El cielo dejaba caer en aquel instante una cantidad fabulosa de agua.

Tan grande llegó a ser, que el marqués de Soldevilla, abandonando el

campo, emprendió la carrera hacia su casa para guarecerse. Siguióle

inmediatamente don Rudesindo, luego Peña y Galarza. La batalla se

deshizo como por ensalmo. Mas antes de atecharse, a todos se les ocurrió

volver la cabeza para ver qué había sido de sus apadrinados. Y por un

simultáneo impulso de compasión, volviéronse presurosos y sujetaron a

Gonzalo, cuya rabia cruel aún no se había apagado. El contacto de las

manos de aquellos señores le volvió a la razón. Les echó una larga

mirada siniestra y extraviada, y sin decir palabra, recogió el sombrero

y se dirigió a la puerta de la quinta, mientras los padrinos conducían

al Duque moribundo a casa. El médico que Soldevilla había traído,

encerrado durante el lance en una sala por no presenciarlo, reconoció

minuciosamente las fracturas y contusiones del herido. Declaró, desde

luego, su estado muy grave.

Peña y don Rudesindo, encontraron a Gonzalo dentro del coche llorando

desesperado.

—¡Soy un bruto!—les dijo.—¡Un bárbaro! ¡Qué pensarán ustedes de mí!

He cometido una acción bochornosa. Perdónenme ustedes.

Hicieron lo posible por calmarlo. En el fondo, ni a uno ni a otro les

parecía tan mal aquello. Después de todo, la acción del Duque había sido

tan villana, que bien estaba que se castigase villanamente. Peña,

durante el camino, llegó a decir cuchufletas acerca de la soberana

paliza que el magnate acababa de recibir.

—Chico, no cabe duda que los grandes de la naturaleza pueden más que

los grandes de España—decía con su voz campanuda que no dejaba perderse

una sola letra. Gonzalo, pronto, como un gran niño que era, a pasar del

llanto a la risa, sonrió primero y dejó escapar al fin sonoras y

formidables carcajadas con los chistes de su amigo.

Pero la vista de la casa de su suegro le sumió nuevamente en la

tristeza. Había satisfecho su justa venganza. Pero quedaba una herida

honda, cuyo agudo dolor aún no había podido sentir bien, porque la

exaltación colérica en que había vivido aquellos dos días, lo sofocaba.

¡Oh! aquellas grotescas torrecillas y almenares, testigos de su luna de

miel, le produjeron horrible impresión de melancolía. Parecía que una

mano cruel le estrujaba el corazón dentro del pecho. Sus amigos,

comprendiendo que deseaba quedarse solo, siguieron a Sarrió. Pablito le

esperaba a la puerta de la quinta, y le abrazó con efusión y entusiasmo.

—¿Le has matado?—preguntóle por lo bajo.

—No sé... Creo que sí—respondió el joven más bajo aún.—¿Y tu padre?

—Mi padre... Estaba aquí hace un instante... En cuanto te vió bajar

sano del coche, ha montado en la berlina que estaba enganchada ahí

abajo, y se ha ido a Sarrió.

Gonzalo adivinó lo que iba a hacer y se puso más sombrío. Los dos

cuñados se dirigieron silenciosos a la casa, y fueron derechos al cuarto

de Gonzalo. Al cabo de unos momentos, éste, que se había dejado caer en

un sofá y permanecía inmóvil, con la cabeza abatida sobre el pecho, dijo

a su cuñado:

—Perdóname, Pablo... Deseo quedarme solo... No estoy en este momento

para hablar.

Pablito se apresuró a retirarse.

Pasó un largo rato. La puerta se abrió de nuevo sin que el joven lo

sintiese. Una sombra se deslizó hasta él y puso sobre la silla más

cercana una bandeja con una taza y algunos platos.

—¡Oh! ¿Eres tú, Cecilia?

—Quieras o no, vas a tomar algo... Ya son las dos de la tarde, y estoy

segura de que no te has desayunado—dijo la joven, arrimando una mesilla

y poniendo sobre ella el caldo humeante.

—¡Qué buena eres, Cecilia!—exclamó él apoderándose de una de sus

manos. Aquella exclamación era un grito de afecto, de entusiasmo, y a la

vez de un vago remordimiento que jamás había podido desechar de

sí.—¡Qué buena eres! ¡qué buena eres!—repitió con lágrimas en los

ojos.—Lo que has hecho aquella noche... ¡Oh! eso no lo hace nadie...

¡Nadie!... Una santa que bajase del cielo no lo haría... Ninguno de los

que vivimos a tu lado merecemos besar el polvo que pisas...

Y el joven, conmovido con sus propias palabras, sollozando perdidamente,

cubrió de besos y lágrimas la mano que tenía cogida.

Cecilia se puso fuertemente encarnada primero; después pálida, y dijo en

tono que resultó un poco seco:

—Deja, deja.

Retirando al mismo tiempo la mano con presteza. Al ver que su cuñado

quedaba acortado, se apresuró a decir:

—Mira, cuanto menos hablemos de esas cosas, y, si posible fuera, cuanto

menos pensásemos, sería mejor... Ahora lo que importa es que tomes este

caldo. Después te traeré unas croquetas y un lenguado... ¿quieres?

—No tengo apetito, Cecilia—respondió haciendo esfuerzos por reprimir

su emoción.

—Todo es empezar... Verás...

—No, no; de veras, no puedo pasar nada en este momento.

—¿Y si te lo mando yo?—dijo la joven. Después que lo dijo se puso

colorada.

—Entonces, desde luego lo tomo... A ti no puedo negarte nada—replicó

él acercando el plato.

Aquella tan galante réplica, produjo una penosa impresión de frío en

Cecilia. Para no dejarla ver, salió precipitadamente de la estancia.

Tres o cuatro días estuvo el duque de Tornos entre la vida y la muerte.

Al cabo cedió la calentura, y desapareció la gravedad. Sin embargo, la

curación debía ser larguísima. Había dos costillas fracturadas, la

mandíbula inferior también, y sobre esto, terribles magullamientos en

otros varios parajes del cuerpo. Al cabo de un mes pudo trasladarse a

Madrid.

Gonzalo no dejó la casa de su suegro, quien al cabo de cinco o seis días

del desafío, tornó de llevar a Ventura al convento de Ocaña. Pero su vida

fué triste, sombría por demás. Negábase, a pesar de las instancias de

Pablo, a salir de caza o paseo. En vano éste y don Rosendo y los amigos

que solían venir a Tejada, inventaban mil pretextos para hacerle salir

de excursión. Aunque no se negaba de frente a acompañarles también él

acudió a los engaños para quedarse siempre en casa, donde descaecía a

ojos vistas. Su tío don Melchor venía a menudo a verle, y le aconsejaba

que se fuese a viajar durante una temporada. No se negaba a ello; pero

lo aplazaba siempre, pretextando no encontrarse bien de salud. Don

Rosendo, asesorándose del señor de las Cuevas y de otros varios amigos,

decidió trasladarse a Sarrió, por ver si con la sociedad de sus amigos

el joven se animaba un poco. Salieron fallidos todos los cálculos.

Gonzalo se dejó llevar a la villa sin hacer observaciones. Pero puso aún

más empeño en aislarse, en vivir retirado del trato social. Salía tan

sólo al amanecer, y daba algunos paseos por la punta del Peón,

contemplando el mar con ojos extáticos, que alguna vez tomaban una

expresión de angustia que apenaría seguramente a quien los mirase. En

cuanto el muelle comenzaba a animarse, y la villa despertaba de su

sueño, retirábase a toda prisa a casa.

¿Por qué no dejaba a Sarrió, teatro de su desdicha, y se iba a pasar al

menos una temporada en Madrid, en París o en Londres? Esta era la

pregunta que se hacían todos los vecinos de la villa. Nadie acertaba a

contestarla satisfactoriamente. Ni era fácil que eso sucediera. Son muy

pocos los que saben explicarse el origen secreto, la última raíz de las

acciones humanas. Unos porque no se paran en psicologías, que juzgan

inútiles, otros dotados de entendimiento sutil y perspicaz, porque lo

aprovechan para escudriñar solamente el móvil interesado, casi nadie

destapa esa mágica caja de sentimientos, y deseos, y esperanzas, y

contradicciones, que se llama corazón humano. ¡Qué vergüenza sentiría

Gonzalo si le dijesen que no se iba de Sarrió por no alejarse de la

atmósfera que envolvía a su esposa, a quien cubría de dicterios en

secreto, y afectaba despreciar ante el mundo! Y, sin embargo, nada más

cierto. Quedándose en aquella casa, le parecía que aún no se habían roto

del todo los lazos que le ligaban a ella. Los seres que le rodeaban eran

su carne y su sangre: la amaban todavía, aunque culpable: no se podía

injuriarla en su presencia. Ventura había dejado en las habitaciones, en

los muebles, una parte de su ser. En el tocador yacían los frascos de

pomada y esencias que ella usaba, a medio consumir; en las perchas

colgaban algunos de sus abrigos y sombreros. Su imagen graciosa, su

blonda cabeza deslumbradora, parecía que iba a parecer detrás de las

cortinas. El ambiente estaba embalsamado aún con su perfume habitual.

Aquel marido, tan vilmente ultrajado, sin querer darse cuenta de ello,

respiraba con delicia el aliento de su esposa, y vivía de la sombra de

su vida. Todavía más; vivía de la esperanza de perdonarla.

Esto no lo sabía nadie... ni él mismo quizá de un modo cabal... Nadie

más que Cecilia, cuyos ojos de zahorí enamorada, leían claramente los

pensamientos más vagos que cruzaban por la mente de su cuñado. Este

manifestaba por ella una predilección tan afectuosa, tal entusiasmo y

veneración, que era muy fácil confundir con el amor. Todas las

compañías, hasta la de su tío, le molestaban menos la de ella. Aunque

estuviese entregado a una meditación dolorosa, y las lágrimas corriesen

por sus mejillas escaldándolas, la aparición de Cecilia en su cuarto,

obraba como un calmante, suavizando su dolor. Cedía a sus consejos con

respeto, y se dejaba guiar y mimar por ella como un niño enfermo. Cuando

tardaba en ir por su cuarto, se impacientaba y le daba quejas cariñosas

lo mismo que un amante rendido y llagado de amor. Cuando entraba, sus

ojos no la abandonaban ni un instante, cual si estuviesen bajo la

influencia de un encanto o fascinación. Aquellos ojos expresaban cariño

profundo, gratitud, admiración, respeto, entusiasmo, lo expresaban

todo... menos amor. Cecilia bien lo leía. No podía mirarlos sin sentir

el mismo doloroso pinchazo en el corazón, la misma gota amarga de hiel

en los labios. Su espíritu, sereno siempre, turbábase por un instante, y

aparecía fría unas veces, otras irritable y enigmática, con gran

sorpresa y dolor de Gonzalo que se esforzaba en alegrarla. Pronto lo

conseguía. El pensamiento aquel, caía en su cerebro como la piedra en un

lago, revolviendo las aguas. Pocos momentos después, la calma volvía a

su espíritu. Quedaba puro y tranquilo como el lago.

Un día, al entrar repentinamente en la habitación de su cuñado, le

encontró examinando un revólver.

Al verla trató de ocultarlo en el cajón de la mesa que tenía abierto y

se puso colorado.

—¿Qué hacías?

—Nada, al buscar en este cajón unos papeles, me hallé con un revólver

que ya no me acordaba que tenía, y lo estaba mirando.

Cecilia no creyó palabra. Experimentó desde entonces cierta inquietud

que la obligaba a vigilarlo más que antes.

Transcurrieron dos meses. El desdichado joven, aunque persistía en la

misma vida apartada y sombría, mostraba algunas vagas señales de

reverdecimiento. Una que otra vez salía a caballo. Había hablado a su

suegro de hacer un viaje por Italia, país que aún no conocía. La fuerza

que hacía subir la savia de nuevo a su ser marchito, era un pensamiento

dulce, tan dulce como vergonzoso, que ocultaba con cuidado a todo el

mundo. Sin embargo, una tarde en que departía cariñosamente con su

cuñada, después de muchos rodeos, y poniéndose colorado hasta las

orejas, le preguntó por Ventura. ¿Qué noticias tenía de ella? Cecilia le

respondió fríamente con las menos palabras posibles. ¡Pobre Gonzalo! ¡Si

supiese que aquella mujer traidora por quien preguntaba, lejos de estar

arrepentida, se revolvía con furia contra su familia, cubriéndolos a

todos de dicterios, amenazándoles con entregarse al primer hombre en

cuanto saliese de la prisión, escandalizando con su soberbia y lenguaje

procaz a la superiora del convento!

Desde aquel día, perdida ya la cortedad, preguntaba a menudo por ella;

gustaba de mentarla en la conversación, sin que le hiciese desistir de

ello el tono seco con que Cecilia le respondía, y la prisa con que

cambiaba de tema.

Lo que don Rosendo temía, por las cartas que de Ocaña le enviaban, llegó

al fin. Un día, la superiora del convento le comunicó que Ventura se

había huído de aquel asilo, en compañía, según todos los informes, del

duque de Tornos. «El gran humanitario», como le llamó el _Faro_ en

cierta ocasión, recibió la nueva con valor estoico. Efectivamente, ¿qué

significaba aquella pena puramente individual que le afligía, en

comparación con el dolor universal, con la marcha lenta y segura de la

humanidad hacia sus destinos? Por aquellos días acababa de leer un

célebre folleto de autor francés, titulado _El mundo marcha_. Tenía los

sesos revueltos y deslumbrados con sus grandes síntesis históricas, lo

cual le ayudó no poco a soportar aquel golpe. Procuró, sin embargo, que

su yerno no se enterase de la noticia. No tenía la misma confianza en la

elevación de su espíritu y en la amplitud de sus miras. Algunos días

estuvo oculta. Al cabo corrió por la población sin saber quién la

trajera. Gonzalo, que todas las mañanas a primera hora iba por el

Saloncillo, la leyó en una gacetilla tan infame como hipócrita del

_Joven Sarriense_. «Circula por la población la especie—decía—de que

una señora, protagonista de cierto drama amoroso no ha mucho tiempo

acaecido, se ha fugado en compañía de su amante del asilo donde su

familia la había recluído. Sentiríamos que este rumor se confirmase por

afectar directamente a personas muy conocidas y estimadas en la sociedad

sarriense.»

Gonzalo sintió que algo que aún estaba por desgarrar se le desgarraba

dentro del pecho. Dejó caer el papel. Sonriendo nerviosamente y con voz

aguda y extraña, se dirigió a don Feliciano Gómez, que era la única

persona que allí había:

—Ya sabrá usted que la z... de mi mujer se ha escapado con su chulo,

¿eh?

Don Feliciano le miró sorprendido. Aunque era hombre que entendía poco

de sonrisas, al verle sonreir de aquel modo se sintió sobrecogido, y le

contestó con tristeza:

—Sí, Gonzalito, sí. Ya sabía que todavía no habías pasado lo último...

A la verdad, después de lo sucedido, este golpe final no debe cogerte de

sorpresa... Boto el freno, debías suponer dónde había de parar.

—¿Y a mí, qué?—exclamó el infeliz joven con la misma sonrisa,

mostrando en todo su cuerpo una inquietud exagerada.—Que se escapa...

¡bueno!... Vaya bendita de Dios... Nada tengo ya que ver con ella...

¡Ah! ¡si la ley me permitiera casarme!... No se pasaría un mes sin

hacerlo... ¿Y por qué no, vamos a ver, y por qué no he de poder

hacerlo?... En fin, si no me caso a perpetuidad, me casaré

temporalmente... Tomaré por ahí una buena moza, ¿eh, don Feliciano? ¡y

anda con Dios!... Será al fin y al cabo una p... de profesión, mientras

mi mujer lo es de afición...

Mientras pronunciaba estas feas palabras, daba vueltas por la estancia,

se quitaba el sombrero, se encogía de hombros y hacía otros gestos

extravagantes. Por último soltó una carcajada.

—Mira, Gonzalillo—le dijo don Feliciano.—Acabas de pasar una

pelona... pero ya vendrán tiempos mejores. Tras de lo malo siempre viene

lo bueno. Las cosas del mundo hay que tomarlas con cachaza, mi queridín.

Con disgustarse y criarse hiel en el estómago, ¿qué se consigue?... Aquí

me tienes a mí. El mes pasado perdí un barco... Todo el mundo venía a

consolarme creyendo que estaba desesperado. Yo les contestaba: Es verdad

que perdí el _Juanito_; pero, y si hubiera perdido la _Carmen_, ¿no

sería mucho peor? Pues lo mismo pude perder uno que otro, porque los dos

estaban en la mar. Tú has sufrido un disgusto: bueno... pero tienes

salud. ¿No sería peor que además te pusieras enfermo? Hay que pensarlo

todo, mi queridín. La salud es lo primero... Tú come bien, echa buenos

tragos, ¡y anda adelante! que lo demás ya se olvidará...

Gonzalo salió del Saloncillo sin despedirse, dejando al bueno de don

Feliciano con la palabra en la boca.

En casa se dió por enterado con don Rosendo de la fuga de Ventura.

Contra lo que todos presumían, no le causó una impresión muy honda. Al

contrario; desde aquel día señalóse en él una tendencia a animarse, y a

participar del comercio social, que no dejó de sorprender en la

población. Comenzó a visitar las casas de los amigos, a presentarse en

el café, a pasear por las calles, a charlar, a discutir. No volvió a

hablar de marcharse. Hasta, con gran pasmo de la villa, en uno de los

bailes que se dieron en el Liceo, bailó toda la noche como un pollastre

que por primera vez pisase el salón.

No obstante, Cecilia estaba muy inquieta. Aquella animación de su cuñado

era tan extemporánea, que más parecía un ataque de nervios. Sobre todo,

la extraña sonrisa, parecida a una mueca, que no se le caía de los

labios desde que leyera la gacetilla del _Joven Sarriense_, la hacía

estremecerse en algunos momentos.

Y llegó lo que era natural. Tras de aquella insana excitación, vino, al

cabo de algunos días, un profundo y sombrío abatimiento. Estuvo tres sin

salir de su cuarto, sin probar apenas manjar alguno de los que Cecilia

le llevaba, y, lo que es aún peor, sin lograr conciliar el sueño. Con

los ojos abiertos y extáticos, se pasaba horas y horas tendido en su

lecho, mirando a las tinieblas. En la noche tercera, a eso de las tres,

encendió luz, se vistió y se puso a escribir una larga carta a su tío.

Después escribió otra con sobre a Cecilia. Cerradas y colocadas sobre la

mesa en primer término, para que se vieran pronto, sacó un pitillo, lo

encendió a la luz de la bujía, y comenzó a pasear por la habitación.

Antes de concluir el cigarro lo arrojó. Abrió el cajón de la mesa, y

sacó el revólver que allí guardaba. Al acercarlo a la luz vió que estaba

descargado, lo que no dejó de sorprenderle. Tenía casi la certeza de

haberlo cargado hacía un mes, poco más o menos. Buscó la cajita de las

cápsulas y no la halló. ¡Qué cosa tan extraña! No tardó en recordar que

Cecilia le había visto con él en la mano, y una sonrisa dulce y triste

se dibujó en sus labios. Fué a echar mano a las escopetas. Las encontró

igualmente descargadas. Los cartuchos habían desaparecido de su sitio.

Permaneció inmóvil y pensativo largo rato. Luego, como si despertara de

un sueño, sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro. Se puso el

sombrero, abrió la puerta y bajó con gran sigilo las escaleras. Al pasar

por delante de la puerta del piso principal, pegó el oído a ella. Estuvo

un momento escuchando, la faz demudada, los cabellos erizados. Había

oído claramente la voz de su esposa que le llamaba desde adentro. Pasada

la alucinación, siguió bajando, abrió la puerta exterior con la llave

que colgaba del pasador, y salió a la calle.

Aun no había amanecido; pero en el Oriente parecía una tenue claridad

precursora del día. La mañana estaba fresca. Caía del cielo un agua

menudísima de niebla marina. Sin vacilar se dirigió al muelle. Subió al

segundo paredón y miró a la mar, cuyo horizonte en aquel momento no era

muy extenso, a causa de la niebla. Los días anteriores había soplado el

noroeste, y la había encrespado y revuelto hasta el fondo. Grandes olas

hinchadas venían de lejos extendiendo sus lomos gigantescos y se

estrellaban con fragor contra la punta del Peón, escupiendo sus espumas

a lo alto. Los ojos del joven tropezaron con un patache que trataba de

entrar en el puerto, y bailaba como un casco de nuez sobre las olas.

Aquella entrada le interesó desde luego. Siguió todas las peripecias con

viva atención, como si en ello le fuese algo. Al cabo de un cuarto de

hora, cuando ya estuvo atracado al muelle, sintió de nuevo la espuela de

su pensamiento. Dió un suspiro y murmuró: «Vamos». Y siguió adelante,

rozando con su cintura el pretil del paredón. Al llegar a cierto paraje,

una ola más fuerte que las demás le bañó enteramente con su espuma.

Aquel inopinado baño le produjo grata impresión, le refrescó la piel.

Estuvo esperando en el mismo sitio un rato, por ver si llegaba otra con

igual fuerza, pero no vino. Y emprendió de nuevo la marcha. Cuando

estuvo en el extremo del malecón, se echó de bruces sobre el pretil y

contempló con sombría fijeza las olas que llegaban. Estaba en el mismo

sitio donde, hacía algunos años, había tenido plática con su tío para

darle cuenta de que abandonaba a Cecilia y contraía matrimonio con

Ventura. Las palabras del viejo, severas, irritadas, sonaron de nuevo en

sus oídos. «Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle Dios...

El viaje es largo. La mar ancha y brava. Lo que ahora es bonanza, en un

instante se convierte en marejada de leva.» «¡Qué razón tenía mí

tío!»—pensó, sin apartar la vista del mar.

—¡Bah!—murmuró al cabo de algunos momentos—si cien veces me viera en

ese caso, cien veces haría lo mismo. Hay cosas fatales. Llevo a esa

mujer en la sangre como un veneno, y sólo puede salir con la última

gota.—Estuvo otro rato pensativo. El agua del mar que le había bañado,

y la del cielo que sin cesar caía, le enfriaron hasta los huesos. La

mañana se presentaba sucia, cenicienta. No era, no, aquella hermosa

noche en que se había quedado también de bruces después de hablar con su

tío. Entonces, la belleza esplendorosa del cielo, tachonado de

estrellas, el limpio cristal de las aguas, donde cabrilleaba la luz de

la luna, la blanda brisa juguetona, le hablaron un lenguaje de muerte,

sí, pero dulce, recogido, íntimo. Era una voz amiga que le invitaba a

reposar. Mas ahora lo que oía era un grito de desolación, una amenaza:

«Vente, vente. La muerte es muy triste; pero la vida es más triste

todavía.»

—Concluyamos—dijo levantando la cabeza. Avanzó el cuerpo; extendió los

brazos. En aquel momento pensó que el instinto de conservación le haría

nadar seguramente, y se detuvo. Miró a todas partes buscando algún peso.

Sus ojos tropezaron con el áncora de un quechemarín que yacía allá

abajo, en el primer muelle. Bajó por ella, cortó con la navaja un pedazo

de maroma de una lancha, se la amarró, la alzó con sus brazos de atleta

y subió la escalera como un gimnasta que quisiera dar muestra ante el

público del enorme poder de sus músculos. Una vez arriba, se ató la

cuerda al cuello. Se puso en pie sobre el pretil, y abrazado al ancla se

arrojó al agua. Su cuerpo de coloso abrió en ella una grande brecha, que

se cerró al instante. La mar profunda extinguió aquella chispa de vida,

como tantas otras, con implacable indiferencia.

Un marinero que le vió de lejos, corrió hacia el sitio gritando:

—¡Hombre al agua!

Otros tres o cuatro de las próximas embarcaciones le siguieron. En pocos

minutos se formó un grupo de veinte o treinta en la punta del paredón.

—¿Quién era? ¿Le conocías?—preguntaban al que le había visto.

—Me parece que era don Gonzalo.

—¿El alcalde?

—Sí.

—Sería muy bien, sería muy bien... ¡Reterroías mujeres!

La nueva se esparció instantáneamente por la villa. Acudió al muelle una

muchedumbre de gente. Dos hombres en una lancha recorrieron con un largo

remo el fondo, sin dar con el cuerpo del desgraciado joven. Al cabo

tropezaron con él. Se trajo un gancho, y tirando lo sacaron a flote en

el mismo momento en que don Melchor, demudado, convulso, sin sombrero,

llegaba al muelle, noticioso del terrible lance.

—¡Hijo de mi alma!—gritó el pobre anciano al ver sobre el agua el

cadáver de su sobrino. Sus corvas se doblaron, y cayó desvanecido en

brazos de las personas que le acompañaban.

Extendieron el cuerpo del suicida sobre el muelle mientras llegaba el

juzgado. Aquel espectáculo tenía profundamente impresionados a todos los

circunstantes, entre los que se hallaban personas de los dos bandos

rivales.

Después que llegó el juez y se instruyeron las debidas diligencias,

colocaron en una camilla el cadáver, y lo transportaron a su casa,

porque don Rosendo, que sabía la noticia, lo reclamaba. Fué una

procesión tristísima al través de las calles de la villa. Los vecinos se

asomaban a los balcones, pálidos, inquietos, con la tristeza en el

semblante. Gonzalo gozaba de generales simpatías.

Don Rosendo, poseído de vivo dolor, no quiso ver el cadáver de su hijo

político. Se encerró en su cuarto; pero dispuso que se le colocase en el

mejor salón de la casa sobre una mesa cubierta de terciopelo, que se

trajesen de todas partes flores y coronas, y se preparase un entierro

suntuoso.

El cuarto poder · 第 30 / 31 段