios.[96] En fuerza de tal

experiencia cedieron los egipcios de su pretensión de anteponerse a los

frigios en punto de antigüedad.

III. Que pasase en estos términos el acontecimiento, yo mismo allá

en Menfis lo oía de boca de los sacerdotes de Hefesto, si bien los

griegos, entre otras muchas fábulas y vaciedades, añaden que Psamético,

mandando cortar la lengua a ciertas mujeres, ordenó después que a

cuenta de ellas corriese la educación de las dos criaturas; mas lo

que llevo arriba referido es cuanto sobre el punto se me decía. Otras

noticias no leves ni escasas recogí en Menfis conferenciando con los

sacerdotes de Hefesto; pero no satisfecho con ellas, hice mis viajes a

Tebas y a Heliópolis con la mira de ser mejor informado y ver si iban

acordes las tradiciones de aquellos lugares con las de los sacerdotes

de Menfis, mayormente siendo tenidos los de Heliópolis, como en efecto

lo son, por los más eruditos y letrados del Egipto. Mas respecto a los

arcanos religiosos, cuales allí los oía, protesto desde ahora no ser mi

ánimo dar de ellos una historia, sino solo publicar sus nombres, tanto

más cuanto imagino que acerca de ellos todos nos sabemos lo mismo.[97]

Añado que cuanto en este punto voy a indicar, lo haré únicamente a más

no poder, forzado por el hilo mismo de la narración.

IV. Explicábanse, pues, con mucha uniformidad aquellos sacerdotes,

por lo que toca a las cosas públicas y civiles. Decían haber sido los

egipcios los primeros en la tierra que inventaron la descripción del

año, cuyas estaciones dividieron en doce partes o espacios de tiempo,

gobernándose en esta economía por las estrellas. Y en mi concepto,

ellos aciertan en esto mejor que los griegos, pues los últimos, por

razón de las estaciones, acostumbran intercalar el sobrante de los días

al principio de cada tercer año; al paso que los egipcios, ordenando

doce meses por año, y treinta días por mes, añaden a este cómputo

cinco días cada año, logrando así un perfecto círculo anual con las

mismas estaciones que vuelven siempre constantes y uniformes. Decían

asimismo que su nación introdujo la primera los nombres de los doce

dioses que de ellos tomaron los griegos;[98] la primera en repartir

a las divinidades sus aras, sus estatuas y sus templos; la primera

en esculpir sobre el mármol los animales, mostrando allí muchos

monumentos en prueba de cuanto iban diciendo. Añadían que Menes fue

el primer hombre que reinó en Egipto; aunque el Egipto todo fuera del

_nomo tebano_,[99] era por aquellos tiempos un puro cenagal, de suerte

que nada parecía entonces de cuanto terreno al presente se descubre

más abajo del lago Meris, distante del mar siete días de navegación,

subiendo el río.

V. En verdad que acerca de este país discurrían ellos muy bien, en

mi concepto; siendo así que salta a los ojos de cualquier atento

observador, aunque jamás lo haya oído de antemano, que el Egipto es una

especie de terreno postizo, y como un regalo del río mismo, no solo

en aquella playa a donde arriban las naves griegas, sino aun en toda

aquella región que en tres días de navegación se recorre más arriba de

la laguna Meris; aunque es verdad que acerca del último terreno nada

me dijeron los sacerdotes. Otra prueba hay de lo que voy diciendo,

tomada de la condición misma del terreno de Egipto, pues si navegando

uno hacia él echare la sonda a un día de distancia de sus riberas, la

sacará llena de lodo de un fondo de once _orgias_.[100] Tan claro se

deja ver que hasta allí llega el poso que el río va depositando.

VI. La extensión del Egipto a lo largo de sus costas, según nosotros

lo medimos, desde el golfo de Plintina hasta la laguna Serbónida,

por cuyas cercanías se dilata el monte Casio, no es menor de 60

_esquenos_. Uso aquí de esta especie de medida por cuanto veo que

los pueblos de corto terreno suelen medirlo por _orgias_; los que lo

tienen más considerable, por _estadios_;[101] los de grande extensión,

por _parasangas_, y los que lo poseen excesivamente dilatado, por

_esquenos_. El valor de estas medidas es el siguiente: la _parasanga_

comprende treinta _estadios_, y el _esqueno_, medida propiamente

egipcia, comprende hasta sesenta. Así que lo largo del Egipto por la

costa del mar es de 3600 _estadios_.

VII. Desde las costas penetrando en la tierra hasta que se llega a

Heliópolis, es el Egipto un país bajo, llano y extendido, falto de

agua, y de suyo cenagoso. Para subir desde el mar hacia la dicha

Heliópolis, hay un camino que viene a ser tan largo como el que desde

Atenas, comenzando en el _Ara de los doce dioses_, va a terminar en

Pisa en el templo de Zeus Olímpico, pues si se cotejasen uno y otro

camino, se hallaría ser bien corta la diferencia entre los dos, como

solo de 15 estadios, teniendo el que va desde el mar a Heliópolis 1500

cabales, faltando 15 para este número al que une a Pisa con Atenas.

VIII. De Heliópolis arriba es el Egipto un angosto valle. Por un lado

tiene la sierra de los montes de Arabia, que se extiende desde norte al

mediodía y al viento Noto, avanzando siempre hasta el mar Eritreo; en

ella están las canteras que se abrieron para las pirámides de Menfis.

Después de romperse en aquel mar, tuerce otra vez la cordillera hacia

la referida Heliópolis, y allí, según mis informaciones, en su mayor

longitud de levante a poniente viene a tener un camino de dos meses,

siendo su extremidad oriental muy feraz en incienso. He aquí cuanto

de este monte puedo decir. Al otro lado del Egipto, confinante con

la Libia, se dilata otro monte pedregoso, donde están las pirámides,

monte encubierto y envuelto en arena, tendiendo hacia mediodía en la

misma dirección que los opuestos montes de la Arabia. Así, pues, desde

Heliópolis arriba, lejos de ensancharse la campiña, va alargándose como

un angosto valle por cuatro días[102] enteros de navegación, en tanto

grado que la llanura encerrada entre las dos sierras, la líbica y la

arábiga, no tendrá a mi parecer más allá de 200 estadios en su mayor

estrechura, desde la cual continúa otra vez ensanchándose el Egipto.

IX. Esta viene a ser la situación natural de aquella región. Desde

Heliópolis hasta Tebas se cuentan nueve días de navegación, viaje que

será de 4860 estadios, correspondientes a 81 _esquenos_: sumando,

pues, los estadios que tiene el Egipto, son: 3600 a lo largo de la

costa, como dejo referido; desde el mar hasta Tebas tierra adentro

6120,[103] y 1800, finalmente, de Tebas a Elefantina.

X. La mayor parte de dicho país, según decían los sacerdotes, y según

también me parecía, es una tierra recogida y añadida lentamente al

antiguo Egipto. Al contemplar aquel valle estrecho entre los dos montes

que dominan la ciudad de Menfis, se me figuraba que habría sido en

algún tiempo un seno de mar,[104] como lo fue la comarca de Ilión,

la de Teutrania, la de Éfeso y la llanura del Meandro, si no desdice

la comparación de tan pequeños efectos con aquel tan admirable y

gigantesco. Porque ninguno de los ríos que con su poso llegaron a cegar

los referidos contornos es tal y tan grande que se pueda igualar con

una sola boca de las cinco[105] por las que el Nilo se derrama. Verdad

es que no faltan algunos que sin tener la cuantía y opulencia del Nilo,

han obrado, no obstante, en este género grandiosos efectos, muchos de

los cuales pudiera aquí nombrar, sin conceder el último lugar al río

Aqueloo, que corriendo por Acarnania y desaguando en sus costas, ha

llegado ya a convertir en tierra firme la mitad de las islas Equínadas.

XI. En la región de Arabia, no lejos de Egipto, existe un golfo

larguísimo y estrecho, el cual se mete tierra adentro desde el mar

del sur, o Eritreo;[106] golfo tan largo que, saliendo de su fondo

y navegándole a remo, no se llegará a lo dilatado del Océano hasta

cuarenta días de navegación; y tan estrecho, por otra parte, que hay

paraje en que se lo atraviesa en medio día de una a otra orilla;

y siendo tal, no por eso falta en él cada día su flujo y reflujo

concertado. Un golfo semejante a este imagino debió ser el Egipto

que desde el mar Mediterráneo se internara hacia la Etiopía, como

penetra desde el mar del sur hacia la Siria aquel golfo arábigo de que

volveremos a hablar. Poco faltó, en efecto, para que estos dos senos

llegasen a abrirse paso en sus extremos, mediando apenas entre ellos

una lengua da tierra harto pequeña que los separa. Y si el Nilo quería

torcer su curso hacia el golfo arábigo, ¿quién impidiera, pregunto, que

dentro del término de veinte mil años a lo menos, no quedase cegado el

golfo con sus avenidas? Mi idea por cierto es que en los últimos diez

mil años que precedieron a mi venida al mundo, con el poso de algún

río debió quedar cubierta y cegada una parte del mar. ¿Y dudaremos que

aquel golfo, aunque fuera mucho mayor, quedase lleno y terraplenado con

la avenida de un río tan opulento y caudaloso como el Nilo?

XII. En conclusión, yo tengo por cierta esta lenta y extraña formación

del Egipto, no solo por el dicho de sus sacerdotes, sino porque vi y

observé que este país se avanza en el mar más que los otros con que

confina, que sobre sus montes se dejan ver conchas y mariscos,[107] que

el salitre revienta de tal modo sobre la superficie de la tierra, que

hasta las pirámides va consumiendo, y que el monte que domina a Menfis

es el único en Egipto que se vea cubierto de arena. Añádase a lo dicho

que no es aquel terreno parecido ni al de la Arabia comarcana, ni al de

la Libia, ni al de los sirios, que son los que ocupan las costas del

mar arábigo; pues no se ve en él sino una tierra negruzca y hendida en

grietas, como que no es más que un cenagal y mero poso que, traído de

la Etiopía, ha ido el río depositando, al paso que la tierra de Libia

es algo roja y arenisca, y la de la Arabia y la de Siria es harto

gredosa y bastante petrificada.

XIII. Otra noticia me referían los sacerdotes, que es para mí gran

conjetura en favor de lo que voy diciendo. Contaban que en el reinado

de Meris, con tal que creciese el río a la altura de ocho codos,

bastaba ya para regar y cubrir aquella porción de Egipto que está más

abajo de Menfis; siendo notable que entonces no habían trascurrido

todavía novecientos años desde la muerte de Meris. Pero al presente

ya no se inunda aquella comarca cuando no sube el río a la altura de

dieciséis codos, o de quince por lo menos. Ahora bien; si va subiendo

el terreno a proporción de lo pasado y creciendo más y más de cada día,

los egipcios que viven más abajo de la laguna Meris, y los que moran en

su llamado Delta,[108] si el Nilo no inundase sus campos en lo futuro,

están a pique de experimentar en su país para siempre los efectos a que

ellos decían, por burla, que los griegos estarían expuestos alguna vez.

Sucedió, pues, que oyendo mis buenos egipcios en cierta ocasión que el

país de los griegos se baña con agua del cielo, y que por ningún río

como el suyo es inundado, respondieron el disparate, «que si tal vez

les salía mal la cuenta, mucho apetito tendrían los griegos y poco que

comer». Y con esta burla significaban, que si Dios no concedía lluvias

a estos pueblos en algún año de sequedad que les enviara, perecerían

de hambre sin remedio, no pudiendo obtener agua para el riego sino de

la lluvia que el cielo les dispensara.

XIV. Bien está: razón tienen los egipcios para hablar así de los

griegos; pero atiendan un instante a lo que pudiera a ellos mismos

sucederles.[109] Si llegara, pues, el caso en que el país de que

hablaba, situado más abajo de Menfis, fuese creciendo y levantándose

gradualmente como hasta aquí se levantó, ¿qué les quedara ya a los

egipcios de aquella comarca sino afinar bien los dientes sin tener

dónde hincarlos? Y con tanta mayor razón, por cuanto ni la lluvia cae

en su país, ni su río pudiera entonces salir de madre para el riego de

los campos. Mas por ahora no existe gente, no ya entre los extranjeros,

sino entre los egipcios mismos, que recoja con menor fatiga su anual

cosecha que los de aquel distrito. No tienen ellos el trabajo de abrir

y surcar la tierra con el arado, ni de escardar sus sembrados, ni de

prestar ninguna labor de las que suelen los demás labradores en el

cultivo de sus cosechas, sino que, saliendo el río de madre sin obra

humana y retirado otra vez de los campos después de regarlos, se reduce

el trabajo a arrojar cada cual su sementera, y meter en las tierras

rebaños para que cubran la semilla con sus pisadas. Concluido lo cual,

aguardan descansadamente el tiempo de la siega, y trillada su parva por

las mismas bestias, recogen y concluyen su cosecha.

XV. Si quisiera yo adoptar la opinión de los jonios acerca del Egipto,

probaría aún que ni un palmo de tierra poseían los egipcios en la

antigüedad. Reducen los jonios el Egipto propiamente dicho al país

del Delta, es decir, al país que se extiende a lo largo del mar por

el espacio de cuarenta esquenos, desde la atalaya llamada de Perseo

hasta el lugar de los Saladeros de Pelusio y que penetra tierra adentro

hasta la ciudad de Cercasoro, donde el Nilo se divide en dos brazos

que corren divergentes hacia Pelusio y hacia Canobo; el resto de aquel

reino pertenece, según ellos, parte a la Libia, parte a la Arabia. Y

siendo el Delta, en su concepto como en el mío, un terreno nuevo y

adquirido, que salió ayer de las aguas por decirlo así, ni aun lugar

tendrían los primitivos egipcios para morir y vivir. Y entonces, ¿a

qué el blasón e hidalguía que pretenden de habitantes del mundo más

antiguos? ¿A qué la experiencia verificada en sus dos niños para

observar el idioma en que por sí mismos prorrumpiesen? Mas no soy en

verdad de opinión que al brotar de las olas aquella comarca llamada

Delta por los jonios, levantasen al mismo tiempo los egipcios su

cabeza. Egipcios hubo desde que hombres hay, quedándose unos en sus

antiguas mansiones, avanzando otros con el nuevo terreno para poblarlo

y poseerlo.

XVI. Al Egipto pertenecía ya desde la antigüedad la ciudad de Tebas,

cuyo ámbito es de 6120 estadios. Yerran, pues, completamente los

jonios, si mi juicio es verdadero. Ni ellos ni los griegos, añadiré,

aprendieron a contar, si por cierta tienen su opinión. Tres son las

partes del mundo, según confiesan: la Europa, el Asia y la Libia;[110]

mas a estas debieran añadir por cuarta el Delta del Egipto, pues que ni

al Asia ni a la Libia pertenece, por cuanto el Nilo, único que pudiera

deslindar estas regiones, va a romperse en dos corrientes en el ángulo

agudo del Delta, quedando de tal suerte aislado este país entre las dos

partes del mundo con quienes confina.

XVII. Pero dejemos a los jonios con sus cavilaciones, que para mí todo

el país habitado por egipcios Egipto es realmente, y por tal debe ser

reputado, así como de los cilicios trae su nombre la Cilicia, y la

Asiria de los asirios, ni reconozco otro límite verdadero del Asia y

de la Libia que el determinado por aquella nación. Mas si quisiéramos

seguir el uso de los griegos, diremos que el Egipto, empezando desde

las cataratas[111] y ciudad de Elefantina, se divide en dos partes

que lleva cada una el nombre del Asia o de la Libia que la estrecha.

Empieza el Nilo desde las cataratas a partir por medio el reino,

corriendo al mar por un solo cauce hasta la ciudad de Cercasoro; y

desde allí se divide en tres corrientes o bocas diversas[112] hacia

levante la Pelusia, la Canóbica hacia poniente, y la tercera que

siguiendo su curso rectamente va a romperse en el ángulo del Delta y

cortándolo por medio se dirige al mar, no poco abundante en agua y

no poco célebre con el nombre de Sebenítica: otras dos corrientes se

desprenden de esta última, llamadas la Saítica y la Mendesia; las dos

restantes, Bucólica y Bolbitina, más que cauces nativos del Nilo, son

dos canales artificialmente excavados.

XVIII. La extensión del Egipto que en mi discurso voy declarando,

queda atestiguada por un oráculo del dios Amón que vino a confirmar mi

juicio anteriormente abrazado. Los vecinos de Apis y de Marea, ciudades

situadas en las fronteras confinantes con la Libia, se contaban por

libios y no por egipcios, y mal avenidos al mismo tiempo con el

ritual supersticioso del Egipto acerca de los sacrificios, y con la

prohibición de la carne vacuna, enviaron diputados a Amón, para que,

exponiendo que nada tenían ellos con los egipcios, viviendo fuera

del Delta y hablando diverso idioma, impetrasen la facultad de usar

de toda comida sin escrúpulo ni excepción. Mas no por eso quiso Amón

concederles el indulto que pedían, respondiéndoles el oráculo que

cuanto riega el Nilo en sus inundaciones pertenece al Egipto, y que

egipcios son todos cuantos beben de aquel río, morando más abajo de

Elefantina.

XIX. No es solo el Delta el que en sus avenidas inunda el Nilo, pues

que de él nos toca hablar, sino también el país que reparten algunos

entre la Libia y la Arabia, ora más, ora menos, por el espacio de

dos jornadas. De la naturaleza y propiedad de aquel río nada pude

averiguar, ni de los sacerdotes, ni de nacido alguno, por más que me

deshacía en preguntarles: ¿por qué[113] el Nilo sale de madre en el

solsticio del verano?, ¿por qué dura cien días en su inundación?, ¿por

qué menguado otra vez se retira al antiguo cauce, y mantiene bajo su

corriente por todo el invierno, hasta el solsticio del estío venidero?

En vano procuré, pues, indagar por medio de los naturales la causa de

propiedad tan admirable que tanto distingue a su Nilo de los demás

ríos. Ni menos hubiera deseado también el descubrimiento de la razón

por qué es el único aquel río que ningún soplo o vientecillo despide.

XX. No ignoro que algunos griegos, echándola de físicos insignes,

discurrieron tres explicaciones de los fenómenos del Nilo; dos de

las cuales creo más dignas de apuntarse que de ser explanadas y

discutidas. El primero de estos sistemas atribuye la plenitud e

inundaciones del río a los vientos etesios,[114] que cierran el paso a

sus corrientes para que no desagüen en el mar. Falso es esto supuesto,

pues que el Nilo cumple muchas veces con su oficio sin aguardar a que

soplen los etesios. El mismo fenómeno debiera además suceder con otros

ríos, cuyas aguas corren en oposición con el soplo de aquellos vientos,

y en mayor grado aún, por ser más lánguidas sus corrientes como menores

que las del Nilo. Muchos hay de estos ríos en la Siria; muchos en la

Libia, y en ninguno sucede lo que en aquel.

XXI. La otra opinión, aunque más ridícula y extraña que la primera,

presenta en sí un no sé qué de grande y maravilloso, pues supone que el

Nilo procede del Océano, como razón de sus prodigios, y que el Océano

gira fluyendo alrededor de la tierra.

XXII. La tercera, finalmente, a primera vista la más probable, es de

todas las más desatinada; pues atribuir las avenidas del Nilo a la

nieve derretida, son palabras que nada dicen. El río nace en la Libia,

atraviesa el país de los etíopes, y va a difundirse por el Egipto;

¿cómo cabe, pues, que desde climas ardorosos, pasando a otros más

templados, pueda nacer jamás de la nieve deshecha y liquidada?

Un hombre hábil y capaz de observación profunda hallará motivos en

abundancia que le presenten como improbable el origen que se supone al

río en la nieve derretida. El testimonio principal será el ardor mismo

de los vientos al soplar desde aquellas regiones; segunda, falta de

lluvias o de nevadas,[115] a las cuales siguen siempre aquellas con

cinco días de intervalo; por fin, el observar que los naturales son de

color negro de puro tostados, que no faltan de allí en todo el año los

milanos y las golondrinas, y que las grullas arrojadas de la Escitia

por el rigor de la estación acuden a aquel clima para tomar cuarteles

de invierno. Nada en verdad de todo esto sucediera, por poco que nevase

en aquel país de donde sale y se origina el Nilo, como convence con

evidencia la razón.

XXIII. El que haga proceder aquel río del Océano, no puede por

otra parte ser convencido de falsedad cubierto con la sombra de la

mitología. Protesto a lo menos que ningún río conozco con el nombre de

Océano.[116] Creo, sí, que habiendo dado con esta idea el buen Homero o

alguno de los poetas anteriores, se la apropiaron para el adorno de su

poesía.

XXIV. Mas si, desaprobando yo tales opiniones, se me preguntare al fin

lo que siento en materia tan oscura, sin hacerme rogar daré la razón

por la que entiendo que en verano baja lleno el Nilo hasta rebosar.

Obligado en invierno el sol a fuerza de las tempestades y huracanes a

salir de su antiguo giro y ruta, va retirándose encima de la Libia a

lo más alto del cielo. Así todo lacónicamente se ha dicho, pues sabido

es que cualquier región hacia la cual se acerque girando este dios de

fuego, deberá hallarse en breve muy sedienta, agotados y secos los

manantiales que en ella anteriormente brotaban.

XXV. Lo explicaremos más clara y difusamente. Al girar el sol sobre

la Libia, cuyo cielo se ve en todo tiempo sereno y despejado, y cuyo

clima sin soplo de viento refrigerante es siempre caluroso, obra en

ella los mismos efectos que en verano, cuando camina por en medio

del cielo. Entonces atrae el agua para sí; y atraída, la suspende en

la región del aire superior, y suspensa la toman los vientos, y luego

la disipan y esparcen; y prueba es el que de allá soplen los vientos

entre todos más lluviosos, el Noto y el Sudoeste. No pretendo por esto

que el sol, sin reservar porción de agua para sí[117] vaya echando y

despidiendo cuanta chupa del Nilo en todo el año. Mas declinando en la

primavera el rigor del invierno, y vuelto otra vez el sol al medio del

cielo, atrae entonces igualmente para sí el agua de todos los ríos de

la tierra. Crecidos en aquella estación con el agua de las copiosas

lluvias que recogen, empapada ya la tierra y hecha casi un torrente,

corren entonces en todo su caudal; mas a la llegada del verano, no

alimentados ya por las lluvias, chupados en parte por el sol, se

arrastran lánguidos y menoscabados. Y como las lluvias no alimentan

al Nilo,[118] y siendo el único entre los ríos a quien el sol chupe y

atraiga en invierno, natural es que corra entonces más bajo y menguado

que en verano, en la época en que, al par de los demás, contribuye con

su agua a la fuerza del sol, mientras en invierno es el único objeto

de su atracción. El sol, en una palabra, es en mi concepto el autor de

tales fenómenos.

XXVI. Al mismo sol igualmente atribuyo el árido clima y cielo de la

Libia, abrasando en su giro a toda la atmósfera, y el que reine en toda

la Libia un perpetuo verano.[119] Pues si trastornándose el cielo

se trastornara el orden anuo de las estaciones; si donde el Bóreas y

el invierno moran se asentaran el Noto y el mediodía; o si el Bóreas

arrojase al Noto de su morada con tal trastorno, en mi sentir, echado

el sol en medio del cielo por la violencia de los aquilones, subiría

al cénit de la Europa, como actualmente se pasea encima de la Libia, y

girando asiduamente por toda ella, haría, en mi concepto, con el Istro

lo que con el Nilo está al presente sucediendo.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 10 / 38 段