disfrazada con dominó y careta, luego que le dejó en la antesala con
orden expresa y terminante de irse inmediatamente a casa, se volvió a
meter en el centro del baile, donde tenía un asunto de importancia que
resolver, como luego veremos.
Rodeado por un grupo de máscaras estaba el simpático don Feliciano
Gómez. Su gran pirámide de cabeza monda y reluciente, descollaba
soberbia por encima. Eran mujeres las que formaban círculo en torno
suyo, armando algarabía insufrible. Las bromas que le prodigaban tocaban
a menudo en la injuria.
—¡Feliciano, milagro que te han dejado venir al baile tus hermanas! ¿A
qué hora te han mandado retirarte? Dicen que doña Petra te castiga
cuando llegas tarde, ¿es verdad? ¡Pobre Feliciano! ¡Qué severas son tus
hermanas! Ya que no te han permitido casarte, debieran darte un poco más
de libertad.
El bravo comerciante, sin ofenderse, contestaba con sonrisa bondadosa a
aquellas arpías. Al fin, cansadas de su paciencia, le dejaron en paz.
El adorable Pablito, vestido correctamente de frac, con una flor blanca
en el ojal, llevaba a cabo mientras tanto la conquista de cierta hermosa
hebrea, hija de un comandante de artillería que acababa de llegar. La
pobrecilla, al ver rendido a sus pies al joven más rico y más apuesto
de la villa, dejaba escapar por todos los poros de su lindo rostro
ruborizado, el gozo íntimo que le embargaba. ¡Qué sonrisas, qué gestos
tan expresivos! Las muchachas de la población la miraban con expresión
de burla. Aquellas miradas decían:—«Goza, goza un poco, infeliz, que
pronto vendrá el desengaño».
Pablito, inclinado, sumiso, la vertía al oído frases ardientes e
ingeniosas como éstas:
—Ayer cuando venía de Tejada, la he visto a usted con su papá, tan
guapetona como siempre.
—¡Qué guasón! También yo le vi. Venía usted en coche abierto. Guía
usted muy bien.
—Es favor, Carmencita. Guiar ahora esos caballos no tiene nada de
particular, lo hace cualquiera. ¡Si los viera usted cuando los compré!
El cochero de don Agapito los había echado a perder enteramente; sobre
todo el Gallardo, el de la izquierda, ¿sabe usted? un poco más obscuro
que el otro... Aquél era una cosa perdida. Si cae en otras manos, a
estas horas no vale dos pesetas. Hoy es mejor que el otro todavía...
Cuestión de paciencia, ¿sabe usted?—añadió con fingida modestia.
La linda hebrea protestó:
—Vamos, no se haga usted el pequeño, que ya sabemos que lo hace usted
muy bien.
—Paciencia y un poco de costumbre—repitió Pablito bañándose en agua de
rosas.
Después le explicó con toda latitud lo que en su concepto constituía un
buen cochero. La mano suave y firme al mismo tiempo, el ojo vivo,
castigar fuerte cuando hace falta, pero sin irritarse; luego un gran
conocimiento de lo que son los caballos. Sin el estudio atento y
reflexivo del temperamento de estos animales, imposible guiar
regularmente. Carmencita le escuchaba embelesada.
A Cecilia se le había acercado, poco después de entrar en el salón, Paco
Flores, aquel ingeniero que pidió su mano por mediación de Gonzalo.
Desde que la joven le diera calabazas, él, que, como hemos visto, sólo
buscaba una mujer modesta, hacendosa y con algún dinero, se había
enamorado de ella y la perseguía a sol y sombra. En Sarrió, al ver la
persistencia del ingeniero en festejar a la primogénita de Belinchón, se
creía que apetecía sólo con ansia la dote. Era un error. Flores se había
llegado a enamorar de veras. Si Cecilia se quedase pobre repentinamente,
lo mismo la haría su mujer. La conducta de ésta, también era adecuada
para encender su ilusión. A todos sus obsequios y galanterías respondía
siempre con amabilidad y gratitud. No había peligro de que la joven se
retirase del balcón cuando él pasaba, ni esquivase su conversación
cuando le encontraba en alguna casa conocida o le diese alguno de esos
desaires que tanto hacen gozar a la mayoría de las muchachas. Le trataba
como un buen amigo, guardándole todas las atenciones que se deben a la
persona que se estima. Pero en cuanto el ingeniero quería pasar
adelante, pedía un poco de amor, un rayo de esperanza, siquiera para el
día de mañana, encontraba la misma negativa, suave, firme y constante. Y
lo peor era que Cecilia, al negar, no lo hacía con placer, sino con
repugnancia, como si le doliese causar disgusto a un amigo. Este
sentimiento hería aún más el amor propio del pretendiente.
Después que bailaron un vals, sentáronse fatigados en un ángulo del
salón. Flores le había cogido el abanico, y la abanicaba
respetuosamente.
—Así quisiera pasarme la vida—dijo con acento sincero.
—¡Oh! Se cansaría pronto—respondió Cecilia sonriendo.
—¿Quiere usted probarlo?
La joven no contestó.
—No es usted, Cecilia, de las mujeres que hastían pronto. Posee usted
en su corazón y en su inteligencia recursos para tener siempre a sus
pies al hombre que la ame. Hace más de dos años que vivo enamorado de
usted, y, en vez de cansarme, cada vez me siento más ligado a usted,
cada vez la adoro más perdidamente... hasta el punto de ser la burla de
la población.
—Eso no se puede decir de antemano—repuso ella, un poco conmovida por
el fuego y la emoción que Flores había comunicado a sus palabras.—No es
lo mismo ver a una mujer cortos instantes, y hablarla de Pascuas a
Ramos, que tenerla a su lado eternamente.
—¡Qué más quisiera yo, Cecilia! Tenerla junto a mí siempre,
¡siempre!—replicó en voz baja y temblorosa el ingeniero, jugando con el
abanico y mirando fijamente al suelo.—Consagrar mi vida a servirla, a
adorarla de rodillas... Yo sé que haría usted feliz a cualquier hombre,
pero a nadie tanto como a mí que conozco las grandes cualidades de su
alma, que adivino además en su corazón sentimientos que acaso sean
enteramente desconocidos para otros... ¡Es terrible! Eso de que usted no
me haga concebir la más remota esperanza de que algún día, por lejano
que sea, mi cariño llegue a ablandarla, y me acepte siquiera por
esclavo...
—Le acepto por amigo, por buen amigo—dijo la joven gravemente.
—Amigo, ¡oh!... Esa amistad, Cecilia, es una muralla de hielo que se
interpone entre usted y yo... Comprendo que no tengo mérito alguno para
merecer el amor de usted... que hay cien jóvenes en la villa que
pudieran con más derecho solicitarlo... Pero lo extraño, lo que me anima
y desanima a un mismo tiempo, es que usted no se ha fijado en ninguno
hasta ahora... Su corazón permanece ocioso, indiferente... Digo, a no
ser que tenga usted algún amor oculto.
Cecilia se estremeció levemente y levantó un poco los ojos hacia el
sitio donde se escuchaba la voz de Gonzalo. Después respondióle con más
severidad que de ordinario:
—Deje usted de estudiar tanto mi interior, Flores; primero, porque lo
más probable es que sea tan vulgar como el de la mayoría de las mujeres,
y segundo, porque, si hubiera algo de particular en él, no sería fácil
que usted lo descubriera.
—No se ofenda usted, Cecilia. Este estudio es una prueba nada más de lo
mucho que usted me interesa.
—No me ofendo—replicó la joven procurando sonreir.—Voy a saludar a
Rosario. ¿Quiere usted llevarme?
En la antesala, separada sólo por algunas columnas del salón, charlaban
los padres graves, echando ojeadas satisfechas a éste, donde veían a sus
hijas divertirse. Alguna vez, se destacaba un máscara del baile, y venía
a embromarles. Era alguna vieja contemporánea que les hacía reir y toser
hasta reventar con historias antiguas. Don Rosendo charlaba en un rincón
con don Melchor de las Cuevas. Explicábale un vasto proyecto de puerto,
grandioso como todos los suyos. Porque no es posible representarse bien
lo que había crecido la ciencia, ya grande, de Belinchón en los últimos
años. Era una ciencia más intuitiva que adquirida a fuerza de estudio,
como acontece a todos los grandes hombres. Al principio, cuando iba a
escribir en _El Faro_ sobre un tema que no conocía, mostrábase receloso,
vacilante, tímido. Mas en cuanto aprendió bien los tópicos del
periodismo, y tuvo a su disposición una buena cantidad de frases hechas,
y sobre todo, en cuanto recibió un diccionario enciclopédico en quince
tomos, que le costó no menos de dos mil reales, ¡aquello sí que fué
cortar y rajar! No hubo asunto o problema científico, social, económico
y político en que don Rosendo dejase de meter la cucharada con gran
lucimiento. Se trataba de la peste que hacía estragos en el ganado: don
Rosendo buscaba en su diccionario las palabras _ganado, caballo, toro,
carnero, forrajes, industria pecuaria_, etcétera, y así que leía lo que
decía sobre ellas, tomaba la pluma, y su genio periodístico se encargaba
de trazar uno o varios artículos, rebosando de filosofía y erudición.
Venía, como ahora, la cuestión del puerto, y acudía al diccionario en
busca de las palabras _puerto, dársena, mareas, dragas, vientos_, etc.
Siete artículos llevaba escritos y publicados a la sazón, para demostrar
la necesidad de construir una gran dársena frente a Sarrió, en un punto
denominado Fonil. Parecía un marino consumado, harto de surcar los
mares, encanecido en el estudio de los problemas hidráulicos. Sin
embargo, el señor de las Cuevas, aunque pasmado de aquel modo de barajar
términos marítimos, alguno de los cuales ni él mismo conocía, torcía el
gesto a las explicaciones verbales que don Rosendo le daba. Concluyó por
decirle, poniéndole la mano en el hombro:
—Desengáñese usted, Belinchón: en la dársena de usted, con viento
entablado del Noroeste, no entran ni las sardinas.
El que más gozaba en esta fiesta, ¿quién lo diría? era un anciano, el
buen don Mateo, a quien se debía exclusivamente. Para él, aquel baile
significaba uno de los grandes triunfos de su vida. Más trabajo le había
costado congregar allí a los enconados vecinos de la villa, que tomar un
reducto a los carlistas en la acción de Guardamino. No cesaba en toda la
noche de andar, mejor dicho, de arrastrarse de un lado a otro,
expidiendo órdenes a los criados, al conserje, a la orquesta.
—Gervasio, ahora las bandejas de dulces... ¡Coged uno de cada lado,
mastuerzos!—¿Qué quiere usted, señor Anselmo? ¿Piden los muchachos que
en vez de vals sea rigodón? Pues toque usted rigodón.—A ver, pollos,
que hay una porción de señoras en el tocador que no tienen pareja para
salir.—¡Marcelino! ¿dónde se ha metido Marcelino? Baja al portal, que
un pillo ha tirado una pedrada al farol, y lo ha roto.—¡Pero, don
Manuel, si no son más que las dos! ¿Se quiere usted llevar ya a las
niñas, y aún no hemos roto la piñata?
Aquella noche estaba rejuvenecido el buen señor. Gozaba por todos los
jóvenes, como los místicos gozan en una comunión general. De vez en
cuando sus ojos opacos se fijaban por encima de las gafas, en el globo
de madera que colgaba en medio del salón, y lo acariciaba con una
sonrisa de placer. Aquel primoroso artefacto, venido de Burdeos, estaba
pintado con rayas azules y blancas. Por debajo de él pendía una multitud
de cintas de varios colores, todas las cuales, menos una, quedarían en
las manos de las señoritas, al tirar por ellas. A la que diera con la
cinta que abría la piñata se le adjudicaba el globo, cargado, sin duda,
de confites, y, según se decía, de chucherías muy lindas.
Gonzalo, en el medio del salón, mostrábase también alegre, departiendo
cuándo con una, cuándo con otra dama. Había bailado con su cuñada un
rigodón, y una polka y un vals con dos amigas de su esposa. Sudaba
copiosamente. No cesaba de limpiarse la frente con el pañuelo. Su gran
figura de coloso, descollaba como una torre por encima de todas las
cabezas.
—¡Qué animado está el señor alcalde!—le decía una dama del bajo
imperio.
—Hay que aprovecharse de la ausencia de Ventura—respondía el joven
riendo.—¿Dónde está su marido, Magdalena?
—Por ahí anda.
—Baile usted conmigo esta polka. Vamos a engañar a nuestros cónyuges
respectivos.
—No puedo. La tengo comprometida con Peña.
Mientras así charlaba con todos los que se le acercaban, una mujer
rebujada en dominó negro, con máscara del mismo color, no le perdía de
vista un momento, situada ahora en un punto, ahora en otro; pero siempre
a corta distancia de él. Por los agujeros de la careta se veían dos ojos
lucientes y fieros. Era doña Brígida, la ingeniosa compañera del
rebajado Marín, que acechaba el momento oportuno, como el barítono de
_Un ballo in maschera_ para dar la puñalada. La víctima allí, era un
príncipe; aquí, nada más que alcalde. Las razones que la eminente señora
tenía para meditar tal crimen, no serán tan poderosas como las del
barítono a los ojos de un hombre; mas de seguro lo parecen a cualquier
mujer. _El Faro de Sarrió_, en su afán de morder a todos los socios del
Camarote, a sus parientes y amigos, la había emprendido desde hacía tres
o cuatro meses, con la esposa de Marín. Salieron a relucir todos los
secretos domésticos; la vida del matrimonio, la dependencia y
degradación de Marín fueron puestas en caricatura. Se contaban a este
propósito, en letras de molde, todas las anécdotas más o menos chistosas
que corrían por la villa, y algunas más descubiertas o inventadas por
los maleantes redactores. Y como si esto fuera poco, no había número del
citado periódico en que de un modo u otro no se hiciese mención de la
peluca de doña Brígida, que por tal circunstancia había llegado a ser
popular en Sarrió. La irritación, la rabia, el odio y el deseo de
venganza que se habían despertado en esta señora, nadie se los puede
figurar. Baste decir que, cuando veía a cualquier redactor de _El Faro_
en la calle, empalidecía horriblemente; costaba gran trabajo impedir que
se le arrojase al cuello, como un gato rabioso. Hasta entonces no había
podido satisfacer aquella ansia de venganza que la devoraba. Por eso
ahora, contemplando a Gonzalo, se relamía de gozo, se estremecía de
anhelo, como el tigre que divisa la presa. Aprovechando un instante en
que nadie hablaba con él, se fué hacia él muy quedo y por detrás. Y
poniéndose repentinamente delante, escupió más que dijo estas palabras:
—Gonzalo, ¿cómo eres tan borrico? Estás siendo la burla y la risa de
todo el mundo. No hay una sola persona en el baile que no sepa que tu
mujer está durmiendo a estas horas con el duque de Tornos.
El joven quedó como si le hubieran dado con un mazo en la frente. Se
puso densamente pálido. Trató de agarrar a la infame máscara para
arrancarle la careta; mas no le fué posible. Doña Brígida se había
escabullido como una anguila por entre la gente. Como había muchas
señoras con el mismo disfraz, imposible saber quién era. Entonces se
apresuró a salir del salón. Las palabras aquellas le sonaban dentro de
la cabeza como feroces martillazos. Temió caerse. En la antesala
respondió con sonrisa estúpida a las frases amicales que le dirigían. Su
tío don Melchor, viéndole tan pálido, vino hacia él:
—Qué tienes, Gonzalillo: ¿te sientes mal?
—Sí... Voy a tomar una taza de te.
—Te acompaño.
—No, no; vuelvo en seguida.
Y corrió, dejándole plantado cerca de la puerta.
Bajó las escaleras. Se encontró en la calle sin darse cuenta de lo que
hacía. El aire frío de la noche le refrescó la cabeza y le hizo volver
en su acuerdo. Súbitamente tomó la resolución de partir a Tejada. Buscó
con la vista el coche y no le vió. Sin duda Ramón estaba en casa aún.
Miró el reloj. No eran más que las dos y media. Dirigióse a paso largo
hacia la casa de su suegro, en la Rúa Nueva, mas cuando hubo dado unos
pasos, advirtió que iba sin sombrero y de frac. Volvióse al Liceo. Al
primer criado con quien tropezó en la escalera, le pidió que le bajase
el sombrero y el abrigo.
Cuando llegó a casa, Ramón estaba enganchando ya.
—Ramón, vas a llevarme ahora mismo a Tejada a todo escape.
El cochero le miró con sorpresa.
—¿Se ha puesto peor la señorita?
—Me parece que sí—respondió metiéndose en el coche.—Para antes de
llegar... en la revuelta del molino, ¿entiendes?
—Teme asustar a la señorita, ¿verdad?—preguntó el cochero con gran
penetración.
No contestó.
Los caballos partieron a escape, haciendo bailar el coche ásperamente
por encima del empedrado desigual de la villa. Gonzalo no advirtió
siquiera aquel movimiento que le sacudía rudamente las visceras, ni el
tránsito a la carretera al dejar la población. Toda su atención estaba
fija, concentrada en un punto. ¿Sería verdad, o no? Desgraciadamente,
sin saber él mismo por qué, la convicción de que su esposa le estaba
engañando, entraba en su alma y se enseñoreaba de ella. Cuando había
venido a Tejada a pie, hacía dos meses escasos, esta convicción no
quería entrar. Por mucho que hacía para convencerse de que la delación
del periódico era verdad, su mente y su corazón se negaban a darle
asenso. Ahora sucedía todo lo contrario. Se hacía infinitas reflexiones
para persuadirse a que la acusación de la encapuchada no era más que vil
expresión de la envidia y el despecho en algún enemigo oculto, y a pesar
de ellas no podía menos de darla fe.
Cuando el coche paró, no se dió cuenta del tiempo que hacía que
caminaba; lo mismo podía ser un día que un minuto. Salió de su sueño y
brincó del carruaje al suelo.
—Ahora vuélvete por la familia—le dijo a Ramón,—y no digas que me has
traído. No hay necesidad de asustarles.
Se dirigió lentamente hacia la puerta del parque, que estaba a unos
doscientos pasos, mientras el coche se alejaba en sentido contrario.
Cuando llegó, la tocó con mano trémula. Estaba abierta como la otra vez.
Sintió un frío extraño en el corazón que le obligó a detenerse. Entró al
fin con cautela, y quiso ver si estaba la llave por dentro para
cerrarla; pero no la halló. La noche no estaba clara ni obscura; el
cielo toldado. Llovía un agua menudísima, muy frecuente en el país, que
impregna al cabo la ropa como la gorda, y aun mejor. No hacía ruido
alguno al caer sobre los árboles y plantas del parque; pero aquéllos,
empapados ya, al ser heridos por una ráfaga de viento, dejaban escapar
multitud de gotas, un verdadero chubasco, que sonaba sobre los caminos
con suave y fugaz repiqueteo.
Gonzalo se acordó de que no traía arma alguna. Pero alzó los hombros con
desdén, con una confianza absoluta de que si llegara el caso no iba a
hacerle falta. Miró a todos lados a ver si descubría el caballo del
Duque y no lo vió. Lo que sí percibió fué la sombra de un hombre
deslizándose al través de los árboles. Corrió hacia ella, mas se
desvaneció al instante. Figurósele que era Pachín, el criado, y le
acometió la sospecha de que él era el traidor que abría la puerta al
Duque. Después de la noche aquella en que halló a su cuñada con éste,
se había dedicado a averiguar quién era el que dentro de casa le
protegía, sin lograr nada. En quien menos podía sospechar era en un
criado tan antiguo como Pachín.
Pensó entonces en que podía ir a avisar a los traidores, y tomó otra vez
la dirección de la casa a la carrera para ganarle por la mano. Subió de
nuevo por la parra al cuarto de su suegro. Esta vez, el balcón estaba
llegado nada más. De puntillas, pero velozmente, se dirigió al gabinete
presa por un movimiento automático, como si, habiendo encontrado allí al
Duque una vez, fuese de necesidad que estuviese siempre. Grande fué su
estupor al encontrarlo desierto y obscuro. Quedó un momento clavado al
suelo. Pero movido súbito por una idea, corrió al cuarto matrimonial,
donde Ventura dormía. Hallólo cerrado por dentro. Llamó con la mano.
—Ventura, Ventura.
—¿Quién está ahí?—gritó de adentro su esposa con voz extraña,
indefinible.
—Soy yo... abre, abre pronto.
—Estoy en la cama.
—No importa, abre pronto.
—Déjame vestirme.
—No; abre en seguida o rompo la puerta.
—Voy, voy allá.
El joven aguardó un instante. En vez de la puerta, creyó percibir que se
abría el balcón del cuarto.
—¡Abre, Ventura!—gritó con furor.
Y no recibiendo contestación, dió un golpe a la puerta con su poderosa
pierna de cíclope, e hizo saltar el pestillo con estrépito. El cuarto
estaba en tinieblas.
—¡Ventura, Ventura!—gritó.
Nadie contestó. Sacó con mano trémula una cerilla, y paseó una mirada de
loco por la habitación. Su esposa estaba en camisa acurrucada en un
rincón, pálida, desencajada. Gonzalo no detuvo los ojos en ella. Miró a
todas partes en busca de algo, y, percibiendo el balcón entreabierto, se
lanzó hacia él. Abrió. Vió correr entre los árboles una cosa blanca, el
bulto de un hombre en mangas de camisa. No se descolgó. Saltó de un
brinco al jardín, y corrió hacia él como una saeta. Mas el hombre ya
llegaba a la puerta de hierro, la abría, desaparecía. Gonzalo le siguió
poco después, pero al echar una mirada en torno, le vió entre las
sombras, montado a caballo, lanzándose a la carrera en dirección a
Nieva. Comprendió en seguida que era inútil perseguirle. Animado, no
obstante, de una esperanza loca, volvió corriendo a las cuadras, sacó su
hermoso caballo de silla, y, poniéndole un freno, saltó sobre él en
pelo, y se lanzó igualmente a escape por la carretera de Nieva. No
llevaba espuelas ni látigo, mas el bravo animal obedeció a su voz, mejor
dicho, a sus rugidos, y tomó un escape violentísimo. Los ojos del
caballo veían el camino. El no percibía delante de sí más que un gran
agujero negro donde iba a sumirse. Los altos álamos que orlaban la
carretera, pasaban raudos a su lado como negros fantasmas.
—¡Up, up, up!
El noble bruto volaba como si le clavase el acicate. Así corrió por
espacio de media hora.
—Es imposible—se dijo.—Su caballo es aún mejor que el mío, y me
llevaba una delantera de dos tiros de fusil lo menos.
Mas cuando se iba haciendo esta reflexión, y vacilaba en tirar del freno
al caballo, pasó por delante de otro, que estaba a un lado de la
carretera, ensillado y sin jinete. Paró en firme al suyo con trabajo.
Dió la vuelta para ver lo que era aquello. Reconoció en seguido la jaca
inglesa del Duque.
—¡Oh—rugió,—ya eres mío!
Porque se imaginó en seguida que había caído. Apeóse y reconoció el
terreno, pero no dió con el jinete. Encendió cerillas, y nada, no
encontró rastro del Duque.—«Puede ser que oyendo el galope de mi
caballo, y temiendo que le alcanzase, se haya escondido por aquí
cerca»—se dijo. Saltó a los prados, reconoció todo lo escrupulosamente
que pudo a la luz de las cerillas los alrededores, miró detrás de los
setos, escudriñó la maleza, siguió un buen trecho la orilla de un arroyo
que había a la izquierda. Pero se agotó la caja de fósforos antes que
pudiese topar con su enemigo. Dió la vuelta desesperado, bramando de
rabia.
Si efectivamente el duque de Tornos andaba por allí escondido, ¡qué buen
rato debió de haber pasado!
XIX
EN QUE DA FIN LA PRESENTE HISTORIA CON ALGUNOS NOTABLES, CUANTO TRISTES
SUCESOS
Ventura, así que vió desaparecer a su esposo por el balcón, se vistió
apresuradamente. Salió del cuarto en busca de algún criado. Justamente
llegaba Pachín, con una luz en la mano, con la faz descompuesta.
—El señorito va corriendo detrás del señor Duque por la huerta—dijo,
con voz apenas perceptible.
—¿Lo alcanzará?—preguntó la infiel esposa, muy pálida, aunque repuesta
ya bastante del susto.
—No lo creo. El señor Duque tiene el caballo amarrado al lagar de
Antón. Lleva delantera para poder montar, y entonces imposible seguirle.
—¿Dónde me escondo yo? Si vuelve, me mata.
—Lo mejor sería salir de casa, señorita... Venga conmigo.
La joven le siguió al través de los pasillos. Bajaron la escalera de
servicio, y salieron por la puerta de la cocina. Pachín quería llevarla
a casa del párroco, que la tenía no muy lejos de la posesión. Cuando
salieron al jardín, vieron venir corriendo a Gonzalo hacia la casa. Sólo
tuvieron el tiempo preciso para esconderse detrás de la washingtonia
próxima al comedor. Desde allí le vieron entrar en la cuadra, sacar el
caballo y partir a escape. Ventura creyó morir de miedo.
—No, no, yo no quiero ir a casa del cura. Puede volver pronto, y el
cura no puede defenderme de él... Es un pobre viejo... Quiero ir a
Sarrió.
—¿Pero, señorita, a Sarrió a estas horas y lloviendo?
—¿No hay ningún carruaje?
—Hay la berlina; pero faltan los caballos... Aguarde usted un poco, voy
a ponerle las varas, y engancharemos la jaca del señorito Pablo... No
respondo de que tire.
—¡De prisa, de prisa!