Solón se partiese de su patria y fuese a visitar al rey Amasis en
Egipto, y al rey Creso en Sardes. Este último le hospedó en su palacio,
y al tercer o cuarto día de su llegada dio orden a los cortesanos para
que mostrasen al nuevo huésped todas las riquezas y preciosidades que
se encontraban en su tesoro. Luego que todas las hubo visto y observado
prolijamente por el tiempo que quiso, le dirigió Creso este discurso:
«Ateniense, a quien de veras aprecio, y cuyo nombre ilustre tengo bien
conocido por la fama de tu sabiduría y ciencia política, y por lo
mucho que has visto y observado con la mayor diligencia, respóndeme,
caro Solón, a la pregunta que voy a dirigirte: entre tantos hombres,
¿has visto alguno hasta de ahora completamente dichoso?». Creso hacía
esta pregunta porque se creía el más afortunado del mundo. Pero Solón,
enemigo de la lisonja, y que solamente conocía el lenguaje de la
verdad, le respondió: «Sí, señor, he visto a un hombre feliz en Telo
el ateniense». Admirado el rey, insta de nuevo: «¿Y por qué motivo
juzgas a Telo el más venturoso de todos?». «Por dos razones, señor, le
responde Solón; la una, porque floreciendo su patria, vio prosperar a
sus hijos, todos hombres de bien, y crecer a sus nietos en medio de la
más risueña perspectiva; y la otra, porque gozando en el mundo de una
dicha envidiable, le cupo la muerte más gloriosa, cuando en la batalla
de Eleusis, que dieron los atenienses contra los fronterizos, ayudando
a los suyos y poniendo en fuga a los enemigos, murió en el lecho del
honor con las armas victoriosas en la mano, mereciendo que la patria le
distinguiese con una sepultura pública en el mismo sitio en que había
muerto».
XXXI. Excitada la curiosidad de Creso por este discurso de Solón, le
preguntó nuevamente a quién consideraba después de Telo el segundo
entre los felices, no dudando que al menos este lugar le sería
adjudicado. Pero Solón le respondió: «A dos argivos, llamados Cleobis y
Bitón. Ambos gozaban en su patria una decente medianía, y eran además
hombres robustos y valientes, que habían obtenido coronas en los
juegos y fiestas públicas de los atletas. También se refiere de ellos,
que, como en una fiesta que los argivos hacían a Hera fuese ceremonia
legítima el que su madre[26] hubiese de ser llevada al templo en un
carro tirado de bueyes, y estos no hubiesen llegado del campo a la
hora precisa, los dos mancebos, no pudiendo esperar más, pusieron bajo
del yugo sus mismos cuellos, y arrastraron el carro en que su madre
venía sentada, por el espacio de cuarenta y cinco estadios, hasta que
llegaron al templo con ella.
»Habiendo dado al pueblo que a la fiesta concurría este tierno
espectáculo, les sobrevino el término de su carrera del modo más
apetecible y más digno de envidia; queriendo mostrar en ellos el cielo
que a los hombres a veces les conviene más morir que vivir. Porque
como los ciudadanos de Argos, rodeando a los dos jóvenes celebrasen
encarecidamente su resolución, y las ciudadanas llamasen dichosa la
madre que les había dado el ser, ella muy complacida por aquel ejemplo
de piedad filial, y muy ufana con los aplausos, pidió a la diosa Hera
delante de su estatua que se dignase conceder a sus hijos Cleobis y
Bitón, en premio de haberla honrado tanto, la mayor gracia que ningún
mortal hubiese jamás recibido. Hecha esta súplica, asistieron los dos
al sacrificio y al espléndido banquete, y después se fueron a dormir en
el mismo lugar sagrado, donde les cogió un sueño tan profundo que nunca
más despertaron de él. Los argivos honraron su memoria y dedicaron sus
retratos en Delfos, considerándolos como a unos varones esclarecidos».
XXXII. A estos daba Solón el segundo lugar entre los felices; oyendo lo
cual Creso, exclamó conmovido: «¿Conque apreciáis en tan poco, amigo
ateniense, la prosperidad que disfruto, que ni siquiera me contáis por
feliz al lado de esos hombres vulgares?». «¿Y a mí, replicó Solón,
me hacéis esa pregunta, a mi, que sé muy bien cuán envidiosa es la
fortuna, y cuán amiga es de trastornar los hombres? Al cabo de largo
tiempo puede suceder fácilmente que uno vea lo que no quisiera, y sufra
lo que no temía.
»Supongamos setenta años el término de la vida humana. La suma de sus
días será de venticinco mil y doscientos, sin entrar en ella ningún mes
intercalar. Pero si uno quiere añadir un mes[27] cada dos años, con
la mira de que las estaciones vengan a su debido tiempo, resultarán
treinta y cinco meses intercalares, y por ellos mil y cincuenta días
más. Pues en todos estos días de que constan los setenta años, y que
ascienden al número de veintiséis mil doscientos y cincuenta, no se
hallará uno solo que por la identidad de sucesos sea enteramente
parecido a otro. La vida del hombre, ¡oh Creso!, es una serie de
calamidades. En el día sois un monarca poderoso y rico, a quien
obedecen muchos pueblos; pero no me atrevo a daros aún ese nombre
que ambicionáis, hasta que no sepa cómo habéis terminado el curso de
vuestra vida. Un hombre por ser muy rico no es más feliz que otro que
solo cuenta con la subsistencia diaria, si la fortuna no le concede
disfrutar hasta el fin de su primera dicha. ¿Y cuántos infelices
vemos entre los hombres opulentos, al paso que muchos con un moderado
patrimonio gozan de la felicidad?
»El que siendo muy rico es infeliz, en dos cosas aventaja solamente al
que es feliz, pero no rico. Puede, en primer lugar, satisfacer todos
sus antojos; y en segundo, tiene recursos para hacer frente a los
contratiempos. Pero el otro le aventaja en muchas cosas; pues además de
que su fortuna le preserva de aquellos males, disfruta de buena salud,
no sabe qué son trabajos, tiene hijos honrados en quienes se goza, y se
halla dotado de una hermosa presencia. Si a esto se añade que termine
bien su carrera, ved aquí el hombre feliz que buscáis; pero antes que
uno llegue al fin, conviene suspender el juicio y no llamarle feliz.
Désele entretanto, si se quiere, el nombre de afortunado.
»Pero es imposible que ningún mortal reúna todos estos bienes; porque
así como ningún país produce cuanto necesita, abundando de unas cosas
y careciendo de otras, y teniéndose por mejor aquel que da más de su
cosecha, del mismo modo no hay hombre alguno que de todo lo bueno se
halle provisto; y cualquiera que constantemente hubiese reunido mayor
parte de aquellos bienes, si después lograre una muerte plácida y
agradable, este, señor, es para mí quien merece con justicia el nombre
de dichoso. En suma, es menester contar siempre con el fin; pues hemos
visto frecuentemente desmoronarse la fortuna de los hombres a quienes
Dios había ensalzado más».
XXXIII. Este discurso, sin mezcla de adulación ni de cortesanos
miramientos, desagradó a Creso, el cual despidió a Solón, teniéndole
por un ignorante que, sin hacer caso de los bienes presentes, fijaba la
felicidad en el término de las cosas.
XXXIV. Después de la partida de Solón, la venganza del cielo se dejó
sentir sobre Creso, en castigo, a lo que parece, de su orgullo por
haberse creído el más dichoso de los mortales. Durmiendo una noche le
asaltó un sueño en que se le presentaron las desgracias que amenazaban
a su hijo. De dos que tenía, el uno era sordo y lisiado; y el otro,
llamado Atis, el más sobresaliente de los jóvenes de su edad. Este
perecería traspasado con una punta de hierro si el sueño se verificaba.
Cuando Creso despertó se puso lleno de horror a meditar sobre él, y
desde luego hizo casar a su hijo y no volvió a encargarle el mando de
sus tropas, a pesar de que antes era el que solía conducir los lidios
al combate; ordenando además que los dardos, lanzas y cuantas armas
sirven para la guerra, se retirasen de las habitaciones destinadas a
los hombres, y se llevasen a los cuartos de las mujeres, no fuese que
permaneciendo allí colgadas pudiese alguna caer sobre su hijo.
XXXV. Mientras Creso disponía las bodas, llegó a Sardes un frigio de
sangre real, que había tenido la desgracia de ensangrentar sus manos
con un homicidio involuntario. Puesto en la presencia del rey, le pidió
se dignase purificarle de aquella mancha, lo que ejecutó Creso según
los ritos del país, que en esta clase de expansiones son muy parecidos
a los de la Grecia. Concluida la ceremonia, y deseoso de saber quién
era y de dónde venía, le habló así: «¿Quién eres, desgraciado?, ¿de
qué parte de Frigia[28] vienes?, ¿y a qué hombre o mujer has quitado
la vida?». «Soy, respondió el extranjero, hijo de Midas, y nieto de
Gordias: me llamo Adrasto; maté sin querer a un hermano mío, y arrojado
de la casa paterna, falto de todo auxilio, vengo a refugiarme a la
vuestra». «Bien venido seas, le dijo Creso, pues eres de una familia
amiga, y aquí nada te faltará. Sufre la calamidad con buen ánimo, y te
será más llevadera». Adrasto se quedó hospedado en el palacio de Creso.
XXXVI. Por el mismo tiempo un jabalí enorme del monte Olimpo devastaba
los campos de los misios; los cuales, tratando de perseguirle, en vez
de causarle daño lo recibían de él nuevamente. Por último, enviaron
sus diputados a Creso, rogándole que les diese al príncipe su hijo con
algunos mozos escogidos y perros de caza para matar aquella fiera.
Creso, renovando la memoria del sueño, les respondió: «Con mi hijo
no contéis, porque es novio y no quiero distraerle de los cuidados
que ahora le ocupan; os daré, sí, todos mis cazadores con sus perros,
encargándoles hagan con vosotros los mayores esfuerzos para ahuyentar
de vuestro país el formidable jabalí».
XXXVII. Poco satisfechos quedaron los misios con esta respuesta,
cuando llegó el hijo de Creso, e informado de todo, habló a su padre
en estos términos: «En otro tiempo, padre mío, la guerra y la caza
me presentaban honrosas y brillantes ocasiones donde acreditar mi
valor; pero ahora me tenéis separado de ambos ejercicios, sin haber
dado yo muestras de flojedad ni de cobardía. ¿Con qué cara me dejaré
ver en la corte de aquí en adelante al ir y volver del foro y de las
concurrencias públicas? ¿En qué concepto me tendrán los ciudadanos?
¿Qué pensará de mí la esposa con quien acabo de unir mi destino?
Permitidme, pues, que asista a la caza proyectada, o decidme por qué
razón no me conviene ir a ella».
XXXVIII. «Yo, hijo mío, respondió Creso, no he tomado estas medidas
por haber visto en ti cobardía, ni otra cosa que pudiese desagradarme.
Un sueño me anuncia que morirás en breve traspasado por una punta de
hierro. Por esto aceleré tus bodas, y no te permito ahora ir a la caza
por ver si logro, mientras viva, libertarte de aquel funesto presagio.
No tengo más hijo que tú, pues el otro, sordo y estropeado, es como si
no le tuviera».
XXIX. «Es justo, replicó el joven, que se os disimule vuestro temor y
la custodia en que me habéis tenido después de un sueño tan aciago;
mas, permitidme, señor, que os interprete la visión, ya que parece no
la habéis comprendido. Si me amenaza una punta de hierro, ¿qué puedo
temer de los dientes y garras de un jabalí? Y puesto que no vamos a
lidiar con hombres, no pongáis obstáculo a mi marcha».
XL. «Veo, dijo Creso, que me aventajas en la inteligencia de los
sueños. Convencido de tus razones, mudo de dictamen y te doy permiso
para que vayas a caza».
XLI. En seguida llamó a Adrasto, y le dijo: «No pretendo, amigo mío,
echarte en cara tu desventura: bien sé que no eres ingrato. Recuérdote
solamente que me debes tu expiación, y que hospedado en mi palacio
te proveo de cuanto necesitas. Ahora en cambio exijo de ti que te
encargues de la custodia de mi hijo en esta cacería, no sea que en
el camino salgan ladrones a dañaros. A ti, además, te conviene una
expedición en que podrás acreditar el valor heredado de tus mayores y
la fuerza de tu brazo».
XLII. «Nunca, señor, respondió Adrasto, entraría de buen grado en esta
que pudiendo llamarse partida de diversión desdice del miserable estado
en que me veo, y por eso heme abstenido hasta de frecuentar la sociedad
de los jóvenes afortunados; pero agradecido a vuestros beneficios,
y debiendo corresponder a ellos, estoy pronto a ejecutar lo que me
mandáis, y quedad seguro que desempeñaré con todo esmero la custodia de
vuestro hijo, para que torne sano y salvo a vuestra casa».
XLIII. Dichas estas palabras, parten los jóvenes, acompañados de
una tropa escogida y provistos de perros de caza. Llegados a las
sierras del Olimpo, buscan la fiera, la levantan y rodean, y disparan
contra ella una lluvia de dardos. En medio de la confusión, quiere la
fortuna ciega que el huésped purificado por Creso de su homicidio,
el desgraciado Adrasto, disparando un dardo contra el jabalí, en
vez de dar en la fiera, dé en el hijo mismo de su bienhechor, en el
príncipe infeliz que, traspasado con aquella punta, cumple muriendo la
predicción del sueño de su padre. Al momento despachan un correo para
Creso con la nueva de lo acaecido, el cual, llegado a Sardes, dale
cuenta del choque y de la infausta muerte de su hijo.
XLIV. Túrbase Creso al oír la noticia, y se lamenta particularmente
de que haya sido el matador de su hijo aquel cuyo homicidio había él
expiado. En el arrebato de su dolor invoca al dios de la expiación, al
dios de la hospitalidad, al dios que preside a las íntimas amistades,
nombrando con estos títulos a Zeus, y poniéndole por testigo de la paga
atroz que recibe de aquel cuyas manos ensangrentadas ha purificado, a
quien ha recibido como huésped bajo su mismo techo, y que escogido para
compañero y custodio de su hijo, se había mostrado su mayor enemigo.
XLV. Después de estos lamentos llegan los lidios con el cadáver, y
detrás el matador, el cual, puesto delante de Creso, le insta con las
manos extendidas para que le sacrifique sobre el cuerpo de su hijo,
renovando la memoria de su primera desventura, y diciendo que ya no
debe vivir, después de haber dado la muerte a su mismo expiador. Pero
Creso, a pesar del sentimiento y luto doméstico que le aflige, se
compadece de Adrasto y le habla en estos términos: «Ya tengo, amigo,
toda la venganza y desagravio que pudiera desear, en el hecho de
ofrecerte a morir tú mismo. Pero, ¡ah!, no es tuya la culpa, sino del
destino, y quizá de la deidad misma que me pronosticó en el sueño lo
que había de suceder».
Creso hizo los funerales de su hijo con la pompa correspondiente; y el
infeliz hijo de Midas y nieto de Gordias, el homicida involuntario de
su hermano y del hijo de su expiador, el fugitivo Adrasto, cuando vio
quieto y solitario el lugar del sepulcro, condenándose a sí mismo por
el más desdichado de los hombres, se degolló sobre el túmulo con sus
propias manos.
XLVI. Creso, privado de su hijo, cubriose de luto por dos años, al
cabo de los cuales, reflexionando que el imperio de Astiages, hijo de
Ciaxares, había sido destruido por Ciro, hijo de Cambises, y que el
poder de los persas iba creciendo de día en día, suspendió su llanto y
se puso a meditar sobre los medios de abatir la dominación persa, antes
que llegara a la mayor grandeza. Con esta idea quiso hacer prueba de la
verdad de los oráculos, tanto de la Grecia como de la Libia, y despachó
diferentes comisionados a Delfos, a Abas, lugar de los focidios, y a
Dodona, como también a los oráculos de Anfiarao y de Trofonio, y al
que hay en Bránquidas, en el territorio de Mileto. Estos fueron los
oráculos que consultó en la Grecia, y asimismo envió sus diputados
al templo de Amón en la Libia. Su objeto era explorar lo que cada
oráculo respondía, y si los hallaba conformes, consultarles después si
emprendería la guerra contra los persas.
XLVII. Antes de marchar, dio a sus comisionados estas instrucciones:
que llevasen bien la cuenta de los días, empezando desde el primero que
saliesen de Sardes; que al centésimo consultasen el oráculo en estos
términos: «¿En qué cosa se está ocupando en este momento el rey de los
lidios, Creso, hijo de Aliates?», y que tomándolas por escrito, le
trajesen la respuesta de cada oráculo. Nadie refiere lo que los demás
oráculos respondieron; pero en Delfos, luego que los lidios entraron en
el templo e hicieron la pregunta que se les había mandado, respondió la
Pitia con estos versos:
Sé del mar la medida, y de su arena
El número contar. No hay sordo alguno
A quien no entienda; y oigo al que no habla.
Percibo la fragancia que despide
La tortuga cocida en la vasija
De bronce, con la carne de cordero,
Teniendo bronce abajo, y bronce arriba.
XLVIII. Los lidios, tomando estos versos de la boca profética de la
Pitia, los pusieron por escrito, y volviéronse con ellos a Sardes.
Llegaban entretanto las respuestas de los otros oráculos, ninguna
de las cuales satisfizo a Creso. Pero cuando halló la de Delfos,
la recibió con veneración, persuadido de que allí solo residía un
verdadero numen, pues ningún otro sino él había dado con la verdad.
El caso era, que llegado el día prescrito a los comisionados para la
consulta de los dioses, discurrió Creso una ocupación que fuese difícil
de adivinar, y partiendo en varios pedazos una tortuga y un cordero, se
puso a cocerlos en una vasija de bronce, tapándola con una cobertera
del mismo metal.
XLIX. Esta ocupación era conforme a la respuesta de Delfos. La que dio
el oráculo de Anfiarao a los lidios que le consultaron sin faltar a
ninguna de las ceremonias usadas en aquel templo, no puedo decir cuál
fuera; y solo se refiere que por ella quedó persuadido Creso de que
también aquel oráculo gozaba del don de profecía.
L. Después de esto procuró Creso ganarse el favor de la deidad que
reside en Delfos, a fuerza de grandes sacrificios, pues por una parte
subieron hasta el número de tres mil las víctimas escogidas que allí
ofreció, y por otra mandó levantar una grande pira de lechos dorados y
plateados, de tazas de oro, de vestidos y túnicas de púrpura, y después
la pegó fuego; ordenando también a todos los lidios que cada uno se
esmerase en sus sacrificios cuanto les fuera posible. Hecho esto, mandó
derretir una gran cantidad de oro y fundir con ella unos como medios
ladrillos, de los cuales los más largos eran de seis palmos, y los más
cortos de tres, teniendo de grueso un palmo, todos componían el número
de ciento diecisiete. Entre ellos había cuatro de oro acrisolado,
que pesaba cada uno dos talentos y medio; los demás ladrillos[29] de
oro blanquecino eran del peso de dos talentos. Labró también de oro
refinado la efigie de un león, del peso de diez talentos. Este león,
que al principio se hallaba erigido sobre los medios ladrillos, cayó de
su basa cuando se quemó el templo de Delfos, y al presente se halla en
el tesoro de los corintios, pero con solo el peso de seis talentos y
medio, habiendo mermado tres y medio que el incendio consumió.
LI. Fabricados estos dones, envió Creso juntamente con ellos otros
regalos, que consistían en dos grandes tazas, la una de oro, y la
otra de plata. La de oro estaba a mano derecha, al entrar en el
templo, y la de plata a la izquierda; si bien ambas, después de
abrasado el templo, mudaron también de lugar; pues la de oro, que
pesa ocho talentos y medio y doce minas más, se guarda en el tesoro
de los clazomenios; y la de plata en un ángulo del portal al entrar
del templo; la cual, tiene de cabida seiscientos cántaros, y en ella
ameran los de Delfos el vino en la fiesta de la _Teofanía_. Dicen ser
obra de Teodoro Samio, y lo creo así; pues no me parece por su mérito
pieza de artífice común. Envió asimismo cuatro tinajas de plata,
depositadas actualmente en el tesoro de los de Corinto; y consagró
también dos aguamaniles, uno de oro y otro de plata. En el último se
ve grabada esta inscripción: _Don de los lacedemonios_; los cuales
dicen ser suya la dádiva; pero lo dicen sin razón, siendo una de las
ofrendas de Creso. La verdad es que cierto sujeto de Delfos, cuyo
nombre conozco, aunque no lo manifestaré, le puso aquella inscripción,
queriéndose congraciar con los lacedemonios. El niño por cuya mano sale
el agua sí que es don de los lacedemonios, no siéndolo ninguno de los
dos aguamaniles. Muchas otras dádivas envió Creso que nada tenían de
particular, entre ellas ciertos globos de plata fundida, y una estatua
de oro de una mujer, alta tres codos, que dicen los delfios ser la
panadera de Creso. Ofreció también el collar de oro y los cinturones de
su mujer.
LII. Informado Creso del valor de Anfiarao y de su desastrado fin,[30]
le ofreció un escudo, todo él de oro puro, y juntamente una lanza
de oro macizo, con el asta del mismo metal. Entrambas ofrendas se
conservan hoy en Tebas, guardadas en el templo de Apolo Ismenio.
LIII. Los lidios encargados de llevar a los templos estos dones,
recibieron orden de Creso para hacer a los oráculos la siguiente
pregunta: «Creso, monarca de los lidios y de otras naciones, bien
seguro de que son solos vuestros oráculos los que hay en el mundo
verídicos, os ofrece estas dádivas, debidas a vuestra divinidad y numen
profético, y os pregunta de nuevo, si será bien emprender la guerra
contra los persas, y juntar para ella algún ejército confederado».
Ambos oráculos convinieron en una misma respuesta, que fue la de
pronosticar a Creso, que si movía sus tropas contra los persas acabaría
con un grande imperio;[31] y le aconsejaron que, informado primero de
cuál pueblo entre los griegos fuese el más poderoso, hiciese con él un
tratado de alianza.
LIV. Sobremanera contento Creso con la respuesta, y envanecido con
la esperanza de arruinar el imperio de Ciro, envió nuevos diputados
a la ciudad de Delfos, y averiguado el número de sus moradores,
regaló a cada uno dos monedas o _estateres_ de oro.[32] En retorno
los delfios dieron a Creso y a los lidios la prerrogativa en las
consultas, la presidencia de las juntas, la inmunidad en las aduanas y
el derecho perpetuo de filiación a cualquier lidio que quisiere ser su
conciudadano.
LV. Tercera vez consultó Creso al oráculo, por hallarse bien persuadido
de su veracidad. La pregunta estaba reducida a saber si sería largo su
reinado, a la cual respondió la Pitia de este modo:
Cuando el rey de los medos fuere un mulo,
Huye entonces al Hermo pedregoso,
Oh lidio delicado; y no te quedes
A mostrarte cobarde y sin vergüenza.
LVI. Cuando estos versos llegaron a noticia de Creso, holgose más con
ellos que con los otros, persuadido de que nunca por un hombre reinaría
entre los medos un mulo, y que por lo mismo ni él ni sus descendientes
dejarían jamás de mantenerse en el trono. Pasó después a averiguar con
mucho esmero quiénes de entre los griegos fuesen los más poderosos, a
fin de hacerlos sus amigos, y por los informes halló que sobresalían
particularmente los lacedemonios y los atenienses, aquellos entre los
dorios, y estos entre los jonios.
Aquí debo prevenir que antiguamente dos eran las naciones más
distinguidas en aquella región, la pelásgica y la helénica; de las
cuales la una jamás salió de su tierra, y la otra mudó de asiento muy a
menudo.[33] En tiempo de su rey Deucalión habitaba en la Ftiótide, y en
tiempo de Doro el hijo de Helén, ocupaba la región Histiótide, que está
al pie de los montes Osa y Olimpo. Arrojados después por los cadmeos
de la Histiótide, establecieron su morada en Pindo, y se llamó con el
nombre de Macedno. Desde allí pasó a la Driópide, y viniendo por fin al
Peloponeso, se llamó la gente dórica.