No hacen uso alguno del aceite del olivo, sirviéndose del que sacan del

sésamo. Están llenos los campos de palmas, que en todas partes nacen,

y con el fruto que las más de ellas producen se proporcionan pan, vino

y miel. El modo de cultivarlas[90] es el que se usa con las higueras;

porque tomando el fruto de las palmas que los griegos llaman machos,

lo atan a las hembras, que son las que dan los dátiles, con la mira de

que cierto gusanillo se meta dentro de los dátiles, el cual les ayude a

madurar y haga que no se caiga el fruto de la palma, pues que la palma

macho cría en su fruto un gusanillo semejante al del cabrahigo.

CXCIV. Voy a referir una cosa que, prescindiendo de la ciudad misma, es

para mí la mayor de todas las maravillas de aquella tierra. Los barcos

en que navegan río abajo hacia Babilonia, son de figura redonda, y

están hechos de cuero. Los habitantes de Armenia, pueblo situado arriba

de los asirios, fabrican las costillas del barco con varas de sauce, y

por la parte exterior las cubren extendiendo sobre ellas unas pieles,

que sirven de suelo, sin distinguir la popa ni estrechar la proa,

y haciendo que el barco venga a ser redondo como un escudo. Llenan

después todo el buque de heno, y sobrecargan en él varios géneros, y en

especial ciertas tinajas llenas de vino de palma; le echan al agua, y

dejan que se vaya río abajo. Gobiernan el barco dos hombres en pie por

medio de dos remos a manera de palas; el uno boga hacia adentro y el

otro hacia afuera.

De estos barcos se construyen unos muy grandes, y otros no tanto; los

mayores suelen llevar una carga de cinco mil talentos. En cada uno

va dentro por lo menos un jumento vivo, y en los mayores van muchos.

Luego que han llegado a Babilonia y despachado la carga, pregonan

para la venta las costillas y armazón del barco, juntamente con todo

el heno que vino dentro. Cargan después en sus jumentos los cueros, y

parten con ellos para la Armenia, porque es del todo imposible volver

navegando río arriba a causa de la rapidez de su corriente. Y también

es esta la razón por que no fabrican los barcos de tablas, sino de

cueros, que pueden ser vueltos con más facilidad a su país. Concluido

el viaje, tornan a construir sus embarcaciones de la misma manera.

CXCV. Su modo de vestir es el siguiente: llevan debajo una túnica de

lino que les llega hasta los pies, y sobre esta otra de lana, y encima

de todo una especie de capotillo blanco. Usan de cierto calzado propio

de su país, que viene a ser muy parecido a los zapatos de Beocia. Se

dejan crecer el cabello, y le atan y cubren con sus mitras o turbantes,

ungiéndose todo el cuerpo con ungüentos preciosos. Cada uno lleva un

anillo con su sello, y también un bastón bien labrado, en cuyo puño

se ve formada una manzana, una rosa, un lirio, un águila, u otra cosa

semejante, pues no les permite la moda llevar el bastón sin alguna

insignia.

CXCVI. Entre sus leyes hay una a mi parecer muy sabia, de la que, según

oigo decir, usan también los enetos, pueblos de la Iliria. Consiste

en una función muy particular que se celebra una vez al año en todas

las poblaciones. Luego que las doncellas tienen edad para casarse,

las reúnen todas y las conducen a un sitio, en torno del cual hay una

multitud de hombres en pie. Allí el pregonero las hace levantar de

una en una y las va vendiendo, empezando por la más hermosa de todas.

Después que ha despachado a la primera por un precio muy subido,

pregona a la que sigue en hermosura, y así las va vendiendo, no por

esclavas, sino para que sean esposas de los compradores. De este modo

sucedía que los babilonios más ricos y que se hallaban en estado de

casarse, tratando a porfía de superarse unos a otros en la generosidad

de las ofertas, adquirían las mujeres más lindas y agraciadas. Pero los

plebeyos que deseaban tomar mujer, no pretendiendo ninguna de aquellas

bellezas, recibían con un buen dote alguna de las doncellas más feas.

Porque así como el pregonero acababa de dar salida a las más bellas,

hacía poner en pie la más fea del concurso, o la contrahecha, si alguna

había, e iba pregonando quién quería casarse con ella recibiendo menos

dinero, hasta entregarla por último al que con menos dote la aceptaba.

El dinero para estas dotes se sacaba del precio dado por las hermosas,

y con esto las bellas dotaban a las feas y a las contrahechas. A

nadie le era permitido colocar a su hija con quien mejor le parecía,

como tampoco podía ninguno llevarse consigo a la doncella que hubiese

comprado, sin dar primero fianzas por las que se obligase a cohabitar

con ella; y cuando no quedaba la cosa arreglada en estos términos,

les mandaba la ley desembolsar la dote. También era permitido comprar

mujer a los que de otros pueblos concurrían con este objeto. Tal era

la hermosísima ley[91] que tenían, y que ya no subsiste. Recientemente

han inventado otro uso, a fin de que no sufran perjuicio las doncellas,

ni sean llevadas a otro pueblo. Como después de la toma de la ciudad

muchas familias han experimentado menoscabos en sus intereses, los

particulares faltos de medios prostituyen a sus hijas, y con las

ganancias que de aquí les resultan, proveen a su colocación.

CXCVII. Otra ley tienen que me parece también muy discreta. Cuando uno

está enfermo, le sacan a la plaza, donde consulta sobre su enfermedad

con todos los concurrentes, porque entre ellos no hay médicos. Si

alguno de los presentes padeció la misma dolencia o sabe que otro la

haya padecido, manifiesta al enfermo los remedios que se emplearon en

la curación, y le exhorta a ponerlos en práctica. No se permite a nadie

que pase de largo sin preguntar al enfermo el mal que le aflige.

CXCVIII. Entierran sus cadáveres cubiertos de miel; y sus lamentaciones

fúnebres son muy parecidas a las que se usan en Egipto. Siempre que un

marido babilonio tiene comunicación con su mujer, se purifica con un

sahumerio, y lo mismo hace la mujer sentada en otro sitio. Los dos

al amanecer se lavan en el baño y se abstienen de tocar alhaja alguna

antes de lavarse. Esto mismo hacen cabalmente los árabes.

CXCIX. La costumbre más infame que hay entre los babilonios es la

de que toda mujer natural del país se prostituya una vez en la vida

con algún forastero, estando sentada en el templo de Afrodita. Es

verdad que muchas mujeres principales, orgullosas por su opulencia, se

desdeñan de mezclarse en la turba con las demás, y lo que hacen es ir

en un carruaje cubierto y quedarse cerca del templo, siguiéndolas una

gran comitiva de criados. Pero las otras, conformándose con el uso, se

sientan en el templo, adornada la cabeza de cintas y cordoncillos, y

al paso que las unan vienen, las otras se van. Entre las filas de las

mujeres quedan abiertas de una parte a otra unas como calles, tiradas

a cordel, por las cuales van pasando los forasteros y escogen la que

les agrada. Después que una mujer se ha sentado allí, no vuelve a su

casa hasta tanto que alguno la eche dinero en el regazo, y sacándola

del templo satisfaga al objeto de su venida. Al echar el dinero debe

decirla: «Invoco en favor tuyo a la diosa Milita», que este es el

nombre que dan a Afrodita los asirios: no es lícito rehusar el dinero,

sea mucho o poco, porque se le considera como una ofrenda sagrada.

Ninguna mujer puede desechar al que la escoge, siendo indispensable

que le siga, y después de cumplir con lo que debe a la diosa, se

retira a su casa. Desde entonces no es posible conquistarlas otra vez

a fuerza de dones. Las que sobresalen por su hermosura, bien presto

quedan desobligadas; pero las que no son bien parecidas, suelen tardar

mucho tiempo en satisfacer a la ley, y no pocas permanecen allí por el

espacio de tres y cuatro años. Una ley semejante está en uso en cierta

parte de Chipre.

CC. Hay entre los asirios tres castas o tribus que solo viven de

pescado, y tienen un modo particular de prepararlo. Primero lo secan al

sol, después lo machacan en un mortero, y por último, exprimiéndolo con

un lienzo, hacen de él una masa; y algunos hay que lo cuecen como si

fuera pan.

CCI. Después que Ciro hubo conquistado a los babilonios, quiso reducir

a su obediencia a los maságetas, nación que tiene fama de ser numerosa

y valiente. Está situada hacia la aurora y por donde sale el sol, de la

otra parte del río Araxes, y enfrente de los isedones. No falta quien

pretende que los maságetas son una nación de escitas.

CCII. El Araxes dicen algunos que es mayor y otros menor que el Istro,

y que forma muchas islas tan grandes como la de Lesbos. Los habitantes

de estas islas viven en el verano de las raíces, que de todas especies

encuentran cavando, y en el invierno se alimentan con las frutas de los

árboles que se hallaron maduras en el verano y conservaron en depósito

para su sustento. De ellos se dice que han descubierto ciertos árboles

que producen una fruta[92] que acostumbran echar en el fuego cuando se

sientan a bandadas alrededor de sus hogueras. Percibiendo allí el olor

que despide de sí la fruta, a medida que se va quemando, se embriagan

con él del mismo modo que los griegos con el vino, y cuanta más fruta

echan al fuego, tanto más crece la embriaguez, hasta que levantándose

del suelo se ponen a bailar y cantar.

El río Araxes tiene su origen en los matienos[93] (de donde sale

también el Gindes, al cual repartió Ciro en trescientos sesenta

canales) y desagua por cuarenta bocas, que todas ellas menos una van a

ciertas lagunas y pantanos, donde se dice haber unos hombres que se

alimentan de pescado crudo y se visten con pieles de focas o becerros

marinos. Pero aquella boca del Araxes que tiene limpia su corriente, va

a desaguar en el río Caspio, que es un mar aparte y no se mezcla con

ningún otro;[94] siendo así que el mar en que navegan los griegos y el

que está más allá de las columnas de Heracles y llaman Atlántico, como

también el Eritreo, vienen todos a ser un mismo mar.

CCIII. La longitud del mar Caspio es de quince días de navegación en

un barco al remo, y su latitud es de ocho días en la mayor anchura.

Por sus orillas en la parte que mira al occidente corre el monte

Cáucaso, que en su extensión es el mayor y en su elevación el más alto

de todos. Encierra dentro de sí muchas y muy varias naciones, la mayor

parte de las cuales viven del fruto de los árboles silvestres. Entre

estos árboles hay algunos cuyas hojas son de tal naturaleza, que con

ellas machacadas y disueltas en agua, pintan en sus vestidos aquellos

habitantes ciertos animales que nunca se borran por más que se laven,

y duran tanto como la lana misma, con la cual parece fueron desde el

principio entretejidos. También se dice de estos naturales, que usan en

público de sus mujeres a manera de brutos.

CCIV. En las riberas del mar Caspio que miran al oriente hay una

inmensa llanura cuyos límites no puede alcanzar la vista. Una parte,

y no la menor de ella, la ocupan aquellos maságetas contra quienes

formó Ciro el designio de hacer la guerra, excitado por varios motivos

que le llenaban de orgullo. El primero de todos era lo extraño de su

nacimiento, por el que se figuraba ser algo más que hombre; y el

segundo la fortuna que le acompañaba en todas sus expediciones, pues

donde quiera que entraban sus armas, parecía imposible que ningún

pueblo dejase de ser conquistado.

CCV. En aquella sazón era reina de los maságetas una mujer llamada

Tomiris, cuyo marido había muerto ya. A esta, pues, envió Ciro una

embajada, con el pretexto de pedirla por esposa. Pero Tomiris, que

conocía muy bien no ser ella, sino su reino, lo que Ciro pretendía,

le negó la entrada en su territorio. Viendo Ciro el mal éxito de su

artificiosa tentativa, hizo marchar su ejército hacia el Araxes,

y no se recató ya en publicar su expedición contra los maságetas,

construyendo puentes en el río, y levantando torres encima de las naves

en que debía verificarse el paso de las tropas.

CCVI. Mientras Ciro se ocupaba en estas obras, le envió Tomiris un

mensajero con orden de decirle: «Bien puedes, rey de los medos, excusar

esa fatiga que tomas con tanto calor: ¿quién sabe si tu empresa será

tan feliz como deseas? Más vale que gobiernes tu reino pacíficamente,

y nos dejes a nosotros en la tranquila posesión de los términos que

habitamos. ¿Despreciarás por ventura mis consejos, y querrás más

exponerlo todo que vivir quieto y sosegado? Pero si tanto deseas hacer

una prueba del valor de los maságetas, pronto podrás conseguirlo. No

te tomes tanto trabajo para juntar las dos orillas del río. Nuestras

tropas se retirarán tres jornadas, y allí te esperaremos; o si

prefieres que nosotros pasemos a tu país, retírate a igual distancia, y

no tardaremos en buscarte». Oído el mensaje, convocó Ciro a los persas

principales, y exponiéndoles el asunto, les pidió su parecer sobre cuál

de los dos partidos sería mejor admitir. Todos unánimamente convinieron

en que se debía esperar a Tomiris y a su ejército en el territorio

persa.

CCVII. Creso, que se hallaba presente a la deliberación, desaprobó

el dictamen de los persas, y manifestó su opinión contraria en

estos términos: «Ya te he dicho, señor, otras veces, que puesto que

el cielo me ha hecho siervo tuyo, procuraré con todas mis fuerzas

estorbar cualquier desacierto que trate de cometerse en tu casa.

Mis desgracias me proporcionan, en medio de su amargura, algunos

documentos provechosos. Si te consideras inmortal, y que también lo

es tu ejército, ninguna necesidad tengo de manifestarte mi opinión;

pero si tienes presente que eres hombre y que mandas a otros hombres,

debes advertir, antes de todo, que la fortuna es una rueda, cuyo

continuo movimiento a nadie deja gozar largo tiempo de la felicidad.

En el caso propuesto, soy de parecer contrario al que han manifestado

tus consejeros, y encuentro peligroso que esperes al enemigo en tu

propio país; pues en caso de ser vencido, te expones a perder todo

el imperio, siendo claro que, vencedores los maságetas, no volverán

atrás huyendo, sino que avanzarán a lo interior de tus dominios. Por

el contrario, si los vences, nunca cogerás tanto fruto de la victoria

como si, ganando la batalla en su mismo país, persigues a los maságetas

fugitivos y derrotados. Debe pensarse por lo mismo en vencer al

enemigo, y caminar después en derechura a sojuzgar el reino de Tomiris;

además de que sería ignominioso para el hijo de Cambises ceder el

campo a una mujer, y volver atrás un solo paso. Soy, por consiguiente,

de dictamen que pasemos el río, y avanzando lo que ellos se retiren,

procuremos conseguir la victoria. Esos maságetas, según he oído, no

tienen experiencia de las comodidades que en Persia se disfrutan,

ni han gustado jamás nuestras delicias. A tales hombres convendría

prevenirles en nuestro mismo campo un copioso banquete, matando un gran

número de carneros, y dejándolos bien preparados, con abundancia de

vino puro y todo género de manjares. Hecho esto, confiando la custodia

de los reales a los soldados más débiles, nos retiraríamos hacia el

río. Cuando ellos viesen a su alcance tantas cosas buenas, no dudo que

se abalanzarían a gozarlas y nos suministrarían la mejor ocasión de

sorprenderlos ocupados, y de hacer en ellos una matanza horrible».

CCVIII. Estos fueron los pareceres que se dieron a Ciro; el cual,

desechando el primero y conformándose con el de Creso, envió a decir

a Tomiris que se retirase, porque él mismo determinaba pasar el río y

marchar contra ella. Retirose en efecto la reina, como antes lo tenía

ofrecido. Entonces fue cuando Ciro puso a Creso en manos de su hijo

Cambises, a quien declaraba por sucesor suyo, encargándole con las

mayores veras que cuidase mucho de honrarle y hacerle bien en todo, si

a él por casualidad no le saliese felizmente la empresa que acometía.

Después de esto, enviolos a Persia juntos; y él poniéndose al frente de

sus tropas, pasó con ellas el río.

CCIX. Estando ya de la otra parte del Araxes, venida la noche y

durmiendo en la tierra de los maságetas, tuvo Ciro una visión entre

sueños que le representaba al hijo mayor de Histaspes con alas en los

hombros, una de las cuales cubría con su sombra el Asia y la otra

la Europa. Este Histaspes era hijo de Arsaces, de la familia de los

aqueménidas, y su hijo mayor, Darío, joven de veinte años, se había

quedado en Persia por no tener la edad necesaria para la milicia.

Luego que despertó Ciro, se puso a reflexionar acerca del sueño, y

como le pareciese grande y misterioso, hizo llamar a Histaspes, y

quedándose con él a solas, le dijo: «He descubierto, Histaspes, que tu

hijo maquina contra mi persona y contra mi soberanía. Voy a decirte el

modo seguro como lo he sabido. Los dioses, teniendo de mí un especial

cuidado, me revelan cuanto me debe suceder; y ahora mismo he visto

la noche pasada entre sueños que el mayor de tus hijos tenía en sus

hombros dos alas, y que con la una llenaba de sombra el Asia, y con

la otra la Encopa. Esta visión no puede menos de ser indicio de las

asechanzas que trama contra mí. Vete, pues, desde luego a Persia y

dispón las cosas de modo que cuando yo esté de vuelta, conquistado

ya este país, me presentes a tu hijo para hacerle los cargos

correspondientes».

CCX. Esto dijo Ciro, imaginando que Darío le ponía asechanzas; pero lo

que el cielo le pronosticaba era la muerte que debía sobrevenirle, y la

traslación de su corona a las sienes de Darío. Entonces le respondió

Histaspes: «No permita Dios que ningún persa de nacimiento maquine

jamás contra vuestra persona, y perezca mil veces el traidor que lo

intentase. Vos fuisteis, oh rey, quien de esclavos hizo libres a los

persas, y de súbditos de otros, señores de todos. Contad enteramente

conmigo, porque estoy prontísimo a entregaros a mi hijo, para que de

él hagáis lo que quisiereis, si alguna visión os le mostró amigo de

novedades en perjuicio de vuestra soberanía». Así respondió Histaspes;

en seguida repasó el río y se puso en camino para Persia, con objeto de

asegurar a Darío y presentarle a Ciro cuando volviese.

CCXI. Partiendo del Araxes, se adelantó Ciro una jornada, y puso por

obra el consejo que le había sugerido Creso; conforme al cual se

volvió después hacia el río con la parte más escogida y brillante de

sus tropas, dejando allí la más débil y flaca. Sobre estos últimos

cargó en seguida la tercera parte del ejército de Tomiris, y por más

que se defendieron, los pasó a todos al filo de la espada. Pero viendo

los maságetas, después de la muerte de sus contrarios, las mesas que

estaban preparadas, sentáronse a ellas, y de tal modo se hartaron de

comida y de vino, que por último se quedaron dormidos. Entonces los

persas volvieron al campo, y acometiéndoles de firme, mataron a muchos

y cogieron vivos a muchos más, siendo de este número su general, el

hijo de la reina Tomiris, cuyo nombre era Espargapises.

CCXII. Informada Tomiris de lo sucedido en su ejército y en la

persona de su hijo, envió un mensajero a Ciro, diciéndole: «No te

ensoberbezcas, Ciro, hombre insaciable de sangre, por la grande hazaña

que acabas de ejecutar. Bien sabes que no has vencido a mi hijo con

el valor de tu brazo, sino engañándole con esa pérfida bebida, con el

fruto de la vid, del cual sabéis vosotros henchir vuestros cuerpos, y

perdido después el juicio, deciros todo género de insolencias. Toma

el saludable consejo que voy a darte. Vuelve a mi hijo y sal luego de

mi territorio, contento con no haber pagado la pena que debías por

la injuria que hiciste a la tercera parte de mis tropas. Y si no lo

practicas así, te juro por el sol, supremo señor de los maságetas, que

por sediento que te halles de sangre, yo te saciaré de ella».

CCXIII. Ciro no hizo caso de este mensaje. Entretanto, Espargapises,

así que el vino le dejó libre la razón y con ella vio su desgracia,

suplicó a Ciro le quitase las prisiones; y habiéndolo conseguido, dueño

de sus manos, las volvió contra sí mismo y acabó con su vida. Este fue

el trágico fin del joven prisionero.

CCXIV. Viendo Tomiris que Ciro no daba oídos a sus palabras, reunió

todas sus fuerzas y trabó con él la batalla más reñida que en mi

concepto se ha dado jamás entre las naciones bárbaras. Según mis

noticias, los dos ejércitos empezaron a pelear con sus arcos a cierta

distancia; pero consumidas las flechas, vinieron luego a las manos y

se acometieron vigorosamente con sus lanzas y espadas. La carnicería

duró largo tiempo, sin querer ceder el puesto ni los unos ni los otros,

hasta que al cabo quedaron vencedores los maságetas. Las tropas persas

sufrieron una pérdida espantosa, y el mismo Ciro perdió la vida,

después de haber reinado veintinueve años. Entonces fue cuando Tomiris,

habiendo hecho llenar un odre de sangre humana, mandó buscar entre los

muertos el cadáver de Ciro; y luego que fue hallado, le cortó la cabeza

y la metió dentro del odre, insultándole con estos palabras: «Perdiste

a mi hijo cogiéndole con engaño a pesar de que yo vivía y de que yo soy

tu vencedora. Pero yo te saciaré de sangre cumpliendo mi palabra». Este

fue el término que tuvo Ciro, sobre cuya muerte sé muy bien las varias

historias que se cuentan; pero yo la he referido del modo que me parece

más creíble.

CCXV. Los maságetas en su vestido y modo de vivir se parecen mucho a

los escitas, y son a un mismo tiempo soldados de a caballo y de a pie.

En sus combates usan de flechas y de lanzas, y llevan también cierta

especie de segures, que llaman _ságares_. Para todo se sirven del oro

y del bronce: del bronce para las lanzas, saetas y segures; y del oro

para el adorno de las cabezas, los ceñidores y las bandas que cruzan

debajo de los brazos. Ponen a los caballos un peto de bronce, y emplean

el oro para el freno, las riendas y demás jaez. No hacen uso alguno de

la plata y del hierro, porque el país no produce estos metales, siendo

en él muy abundantes el oro y el bronce.

CCXVI. Los maságetas tienen algunas costumbres particulares. Cada uno

se casa con su mujer; pero el uso de las casadas es común para todos,

pues lo que los griegos cuentan de los escitas en este punto, no son

los escitas, sino los maságetas los que lo hacen, entre los cuales no

se conoce el pudor; y cualquier hombre, colgando del carro su aljaba,

puede juntarse sin reparo con la mujer que le acomoda. No tiene término

fijo para dejar de existir; pero si uno llega a ser ya decrépito,

reuniéndose todos los parientes le matan con una porción de reses, y

cociendo su carne, celebran con ella un gran banquete. Este modo de

salir de la vida se mira entre ellos como la felicidad suprema, y si

alguno muere de enfermedad, no se hace convite con su carne, sino que

se le entierra con grandísima pesadumbre de que no haya llegado al

punto de ser inmolado. No siembran cosa alguna, y viven solamente de

la carne de sus rebaños y de la pesca que el Araxes les suministra en

abundancia. Su bebida es la leche. No veneran otro dios que el sol,

a quien sacrifican caballos; y dan por razón de su culto, que al más

veloz de los dioses no puede ofrecerse víctima más grata que el más

ligero de los animales.

LIBRO SEGUNDO.

EUTERPE.

Antes de pasar Heródoto a referir la conquista de Egipto por

Cambises, hijo de Ciro, que reserva para el libro siguiente,

traza en este segundo una descripción topográfica del Egipto. —

El Nilo, su origen, extensión y avenidas. — Costumbres civiles y

religiosas de los egipcios. — Heracles. — Animales sagrados. —

Métodos de embalsamar los cadáveres. — Reyes antiguos de Egipto:

Menes, Nitocris, Meris. — Sesostris, sus conquistas, repartición del

Egipto. — Proteo hospeda en Menfis a Helena, robada por Alejandro,

entretanto que los griegos destruyen a Troya. — Rampsinito. — Queops

obliga a los egipcios a construir las pirámides. — Micerino manda

abrir los templos. — Invasión de los etíopes. — Setón, sacerdote y

rey. — Cronología de los egipcios. — División del Egipto en doce

partes. — El Laberinto. — Psamético se apodera de todo el Egipto: su

descendencia: Neco, Psamis, Apríes. — Amasis vence a Apríes y con su

buena administración hace prosperar al Egipto.

I. Después de la muerte de Ciro, tomó el mando del imperio su

hijo Cambises, habido en Casandane, hija de Farnaspes, por cuyo

fallecimiento, mucho antes acaecido, había llevado Ciro y ordenado en

todos sus dominios el luto más riguroso. Cambises, pues, heredero de

su padre, contando entre sus vasallos a los jonios y a los eolios,

llevó a estos griegos, de quienes era señor, en compañía de sus demás

súbditos, a la expedición que contra el Egipto dirigía.

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