Todo lo más que pudo, Pachín hizo lo que decía. Ventura se metió en el

coche, y partieron. Aunque al principio la jaca se rebeló un poco,

puesta ya en la carretera, con la querencia de la cuadra de Sarrió,

donde estaba generalmente, anduvo bastante bien. La joven ordenó al

criado que la llevara a casa de don Rudesindo, con cuya señora mantenía

bastante relación. Allí se refugió, y estuvo hasta que su padre, dos o

tres días después del suceso, la llevó a Madrid. De allí a Ocaña, en uno

de cuyos conventos la encerró, por acuerdo de él y Gonzalo. El gran

patricio no tenía gran apego, como sabemos, a las religiones positivas;

pero «mientras la sociedad no dispusiera de otros medios coercitivos

para ciertas transgresiones de la moral, forzoso era acudir en demanda

de ellos a las antiguas instituciones sociales, siquiera fuesen tan

viciadas y deficientes como éstas».

Volvamos ahora a Gonzalo. Pasó todo el día cerrado en Tejada, en un

estado de agitación próximo a la demencia. La única persona que se

atrevió a entrar en su cuarto fué don Rosendo. Aunque adornado con

perífrasis y redundancias periodísticas que acreditaban su temperamento

de escritor, supo hablarle un lenguaje digno y generoso. Se ponía

incondicionalmente de parte de él, y maldecía a su hija «cuya conducta

incalificable, barrenando _(últimamente le había cogido mucha afición

don Rosendo al verbo barrenar)_, al mismo tiempo, la moral, el derecho y

las prácticas sociales, la ponía fuera de toda protección legal y

familiar». El fué quien propuso encerrarla provisionalmente en un

convento. El pobre Gonzalo, abatido, convulso, no le contestó una

palabra. Escuchábale paseando por la habitación en sentido diagonal, las

manos en los bolsillos, la mirada húmeda y siniestra. Tan sólo levantó

la cabeza para decir con firmeza:

—Llévesela usted donde quiera... ¡Pero que no vea a mis hijas! No

quiero que sus labios las toquen.

Al obscurecer entró un criado a avisarle que dos señores que habían

llegado en una carretela, deseaban hablarle con urgencia. En seguida le

cruzó por el pensamiento lo que aquello significaba, y se apresuró a

contestar:

—Que entren.

Entraron dos caballeros de Nieva. El uno era el marqués de Soldevilla,

hombre de media edad, enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes

amarillos, que hablaba muy alto para aparecer campechano: el otro, un

coronel retirado, llamado Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas

palabras y amigos. Venían de parte del Duque a arreglar un asunto grave,

que había acaecido la noche pasada, en el terreno del honor. El duque de

Tornos no quería dejar al señor de las Cuevas sin la reparación que le

debía. Huir en aquella ocasión, no entraba en sus costumbres y carácter,

ni era digno de su jerarquía social. Pero al mismo tiempo, en interés de

Gonzalo y de él mismo, exigía que todo se llevase a cabo con el mayor

secreto posible.

Gonzalo dejó hablar al Marqués, que fué prolijo hasta la impertinencia,

sin pestañear, afectando una tranquilidad que no sentía.

—Está bien—dijo cuando terminó.—Acepto, desde luego, el desafío.

Estoy pronto a realizarlo como y cuando ustedes gusten... Un poco

original es—añadió, al cabo, con risita nerviosa, que disfrazaba mal la

cólera que le dominaba.—Un poco original es que sea el señor Duque

quien desafía, siendo yo el ofendido. Ese acto, a la verdad, más que en

la caballerosidad parece inspirado en el miedo.

—Señor de Cuevas—interrumpió agriamente el ex coronel,—nosotros no

podemos consentir que en nuestra presencia se permita usted esas

apreciaciones.

Gonzalo le miró con ojos distraídos, como si no hubiese oído, y siguió

diciendo:

—En realidad, yo podía y hasta debía rechazar este desafío, porque no

es costumbre que los hombres decentes se batan con los granujas, aunque

éstos lleven un título del reino.

—Señor de Cuevas—profirió Galarza montando en cólera,—esto es

insufrible. Yo no tolero que usted hable de ese modo.

—El duque de Tornos es un granuja, ¿sabe usted?—respondió mirándole

fija y provocativamente a los ojos.

La verdad es que hubiera sido gran temeridad meterse con Gonzalo en

aquel instante. Galarza se puso pálido, y dijo levantándose:

—Está usted en su casa. Yo me retiro.

—¿Quiere usted que vaya a decírselo fuera?—exclamó impetuosamente,

levantándose también.

—Señores—gritó con voz cascada el Marqués,—un poco de sosiego.

Galarza, no tiene usted derecho a irritarse. El género de ofensa que

nuestro apadrinado ha hecho al señor (y siento tener que referirme a

ella), le disculpa para extralimitarse en la apreciación de su carácter.

Creo que en el momento que acepta el duelo, hace bastante y atenúa por

completo el sentido de sus palabras, hijas de la irritación natural en

que se encuentra...

Gonzalo estuvo por dejar caer la mesa, que tenía delante, sobre el necio

conciliador. Permaneció inmóvil y silencioso, no obstante, porque

deseaba ya ardientemente verse frente a frente con el Duque. El ex

coronel volvió a sentarse a ruegos de su compañero. Por temor a su

temperamento irritable o por vengarse, no volvió a pronunciar palabra.

Gonzalo manifestó que nombraría a dos amigos para que se entendieran con

ellos, los cuales irían al día siguiente por la mañana a Nieva. Por lo

tanto podían volverse desde luego a este pueblo, a no ser que le

hiciesen el honor de ser sus huéspedes aquella noche...

Los amigos del Duque dieron las gracias: se dispusieron a marcharse.

Cuando ya estaban en pie les dijo Gonzalo dirigiéndose, por supuesto,

solamente al Marqués.

—Deseo que tanto las conferencias que celebren ustedes con motivo de

este lance, como el lance mismo, se realicen en Nieva... Porque—añadió

con acento, mitad sarcástico, mitad enternecido,—por más que a ustedes

les parezca raro, todavía hay en esta casa personas que me aman.

Los padrinos prometieron complacerle, y se retiraron dando la vuelta a

Nieva.

Cecilia los vió partir y se puso a rondar el cuarto de su cuñado sin

atreverse a entrar. Este, al salir en busca de Pablito, se la tropezó en

el pasillo, que estaba medio a obscuras. La joven le cogió

repentinamente la mano, se la apretó con fuerza, y clavándole una mirada

anhelante, le dijo:

—No te batas, Gonzalo.

El tuvo fuerzas para disimular, exclamando con desprecio:

—¡Me había de batir yo con ese canalla! ¡Nunca!... Le mataré donde le

encuentre...

Creyó en sus palabras; pero volvió a decirle con voz conmovida:

—Hazlo por tus inocentes hijas.

—Por mis hijas... y por ti—respondió acariciándole afectuosamente el

rostro con la mano. Y se apresuró a alejarse, porque la emoción le

ahogaba.

Cuando halló a Pablo, le dijo reservadamente:

—Contigo puedo hablar con franqueza. Eres un hombre y sabes bien que

hay en la vida cosas inevitables. Acaban de irse los padrinos del Duque,

y acabo de engañar a Cecilia prometiéndole no batirme. Como tú

comprendes, eso es imposible...

—¿Por qué?... No: tú no debes batirte... ¡Yo soy, yo, el que ha de

matar a ese miserable!—exclamó fogosamente el hermoso mancebo.

—Gracias, Pablo, gracias—respondió Gonzalo gravemente con voz

temblorosa, apretándole la mano con efusión.—Eso no puede ser. Medita

un poco sobre el asunto, y verás que te engañan tus buenos deseos y el

cariño que me tienes.

Costó mucho trabajo convencerle, sin embargo. A todo trance había de ser

él quien desafiara al Duque primero, y ponía en prensa su no muy repleto

cerebro, para buscar argumentos que lo hiciesen natural y lógico. Sólo

después de larga discusión y quedando en que, si Gonzalo sucumbía o

salía herido, él retaría al Duque, se dejó persuadir de malísima gana.

Había en aquella adhesión y cariño que toda la familia le mostraba, en

lo franca y resueltamente que se ponían de su parte y rechazaban con

horror a la extraviada hija y hermana, algo que a Gonzalo le conmovía y

le sofocaba a un mismo tiempo. Este proceder tan digno, le obligaba a él

a usar de generosidad, no mentando en la conversación el nombre de la

infiel, que en sus labios sólo podía ir acompañado de un epíteto

injurioso. Pablito no se los escatimaba. Pero él comprendía muy bien que

no debía seguirle.

—Mira, mañana a primera hora, te vas a Sarrió y llevas unas cartas que

yo te daré, a Alvaro y don Rudesindo. Que se pongan inmediatamente en

camino para Nieva... procurando no asomarse a las ventanillas cuando

pasen por aquí. Que arreglen el asunto lo más pronto posible y envíen el

aviso del día y la hora a Sarrió. Tú lo recibes allí y me lo traes

inmediatamente... Después ya me arreglaré para salir de aquí sin que tu

padre y Cecilia lo adviertan.

Cumplió su cometido Pablo, saliendo al amanecer para Sarrió a caballo.

Cumplieron el suyo también, Peña y don Rudesindo, trasladándose a Nieva

acto continuo. Gonzalo vió pasar el coche que los transportaba, desde el

balcón de su cuarto.

El escándalo en Sarrió había sido terrible como debe suponerse. No se

hablaba de otra cosa. Los amigos de Belinchón andaban mustios. No

faltaban entre ellos, sin embargo, quienes creían que le estaba bien

empleado a don Rosendo, por haber criado con tal mimo a su hija menor, y

haberla consentido tomar aquellas ínfulas y aires de princesa. Los

enemigos se bañaban en agua de rosas, y procuraban aumentar con mil

trazas el escándalo. Las pocas personas imparciales que había en la

villa, se limitaban a compadecer al pobre Gonzalo, y a censurar el

proceder repugnante de la ingeniosa señora de Marín (pues ya se sabía

que era ella la que prendiera fuego a la mecha). Muchos curiosos pasaban

por delante de la casa de don Rudesindo mirando con atención a los

balcones, preguntando a los criados que salían, husmeando, en fin, lo

que dentro pasaba. Se decía que Ventura estaba muy tranquila, y poco

arrepentida de su conducta, que había comido como si tal cosa, y que

había charlado y reído toda la tarde, con la esposa del fabricante de

sidra.

A la atención ávida de los curiosos, tampoco pudo ocultarse la marcha de

éste para Nieva en compañía de Peña. En seguida se sospechó el objeto.

Corrió por la villa como una chispa, la noticia de que Gonzalo se estaba

batiendo con el Duque, no se sabía dónde.

Don Melchor de las Cuevas vivía solo con un criado y una criada. La

noche del baile se había retirado a su casa, pasando antes por la de

Belinchón. Allí le dijeron que el señorito Gonzalo se había ido a

Tejada. El anciano sospechó que no sintiéndose bien, se iría a meter en

la cama. Al día siguiente, él mismo se sintió un poco indispuesto,

porque no estaba acostumbrado a trasnochar, y se quedó en casa. Mandó,

sin embargo, al criado a la de Belinchón, a preguntar qué sabían de su

sobrino. Enteróse el criado inmediatamente de lo acaecido, pero no se

atrevió a decírselo a su señor. Le trajo el recado de que Gonzalo se

hallaba en Tejada bueno. Pasó aquel día así. Pero al siguiente, martes,

oyó el criado la especie de que el señorito se estaba batiendo con el

Duque, y entonces, por temor de incurrir en responsabilidad o porque

creyese que su señor podía evitar una desgracia, le dió cuenta de todo,

aunque con algunas precauciones. Don Melchor, herido en lo más hondo de

su corazón, se levantó convulso de la butaca y pidió que inmediatamente

fuesen a buscar un coche que le trasladase a Tejada. En cuanto estuvo a

la puerta, se metió en él, ordenando al cochero que fuese a todo escape

a la quinta de Belinchón.

Con quien primero tropezó fué con éste, quien le recibió con alguna

confusión y vergüenza, como si el pobre tuviese alguna parte en la

desgracia que pesaba sobre Gonzalo. Don Melchor estuvo un poco frío con

él, no intencionalmente, sino por el anhelo que tenía de ver a su

sobrino. Don Rosendo le condujo hasta la puerta de su cuarto, y allí le

dejó. El señor de las Cuevas llamó con los nudillos.

—¿Quién va?—preguntaron de adentro ásperamente.

Levantó el pestillo sin contestar, y entró. Gonzalo, que estaba en pie

en medio de la estancia, se puso rojo como una brasa al ver a su tío.

Este le oprimió fuertemente contra su pecho. Las lágrimas corrieron

abundantes por las mejillas del joven. Nadie le había visto llorar en

aquellas críticas circunstancias. Pero aquel anciano era el padre de su

infancia, y a él podía mostrar sin vergüenza las llagas más recónditas

de su corazón. Estuvieron largo rato así abrazados. Don Melchor se

separó al cabo, y dijo empujándole hacia una butaca:

—Siéntate.

Se dejó caer en ella, y ocultó los ojos con la mano.

—El golpe es rudo—dijo el marino con voz ronca después de silencio

prolongado.—Una racha traidora que te ha metido la borda debajo del

agua... Pero eres barco de mucha manga—añadió poniéndole las manos

sobre los hercúleos hombros.—Tienes las cuadernas sólidas... Ya

achicaremos el agua.

Gonzalo no contestó.

—¿Por qué no te has venido inmediatamente a casa?

—Porque hubiera sido un desaire cruel para esta pobre familia, que está

profundamente afligida. ¡Se han portado conmigo tan cariñosamente!

—Si es así, has hecho bien... Pero debiste darme aviso... Eso no te lo

perdono.

—¿Para qué? Cuanto más tarde recibiese usted el disgusto, mejor.

—¡No; eso no! Yo soy tu padre, Gonzalo, y debo padecer contigo...

Además, mi presencia hacía falta... Me han dicho que vas a batirte con

ese... ¡con ese pirata! ¿Es verdad?

—No... por ahora no hay nada—respondió el joven con alguna vacilación.

—¡No me engañes, Gonzalo! Ese desafío no puede realizarse. Vengo

resuelto a impedirlo.

—No hay nada, tío. Sosiéguese usted.

—Es inútil que me engañes. Yo no me separaré de ti un momento. Aquí me

quedo. Dormiré a tu lado para que no te me escapes, y te daré guardia de

_prima_, de _media_ y de _alba_.

Gonzalo quedó estupefacto. Comprendió que era necesario confesarlo todo,

y abordar la cuestión de frente.

—¿Y si fuese verdad, qué, tío? ¿Se atrevería usted a impedir que su

sobrino fuese a cumplir con lo que el honor exige?

—Sí, señor... ¡Pues no me había de atrever!... Sí, señor, que me

atrevo—replicó el viejo, ya enfurecido.—¿Quieres que yo consienta que

expongas tu vida por un pillo, por un ladrón, que se ha introducido en

tu casa para robarte villanamente la honra? A los ladrones se les mata

de un tiro, o se les ahorca; no se mide las armas con ellos... Tú estás

obcecado, Gonzalo... Párate un momento, hombre. Da fondo al escandallo,

y verás que no hay agua para marear...

—¿Qué quiere usted que haga entonces? ¿Quiere usted que le deje marchar

tranquilamente para Madrid? ¿Quiere usted que le vaya a despedir, y a

desearle feliz viaje, dándole las gracias además por el favor que me ha

hecho?

—¡No, mala centella que lo parta, no!... Mátalo, si quieres, pero no

expongas tu vida.

—Eso es muy fácil de decir, tío—replicó Gonzalo con

amargura.—Figúrese usted que voy a Nieva, le busco y le pego un tiro o

una puñalada y le dejo muerto... Pues desde allí voy a la cárcel, y, por

bien que me vaya, no me escapo sin unos años de presidio... Aparte de

que la mayoría de los hombres, aunque disculpasen la acción, no la

hallarían muy valerosa.

Don Melchor se quedó unos momentos confundido, sin saber qué replicar.

Aquello no tenía vuelta de hoja. Al cabo, levantó la cabeza con brío,

los ojos brillantes de alegría:

—¡Ya encontré la solución!

—¿Cuál?

—Tú te estás quieto en casa. Yo me voy ahora mismo a Nieva, le desafío

y le mato.

—¡Oh, tío, muchas gracias! Eso no puede ser—replicó Gonzalo, sin poder

reprimir una sonrisa.

—¿De qué te ríes, ciruelo?—exclamó el buen anciano, echando fuego por

los ojos.—¿Te figuras, por ventura, que tu tío es un trasto arrinconado

que no puede empuñar un sable o una pistola?... ¡Oh, demonio! ¡Oh,

diablo!—añadió cada vez más irritado, gesticulando como un loco por la

habitación.—Yo estoy lo mismo que si tuviera veinte años... Yo subo de

cuatro en cuatro las escaleras, y no me fatigo... Yo bebo cinco botellas

de _pale-ale_, y no me tambaleo... Yo derribo un toro de un puñetazo, y

trinco al marinero más forzudo y le echo al agua... ¿A que no rompes tú

cinco nueces con los cinco dedos de la mano, y eso que te las echas de

tan bruto?...

—Si no me reía por eso, tío... Ya sé, ya sé...

—Vamos a ver; trae esa mano... A ver si sé apretar o no sé apretar...

Gonzalo se la alargó, y el viejo marino se la apretó con todas sus

fuerzas, el semblante rojo y contraído. Aunque no le lastimó gran cosa,

fingió sentir un dolor agudísimo:

—¡Uy, uy!

—¿Eh, qué tal?—exclamó su tío con aire triunfal.—¿Puedo o no puedo

todavía librar al mundo de un pillo?

—¡Ya lo creo que puede usted! Tiene usted más fuerza que yo... Pero no

se trata de eso. Lo que hay que ver es si debe usted hacerlo; si eso

sería decoroso para mí... ¿No comprende usted, tío, que el ridículo que

ya por el hecho mismo de ser marido engañado, pesa sobre mí, se

aumentaría de un modo inconcebible si fuese usted el que se batiese y no

yo?... Este ridículo ya sé que se borra con sangre; pero ha de ser

sangre vertida por mi mano.

Don Melchor no quiso convenir en ello: discutió, gritó, se enfureció. Se

conocía, no obstante, que deseaba aturdirse. Las razones de Gonzalo le

trabajaban en el alma y se la llenaban de amargura. Últimamente, ya se

batía en retirada. Pedía tan sólo que se aplazase el lance; que se fuese

a viajar una temporada, y si a la vuelta persistía en batirse, lo

hiciese. Duraba aún la disputa, cuando don Rosendo llamó a la puerta

para preguntarles si deseaban que se les sirviese el almuerzo allí o

querían venir al comedor. Gonzalo optó por esto último, porque de ningún

modo quería mostrarse frío con su suegro y cuñada.

El almuerzo fué triste. Por más esfuerzos que todos, hasta el mismo

Gonzalo, hacían por mostrarse despreocupados, cerníase sobre la mesa una

nube negra que obscurecía los semblantes. Después que tomaron el café y

descansaron un rato, Gonzalo dijo:

—Tío, usted ha salido de la cama para venir aquí. No debe usted

sentirse bien... ¿Quiere que se le arregle un cuarto? Creo que le

convendría acostarse.

Don Melchor comprendió que su sobrino deseaba quedarse solo.

—No; me vuelvo a Sarrió. Avisa que enganchen.

Despidióse de Belinchón y Cecilia en casa. Gonzalo lo fué acompañando a

pie hasta la salida del parque. Ambos iban silenciosos y sombríos. El

anciano, además, sumamente pálido. Antes de meterse en el coche abrazó

estrechísima y largamente a su sobrino, y le dijo al oído con voz

conmovida:

—¡Dale un buen barreno en los fondos, hijo mío!

Cuando se separaron, tenía el rostro bañado de lágrimas. Metióse

rápidamente en la carretela, y se ocultó en un rincón sin decir adiós.

Gonzalo miró alejarse el coche, y permaneció largo rato inmóvil,

agarrando con la mano una reja de hierro de la puerta.

Poco después de anochecer, llegó Pablito de la villa. Después de comer,

aprovechó un momento para decir a su cuñado rápidamente:

—Mañana a las ocho en la quinta de Soldevilla... a pistola. A las seis

pasarán por aquí Peña y don Rudesindo. Estáte preparado.

Gonzalo durmió aquella noche mejor que la anterior. La satisfacción

feroz que le daba la seguridad de encontrarse al día siguiente con el

Duque, tranquilizaba sus nervios. A las cinco de la mañana se despertó

ágil y fresco sin acordarse de haber soñado. Se vistió y aliñó con el

menor ruido posible, y salió de puntillas cuándo aún estaba amaneciendo.

—¿Va de caza, señorito?—le preguntó una criada con quien tropezó.

—No; voy a avisar al molinero para que deje en seco la acequia. Quiero

pescar esta tarde.

Salió a la carretera y siguió la dirección de Nieva esperando que el

coche de sus padrinos le alcanzaría, como así sucedió a la media hora

poco más o menos. Peña y don Rudesindo estaban fuertemente alterados.

Cuando subió al carruaje le apretaron la mano con gran afecto y le

enteraron de las condiciones del duelo; a veinticinco pasos avanzando y

disparando cuando quisieran. Aquel negocio era bastante más grave que

todos los demás en que habían intervenido. Gonzalo los escuchó

tranquilamente. Sólo indicó que hubiera deseado que fuese a sable:

tendría gusto en hallarse más cerca de su adversario. No parecía sufrir.

Y es que, comparada con el tormento de los dos días anteriores, cuando

la imagen de su esposa en camisa, acurrucada en un rincón, no se

apartaba un instante de sus ojos, la emoción de ir a verse frente a su

enemigo, era una felicidad relativa. Por otra parte, Gonzalo, como todos

los temperamentos excesivamente vigorosos, había nacido para los

peligros; gozaba con ellos como si tuviera la seguridad de que la vida

que corría exuberante por sus venas no podía secarse.

No llegaron a la quinta de Soldevilla hasta las ocho y media. El Duque y

sus padrinos los esperaban hacía rato. El primero no se presentó. Estaba

dentro de la casa. El Marqués y Galarza llevaron a Peña y don Rudesindo

adentro también, mientras Gonzalo daba una vuelta por la huerta. La

posesión de Soldevilla se componía de un caserón medio arruinado con

pocos y antiquísimos muebles cubiertos de polvo, una huerta bastante

grande, más cuidada que la casa, y detrás de la huerta una vasta

pomarada ya vieja. Esta posesión estaba rodeada de prados y tierras que

también pertenecían al Marqués.

Los padrinos, dentro de casa, echaron a suerte sobre cuáles pistolas

habían de usarse, las que había traído Peña, o las del Duque. Fueron

éstas las elegidas. Después redactaron el acta de condiciones. Por

cierto que hubieron de escribirla con una pluma perversa del mayordomo,

porque el Marqués escribía una carta cada año. Cargaron las pistolas y

se salieron a buscar sitio.

—Manuel—dijo el Marqués viendo a un criado que estaba plantando

cebollín en uno de los cuadros de la huerta.—Retírate.

El criado le miró sorprendido.

—Que te retires, hombre—repitió con más severidad.—Vete a otra parte.

El criado se salió de la huerta, lanzándole miradas de asombro y

curiosidad.

Eligióse el sitio en uno de los caminos más anchos del medio. Soldevilla

fué a buscar al Duque.

El día había amanecido despejado. Pero después de salir el sol, negros y

espesos nubarrones que surgieron del horizonte de tierra, se habían

acumulado sobre aquel paraje de la costa, amenazando descargar muy

pronto su pesado fardo de agua. La luz se había mermado

extraordinariamente. Parecía que estaba amaneciendo entonces.

El Duque se presentó con levita negra y sombrero de copa, un tanto más

pálido que de ordinario, pero afectando una calma desdeñosa, sin faltar

a la cortesía. Traía en la boca un cigarro puro, y se envolvía en

ligeras nubes de humo, mientras caminaba a la par de Soldevilla. Cuando

llegó al sitio designado, dirigió un frío saludo ceremonioso al grupo de

Gonzalo y sus padrinos, y no volvió a mirarles. Después de conferenciar

unos instantes, Peña colocó en su sitio a Gonzalo y le entregó una

pistola cargada. Soldevilla hizo lo mismo con el Duque. Ambos se habían

quitado el sombrero. El prócer conservaba el cigarro puro en la mano

izquierda, al cual seguía dando con impasibilidad un poco teatral,

largos chupetones. Empezaban a caer del cielo gruesas gotas, anunciando

un fuerte chaparrón. Peña gritó al fin:

—Señores, preparados... Una, dos, tres...

El Duque inclinó la pistola y apuntó. Gonzalo, apuntando también, avanzó

pálido, con los ojos inyectados. Su enemigo, le esperó serenamente hasta

una distancia de quince pasos. Y ya con la seguridad de volcarle, porque

era un tirador consumado, disparó. La bala rozó la mejilla del joven,

levantándole la piel y haciéndole sangre. Detúvose un instante, y siguió

avanzando. Los padrinos empalidecieron terriblemente. El Duque dejó caer

la pistola y se cruzó de brazos, esperando la muerte, con una bravura

llena de afectación y soberbia. Gonzalo avanzó precipitadamente, hasta

ponerse a dos pasos de su adversario. En aquel momento una ola de sangre

le cegó. Su temperamento de atleta venció repentinamente a las

sugestiones de la razón. Brillaron sus ojos con los reflejos siniestros

de una bestia salvaje, temblaron sus labios, contrájose espantosamente

su rostro, y arrojando lejos de sí la pistola, saltó como un tigre sobre

el traidor. El Duque no resistió el choque de aquel coloso y cayó

rodando. Gonzalo se puso a brumarle las costillas con los pies, lanzando

rugidos. Los padrinos acudieron corriendo a sujetarle. Al bilioso

Galarza se le ocurrió, para realizarlo, darle un bastonazo en la cabeza.

Gonzalo no hizo señal de sentirlo. Peña, indignado, alza su bastón y

¡zas! le arrima otro garrotazo a Galarza. El marqués de Soldevilla,

¡zas! le da otro a Peña. Y arrebatados de furor unos y otros, comenzaron

una lucha tan brava como indigna a bastonazos, mientras Gonzalo,

satisfaciendo ferozmente su cólera acumulada, pateaba con saña el

cuerpo, inerte ya, del Duque.

El cuarto poder · 第 29 / 31 段