CLXXI. Harpago, después que hubo conquistado la Jonia, volvió sus

fuerzas contra los carios, los caunios y los licios, llevando ya

consigo las tropas jonias y eolias. Estos carios son una nación

que dejando las islas se pasó al continente; y según yo he podido

conjeturar, informándome de lo que se dice acerca de las edades más

remotas, siendo ellos antiguamente súbditos de Minos, con el nombre de

_léleges_, moraban en las islas del Asia, y no pagaban ningún tributo

sino cuando lo pedía Minos, le tripulaban y armaban sus navíos; y

como este monarca, siempre feliz en sus expediciones,[77] hiciese

muchas conquistas, se distinguió en ellas la nación caria, mostrándose

la más valerosa y apreciable de todas. A la misma nación se debe el

descubrimiento de tres cosas de que usan los griegos; pues ella fue

la que enseñó a poner crestas o penachos en los morriones, a pintar

armas y empresas en los escudos, y a pegar en los mismos unas correas a

manera de asas, siendo así que hasta entonces todos los que usaban de

escudo le llevaban sin aquellas asas, y solo se servían para manejarle

de unas bandas de cuero que colgadas del cuello y del hombro izquierdo

se unían al mismo escudo. Los carios, después de haber habitado mucho

tiempo en las islas, fueron arrojados de ellas por los jonios y dorios,

y se pasaron al continente.

Esto es lo que dicen los cretenses; pero los carios pretenden ser

originarios de la tierra firme, y haber tenido siempre el mismo nombre

que ahora; y en prueba de ello muestran en Milasa un antiguo templo de

Zeus Cario, el cual es común a los misios, como hermanos que son de los

carios, puesto que Lido y Miso, como ellos dicen, fueron hermanos de

Car. Los pueblos que tienen otro origen, aunque hablen la lengua de los

carios, no participan de la comunión de aquel templo.

CLXXII. Los caunios, a mi entender, son originarios del país, por más

que digan ellos mismos que proceden de Creta. Es difícil determinar si

fueron ellos los que adoptaron la lengua caria o los carios la suya;

lo cierto es que tienen unas costumbres muy diferentes de los demás

hombres y de los carios mismos. En sus convites parece muy bien que se

reúnan confusamente los hombres, las mujeres y los niños, según la edad

y grados de amistad que median entre ellos. Al principio adoptaron el

culto extranjero; pero arrepintiéndose después, y no queriendo tener

más dioses que los suyos propios, tomaron todos ellos las armas, y

golpeando con sus lanzas el aire, caminaron de este modo hasta llegar a

los confines calíndicos, diciendo entretanto que con aquella operación

echaban de su país a los dioses extraños.

CLXXIII. Los licios traen su origen de la isla de Creta, que

antiguamente estuvo toda habitada de bárbaros. Cuando los hijos de

Europa, Sarpedón y Minos, disputaron en ella el imperio, quedó Minos

vencedor en la contienda y echó fuera de Creta a Sarpedón con todos sus

partidarios. Estos se refugiaron en Milíade, comarca del Asia menor, y

la misma que al presente ocupan los licios. Sus habitadores se llamaban

entonces los solimos. Sarpedón tenía el mando de los licios, que a la

sazón se llamaban los _termilas_, nombre que habían traído consigo y

con el que todavía son llamados de sus vecinos. Pero después que Lico,

el hijo de Pandión, fue arrojado de Atenas por su hermano Egeo, y

refugiándose a la protección de Sarpedón, se pasó a los termilas,[78]

estos vinieron con el tiempo a mudar de nombre, y tomando el de Lico,

se llamaron licios. Sus leyes en parte son cretenses, y en parte

carias; pero tienen cierto uso muy particular en el que no se parecen

al resto de los hombres, y es el de tomar el apellido de las madres y

no de los padres; de suerte que si a uno se le pregunta quién es y de

qué familia procede, responde repitiendo el nombre de su madre y el sus

abuelas maternas. Por la misma razón, si una mujer libre se casa con un

esclavo, los hijos son tenidos por libres e ingenuos; y si al contrario

un hombre libre, aunque sea de los primeros ciudadanos, toma una mujer

extranjera o vive con una concubina, los hijos que nacen de semejante

unión son mirados como bastardos e infames.

CLXXIV. Los carios en aquella época, sin dar prueba alguna de valor, se

dejaron conquistar por Harpago; y lo mismo sucedió a los griegos que

habitaban en aquella región. En ella moran los cnidios, colonos de los

lacedemonios, cuyo país está en la costa del mar y se llama Triopio. La

Cnidia, empezando en la península Bibasia, es un terreno rodeado casi

todo por el mar, pues solo está unido con el continente por un paso

de cinco estadios de ancho. Le baña por el norte el golfo Cerámico, y

por el sur el mar de Sima y de Rodas. Los cnidios, queriendo hacer que

toda la tierra fuese una isla perfecta, mientras Harpago se ocupaba

en sujetar a la Jonia, trataron de cortar el istmo que los une con

la tierra firme. Empleando mucha gente en la excavación, notaron que

los trabajadores padecían muchísimo en sus cuerpos, y particularmente

en los ojos de resultas de las piedras que rompían, y atribuyéndolo

a prodigio o castigo divino, enviaron sus mensajeros a Delfos para

consultar cuál fuese la causa de la dificultad y resistencia que

encontraban. La Pitia, según cuentan los cnidios, les respondió así:

Al istmo no toquéis de ningún modo.

Isla fuera, si Jove lo quisiese.

Recibida esta respuesta, suspendieron los cnidios las excavaciones, y

sin hacer la menor resistencia, se entregaron a Harpago, que con su

ejército venía marchando contra ellos.

CLXXV. Más arriba de Halicarnaso moraban tierra adentro los pedáseos.

Siempre que a estos o a sus vecinos les amenaza algún desastre, sucede

que a la sacerdotisa de Atenea le crece una gran barba, cosa que

entonces le aconteció por tres veces. Los pedáseos fueron los únicos

en toda la Caria que por algún tiempo hicieron frente a Harpago, y le

dieron mucho en que entender, fortificando el monte que llaman Lida;

mas por último quedaron vencidos y arruinados.

CLXXVI. Cuando Harpago conducía sus tropas al territorio de Janto,

los licios de aquella ciudad le salieron al encuentro, y peleando

pocos contra muchos, hicieron prodigios de valor; pero vencidos al

cabo y obligados a encerrarse dentro de la ciudad, reunieron en la

fortaleza a sus mujeres, hijos, dinero y esclavos, y pegándola fuego,

la redujeron a cenizas; después de lo cual, conjurados entre sí con

las más horribles imprecaciones, salieron con disimulo de la plaza, y

pelearon de modo que todos ellos murieron con las armas en la mano. Por

este motivo muchos que dicen ahora ser licios de Janto son advenedizos,

menos ochenta familias que, hallándose a la sazón fuera de su patria,

sobrevivieron a la ruina común. De este modo se apoderó Harpago de la

ciudad de Janto, y de un modo semejante de la de Cauno, habiendo los

caunios imitado casi en todo a los licios.

CLXXVII. Mientras Harpago destruía el Asia baja, Ciro en persona

sujetaba las naciones del Asia superior, sin perdonar a ninguna.

Nosotros pasaremos en silencio la mayor parte, tratando únicamente de

aquellas que con su resistencia le dieron más que hacer y que son más

dignas de memoria. Ciro, pues, cuando tuvo bajo su obediencia todo

aquel continente, pensó en hacer la guerra a los asirios.

CLXXVIII. La Asiria tiene muchas y grandes ciudades, pero de todas

ellas la más famosa y fuerte era Babilonia, donde existía la corte y

los palacios reales después que Nínive fue destruida. Situada en una

gran llanura, viene a formar un cuadro cuyos lados tienen cada uno de

frente ciento veinte estadios, de suerte que el ámbito de toda ella es

de cuatrocientos ochenta. Sus obras de fortificación y ornato son las

más perfectas de cuantas ciudades conocemos. Primeramente la rodea un

foso profundo, ancho y lleno de agua. Después la ciñen unas murallas

que tienen de ancho cincuenta codos reales, y de alto hasta doscientos,

siendo el codo real tres dedos mayor del codo común y ordinario.[79]

CLXXIX. Conviene decir en qué se empleó la tierra sacada del foso, y

cómo se hizo la muralla. La tierra que sacaban del foso la empleaban en

formar ladrillos, y luego que estos tenían la consistencia necesaria

los llevaban a cocer a los hornos. Después, valiéndose en vez de

argamasa de cierto betún caliente, iban ligando la pared de treinta en

treinta filas de ladrillos con unos cestones hechos de caña, edificando

primero de este modo los labios o bordes del foso, y luego la muralla

misma. En lo alto de esta fabricaron por una y otra parte unas casillas

de un solo piso, las unas enfrente de las otras, dejando en medio

el espacio suficiente para que pudiese dar vueltas una carroza. En

el recinto de los muros hay cien puertas de bronce, con sus quicios

y umbrales del mismo metal. A ocho jornadas de Babilonia se halla

una ciudad que se llama Is, en la cual hay un río no muy grande que

tiene el mismo nombre y va a desembocar al Éufrates. El río Is lleva

mezclados con su corriente algunos grumos de asfalto o betún, de donde

fue conducido a Babilonia el que sirvió para sus murallas.

CLXXX. La ciudad esta dividida en dos partes por el río Éufrates, que

pasa por medio de ella. Este río, grande, profundo y rápido, baja de

las Armenias y va a desembocar en el mar Eritreo.[80] La muralla, por

entrambas partes, haciendo un recodo llega a dar con el río, y desde

allí empieza una pared hecha de ladrillos cocidos, la cual va siguiendo

por la ciudad adentro las orillas del río. La ciudad, llena de casas de

tres y cuatro pisos, está cortada con unas calles rectas, así las que

corren a lo largo, como las trasversales que cruzan por ellas y van a

parar al río. Cada una de estas últimas tiene una puerta de bronce en

la cerca que se extiende por las márgenes del Éufrates; de manera que

son tantas las puertas que van a dar al río, cuantos son los barrios

entre calle y calle.

CLXXXI. El muro por la parte exterior es como la loriga de la ciudad, y

en la parte interior hay otro muro que también la ciñe, el cual es más

estrecho que el otro, pero no mucho más débil. En medio de cada uno de

los dos grandes cuarteles en que la ciudad se divide, hay levantados

dos alcázares. En el uno está el palacio real, rodeado con un muro

grande y de resistencia, y en el otro un templo de Zeus Belo con sus

puertas de bronce. Este templo, que todavía duraba en mis días, es

cuadrado y cada uno de sus lados tiene dos estadios, En medio de él se

va fabricada una torre maciza que tiene un estadio de altura y otro de

espesor. Sobre esta se levanta otra segunda, después otra tercera, y

así sucesivamente hasta llegar al número de ocho torres. Alrededor de

todas ellas hay una escalera por la parte exterior, y en la mitad de

las escaleras un rellano con asientos, donde pueden descansar los que

suben. En la última torre se encuentra una capilla, y dentro de ella

una gran cama magníficamente dispuesta, y a su lado una mesa de oro.

No se ve allí estatua ninguna, y nadie puede quedarse de noche, fuera

de una sola mujer, hija del país, a quien entre todas escoge el dios,

según refieren los caldeos, que son sus sacerdotes.

CLXXXII. Dicen también los caldeos (aunque yo no les doy crédito)

que viene por la noche el Dios y la pasa durmiendo en aquella cama,

del mismo modo que sucede en Tebas del Egipto, como nos cuentan los

egipcios, en donde duerme una mujer en el templo de Zeus Tebano. En

ambas partes aseguran que aquellas mujeres no tienen allí comunicación

con hombre alguno. También sucede lo mismo en Patara de la Licia, donde

la sacerdotisa, todo el tiempo que reside allí el oráculo, queda por la

noche encerrada en el templo.

CLXXXIII. En el mismo templo de Babilonia hay en el piso interior otra

capilla, en la cual se halla una grande estatua de Zeus sentado, que es

de oro: junto a ella una grande mesa también de oro, siendo del mismo

metal la silla y la tarima. Estas piezas, según dicen los caldeos,

no se hicieron con menos de ochocientos talentos de oro. Fuera de la

capilla hay un altar de oro, y además otro grande para las reses ya

crecidas, pues en el de oro solo es permitido sacrificar víctimas

tiernas y de leche. Todos los años, el día en que los caldeos celebran

la fiesta de su dios, queman en la mayor de estas dos aras mil talentos

de incienso. En el mismo templo había anteriormente una estatua de doce

codos, toda ella de oro macizo, la que yo no he visto, y solamente

refiero lo que dicen los caldeos. Darío, el hijo de Histaspes, formó el

proyecto de apropiársela cautelosamente, pero no se atrevió a quitarla.

Su hijo Jerjes la quitó por fuerza, dando muerte al sacerdote que se

oponía a que se la removiese de su sitio. Tal es el adorno y la riqueza

de este templo, sin contar otros muchos donativos que los particulares

le habían hecho.

CLXXXIV. Entre los muchos reyes de la gran Babilonia que se esmeraron

en la fábrica y adorno de las murallas y templos, de quienes haré

mención tratando de los asirios, hubo dos mujeres. La primera,

llamada Semíramis,[81] que reinó cinco generaciones o edades antes

de la segunda, fue la que levantó en aquellas llanuras unos diques

y terraplenes dignos de admiración, con el objeto de que el río no

inundase, como anteriormente, los campos.

CLXXXV. La segunda, que se llamó Nitocris,[82] siendo más política

y sagaz que la otra, además de haber dejado muchos monumentos que

mencionaré después, procuró tomar cuantas medidas pudo contra el

imperio de los medos, el cual, ya grande y poderoso, lejos de

contenerse pacífico dentro de sus límites, había ido conquistando

muchas ciudades, y entre ellas la célebre Nínive.

Primeramente, viendo que el Éufrates que corre por medio de la ciudad

llevaba hasta ella un curso recto, abrió muchas acequias en la parte

superior del país, y llevando el agua por ellas, hizo dar tantas

vueltas al río, que por tres veces viniese a tocar en una misma aldea

de la Asiria llamada Arderica; de suerte que los que ahora, saliendo

de las costas del mar,[83] quieren pasar a Babilonia, navegando por el

Éufrates por tres veces y en tres días diferentes pasan por aquella

aldea. En las dos orillas del río amontonó tanta tierra e hizo con ella

tales márgenes, que asombra la grandeza y elevación de estos diques.

Además de esto, en un lugar que cae en la parte superior, y está muy

lejos de Babilonia, mandó hacer una grande excavación con el objeto

de formar una laguna artificial, poco distante del mismo río. Se cavó

la tierra hasta encontrar con el agua viva, y el circuito de la grande

hoya que se formó tenía cuatrocientos y veinte estadios. La tierra que

salió de aquella concavidad, sirvió para construir los parapetos en las

orillas del río; y alrededor de la misma laguna se fabricó un margen

con las piedras que al efecto se habían allí conducido. Entrambas

cosas, la tortuosidad del río y la excavación para la laguna, se

hicieron con la mira de que la corriente del río, cortada con varias

vueltas, fuese menos rápida, y la navegación para Babilonia más larga;

y de que además obligase la laguna a dar un rodeo a los que caminasen

por tierra. Por esta razón mandó Nitocris hacer aquellas obras en la

parte del país donde estaba el paso desde la Media y el atajo para su

reino, queriendo que los medos no pudiesen comunicar fácilmente con sus

vasallos ni enterarse de sus cosas.

CLXXXVI. Estos resguardos procuró al estado con sus excavaciones, y de

ellas sacó todavía otra ventaja. Estando Babilonia dividida por el río

en dos grandes cuarteles, cuando uno en tiempo de los reyes anteriores

quería pasar de un cuartel al otro, le era forzoso hacerlo en barca;

cosa que según yo me imagino, debería de ser molesta y enredosa. A fin

de remediar este inconveniente, después de haber abierto el grande

estanque, se sirvió de él para la fábrica de otro monumento utilísimo.

Hizo cortar y labrar unas piedras de extraordinaria magnitud, y cuando

estuvieron ya dispuestas y hecha la excavación, torció y encaminó toda

la corriente del río al lugar destinado para la laguna. Mientras este

se iba llenando, secábase la madre antigua del río. En el tiempo que

duró esta operación, mandó hacer dos cosas: la una edificar en las

orillas que corren por dentro de la ciudad, y a las cuales se baja por

las puertas que a cada calle tienen, un margen de ladrillos cocidos,

semejante a las obras de las murallas; la otra construir un puente,

en medio poco más o menos de la ciudad, con las piedras labradas de

antemano, uniéndolas entre sí con hierro y plomo. Sobre las pilastras

de esta fábrica se tendía un puente hecho de unos maderos cuadrados,

por donde se daba paso a los babilonios durante el día; pero se

retiraban los maderos por la noche, para impedir mutuos robos, que se

pudiesen cometer con la facilidad de pasar de una parte a otra. Después

que con la avenida del río se llenó la laguna y estuvo concluido el

puente, restituyó el Éufrates a su antiguo cauce; con lo cual, además

de proporcionar la conveniencia del vecindario, logró que se creyese

muy acertada la excavación del pantano.

CLXXXVII. Esta misma reina quiso urdir un artificio para engañar a

los venideros. Encima de una de las puertas más frecuentadas de la

ciudad, y en el lugar más visible de ella, hizo construir su sepulcro,

en cuyo frente mandó grabar esta inscripción: «Si alguno de los reyes

de Babilonia que vengan después de mí escaseare de dinero, abra este

sepulcro y tome lo que quiera; pero si no escaseare de él, de ningún

modo le abra, porque no le vendrá bien». Este sepulcro permaneció

intacto hasta que la corona recayó en Darío, el cual, incomodado

de no usar de aquella puerta y de no aprovecharse de aquel dinero;

particularmente cuando el mismo tesoro le estaba convidando, determinó

abrir el sepulcro. Darío no usaba de la puerta, por no tener al pasar

por ella un muerto sobre su cabeza. Abierto el sepulcro, no se encontró

dinero alguno, sino solo el cadáver y un escrito con estas palabras:

«Si no fueses insaciable de dinero, y no te valieses para adquirirle de

medios ruines, no hubieras escudriñado las arcas de los muertos».

CLXXXVIII. Ciro salió a campaña contra un hijo de esta reina, que se

llamaba Labineto[84] lo mismo que su padre, y que reinaba entonces en

la Asiria. Cuando el gran rey (pues este es el dictado que se da al de

Babilonia) se pone al frente de sus tropas y marcha contra el enemigo,

lleva dispuestas de antemano las provisiones necesarias, y hasta el

agua del río Coaspes que pasa por Susa, porque no bebe de otra alguna.

Con este objeto le siguen siempre a donde quiera que viaja muchos

carros de cuatro ruedas, tirados por mulas; los cuales conducen unas

vasijas de plata en que va cocida el agua de Coaspes.

CLXXXIX. Cuando Ciro, caminando hacia Babilonia, estuvo cerca del

Gindes (río que tiene sus fuentes en las montañas matienas y, corriendo

después por las dardaneas, va a entrar en el Tigris, otro río que

pasando por la ciudad de Opis desagua en el mar Eritreo), trató de

pasar aquel río, lo cual no puede hacerse sino con barcas. Entretanto,

uno de los caballos sagrados y blancos[85] que tenía, saltando con

brío al agua, quiso salir a la otra parte; pero sumergido entre los

remolinos, le arrebató la corriente. Irritado Ciro contra la insolencia

del río, le amenazó con dejarle tan pobre y desvalido, que hasta

las mujeres pudiesen atravesarle, sin que les llegase el agua a las

rodillas. Después de esta amenaza, difiriendo la expedición contra

Babilonia, dividió su ejército en dos partes, y en cada una de las

orillas del Gindes señaló con unos cordeles ciento ochenta acequias,

todas ellas dirigidas de varias maneras; ordenó después que su ejército

las abriese; y como era tanta la muchedumbre de trabajadores, llevó a

cabo la empresa, pero no tan pronto que no empleasen sus tropas en ella

todo aquel verano.

CXC. Después que Ciro hubo castigado al río Gindes desangrándole en

trescientos sesenta canales, esperó que volviese la primavera, y

se puso en camino con su ejército para Babilonia. Los babilonios,

armados, le estaban aguardando en el campo, y luego que llegó cerca de

la ciudad le presentaron la batalla, en la cual quedando vencidos se

encerraron dentro de la plaza. Instruidos del carácter turbulento de

Ciro, pues le habían visto acometer igualmente a todas las naciones,

cuidaron de tener abastecida la ciudad de víveres para muchos años, de

suerte que por entonces ningún cuidado les daba el sitio. Al contrario,

Ciro, viendo que el tiempo corría sin adelantar cosa alguna, estaba

perplejo, y no sabía qué partido tomar.

CXCI. En medio de su apuro, ya fuese que alguno se lo aconsejase, o

que él mismo lo discurriese, tomó esta resolución. Dividiendo sus

tropas, formó las unas cerca del río en la parte por donde entra en la

ciudad, y las otras en la parte opuesta, dándoles orden de que luego

que viesen disminuirse la corriente en términos de permitir el paso,

entrasen por el río en la ciudad. Después de estas disposiciones, se

marchó con la gente menos útil de su ejército a la famosa laguna, y en

ella hizo con el río lo mismo que había hecho la reina Nitocris.[86]

Abrió una acequia e introdujo por ella el agua en la laguna, que a la

sazón estaba convertida en un pantano, logrando de este modo desviar

la corriente del río y hacer vadeable la madre. Cuando los persas,

apostados a las orillas del Éufrates, le vieron menguado de manera

que el agua no les llegaba más que a la mitad del muslo, se fueron

entrando por él en Babilonia. Si en aquella ocasión los babilonios

hubiesen presentido lo que Ciro iba a practicar o no hubiesen estado

nimiamente confiados de que los persas no podrían entrar en la ciudad,

hubieran acabado malamente con ellos. Porque solo con cerrar todas las

puertas que miran al río, y subirse sobre las cercas que corren por

sus márgenes, los hubieran podido coger como a los peces en la nasa.

Pero entonces fueron sorprendidos por los persas; y según dicen los

habitantes de aquella ciudad, estaban ya prisioneros los que moraban

en los extremos de ella, y los que vivían en el centro ignoraban

absolutamente lo que pasaba, con motivo de la gran extensión del

pueblo, y porque siendo además un día de fiesta, se hallaban bailando y

divirtiendo en sus convites y festines, en los cuales continuaron hasta

que del todo se vieron en poder del enemigo. De este modo fue tomada

Babilonia la primera vez.[87]

CXCII. Para dar una idea de cuánto fuese el poder y la grandeza de los

babilonios, entre las muchas pruebas que pudieran alegarse referiré

lo siguiente: Todas las provincias del gran rey están repartidas de

modo que, además del tributo ordinario, deben suministrar por su turno

los alimentos para el soberano y su ejército. De los doce meses del

año, cuatro están a cargo de la sola provincia de Babilonia, y en los

otros contribuye a la manutención lo restante del Asia. Por donde se ve

que en aquel país de la Asiria está reputado por la tercera parte del

Imperio; y su gobierno, que los persas llaman satrapía, es con mucho

exceso el mejor y más principal de todos, en tanto grado que el hijo

de Artabazo, llamado Tritantecmes, a quien dio el mando de aquella

provincia, percibía diariamente una _artaba_[88] llena de plata, siendo

la artaba una medida persa que tiene un _medimno_ y tres quénices

áticos.[89] Este mismo, sin contar los caballos destinados a la guerra,

tenía para la casta ochocientos caballos padres y dieciséis mil yeguas,

cubriendo cada caballo padre veinte de sus yeguas. Y era tanta la

abundancia de perros indios que al mismo tiempo criaba, que para darles

de comer había destinado cuatro grandes aldeas de aquella comarca,

exentas de las demás contribuciones.

CXCIII. En la campiña de los asirios llueve poco, y únicamente lo que

basta para que el trigo nazca y se arraigue. Las tierras se riegan

con el agua del río, pero no con inundaciones periódicas como en

Egipto, sino a fuerza de brazos y de norias. Porque toda la región

de Babilonia, del mismo modo que la del Egipto, está cortada con

varias acequias, siendo navegable la mayor; la cual se dirige hacia el

solsticio de invierno, y tomada del Éufrates, llega al río Tigris, en

cuyas orillas está Nínive.

Esta es la mejor tierra del mundo que nosotros conocemos para la

producción de granos; bien es verdad que no puede disputar la

preferencia en cuanto a los árboles, como la higuera, la vid y el

olivo. Pero en los frutos de Deméter es tan abundante y feraz, que da

siempre doscientos por uno; y en las cosechas extraordinarias suele

llegar a trescientos. Allí las hojas de trigo y de la cebada tienen

de ancho, sin disputa alguna, hasta cuatro dedos; y aunque tengo bien

averiguado lo que pudiera decir sobre la altura del mijo y del sésamo,

que se parece a la de los árboles, me abstendré hablar de ello; pues

estoy persuadido de que parecerá increíble a los que no hayan visitado

la comarca de Babilonia cuanto dijere tocante a los frutos de aquel

país.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 8 / 38 段