XCV. Ahora exige la historia que digamos quién fue aquel Ciro que

arruinó el imperio de Creso; y también de qué manera los persas

vinieron a hacerse dueños del Asia. Sobre este punto voy a referir

las cosas, no siguiendo a los persas, que quieren hacer alarde de

las hazañas de su héroe, sino a aquellos que las cuentan como real y

verdaderamente pasaron;[54] porque sé muy bien que la historia de Ciro

suele referirse de tres maneras más.

Reinando ya los asirios en el Asia superior por el espacio de

quinientos y veinte años, los medos empezaron los primeros a sublevarse

contra ellos, y como peleaban por su libertad, se mostraron valerosos,

y no pararon hasta que, sacudido el yugo de la servidumbre, se hicieron

independientes, cuyo ejemplo siguieron después otras naciones.

XCVI. Libres, pues, todas las naciones del continente del Asia, y

gobernadas por sus propias leyes, volvieron otra vez a caer bajo

un dominio extraño. Hubo entre los medos un sabio político llamado

Deyoces, hijo de Fraortes, el cual, aspirando al poder absoluto, empleó

este medio para conseguir sus deseos. Habitando a la sazón los medos

en diversos pueblos, Deyoces, conocido ya en el suyo por una persona

respetable, puso el mayor esmero en ostentar sentimientos de equidad y

justicia, y esto lo hacía en un tiempo en que la sinrazón y la licencia

dominaban en toda la Media. Sus paisanos, viendo su modo de proceder,

le nombraron por juez de sus disputas, en cuya decisión se manifestó

recto y justo, siempre con la idea de apoderarse del mando. Granjeose

de esta manera una grande opinión, y extendiéndose por los otros

pueblos la fama de que solamente Deyoces administraba bien la justicia,

acudían a él gustosos a decidir sus pleitos todos los que habían

experimentado a su costa la iniquidad de los otros jueces, hasta que

por fin a ningún otro se confiaron ya los negocios.

XCVII. Pero creciendo cada día más el número de los concurrentes,

porque todos oían decir que allí se juzgaba con rectitud, y viendo

Deyoces que ya todo pendía de su arbitrio, no quiso sentarse más en el

lugar donde daba audiencia, y se negó absolutamente a ejercer el oficio

de juez, diciendo que no le convenía desatender a sus propios negocios

por ocuparse todo el día en el arreglo de los ajenos. Volviendo a

crecer más que anteriormente los hurtos y la injusticia, se juntaron

los medos en un congreso para deliberar sobre el estado presente de

las cosas. Según a mí me parece, los amigos de Deyoces hablaron en

estos bellos términos: «Si continuamos así, es imposible habitar en

este país. Nombremos, pues, un rey para que le administre con buenas

leyes y podamos nosotros ocuparnos en nuestros negocios sin miedo de

ser oprimidos por la injusticia». Persuadidos por este discurso, se

sometieron los medos a un rey.

XCVIII. Al punto mismo trataron de la persona que elegirían por

monarca, y no oyéndose otro nombre que el de Deyoces, a quien todos

proponían y elogiaban, quedó nombrado rey por aclamación del congreso.

Entonces mandó se le edificase un palacio digno de la majestad del

imperio, y se le diesen guardias para la custodia de su persona. Así

lo hicieron los medos, fabricando un palacio grande y fortificado en

el sitio que él señaló, y dejando a su arbitrio la elección de los

guardias entre todos sus nuevos vasallos. Después que se vio con el

mando los precisó a que fabricasen una ciudad, y que fortificándola y

adornándola bien, se pasasen a vivir en ella, cuidando menos de los

otros pueblos: obedeciéndole también en esto, construyeron los medos

unas murallas espaciosas y fuertes, que ahora se llaman Ecbatana,[55]

tiradas todas circularmente y de manera que comprenden un cerco

dentro de otro. Toda la plaza está ideada de suerte que un cerco no

se levanta más que el otro, sino lo que sobresalen las almenas. A la

perfección de esta fábrica contribuyó no solo la naturaleza del sitio,

que viene a ser una colina redonda, sino más todavía el arte con que

está dispuesta, porque siendo siete los cercos, en el recinto del

último se halla colocado el palacio y el tesoro. La muralla exterior,

que por consiguiente es la más grande, viene a tener el mismo circuito

que los muros de Atenas.[56] Las almenas del primer cerco son blancas,

las del segundo negras, las del tercero rojas, las del cuarto azules y

las del quinto amarillas, de suerte que todas ellas se ven resplandecer

con estos diferentes colores; pero los dos últimos cercos muestran sus

almenas el uno plateadas y el otro doradas.

XCIX. Luego que Deyoces hubo hecho construir estas obras y establecido

su palacio, mandó que lo restante del pueblo habitase alrededor de la

muralla. Introdujo el primero el ceremonial de la corte, mandando que

nadie pudiese entrar donde está el rey, ni este fuese visto de persona

alguna, sino que se tratase por medio de internuncios establecidos al

efecto. Si alguno por precisión se encontraba en su presencia, no le

era permitido escupir ni reírse, como cosas indecentes. Todo esto se

hacía con el objeto de precaver que muchos medos de su misma edad,

criados con él y en nada inferiores por su valor y demás prendas,

no mirasen con envidia su grandeza, y quizá le pusiesen asechanzas.

No viéndole era más fácil considerarle como un hombre de naturaleza

privilegiada.

C. Después que ordenó el aparato exterior de la majestad y se afirmó

en el mando supremo, se mostró recto y severo en la administración

de justicia. Los que tenían algún litigio o pretensión lo ponían por

escrito y se lo remitían adentro por medio de los internuncios, que

volvían después a sacarlo con la sentencia o decisión correspondiente.

En lo demás del gobierno lo tenía todo bien arreglado; de suerte que

si llegaba a su noticia que alguno se desmandaba con alguna injusticia

o insolencia, le hacía llamar para castigarle según lo merecía la

gravedad del delito, a cuyo fin tenía distribuidos por todo el imperio

exploradores vigilantes que le diesen cuenta de lo que viesen y

escuchasen.

CI. Así que Deyoces fue quien unió en un cuerpo la sola nación meda,

cuyo gobierno obtuvo. La Media se componía de diferentes pueblos o

tribus, que son los busas, paretacenos, estrucates, arizantos, budios y

magos.

CII. El reinado de Deyoces duró cincuenta y tres años, y después de

su muerte le sucedió su hijo Fraortes, el cual, no contentándose con

la posesión de la Media, hizo una expedición contra los persas, que

fueron los primeros a quienes agregó a su imperio. Viéndose dueño

de dos naciones, ambas fuertes y valerosas, fue conquistando una

después de otra todas las demás del Asia, hasta que llegó en una de

sus expediciones a los asirios, que habitaban en Nínive.[57] Estos,

habiendo sido un tiempo los príncipes de toda la Asiria, se veían a

la sazón desamparados de sus aliados, mas no por eso dejaban de tener

un estado floreciente. Fraortes, con una gran parte de su ejército,

pereció en la guerra que les hizo, después de haber reinado veintidós

años.

CIII. A Fraortes sucedió en el imperio Ciaxares, su hijo, y nieto de

Deyoces; de quien se dice que fue un príncipe mucho más valiente que

sus progenitores. Él fue el primero que dividió a los asiáticos en

provincias, y el primero que introdujo el orden y la separación en su

milicia, disponiendo que se formasen cuerpos de caballería, de lanceros

y de los que pelean con saetas, pues antes todos ellos iban al combate

mezclados y en confusión. Él fue también el que dio contra los lidios

aquella batalla memorable en que se convirtió el día en noche durante

la acción, y el que unió a sus dominios toda la parte de Asia que

está más allá del río Halis. Queriendo vengar la muerte de su padre,

y arruinar la ciudad de Nínive, reunió todas las tropas de su imperio

y marchó contra los asirios, a quienes venció en batalla campal; pero

cuando se hallaba sitiando la ciudad vino sobre él un grande ejército

de escitas, mandados por su rey Madies, hijo de Prototies, los cuales

habiendo echado de Europa a los cimerios y persiguiéndolos en su fuga,

se entraron por el Asia y vinieron a dar en la región de los medos.

CIV. Desde la laguna Mayátide hasta el río Fasis y el país de colcos

habrá treinta días de camino, suponiendo que se trata de un viajero

expedito; pero desde la Cólquide hasta la Media no hay mucho que andar,

porque solamente se tiene que atravesar la nación de los saspires. Los

escitas no vinieron por este camino, sino por otro más arriba y más

largo, dejando a su derecha el monte Cáucaso.[58] Luego que dieron con

los medos, los derrotaron completamente y se hicieron señores de toda

el Asia.

CV. Desde allí se encaminaron al Egipto, y habiendo llegado a la Siria

Palestina, les salió a recibir Psamético, rey de Egipto, el cual

con súplicas y regalos logró de ellos que no pasasen adelante. A la

vuelta, cuando llegaron a Ascalón, ciudad de Siria, si bien la mayor

parte de los escitas pasó sin hacer daño alguno, con todo no faltaron

unos pocos rezagados que saquearon el templo de Afrodita Urania. Este

templo, según mis noticias, es el más antiguo de cuantos tiene aquella

diosa, pues los mismos naturales de Chipre confiesan haber sido hecho a

su imitación el que ellos tienen; y por otra parte los fenicios, pueblo

originario de la Siria, fabricaron el de Citera. La diosa se vengó de

los profanadores de su templo enviándoles a ellos y a sus descendientes

cierta enfermedad mujeril. Así lo reconocen los escitas mismos; y todos

los que van a la Escitia ven por sus ojos el mal que padecen aquellas a

quienes los naturales llaman _enareas_.

CVI. Los escitas dominaron en el Asia por espacio de veintiocho años,

en cuyo tiempo se destruyó todo, parte por la violencia y parte por

el descuido; porque además de los tributos ordinarios, exigían los

impuestos que les acomodaba, y robaban en sus correrías cuanto poseían

los particulares. Pero la mayor parte de los escitas acabaron a manos

de Ciaxares y de sus medos, los cuales en un convite que les dieron,

viéndolos embriagados, los pasaron al filo de la espada. De esta manera

recobraron los medos el imperio, y volvieron a tener bajo su dominio

las mismas naciones que antes. Tomando después la ciudad de Nínive, del

modo que referiré en otra obra,[59] sujetaron también a los asirios, a

excepción de la provincia de Babilonia. Murió, por último, Ciaxares,

habiendo reinado cuarenta años, inclusos aquellos en que mandaron los

escitas.

CVII. Sucediole en el trono su hijo Astiages, que tuvo una hija

llamada Mandane. A este monarca le pareció ver en sueño que su hija

despedía tanta orina, que no solamente llenaba con ella la ciudad,

sino que inundaba toda el Asia. Dio cuenta de la visión a los magos,

intérpretes de los sueños, e instruido de lo que el suyo significaba,

concibió tales sospechas que, cuando Mandane llegó a una edad

proporcionada para el matrimonio, no quiso darla por esposa a ninguno

de los medos dignos de emparentar con él, sino que la casó con un

cierto persa llamado Cambises, a quien consideraba hombre de buena

familia y de carácter pacífico, pero muy inferior a cualquier medo de

mediana condición.

CVIII. Viviendo ya Mandane en compañía de Cambises, su marido, volvió

Astiages en aquel primer año a tener otra visión, en la cual le pareció

que del centro del cuerpo de su hija salía una parra que cubría con

su sombra toda el Asia. Habiendo participado este nuevo sueño a los

mismos adivinos, hizo venir de Persia a su hija, que estaba ya en los

últimos días de su embarazo, y la puso guardias con el objeto de matar

a la prole que diese a luz, por haberle manifestado los intérpretes

que aquella criatura estaba destinada a reinar en su lugar. Queriendo

Astiages impedir que la predicción se realizase, luego que nació Ciro,

llamó a Harpago, uno de sus familiares, el más fiel de los medos y

el ministro encargado de todos sus negocios, y cuando le tuvo en su

presencia le habló de esta manera: «Mira, no descuides, Harpago, el

asunto que te encomiendo. Ejecútale puntualmente, no sea que por

consideración a otros, me faltes a mí y vaya por último a descargar el

golpe sobre tu cabeza. Toma el niño que Mandane ha dado a luz, llévale

a tu casa y mátale, sepultándole después como mejor te parezca».

«Nunca, señor, respondió Harpago, habréis observado en vuestro siervo

nada que pueda disgustaros; en lo sucesivo yo me guardaré bien de

faltar a lo que os debo. Si vuestra voluntad es que la cosa se haga, a

nadie conviene tanto como a mí el ejecutarla puntualmente».

CIX. Harpago dio esta respuesta, y cuando le entregaron el niño,

ricamente vestido, para llevarlo a la muerte, se fue llorando a su

casa y comunicó a su mujer lo que con Astiages le había pasado. «Y

¿qué piensas hacer?», le dijo ella: «¿Qué pienso hacer?, respondió

el marido; aunque Astiages se ponga más furioso de lo que ya está,

nunca le obedeceré en una cosa tan horrible como dar la muerte a su

nieto. Tengo para obrar así muchos motivos. Además de ser este niño

mi pariente, Astiages es ya viejo, no tiene sucesión varonil, y la

corona debe pasar después de su muerte a Mandane, cuyo hijo me ordena

sacrificar a sus ambiciosos recelos. ¿Qué me restan sino peligros por

todas partes? Mi seguridad exige ciertamente que este niño perezca;

pero conviene que sea el matador alguno de la familia de Astiages y no

de la mía».

CX. Dicho esto, envió sin dilación un propio a uno de los pastores del

ganado vacuno de Astiages, de quien sabía que apacentaba sus rebaños

en abundantísimos pastos, dentro de unas montañas pobladas de fieras.

Este vaquero, cuyo nombre era Mitradates, cohabitaba con una mujer,

consierva suya, que en lengua de la Media se llamaba Espaco, y en la

de la Grecia debería llamarse _Cino_,[60] pues los medos a la perra la

llaman _espaca_. Las faldas de los montes donde aquel mayoral tenía

sus praderas, vienen a caer al norte de Ecbatana por la parte que mira

al Ponto Euxino, y confina con los saspires. Este país es sobremanera

montuoso, muy elevado y lleno de bosques, siendo lo restante de la

Media una continuada llanura.

Vino el pastor con la mayor presteza y diligencia, y Harpago le habló

de este modo: «Astiages te manda tomar este niño y abandonarle en el

paraje más desierto de tus montañas, para que perezca lo más pronto

posible. Tengo orden para decirte de su parte, que si dejares de

matarle, o por cualquiera vía escapare el niño de la muerte, serás tú

quien la sufra en el más horrible suplicio; y yo mismo estoy encargado

de ver por mis ojos la exposición del infante».

CXI. Recibida esta comisión, tomó Mitradates el niño, y por el mismo

camino que trajo volviose a su cabaña. Cuando partió para la ciudad,

se hallaba su mujer todo el día con dolores de parto, y quiso la buena

suerte que diese a luz un niño. Durante la ausencia estaban los dos

llenos de zozobra el uno por el otro; el marido solícito por el parto

de su mujer, y esta recelosa porque, fuera de toda costumbre, Harpago

había llamado a su marido. Así, pues, que le vio comparecer ya de

vuelta, y no esperándole tan pronto, le preguntó el motivo de haber

sido llamado con tanta prisa por Harpago. «¡Ah mujer mía!, respondió

el pastor; cuando llegué a la ciudad vi y oí cosas que pluguiese al

cielo jamás hubiese visto ni oído, y que nunca ellas pudiesen suceder

a nuestros amos. La casa de Harpago estaba sumergida en llanto; entro

asustado en ella, y me veo en medio a un niño recién nacido, que con

vestidos de oro y de varios colores palpitaba y lloraba. Luego que

Harpago me ve, al punto me ordena que, tomando aquel niño, me vaya con

él y le exponga en aquella parte de los montes donde más abunden las

fieras; diciéndome que Astiages era quien lo mandaba, y dirigiéndome

las mayores amenazas si no lo cumplía. Tomo el niño, y me vengo con

él, imaginando sería de alguno de sus domésticos, y sin sospechar

su verdadero linaje. Sin embargo, me pasmaba de verle ataviado con

oro y preciosos vestidos, y de que por él hubiese tanto lloro en la

casa. Pero bien presto supe en el camino de boca de un criado, que

conduciéndome fuera de la ciudad puso en mis brazos el niño, que este

era hijo de la princesa Mandane y de Cambises. Tal es, mujer, toda la

historia, y aquí tienes el niño».

CXII. Diciendo esto, le descubre y enseña a su mujer; la cual, viéndole

tan robusto y hermoso, se echa a los pies de su marido, abraza sus

rodillas, y anegada en lágrimas, lo ruega encarecidamente que por

ningún motivo piense en exponerle. Su marido responde que no puede

menos de hacerlo así, porque vendrían espías de parte de Harpago para

verle, y él mismo perecería desastradamente si no lo ejecutaba.

La mujer, entonces, no pudiendo vencer a su marido, le dice de nuevo:

«Ya que es indispensable que le vean expuesto, haz por lo menos

lo que voy a decirte. Sabe que yo también he parido, y que fue un

niño muerto. A este le puedes exponer, y nosotros criaremos el de

la hija de Astiages como si fuese nuestro. Así no corres el peligro

de ser castigado por desobediente al rey, ni tendremos después que

arrepentirnos de nuestra mala resolución. El muerto además logrará de

este modo una sepultura regia, y este otro que existe conservará su

vida».

CXIII. Pareciole al pastor que, según las circunstancias presentes,

hablaba muy bien su mujer, y sin esperar más hizo lo que ella le

proponía. La entregó, pues, el niño que tenía condenado a muerte, tomó

el suyo difunto y lo metió en la misma canasta en que acababa de venir

el otro, adornándole con todas sus galas; y después se fue con él y lo

dejó expuesto en lo más solitario del monte.

Al tercer día se marchó el vaquero a la ciudad, habiendo dejado en su

lugar por centinela a uno de sus zagales, y llegando a casa de Harpago

le dijo que estaba pronto a enseñarle el cadáver de aquella criatura.

Harpago envió al monte algunos de sus guardias, los que entre todos

tenía por más fieles, y cerciorado del hecho dio sepultura al hijo del

pastor. El otro niño, a quien con el tiempo se dio el nombre de Ciro,

luego que le hubo tomado la pastora fue criado por ella, poniéndole un

nombre cualquiera, pero no el de Ciro.

CXIV. Cuando llegó a los diez años, una casualidad hizo que se

descubriese quién era. En aquella aldea donde estaban los rebaños,

sucedió que Ciro se pusiese a jugar en la calle con otros muchachos

de su edad. Estos en el juego escogieron por rey al hijo del pastor de

vacas. En virtud de su nueva dignidad, mandó a unos que le fabricasen

su palacio real, eligió a otros para que le sirviesen de guardias,

nombró a este inspector, ministro (o como se decía entonces _ojo del

rey_), hizo al otro su gentilhombre para que le entrase los recados,

y, por fin, a cada uno distribuyó su empleo. Jugaba con los otros

muchachos uno que era hijo de Artembares, hombre principal entre los

medos, y como este niño no obedeciese a lo que Ciro le mandaba, dio

orden a los otros para que le prendiesen; obedecieron ellos y le mandó

Ciro azotar, no de burlas, sino ásperamente. El muchacho, llevando muy

a mal aquel tratamiento, que consideraba indigno de su persona, luego

que se vio suelto se fue a la ciudad, y se quejó amargamente a su padre

de lo que con él había ejecutado Ciro, no llamándole Ciro (que no era

todavía este su nombre), sino aquel muchacho, hijo del vaquero de

Astiages. Enfurecido Artembares, fuese a ver al rey, llevando consigo

a su hijo, y lamentándose del atroz insulto que se les había hecho:

«Mirad, señor, decía, cómo nos ha tratado el hijo del vaquero, vuestro

esclavo»; y al decir esto, descubría las espaldas lastimadas de su hijo.

CXV. Astiages, que tal oía y veía, queriendo vengar la insolencia

usada con aquel niño y volver por el honor ultrajado de su padre, hizo

comparecer en su presencia al vaquero, juntamente con su hijo. Luego

que ambos se presentaron, vueltos los ojos a Ciro, le dice Astiages:

«¿Cómo tú, siendo hijo de quien eres, has tenido la osadía de tratar

con tanta insolencia y crueldad a este mancebo, que sabías ser hijo de

una persona de las primeras de mi corte?». «Yo señor, le responde Ciro,

tuve razón en lo que hice; porque habéis de saber que los muchachos de

la aldea, siendo ese uno de ellos, se concertaron jugando en que yo

fuese su rey, pareciéndoles que era yo el que más merecía serlo por

mis prendas. Todos lo otros niños obedecían puntualmente mis órdenes;

solo este era el que sin hacerme caso, no quería obedecer, hasta que

por último recibió la pena merecida. Si por ello soy yo también digno

de castigo, aquí me tenéis dispuesto a todo».

CXVI. Mientras Ciro hablaba de esta suerte, quiso reconocerle Astiages,

pareciéndole que las facciones de su rostro eran semejantes a las

suyas, que se descubría en sus ademanes cierto aire de nobleza, y que

el tiempo en que le mandó exponer convenía perfectamente con la edad de

aquel muchacho. Embebido en estas ideas, estuvo largo rato sin hablar

palabra, hasta que, vuelto en sí, trató de despedir a Artembares, con

la mira de coger a solas al pastor y obligarle a confesar la verdad. Al

efecto le dijo: «Artembares, queda a mi cuidado hacer cuanto convenga

para que tu hijo no tenga motivo de quejarse por el insulto que se le

hizo». Y luego los despidió, y al mismo tiempo los criados, por orden

suya, se llevaron adentro a Ciro. Solo con el vaquero, le preguntó de

dónde había recibido aquel muchacho, y quién se lo había entregado.

Contestando el otro que era hijo suyo, y que la mujer de quien le

había tenido habitaba con él en la misma cabaña, volvió a decirle

Astiages que mirase por sí y no se quisiese exponer a los rigores

del tormento; y haciendo a los guardias una seña para que se echasen

sobre él, tuvo miedo el pastor y descubrió toda la verdad del hecho

desde su principio, acogiéndose por último a las súplicas y pidiéndole

humildemente que le perdonase.

CXVII. Astiages, después de esta declaración, se mostró menos irritado

con el vaquero, dirigiendo toda su cólera contra Harpago, a quien hizo

llamar inmediatamente por medio de sus guardias. Luego que vino le

habló así: «Dime, Harpago, ¿con qué género de muerte hiciste perecer al

niño de mi hija, que puse en tus manos?». Como Harpago viese que estaba

allí el pastor, temiendo ser cogido si caminaba por la senda de la

mentira, dijo sin rodeos: «Luego, señor, que recibí el niño, me puse a

pensar cómo podría ejecutar vuestras órdenes sin incurrir en vuestra

indignación, y sin ser yo mismo el matador del hijo de la princesa.

¿Qué hice, pues? Llamé a este vaquero, y entregándole la criatura, le

dije que vos mandabais que la hiciese morir; y en esto seguramente

dije la verdad. Dile orden para que la expusiese en lo más solitario

del monte, y que no la perdiese de vista en tanto que respirase,

amenazándole con los mayores suplicios si no lo ejecutaba puntualmente.

Cuando me dio noticia de la muerte del niño, envié los eunucos de más

confianza para quedar seguro del hecho y para que le diesen sepultura.

Ved aquí, señor, la verdad y el modo cómo pereció el niño».

CXVIII. Disimulando Astiages el enojo de que se hallaba poseído, le

refirió primeramente lo que el vaquero le había contado, y concluyó

diciendo, que puesto que el niño vivía lo daba todo por bien hecho;

«porque a la verdad, añadió, me pesaba en extremo lo que había mandado

ejecutar con aquella criatura inocente, y no podía sufrir la idea de la

ofensa cometida contra mi hija. Pero ya que la fortuna se ha convertido

de mala en buena, quiero que envíes a tu hijo para que haga compañía al

recién llegado, y que tú mismo vengas hoy a comer conmigo; porque tengo

resuelto hacer un sacrificio a los dioses, a quienes debemos honrar y

dar gracias por el beneficio de haber conservado a mi nieto».

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 5 / 38 段