LXXVII. Creso, poco satisfecho del suyo, por ser el número de sus

tropas inferior a las de Ciro,[44] viendo que este dejaba de acometerle

al día siguiente, determinó volver a Sardes con el designio de llamar

a los egipcios, en conformidad del tratado de alianza que había

concluido con Amasis, rey de aquel país, aun primero que lo hiciese con

los lacedemonios. Se proponía también hacer venir a los babilonios,

de quienes entonces era soberano Labineto, y con los cuales estaba

igualmente confederado, y asimismo pensaba requerir a los lacedemonios,

para que estuviesen prontos el día que se les señalase. Reunidas todas

estas tropas con las suyas, estaba resuelto a descansar el invierno y

marchar de nuevo contra el enemigo al principio de la primavera. Con

este objeto partió para Sardes y despachó a sus aliados unos mensajeros

que les previniesen que de allí a cinco meses juntasen sus tropas en

aquella ciudad. Él desde luego licenció el ejército con el cual acababa

de pelear contra los persas, siendo de tropas mercenarias: bien lejos

de imaginar que Ciro, dada una batalla tan sin ventaja ninguna, se

propusiere dirigir su ejército hacia la capital de la Lidia.

LXXVIII. En tanto que Creso tomaba estas medidas, sucedió que todos los

arrabales de Sardes se llenaron de sierpes, que los caballos, dejando

su pasto, se iban comiendo según aquellas se mostraban. Admirado

Creso de este raro portento, envió inmediatamente unos diputados a

consultar con los adivinos de Telmeso.[45] En efecto, llegaron allá;

pero instruidos por los telmesenses de lo que quería decir aquel

prodigio, no tuvieron tiempo de participárselo al rey, pues antes que

pudiesen volver de su consulta, ya Creso había sido hecho prisionero.

Lo que respondieron los adivinos fue que no tardaría mucho en venir

un ejército extranjero contra la tierra de Creso, el cual en llegando

sujetaría a los naturales; dando por razón de su dicho que la sierpe

era un reptil propio del país, siendo el caballo animal guerrero y

advenedizo. Esta fue la interpretación que dieron a Creso, a la sazón

ya prisionero, si bien nada sabían ellos entonces de cuanto pasaba en

Sardes y con el mismo Creso.

LXXIX. Cuando Ciro vio, después de la batalla de Pteria, que Creso

levantaba su campo, y tuvo noticia del ánimo en que se hallaba de

despedir las tropas luego que llegase a su capital, tomó acuerdo sobre

la situación de las cosas, y halló que lo más útil y acertado sería

marchar cuanto antes con todas sus fuerzas a Sardes, primero que

se pudiesen juntar otra vez las tropas lidias. No bien adoptó este

partido, cuando le puso en ejecución, caminando con tanta diligencia,

que él mismo fue el primer correo que dio el aviso a Creso de su

llegada. Este quedó confuso y en el mayor apuro, viendo que la cosa

le había salido enteramente al revés de lo que presumía; mas no por

eso dejó de presentarse en el campo con sus lidios. En aquel tiempo no

había en toda el Asia nación alguna más varonil ni esforzada que la

lidia; y peleando a caballo con grandes lanzas, se distinguía en los

combates por su destreza singular.

LXXX. Hay delante de Sardes una llanura espaciosa y elevada donde

concurrieron los dos ejércitos. Por ella corren muchos ríos, entre

ellos el Hilo, y todos van a dar en otro mayor llamado Hermo, el cual,

bajando de un monte dedicado a la madre de los dioses Dindimene, va

a desaguar en el mar cerca de la ciudad de Focea. En esta llanura,

viendo Ciro a los lidios formados en orden de batalla, y temiendo

mucho a la caballería enemiga, se valió de cierto ardid que el medo

Harpago le sugirió. Mandó reunir cuantos camellos seguían al ejército

cargados de víveres y bagajes, y, quitándoles las cargas, hizo montar

en ellos unos hombres vestidos con el mismo traje que suelen llevar los

soldados de a caballo. Dio orden para que estos camellos así prevenidos

se pusiesen en las primeras filas delante de la caballería de Creso;

que su infantería siguiese después, y que detrás de esta se formase

toda su caballería. Mandó circular por sus tropas la orden de que no

diesen cuartel a ninguno de los lidios, y que matasen a todos los

que se les pusiesen a tiro; pero que no quitasen la vida a Creso, aun

cuando se defendiese con las armas en la mano. La razón que tuvo para

poner los caballos enfrente de la caballería enemiga fue saber que el

caballo teme tanto al camello que no puede contenerse cuando ve su

figura o percibe su olor. Por eso se valió de aquel ardid con la mira

de inutilizar la caballería de Creso, que fundaba en ella su mayor

confianza.

En efecto, lo mismo fue comenzar la pelea y oler los caballos el

tufo, y ver la figura de los camellos, que retroceder al momento y

dar en tierra con todas las esperanzas de Creso. Mas no por esto se

acobardaron los lidios, ni dejaron de continuar la acción, porque

conociendo lo que era, saltaron de sus caballos y se batieron a pie

con los persas. Duró por algún tiempo el choque, en que muchos de una

y otra parte cayeron, hasta que los lidios, vueltas las espaldas, se

vieron precisados a encerrarse dentro de los muros y sufrir el sitio

que luego los persas pusieron a la plaza.

LXXXI. Persuadido Creso de que el sitio duraría mucho, envió desde las

murallas nuevos mensajeros a sus aliados, no ya como antes para que

viniesen dentro de cinco meses, sino rogándoles se apresurasen todo

lo posible a socorrerle por hallarse sitiado; y habiéndose dirigido a

todos ellos, lo hizo con particularidad a los lacedemonios por medio de

sus enviados.

LXXXII. En aquella sazón había sobrevenido a los mismos lacedemonios

una nueva contienda acerca del territorio llamado de Tirea, que sin

embargo de ser una parte de la Argólida, habiéndole separado de ella lo

usurpaban y retenían como cosa propia. Porque toda aquella comarca en

tierra firme que mira a poniente hasta Malea, pertenece a los argivos,

como también la isla de Citera y las demás vecinas. Habiendo, pues,

salido a campaña los argivos con el objeto de recobrar aquel terreno,

cuando llegaron a él tuvieron con sus contrarios un coloquio, y en

él se convino que saliesen a pelear trescientos de cada parte, con la

condición de que el país quedase por los vencedores, cualesquiera que

lo fuesen; pero que entretanto el grueso de uno y otro ejército se

retirase a sus límites respectivos, y no quedasen a la vista de los

campeones; no fuese que presentes los dos ejércitos, y testigo el uno

de ellos de la pérdida de los suyos, les quisiese socorrer.

Hecho este convenio, se retiraron los ejércitos, y los soldados

escogidos de una y otra parte trabaron la pelea, en la cual, como las

fuerzas y sucesos fuesen iguales, de seiscientos hombres quedaron

solamente tres; dos argivos, Alcenor y Cromio, y un lacedemonio,

Otríades; y aún estos quedaron vivos por haber sobrevenido la noche.

Los dos argivos, como si en efecto hubiesen ya vencido, se fueron

corriendo a Argos. Pero Otríades, el único de los lacedemonios,

habiendo despojado a los argivos muertos, y llevado los despojos y

las armas al campo de los suyos, se quedó allí mismo guardando su

puesto. Al otro día, sabida la cosa, se presentaron ambas naciones,

pretendiendo cada cual haber sido la vencedora; diciendo la una que de

los suyos eran más los vivos, y la otra que aquellos habían huido y

que el único suyo había guardado su puesto y despojado a los enemigos

muertos.[46] Por último, vinieron a las manos, y después de haber

perecido muchos de una y otra parte, se declaró la victoria por los

lacedemonios. Entonces fue cuando los argivos, que antes por necesidad

se dejaban crecer el pelo, se lo cortaron, y establecieron una ley

llena de imprecaciones para que ningún hombre lo dejase crecer en

lo sucesivo, y ninguna mujer se adornase con oro hasta que hubiesen

recobrado a Tirea. Los lacedemonios en despique publicaron otra para

dejarse crecer el cabello, que antes llevaban corto.[47] De Otríades

se dice que, avergonzado de volver a Esparta quedando muertos todos sus

compañeros, se quitó la vida allí mismo en Tirea.

LXXXIII. De este modo se hallaban las cosas de los esparciatas, cuando

llegó el mensajero lidio, suplicándoles socorriesen a Creso, ya

sitiado. Ellos al punto resolvieron hacerlo; pero cuando se estaban

disponiendo para la partida y tenían ya las naves prontas, recibieron

la noticia de que, tomada la plaza de Sardes, había caído Creso vivo en

manos de los persas, con lo cual, llenos de consternación, suspendieron

sus preparativos.

LXXXIV. La toma de Sardes sucedió de esta manera: A los catorce

días de sitio mandó Ciro publicar en todo el ejército, por medio de

unos soldados de caballería, que el que escalase las murallas sería

largamente premiado. Saliendo inútiles las tentativas hechas por

algunos, desistieron los demás de la empresa; y solamente un mardo

de nación, llamado Hiréades, se animó a subir por cierta parte de la

ciudadela, que se hallaba sin guardia en atención a que, siendo muy

escarpado aquel sitio, se consideraba como inexpugnable. Por esta razón

Meles, antiguo rey de Sardes,[48] no había hecho pasar por aquella

parte al monstruoso hijo León,[49] que tuvo de una concubina, por más

que los adivinos de Telmeso le hubiesen vaticinado que con tal que

León girase por los muros, nunca Sardes sería tomada. Meles en efecto

le condujo por toda la muralla, menos por aquella parte que mira al

monte Tmolo, y que se creía inatacable. Pero durante el asedio, viendo

Hiréades que un soldado lidio bajaba por aquel paraje a recoger un

morrión que se le había caído y volvía a subir, reflexionó sobre esta

ocurrencia, y se atrevió el día siguiente a dar por allí el asalto,

siendo el primero que subió a la muralla. Después de él hicieron otros

persas lo mismo, de manera que habiendo subido gran número de ellos fue

tomada la plaza, y entregada la ciudad al saqueo.

LXXXV. Por lo que mira a la persona de Creso, sucedió lo siguiente:

Tenía, como he dicho ya, un hijo que era mudo, pero hábil para todo lo

restante. Con el objeto de curarle había practicado cuantas diligencias

estaban a su alcance, y habiendo enviado además a consultar el caso con

el oráculo de Delfos, respondió la Pitia:

Oh Creso, rey de Lidia y muchos pueblos,

No con ardor pretendas en tu casa,

Necio, escuchar la voz del hijo amado.

Mejor sin ella está; porque si hablare,

Comenzarán entonces tus desdichas.

Cuando fue tomada la plaza, uno de los persas iba en seguimiento de

Creso, a quien no conocía, con intención de matarle; oprimido el

rey con el peso de su desventura, no procuraba evitar su destino,

importándole poco morir al filo del alfanje. Pero su hijo, viendo al

persa en ademán de descargar el golpe, lleno de agitación hace un

esfuerzo para hablar, y exclama: «Hombre, no mates a Creso». Esta fue

la primera vez que el mudo habló, y después conservó la voz todo el

tiempo de su vida.

LXXXVI. Los persas, dueños de Sardes, se apoderaron también de la

persona de Creso, que habiendo reinado catorce años y sufrido catorce

días de sitio, acabó puntualmente, según el doble sentido del oráculo,

con un grande imperio, pero acabó con el suyo. Ciro, luego que se le

presentaron, hizo levantar una grande pira, y mandó que le pusiesen

encima de ella cargado de prisiones, y a su lado catorce mancebos

lidios, ya fuese con ánimo de sacrificarle a alguno de los dioses

como primicias de su botín, ya para concluir algún voto ofrecido, o

quizá habiendo oído decir que Creso era muy religioso, quería probar

si alguna deidad le libertaba de ser quemado vivo: de Creso cuentan

que, viéndose sobre la pira, todo el horror de su situación no pudo

impedir que le viniese a la memoria el dicho de Solón, que parecía ser

para él un aviso del cielo, de que nadie de los mortales en vida era

feliz. Lo mismo fue asaltarle este pensamiento, que como si volviera

de un largo desmayo exclamó por tres veces: «¡_Oh Solón_!», con un

profundo suspiro. Oyéndolo el rey de Persia, mandó a los intérpretes

le preguntasen quién era aquel a quien invocaba. Pero él no desplegó

sus labios, hasta que forzado a responder, dijo: «Es aquel que yo

deseara tratasen todos los soberanos de la tierra, más bien que poseer

inmensos tesoros». Y como con estas expresiones vagas no satisficiera a

los intérpretes, le volvieron a preguntar, y él, viéndose apretado por

las voces y alboroto de los circunstantes, les dijo: que un tiempo el

ateniense Solón había venido a Sardes, y después de haber contemplado

toda su opulencia, sin hacer caso de ella le manifestó cuanto le estaba

pasando, y le dijo cosas que no solo interesaban a él sino a todo el

género humano, y muy particularmente a aquellos que se consideran

felices. Entretanto la pira, prendida la llama en sus extremidades,

comenzaba a arder; pero Ciro luego que oyó a los intérpretes el

discurso de Creso, al punto mudó de resolución, reflexionando ser

hombre mortal, y no deber por lo mismo entregar a las llamas a otro

hombre, poco antes igual suyo en grandeza y prosperidad. Temió también

la venganza divina y la facilidad con que las cosas humanas se mudan

y trastornan. Poseído de estas ideas, manda inmediatamente apagar el

fuego y bajar a Creso de la hoguera y a los que con él estaban; pero

todo en vano, pues por más que lo procuraban, no podían vencer la furia

de las llamas.

LXXXVII. Entonces Creso, según refieren los lidios, viendo mudado en

su favor el ánimo de Ciro, y a todos los presentes haciendo inútiles

esfuerzos para extinguir el incendio, invocó en alta voz al dios Apolo,

pidiéndole que si alguna de sus ofrendas le había sido agradable,

le socorriese en aquel apuro y le libertase del desastrado fin que

lo amenazaba. Apenas hizo llorando esta súplica, cuando a pesar de

hallarse el cielo sereno y claro, se aglomeraron de repente nubes,

y despidieron una lluvia copiosísima que dejó apagada la hoguera.

Persuadido Ciro por este prodigio de cuán amigo de los dioses era

Creso, y cuán bueno su carácter, hizo que le bajasen de la pira, y

luego le preguntó: «Dime, Creso, ¿quién te indujo a emprender una

expedición contra mis estados, convirtiéndote de amigo en contrario

mío?». «Esto lo hice, señor, respondió Creso, impelido de la fortuna,

que se te muestra favorable y a mí adversa. De todo tiene la culpa

el dios de los griegos, que me alucinó con esperanzas halagüeñas;

porque, ¿quién hay tan necio que prefiera sin motivo la guerra a las

dulzuras de la paz? En esta los hijos dan sepultura a sus padres, y en

aquella son los padres quienes la dan a sus hijos. Pero todo debe haber

sucedido porque algún numen así lo quiso».

LXXXVIII. Libre Creso de prisiones, le mandó Ciro sentar a su lado,

y le dio muestras del aprecio que hacía de su persona, mirándole él

mismo y los de su comitiva con pasmo y admiración. En tanto Creso

meditaba dentro de sí mismo sin hablar palabra, hasta que vueltos los

ojos a la ciudad de los lidios, y viendo que la estaban saqueando

los persas, «Señor, dijo, quisiera saber si me es permitido hablar

todo lo que siento, o si es tu voluntad que calle por ahora». Ciro

le animó para que dijese con libertad cuanto le ocurría, y entonces

Creso le preguntó: «¿En qué se ocupa con tanta diligencia esa

muchedumbre de gente?». «Esos, respondió Ciro, están saqueando tu

ciudad y repartiéndose tus riquezas». «¡Ah no, replicó Creso, ni la

ciudad es mía, ni tampoco los tesoros que se malbaratan en ella! Todo

te pertenece ya, y a ti es propiamente a quien se despoja con esas

rapiñas».

LXXXIX. Este discurso hizo mella en el ánimo de Ciro, el cual mandó

retirar a los presentes, y consultó después a Creso lo que le parecía

deber hacer en semejante caso. «Puesto que los dioses, dijo Creso, me

han hecho prisionero y siervo tuyo, considero justo proponerte lo que

se me alcanza. Los persas son insolentes por carácter, y pobres además.

Si los dejas enriquecer con los despojos de la ciudad saqueada, es

muy natural que alguno de ellos, viéndose demasiado rico, se rebele

contra ti. Si te parece bien, coloca guardias en todas las puertas de

la ciudad con orden de quitar la presa a los saqueadores, dándoles por

razón ser absolutamente necesario ofrecer a Zeus el diezmo de todos

esos bienes. De este modo no incurrirás en el odio de los soldados,

los cuales, viendo que obras con rectitud, obedecerán gustosos tu

determinación».

XC. Alegrose Ciro de oír tales razones, que le parecieron muy

oportunas, las encareció sobremanera, y mandó a sus guardias ejecutasen

puntualmente lo que Creso le había indicado. Vuelto después a Creso, le

dijo: «Tus acciones y tus palabras se muestran dignas de un ánimo real;

pídeme, pues, la gracia que quisieres, seguro de obtenerla al momento».

«Yo, señor, respondió, te quedaré muy agradecido si me das tu permiso

para que, regalando estos grillos al dios de los griegos, le pueda

preguntar si le parece justo engañar a los que le sirven, y burlarse de

los que dedican ofrendas en su templo». Ciro entonces quiso saber cuál

era el motivo de sus quejas, y Creso le dio razón de sus designios,

de la respuesta de los oráculos, y especialmente de sus magníficos

regalos, y de que había hecho la guerra contra los persas inducido por

predicciones lisonjeras; y volviendo a pedirle licencia para dar en

rostro con sus desgracias al dios que las había causado, le dijo Ciro

sonriéndose: «Haz, Creso, lo que gustes, pues yo nada pienso negarte».

Con este permiso envió luego a Delfos algunos lidios, encargándoles

pusiesen sus grillos en el umbral mismo del templo, y preguntasen a

Apolo si no se avergonzaba de haberle inducido con sus oráculos a la

guerra contra los persas, dándole a entender que con ella daría fin al

imperio de Ciro; y que presentando después sus grillos como primicias

de la guerra, le preguntasen también si los dioses griegos tenían por

ley el ser desagradecidos.

XCI. Los lidios, luego que llegaron a Delfos, hicieron lo que se les

había mandado, y se dice que recibieron esta respuesta de la Pitia:

«Lo dispuesto por el hado no pueden evitarlo los dioses mismos. Creso

paga el delito que cometió su quinto abuelo, el cual, siendo guardia de

los Heráclidas, y dejándose llevar de la perfidia de una mujer, quitó

la vida a su monarca y se apoderó de un imperio que no le pertenecía.

El dios de Delfos ha procurado con ahínco que la ruina fatal de Sardes

no se verificase en daño de Creso, sino de alguno de sus hijos; pero

no le ha sido posible trastornar el curso de los hados. Sin embargo,

sus esfuerzos le han permitido retardar por tres años la conquista de

Sardes; y sepa Creso que ha sido hecho prisionero tres años después del

tiempo decretado por el destino. ¿Y a quién debe también el socorro

que recibió cuando iba a perecer en medio de las llamas? Por lo que

hace al oráculo, no tiene Creso razón de quejarse. Apolo le predijo

que si hacía la guerra a los persas, arruinaría un grande imperio; y

cualquiera en su caso hubiera vuelto a preguntar de cuál de los dos

imperios se trataba, si del suyo o del de Ciro. Si no comprendió la

respuesta, si no quiso consultar segunda vez, échese la culpa a sí

mismo. Tampoco entendió ni trató de exterminar lo que en el postrer

oráculo se le dijo acerca del mulo, pues este mulo cabalmente era Ciro;

el cual nació de unos padres diferentes en raza y condición, siendo su

madre meda, hija del rey de los medos Astiages, y superior en linaje a

su padre, que fue un persa, vasallo del rey de Media, y un hombre que

desde la más ínfima clase tuvo la dicha de subir al tálamo de su misma

señora».

Esta respuesta llevaron los lidios a Creso; el cual, informado de ella,

confesó que toda la culpa era suya, y no del dios Apolo. Esto fue lo

que sucedió acerca del imperio de Creso y de la primera conquista de la

Jonia.

XCII. Volviendo a los donativos de Creso, no solamente fueron ofrendas

suyas las que dejo referidas, sino otras muchas que hay en Grecia.

En Tebas de Beocia consagró un trípode de oro al dios Apolo Ismenio,

y en Éfeso las vacas de oro y la mayor parte de las columnas. En el

vestíbulo del templo de Delfos se ve un grande escudo de oro. Muchos de

estos donativos se conservan en nuestros días, si bien algunos pocos

han perecido ya. Según he oído decir, los dones que ofreció Creso en

Bránquidas, del territorio de Mileto, son semejantes y del mismo peso

que los que dedicó en Delfos.

Sin embargo, las ofrendas hechas en Delfos y en el templo de Anfiarao,

fueron de sus propios bienes, y como primicias de la herencia paterna;

pero los otros dones pertenecieron a los bienes confiscados a un

enemigo suyo, que antes de subir Creso al trono había formado contra él

un partido con el objeto de que la corona recayese en Pantaleón, hijo

también de Aliates, pero no hermano uterino de Creso, pues este había

nacido de una madre natural de la Caria, y aquel de otra natural de

la Jonia. Cuando Creso se vio en posesión del imperio, hizo morir al

hombre que tanto le había resistido, despedazándole con los peines de

hierro de un cardador, y consagró del modo dicho los bienes ofrecidos

de antemano a los dioses.

XCIII. La Lidia es una tierra que no ofrece a la historia maravillas

semejantes a las que ofrecen otros países, a no ser las arenillas de

oro provenientes del monte Tmolo; pero sí nos presenta un monumento,

obra la mayor de cuantas hay, después de las maravillas del mundo,

egipcias y babilonias. En ella existe el túmulo de Aliates, padre de

Creso, el cual tiene en la base unas grandes piedras, y lo demás es

un montón de tierra. La obra se hizo a costa de los vendedores de la

plaza y de los artesanos, ayudándoles también las muchachas. En este

túmulo se ven todavía cinco términos o cuerpos, en los cuales hay

inscripciones que indican la parte hecha por cada uno de aquellos

gremios, y según las medidas aparece ser mayor que las demás la parte

ejecutada por las mozas. Lo que no es de extrañar, porque ya se sabe

que todas las hijas de los lidios venden su honor ganándose su dote con

la prostitución voluntaria, hasta tanto que se casan con un determinado

marido, que cada cual por sí misma se busca. El ámbito del túmulo es

de seis estadios y dos pletros o yugadas,[50] y la anchura de trece

yugadas. Cerca de este sepulcro hay un gran lago que llaman de Giges, y

dicen los lidios que es de agua perenne.

XCIV. Los lidios se gobiernan por unas leyes muy parecidas a las de los

griegos, a excepción de la costumbre que hemos referido hablando de sus

hijas. Ellos fueron, al menos que sepamos, los primeros que acuñaron

para el uso público la moneda de oro y plata, los primeros que tuvieron

tabernas de vino y comestibles, y según ellos dicen, los inventores de

los juegos que se usan también en la Grecia, cuyo descubrimiento nos

cuentan haber hecho en aquel tiempo en que enviaron sus colonias a

Tirrenia;[51] y lo refieren de este modo.

En el reinado de Atis el hijo de Manes, se experimentó en toda la Lidia

una gran carestía en víveres, que toleraron algún tiempo con mucho

trabajo; pero después, viendo que no cesaba la calamidad, buscaron

remedios contra ella, y discurrieron varios entretenimientos. Entonces

se inventaron los dados, las tabas, la pelota y todos los otros juegos

menos el ajedrez, pues la invención de este último no se lo apropian

los lidios:[52] como estos juegos los inventaron para divertir el

hambre, pasaban un día entero jugando, a fin de no pensar en comer,

y al día siguiente cuidaban de alimentarse, y con esta alternativa

vivieron hasta dieciocho años. Pero no cediendo el mal, antes bien

agravándose cada vez más, determinó el rey dividir en dos partes

toda la nación, y echar suertes para saber cuál de ellas se quedaría

en el país y cuál saldría fuera. Él se puso al frente de aquellos

a quienes la suerte hiciese quedar en su patria, y nombró por jefe

de los que debían emigrar, a su mismo hijo, que llevaba el nombre

de Tirreno. Estos últimos bajaron a Esmirna, construyeron allí sus

naves, y embarcando en ellas sus alhajas y muebles transportables,

navegaron en busca de sustento y morada, hasta que pasando por varios

pueblos llegaron a los umbros,[53] donde fundaron sus ciudades, en las

cuales habitaron después. Allí los lidios dejaron su nombre antiguo y

tomaron otro derivado del que tenía el hijo del rey que los condujo,

llamándose por lo mismo tirrenos. En suma, los lidios fueron reducidos

a servidumbre por los persas.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 4 / 38 段