sésamo. Están llenos los campos de palmas, que en todas partes nacen,
y con el fruto que las más de ellas producen se proporcionan pan, vino
y miel. El modo de cultivarlas[90] es el que se usa con las higueras;
porque tomando el fruto de las palmas que los griegos llaman machos,
lo atan a las hembras, que son las que dan los dátiles, con la mira de
que cierto gusanillo se meta dentro de los dátiles, el cual les ayude a
madurar y haga que no se caiga el fruto de la palma, pues que la palma
macho cría en su fruto un gusanillo semejante al del cabrahigo.
CXCIV. Voy a referir una cosa que, prescindiendo de la ciudad misma, es
para mí la mayor de todas las maravillas de aquella tierra. Los barcos
en que navegan río abajo hacia Babilonia, son de figura redonda, y
están hechos de cuero. Los habitantes de Armenia, pueblo situado arriba
de los asirios, fabrican las costillas del barco con varas de sauce, y
por la parte exterior las cubren extendiendo sobre ellas unas pieles,
que sirven de suelo, sin distinguir la popa ni estrechar la proa,
y haciendo que el barco venga a ser redondo como un escudo. Llenan
después todo el buque de heno, y sobrecargan en él varios géneros, y en
especial ciertas tinajas llenas de vino de palma; le echan al agua, y
dejan que se vaya río abajo. Gobiernan el barco dos hombres en pie por
medio de dos remos a manera de palas; el uno boga hacia adentro y el
otro hacia afuera.
De estos barcos se construyen unos muy grandes, y otros no tanto; los
mayores suelen llevar una carga de cinco mil talentos. En cada uno
va dentro por lo menos un jumento vivo, y en los mayores van muchos.
Luego que han llegado a Babilonia y despachado la carga, pregonan
para la venta las costillas y armazón del barco, juntamente con todo
el heno que vino dentro. Cargan después en sus jumentos los cueros, y
parten con ellos para la Armenia, porque es del todo imposible volver
navegando río arriba a causa de la rapidez de su corriente. Y también
es esta la razón por que no fabrican los barcos de tablas, sino de
cueros, que pueden ser vueltos con más facilidad a su país. Concluido
el viaje, tornan a construir sus embarcaciones de la misma manera.
CXCV. Su modo de vestir es el siguiente: llevan debajo una túnica de
lino que les llega hasta los pies, y sobre esta otra de lana, y encima
de todo una especie de capotillo blanco. Usan de cierto calzado propio
de su país, que viene a ser muy parecido a los zapatos de Beocia. Se
dejan crecer el cabello, y le atan y cubren con sus mitras o turbantes,
ungiéndose todo el cuerpo con ungüentos preciosos. Cada uno lleva un
anillo con su sello, y también un bastón bien labrado, en cuyo puño
se ve formada una manzana, una rosa, un lirio, un águila, u otra cosa
semejante, pues no les permite la moda llevar el bastón sin alguna
insignia.
CXCVI. Entre sus leyes hay una a mi parecer muy sabia, de la que, según
oigo decir, usan también los enetos, pueblos de la Iliria. Consiste
en una función muy particular que se celebra una vez al año en todas
las poblaciones. Luego que las doncellas tienen edad para casarse,
las reúnen todas y las conducen a un sitio, en torno del cual hay una
multitud de hombres en pie. Allí el pregonero las hace levantar de
una en una y las va vendiendo, empezando por la más hermosa de todas.
Después que ha despachado a la primera por un precio muy subido,
pregona a la que sigue en hermosura, y así las va vendiendo, no por
esclavas, sino para que sean esposas de los compradores. De este modo
sucedía que los babilonios más ricos y que se hallaban en estado de
casarse, tratando a porfía de superarse unos a otros en la generosidad
de las ofertas, adquirían las mujeres más lindas y agraciadas. Pero los
plebeyos que deseaban tomar mujer, no pretendiendo ninguna de aquellas
bellezas, recibían con un buen dote alguna de las doncellas más feas.
Porque así como el pregonero acababa de dar salida a las más bellas,
hacía poner en pie la más fea del concurso, o la contrahecha, si alguna
había, e iba pregonando quién quería casarse con ella recibiendo menos
dinero, hasta entregarla por último al que con menos dote la aceptaba.
El dinero para estas dotes se sacaba del precio dado por las hermosas,
y con esto las bellas dotaban a las feas y a las contrahechas. A
nadie le era permitido colocar a su hija con quien mejor le parecía,
como tampoco podía ninguno llevarse consigo a la doncella que hubiese
comprado, sin dar primero fianzas por las que se obligase a cohabitar
con ella; y cuando no quedaba la cosa arreglada en estos términos,
les mandaba la ley desembolsar la dote. También era permitido comprar
mujer a los que de otros pueblos concurrían con este objeto. Tal era
la hermosísima ley[91] que tenían, y que ya no subsiste. Recientemente
han inventado otro uso, a fin de que no sufran perjuicio las doncellas,
ni sean llevadas a otro pueblo. Como después de la toma de la ciudad
muchas familias han experimentado menoscabos en sus intereses, los
particulares faltos de medios prostituyen a sus hijas, y con las
ganancias que de aquí les resultan, proveen a su colocación.
CXCVII. Otra ley tienen que me parece también muy discreta. Cuando uno
está enfermo, le sacan a la plaza, donde consulta sobre su enfermedad
con todos los concurrentes, porque entre ellos no hay médicos. Si
alguno de los presentes padeció la misma dolencia o sabe que otro la
haya padecido, manifiesta al enfermo los remedios que se emplearon en
la curación, y le exhorta a ponerlos en práctica. No se permite a nadie
que pase de largo sin preguntar al enfermo el mal que le aflige.
CXCVIII. Entierran sus cadáveres cubiertos de miel; y sus lamentaciones
fúnebres son muy parecidas a las que se usan en Egipto. Siempre que un
marido babilonio tiene comunicación con su mujer, se purifica con un
sahumerio, y lo mismo hace la mujer sentada en otro sitio. Los dos
al amanecer se lavan en el baño y se abstienen de tocar alhaja alguna
antes de lavarse. Esto mismo hacen cabalmente los árabes.
CXCIX. La costumbre más infame que hay entre los babilonios es la
de que toda mujer natural del país se prostituya una vez en la vida
con algún forastero, estando sentada en el templo de Afrodita. Es
verdad que muchas mujeres principales, orgullosas por su opulencia, se
desdeñan de mezclarse en la turba con las demás, y lo que hacen es ir
en un carruaje cubierto y quedarse cerca del templo, siguiéndolas una
gran comitiva de criados. Pero las otras, conformándose con el uso, se
sientan en el templo, adornada la cabeza de cintas y cordoncillos, y
al paso que las unan vienen, las otras se van. Entre las filas de las
mujeres quedan abiertas de una parte a otra unas como calles, tiradas
a cordel, por las cuales van pasando los forasteros y escogen la que
les agrada. Después que una mujer se ha sentado allí, no vuelve a su
casa hasta tanto que alguno la eche dinero en el regazo, y sacándola
del templo satisfaga al objeto de su venida. Al echar el dinero debe
decirla: «Invoco en favor tuyo a la diosa Milita», que este es el
nombre que dan a Afrodita los asirios: no es lícito rehusar el dinero,
sea mucho o poco, porque se le considera como una ofrenda sagrada.
Ninguna mujer puede desechar al que la escoge, siendo indispensable
que le siga, y después de cumplir con lo que debe a la diosa, se
retira a su casa. Desde entonces no es posible conquistarlas otra vez
a fuerza de dones. Las que sobresalen por su hermosura, bien presto
quedan desobligadas; pero las que no son bien parecidas, suelen tardar
mucho tiempo en satisfacer a la ley, y no pocas permanecen allí por el
espacio de tres y cuatro años. Una ley semejante está en uso en cierta
parte de Chipre.
CC. Hay entre los asirios tres castas o tribus que solo viven de
pescado, y tienen un modo particular de prepararlo. Primero lo secan al
sol, después lo machacan en un mortero, y por último, exprimiéndolo con
un lienzo, hacen de él una masa; y algunos hay que lo cuecen como si
fuera pan.
CCI. Después que Ciro hubo conquistado a los babilonios, quiso reducir
a su obediencia a los maságetas, nación que tiene fama de ser numerosa
y valiente. Está situada hacia la aurora y por donde sale el sol, de la
otra parte del río Araxes, y enfrente de los isedones. No falta quien
pretende que los maságetas son una nación de escitas.
CCII. El Araxes dicen algunos que es mayor y otros menor que el Istro,
y que forma muchas islas tan grandes como la de Lesbos. Los habitantes
de estas islas viven en el verano de las raíces, que de todas especies
encuentran cavando, y en el invierno se alimentan con las frutas de los
árboles que se hallaron maduras en el verano y conservaron en depósito
para su sustento. De ellos se dice que han descubierto ciertos árboles
que producen una fruta[92] que acostumbran echar en el fuego cuando se
sientan a bandadas alrededor de sus hogueras. Percibiendo allí el olor
que despide de sí la fruta, a medida que se va quemando, se embriagan
con él del mismo modo que los griegos con el vino, y cuanta más fruta
echan al fuego, tanto más crece la embriaguez, hasta que levantándose
del suelo se ponen a bailar y cantar.
El río Araxes tiene su origen en los matienos[93] (de donde sale
también el Gindes, al cual repartió Ciro en trescientos sesenta
canales) y desagua por cuarenta bocas, que todas ellas menos una van a
ciertas lagunas y pantanos, donde se dice haber unos hombres que se
alimentan de pescado crudo y se visten con pieles de focas o becerros
marinos. Pero aquella boca del Araxes que tiene limpia su corriente, va
a desaguar en el río Caspio, que es un mar aparte y no se mezcla con
ningún otro;[94] siendo así que el mar en que navegan los griegos y el
que está más allá de las columnas de Heracles y llaman Atlántico, como
también el Eritreo, vienen todos a ser un mismo mar.
CCIII. La longitud del mar Caspio es de quince días de navegación en
un barco al remo, y su latitud es de ocho días en la mayor anchura.
Por sus orillas en la parte que mira al occidente corre el monte
Cáucaso, que en su extensión es el mayor y en su elevación el más alto
de todos. Encierra dentro de sí muchas y muy varias naciones, la mayor
parte de las cuales viven del fruto de los árboles silvestres. Entre
estos árboles hay algunos cuyas hojas son de tal naturaleza, que con
ellas machacadas y disueltas en agua, pintan en sus vestidos aquellos
habitantes ciertos animales que nunca se borran por más que se laven,
y duran tanto como la lana misma, con la cual parece fueron desde el
principio entretejidos. También se dice de estos naturales, que usan en
público de sus mujeres a manera de brutos.
CCIV. En las riberas del mar Caspio que miran al oriente hay una
inmensa llanura cuyos límites no puede alcanzar la vista. Una parte,
y no la menor de ella, la ocupan aquellos maságetas contra quienes
formó Ciro el designio de hacer la guerra, excitado por varios motivos
que le llenaban de orgullo. El primero de todos era lo extraño de su
nacimiento, por el que se figuraba ser algo más que hombre; y el
segundo la fortuna que le acompañaba en todas sus expediciones, pues
donde quiera que entraban sus armas, parecía imposible que ningún
pueblo dejase de ser conquistado.
CCV. En aquella sazón era reina de los maságetas una mujer llamada
Tomiris, cuyo marido había muerto ya. A esta, pues, envió Ciro una
embajada, con el pretexto de pedirla por esposa. Pero Tomiris, que
conocía muy bien no ser ella, sino su reino, lo que Ciro pretendía,
le negó la entrada en su territorio. Viendo Ciro el mal éxito de su
artificiosa tentativa, hizo marchar su ejército hacia el Araxes,
y no se recató ya en publicar su expedición contra los maságetas,
construyendo puentes en el río, y levantando torres encima de las naves
en que debía verificarse el paso de las tropas.
CCVI. Mientras Ciro se ocupaba en estas obras, le envió Tomiris un
mensajero con orden de decirle: «Bien puedes, rey de los medos, excusar
esa fatiga que tomas con tanto calor: ¿quién sabe si tu empresa será
tan feliz como deseas? Más vale que gobiernes tu reino pacíficamente,
y nos dejes a nosotros en la tranquila posesión de los términos que
habitamos. ¿Despreciarás por ventura mis consejos, y querrás más
exponerlo todo que vivir quieto y sosegado? Pero si tanto deseas hacer
una prueba del valor de los maságetas, pronto podrás conseguirlo. No
te tomes tanto trabajo para juntar las dos orillas del río. Nuestras
tropas se retirarán tres jornadas, y allí te esperaremos; o si
prefieres que nosotros pasemos a tu país, retírate a igual distancia, y
no tardaremos en buscarte». Oído el mensaje, convocó Ciro a los persas
principales, y exponiéndoles el asunto, les pidió su parecer sobre cuál
de los dos partidos sería mejor admitir. Todos unánimamente convinieron
en que se debía esperar a Tomiris y a su ejército en el territorio
persa.
CCVII. Creso, que se hallaba presente a la deliberación, desaprobó
el dictamen de los persas, y manifestó su opinión contraria en
estos términos: «Ya te he dicho, señor, otras veces, que puesto que
el cielo me ha hecho siervo tuyo, procuraré con todas mis fuerzas
estorbar cualquier desacierto que trate de cometerse en tu casa.
Mis desgracias me proporcionan, en medio de su amargura, algunos
documentos provechosos. Si te consideras inmortal, y que también lo
es tu ejército, ninguna necesidad tengo de manifestarte mi opinión;
pero si tienes presente que eres hombre y que mandas a otros hombres,
debes advertir, antes de todo, que la fortuna es una rueda, cuyo
continuo movimiento a nadie deja gozar largo tiempo de la felicidad.
En el caso propuesto, soy de parecer contrario al que han manifestado
tus consejeros, y encuentro peligroso que esperes al enemigo en tu
propio país; pues en caso de ser vencido, te expones a perder todo
el imperio, siendo claro que, vencedores los maságetas, no volverán
atrás huyendo, sino que avanzarán a lo interior de tus dominios. Por
el contrario, si los vences, nunca cogerás tanto fruto de la victoria
como si, ganando la batalla en su mismo país, persigues a los maságetas
fugitivos y derrotados. Debe pensarse por lo mismo en vencer al
enemigo, y caminar después en derechura a sojuzgar el reino de Tomiris;
además de que sería ignominioso para el hijo de Cambises ceder el
campo a una mujer, y volver atrás un solo paso. Soy, por consiguiente,
de dictamen que pasemos el río, y avanzando lo que ellos se retiren,
procuremos conseguir la victoria. Esos maságetas, según he oído, no
tienen experiencia de las comodidades que en Persia se disfrutan,
ni han gustado jamás nuestras delicias. A tales hombres convendría
prevenirles en nuestro mismo campo un copioso banquete, matando un gran
número de carneros, y dejándolos bien preparados, con abundancia de
vino puro y todo género de manjares. Hecho esto, confiando la custodia
de los reales a los soldados más débiles, nos retiraríamos hacia el
río. Cuando ellos viesen a su alcance tantas cosas buenas, no dudo que
se abalanzarían a gozarlas y nos suministrarían la mejor ocasión de
sorprenderlos ocupados, y de hacer en ellos una matanza horrible».
CCVIII. Estos fueron los pareceres que se dieron a Ciro; el cual,
desechando el primero y conformándose con el de Creso, envió a decir
a Tomiris que se retirase, porque él mismo determinaba pasar el río y
marchar contra ella. Retirose en efecto la reina, como antes lo tenía
ofrecido. Entonces fue cuando Ciro puso a Creso en manos de su hijo
Cambises, a quien declaraba por sucesor suyo, encargándole con las
mayores veras que cuidase mucho de honrarle y hacerle bien en todo, si
a él por casualidad no le saliese felizmente la empresa que acometía.
Después de esto, enviolos a Persia juntos; y él poniéndose al frente de
sus tropas, pasó con ellas el río.
CCIX. Estando ya de la otra parte del Araxes, venida la noche y
durmiendo en la tierra de los maságetas, tuvo Ciro una visión entre
sueños que le representaba al hijo mayor de Histaspes con alas en los
hombros, una de las cuales cubría con su sombra el Asia y la otra
la Europa. Este Histaspes era hijo de Arsaces, de la familia de los
aqueménidas, y su hijo mayor, Darío, joven de veinte años, se había
quedado en Persia por no tener la edad necesaria para la milicia.
Luego que despertó Ciro, se puso a reflexionar acerca del sueño, y
como le pareciese grande y misterioso, hizo llamar a Histaspes, y
quedándose con él a solas, le dijo: «He descubierto, Histaspes, que tu
hijo maquina contra mi persona y contra mi soberanía. Voy a decirte el
modo seguro como lo he sabido. Los dioses, teniendo de mí un especial
cuidado, me revelan cuanto me debe suceder; y ahora mismo he visto
la noche pasada entre sueños que el mayor de tus hijos tenía en sus
hombros dos alas, y que con la una llenaba de sombra el Asia, y con
la otra la Encopa. Esta visión no puede menos de ser indicio de las
asechanzas que trama contra mí. Vete, pues, desde luego a Persia y
dispón las cosas de modo que cuando yo esté de vuelta, conquistado
ya este país, me presentes a tu hijo para hacerle los cargos
correspondientes».
CCX. Esto dijo Ciro, imaginando que Darío le ponía asechanzas; pero lo
que el cielo le pronosticaba era la muerte que debía sobrevenirle, y la
traslación de su corona a las sienes de Darío. Entonces le respondió
Histaspes: «No permita Dios que ningún persa de nacimiento maquine
jamás contra vuestra persona, y perezca mil veces el traidor que lo
intentase. Vos fuisteis, oh rey, quien de esclavos hizo libres a los
persas, y de súbditos de otros, señores de todos. Contad enteramente
conmigo, porque estoy prontísimo a entregaros a mi hijo, para que de
él hagáis lo que quisiereis, si alguna visión os le mostró amigo de
novedades en perjuicio de vuestra soberanía». Así respondió Histaspes;
en seguida repasó el río y se puso en camino para Persia, con objeto de
asegurar a Darío y presentarle a Ciro cuando volviese.
CCXI. Partiendo del Araxes, se adelantó Ciro una jornada, y puso por
obra el consejo que le había sugerido Creso; conforme al cual se
volvió después hacia el río con la parte más escogida y brillante de
sus tropas, dejando allí la más débil y flaca. Sobre estos últimos
cargó en seguida la tercera parte del ejército de Tomiris, y por más
que se defendieron, los pasó a todos al filo de la espada. Pero viendo
los maságetas, después de la muerte de sus contrarios, las mesas que
estaban preparadas, sentáronse a ellas, y de tal modo se hartaron de
comida y de vino, que por último se quedaron dormidos. Entonces los
persas volvieron al campo, y acometiéndoles de firme, mataron a muchos
y cogieron vivos a muchos más, siendo de este número su general, el
hijo de la reina Tomiris, cuyo nombre era Espargapises.
CCXII. Informada Tomiris de lo sucedido en su ejército y en la
persona de su hijo, envió un mensajero a Ciro, diciéndole: «No te
ensoberbezcas, Ciro, hombre insaciable de sangre, por la grande hazaña
que acabas de ejecutar. Bien sabes que no has vencido a mi hijo con
el valor de tu brazo, sino engañándole con esa pérfida bebida, con el
fruto de la vid, del cual sabéis vosotros henchir vuestros cuerpos, y
perdido después el juicio, deciros todo género de insolencias. Toma
el saludable consejo que voy a darte. Vuelve a mi hijo y sal luego de
mi territorio, contento con no haber pagado la pena que debías por
la injuria que hiciste a la tercera parte de mis tropas. Y si no lo
practicas así, te juro por el sol, supremo señor de los maságetas, que
por sediento que te halles de sangre, yo te saciaré de ella».
CCXIII. Ciro no hizo caso de este mensaje. Entretanto, Espargapises,
así que el vino le dejó libre la razón y con ella vio su desgracia,
suplicó a Ciro le quitase las prisiones; y habiéndolo conseguido, dueño
de sus manos, las volvió contra sí mismo y acabó con su vida. Este fue
el trágico fin del joven prisionero.
CCXIV. Viendo Tomiris que Ciro no daba oídos a sus palabras, reunió
todas sus fuerzas y trabó con él la batalla más reñida que en mi
concepto se ha dado jamás entre las naciones bárbaras. Según mis
noticias, los dos ejércitos empezaron a pelear con sus arcos a cierta
distancia; pero consumidas las flechas, vinieron luego a las manos y
se acometieron vigorosamente con sus lanzas y espadas. La carnicería
duró largo tiempo, sin querer ceder el puesto ni los unos ni los otros,
hasta que al cabo quedaron vencedores los maságetas. Las tropas persas
sufrieron una pérdida espantosa, y el mismo Ciro perdió la vida,
después de haber reinado veintinueve años. Entonces fue cuando Tomiris,
habiendo hecho llenar un odre de sangre humana, mandó buscar entre los
muertos el cadáver de Ciro; y luego que fue hallado, le cortó la cabeza
y la metió dentro del odre, insultándole con estos palabras: «Perdiste
a mi hijo cogiéndole con engaño a pesar de que yo vivía y de que yo soy
tu vencedora. Pero yo te saciaré de sangre cumpliendo mi palabra». Este
fue el término que tuvo Ciro, sobre cuya muerte sé muy bien las varias
historias que se cuentan; pero yo la he referido del modo que me parece
más creíble.
CCXV. Los maságetas en su vestido y modo de vivir se parecen mucho a
los escitas, y son a un mismo tiempo soldados de a caballo y de a pie.
En sus combates usan de flechas y de lanzas, y llevan también cierta
especie de segures, que llaman _ságares_. Para todo se sirven del oro
y del bronce: del bronce para las lanzas, saetas y segures; y del oro
para el adorno de las cabezas, los ceñidores y las bandas que cruzan
debajo de los brazos. Ponen a los caballos un peto de bronce, y emplean
el oro para el freno, las riendas y demás jaez. No hacen uso alguno de
la plata y del hierro, porque el país no produce estos metales, siendo
en él muy abundantes el oro y el bronce.
CCXVI. Los maságetas tienen algunas costumbres particulares. Cada uno
se casa con su mujer; pero el uso de las casadas es común para todos,
pues lo que los griegos cuentan de los escitas en este punto, no son
los escitas, sino los maságetas los que lo hacen, entre los cuales no
se conoce el pudor; y cualquier hombre, colgando del carro su aljaba,
puede juntarse sin reparo con la mujer que le acomoda. No tiene término
fijo para dejar de existir; pero si uno llega a ser ya decrépito,
reuniéndose todos los parientes le matan con una porción de reses, y
cociendo su carne, celebran con ella un gran banquete. Este modo de
salir de la vida se mira entre ellos como la felicidad suprema, y si
alguno muere de enfermedad, no se hace convite con su carne, sino que
se le entierra con grandísima pesadumbre de que no haya llegado al
punto de ser inmolado. No siembran cosa alguna, y viven solamente de
la carne de sus rebaños y de la pesca que el Araxes les suministra en
abundancia. Su bebida es la leche. No veneran otro dios que el sol,
a quien sacrifican caballos; y dan por razón de su culto, que al más
veloz de los dioses no puede ofrecerse víctima más grata que el más
ligero de los animales.
LIBRO SEGUNDO.
EUTERPE.
Antes de pasar Heródoto a referir la conquista de Egipto por
Cambises, hijo de Ciro, que reserva para el libro siguiente,
traza en este segundo una descripción topográfica del Egipto. —
El Nilo, su origen, extensión y avenidas. — Costumbres civiles y
religiosas de los egipcios. — Heracles. — Animales sagrados. —
Métodos de embalsamar los cadáveres. — Reyes antiguos de Egipto:
Menes, Nitocris, Meris. — Sesostris, sus conquistas, repartición del
Egipto. — Proteo hospeda en Menfis a Helena, robada por Alejandro,
entretanto que los griegos destruyen a Troya. — Rampsinito. — Queops
obliga a los egipcios a construir las pirámides. — Micerino manda
abrir los templos. — Invasión de los etíopes. — Setón, sacerdote y
rey. — Cronología de los egipcios. — División del Egipto en doce
partes. — El Laberinto. — Psamético se apodera de todo el Egipto: su
descendencia: Neco, Psamis, Apríes. — Amasis vence a Apríes y con su
buena administración hace prosperar al Egipto.
I. Después de la muerte de Ciro, tomó el mando del imperio su
hijo Cambises, habido en Casandane, hija de Farnaspes, por cuyo
fallecimiento, mucho antes acaecido, había llevado Ciro y ordenado en
todos sus dominios el luto más riguroso. Cambises, pues, heredero de
su padre, contando entre sus vasallos a los jonios y a los eolios,
llevó a estos griegos, de quienes era señor, en compañía de sus demás
súbditos, a la expedición que contra el Egipto dirigía.