Una persona le había visto: Cecilia. En una de las noches anteriores,

ésta, cuya habitación estaba próxima a la de sus hermanos, había creído

sentir ruido por la noche y se había levantado. Miró al través de los

cristales hacia la huerta y vió a Pachín, el criado, en compañía de otro

hombre a quien no pudo conocer. Sin embargo, concibió una viva sospecha

que la aterró. El modo de andar de aquel hombre, de quien no percibía

más que el bulto, no era de un campesino. Gonzalo dormía aquella noche

en Sarrió. Además, su cuñado era mucho más alto. Fuertemente

sobreexcitada por una idea espantosa, se acostó otra vez, pero no logró

dormir. Todo el día siguiente estuvo triste y preocupada. Al cabo logró

dominarse y resolvió en su interior vigilar a su hermana y saber de

cierto si eran quimeras o realidades lo que pensaba. Al efecto, no

perdió de vista a Pachín. Observó que el día mismo que Gonzalo había de

dormir en Sarrió, fué a este punto con una comisión de Ventura, aunque

él no era el encargado de hacer la compra. Cuando llegó quiso ver lo que

traía. Era una novela francesa que no pudo tener en las manos porque

Ventura se apoderó de ella al instante y se fué a su cuarto. No le cupo

duda de que el libro traía entre sus páginas alguna carta. Se propuso

entonces no dormirse aquella noche y saber de una vez la verdad. Después

de comer cosió un rato mientras Ventura leía a la luz del quinqué. En

cuanto sonaron las diez ambas hermanas se retiraron a sus respectivas

habitaciones. Cecilia se echó una manta por encima de los hombros, apagó

la luz y se sentó detrás de los cristales del balcón. Esperó una, dos

horas. A las doce, próximamente, de la noche percibió entre los árboles

dos sombras. Aunque con dificultad, reconoció a Pachín y al hombre de la

noche pasada, que esta vez advirtió bien que era el Duque. Las dos

sombras desaparecieron al instante entre los árboles cercanos a la casa.

Quedó petrificada. Una ola de indignación, que se formó en su pecho,

subió a los labios y exclamó:—¡Qué infame! ¡qué infame!—Siguió sentada

en la silla y con la sien pegada al cristal, aturdida, llena de

confusión y vergüenza como si ella fuese la culpable. Al cabo de algunos

minutos, estando con la mirada fija, atónita, en el parque vió correr

otra sombra con extraña velocidad hacia la casa. No pudo reprimir un

grito de espanto. Quedó en pie como si la hubieran alzado con un

resorte. Luego, trompicando en la obscuridad con los muebles y las

paredes se dirigió al cuarto de su hermana. Se hallaba en tinieblas.

Vaciló un instante en llamar: mas de repente se le ocurrió seguir

adelante pensando que Ventura no podía delinquir tan cerca de ella y las

niñas. A los pocos pasos, al revolver la esquina de un pasillo vió

claridad. Corrió hacia ella. En el gabinete persa, que era una rotonda

aislada en cierto modo de la casa, había luz. Dió dos golpecitos a la

puerta diciendo por el agujero de la cerradura:

—Soy yo, Ventura. ¡Abre! Gonzalo está ahí.

La puerta se abrió, en efecto. Apareció Ventura más pálida que una

muerta. El duque de Tornos estaba en el otro extremo, y se dirigía a una

ventana para saltar por ella. Cecilia corrió hacia él y le sujetó por

los brazos.

—¡No, eso no! No se consigue nada... Ventura, escapa... ¡Hacia la

cocina!... Gonzalo sube por el cuarto de papá.

La joven hablaba en falsete con tono imperioso, la mirada fulgurante.

Ventura no se lo hizo repetir. Salió con precipitación del gabinete.

Cecilia entonces arrastró al Duque con fuerza hacia uno de los divanes,

y le dijo:

—Siéntese usted.

El magnate la miró demudado, y preguntó:

—¿Para qué?

—¡Siéntese usted, le digo!—pronunció con rabia la joven, y al mismo

tiempo, poniéndole las manos sobre los hombros, le empujó hacia abajo.

El Duque se sentó al fin. Acto continuo, Cecilia lo hizo sobre sus

rodillas; le echó los brazos al cuello; reclinó su cabeza sobre la del

noble, llegando a poner los labios sobre su rostro.

En aquel momento se oyeron pasos precipitados en el corredor. Se abrió

la puerta violentamente, y apareció Gonzalo con el estoque desenvainado.

Cecilia volvió la cabeza y dió un grito. El joven retrocedió asustado al

reconocer a su cuñada. Soltó el arma que empuñaba, empujó otra vez

apresuradamente la puerta, y se fué tropezando, lleno de confusión,

hacia su cuarto matrimonial.

Ventura estaba leyendo tranquilamente a la luz de un quinqué. Al ver a

su esposo delante, se levantó asustada.

—¿Qué es eso? ¿Cómo estás aquí?

Cualquier actriz le compraría de buena gana aquella actitud y la

inflexión de la voz.

Gonzalo se detuvo cortado, sin saber qué decir. Salió del compromiso

exclamando:

—¿No sabes el escándalo que está pasando en nuestra casa?

—¿Qué ocurre?—profirió la joven viniendo hacia él, con la faz tan

desencajada, que si Gonzalo tuviese un temperamento observador,

comprendería que no podía ser solamente por su presencia.

Cerró la puerta y le dijo al oído:

—¡Tu hermana está en el gabinete persa con el Duque!... ¿No sabes

nada?... Di la verdad—añadió cogiéndola por la muñeca.

Ventura se confundió, vaciló, tembló, bajó los ojos admirablemente. Al

fin dijo:

—¿Cómo quieres que yo lo sepa, Gonzalo?

—¡No mientas, Ventura!—exclamó con ademán furioso. En el fondo sentía

una alegría inmensa, infinita.

—Te digo la verdad... No lo sabía... Pero sospechaba algo... Por eso me

asusté... Cuando tú entraste, estaba pensando en ir al cuarto de

Cecilia, a ver si estaba en él...

—¡Qué atrocidad! ¡Qué escándalo!... ¡Pero ese infame!... Es menester

tomar una determinación... Debe concluir esto, sin que nadie se

entere...

—Sí, sí... ¿Pero qué quieres que hagamos?

—Yo no sé... Hablaré a tu padre... No, a tu padre, no... El pobre

recibiría un golpe mortal... Hablaré al Duque... ¡Ya veremos si se

resiste!

Justamente en aquel momento oyeron ruido en el cuarto contiguo.

—Cecilia entra en su habitación—dijo Ventura.—Voy ahora mismo a

hablar con ella. Todo terminará y quedará en secreto... No quiero que tú

te comprometas, Gonzalo mío—añadió echándole los brazos al cuello.

Gonzalo hizo un gesto de desdén.

—No, no; no quiero. Es mejor que yo hable con Cecilia... Aguárdame un

instante...

Su marido la detuvo al tiempo de salir, y la dijo en voz baja:

—No digas palabras feas. Procura estar prudente... El infame es él, que

se ha aprovechado de su estancia en nuestra casa... ¡Qué miserable!

Ventura salió del cuarto y se dirigió al de su hermana temblando de

susto. La heroica joven, cuando aquélla abrió la puerta, estaba en pie

en medio de la habitación, con los brazos caídos y la vista fija en el

suelo. Ventura cerró la puerta cuidadosamente, y se dirigió a abrazarla,

murmurando con voz trémula:

—¡Oh hermana mía, gracias, gracias!

Pero Cecilia la rechazó brutalmente con un gesto de orgulloso desprecio,

exclamando:

—¡Lo he hecho por él; no por tí!

XVIII

DONDE TIRA DOÑA BRÍGIDA DE LA MANTA

Cecilia no volvería más. Comprendía la fealdad de su conducta.

Arrepentíase de haber dado ocasión para que los enemigos de Gonzalo le

injuriasen, dudando de la honradez de su esposa. Daba su palabra y hacía

juramento solemne de que aquellas escandalosas citas nocturnas no se

repetirían. Tal fué el recado que aquella noche trajo Ventura a su

marido.

En los días que siguieron, éste no se mostró irritado, ni aun severo con

la delincuente. Toda su cólera y malquerencia eran para el Duque. Le

acusaba de haber abusado inicuamente de la confianza de su suegro para

despertar en la pobre Cecilia pasiones que siempre habían estado

dormidas. Tratábala con afabilidad, hasta con mimo, lo mismo que a un

niño enfermo, queriendo persuadirla a que no había perdido nada de su

afecto. Mas esta amabilidad era tan humillante para ella, veíase detrás

un hombre tan satisfecho, tan alegre de su culpabilidad, que la joven la

rechazaba con aspereza: no lograba, por muchos esfuerzos que hacía,

aparecer sensible a tal generosidad. Encerrábase en su cuarto sin

atender como antes al cuidado de las niñas: aparecía tan seria y

reservada a las horas de comer, que llegó a despertar la atención de don

Rosendo, con hallarse este gran patricio más que nunca absorto en la

alta dirección de la batalla del pensamiento que se libraba en Sarrió.

Y con la perspicacia que le caracterizaba, en seguida comprendió que se

trataba de «un decaimiento físico y moral, procedente de la vida

monótona de la aldea. La juventud pide lo suyo, y hay que dárselo».

—Tú estás mal, Cecilia. Te veo pálida y triste. Necesitas salir de aquí

y vivir con más expansión, en un medio más a propósito para los jóvenes.

Iremos a pasar un par de meses de primavera a Madrid. En la aldea te

asfixias, como un pájaro dentro de la campana de una máquina neumática.

Este gran pensador tenía a veces símiles felices, arrancados como el

presente a las ciencias físico-naturales. En la viveza con que la joven

aceptó el ofrecimiento, entendió que, como siempre, había dado en el

clavo.

Ventura aparecía como antes. La terrible escena que había pasado, el

sacrificio de su hermana y su justo desprecio después, no habían dejado

huella en su vida. Hacía lo mismo que antes. Se mostraba tan cuidadosa

de su persona y descuidada de las otras como siempre lo había sido. Sin

embargo, cuando se encontraba con la mirada clara y penetrante de su

hermana, bajaba la suya prontamente. Desde la noche del suceso, huía de

encontrarse a solas con ella. Era bien fácil, porque Cecilia tampoco

tenía deseo alguno de cruzar la palabra con la infiel.

Gonzalo, enteramente seguro ya de ella, gozaba de esta seguridad con

deleite. Entre los esposos había habido con tal motivo una

recrudescencia de cariño. Ventura le había exigido que nunca más

volvería a dormir fuera de casa. El lo prometió solemnemente. Pensando

en la falta de su cuñada, se repetía con frecuencia:

—«Del agua mansa me libre Dios, que de la corriente me libraré yo». Y

desde entonces no sólo perdonaba a su mujer aquella ligereza y

frivolidad, afición al lujo y carácter altanero que tanto le habían

disgustado, sino que llegó a ver en estos defectos una garantía de su

fidelidad. No hay nadie sin defectos, se decía, y es preferible que

tenga éstos al que yo había imaginado.

Cinco o seis días después del suceso relatado, _El Joven Sarriense_

insertaba una gacetilla donde pérfidamente se insinuaba la misma idea

que le había obligado a hacer aquella memorable excursión nocturna a

Tejada. La leyó sin emoción, con la sonrisa en los labios, burlándose en

su interior del engaño que sus enemigos padecían. Sin embargo, como al

fin y al cabo era una injuria la que venía allí escrita, resolvió

castigar a los insolentes, aunque no de un modo trágico. Por la noche se

introdujo súbitamente de modo sigiloso en la redacción del _Joven

Sarriense_. No estaban allí a la sazón más que tres redactores. Uno de

ellos era el traidor Sinforoso Suárez. Sin decirles una palabra, cayó

sobre ellos a puñadas y puntapiés, con tal maña y coraje, que no

pudieron hacer resistencia. Cuando alguno se levantaba del suelo, un

tremendo revés a mano vuelta le tumbaba de nuevo. No sólo los tumbaba a

ellos, sino también las mesas y los armarios, haciendo mayor destrozo

que un terremoto. Cuando se cansó de sacudirles la badana, salió muy

tranquilo a la calle riendo. Acudía ya a las voces de socorro alguna

gente; pero él les dijo:

—Nada, señores, que se están pegando ahí arriba los redactores del

_Joven_... A ver, guardia, suba usted y diga a esa gente que si

continúan dando escándalo me voy a ver precisado a mandarles a la

cárcel.

Cuando se supo la verdad del caso, se rió mucho esta salida. Los del

Camarote se pusieron frenéticos. Pero Gonzalo, no tanto por su cualidad

de alcalde, como por sus puños terribles, inspiraba tal respeto, que al

fin se resignaron a quedarse con la justísima paliza que a tres de sus

colegas les habían administrado.

Pasó el Carnaval sin gran animación. Ya no se formaban en Sarrió

aquellas celebradas comparsas y cabalgatas, que llamaban la atención de

toda la provincia, y hacían de esta villa una Venecia en miniatura.

En otro tiempo, todos los vecinos tomaban parte en aquella inmensa,

desenfrenada alegría. Los ricos no sólo proporcionaban sus coches y

caballos, sino también abrían suscripciones para encargar trajes

lujosísimos a Madrid. Estas comparsas iban arrojando anises, almendras y

caramelos a los balcones, sin darse punto de reposo. Los bailes del

Liceo, si no tan brillantes, eran tan animados y divertidos como los que

se celebran en los palacios más opulentos de la corte. ¡Oh, el Carnaval

de Sarrió! ¡Quién en la provincia septentrional, donde estos sucesos se

efectúan, dejará de tener recuerdos vivos y gratos de él!

Pero con la lucha política entre güelfos y gibelinos, entre los del

Saloncillo y los del Camarote, todo se había huído. Cada cual se

encerraba en su casa. Sólo se veía por la calle tal cual empedernido

máscara haciendo las delicias de un enjambre de chiquillos que le

seguían. Los esfuerzos titánicos de don Mateo no habían bastado tampoco

a prestar animación a los bailes del Liceo. En vano iba conferenciando

con todas las niñas casaderas de la población, para arrancarles la

promesa de asistir, lo cual, en verdad, no le costaba gran trabajo. Mas

en cuanto el papá se enteraba, fruncía el entrecejo y decía gravemente:

—Ya veremos, don Mateo, ya veremos.

Este veremos significaba, las más de las veces, una prudente abstención.

Podían estar allí Fulano o Mengano, con los cuales, el buen papá, no

quería compartir ni la atmósfera.

El año anterior, don Mateo había tratado de resucitar el antiguo baile

de Piñata, de imperecederos recuerdos para todo buen sarriense, que se

celebraba en el primer domingo de cuaresma. El alcalde, que era a la

sazón Maza, bajo el pretexto religioso, y tratando de halagar a los

beatos de la villa, negó el permiso para efectuarlo. Este año, el

incansable viejo volvió a la carga con más ardor. Gonzalo no tuvo

inconveniente alguno en permitirlo. Luego se dió tan buena maña para

alborotar a la población, anunciando extraordinarias sorpresas, que

habían de salir de un famoso globo encargado a Burdeos, que consiguió

inspirar vivos deseos en todos de acudir aquella noche al Liceo. Por

primera vez en Sarrió, después de unos cuantos años, el salón de esta

sociedad prometía estar muy concurrido. Los días que precedieron a aquel

domingo, las muchachas y muchachos, o como se decía entonces, las pollas

y pollos, lograron sofocar con sus pláticas y preparativos el

desagradable zumbido de la política. Fué como un momento de respiro de

la aburrida villa. Venturita, en cuanto tuvo noticia de que se preparaba

un baile de verdad, se apresuró a encargar a la modista un lujosísimo

vestido, para disfrazarse de Isabel de Inglaterra y otro para Cecilia,

de dama de Luis XV. Esta se había resistido bastante a ir al baile. Fué

tanto, no obstante, el empeño que Gonzalo puso en ello, sin duda para

distraerla un poco de la melancolía en que había caído, que, al fin,

cedió. Con ir a Sarrió a probarse los trajes y dar instrucciones a la

modista, se distrajeron algunas tardes.

Llegó el esperado domingo. Gonzalo, que estuviera ocupado toda la

mañana, almorzó en Sarrió. Cerca ya del obscurecer se volvió a Tejada

con el objeto de comer con la familia y traer a su mujer y cuñada al

baile. Cuando llegó, éstas se estaban vistiendo ya en sus respectivas

habitaciones. Ambas se presentaron en el comedor un poco después de la

hora acostumbrada, primorosamente ataviadas. Cecilia, como suele

acontecer a todos los temperamentos serios cuando se animan súbitamente,

estaba encendida y locuaz. Parecía haber sacudido las ideas negras que

tanto obscurecían su rostro en los días anteriores. Gonzalo, antes de

ponerse a la mesa, bromeó graciosamente, tanto con ella como con su

mujer. Mientras duró la comida no dejó de reirse a su costa con aquella

ruidosa y cordial alegría que le caracterizaba.

—¿Vuestra majestad no quiere un poco de chorizo?—decía dirigiéndose a

su esposa. Y luego, regocijado por su frase, soltaba una larga y sonora

carcajada, como las que debían lanzar los reyes bárbaros en sus

festines, sacudiendo su enorme tórax con temerosas convulsiones. Su

alegría de hombre sano y bien equilibrado era comunicativa. Nadie dejaba

de reirse cuando a él se le ocurría hacerlo. Aquella noche Ventura

estaba muy amable y daba palmetazos en las espaldas a su marido

pidiéndole que callase, que no podía comer en paz. Después que

concluyeron, cuando estaban tomando el café, sea por haberse reído

demasiado o por cualquier otra causa, la joven esposa se sintió mal del

estómago. La comida le había hecho daño. Dijo que tenía ganas de

devolverla. Y en efecto, se fué a su cuarto y al poco rato volvió

diciendo que había arrojado y le dolía la cabeza. Se le hizo te. Estuvo

reposando sobre un diván algún tiempo; mas el dolor y la incomodidad no

desaparecían.

—Mirad; idos vosotros al baile. Yo me voy a meter en la cama—dijo

levantando la cabeza.

Cecilia, por cuya mente cruzó súbito una sospecha, respondió:

—No; yo me quedo también.

—¡Qué tontería!—exclamó la enferma.—¿Vais a privaros de la única

diversión que hay en Sarrió hace tiempo, por una cosa tan ligera?

—Sí—replicó Cecilia con la misma gravedad.—Yo me quedo.

—Pero, mujer, ¡si sabes que esta incomodidad la padezco yo a menudo! Es

un poco de bilis. En cuanto duerma cuatro o cinco horas estoy buena.

—Pues yo me quedo.

—Pues me obligarás a mí a ir enferma y todo—dijo con impaciencia,

levantándose.

—Tiene razón Ventura, Huesitos—dijo Gonzalo cogiendo a su cuñada por

los hombros y sacudiéndola cariñosamente.—Esto no es nada; lo ha tenido

cien veces. ¿Por qué te has de privar tú de ir al baile?... Ea, ea, a

tomar el abrigo. Ramón ya ha enganchado. Son más de las nueve y

media—añadió empujándola hacia la puerta.

Cecilia no pudo resistirse. Antes de salir dirigió una penetrante mirada

a su hermana, que ésta se apresuró a evitar sentándose de nuevo.

Abajo les esperaba ya, en efecto, Ramón, con el familiar enganchado.

Llevaban el carruaje mayor que tenían. Don Rosendo y Pablito, que se

habían quedado a comer en Sarrió, volverían probablemente con ellos a la

madrugada. Durante el trayecto, Gonzalo se mantuvo alegre y hablador,

dando matraca a su cuñada, la cual estaba taciturna en demasía. El joven

creía que el recuerdo de la fatal escena que narramos la atormentaba, y

hacía vivos esfuerzos por distraerla.

La sociedad del Liceo se hallaba establecida en la única ala sana de un

viejo convento derruído. Primero había sido escuela; mas cuando el

ayuntamiento edificó el nuevo local, hacía ya algunos años, la sociedad,

que tenía uno malísimo, se trasladó a éste, previo un arreglo o

restauración que dirigió don Mateo y costó muy buenos cuartos. Los

trabajos, sin embargo, se limitaron casi exclusivamente al salón de

baile y la escalera. La secretaría, el despacho del presidente, la sala

de ensayos de la orquesta, eran amplias y desnudas cuadras, con el

pavimento de madera podrido y roto, y las paredes blanqueadas.

La escalera estaba bien iluminada y adornada con macetas de flores, que

atestiguaban el celo y el gusto de don Mateo. Gonzalo y Cecilia la

subieron de bracero. Al llegar arriba atravesaron una vasta antesala

donde gran número de jóvenes se apresuraron a abrirles paso y saludarles

con la familiaridad que se usa en los pueblos pequeños. En el salón

había ya bastantes damas, todas disfrazadas, aunque la mayor parte de

ellas, como Cecilia, sin máscara. Para los sarrienses era aquello una

sorpresa. En los cinco últimos años, los bailes del Liceo parecían

visitas de pésame. Media docena de señoritas más o menos jóvenes, con

los hombros y el pecho al aire, el rostro muy empolvado, departiendo en

voz baja allá en un ángulo del vasto salón, mientras a su lado las

mamás sacaban tiras de pellejo a alguna amiga ausente. Otros tantos

pollos dando vueltas en la antesala, el aire triste, la mirada opaca,

abrochándose mutuamente los guantes con las horquillas de sus hermanas.

Generalmente eran los mismos. Cada pollo bailaba dos o tres polkas,

rigodones o lanceros con las hermanas de sus amigos. A las doce o doce y

media salían todos en pelotón, remangándose los pantalones y las faldas

respectivamente, y guareciéndose debajo de los paraguas, charlando en

voz alta al través de las calles solitarias y húmedas. Los vecinos, a

quienes el sueño no tenía presos, decían:—«Ahora salen del Liceo». Esto

era todo. Don Mateo, firme, indomable, conservaba tenazmente, con

amoroso esmero, este exiguo rescoldo del fuego del placer.

Gracias a su perseverancia, aquella noche se convirtió en viva y animada

hoguera. La juventud de la villa tuvo fuerzas para arrollar las ruines

pasiones que agitaban los pechos de sus papás, y entró en aquel

solitario salón como un torrente desbordado, haciéndolo resonar con sus

risas y pláticas, con chillidos horrísonos:

—Alvaro, ¿me conoces? ¿me conoces? ¿Por qué no te casas? Mira que ya

vas caminando para Villavieja.

—Periquito, ¿te gusto?... ¿Que alce la careta?... ¿Para qué lo

necesitas? Tú no te enamoras de las caras y haces bien. ¡Teniendo de

aquí... y de aquí! ¿Eh? Adiós, adiós, Periquito.

—Hola, Delaunay... Hola, _monsieur_. ¿Cómo va ese tranvía aéreo? ¡Qué

cosas se te ocurren! ¡Qué gran cabeza tienes! ¡Lástima que seas tan

desgraciado! Dicen que no eres hombre práctico. Sin embargo, supiste

arreglar a la hija del Rato... Adiós, adiós...

—¿Qué tal, Sinforoso? ¿Cuándo te dan la mano de Cipriana?... Bien te

hacen penar, hombre. ¿Por qué no los amenazas con pasarte otra vez al

Saloncillo?

Había muchas señoras con dominó negro, que eran las que daban estas

bromas, demasiado vivas a veces. La mayor parte de ellas eran viejas. A

las jóvenes, les gustaba mostrar el palmito y la esbeltez de su talle,

con algún traje histórico. Había damas venecianas, romanas, del bajo

imperio, hebreas, de la época de Luis XV, del Directorio, de Felipe II,

y hasta pasiegas de los tiempos más recientes. Había también, algunas

gitanas, nigrománticas y cautivas. Veíanse trajes caprichosos y

románticos, que no admitían clasificación; uno de _noche estrellada_,

otro de tulipán, otro de paloma viajera con una cartita al cuello. Los

hombres en general no llevaban disfraz: vestían la larga y desairada

levita, que sólo salía a relucir en ocasiones como ésta. Sin embargo,

veíanse algunos con dominó, que les servía para acercarse y hablar a sus

novias, sin peligro de ser interrumpidos por las mamás. Un grupo de

jóvenes afiliados al Camarote, que venían de este modo, habían tenido la

feliz ocurrencia de disfrazar a don Jaime Marín de maragato. Cuando le

tuvieron vestido de esta suerte, le dijeron que mejor que careta,

convenía que se pintase; a lo cual él se prestó. Tomó un chico el pincel

y la caja de pinturas, y fingiendo que le embadurnaba con mil colores,

le paseó el pincel largo rato por la cara, mojado en agua solamente.

Pidió Marín un espejo para verse. Los maleantes jóvenes tuvieron buen

cuidado de no proporcionárselo. Todo se volvía gritar:—¡Pero qué bien

está usted, don Jaime! ¡qué horrorosamente pintado! Ni la madre que le

parió puede conocerle. Bajo la fe de esta palabra, el buen Marín se dejó

llevar al Liceo. Sus amiguitos le aconsejaron que no dejase de dar

bromas a ciertas señoritas; a lo que él contestaba, que serían como

sinapismos. Y en efecto, así que entró en el salón, comenzó a dirigirse

a las muchachas gritando con voz de falsete:

—Hola, Rosarito, ¿dónde has dejado a Anselmo? Ya sabemos que todas las

noches a las diez le tiras una cartita por el balcón.

—¡Pero, don Jaime!—exclamaba la niña mirándole con sorpresa.—¿Usted

cómo viene así?

—¡Diablo! Ya me ha conocido—decía el buen Marín alejándose.

Dirigíase inmediatamente a otra, y pasaba lo mismo.

—Es particular—concluyó por decirse.—Todas me conocen al instante...

Será por la voz, porque lo que es pintado, ¡lo estoy de órdago!

Cuando estaba haciéndose esta reflexión, una mano huesuda le agarró por

detrás.

—Gran burro, bobalicón, zoquete, ¿quién te ha metido aquí de este modo?

Era su amada compañera, la ingeniosa y severa doña Brígida.

—¡Anda, bestia, anda, que siempre has de servir de payaso en todas

partes!

El cuarto poder · 第 27 / 31 段