LVII. Cuál fuese la lengua que hablaban los pelasgos, no puedo decir de

positivo. Con todo, nos podemos regir por ciertas conjeturas tomadas de

los pelasgos que todavía existen: primero, de los que habitan la ciudad

de Crestona,[34] situada sobre los tirrenos (los cuales en lo antiguo

fueron vecinos de los que ahora llamamos dorios, y moraban entonces en

la región que al presente se llama la Tesaliótide); segundo, de los

pelasgos que en el Helesponto fundaron a Placia y a Escílace (los

cuales fueron antes vecinos de los atenienses); tercero, de los que se

hallan en muchas ciudades pequeñas, bien que hayan mudado su antiguo

nombre de pelasgos. Por las conjeturas que nos dan todos estos pueblos,

podremos decir que los pelasgos debían hablar algún lenguaje bárbaro,

y que la gente ática, siendo pelasga, al incorporarse con los helenos,

debió de aprender la lengua de estos, abandonando la suya propia. Lo

cierto es que ni los de Crestona ni los de Placia (ciudades que hablan

entre sí una misma lengua) la tienen común con ninguno de aquellos

pueblos que son ahora sus vecinos, ve donde se infiere que conservan el

carácter mismo de la lengua que consigo trajeron cuando se fugaron en

aquellas regiones.

LVIII. Por el contrario, la nación helénica, a mi parecer, habló

siempre desde su origen el mismo idioma. Débil y separada de la

pelásgica, empezó a crecer de pequeños principios, y vino a formar un

grande cuerpo, compuesto de muchas gentes, mayormente cuando se le

fueron allegando y uniendo en gran número otras bárbaras naciones,[35]

y de aquí dimanó, según yo imagino, que la nación de los pelasgos, que

era una de las bárbaras, nunca pudiese hacer grandes progresos.

LIX. De estas dos naciones oía decir Creso que el Ática se hallaba

oprimida por Pisístrato, que a la sazón era señor o tirano de los

atenienses. A su padre Hipócrates, asistiendo a los juegos olímpicos,

le sucedió un gran prodigio, y fue que las calderas que tenía ya

prevenidas para un sacrificio, llenas de agua y de carne, sin que las

tocase el fuego, se pusieron a hervir de repente hasta derramarse. El

lacedemonio Quilón, que presenció aquel portento, previno dos cosas

a Hipócrates: la primera, que nunca se casase con mujer que pudiese

darle sucesión; y la segunda, que si estaba casado, se divorciase luego

y desconociese por hijo al que ya hubiese tenido.

Por no haber seguido estos consejos le nació después Pisístrato, el

cual, aspirando a la tiranía y viendo que los atenienses litorales,

capitaneados por Megacles, hijo de Alcmeón, se habían levantado contra

los habitantes de los campos, conducidos por Licurgo, el hijo de

Aristolaides, formó un tercer partido bajo el pretexto de defender

a los atenienses de las montañas, y para salir con su intento urdió

la trama de este modo. Hízose herir a sí mismo y a los mulos de su

carroza, y se fue hacia la plaza como quien huía de sus enemigos,

fingiendo que le habían querido matar en el camino de su casa de

campo. Llegado a la plaza, pidió al pueblo que, pues él antes se

había distinguido mucho en su defensa ya cuando general contra los

megarenses, ya en la toma de Nisea,[36] y con otras grandes empresas y

servicios, tuviesen a bien concederle alguna guardia para la seguridad

de su persona. Engañado el pueblo con tal artificio, diole ciertos

hombres escogidos que le escoltasen y siguiesen, los cuales estaban

armados, no de lanzas, sino de clavas. Auxiliado por estos, se apoderó

Pisístrato de la ciudadela de Atenas, y por este medio llegó a hacerse

dueño de los atenienses; pero sin alterar el orden de los magistrados

ni mudar las leyes contribuyó mucho y bien al adorno de la ciudad,

gobernando bajo el plan antiguo.

LX. Poco tiempo después, unidos entre sí los partidarios de Megacles

y los de Licurgo, lograron quitar el mando a Pisístrato y echarle

de Atenas. No bien los dos partidos acabaron de expelerle, cuando

volvieron de nuevo a la discordia y sedición entre sí mismos.

Megacles, que se vio sitiado por sus enemigos, despachó un mensajero a

Pisístrato, ofreciéndole que si tomaba a su hija por mujer, le daría

en dote el mando de la república. Admitida la proposición y otorgadas

las condiciones, discurrieron para la vuelta de Pisístrato el artificio

más grosero que en mi opinión pudiera imaginarse, mayormente si se

observa que los griegos eran tenidos ya de muy antiguo por más astutos

que los bárbaros y menos expuestos a dejarse deslumbrar de tales

necedades y que se trataba de engañar a los atenienses, reputados por

los más sabios y perspicaces de todos los griegos.

En el demo de _Peania_ había una mujer hermosa llamada Fía, con la

estatura de cuatro codos menos tres dedos. Armada completamente,

y vestida con un traje que la hiciese parecer mucho más bella y

majestuosa, la colocaron en una carroza y la condujeron a la ciudad,

enviando delante sus emisarios y pregoneros, los cuales cumplieron

bien con su encargo, y hablaron al pueblo en esta forma: «Recibid, oh

atenienses, de buena voluntad a Pisístrato, a quien la misma diosa

Atenea restituye a su alcázar, haciendo con él una demostración nunca

usada con otro mortal». Esto iban gritando por todas partes, de

suerte que muy en breve se extendió la fama del hecho por la ciudad

y la comarca; y los que se hallaban en la ciudadela, creyendo ver en

aquella mujer a la diosa misma, la dirigieron sus votos y recibieron a

Pisístrato.

LXI. Recobrada de este modo la tiranía, y cumpliendo con lo pactado,

tomó Pisístrato por mujer a la hija de Megacles. Ya entonces tenía

hijos crecidos, y no queriendo aumentar su número, con motivo de la

creencia según la cual todos los Alcmeónidas eran considerados como

una raza impía, nunca conoció a su nueva esposa en la forma debida

y regular. Si bien ella al principio tuvo la cosa oculta, después

la descubrió a su madre y esta a su marido. Megacles lo llevó muy a

mal, viendo que así le deshonraba Pisístrato, y por resentimiento

se reconcilió de nuevo con los amotinados. Entretanto Pisístrato,

instruido de todo, abandonó el país y se fue a Eretria, donde,

consultando con su hijo, le pareció bien el dictamen de Hipias sobre

recuperar el mando, y al efecto trataron de recoger donativos de las

ciudades que les eran más adictas, entre las cuales sobresalió la

de los tebanos por su liberalidad. Pasado algún tiempo, quedó todo

preparado para el éxito de la empresa, así porque los argivos, gente

asalariada para la guerra, habían ya concurrido del Peloponeso, como

porque un cierto Lígdamis, natural de Naxos, habiéndoseles reunido

voluntariamente con hombres y dinero, los animaba sobremanera a la

expedición.

LXII. Partiendo por fin de Eretria, volvieron al Ática once años

después de su salida, y se apoderaron primeramente de Maratón.

Atrincherados en aquel punto, se les iban reuniendo, no solamente los

partidarios que tenían en la ciudad, sino también otros de diferentes

distritos, a quienes acomodaba más el dominio de un señor que la

libertad del pueblo. Su ejército se aumentaba con la gente que acudía;

pero los atenienses que moraban en la misma Atenas miraron la cosa con

indiferencia todo el tiempo que gastó Pisístrato en recoger dinero, y

cuando después ocupó a Maratón, hasta que sabiendo que marchaba contra

la ciudad, salieron por fin a resistirle. Los dos ejércitos caminaban

a encontrarse, y llegando al templo de Atenea Palénide, hicieron alto

uno enfrente del otro. Entonces fue cuando Anfílito, el célebre adivino

de Acarnania, arrebatado de su estro se presentó a Pisístrato y le

vaticinó de este modo:

Echado el lance está, la red tendida;

Los atunes de noche se presentan

Al resplandor de la callada luna.[37]

LXIII. Pisístrato, comprendido el vaticinio, y diciendo que lo

recibía con veneración, puso en movimiento sus tropas. Muchos de los

atenienses, que habían salido de la ciudad, acababan entonces de

comer; unos se entretenían jugando a los dados, y otros reposaban, por

lo cual, cayendo de repente sobre ellos las tropas de Pisístrato, se

vieron obligados a huir. Para que se mantuviesen dispersos, discurrió

Pisístrato el ardid de enviar unos muchachos a caballo, que alcanzando

a los fugitivos, los exhortasen de su parte a que tuviesen buen ánimo y

se retirasen cada uno a su casa.

LXIV. Así lo hicieron los atenienses, y logró Pisístrato apoderarse

de Atenas por tercera vez. Dueño de la ciudad, procuró arraigarse en

el mando con mayor número de tropas auxiliares, y con el aumento de

las rentas públicas, tanto recogidas en el país mismo como venidas

del río Estrimón. Con el mismo fin tomó en rehenes a los hijos de

los atenienses que, sin entregarse luego a la fuga, le habían hecho

frente, y los depositó en la isla de Naxos, de la cual se había

apoderado con las armas, y cuyo gobierno había confiado a Lígdamis. Ya,

obedeciendo a los oráculos, había purificado antes la isla de Delos,

mandando desenterrar todos los cadáveres que estaban sepultados en

todo el distrito que desde el templo se podía alcanzar con la vista,

haciéndolos enterrar en los demás lugares de la isla. Pisístrato, pues,

tenía bajo su dominación a los atenienses, de los cuales algunos habían

muerto en la guerra y otros, en compañía de los Alcmeónidas, se habían

ausentado de su patria.

LXV. Este era el estado en que supo Creso que entonces se hallaban

los atenienses. De los lacedemonios averiguó que, libres ya de sus

anteriores apuros, habían recobrado la superioridad en la guerra contra

los de Tegea. Porque en el reinado de Leonte y Hegesicles, a pesar de

que los lacedemonios habían salido bien en otras guerras, sin embargo,

en la que sostenían contra los de Tegea habían sufrido grandes reveses.

Estos mismos lacedemonios se gobernaban en lo antiguo por las peores

leyes de toda la Grecia, tanto en su administración interior como en

sus relaciones con los extranjeros, con quienes eran insociables; pero

tuvieron la dicha de mudar sus instituciones por medio de Licurgo,[38]

el hombre más acreditado de todos los esparciatas, a quien, cuando fue

a Delfos para consultar al oráculo, al punto mismo de entrar en el

templo le dijo la Pitia:

A mi templo tú vienes, oh Licurgo,

De Jove amado y de los otros dioses

Que habitan los palacios del Olimpo.

Dudo llamarte dios u hombre llamarte,

Y en la perplejidad en que me veo,

Como dios, oh Licurgo, te saludo.

También afirman algunos que la Pitia le enseñó los buenos reglamentos

de que ahora usan los esparciatas, aunque los lacedemonios dicen que

siendo tutor de su sobrino[39] Leobotes, rey de los espartanos, los

trajo de Creta. En efecto, apenas se encargó de la tutela, cuando mudó

enteramente la legislación, y tomó las precauciones necesarias para

su observancia. Después ordenó la disciplina militar, estableciendo

las _enomotías_, _triécadas_ y _sisitías_, y últimamente instituyó los

éforos y los senadores.

LXVI. De este modo lograron los lacedemonios el mejor orden en sus

leyes y gobierno, y lo debieron a Licurgo, a quien tienen en la

mayor veneración, habiéndole consagrado un templo después de sus

días. Establecidos en un país excelente y contando con una población

numerosa, hicieron muy en breve grandes progresos, con lo cual, no

pudiendo ya gozar en paz de su misma prosperidad y teniéndose por

mejores y más valientes que los arcadios, consultaron en Delfos acerca

de la conquista de toda la Arcadia, a cuya consulta respondió así la

Pitia:

¿La Arcadia pides? Esto es demasiado.

Concederla no puedo, porque en ella,

De la dura bellota alimentados,

Muchos existen que vedarlo intenten.

Yo nada te la envidio: en lugar suyo

Puedes pisar el suelo de Tegea,

Y con soga medir su hermoso campo.

Después que los lacedemonios oyeron la respuesta, sin meterse con los

demás arcadios, emprendieron su expedición contra los de Tegea, y

engañados con aquel oráculo doble y ambiguo, se apercibieron de grillos

y sogas, como si en efecto hubiesen de cautivar a sus contrarios.

Pero sucedioles al revés; porque perdida la batalla, los que de ellos

quedaron cautivos, atados con las mismas prisiones de que venían

provistos, fueron destinados a labrar los campos del enemigo. Los

grillos que sirvieron entonces para los lacedemonios se conservan aún

en Tegea, colgados alrededor del templo de Atenea.

LXVII. Al principio de la guerra los lacedemonios pelearon siempre

con desgracia; pero en tiempo de Creso, y siendo reyes de Esparta

Anaxándridas y Aristón, adquirieron la superioridad del modo siguiente:

Aburridos de su mala suerte, enviaron diputados a Delfos para saber

a qué dios debían aplacar, con el fin de hacerse superiores a sus

enemigos los de Tegea. El oráculo respondió que lo lograrían con tal

de que recobrasen los huesos de Orestes, el hijo de Agamenón. Mas como

no pudiesen encontrar la urna en que estaban depositados, acudieron de

nuevo al templo, pidiendo se les manifestase el lugar donde el héroe

yacía. La Pitia respondió a los enviados en estos términos:

En un llano de Arcadia está Tegea;

Allí dos vientos soplan impelidos

Por una fuerza poderosa, y luego

Hay golpe y contragolpe, y la dureza

De los cuerpos se hiere mutuamente.

Allí del alma tierra en las entrañas

Encontrarás de Agamenón al hijo;

Llevarasle contigo, si a Tegea

Con la victoria dominar pretendes.

Oída esta respuesta, continuaron los lacedemonios en sus pesquisas, sin

poder hacer el descubrimiento que deseaban, hasta tanto que Licas, uno

de aquellos esparciatas a quienes llaman beneméritos, dio casualmente

con la urna. Llámanse beneméritos aquellos cinco soldados que, siendo

los más veteranos entre los de a caballo, cumplido su tiempo salen

del servicio; si bien el primer año de su salida, para que no se

entorpezcan con la ociosidad, se les envía de un lugar a otro, unos acá

y otros allá.

LXVIII. Licas, pues, siendo uno de los beneméritos, favorecido de la

fortuna y de su buen discurso, descubrió lo que se deseaba. Como los

dos pueblos estuviesen en comunicación con motivo de las treguas, se

hallaba Licas en una fragua del territorio de Tegea, viendo lleno de

admiración la maniobra de machacar a golpe el hierro. Al mirarle tan

pasmado, suspendió el herrero su trabajo, y le dijo: «A fe mía, laconio

amigo, que si hubieses visto lo que yo, otra fuera tu admiración a la

que ahora muestras al vernos trabajar en el hierro; porque has de saber

que, cavando en el corral con el objeto de abrir un pozo, tropecé con

un ataúd de siete codos de largo; y como nunca había creído que los

hombres antiguamente fuesen mayores de lo que somos ahora, tuve la

curiosidad de abrir la caja, y encontré un cadáver tan grande como ella

misma. Medile y lo volví a cubrir». Oyendo Licas esta relación, se puso

a pensar que tal vez podía ser aquel muerto el Orestes de quien hablaba

el oráculo, conjeturando que los dos fuelles del herrero serían quizá

los dos vientos; el yunque y el martillo el golpe y el contragolpe;

y en la maniobra de batir el hierro se figuraba descubrir el mutuo

choque de los cuerpos duros. Revolviendo estas ideas en su mente

se volvió a Esparta, y dio cuenta de todo a sus conciudadanos, los

cuales, concertada contra él una calumnia, le acusaron y condenaron a

destierro. Refugiándose a Tegea el desterrado voluntario y dando razón

al herrero de su desventura, le quiso tomar en arriendo aquel corral y,

si bien él se le dificultaba, al cabo se lo supo persuadir y estableció

allí su casa. Con esta ocasión descubrió cavando el sepulcro, recogió

los huesos, y fuese con ellos a Esparta. Desde aquel tiempo, siempre

que vinieron a las manos las dos ciudades, quedaron victoriosos los

lacedemonios, por quienes ya había sido conquistada una gran parte del

Peloponeso.

LXIX. Informado Creso de todas estas cosas, envió a Esparta sus

embajadores, llenos de regalos y bien instruidos de cuanto debían decir

para negociar una alianza. Llegados que fueron, se explicaron en estos

términos: «Creso, rey de los lidios y de otras naciones, prevenido por

el dios que habita en Delfos de cuánto le importa contraer amistad con

el pueblo griego, y bien informado de que vosotros, ¡oh lacedemonios!,

sois los primeros y principales de toda la Grecia, acude a vosotros,

queriendo en conformidad del oráculo ser vuestro amigo y aliado,

de buena fe y sin dolo alguno». Esta fue la propuesta de Creso por

medio de sus enviados. Los lacedemonios, que ya tenían noticia de la

respuesta del oráculo, muy complacidos con la venida de los lidios,

formaron con solemne juramento el tratado de paz y alianza con Creso,

a quien ya estaban obligados por algunos beneficios que de él antes

habían recibido. Porque habiendo enviado a Sardes a comprar el oro que

necesitaban para fabricar la estatua de Apolo, que hoy está colocada en

Tórnax de la Laconia, Creso no quiso tomarles dinero alguno, y les dio

el oro de regalo.

LXX. Por este motivo, y por la distinción que con ellos usaba Creso,

anteponiéndolos a los demás griegos, vinieron gustosos los lacedemonios

en la alianza propuesta; y queriendo mostrarse agradecidos, mandaron

trabajar, con el objeto de regalársela a Creso, una pila de bronce que

podía contener trescientos cántaros; estaba adornada por de fuera hasta

el borde con la escultura de una porción de animalitos. Esta pila no

llegó a Sardes, refiriéndose de dos maneras el extravío que padeció

en el camino. Los lacedemonios dicen que, habiendo llegado cerca de

Samos, noticiosos del presente aquellos isleños, salieron con sus naves

y la robaron. Pero los samios cuentan que, navegando muy despacio los

lacedemonios encargados de conducirla, y oyendo en el viaje que Sardes,

juntamente con Creso, habían caído en poder del enemigo, la vendieron

ellos mismos en Samos a unos particulares, quienes la dedicaron en el

templo de Hera; y que tal vez los lacedemonios a su vuelta dirían que

los samios se la habían quitado violentamente.

LXXI. Entretanto, Creso, deslumbrado con el oráculo y creyendo acabar

en breve con Ciro y con el imperio de los persas, preparaba una

expedición contra Capadocia. Al mismo tiempo cierto lidio llamado

Sándanis, respetado ya por su sabiduría y circunspección, y célebre

después entre los lidios por el consejo que dio a Creso, le habló de

esta manera: «Veo, señor, que preparáis una expedición contra unos

hombres que tienen de pieles todo su vestido; que criados en una

región áspera, no comen lo que quieren, sino lo que pueden adquirir; y

que no beben vino, ni saben el gusto que tienen los higos, ni manjar

alguno delicado. Si los venciereis, ¿qué podréis quitar a los que

nada poseen? Pero si sois vencido, reflexionad lo mucho que tenéis que

perder. Yo temo que si llegan una vez a gustar de nuestras delicias,

les tomarán tal afición, que no podremos después ahuyentarlos. Por mi

parte, doy gracias a los dioses de que no hayan inspirado a los persas

el pensamiento de venir contra los lidios». Este discurso no hizo

impresión alguna en el ánimo de Creso, a pesar de la exactitud con que

pintaba el estado de los persas, los cuales antes de la conquista de

los lidios ignoraban toda especie de comodidad y regalo.

LXXII. Los capadocios, a quienes los griegos llaman sirios, habían

sido súbditos de los medos antes que dominasen los persas, y en la

actualidad obedecían a Ciro. Porque los límites que dividían el

imperio de los medos del de los lidios estaban en el río Halis; el

cual, bajando del monte Armenio, corre por la Cilicia, y desde allí va

dejando a los matienos a la derecha y a los frigios a la izquierda.

Después se encamina hacia el viento Bóreas, y pasa por entre los

siro-capadocios y los paflagonios, tocando a estos por la izquierda

y a aquellos por la derecha. De este modo el río Halis atraviesa y

separa casi todas las provincias del Asia inferior, desde el mar que

está enfrente de Chipre hasta el Ponto Euxino; pudiendo considerarse

este tramo de tierra como la cerviz de toda aquella región. Su longitud

puede regularse en cinco días de camino para un hombre sobremanera

diligente.

LXXIII. Marchó Creso contra la Capadocia deseoso de añadir a sus

dominios aquel feraz terreno, y más todavía de vengarse de Ciro,

confiado en las promesas del oráculo. Su resentimiento dimanaba de que

Ciro tenía prisionero a Astiages, pariente de Creso, después de haberle

vencido en batalla campal. Este parentesco de Creso con Astiages fue

contraído del modo siguiente:[40]

Una partida de escitas pastores, con motivo de una sedición doméstica,

se refugió al territorio de los medos en tiempo que reinaba Ciaxares,

hijo de Fraortes y nieto de Deyoces. Este monarca los recibió al

principio benignamente y como a unos infelices que se acogían a su

protección; y en prueba del aprecio que de ellos hacía, les confió

ciertos mancebos para que aprendiesen su lengua y el manejo del

arco. Pasado algún tiempo, como ellos fuesen a menudo a cazar, y

siempre volviesen con alguna presa, un día quiso la mala suerte que

no trajesen nada. Vueltos así con las manos vacías, Ciaxares, que no

sabía reportarse en los ímpetus de la ira, los recibió ásperamente y

los llenó de insultos. Ellos, que no creían haber merecido semejante

ultraje, determinaron vengarse de él, haciendo pedazos a uno de los

jóvenes sus discípulos; al cual, guisado del mismo modo que solían

guisar la caza, se le dieron a comer a Ciaxares y a sus convidados, y

al punto huyeron con toda diligencia a Sardes, ofreciéndose al servicio

de Aliates.

LXXIV. De este principio, no queriendo después Aliates entregar

los escitas a pesar de las reclamaciones de Ciaxares, se originó

entre lidios y medos una guerra que duró cinco años, en cuyo tiempo

la victoria se declaró alternativamente por unos y otros. En las

diferentes batallas que se dieron, hubo una nocturna en el año sexto

de la guerra que ambas naciones proseguían con igual suceso, porque

en medio de la batalla misma se les convirtió el día repentinamente

en noche; mutación que Tales Milesio había predicho a los jonios,

fijando el término de ella en aquel año mismo en que sucedió.[41]

Entonces lidios y medos, viendo el día convertido en noche, no solo

dejaron la batalla comenzada, sino que tanto los unos como los otros

se apresuraron a poner fin a sus discordias con un tratado de paz.

Los intérpretes y medianeros de esta pacificación fueron Siénesis[42]

el cilicio, y Labineto el babilonio;[43] los cuales, no solo les

negociaron la reconciliación mutua, sino que aseguraron la paz,

uniéndolos con el vínculo del matrimonio; pues ajustaron que Aliates

diese su hija Arienis por mujer a Astiages, hijo de Ciaxares. Entre

estas naciones las ceremonias solemnes de la confederación vienen a

ser las mismas que entre los griegos, y solo tienen de particular que,

haciéndose en los brazos una ligera incisión, se lamen mutuamente la

sangre.

LXXV. Astiages, como he dicho, fue a quien Ciro venció, y por más

que era su abuelo materno, le tuvo prisionero por los motivos que

significaré después a su tiempo y lugar. Irritado Creso contra el

proceder de Ciro, envió primero a saber de los oráculos si sería bien

emprender la guerra contra los persas; y persuadido de que la respuesta

capciosa que le dieron era favorable a sus intentos, emprendió después

aquella expedición contra una provincia persa.

Luego que llegó Creso al río Halis, pasó su ejército por los puentes

que, según mi opinión, allí mismo había, a pesar de que los griegos

refieren que fue Tales Milesio quien le facilitó el modo de pasarle,

porque dicen que no sabiendo Creso cómo haría para que pasasen sus

tropas a la otra parte del río, por no existir entonces los puentes

que hay ahora, Tales, qué se hallaba en el campo, le dio un expediente

para que el río que corría a la siniestra del ejército corriese también

a la derecha. Dicen que por más arriba de los reales hizo abrir un

cauce profundo, que en forma de semicírculo cogiese al ejército por

las espaldas, y que así extrajo una parte del agua, y volvió a

introducirla en el río por más abajo del campo, con lo cual, formándose

dos corrientes, quedaron ambas igualmente vadeables; y aun quieren

algunos que la madre antigua quedase del todo seca, con lo que yo no me

conformo, porque entonces ¿cómo hubieran podido repasar el río cuando

estuviesen de vuelta?

LXXVI. Habiendo Creso pasado el Halis con sus tropas, llegó a una

comarca de Capadocia llamada Pteria, que es la parte más fuerte y

segura de todo el país, cerca de Sínope, ciudad situada casi en

la costa del Ponto Euxino. Establecido allí su ejército, taló los

campos de los sirios, tomó la ciudad de los pterianos, a quienes hizo

esclavos, y asimismo otras de su contorno, quitando la libertad y los

bienes a los sirios, que en nada le habían agraviado. Entretanto, Ciro,

habiendo reunido sus fuerzas y tomado después todas las tropas de

las provincias intermedias, venía marchando contra Creso; y antes de

emprender género alguno de ofensa, envió sus heraldos a los jonios para

ver si los podría separar de la obediencia del monarca lidio; en lo

cual no quisieron ellos consentir. Marchó entonces contra el enemigo,

y provocándose mutuamente luego que llegaron a verse, envistiéronse

en Pteria los dos ejércitos y se trabó una acción general en la que

cayeron muchos de una y otra parte, hasta que por último los separó la

noche sin declararse por ninguno la victoria. Tanto fue el valor con

que entrambos pelearon.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 3 / 38 段