del peligro y del miedo por su trato con Ciro, y los isleños nada
tenían que temer de los persas, porque todavía no eran súbditos
suyos los fenicios, y ellos mismos no eran gente a propósito para la
marina. La causa porque los milesios se habían separado de los demás
griegos, no era otra sino la poca fuerza que tenía todo el cuerpo de
los griegos, y en especial los jonios, sobremanera desvalidos y casi
de ninguna consideración. Fuera de la ciudad de Atenas, ninguna otra
había respetable. De aquí nacía que los otros jonios, y los mismos
atenienses, se desdeñaban de su nombre, no queriendo llamarse jonios;
y aun ahora me parece que muchos de ellos se avergüenzan de semejante
dictado. Pero aquellas doce ciudades no solo se preciaban de llevarle,
sino que habiendo levantado un templo, le quisieron llamar de su mismo
nombre _Pan-Ionio_, o _común a los jonios_, y aun tomaron la resolución
de no admitir en él a ningún otro que los pueblos jonios, si bien debe
añadirse que nadie pretendió semejante unión a no ser los de Esmirna.
CXLIV. Una cosa igual hacen los dorios de _Pentápolis_, estado que
ahora se compone de cinco ciudades, y antes se componía de seis,
llamándose _Hexápolis_. Estos se guardan de admitir a ninguno de los
otros dorios en su templo _Triópico_, y esto lo observan con tal rigor,
que excluyeron de su comunión a algunos de sus ciudadanos que habían
violado sus leyes y ceremonias. El caso fue este: en los juegos que
celebraban en honor de Apolo Triopio, solían antiguamente adjudicar por
premio a los vencedores unos trípodes de bronce, pero con la precisa
condición de no habérselos de llevar, sino de ofrecerlos al dios en
su mismo templo. Sucedió, pues, que un tal Agasicles de Halicarnaso,
declarado vencedor, no quiso observar esta ley, y llevándose el
trípode, le colgó en su misma casa. Por esta transgresión aquellas
cinco ciudades, que eran Lindos, Yáliso, Cámiros, Cos y Cnido, privaron
de su comunión a Halicarnaso, que era la sexta. Tal y tan severo fue el
castigo con que la multaron.
CXLV. Yo pienso que los jonios se repartieron en doce ciudades, sin
querer admitir otras más en su confederación, porque cuando moraban en
el Peloponeso, estaban distribuidos en doce partidos; así como los
aqueos que fueron los que los echaron del país, forman también ahora
doce distritos. El primero es Pelena, inmediata a Sición; después
siguen Egira y Egas, donde se halla el Cratis, río que siempre lleva
agua, y del cual tomó su nombre el otro río Cratis de la Italia; en
seguida vienen Bura, Hélice, a donde los jonios se retiraron vencidos
en batalla por los aqueos, Egio y Ripes; después Patras, Faras y Óleno,
donde está el gran río Piro; y por último, Dime y Tritea, que es entre
todas estas ciudades el único pueblo de tierra adentro.
CXLVI. Estas son ahora las doce comunidades de los aqueos, y lo eran
antes de los jonios, motivo por el cual estos se distribuyeron en doce
ciudades. Porque suponer que los unos son más jonios que los otros,
o que tuvieron más noble origen, es ciertamente un desvarío; pues no
solo los abantes originarios de la Eubea, los cuales nada tienen, ni
aun el nombre de la Jonia, hacen una parte, y no la menor, de los tales
jonios, sino que además se hallan mezclados con ellos los focidios,
separados de los otros sus paisanos, los molosos, los arcades pelasgos,
los dorios epidaurios y otras muchas naciones, que con los jonios se
confundieron.
En cuanto a los jonios que, por haber partido del Pritaneo de los
atenienses, quieren ser tenidos por los más puros y acendrados de
todos, se sabe de ellos que, no habiendo conducido mujeres para su
colonia, se casaron con las carianas a cuyos padres habían quitado
la vida; por cuya razón estas mujeres, juramentadas entre sí, se
impusieron una ley, que trasmitieron a sus hijas, de no comer jamás con
sus maridos ni llamarles con este nombre, en atención a que, habiendo
muerto a sus padres, maridos e hijos, después de tales insultos se
habían juntado con ellas, todo lo cual sucedió en Mileto.
CXLVII. Estos colonos atenienses nombraron por reyes, unos a los
licios, familia oriunda de Glauco, el hijo de Hipóloco; otros a los
caucones pilios, descendientes de Codro, hijo de Melanto; y algunos
los tomaban ya de una, ya de otra de aquellas dos casas. Todos
ellos ambicionan con preferencia a los demás el nombre de jonios,
y ciertamente lo son de origen verdadero; bien que de este nombre
participan cuantos, procediendo de Atenas, celebran la fiesta llamada
_Apaturia_, la cual es común a todos los jonios asiáticos, fuera de los
efesios y colofonios, los únicos que en pena de cierto homicidio no la
celebran.
CLXVIII. El Panionio es un templo que hay en Mícala, hacia el norte,
dedicado en nombre común de los jonios a Poseidón el Heliconio.
Mícala es un promontorio de tierra firme, que mira hacia el viento
céfiro,[67] y pertenece a Samos. En este promontorio, los jonios de
todas las ciudades solían celebrar una fiesta, a que dieron el nombre
de _Pan-Ionia_. Y es de notar que todas las fiestas, no solo de los
jonios, sino de todos los griegos, tienen la misma propiedad que
dijimos de los nombres persas, la de acabar en una misma letra.[68]
CXLIX. He dicho cuáles son las ciudades jonias; ahora referiré las
eolias. Cime, por sobrenombre Fricónide, Lerisas, Neontico, Temno,
Cila, Notio, Egiroesa, Pitana, Egeas, Mirina, Grinia. Estas son las
once ciudades antiguas de los eolios, pues aunque también eran doce,
todas en el continente, Esmirna, una de aquel número, fue separada de
las otras por los jonios. Los eolios establecieron sus colonias en un
terreno mejor que el de los jonios, pero el clima no es tan bueno.
CL. Los eolios perdieron a Esmirna de este modo: ciertos colofonios,
vencidos en una sedición doméstica y arrojados de su patria, hallaron
en Esmirna un asilo. Estos fugitivos, un día en que los de Esmirna
celebraban fuera de la ciudad una fiesta solemne a Dioniso, les
cerraron las puertas y se apoderaron de la plaza. Concurrieron todos
los eolios al socorro de los suyos, pero se terminó la contienda
por medio de una transacción, en la que se convino que los jonios,
quedándose con la ciudad, restituyesen los bienes muebles a los de
Esmirna. Estos, conformándose con lo pactado, fueron repartidos en las
otras once ciudades eolias, que los admitieron por ciudadanos suyos.
CLI. En el número de las ciudades eolias de la tierra firme, no se
incluyen los que habitan en el monte Ida, porque no forman un cuerpo
con ellas. Otras hay también situadas en las islas. En la de Lesbos
existen cinco, porque la sexta, que era Arisba, la redujeron bajo su
dominación los de Metimna, siendo de la misma sangre. En Ténedos hay
una, y otra en las que llaman las cien islas. Todas estas ciudades
insulares, lo mismo que los jonios de las islas, nada tenían que temer
de Ciro; pero a los demás eolios les pareció conveniente confederarse
con los otros jonios y seguirlos a donde quiera que los condujesen.
CLII. Luego que llegaron a Esparta los enviados de los jonios y eolios,
habiendo hecho el viaje con toda velocidad, escogieron para que en
nombre de todos llevase la voz a un cierto foceo, llamado Pitermo;
el cual, vestido de púrpura, con la mira de que muchos espartanos
concurriesen atraídos de la novedad, se presentó en su congreso, y con
una larga arenga les pidió socorros. Los lacedemonios, bien lejos de
dejarse persuadir del orador, resolvieron no salir a la defensa de los
jonios; con lo cual se volvieron los enviados. Sin embargo, despacharon
algunos hombres en una galera de cincuenta remos, con el objeto, a mi
parecer, de explorar el estado de las cosas de Ciro y de la Jonia.
Luego que estos llegaron a Focea, enviaron a Sardes al que entre todos
era tenido por hombre de mayor suposición, llamado Lacrines, con orden
de intimar a Ciro que se abstuviese de inquietar a ninguna ciudad de
los griegos, cuyas injurias no podrían mirar con indiferencia.
CLIII. Dícese que Ciro, después que el enviado acabó su propuesta,
preguntó a los griegos que cerca de sí tenía, qué especie de hombres
eran los lacedemonios, y cuántos en número, para atreverse a hacerle
semejante declaración, y que informado de lo que preguntaba, respondió
al orador: «Nunca temí a unos hombres que tienen en medio de sus
ciudades un lugar espacioso, donde se reúnen para engañar a otros
con sus juramentos; y desde ahora les aseguro que si los dioses me
conservaren la vida, yo haré que se lamenten, no de las desgracias de
los jonios, sino de las suyas propias». Este discurso iba dirigido
contra todos los griegos, que tienen en sus ciudades una plaza
destinada para la compra y venta de sus cosas, costumbre desconocida
entre los persas, que no tienen plazas en las suyas. Después de esto,
dejando al persa Tabalo por gobernador de Sardes, y dando al lidio
Pactias la comisión de recaudar los tesoros de Creso y de los otros
lidios, partiose con sus tropas para Ecbatana, llevando consigo a
Creso, y teniendo por negocio de poca importancia el acometer sobre
la marcha a los jonios. Bien es verdad que para esto le servían de
embarazo Babilonia y la nación bactriana, los sacas y los egipcios,
contra los cuales él mismo en persona quería conducir su ejército,
enviando contra los jonios a cualquier otro general.
CLIV. Apenas Ciro había salido de Sardes, cuando Pactias insurreccionó
a los lidios, y habiendo bajado a la costa del mar, como tenía a
su disposición todo el oro de Sardes, le fue fácil reclutar tropas
mercenarias, y persuadir a la gente de la marina que le siguiese en su
expedición. Dirigiose, pues, hacia Sardes, puso a la ciudad sitio y
obligó al gobernador Tabalo a encerrarse en la ciudadela.
CLV. Ciro en el camino tuvo noticia de lo que pasaba, y hablando de
ello con Creso, le dijo: «¿Cuándo tendrán fin, oh Creso, estas cosas
que me suceden? Ya está visto que esos lidios nunca vivirán en paz, ni
me dejarán a mí tranquilo. Pienso que lo mejor fuera reducirlos a la
condición de esclavos. Ahora veo que lo que acabo de hacer con ellos es
parecido a lo que hace un hombre que, habiendo dado muerte al padre,
perdona a los hijos. Así yo, habiéndome apoderado de tu persona, que
eras más que padre de los lidios, tuve la inadvertencia de dejar en
sus manos la ciudad; y ahora me maravillo de que se me rebelen». De
este modo hablaba Ciro lo que sentía, y Creso, temeroso de la total
ruina de Sardes, «Tienes mucha razón, le responde; pero me atrevo,
señor, a suplicarte que no te dejes dominar del enojo, ni destruyas una
ciudad antigua que está inocente de lo pasado y de lo que ahora sucede.
Antes fui yo el autor de la injuria, y pago la pena merecida; ahora
Pactias, a quien confiaste la ciudad de Sardes, es el amotinador que
debe satisfacer a tu justa venganza. Pero a los lidios perdónales, y a
fin de que no se levanten otra vez, ni vuelvan a darte más cuidados,
envíales orden para que no tengan armas de las que sirven en la guerra,
y mándales también que lleven una túnica talar debajo de su vestido,
que calcen coturnos, que aprendan a tocar la cítara y a cantar, y
que enseñen a sus hijos el ejercicio de la mercancía. Con estas
providencias los verás en breve convertidos de hombres en mujeres, y
cesará todo peligro de que se rebelen otra vez».
CLVI. Tal fue el expediente que sugirió Creso, teniéndole por más
ventajoso para los lidios que no el ser vendidos por esclavos; porque
bien sabía que a no proponer al rey un medio tan eficaz, no le haría
mudar de resolución, y por otra parte recelaba en extremo que si los
lidios escapaban del peligro actual volverían a sublevarse en otra
ocasión, y perecerían por rebeldes a manos de los persas. Ciro, muy
satisfecho con el consejo, y desistiendo de su primer enojo, dijo a
Creso que se conformaba con él; y llamando al efecto al medo Mazares,
le mandó que intimase a los lidios cuanto le había sugerido Creso; que
fuesen tratados como esclavos todos los demás que habían servido en
la expedición contra Sardes, y que de todos modos le presentasen vivo
delante de sí al mismo Pactias.
CLVII. Dadas estas providencias, continuó Ciro su viaje a lo interior
de la Persia. Entretanto, Pactias, informado de que estaba ya cerca
el ejército que venía contra él, se llenó de pavor, y se fue huyendo
a Cime. Mazares, que al frente de una pequeña división del ejército
de Ciro marchaba contra Sardes, cuando vio que no encontraba allí las
tropas de Pactias, lo primero que hizo fue obligar a los lidios a
ejecutar las órdenes de Ciro, que mudaron enteramente sus costumbres
y método de vida. Después envió unos mensajeros a Cime, pidiendo le
entregasen a Pactias. Los cimenos acordaron antes de todo consultar el
caso con el dios que se veneraba en Bránquidas, donde había un oráculo
antiquísimo, que acostumbraban consultar todos los pueblos de la Eolia
y de la Jonia. Este oráculo estaba situado en el territorio de Mileto
sobre el puerto Panormo.
CLVIII. Los cimenos, pues, enviaron sus diputados a Bránquidas, con el
objeto de consultar lo que deberían hacer de Pactias, para dar gusto a
los dioses. El oráculo respondió que fuese entregado a los persas. Ya
se disponían a ejecutarlo, por hallarse una parte del pueblo inclinada
a ello, cuando Aristódico, hijo de Heráclides, sujeto que gozaba
entre sus conciudadanos de la mayor consideración, desconfiando de la
realidad del oráculo y de la verdad de los consultantes, detuvo a los
cimenos para que no lo ejecutasen hasta tanto que fuesen al templo
otros diputados, en cuyo número se comprendió al mismo Aristódico.
CLIX. Luego que llegaron a Bránquidas, hizo Aristódico la consulta en
nombre de todos: «¡Oh numen sagrado! Refugiose a nuestra ciudad el
lidio Pactias, huyendo de una muerte violenta. Los persas le reclaman
ahora, y mandan a los cimenos que se le entreguen. Nosotros, por más
que tememos el poder de los persas, no nos hemos atrevido a poner
en sus manos a un hombre que se acogió a nuestro amparo, hasta que
sepamos de vos claramente cuál es el partido que debemos seguir». El
oráculo, del mismo modo que la primera vez, respondió que Pactias fuese
entregado a los persas. Entonces Aristódico imaginó este ardid: Se
puso a dar vueltas por el templo, y a echar de sus nidos a todos los
gorriones y demás pájaros que encontraba. Dícese que fue interrumpido
en esta operación por una voz que, saliendo del santuario mismo,
le dijo: «¿Cómo te atreves, hombre malvado y sacrílego, a sacar de
mi templo a los que han buscado en él un asilo?». «¿Y será justo,
respondió Aristódico sin turbarse, que vos, sagrado numen, miréis
con tal esmero por vuestros refugiados, y mandéis que los cimenos
abandonemos al nuestro y le entreguemos a los persas?». «Sí, lo mando,
replicó la voz, para que por esa impiedad perezcáis cuanto antes, y no
volváis otra vez a solicitar mis oráculos sobre la entrega de los que
se han acogido a vuestra protección».
CLX. Los cimenos, oída la respuesta que llevaron sus diputados, no
queriendo exponerse a perecer si le entregaban, ni a verse sitiados
si le retenían en la ciudad, le enviaron a Mitilene, a donde no tardó
Mazares en despachar nuevos mensajeros, pidiendo la entrega de Pactias.
Los mitileneos estaban ya a punto de entregárselo por cierta suma
de dinero, pero la cosa no llegó a efectuarse, porque los cimenos,
llegando a saber lo que se trataba, en una nave que destinaron a
Lesbos embarcaron a Pactias y le trasladaron a Quíos. Allí fue sacado
violentamente del templo de Atenea, patrona de la ciudad, y entregado
al fin por los naturales de Quíos, los cuales le vendieron a cuenta
de Atarneo, que es un territorio de la Misia, situado enfrente de
Lesbos. Los persas, apoderados así de Pactias, le tuvieron en prisión
para presentárselo vivo a Ciro. Durante mucho tiempo ninguno de
Quíos enharinaba las víctimas ofrecidas a los dioses con la cebada
cogida en Atarneo, ni del grano nacido allí se hacían tortas para los
sacrificios; y, en una palabra, nada de cuanto se criaba en aquella
comarca era recibido por legítima ofrenda en ninguno de los templos.
CLXI. Mazares, después que le fue entregado Pactias por los de Quíos,
emprendió la guerra contra las ciudades que habían concurrido a sitiar
a Tabalo. Vencidos en ella los de Priene, los vendió por esclavos, y
haciendo sus correrías por las llanuras del Meandro, lo saqueó todo,
y dio el botín a sus tropas. Lo mismo hizo en Magnesia; pero luego
después enfermó y murió.
CLXII. En su lugar vino a tomar el mando del ejército Harpago, también
medo de nación, el mismo a quien Astiages dio aquel impío convite, y
que tanto sirvió después a Ciro en la conquista del imperio. Luego que
llegó a la Jonia, fue tomando las plazas, valiéndose de trincheras y
terraplenes; porque obligados los enemigos a retirarse dentro de las
murallas, le fue preciso levantar obras de esta clase para apoderarse
de ellas. La primera ciudad que combatió fue la de Focea en la Jonia.
CLXIII. Para decir algo de Focea, conviene saber que los primeros
griegos que hicieron largos viajes por mar fueron estos foceos, los
cuales descubrieron el mar Adriático, la Tirrenia, la Iberia y Tarteso,
no valiéndose de naves redondas, sino solo de sus _pentecónteros_ o
naves de cincuenta remos. Habiendo aportado a Tarteso, supieron ganarse
toda la confianza y amistad del rey de los tartesios, Argantonio,[69]
el cual ochenta años había que era señor de Tarteso, y vivió hasta la
edad de ciento veinte; y era tanto lo que este príncipe los amaba,
que cuando la primera vez desampararon la Jonia, les convidó con sus
dominios, instándoles para que escogiesen en ellos la morada que más
les acomodase. Pero viendo que no les podía persuadir, y sabiendo de
su boca el aumento que cada día tomaba el poder de los medos, tuvo la
generosidad de darles dinero para la fortificación de su ciudad, y lo
hizo con tal abundancia, que siendo el circuito de las murallas de no
pocos estadios, bastó para fabricarlas todas de grandes y bien labradas
piedras.
CLXIV. Así tenían los de Focea fortificada su ciudad, cuando Harpago,
haciendo avanzar su ejército, les puso sitio; si bien antes les hizo la
propuesta de que se daría por satisfecho con tal de que los foceos,
demoliendo una sola de las obras de defensa que tenía la muralla,
reservasen para el rey una habitación. Los sitiados, que no podían
llevar con paciencia la dominación extranjera, pidieron un solo día
para deliberar, con la condición de que entretanto se retirasen las
tropas. Harpago les respondió que, sin embargo de que conocía sus
intenciones, consentía en darles tiempo para que deliberasen. Mientras
las tropas se mantuvieron separadas de las murallas, los foceos, sin
perder momento, aprontaron sus naves y embarcaron en ellas a sus hijos
y mujeres con todos sus muebles y alhajas, como también las estatuas y
demás adornos que tenían en sus templos, menos los que eran de bronce
o de mármol, o consistían en pinturas.[70] Puesto a bordo todo lo que
podían llevarse consigo, se hicieron a la vela, y se trasladaron a
Quíos. Los persas ocuparon después la ciudad desierta de habitantes.
CLXV. No quisieron los naturales de Quíos vender a los foceos las islas
llamadas Enusas, recelosos de que en manos de sus huéspedes viniesen a
ser un grande emporio, y quedasen ellos excluidos de las ventajas del
comercio. Viendo esto los foceos, determinaron navegar a Córcega, por
dos motivos: el uno porque veinte años antes, en virtud de un oráculo,
habían fundado allí una colonia, en una ciudad llamada Alalia; y el
otro por haber ya muerto su bienhechor Argantonio. Embarcados para
Córcega, lo primero que hicieron fue dirigirse a Focea, donde pasaron a
cuchillo la guarnición de los persas, a la cual Harpago había confiado
la defensa de la ciudad. Dado este golpe de mano, se ligaron mutuamente
con el solemne voto de no abandonarse en el viaje, pronunciando mil
imprecaciones contra el que faltase a él, y echando después al mar
una gran masa de hierro, hicieron un juramento de no volver otra vez
a Focea si primero aquella misma masa no aparecía nadando sobre el
agua.[71] Sin embargo, al emprender la navegación, más de la mitad
de ellos no pudieron resistir al deseo de su ciudad y a la ternura y
compasión que les inspiraba la memoria de los sitios y costumbres de la
patria, y faltando a lo prometido y jurado, volvieron las proas hacia
Focea. Pero los otros, fieles a su juramento, salieron de las islas
Enusas y navegaron para Córcega.
CLXVI. Después de su llegada vivieron cinco años en compañía de los
antiguos colonos, y edificaron allí sus templos. Pero como no dejasen
en paz a sus vecinos, a quienes despojaban de lo que tenían, unidos
de común acuerdo los tirrenos y los cartagineses, les hicieron la
guerra, armando cada una de las dos naciones sesenta naves. Los foceos,
habiendo tripulado y armado también sus bajeles hasta el número
de sesenta, les salieron al encuentro en el mar de Cerdeña. Diose
un combate naval, y se declaró la victoria a favor de los foceos;
pero fue una victoria, como dicen, _cadmea_,[72] por haber perdido
cuarenta naves, y quedado inútiles las otras veinte, cuyos espolones
se torcieron con el choque. Después del combate volvieron a Alalia,
y tomando a sus hijos y mujeres, con todos los muebles que las naves
podían llevar, dejaron la Córcega, y navegaron hacia Regio.
CLXVII. Los prisioneros foceos que los cartagineses, y más todavía los
tirrenos, hicieron en las naves destruidas, fueron sacados a tierra
y muertos a pedradas. De resultas, los agileos[73] sufrieron una
gran calamidad; pues todos los ganados de cualquiera clase, y hasta
los hombres mismos que pasaban por el campo donde los foceos fueron
apedreados, quedaban mancos, tullidos o apopléticos. Para expiar
aquella culpa, enviaron a consultar a Delfos, y la Pitia les mandó
que celebrasen, como todavía lo practican, unas magníficas exequias
en honor de los muertos, con juegos gímnicos y carreras de caballos.
Los otros foceos que se refugiaron en Regio, saliendo después de esta
ciudad, fundaron en el territorio de Enotria[74] una colonia que ahora
llaman Hiele;[75] y esto lo hicieron por haber oído a un hombre,
natural de Posidonia, que la Pitia les había dicho en su oráculo
que fundasen a _Cirno_, que es el nombre de un héroe, y no debía
equivocarse con el de la isla.[76]
CLXVIII. Una suerte muy parecida a la de los foceos tuvieron los de
Teos, pues estrechando Harpago su plaza con las obras que levantaba,
se embarcaron en sus naves y se fueron a Tracia, donde habitaron en
Abdera, ciudad que antes había edificado Timesio el clazomenio, puesto
que no la había podido disfrutar por haberle arrojado de ella los
tracios; pero al presente los teyos de Abdera le honran como a un héroe.
CLXIX. De todos los jonios estos fueron los únicos que, no pudiendo
tolerar el yugo de los persas, abandonaron su patria; pero los otros
(dejando aparte a los de Mileto) hicieron frente al enemigo; y
mostrándose hombres de valor, combatieron en defensa de sus hogares,
hasta que vencidos al cabo y hechos prisioneros, se quedaron cada uno
en su país bajo la obediencia del vencedor. Los milesios, según ya dije
antes, como habían hecho alianza con Ciro, se estuvieron quietos y
sosegados. En conclusión, este fue el modo cómo la Jonia fue avasallada
por segunda vez. Los jonios que moraban en las islas, cuando vieron que
Harpago había sujetado ya a los del continente, temerosos de que no les
acaeciese otro tanto, se entregaron voluntariamente a Ciro.
CLXX. Oigo decir que a los jonios, celebrando en medio de sus apuros
un congreso en Panionio, les dio el sabio Biante, natural de Priene,
un consejo provechoso que si le hubiesen seguido hubieran podido ser
los más felices de la Grecia. Los exhortó a que, formando todos una
sola escuadra, se fuesen a Cerdeña y fundaran allí un solo estado,
compuesto de todas las ciudades jonias; con lo cual, libres de la
servidumbre, vivirían dichosos, poseyendo la mayor isla de todas, y
teniendo el mando en otras; porque si querían permanecer en la Jonia,
no les quedaba, en su opinión, esperanza alguna de mantenerse libres o
independientes.
También era muy acertado el consejo que antes de llegar a su ruina les
había dado el célebre Tales, natural de Mileto, pero de una familia
venida antiguamente de Fenicia. Este les proponía que se estableciese
para todos los jonios una junta suprema en Teos, por hallarse esta
ciudad situada en medio de la Jonia, sin perjuicio de que las otras
tuviesen lo mismo que antes sus leyes particulares, como si fuese cada
una un pueblo o distrito separado.