III. Refieren además, que en la segunda edad[13] que siguió

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con

las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* También se han modernizado los nombres propios de personas

y lugares, y los gentilicios.

* No se han modernizado, sin embargo, los restantes términos ni la

sintaxis utilizada por el traductor, propia del siglo XVIII.

* Los nombres de los dioses no aparecen con la denominación latina,

utilizada por el traductor, sino con la griega, como hizo el autor.

Es decir, Venus y Hércules aparecen como Afrodita y Heracles.

* El gentilicio «focense» se ha transcrito como «foceo» para aludir a

los habitantes de la ciudad jonia de Focea; para los de la región

continental de la Fócide se utiliza «focidio».

* Se han retirado las rayas intrapárrafos que indican diálogo,

manteniéndose las comillas.

* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final

del tomo.

* En el libro III, capítulo XCV: Las cifras que aparecen han sido

tomadas del original griego disponible en el sitio web del proyecto

Perseus. Las cifras que aparecen impresas en la traducción son

difíciles de cuadrar entre sí.

* En el libro IV, capítulo LXXXVI: Todas las distancias que aparecen

han sido tomadas del original griego en Perseus y no reflejan las

de la traducción impresa por inconherentes.

LOS NUEVE LIBROS DE HERÓDOTO.

BIBLIOTECA CLÁSICA.

Doce reales cada tomo en toda España.

OBRAS PUBLICADAS.

Tomos.

HOMERO.—_La Ilíada_, traducción directa del griego en verso y con

notas de D. José Gómez Hermosilla 3

CERVANTES.—_Novelas ejemplares y viaje del Parnaso_ 2

HERÓDOTO.—_Los nueve libros de la historia_, traducción directa del

griego, del padre Bartolomé Pou 2

ALCALÁ GALIANO.—_Recuerdos de un anciano_ 1

VIRGILIO.

— _La Eneida_, traducción directa del latín, en verso y con notas

de D. Miguel Antonio Caro 2

— _Las églogas_, traducción en verso, de Hidalgo.—_Las geórgicas_,

traducción en verso, de Caro; ambas traducciones directas del latín,

con un estudio del Sr. Menéndez Pelayo 1

MACAULAY.

— _Estudios literarios_ 1

— _Estudios históricos_ 1

— _Estudios políticos_ 1

— _Estudios biográficos_ 1

— _Estudios críticos_ 1

Traducción directa del inglés de M. Juderías Bender.

QUINTANA.—_Vidas de españoles célebres_ 2

CICERÓN.—_Tratados didácticos de la elocuencia_, traducción directa

del latín de D. Marcelino Menéndez Pelayo 2

SALUSTIO.—_Conjuración de Catilina_.—_Guerra de Jugurta_,

traducción del infante D. Gabriel.—_Fragmentos de la grande

historia_, traducción del Sr. Menéndez Pelayo, ambas directas del

latín 1

TÁCITO.—_Los anales_, traducción directa del latín de don Carlos

Coloma 2

PLUTARCO.—_Las vidas paralelas_, traducción directa del griego por

D. Antonio Ranz Romanillos 5

ARISTÓFANES.—_Teatro completo_, traducción directa del griego por D.

Federico Baráibar 1

POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS.— (_Teócrito, Bion y Mosco_). Traducción

directa del griego, en verso, por el Ilmo. Sr. D. Ignacio Montes de

Oca, Obispo de Linares (Méjico) 1

MANZONI.—_Los Novios_, traducción de D. Juan Nicasio Gallego 1

LOS NUEVE LIBROS

DE LA HISTORIA

DE

HERÓDOTO DE HALICARNASO

TRADUCIDA DEL GRIEGO AL CASTELLANO

POR

EL P. BARTOLOMÉ POU

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

TOMO I

MADRID

IMPRENTA CENTRAL A CARGO DE VÍCTOR SAIZ

Colegiata, núm. 6

1878

PRÓLOGO DEL TRADUCTOR.

Nació Heródoto[1] de una familia noble en el año primero de la

Olimpiada 74, o sea en el de 3462 del mundo, en Halicarnaso, colonia

dórica fundada por los argivos en la Caria. Llamábase Lixes su padre,

y su madre Drío, y ambos sin duda confiaron su educación a maestros

hábiles, si hemos de juzgar por los efectos. Desde su primera juventud,

abandonando Heródoto su patria por no verla oprimida por el tirano

Lígdamis, pasó a vivir a Samos, donde pensó perfeccionarse en el

dialecto jónico con la mira acaso de publicar en aquel idioma una

historia. A este designio debiole de animar el buen gusto e ilustración

que reinaban en la Grecia asiática o Asia menor, mucho más adelantada

entonces en las artes que la Grecia de Europa, no menos que el ejemplo

de otros historiadores así griegos como bárbaros: Helánico el Milesio y

Caronte de Lámpsaco habían publicado ya sus historias pérsicas, Janto

la de Lidia, y Hecateo Milesio la del Asia.

Nuestro Heródoto, primero viajante que historiador, quiso ver por sus

mismos ojos los lugares que habían sido teatro de las acciones que

él pensaba publicar. Recorrió en el Asia la Siria y la Palestina, y

algunas expresiones suyas dan a entender que llegó a Babilonia: en

África atravesó todo el Egipto hasta la misma Cirene, ignorándose si

llegó a Cartago; pero donde más provincias recorrió fue en Europa,

viajando por la Grecia, por el Epiro, por la Macedonia, por la Tracia,

y por la Escitia, y finalmente fue a Italia o _Magna Grecia_, formando

parte de la colonia que entonces enviaron a Turio los atenienses. En

esta nueva población parece que acabó el curso de sus viajes y de sus

días; si bien hay quien cree que murió en Pella de Macedonia y cuál

en Atenas, pues no constan claramente ni el lugar ni el año de su

fallecimiento.

Acerca del tiempo y lugar en que compuso la historia que publicó por

sí mismo, parece lo más verosímil que después de algunos viajes,

restituido a Samos, empezó allí a poner en orden sus noticias, bien

que no las publicó por entonces. De Samos dio la vuelta a su patria,

donde contribuyó a que de ella fuese expelido el tirano Lígdamis;

pero viéndola después sumida en la anarquía y entregada al furor de

las facciones, regresó a Grecia. Allí por primera vez, en el concurso

solemne de los juegos olímpicos de la Olimpiada 81, recitó sus escritos

que había traído compuestos de la Caria. La lectura de las _Musas_ de

Heródoto, a que asistía Tucídides, muy mozo todavía, al lado de su

padre Oloro, hizo tanta impresión en aquel joven codicioso de gloria,

que se le saltaron las lágrimas; lo que advirtiendo Heródoto, dijo a

Oloro: «El genio de tu hijo, nacido para las letras, exige que en ellas

le instruyas».

Segunda vez leyó su historia en Atenas en presencia de un numeroso

pueblo reunido para las fiestas Panateneas, corriendo ya el tercer año

de la Olimpiada 83. Refiere Dion Crisóstomo que la leyó por tercera

vez en Corinto, que no habiendo obtenido la recompensa que esperaba de

Adimanto y demás corintios, borró de su obra los elogios que de ellos

hacía; mas nada hay que pruebe que esto sea sino un chisme malicioso.

Sin duda Heródoto limó posteriormente sus escritos, y añadió nuevas

noticias, pues refiere sucesos posteriores a su última retirada a

Turio, cuales son la invasión de los tebanos contra los de Platea,

la embajada de los espartanos vendidos por Sitalces, y la retirada

de Zópiro a Atenas al fin del libro VII. Algunos suponen que esta

historia no ha llegado a nosotros entera, mas ninguna prueba hay

que haga suponer en ella vacío alguno: lo único que se sabe es que

escribió al parecer por separado un libro de los _Hechos líbicos_ y de

los _Asirios_, a los cuales frecuentemente se refiere, y que existían

todavía en tiempo de Aristóteles, que impugnó en parte estos últimos.

Otros le atribuyen obras que no son suyas, y entre ellas la vida de

Homero, engañados acaso por la semejanza del nombre de los autores,

como Herodoro, Herodiano.

Pasando al juicio de esta obra, las prendas, en nuestro concepto,

superan en mucho a los defectos, resaltando entre aquellas: 1.º, un

estudio diligente en averiguar los hechos, y esto en un tiempo de

ignorancia, tan escaso en monumentos, sin ninguno de los recursos que

hoy tenemos tan a mano; 2.º, un juicio exacto y filosófico en dar

clara y distintamente los motivos de los sucesos que va refiriendo,

y una crítica continua en separar lo que aprueba por verdadero de lo

que refiere solo por haberlo oído, y no pocas veces desecha por falso;

3.º, una prudente parsimonia en no amontonar máximas y reflexiones

morales, dejando su curso a los hechos; 4.º, un estilo fluido, claro,

vario y ameno, sin afectar las exquisitas figuras con que rizaban ya

sus discursos los oradores, ni lo áspero, pesado y sentencioso de los

filósofos. Los razonamientos que pone en boca de sus personajes son tan

dramáticos, variados y propios de la situación, que nadie a mi ver se

atreverá a tacharlos de difusos.

A tres se reducen los defectos de que es tachado Heródoto: 1.º, alguna

sobrada malignidad, de la cual habla de propósito Plutarco, a veces

con razón, a veces incurriendo en el vicio mismo que reprende; 2.º,

mucha superstición, culpa de que no es posible excusarle sino por la

naturaleza de los tiempos en que vivió, y por el deseo de captarse el

aplauso público halagando las creencias populares, y sin embargo se

muestra en algunos pasajes bastante atrevido para arrostrarlas; 3.º,

falta de ritmo y armonía en su estilo, vicio de que le acusa Cicerón

(_Orat._, c. LV), y de que le vindican Dionisio de Halicarnaso,

Quintiliano y Luciano. Yo por mi parte opino con el primero, y me

ofende no poco aquella recapitulación que nos hace de cada suceso, por

más breve que sea.

Añadiré una reseña de los códices manuscritos de que se han servido los

editores de Heródoto, especialmente Wesseling. — Los venecianos, de los

que se valió Aldo Manucio para la primera edición griega publicada en

Venecia, año 1502. — Los ingleses, uno del arzobispado de Canterbury,

y otro del colegio de Eton. — El de Médicis. — Tres parisienses de la

Biblioteca Real.— Los de la Biblioteca de Viena, los de Oxford, y el

del cardenal Passionei.

Las ediciones de Heródoto llegadas a mi noticia son las siguientes:

— La versión latina de Valla en Venecia, año 1474. — La latina de

Pedro Fénix, París 1510. — La latina de Conrado Heresbach en 1537,

en la cual se suplió lo que faltaba en la primera de Valla. — La

griega de Manucio, Venecia 1502. — La griega de Hervasio, Basilea

1541, y otra en 1557. — La greco-latina de Henrique Stefano 1570, y

otra del mismo en 1592 corrigiendo la de Valla. — La greco-latina de

Jungermann, Francfort 1608, reimpresión aumentada de la anterior.

— La greco-latina de Tomás Gale, Londres 1689. — La greco-latina de

Gronovio, Leiden 1715. — La greco-latina de Glascua, 1716, hermosa en

extremo. — La greco-latina de Pedro Wesseling, Ámsterdam 1763, con

muchas variantes y notas, por cuyo texto griego me he regido en esta

traducción.

Las versiones en romance de que tengo conocimiento son la italiana

del Boyardo en Venecia en 1553, otra italiana del Becelli en Verona

en 1733, y una francesa de Pedro Du Ryer, todas a decir verdad de muy

corto mérito. Veremos si será más afortunado M. L’Archer en la nueva

traducción francesa de Heródoto, que según noticias está trabajando.

Mi ánimo al principio era dar un Heródoto greco-hispano en la imprenta

de Bodini en Parma, pero la prohibición de introducir en España libros

españoles impresos fuera de ella, y el consejo de D. Nicolás de Azara,

agente en Roma por S. M. C., me retrajeron de mi determinación. Mucho

sería de desear que algún aficionado a Heródoto reimprimiera el texto

griego, libre de tanto comentario, variantes y notas con que han ido

sobrecargándole gramáticos y expositores, pues lejos de darle nueva

belleza y claridad, no producen sino confusión.

NOTICIA SOBRE EL TRADUCTOR.

Uno de los hombres más eruditos que España tuvo en el pasado siglo fue

el P. Bartolomé Pou, nacido a 21 de junio de 1727 en Algaida, pueblo de

Mallorca, de una familia de labradores acomodados. Fue dedicado, sin

embargo, por sus padres en los primeros años al cultivo del campo, y

en tal estado viole un día D. Antonio Sequí, canónigo de la catedral

de aquella diócesis, gobernando con una mano el arado y sosteniendo

con la otra la gramática latina de Semperio: conoció que aquel joven

había nacido para las letras, y le condujo a Palma, donde le mantuvo

en su casa y cuidó de su primera educación, que fue encomendada a

los jesuitas de Palma, en su colegio titulado de Monte-Sion. A 25 de

junio de 1746, a los 19 años de su edad, vistió Pou la sotana en el

noviciado de Tarragona, donde repitió las lecciones de retórica y

filosofía, y empezó a dedicarse con ardor a las ciencias sagradas y

lenguas sabias. Tenaz en el trabajo y dotado de gran memoria, poseía

profundamente la historia eclesiástica y civil, y con suma facilidad

recitaba trozos de las obras de los Padres de la Iglesia. En Zaragoza

enseñó idiomas, promoviendo, con especialidad en toda la provincia

de Aragón, el estudio de la lengua griega y el gusto por las bellezas

de su literatura, y defendió conclusiones en extremo aplaudidas por

los inteligentes. Su erudición y buen gusto en las bellas letras

movieron a sus superiores a encargarle la reforma de los estudios de

latinidad en los colegios de Aragón; y sucesivamente enseñó retórica

en Tarragona, filosofía en Calatayud, y griego en la universidad de

Cervera. En Calatayud fue donde principalmente se dio a conocer con

sus famosas _Theses Bilbilitanæ_, en las cuales con vasta erudición y

muy castizo latín vertió las doctrinas de la antigüedad, y se puso al

nivel de cuanto se sabía entonces de más escogido y profundo en los

estudios históricos de filosofía. Sobresalió particularmente en los

idiomas griego y latino, para lo cual basta decir que descolló entre

los hombres más célebres que tuvo la Compañía en el siglo pasado: su

reputación de helenista fue sostenida siempre en las capitales más

cultas de Europa por la rara inteligencia con que explicaba los pasajes

más oscuros de los cómicos y trágicos griegos, y de la cual es el

más sólido y glorioso monumento la importante obra que damos a luz.

Expulsados de España los jesuitas en 1767, continuó Pou durante algún

tiempo en el asilo que le dio Italia sus lecciones de griego y latín

para los jóvenes alumnos de la Compañía, y enseñó después la lengua

griega con aprobación de la corte de España en el colegio mayor de San

Clemente de Bolonia. Más adelante, a instancia del cardenal mallorquín

D. Antonio Despuig, entonces auditor de la Rota, pasó a Roma, donde por

sus conocimientos en antigüedades era consultado frecuentemente para

descifrar inscripciones y medallas, y donde le honraron con su amistad

y compadecieron su desgracia los sabios nacionales y extranjeros.

Cuando en 1797 el Sr. D. Carlos IV dio permiso a los jesuitas españoles

para volver a su patria, Pou regresó a Mallorca, viviendo en la

capital, donde disfrutó desde 1799 de una doble pensión anual concedida

por el rey; hasta que, excitada de nuevo la atención del Gobierno

contra los restos de la Compañía por causas ignoradas, fue a retirarse

en Algaida, pueblo de su nacimiento, y allí murió cristianamente el

Sábado Santo 17 de abril de 1802. D. Antonio Roig, cura párroco de

Felanitx, su apasionado amigo y discípulo, le puso este epitafio:

HEIC SITUS EST

BARTHOLOMÆUS POU ALGAYDENSIS

E S. J. QUONDAM SACERDOS

GRÆCE LATINE QUE DOCTISSIMUS

RHETOR, POETA, CRITICUS, HISTORICUS, PHILOSOPHUS, THEOLOGUS,

AB ACERRIMO INGENIO MULTIPLICI ERUDITIONE

LIBRIS IN VULGUS EDITIS

FAMA VEL APUD EXTEROS MAGNUS

MORUM INTEGRITATE, CATHOLICÆ DOCTRINÆ VINDICANDÆ ARDORE,

SOLIDARUM VIRTUTUM EXEMPLIS

LONGE MAJOR.

VIXIT AN. LXXIV. MENS. IX. DIES XXV

OBIIT XV CAL. MAJ. AN. A C. N. MDCCCII

AMICI MŒRENTES POSUERE.

Nada de exageración ni de pompa en este elogio: el padre Pou fue de

natural tan candoroso y de tan arregladas costumbres, como de talento

perspicaz y de vastísima instrucción. Dispuesto siempre a coadyuvar

y fomentar los estudios de otros, corrigió, mudó, añadió, ordenó

muchísimos escritos, y dio como un nuevo ser a las tareas de otros

escritores antes de publicarlas. No es el menor de sus elogios el

mérito de los numerosos alumnos que para las letras adquirió con sus

lecciones, y los testimonios con que honraron su ciencia algunos sabios

contemporáneos, entre otros el ilustre benedictino D. Fray Benito Moxó,

uno de sus discípulos, y el erudito jurisconsulto Finestres, en su obra

de las _Inscripciones Romanas_, en la cual le auxilió no poco nuestro

jesuita con nuevos datos e interpretaciones.

Publicó el P. Pou diversas obras, de las cuales unas llevan su nombre

y otras son anónimas o con nombre supuesto. Además de las citadas

_Theses Bilbilitanæ_, que en 1763 imprimió en latín en Calatayud con

el titulo de _Institutionum historiæ philosophicæ libri duodecim_,

obra en que por la excelente disposición y por la elegancia del estilo

se puso al nivel de la importancia de la materia, había publicado

en Cervera en 1756 sus _Entretenimientos retóricos y poéticos en la

Academia de Cervera_, que comprenden tres discursos, dos latinos, el

otro latino y griego, y una tragedia también latina titulada _Hispania

capta_. Escribió posteriormente a la extinción, la _Vida del venerable

Berchmaus_, y más tarde en Roma la de su compatricia la beata Catalina

Tomás, modelo de bueno pero difícil latín, de la cual hizo él mismo una

traducción castellana que ha quedado manuscrita. El restablecimiento

de los jesuitas en la Rusia Blanca, hecho por la emperatriz Catalina y

consentido aun después de la extinción por el Papa Clemente XIV, y la

tacha de cismáticos con que algunos los acriminaban, movieron al P. Pou

a escribir en latín, con el nombre de Ignacio Filareto, cuatro libros

apologéticos de la Compañía de Jesús conservada en la Rusia Blanca,

que suena impresa en Ámsterdam, aunque no haya podido averiguarse el

verdadero lugar de la impresión. Publicó también en latín y griego dos

libros a la memoria de Laura Bassia, de la Academia de filosofía de

Bolonia. Todas las citadas obras fueron impresas: manuscritas, a más

de la presente que damos a luz, quedaron a causa de su modestia la

traducción española de Demetrio Faléreo; y la del retórico Longino, de

la que no tenemos otra noticia que la que él mismo nos da en una nota

al libro II de Heródoto. Quedaron también manuscritos el _Specimen_

latino de las interpretaciones españolas sacadas de autores griegos y

latinos, sagrados y profanos; la oración latina en el nacimiento de los

dos gemelos hijos de Carlos IV, oración elegantísima, cuya recitación

impidió con artificio un enemigo de la Compañía, y por último dos

opúsculos en castellano, _Alivio de Párrocos_, y un _Compendio de

Lógica_, que si no son enteramente suyos, fueron por él al menos

corregidos; sin contar la numerosa correspondencia en diversos idiomas

que fieles amigos o curiosos eruditos religiosamente conservan.

LOS NUEVE LIBROS

DE LA HISTORIA DE

HERÓDOTO DE HALICARNASO.

LIBRO PRIMERO.

CLÍO.[2]

Rapto de Ío, Europa, Medea y Helena. — Expedición de los griegos

contra Troya. — El imperio de los Heráclidas pasa a manos de Giges.

— Su descendencia: Ardis, Sadiates, Aliates. — Guerra contra los

de Mileto. — Fábula de Arión. — Creso conquista algunos pueblos de

Grecia, despide a Solón de su corte y es castigado con la muerte

de su hijo. Consulta a los oráculos sobre la guerra de Persia, y

envía dones a Delfos. Deseando aliarse con el imperio más poderoso

de Grecia, vacila entre los atenienses y lacedemonios. — Estado

de ambas naciones, dominada la primera por el tirano Pisístrato,

y la segunda en guerra con los de Tegea. — Decídese Creso por los

lacedemonios; hace alianza con ellos y marcha en seguida contra los

persas; pasa el río Halis, pelea con Ciro en Pteria y se retira

a Sardes, donde sitiado, y en breve prisionero de los persas, se

liberta de la muerte milagrosamente. — Respuesta del oráculo a sus

increpaciones. — Costumbres, historia y monumentos de los lidios. —

Origen del imperio de los medos. — Política de Deyoces para subir

al poder: su descendencia: Fraortes, Ciaxares, Astiages. — Aventuras

de Ciro durante su niñez, su abandono, reconocimiento y venganza

contra Astiages, a quien destrona, haciendo triunfar a los persas

de los medos. — Religión de los persas, sus leyes y costumbres. —

Guerra de Ciro contra los jonios, historia de estos y preparativos

para resistirle. — Sublevación de los lidios contra Ciro instigados

por Pactias. — Derrota y conquista de los jonios y otros pueblos de

Grecia por Harpago, entretanto que Ciro sujeta al Asia superior, y

en especial la Asiria. — Descripción de Babilonia, asedio y toma de

aquella ciudad. Costumbres de los babilonios. — Desea Ciro conquistar

a los maságetas: rehusando Tomiris, su reina, casarse con él, toma

pretexto de esta repulsa para invadir el país, y después de una

victoria parcial es vencido y muerto.

La publicación[3] que Heródoto de Halicarnaso va a presentar de su

historia, se dirige principalmente a que no llegue a desvanecerse con

el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a

oscurecer las grandes y maravillosas hazañas, así de los griegos, como

de los bárbaros.[4] Con este objeto refiere una infinidad de sucesos

varios e interesantes, y expone con esmero las causas y motivos de las

guerras que se hicieron mutuamente los unos a los otros.

I. La gente más culta de Persia y mejor instruida en la historia

pretende que los fenicios fueron los autores primitivos de todas

las discordias que se suscitaron entre los griegos y las demás

naciones. Habiendo aquellos venido del mar Eritreo[5] al nuestro, se

establecieron en la misma región que hoy ocupan, y se dieron desde

luego al comercio en sus largas navegaciones. Cargadas sus naves

de géneros propios del Egipto y de la Asiria, uno de los muchos

y diferentes lugares donde aportaron traficando fue la ciudad de

Argos,[6] la principal y más sobresaliente de todas las que tenía

entonces aquella región que ahora llamamos Hélade.[7]

Los negociantes fenicios, desembarcando sus mercaderías, las expusieron

con orden a pública venta. Entre las mujeres que en gran número

concurrieron a la playa, fue una la joven Ío,[8] hija de Ínaco, rey

de Argos, a la cual dan los persas el mismo nombre que los griegos.

Al quinto o sexto día de la llegada de los extranjeros, despachada la

mayor parte de sus géneros y hallándose las mujeres cercanas a la popa,

después de haber comprado cada una lo que más excitaba sus deseos,

concibieron y ejecutaron los fenicios el pensamiento de robarlas. En

efecto, exhortándose unos a otros, arremetieron contra todas ellas, y

si bien la mayor parte se les pudo escapar, no cupo esta suerte a la

princesa, que arrebatada con otras, fue metida en la nave y llevada

después al Egipto, para donde se hicieron luego a la vela.

II. Así dicen los persas que Ío fue conducida al Egipto, no como nos lo

cuentan los griegos,[9] y que este fue el principio de los atentados

públicos entre asiáticos y europeos, mas que después ciertos griegos

(serían a la cuenta los cretenses, puesto que no saben decirnos su

nombre), habiendo aportado a Tiro en las costas de Fenicia, arrebataron

a aquel príncipe una hija, por nombre Europa,[10] pagando a los

fenicios la injuria recibida con otra equivalente.

Añaden también que no satisfechos los griegos con este desafuero,

cometieron algunos años después otro semejante; porque habiendo

navegado en una nave larga[11] hasta el río Fasis, llegaron a Ea en la

Cólquide, donde después de haber conseguido el objeto principal de su

viaje, robaron al rey de Colcos una hija, llamada Medea.[12] Su padre,

por medio de un heraldo que envió a Grecia, pidió, juntamente con la

satisfacción del rapto, que le fuese restituida su hija; pero los

griegos contestaron, que ya que los asiáticos no se la dieran antes por

el robo de Ío, tampoco la darían ellos por el de Medea.

III. Refieren además, que en la segunda edad[13] que siguió a estos

agravios, fue cometido otro igual por Alejandro, uno de los hijos de

Príamo. La fama de los raptos anteriores, que habían quedado impunes,

inspiró a aquel joven el capricho de poseer también alguna mujer

ilustre robada de la Grecia, creyendo sin duda que no tendría que dar

por esta injuria la menor satisfacción. En efecto, robó a Helena,[14] y

los griegos acordaron enviar luego embajadores a pedir su restitución

y que se les pagase la pena del rapto. Los embajadores declararon la

comisión que traían, y se les dio por respuesta, echándoles en cara el

robo de Medea, que era muy extraño que no habiendo los griegos por

su parte satisfecho la injuria anterior, ni restituido la presa, se

atreviesen a pretender de nadie la debida satisfacción para sí mismos.

IV. Hasta aquí, pues, según dicen los persas, no hubo más hostilidades

que las de estos raptos mutuos, siendo los griegos los que tuvieron

la culpa de que en lo sucesivo se encendiese la discordia, por haber

empezado sus expediciones contra el Asia primero que pensasen los

persas en hacerlas contra la Europa. En su opinión, esto de robar

las mujeres es a la verdad una cosa que repugna a las reglas de la

justicia; pero también es poco conforme a la cultura y civilización el

tomar con tanto empeño la venganza por ellas, y por el contrario, el

no hacer ningún caso de las arrebatadas es propio de gente cuerda y

política, porque bien claro está que si ellas no lo quisiesen de veras

nunca hubieran sido robadas.

Por esta razón, añaden los persas, los pueblos del Asia miraron siempre

con mucha frialdad estos raptos mujeriles, muy al revés de los griegos,

quienes por una hembra lacedemonia juntaron un ejército numerosísimo,

y pasando al Asia destruyeron el reino de Príamo;[15] época fatal del

odio con que miraron ellos después por enemigo perpetuo al nombre

griego. Lo que no tiene duda es que al Asia, y a las naciones bárbaras

que la pueblan, las miran los persas como cosa propia suya, reputando a

toda la Europa, y con mucha particularidad a la Grecia, como una región

separada de su dominio.

V. Así pasaron las cosas, según refieren los persas, los cuales están

persuadidos de que el origen del odio y enemistad para con los griegos

les vino de la toma de Troya. Mas por lo que hace al robo de Ío, no van

con ellos acordes los fenicios, porque estos niegan haberla conducido

al Egipto por vía de rapto, y antes bien, pretenden que la joven

griega, de resultas de un trato nimiamente familiar con el patrón de

la nave, como se viese con el tiempo próxima a ser madre, por el rubor

que tuvo de revelar a sus padres su debilidad, prefirió voluntariamente

partirse con los fenicios, a fin de evitar de este modo su pública

deshonra.

Sea de esto lo que se quiera, así nos lo cuentan al menos los persas

y fenicios, y no me meteré yo a decidir entre ellos, inquiriendo si

la cosa pasó de este o del otro modo. Lo que si haré, puesto que

según noticias he indicado ya quién fue el primero que injurió a los

griegos, será llevar adelante mi historia, y discurrir del mismo

modo por los sucesos de los estados grandes y pequeños, visto que

muchos que antiguamente fueron grandes, han venido después a ser bien

pequeños, y que, al contrario, fueron antes pequeños los que se han

elevado en nuestros días a la mayor grandeza. Persuadido, pues, de la

inestabilidad del poder humano, y de que las cosas de los hombres nunca

permanecen constantes en el mismo ser, próspero ni adverso, haré, como

digo, mención igualmente de unos estados y de otros, grandes y pequeños.

VI. Creso, de nación lidio e hijo de Aliates, fue señor o _tirano_[16]

de aquellas gentes que habitan de esta parte del Halis, que es un río,

el cual corriendo de mediodía a norte y pasando por entre los sirios

y paflagonios, va a desembocar en el ponto que llaman Euxino. Este

Creso fue, a lo que yo alcanzo, el primero entre los bárbaros que

conquistó algunos pueblos de los griegos, haciéndolos sus tributarios,

y el primero también que se ganó a otros de la misma nación y los

tuvo por amigos. Conquistó a los jonios, a los eolios y a los dorios,

pueblos todos del Asia menor, y ganose por amigos a los lacedemonios.

Antes de su reinado los griegos eran todos unos pueblos libres e

independientes, puesto que la invasión que los cimerios[17] hicieron

anteriormente en la Jonia fue tan solo una correría de puro pillaje,

sin que se llegasen a apoderar de los puntos fortificados, ni a

enseñorearse del país.

VII. El imperio que antes era de los Heráclidas, pasó a la familia

de Creso, descendiente de los Mermnadas, del modo que voy a decir.

Candaules, hijo de Mirso, a quien por eso dan los griegos el nombre de

Mírsilo, fue el último soberano de la familia de los Heráclidas que

reinó en Sardes, habiendo sido el primero Agrón, hijo de Nino, nieto de

Belo y bisnieto de Alceo, el hijo de Heracles.

Los que reinaban en el país antes de Agrón, eran descendientes de Lido,

el hijo de Atis; y por esta causa todo aquel pueblo, que primero se

llamaba meonio, vino después a llamarse lidio. El que los Heráclidas

descendientes de Heracles y de una esclava de Yárdano se quedasen con

el mando que habían recibido en depósito de mano del último sucesor

de los descendientes de Lido, no fue sino en virtud y por orden de

un oráculo. Los Heráclidas reinaron en aquel pueblo por espacio de

quinientos cinco años, con la sucesión de veintidós generaciones,

tiempo en que fue siempre pasando la corona de padres a hijos, hasta

que por último se ciñeron con ella las sienes de Candaules.

VIII. Este monarca perdió la corona y la vida por un capricho singular.

Enamorado sobremanera de su esposa, y creyendo poseer la mujer más

hermosa del mundo, tomó una resolución a la verdad bien impertinente.

Tenía entre sus guardias un privado de toda su confianza llamado Giges,

hijo de Dascilo, con quien solía comunicar los negocios más serios de

estado. Un día, muy de propósito se puso a encarecerle y levantar hasta

las estrellas la belleza extremada de su mujer, y no pasó mucho tiempo

sin que el apasionado Candaules (como que estaba decretada por el cielo

su fatal ruina) hablase otra vez a Giges en estos términos:[18] «Veo,

amigo, que por más que te lo pondero, no quedas bien persuadido de

cuán hermosa es mi mujer, y conozco que entre los hombres se da menos

crédito a los oídos que a los ojos. Pues bien, yo haré de modo que ella

se presente a tu vista con todas sus gracias, tal como Dios la hizo».

Al oír esto Giges, exclama lleno de sorpresa: «¿Qué discurso, señor, es

este, tan poco cuerdo y tan desacertado? ¿Me mandaréis por ventura que

ponga los ojos en mi soberana? No, señor; que la mujer que se despoja

una vez de su vestido, se despoja con él de su recato y de su honor. Y

bien sabéis que entre las leyes que introdujo el decoro público, y por

las cuales nos debemos conducir, hay una que prescribe que, contento

cada uno con lo suyo, no ponga los ojos en lo ajeno. Creo fijamente que

la reina es tan perfecta como me la pintáis, la más hermosa del mundo;

y yo os pido encarecidamente que no exijáis de mí una cosa tan fuera de

razón».

XI. Con tales expresiones se resistía Giges, horrorizado de las

consecuencias que el asunto pudiera tener; pero Candaules replicole

así: «Anímate, amigo, y de nadie tengas recelo. No imagines que yo

trate de hacer prueba de tu fidelidad y buena correspondencia, ni

tampoco temas que mi mujer pueda causarte daño alguno, porque yo lo

dispondré todo de manera que ni aun sospeche haber sido vista por ti.

Yo mismo te llevaré al cuarto en que dormimos, te ocultaré detrás

de la puerta, que estará abierta. No tardará mi mujer en venir a

desnudarse, y en una gran silla, que hay inmediata a la puerta, irá

poniendo uno por uno sus vestidos, dándote entretanto lugar para que la

mires muy despacio y a toda tu satisfacción. Luego que ella desde su

asiento volviéndole las espaldas se venga conmigo a la cama, podrás tú

escaparte silenciosamente y sin que te vea salir».

X. Viendo, pues, Giges que ya no podía huir del precepto, se mostró

pronto a obedecer. Cuando Candaules juzga que ya es hora de irse

a dormir, lleva consigo a Giges a su mismo cuarto, y bien presto

comparece la reina. Giges, al tiempo que ella entra y cuando va dejando

después despacio sus vestidos, la contempla y la admira, hasta que

vueltas las espaldas se dirige hacia la cama. Entonces se sale fuera,

pero no tan a escondidas que ella no le eche de ver. Instruida de lo

ejecutado por su marido, reprime la voz sin mostrarse avergonzada, y

hace como que no repara en ello;[19] pero se resuelve desde el momento

mismo a vengarse de Candaules, porque no solamente entre los lidios,

sino entre casi todos los bárbaros, se tiene por grande infamia el que

un hombre se deje ver desnudo, cuanto más una mujer.

XI. Entretanto, pues, sin darse por entendida, estúvose toda la noche

quieta y sosegada; pero al amanecer del otro día, previniendo a ciertos

criados que sabía eran los más leales y adictos a su persona, hizo

llamar a Giges, el cual vino inmediatamente sin la menor sospecha

de que la reina hubiese descubierto nada de cuanto la noche antes

había pasado, porque bien a menudo solía presentarse siendo llamado

de orden suya. Luego que llegó, le habló de esta manera: «No hay

remedio, Giges; es preciso que escojas, en los dos partidos que voy a

proponerte, el que más quieras seguir. Una de dos: o me has de recibir

por tu mujer, y apoderarte del imperio de los lidios, dando muerte a

Candaules, o será preciso que aquí mismo mueras al momento, no sea que

en lo sucesivo le obedezcas ciegamente y vuelvas a contemplar lo que no

te es lícito ver. No hay más alternativa que esta; es forzoso que muera

quien tal ordenó, o aquel que, violando la majestad y el decoro, puso

en mí los ojos estando desnuda».

Atónito Giges, estuvo largo rato sin responder, y luego la suplicó del

modo más enérgico no quisiese obligarle por la fuerza a escoger ninguno

de los dos extremos. Pero viendo que era imposible disuadirla, y que se

hallaba realmente en el terrible trance o de dar la muerte por su mano

a su señor, o de recibirla él mismo de mano servil, quiso más matar que

morir, y le preguntó de nuevo: «Decidme, señora, ya que me obligáis

contra toda mi voluntad a dar la muerte a vuestro esposo, ¿cómo

podremos acometerle?». «¿Cómo?, le responde ella, en el mismo sitio

que me prostituyó desnuda a tus ojos; allí quiero que le sorprendas

dormido».

XII. Concertados así los dos y venida que fue la noche, Giges, a quien

durante el día no se le perdió nunca de vista, ni se le dio lugar

para salir de aquel apuro, obligado sin remedio a matar a Candaules o

morir, sigue tras la reina, que le conduce a su aposento, le pone la

daga en la mano y le oculta detrás de la misma puerta. Saliendo de allí

Giges, acomete y mata a Candaules dormido; con lo cual se apodera de su

mujer y del reino juntamente: suceso de que Arquíloco de Paros, poeta

contemporáneo, hizo mención en sus _Yambos trímetros_.[20]

XIII. Apoderado así Giges del reino, fue confirmado en su posesión

por el oráculo de Delfos. Porque como los lidios, haciendo grandísimo

duelo del suceso trágico de Candaules, tomasen las armas para su

venganza, juntáronse con ellos en un congreso los partidarios de Giges

y quedó convenido que si el oráculo declaraba que Giges fuese rey de

los lidios, reinase en hora buena, pero si no, que se restituyese el

mando a los Heráclidas. El oráculo otorgó a Giges el reino, en el cual

se consolidó pacíficamente, si bien no dejó la Pitia[21] de añadir

que se reservaba a los Heráclidas su satisfacción y venganza, la cual

alcanzaría al quinto descendiente de Giges; vaticinio de que ni los

lidios ni los mismos reyes después hicieron caso alguno, hasta que con

el tiempo se viera realizado.

XIV. De esta manera, vuelvo a decir, tuvieron los Mermnadas el cetro

que quitaron a los Heráclidas. El nuevo soberano se mostró generoso

en los regalos que envió a Delfos; pues fueron muchísimas ofrendas de

plata, que consagró en aquel templo con otras de oro, entre las cuales

merecen particular atención y memoria seis pilas o tazas grandes de oro

macizo del peso de treinta talentos,[22] que se conservan todavía en

el tesoro de los corintios; bien que, hablando con rigor, no es este

tesoro de la comunidad de los corintios, sino de Cípselo, el hijo de

Eetión.

De todos los bárbaros, a lo menos que yo sepa, fue Giges el primero

que después de Midas, rey de la Frigia e hijo de Gordias, dedicó sus

ofrendas en el templo de Delfos, habiendo Midas ofrecido antes allí

mismo su trono real (pieza verdaderamente bella y digna de ser vista),

donde sentado juzgaba en público las causas de sus vasallos, el cual

se muestra todavía en el mismo lugar en que las grandes tazas de

Giges. Todo este oro y plata que ofreció el rey de Lidia es conocido

bajo el nombre de las ofrendas _gigadas_, aludiendo al de quien las

regaló. Apoderado del mando este monarca, hizo una expedición contra

Mileto, otra contra Esmirna y otra contra Colofón, cuya última plaza

tomó a viva fuerza. Pero ya que en el largo espacio de treinta y ocho

años que duró su reinado ninguna otra hazaña hizo de valor, contentos

nosotros con lo que llevamos referido, le dejaremos aquí.

XV. Su hijo y sucesor Ardis rindió con las armas a Priene, y pasó

con sus tropas contra Mileto. Durante su reinado, los cimerios,[23]

viéndose arrojar de sus casas y asientos por los escitas nómadas,

pasaron al Asia menor, y rindieron con las armas a la ciudad de Sardes,

si bien no llegaron a tomar la ciudadela.

XVI. Después de haber reinado Ardis cuarenta y nueve años, tomó el

mando su hijo Sadiates, que lo disfrutó doce, y lo dejó a Aliates. Este

hizo la guerra a Ciaxares, uno de los descendientes de Deyoces, y al

mismo tiempo a los medos: echó del Asia menor a los cimerios, tomó a

Esmirna, colonia que era de Colofón, y llevó sus armas contra la ciudad

de Clazómenas; expedición de que no salió como quisiera, pues tuvo que

retirarse con mucha pérdida y descalabro.

XVII. Sin embargo, nos dejó en su reinado otras hazañas bien dignas de

memoria; porque llevando adelante la guerra que su padre emprendiera

contra los de Mileto, tuvo sitiada la ciudad de un modo nuevo

particular. Esperaba que estuviesen ya adelantados los frutos en los

campos, y entonces hacía marchar su ejército al son de trompetas y

flautas que tocaban hombres y mujeres. Llegando al territorio de

Mileto, no derribaba los caseríos, ni los quemaba, ni tampoco mandaba

quitar las puertas y ventanas. Sus hostilidades únicamente consistían

en talar los árboles y las mieses, hecho lo cual se retiraba, porque

veía claramente que siendo los milesios dueños del mar, sería tiempo

perdido el que emplease en bloquearlos por tierra con sus tropas.

Su objeto en perdonar los caseríos no era otro sino hacer que los

milesios, conservando en ellos donde guarecerse, no dejasen de cultivar

los campos, y con esto pudiese él talar nuevamente sus frutos.

XVIII. Once años habían durado las hostilidades contra Mileto; seis

en tiempo de Sadiates, motor de la guerra, y cinco en el reinado de

Aliates, que llevó adelante la empresa con mucho tesón y empeño. Dos

veces fueron derrotados los milesios, una en la batalla de Limenio,

lugar de su distrito, y otra en las llanuras del Meandro. Durante la

guerra no recibieron auxilios de ninguna otra de las ciudades de la

Jonia, sino de los de Quíos, que fueron los únicos que, agradecidos

al socorro que habían recibido antes de los milesios en la guerra que

tuvieron contra los eritreos, salieron ahora en su ayuda y defensa.

XIX. Venido el año duodécimo y ardiendo las mieses encendidas por el

enemigo, se levantó de repente un recio viento que llevó la llama al

templo de Atenea Asesia, el cual quedó en breve reducido a cenizas.

Nadie hizo caso por de pronto de este suceso; pero vueltas las tropas

a Sardes, cayó enfermo Aliates, y retardándose mucho su curación,

resolvió despachar sus diputados a Delfos, para consultar al oráculo

sobre su enfermedad, ora fuese que alguno se lo aconsejase, ora que él

mismo creyese conveniente consultar al dios acerca de su mal. Llegados

los embajadores a Delfos, les intimó la Pitia que no tenían que esperar

respuesta del oráculo, si primero no reedificaban el templo de Atenea,

que dejaron abrasar en Aseso, comarca de Mileto.

XX. Yo sé que pasó de este modo la cosa, por haberla oído de boca de

los delfios. Añaden los de Mileto, que Periandro, hijo de Cípselo,

huésped y amigo íntimo de Trasíbulo, que a la sazón era señor de

Mileto, tuvo noticia de la respuesta que acababa de dar la sacerdotisa

de Apolo, y por medio de un enviado dio parte de ella a Trasíbulo,

para que informado, y valiéndose de la ocasión, viese de tomar algún

expediente oportuno.

XXI. Luego que Aliates tuvo noticia de lo acaecido en Delfos, despachó

un rey de armas a Mileto, convidando a Trasíbulo y a los milesios con

un armisticio por todo el tiempo que él emplease en levantar el templo

abrasado. Entretanto, Trasíbulo, prevenido ya de antemano y asegurado

de la resolución que quería tomar Aliates, mandó que recogido cuanto

trigo había en la ciudad, así el público como el de los particulares,

se llevase todo al mercado, y al mismo tiempo ordenó por un bando a

los milesios, que cuando él les diese la señal, al punto todos ellos,

vestidos de gala, celebrasen sus festines y convites con mucho regocijo

y algazara.

XXII. Todo esto lo hacía Trasíbulo con la mira de que el mensajero

lidio, viendo por una parte los montones de trigo, y por otra la

alegría del pueblo en sus fiestas y banquetes, diese cuenta de todo a

Aliates cuando volviese a Sardes después de cumplida su comisión. Así

sucedió efectivamente; y Aliates, que se imaginaba en Mileto la mayor

carestía, y a los habitantes sumergidos en la última miseria, oyendo

de boca de su mensajero todo lo contrario de lo que esperaba, tuvo por

acertado concluir la paz con la sola condición de que fuesen las dos

naciones amigas y aliadas. Aliates, por un templo quemado, edificó dos

en Aseso a la diosa Atenea, y convaleció de su enfermedad. Este fue

el curso y el éxito de la guerra que Aliates hizo a Trasíbulo y a los

ciudadanos de Mileto.

XXIII. A Periandro, de quien acabo de hacer mención, por haber dado a

Trasíbulo el aviso acerca del oráculo, dicen los corintios, y en lo

mismo convienen los de Lesbos, que siendo señor de Corinto, le sucedió

la más rara y maravillosa aventura: quiero decir la de Arión, natural

de Metimna, cuando fue llevado a Ténaro sobre las espaldas de un

delfín. Este Arión era uno de los más famosos músicos citaristas de su

tiempo, y el primer poeta ditirámbico de que se tenga noticia; pues él

fue quien inventó el ditirambo,[24] y dándole este nombre lo enseñó en

Corinto.

XXIV. La cosa suele contarse así: Arión, habiendo vivido mucho tiempo

en la corte al servicio de Periandro, quiso hacer un viaje a Italia y

a Sicilia, como efectivamente lo ejecutó por mar; y después de haber

juntado allí grandes riquezas, determinó volverse a Corinto. Debiendo

embarcarse en Tarento, fletó un barco corintio, porque de nadie se

fiaba tanto como de los hombres de aquella nación. Pero los marineros,

estando en alta mar, formaron el designio de echarle al agua, con

el fin de apoderarse de sus tesoros. Arión entiende la trama, y les

pide que se contenten con su fortuna, la cual les cederá muy gustoso

con tal de que no le quiten la vida. Los marineros, sordos a sus

ruegos, solamente le dieron a escoger entre matarse con sus propias

manos, y así lograría ser sepultado después en tierra, o arrojarse

inmediatamente al mar. Viéndose Arión reducido a tan estrecho apuro,

pidioles por favor le permitieran ataviarse con sus mejores vestidos,

y entonar antes de morir una canción sobre la cubierta de la nave,

dándoles palabra de matarse por su misma mano luego de haberla

concluido. Convinieron en ello los corintios, deseosos de disfrutar un

buen rato oyendo cantar al músico más afamado de su tiempo; y con este

fin dejaron todos la popa y se vinieron a oírle en medio del barco.

Entonces el astuto Arión, adornado maravillosamente y puesto el pie

sobre la cubierta con la cítara en la mano, cantó una composición

melodiosa, llamada el _nomo ortio_, y habiéndola concluido, se arrojó

de repente al mar. Los marineros, dueños de sus despojos, continuaron

su navegación a Corinto, mientras un delfín (según nos cuentan) tomó

sobre sus espaldas al célebre cantor y lo condujo salvo a Ténaro.

Apenas puso Arión en tierra los pies, se fue en derechura a Corinto

vestido con el mismo traje, y refirió lo que acababa de suceder.

Periandro, que no daba entero crédito al cuento de Arión, aseguró su

persona y le tuvo custodiado hasta la llegada de los marineros. Luego

que esta se verificó, los hizo comparecer delante de sí, y les preguntó

si sabrían darle alguna noticia de Arión. Ellos respondieron que se

hallaba perfectamente en Italia, y que le habían dejado sano y bueno

en Tarento. Al decir esto, de repente comparece a su vista Arión, con

los mismos adornos con que se había precipitado en el mar; de lo que,

aturdidos ellos, no acertaron a negar el hecho y quedó demostrada su

maldad. Esto es lo que refieren los corintios y lesbios; y en Ténaro

se ve una estatua de bronce, no muy grande, en la cual es representado

Arión bajo la figura de un hombre montado en un delfín.

XXV. Volviendo a la historia, diré que Aliates dio fin con su muerte

a un reinado de cincuenta y siete años, y que fue el segundo de su

familia que contribuyó a enriquecer el templo de Delfos; pues en acción

de gracias por haber salido de su enfermedad, consagró un gran vaso

de plata con su basera de hierro colado, obra de Glauco, natural de

Quíos (el primero que inventó la soldadura de hierro), y la ofrenda más

vistosa de cuantas hay en Delfos.

XXVI. Por muerte de Aliates entró a reinar su hijo Creso a la edad

de treinta y un años, y tomando las armas acometió a los de Éfeso, y

sucesivamente a los demás griegos. Entonces fue cuando los efesios,

viéndose por él sitiados, consagraron su ciudad a Artemisa, atando

desde su templo una soga que llegase hasta la muralla, siendo la

distancia no menos que de siete estadios,[25] pues a la sazón la

ciudad vieja, que fue la sitiada, distaba tanto del templo. El monarca

lidio hizo después la guerra por su turno a los jonios y a los

eolios, valiéndose de diferentes pretextos, algunos bien frívolos, y

aprovechando todas las ocasiones de engrandecerse.

XXVII. Conquistados ya los griegos del continente del Asia y obligados

a pagarle tributo, formó de nuevo el proyecto de construir una escuadra

y atacar a los isleños, sus vecinos. Tenía ya todos los materiales

a punto para dar principio a la construcción, cuando llegó a Sardes

Biante el de Priene, según dicen algunos, o según dicen otros, Pítaco

el de Mitilene. Preguntado por Creso si en la Grecia había algo de

nuevo, respondió que los isleños reclutaban hasta diez mil caballos,

resueltos a emprender una expedición contra Sardes. Creyendo Creso que

se le decía la verdad sin disfraz alguno: «¡Ojalá, exclamó, que los

dioses inspirasen a los isleños el pensamiento de hacer una correría

contra mis lidios, superiores por su genio y destreza a cuantos manejan

caballos!». «Bien se echa de ver, señor, replicó el sabio, el vivo

deseo que os anima de pelear a caballo contra los isleños en tierra

firme, y en eso tenéis mucha razón. Pues ¿qué otra cosa pensáis vos que

desean los isleños, oyendo que vais a construir esas naves, sino poder

atrapar a los lidios en alta mar, y vengar así los agravios que estáis

haciendo a los griegos del continente, tratándolos como vasallos y aun

como esclavos?». Dicen que el apólogo de aquel sabio pareció a Creso

muy ingenioso, y cayéndole mucho en gracia la ficción, tomó el consejo

de suspender la fábrica de sus naves y de concluir con los jonios de

las islas un tratado de amistad.

XXVIII. Todas las naciones que moran más acá del río Halis, fueron

conquistadas por Creso y sometidas a su gobierno, a excepción de los

cilicios y de los licios. Su imperio se componía por consiguiente de

los de los lidios, frigios, misios, mariandinos, cálibes, paflagonios,

tracios tinios y bitinios; como también de los carios, jonios, eolios y

panfilios.

XXIX. Como la corte de Sardes se hallase después de tantas conquistas

en la mayor opulencia y esplendor, todos los varones sabios que a la

sazón vivían en Grecia emprendían sus viajes para visitarla en el

tiempo que más convenía a cada uno. Entre todos ellos, el más célebre

fue el ateniense Solón; el cual, después de haber compuesto un código

de leyes por orden de sus ciudadanos, so color de navegar y recorrer

diversos países, se ausentó de su patria por diez años; pero en

realidad fue por no tener que abrogar ninguna ley de las que dejaba

establecidas, puesto que los atenienses, obligados con los más solemnes

juramentos a la observancia de todas las que les había dado Solón, no

se consideraban en estado de poder revocar ninguna por sí mismos.

Los nueve libros de la Historia (1 de 2) · 第 1 / 38 段