tropas inferior a las de Ciro,[44] viendo que este dejaba de acometerle
al día siguiente, determinó volver a Sardes con el designio de llamar
a los egipcios, en conformidad del tratado de alianza que había
concluido con Amasis, rey de aquel país, aun primero que lo hiciese con
los lacedemonios. Se proponía también hacer venir a los babilonios,
de quienes entonces era soberano Labineto, y con los cuales estaba
igualmente confederado, y asimismo pensaba requerir a los lacedemonios,
para que estuviesen prontos el día que se les señalase. Reunidas todas
estas tropas con las suyas, estaba resuelto a descansar el invierno y
marchar de nuevo contra el enemigo al principio de la primavera. Con
este objeto partió para Sardes y despachó a sus aliados unos mensajeros
que les previniesen que de allí a cinco meses juntasen sus tropas en
aquella ciudad. Él desde luego licenció el ejército con el cual acababa
de pelear contra los persas, siendo de tropas mercenarias: bien lejos
de imaginar que Ciro, dada una batalla tan sin ventaja ninguna, se
propusiere dirigir su ejército hacia la capital de la Lidia.
LXXVIII. En tanto que Creso tomaba estas medidas, sucedió que todos los
arrabales de Sardes se llenaron de sierpes, que los caballos, dejando
su pasto, se iban comiendo según aquellas se mostraban. Admirado
Creso de este raro portento, envió inmediatamente unos diputados a
consultar con los adivinos de Telmeso.[45] En efecto, llegaron allá;
pero instruidos por los telmesenses de lo que quería decir aquel
prodigio, no tuvieron tiempo de participárselo al rey, pues antes que
pudiesen volver de su consulta, ya Creso había sido hecho prisionero.
Lo que respondieron los adivinos fue que no tardaría mucho en venir
un ejército extranjero contra la tierra de Creso, el cual en llegando
sujetaría a los naturales; dando por razón de su dicho que la sierpe
era un reptil propio del país, siendo el caballo animal guerrero y
advenedizo. Esta fue la interpretación que dieron a Creso, a la sazón
ya prisionero, si bien nada sabían ellos entonces de cuanto pasaba en
Sardes y con el mismo Creso.
LXXIX. Cuando Ciro vio, después de la batalla de Pteria, que Creso
levantaba su campo, y tuvo noticia del ánimo en que se hallaba de
despedir las tropas luego que llegase a su capital, tomó acuerdo sobre
la situación de las cosas, y halló que lo más útil y acertado sería
marchar cuanto antes con todas sus fuerzas a Sardes, primero que
se pudiesen juntar otra vez las tropas lidias. No bien adoptó este
partido, cuando le puso en ejecución, caminando con tanta diligencia,
que él mismo fue el primer correo que dio el aviso a Creso de su
llegada. Este quedó confuso y en el mayor apuro, viendo que la cosa
le había salido enteramente al revés de lo que presumía; mas no por
eso dejó de presentarse en el campo con sus lidios. En aquel tiempo no
había en toda el Asia nación alguna más varonil ni esforzada que la
lidia; y peleando a caballo con grandes lanzas, se distinguía en los
combates por su destreza singular.
LXXX. Hay delante de Sardes una llanura espaciosa y elevada donde
concurrieron los dos ejércitos. Por ella corren muchos ríos, entre
ellos el Hilo, y todos van a dar en otro mayor llamado Hermo, el cual,
bajando de un monte dedicado a la madre de los dioses Dindimene, va
a desaguar en el mar cerca de la ciudad de Focea. En esta llanura,
viendo Ciro a los lidios formados en orden de batalla, y temiendo
mucho a la caballería enemiga, se valió de cierto ardid que el medo
Harpago le sugirió. Mandó reunir cuantos camellos seguían al ejército
cargados de víveres y bagajes, y, quitándoles las cargas, hizo montar
en ellos unos hombres vestidos con el mismo traje que suelen llevar los
soldados de a caballo. Dio orden para que estos camellos así prevenidos
se pusiesen en las primeras filas delante de la caballería de Creso;
que su infantería siguiese después, y que detrás de esta se formase
toda su caballería. Mandó circular por sus tropas la orden de que no
diesen cuartel a ninguno de los lidios, y que matasen a todos los
que se les pusiesen a tiro; pero que no quitasen la vida a Creso, aun
cuando se defendiese con las armas en la mano. La razón que tuvo para
poner los caballos enfrente de la caballería enemiga fue saber que el
caballo teme tanto al camello que no puede contenerse cuando ve su
figura o percibe su olor. Por eso se valió de aquel ardid con la mira
de inutilizar la caballería de Creso, que fundaba en ella su mayor
confianza.
En efecto, lo mismo fue comenzar la pelea y oler los caballos el
tufo, y ver la figura de los camellos, que retroceder al momento y
dar en tierra con todas las esperanzas de Creso. Mas no por esto se
acobardaron los lidios, ni dejaron de continuar la acción, porque
conociendo lo que era, saltaron de sus caballos y se batieron a pie
con los persas. Duró por algún tiempo el choque, en que muchos de una
y otra parte cayeron, hasta que los lidios, vueltas las espaldas, se
vieron precisados a encerrarse dentro de los muros y sufrir el sitio
que luego los persas pusieron a la plaza.
LXXXI. Persuadido Creso de que el sitio duraría mucho, envió desde las
murallas nuevos mensajeros a sus aliados, no ya como antes para que
viniesen dentro de cinco meses, sino rogándoles se apresurasen todo
lo posible a socorrerle por hallarse sitiado; y habiéndose dirigido a
todos ellos, lo hizo con particularidad a los lacedemonios por medio de
sus enviados.
LXXXII. En aquella sazón había sobrevenido a los mismos lacedemonios
una nueva contienda acerca del territorio llamado de Tirea, que sin
embargo de ser una parte de la Argólida, habiéndole separado de ella lo
usurpaban y retenían como cosa propia. Porque toda aquella comarca en
tierra firme que mira a poniente hasta Malea, pertenece a los argivos,
como también la isla de Citera y las demás vecinas. Habiendo, pues,
salido a campaña los argivos con el objeto de recobrar aquel terreno,
cuando llegaron a él tuvieron con sus contrarios un coloquio, y en
él se convino que saliesen a pelear trescientos de cada parte, con la
condición de que el país quedase por los vencedores, cualesquiera que
lo fuesen; pero que entretanto el grueso de uno y otro ejército se
retirase a sus límites respectivos, y no quedasen a la vista de los
campeones; no fuese que presentes los dos ejércitos, y testigo el uno
de ellos de la pérdida de los suyos, les quisiese socorrer.
Hecho este convenio, se retiraron los ejércitos, y los soldados
escogidos de una y otra parte trabaron la pelea, en la cual, como las
fuerzas y sucesos fuesen iguales, de seiscientos hombres quedaron
solamente tres; dos argivos, Alcenor y Cromio, y un lacedemonio,
Otríades; y aún estos quedaron vivos por haber sobrevenido la noche.
Los dos argivos, como si en efecto hubiesen ya vencido, se fueron
corriendo a Argos. Pero Otríades, el único de los lacedemonios,
habiendo despojado a los argivos muertos, y llevado los despojos y
las armas al campo de los suyos, se quedó allí mismo guardando su
puesto. Al otro día, sabida la cosa, se presentaron ambas naciones,
pretendiendo cada cual haber sido la vencedora; diciendo la una que de
los suyos eran más los vivos, y la otra que aquellos habían huido y
que el único suyo había guardado su puesto y despojado a los enemigos
muertos.[46] Por último, vinieron a las manos, y después de haber
perecido muchos de una y otra parte, se declaró la victoria por los
lacedemonios. Entonces fue cuando los argivos, que antes por necesidad
se dejaban crecer el pelo, se lo cortaron, y establecieron una ley
llena de imprecaciones para que ningún hombre lo dejase crecer en
lo sucesivo, y ninguna mujer se adornase con oro hasta que hubiesen
recobrado a Tirea. Los lacedemonios en despique publicaron otra para
dejarse crecer el cabello, que antes llevaban corto.[47] De Otríades
se dice que, avergonzado de volver a Esparta quedando muertos todos sus
compañeros, se quitó la vida allí mismo en Tirea.
LXXXIII. De este modo se hallaban las cosas de los esparciatas, cuando
llegó el mensajero lidio, suplicándoles socorriesen a Creso, ya
sitiado. Ellos al punto resolvieron hacerlo; pero cuando se estaban
disponiendo para la partida y tenían ya las naves prontas, recibieron
la noticia de que, tomada la plaza de Sardes, había caído Creso vivo en
manos de los persas, con lo cual, llenos de consternación, suspendieron
sus preparativos.
LXXXIV. La toma de Sardes sucedió de esta manera: A los catorce
días de sitio mandó Ciro publicar en todo el ejército, por medio de
unos soldados de caballería, que el que escalase las murallas sería
largamente premiado. Saliendo inútiles las tentativas hechas por
algunos, desistieron los demás de la empresa; y solamente un mardo
de nación, llamado Hiréades, se animó a subir por cierta parte de la
ciudadela, que se hallaba sin guardia en atención a que, siendo muy
escarpado aquel sitio, se consideraba como inexpugnable. Por esta razón
Meles, antiguo rey de Sardes,[48] no había hecho pasar por aquella
parte al monstruoso hijo León,[49] que tuvo de una concubina, por más
que los adivinos de Telmeso le hubiesen vaticinado que con tal que
León girase por los muros, nunca Sardes sería tomada. Meles en efecto
le condujo por toda la muralla, menos por aquella parte que mira al
monte Tmolo, y que se creía inatacable. Pero durante el asedio, viendo
Hiréades que un soldado lidio bajaba por aquel paraje a recoger un
morrión que se le había caído y volvía a subir, reflexionó sobre esta
ocurrencia, y se atrevió el día siguiente a dar por allí el asalto,
siendo el primero que subió a la muralla. Después de él hicieron otros
persas lo mismo, de manera que habiendo subido gran número de ellos fue
tomada la plaza, y entregada la ciudad al saqueo.
LXXXV. Por lo que mira a la persona de Creso, sucedió lo siguiente:
Tenía, como he dicho ya, un hijo que era mudo, pero hábil para todo lo
restante. Con el objeto de curarle había practicado cuantas diligencias
estaban a su alcance, y habiendo enviado además a consultar el caso con
el oráculo de Delfos, respondió la Pitia:
Oh Creso, rey de Lidia y muchos pueblos,
No con ardor pretendas en tu casa,
Necio, escuchar la voz del hijo amado.
Mejor sin ella está; porque si hablare,
Comenzarán entonces tus desdichas.
Cuando fue tomada la plaza, uno de los persas iba en seguimiento de
Creso, a quien no conocía, con intención de matarle; oprimido el
rey con el peso de su desventura, no procuraba evitar su destino,
importándole poco morir al filo del alfanje. Pero su hijo, viendo al
persa en ademán de descargar el golpe, lleno de agitación hace un
esfuerzo para hablar, y exclama: «Hombre, no mates a Creso». Esta fue
la primera vez que el mudo habló, y después conservó la voz todo el
tiempo de su vida.
LXXXVI. Los persas, dueños de Sardes, se apoderaron también de la
persona de Creso, que habiendo reinado catorce años y sufrido catorce
días de sitio, acabó puntualmente, según el doble sentido del oráculo,
con un grande imperio, pero acabó con el suyo. Ciro, luego que se le
presentaron, hizo levantar una grande pira, y mandó que le pusiesen
encima de ella cargado de prisiones, y a su lado catorce mancebos
lidios, ya fuese con ánimo de sacrificarle a alguno de los dioses
como primicias de su botín, ya para concluir algún voto ofrecido, o
quizá habiendo oído decir que Creso era muy religioso, quería probar
si alguna deidad le libertaba de ser quemado vivo: de Creso cuentan
que, viéndose sobre la pira, todo el horror de su situación no pudo
impedir que le viniese a la memoria el dicho de Solón, que parecía ser
para él un aviso del cielo, de que nadie de los mortales en vida era
feliz. Lo mismo fue asaltarle este pensamiento, que como si volviera
de un largo desmayo exclamó por tres veces: «¡_Oh Solón_!», con un
profundo suspiro. Oyéndolo el rey de Persia, mandó a los intérpretes
le preguntasen quién era aquel a quien invocaba. Pero él no desplegó
sus labios, hasta que forzado a responder, dijo: «Es aquel que yo
deseara tratasen todos los soberanos de la tierra, más bien que poseer
inmensos tesoros». Y como con estas expresiones vagas no satisficiera a
los intérpretes, le volvieron a preguntar, y él, viéndose apretado por
las voces y alboroto de los circunstantes, les dijo: que un tiempo el
ateniense Solón había venido a Sardes, y después de haber contemplado
toda su opulencia, sin hacer caso de ella le manifestó cuanto le estaba
pasando, y le dijo cosas que no solo interesaban a él sino a todo el
género humano, y muy particularmente a aquellos que se consideran
felices. Entretanto la pira, prendida la llama en sus extremidades,
comenzaba a arder; pero Ciro luego que oyó a los intérpretes el
discurso de Creso, al punto mudó de resolución, reflexionando ser
hombre mortal, y no deber por lo mismo entregar a las llamas a otro
hombre, poco antes igual suyo en grandeza y prosperidad. Temió también
la venganza divina y la facilidad con que las cosas humanas se mudan
y trastornan. Poseído de estas ideas, manda inmediatamente apagar el
fuego y bajar a Creso de la hoguera y a los que con él estaban; pero
todo en vano, pues por más que lo procuraban, no podían vencer la furia
de las llamas.
LXXXVII. Entonces Creso, según refieren los lidios, viendo mudado en
su favor el ánimo de Ciro, y a todos los presentes haciendo inútiles
esfuerzos para extinguir el incendio, invocó en alta voz al dios Apolo,
pidiéndole que si alguna de sus ofrendas le había sido agradable,
le socorriese en aquel apuro y le libertase del desastrado fin que
lo amenazaba. Apenas hizo llorando esta súplica, cuando a pesar de
hallarse el cielo sereno y claro, se aglomeraron de repente nubes,
y despidieron una lluvia copiosísima que dejó apagada la hoguera.
Persuadido Ciro por este prodigio de cuán amigo de los dioses era
Creso, y cuán bueno su carácter, hizo que le bajasen de la pira, y
luego le preguntó: «Dime, Creso, ¿quién te indujo a emprender una
expedición contra mis estados, convirtiéndote de amigo en contrario
mío?». «Esto lo hice, señor, respondió Creso, impelido de la fortuna,
que se te muestra favorable y a mí adversa. De todo tiene la culpa
el dios de los griegos, que me alucinó con esperanzas halagüeñas;
porque, ¿quién hay tan necio que prefiera sin motivo la guerra a las
dulzuras de la paz? En esta los hijos dan sepultura a sus padres, y en
aquella son los padres quienes la dan a sus hijos. Pero todo debe haber
sucedido porque algún numen así lo quiso».
LXXXVIII. Libre Creso de prisiones, le mandó Ciro sentar a su lado,
y le dio muestras del aprecio que hacía de su persona, mirándole él
mismo y los de su comitiva con pasmo y admiración. En tanto Creso
meditaba dentro de sí mismo sin hablar palabra, hasta que vueltos los
ojos a la ciudad de los lidios, y viendo que la estaban saqueando
los persas, «Señor, dijo, quisiera saber si me es permitido hablar
todo lo que siento, o si es tu voluntad que calle por ahora». Ciro
le animó para que dijese con libertad cuanto le ocurría, y entonces
Creso le preguntó: «¿En qué se ocupa con tanta diligencia esa
muchedumbre de gente?». «Esos, respondió Ciro, están saqueando tu
ciudad y repartiéndose tus riquezas». «¡Ah no, replicó Creso, ni la
ciudad es mía, ni tampoco los tesoros que se malbaratan en ella! Todo
te pertenece ya, y a ti es propiamente a quien se despoja con esas
rapiñas».
LXXXIX. Este discurso hizo mella en el ánimo de Ciro, el cual mandó
retirar a los presentes, y consultó después a Creso lo que le parecía
deber hacer en semejante caso. «Puesto que los dioses, dijo Creso, me
han hecho prisionero y siervo tuyo, considero justo proponerte lo que
se me alcanza. Los persas son insolentes por carácter, y pobres además.
Si los dejas enriquecer con los despojos de la ciudad saqueada, es
muy natural que alguno de ellos, viéndose demasiado rico, se rebele
contra ti. Si te parece bien, coloca guardias en todas las puertas de
la ciudad con orden de quitar la presa a los saqueadores, dándoles por
razón ser absolutamente necesario ofrecer a Zeus el diezmo de todos
esos bienes. De este modo no incurrirás en el odio de los soldados,
los cuales, viendo que obras con rectitud, obedecerán gustosos tu
determinación».
XC. Alegrose Ciro de oír tales razones, que le parecieron muy
oportunas, las encareció sobremanera, y mandó a sus guardias ejecutasen
puntualmente lo que Creso le había indicado. Vuelto después a Creso, le
dijo: «Tus acciones y tus palabras se muestran dignas de un ánimo real;
pídeme, pues, la gracia que quisieres, seguro de obtenerla al momento».
«Yo, señor, respondió, te quedaré muy agradecido si me das tu permiso
para que, regalando estos grillos al dios de los griegos, le pueda
preguntar si le parece justo engañar a los que le sirven, y burlarse de
los que dedican ofrendas en su templo». Ciro entonces quiso saber cuál
era el motivo de sus quejas, y Creso le dio razón de sus designios,
de la respuesta de los oráculos, y especialmente de sus magníficos
regalos, y de que había hecho la guerra contra los persas inducido por
predicciones lisonjeras; y volviendo a pedirle licencia para dar en
rostro con sus desgracias al dios que las había causado, le dijo Ciro
sonriéndose: «Haz, Creso, lo que gustes, pues yo nada pienso negarte».
Con este permiso envió luego a Delfos algunos lidios, encargándoles
pusiesen sus grillos en el umbral mismo del templo, y preguntasen a
Apolo si no se avergonzaba de haberle inducido con sus oráculos a la
guerra contra los persas, dándole a entender que con ella daría fin al
imperio de Ciro; y que presentando después sus grillos como primicias
de la guerra, le preguntasen también si los dioses griegos tenían por
ley el ser desagradecidos.
XCI. Los lidios, luego que llegaron a Delfos, hicieron lo que se les
había mandado, y se dice que recibieron esta respuesta de la Pitia:
«Lo dispuesto por el hado no pueden evitarlo los dioses mismos. Creso
paga el delito que cometió su quinto abuelo, el cual, siendo guardia de
los Heráclidas, y dejándose llevar de la perfidia de una mujer, quitó
la vida a su monarca y se apoderó de un imperio que no le pertenecía.
El dios de Delfos ha procurado con ahínco que la ruina fatal de Sardes
no se verificase en daño de Creso, sino de alguno de sus hijos; pero
no le ha sido posible trastornar el curso de los hados. Sin embargo,
sus esfuerzos le han permitido retardar por tres años la conquista de
Sardes; y sepa Creso que ha sido hecho prisionero tres años después del
tiempo decretado por el destino. ¿Y a quién debe también el socorro
que recibió cuando iba a perecer en medio de las llamas? Por lo que
hace al oráculo, no tiene Creso razón de quejarse. Apolo le predijo
que si hacía la guerra a los persas, arruinaría un grande imperio; y
cualquiera en su caso hubiera vuelto a preguntar de cuál de los dos
imperios se trataba, si del suyo o del de Ciro. Si no comprendió la
respuesta, si no quiso consultar segunda vez, échese la culpa a sí
mismo. Tampoco entendió ni trató de exterminar lo que en el postrer
oráculo se le dijo acerca del mulo, pues este mulo cabalmente era Ciro;
el cual nació de unos padres diferentes en raza y condición, siendo su
madre meda, hija del rey de los medos Astiages, y superior en linaje a
su padre, que fue un persa, vasallo del rey de Media, y un hombre que
desde la más ínfima clase tuvo la dicha de subir al tálamo de su misma
señora».
Esta respuesta llevaron los lidios a Creso; el cual, informado de ella,
confesó que toda la culpa era suya, y no del dios Apolo. Esto fue lo
que sucedió acerca del imperio de Creso y de la primera conquista de la
Jonia.
XCII. Volviendo a los donativos de Creso, no solamente fueron ofrendas
suyas las que dejo referidas, sino otras muchas que hay en Grecia.
En Tebas de Beocia consagró un trípode de oro al dios Apolo Ismenio,
y en Éfeso las vacas de oro y la mayor parte de las columnas. En el
vestíbulo del templo de Delfos se ve un grande escudo de oro. Muchos de
estos donativos se conservan en nuestros días, si bien algunos pocos
han perecido ya. Según he oído decir, los dones que ofreció Creso en
Bránquidas, del territorio de Mileto, son semejantes y del mismo peso
que los que dedicó en Delfos.
Sin embargo, las ofrendas hechas en Delfos y en el templo de Anfiarao,
fueron de sus propios bienes, y como primicias de la herencia paterna;
pero los otros dones pertenecieron a los bienes confiscados a un
enemigo suyo, que antes de subir Creso al trono había formado contra él
un partido con el objeto de que la corona recayese en Pantaleón, hijo
también de Aliates, pero no hermano uterino de Creso, pues este había
nacido de una madre natural de la Caria, y aquel de otra natural de
la Jonia. Cuando Creso se vio en posesión del imperio, hizo morir al
hombre que tanto le había resistido, despedazándole con los peines de
hierro de un cardador, y consagró del modo dicho los bienes ofrecidos
de antemano a los dioses.
XCIII. La Lidia es una tierra que no ofrece a la historia maravillas
semejantes a las que ofrecen otros países, a no ser las arenillas de
oro provenientes del monte Tmolo; pero sí nos presenta un monumento,
obra la mayor de cuantas hay, después de las maravillas del mundo,
egipcias y babilonias. En ella existe el túmulo de Aliates, padre de
Creso, el cual tiene en la base unas grandes piedras, y lo demás es
un montón de tierra. La obra se hizo a costa de los vendedores de la
plaza y de los artesanos, ayudándoles también las muchachas. En este
túmulo se ven todavía cinco términos o cuerpos, en los cuales hay
inscripciones que indican la parte hecha por cada uno de aquellos
gremios, y según las medidas aparece ser mayor que las demás la parte
ejecutada por las mozas. Lo que no es de extrañar, porque ya se sabe
que todas las hijas de los lidios venden su honor ganándose su dote con
la prostitución voluntaria, hasta tanto que se casan con un determinado
marido, que cada cual por sí misma se busca. El ámbito del túmulo es
de seis estadios y dos pletros o yugadas,[50] y la anchura de trece
yugadas. Cerca de este sepulcro hay un gran lago que llaman de Giges, y
dicen los lidios que es de agua perenne.
XCIV. Los lidios se gobiernan por unas leyes muy parecidas a las de los
griegos, a excepción de la costumbre que hemos referido hablando de sus
hijas. Ellos fueron, al menos que sepamos, los primeros que acuñaron
para el uso público la moneda de oro y plata, los primeros que tuvieron
tabernas de vino y comestibles, y según ellos dicen, los inventores de
los juegos que se usan también en la Grecia, cuyo descubrimiento nos
cuentan haber hecho en aquel tiempo en que enviaron sus colonias a
Tirrenia;[51] y lo refieren de este modo.
En el reinado de Atis el hijo de Manes, se experimentó en toda la Lidia
una gran carestía en víveres, que toleraron algún tiempo con mucho
trabajo; pero después, viendo que no cesaba la calamidad, buscaron
remedios contra ella, y discurrieron varios entretenimientos. Entonces
se inventaron los dados, las tabas, la pelota y todos los otros juegos
menos el ajedrez, pues la invención de este último no se lo apropian
los lidios:[52] como estos juegos los inventaron para divertir el
hambre, pasaban un día entero jugando, a fin de no pensar en comer,
y al día siguiente cuidaban de alimentarse, y con esta alternativa
vivieron hasta dieciocho años. Pero no cediendo el mal, antes bien
agravándose cada vez más, determinó el rey dividir en dos partes
toda la nación, y echar suertes para saber cuál de ellas se quedaría
en el país y cuál saldría fuera. Él se puso al frente de aquellos
a quienes la suerte hiciese quedar en su patria, y nombró por jefe
de los que debían emigrar, a su mismo hijo, que llevaba el nombre
de Tirreno. Estos últimos bajaron a Esmirna, construyeron allí sus
naves, y embarcando en ellas sus alhajas y muebles transportables,
navegaron en busca de sustento y morada, hasta que pasando por varios
pueblos llegaron a los umbros,[53] donde fundaron sus ciudades, en las
cuales habitaron después. Allí los lidios dejaron su nombre antiguo y
tomaron otro derivado del que tenía el hijo del rey que los condujo,
llamándose por lo mismo tirrenos. En suma, los lidios fueron reducidos
a servidumbre por los persas.