Venturita salió, con este motivo, de su letargo sombrío. Habíase

realizado uno de los sueños que más acariciaba. Tomó parte en la alegría

y triunfo de su padre, y empezó a dejarse ver algunos días en la villa,

siempre en carruaje, por supuesto. Creció su orgullo y aquella

languidez señorial, imponente, que hacía morir de envidia y de rabia a

las señoras y señoritas de la villa, quienes se vengaban de su desprecio

llamándola, en sus horas de murmuración, «la princesa del Bacalao». La

muerte de su madre, a quien todo el mundo había conocido en Sarrió

artesana, «con pañuelo atado atrás», como allí se decía, contribuyó

tanto como la gran cruz de su padre a elevar el nivel social de la

familia, a aristocratizarla, por decirlo así. Ventura, con su desdeñoso

porte, con sus riquísimos vestidos, con la frialdad despreciativa con

que trataba a sus conocidas, vengaba lindamente a aquella pobre mujer, a

quien las señoras de Sarrió tanto habían hecho sufrir en vida.

Se pasó el invierno en Tejada, un invierno crudo, como pocos lo habían

sido. A temporadas llovió mucho, y esto hacía imposible el salir de

casa. Otras veces heló cruelmente. El cielo se mantenía sereno, pero los

campos, por la mañana, aparecían blancos, con una escarcha de medio dedo

de grueso. En ocasiones también nevó abundantemente. Todos estos

fenómenos meteorológicos tienen sus encantos en la aldea para el que

sabe hallarlos. Gonzalo había nacido para vivir feliz en medio de las

fluctuaciones de la Naturaleza. Si helaba, levantábase de madrugada y

dejaba atónitos a los de casa saliendo al corredor en mangas de camisa,

lavándose todo el cuerpo con el agua que se hacía sacar de las pilas de

mármol, después de roto el hielo. Luego, se vestía con un ligero traje

de caza, tomaba la escopeta, y emprendía famosas, descomunales correrías

de seis y ocho leguas, sin que nadie le oyera jamás quejarse de

cansancio. Si nevaba, se ponía el impermeable, las botas altas y la

gorra de pelo, y salía a matar palomas torcaces o gachas por las

cercanías de la posesión. Más de una vez tiene caído en cisternas

atacadas de nieve, logrando salir, gracias solamente a su vigor

extraordinario. Cuando llovía no había más remedio que quedarse en casa.

Pero aun entonces ofrecía la aldea placeres desconocidos en la villa.

Aquel lavado de los árboles y plantas era grato a los ojos. El verde

obscuro de las coníferas, después de algunos días de lluvia, adquiría

tonos claros merced a los retoños que apuntaban en la cima de las ramas;

en cambio la escarcha los marchitaba instantáneamente. Las hojas de las

magnolias brillaban como cristales, y en aquella atmósfera acuosa los

colores, los matices de la naturaleza cambiaban sin cesar, los contornos

de los árboles y las montañas se desvaían con suavidad exquisita. Y la

misma monotonía del agua al caer constantemente sobre los árboles con

triste rumor, engendra una soñolencia feliz, no exenta de voluptuosidad

para los que nada tienen que hacer fuera de casa, y encuentran en ella

las comodidades y refinamientos que la civilización proporciona a los

ricos. Era grato escuchar el _pío, pío_ de los ateridos gorriones,

guareciéndose por centenares en una washingtonia que había cerca de

casa, como en una gran pajarera: era grato ir a dar de comer a los

animalitos exóticos que don Rosendo tenía en su finca, salvando en

almadreñas la distancia que separaba sus cobertizos de la casa: era

grato también quedarse adormecido en una butaca al pie de la chimenea

con el cigarro en la boca y la botellita de ron delante, mientras

Cecilia leía un cuento interesante o algunos versos sonoros y

armoniosos.

Don Rosendo y Pablo se iban todos los días invariablemente a Sarrió

después de almorzar y venían a la hora de comer. El uno se ocupaba en

encauzar la opinión pública por los derroteros del progreso moral y

material, con mengua de los «reptiles que se arrastraban por el cieno,

impotentes para elevarse un instante a la región de las ideas,

escupiendo su veneno a todo el que sobresale por la inteligencia o por

la virtud». Excusado es decir quiénes eran estos reptiles a los que don

Rosendo aludía con frecuencia en sus artículos. El otro, tratando de

inclinar siempre los ojos y el corazón de cuantas forasteras hermosas

llegaban a la villa, hacia su adorable persona. Alguna mañana salía con

su cuñado de caza; pero observando que la intemperie atezaba su rostro,

dejó casi por completo este ejercicio. Por otra parte, Piscis era

enemigo nato de él. Para este inteligente centauro holgaba todo en la

tierra menos los caballos.

En las horas de la tarde, cuando llovía, si Ventura estaba de buen

humor, jugaba con Cecilia y Gonzalo al tresillo. Si no, jugaban los dos

últimos al _tute_ mano a mano con las niñas sentadas en sus regazos

respectivos, las cuales les molestaban a cada momento llevando sus

manecitas a los naipes. Ambos eran de buena pasta y se contentaban con

apartárselas suavemente.

—Quieta, Cecilita, quieta, que si le enseñas mis cartas a tu tía, me va

a ganar.

—No hagas caso, monina, tira por ellas—decía la joven riendo.

Hasta que concluían por entregárselas, quedándose ambos arrobados

mirándolas hacer castilletes, ayudándolas ellos mismos con grave

atención, mientras la lluvia azotaba los cristales pintados de las

ventanas chinescas y los maderos de haya chisporroteaban en la chimenea.

Las niñas comían antes que la familia. Era importante ocupación para

Cecilia hacerles plato, anudarles la servilleta, servirles agua y

vigilar «que no hiciesen cochinetas». Gonzalo, cuando estaba en casa,

presenciaba con deleite la refacción: se mantenía en pie como un magiar

detrás de las sillas de sus hijas. Después, era preciso llevarlas a la

cama. Cecilia cogía una en brazos, Gonzalo la otra, y las llevaban al

cuarto de aquélla, donde ambas dormían. La tarea de desnudarlas era

complicada y entretenida. Gonzalo, a pesar de su musculatura de toro,

poseía tanta delicadeza como una mujer para desatar las cintas y mover

sus cuerpecitos a un lado y a otro sin lastimarlas. A menudo las manos

de los cuñados se tropezaban. Cecilia retiraba la suya prontamente. Una

leve nube sombría cruzaba rápidamente por su risueño semblante. Gonzalo

no advertía nada. Cuando ya estaban acostadas, escuchaban sonriendo las

inocentes oraciones que _tiita_ hacía repetir a Cecilia. Paulina aun no

sabía elevar su entendimiento al Ser Supremo, y hasta se rebelaba para

hacer la señal de la cruz. Mientras se dormían, papá y _tiita_ habían de

estar bien pegaditos a las camas sin moverse. Si mantenían conversación

entre sí, las niñas se agitaban y tardaban mucho más en conciliar el

sueño. Así que procuraban guardar silencio, o cambiar solamente palabras

sueltas en voz baja. Cecilita no podía dormirse sin tener cogida una

oreja de su tía. Contra este capricho protestaba a menudo Gonzalo; todos

los días hablaba de quitárselo; pero su cuñada no hacía caso; ella misma

se inclinaba sobre la almohada para que la niña lo satisficiese. Gonzalo

se quedaba algunas veces dormido sobre la de Paulina, sobre todo cuando

había ido de caza. Al despertar, veía frente a sí el rostro pálido y

dulce de su cuñada, con los ojos muy abiertos, mirando con fijeza al

vacío.

—¿En qué piensas, Huesitos?—le preguntaba restregando los suyos.

La joven salía de su éxtasis estremeciéndose, y sonreía bondadosamente.

—No lo sé yo misma... En nada.

—¿No tienes algún quebradero de cabeza?—le dijo una noche levantándose

y cogiéndola afectuosamente la barba.

—Bah, ¿qué quebraderos de cabeza quieres que tenga en esta

aldea?—respondió Cecilia poniéndose colorada, y retirando el rostro.

—Puedes tenerlo en Sarrió.

—¿Y había de ser tan ingrato que no viniera a verme en los meses que

hace que aquí estamos?... Ya te he dicho que yo me quedo para vestir

santos—añadió sonriendo.

—No puede ser eso—replicó con calor el joven,—¡no puede ser! Sería

un delito de lesa humanidad que te quedases soltera. Tú has nacido para

casada... No tienes más aficiones que la de arreglar la casa, cuidar a

los niños, coser, limpiar... Serás una _perfecta casada_, como la

describe Fr. Luis de León. No puede tolerarse que pudiendo hacer la

felicidad de cualquier hombre, te empeñes en ser una solterona... Mira

que son muy antipáticas...

No sabemos lo que Cecilia pensó en aquel momento; pero bien pudo ser una

cosa semejante a ésta:—«Sí; he podido hacer la felicidad de todos...

menos la tuya».

Alargó con un gesto de indiferencia los labios y respondió:

—¡Qué le vamos a hacer! Esas cualidades las tienen todas las mujeres

que no son bonitas. Las que pueden brillar, se ocupan de sus trajes, y

tienen razón.

Había en estas palabras una ironía triste, desgarradora, que Gonzalo no

pudo menos de sentir en el corazón.

—¡Oh, siempre estás con esa tonadilla!... Me parece que te haces la

modesta para que te regalen el oído... Demasiado sabemos todos que tú

puedes brillar como la primera... Tienes unos ojos como no hay otros...

eres esbelta, elegante, distinguida; ¿quiere usted más, mademoiselle

Huesitos?... Lo que hay, señorita, es que usted tiene más de aquí que de

aquí...

Y le puso primero el dedo en la frente y después en el sitio del

corazón.

—Cuando venga alguno que sepa interesarte de verdad, ya se verá cómo

desaparecen todas esas ideas de celibato.

Cecilia levantó los hombros y volvió a quedarse con los ojos extáticos,

rehuyendo la conversación.

Ya no salía tantas veces con su cuñado de caza. El cuidado de las niñas

reclamaba su presencia. Pero casi siempre iba a esperarle por las

tardes, unas veces sola, otras con las niñas y sus doncellas. Al partir

no se olvidaba Gonzalo de decirle por cuál camino tomaba:

—«Hoy voy hacia Naves a ver si suelto alguna liebre.—Hoy volveré por

la carretera de Nieva.—Hoy voy por el camino de Rodillero».

Estas esperas, cuando iba sola, como quiera que se alejaba de la casa,

no dejaban de ofrecer algunos peligros. Por más que Gonzalo se los

representaba, nunca quiso hacer caso. Desde niña había mostrado siempre

una extraña serenidad, nada femenina, para desafiarlos. Jamás había

creído en apariciones o en duendes, ni la sobresaltaban, hasta el punto

de turbarle la razón, los ruidos temerosos, ni siquiera los peligros

ciertos. En más de una ocasión, ante una vaca desmandada o una riña de

borrachos, cuando sus compañeras huían gritando o se desmayaban, ella

sola se mantenía firme y sosegada, juzgando con precisión el riesgo, y

evitándolo sin descomponerse. Tal cualidad había contribuído no poco a

crearle aquella fama de fría y apática que tenía dentro y fuera de casa.

Llegó el mes de abril y la familia se trasladó de nuevo a Sarrió.

Efectuáronse elecciones municipales en junio, y Gonzalo salió elegido

concejal, contra su gusto. Don Rosendo le había impuesto este

sacrificio. Ventura, desde que entró el verano, parecía más animada.

Salía con alguna frecuencia de casa, y su aparición en coche

descubierto, causaba siempre cierta sensación. La verdad es que estaba

preciosa con sus ricos trajes de luto, llegados de París. Por coquetería

debiera vestirse de negro, pues era incalculable lo que realzaba este

color el brillo nacarado de su tez, los reflejos dorados de sus

cabellos. Cuando iba los domingos a la iglesia para oir la misa de once,

que era la más concurrida, nunca dejaba de levantar su presencia un

murmullo reprimido de curiosidad en las mujeres, de admiración en los

hombres. Aquel aire de princesa que ponía fuera de sí a las señoras, era

lo que más placer causaba a los caballeros. Todos convenían en que por

su belleza y elegancia, por sus modales distinguidos, se apartaba mucho

de las demás jóvenes del pueblo, y haría lucido papel en los salones más

aristocráticos. También Venturita había convenido en ello hacía mucho

tiempo. La idea de irse a vivir a Madrid, trabajaba con ahinco en su

mente. Insinuósela a su marido; pero éste mostró gran repugnancia a

trasladarse. No era él hombre para la corte. Los deberes sociales que

allí impone la cortesía, le aburrían. Había nacido para la libertad,

para el goce que proporciona el aire libre del mar, el ejercicio

corporal, los trajes cómodos, holgados. Además, presumía muy bien que la

renta que en Sarrió les permitía vivir como los primeros, en Madrid no

bastaría a sustentarlos en el mismo pie, sobre todo, dada la inclinación

de su mujer al boato. Venturita, sin embargo, estaba tan segura de

vencer esta resistencia, que no hablaba siquiera del asunto, meditando

la época y la forma en que habían de irse.

Un suceso vino a turbar en cierto modo la vida de la familia Belinchón.

Gonzalo fué nombrado inopinadamente alcalde de Sarrió, por mediación del

duque de Tornos. Su primera idea fué rechazar aquel nombramiento,

presentar alguna excusa; pero cayeron sobre él don Rosendo y todos sus

amigos, poniendo tanto empeño y calor en que aceptase, que no tuvo más

remedio que hacerlo. A los del Saloncillo les iba muchísimo en ello.

Verdad que se vieron defraudados, pues el nuevo alcalde no quiso de

ningún modo poner al aire los cimientos de las casas de sus enemigos,

como había hecho Maza, ni cometer otra porción de tropelías que le

exigían. En el mes de septiembre, cuando terminó la temporada de baños,

que en la villa era animada, y comenzaba en el campo la de la caza,

Gonzalo se trasladó con la familia a Tejada. Las niñas se ponían aquí

muy buenas y él se divertía extremadamente. Por otra parte, no dejaban

grandes recreos tampoco en Sarrió. Algo le estorbaba su cargo de alcalde

para este traslado; pero convino con sus compañeros de municipio en

venir todos los días, o por lo menos con mucha frecuencia. El trayecto

se recorría en carruaje en menos de media hora. No obstante, don Rosendo

dejó abierta la casa de Sarrió para que Gonzalo y él pudiesen comer y

dormir allí siempre que quisieran. Venturita, pensando en marcharse a

Madrid la próxima primavera, no puso obstáculo a los planes de su

marido.

Mucho se alegró éste de haber tomado aquella resolución cuando supo que

el duque de Tornos pensaba venir el próximo mes de octubre, alegando

que con la vida de Madrid habían vuelto a exacerbarse sus padecimientos,

casi extintos mientras permaneció en Sarrió. Porque allá, en el fondo

del alma, y sin querer confesárselo, nuestro joven sentía la mordedura

de los celos. Cuantas reflexiones se hacía y argumentos poderosos a sí

mismo se presentaba para tranquilizarse, no bastaban a arrancárselos del

pecho. Había pensado, mientras el Duque estuvo por allá, que ya nunca

más se acordaría de aquel rincón. La noticia de su venida fué, pues,

para él, una contrariedad, si no un disgusto serio. Y, en efecto, hacia

últimos de octubre, no tuvo más remedio que ir a esperarle a Lancia, en

compañía de su suegro y de otra porción de señores, todos socios del

Saloncillo. El nombramiento de alcalde a su favor, había constituído al

magnate en protector decidido de este partido. Alojóse con su secretario

en la fonda de la Estrella, y comenzó a hacer la vida de ejercicio que

tan bien le sentaba, según decía (y así era la verdad). Muchos días

buenos salía de pesca o de paseo; otros iba de caza o montaba a caballo.

Esta vez no había traído más que dos, uno de tiro para un tílburi, y

otro magnífico de silla. El secretario, cuando iba de paseo, montaba en

uno que don Rosendo había puesto a su disposición.

Con la familia de éste mantenía cordiales relaciones; pero sólo había

ido a Tejada tres veces en quince días. Como Ventura y Cecilia solían

venir a Sarrió a menudo, aquí las veía y hablaba, por más que huía de

acompañarlas públicamente. Gonzalo, desde que llegara, leía asiduamente

_El Joven Sarriense_, que se publicaba ya tres veces a la semana, lo

mismo que _El Faro_. Lo leía para apaciguar un poco la inquietud que

sentía. Porque siempre estaba temiendo alguna gacetilla injuriosa como

la que tanto le había hecho padecer el verano anterior. En los primeros

números, después de la llegada del magnate, _El Joven_, francamente

hostil ya a él, se contentaba con ridiculizarle bajo nombres

transparentes, como pintor y pescador, y hasta como hombre político,

insinuando la idea de que el Duque era un personaje desprestigiado de

Madrid, rechazado por la corte y sin influencia con el Gobierno. Sacó a

luz algunas anécdotas de su vida, en que no hacía muy honroso papel, y

hasta la emprendió con sus trajes y corbatas, no perdonando medio para

hacer reir a su costa. Don Jaime no leía tal papelucho; pero habiéndole

indicado Peña algo de lo que decía contra él, sonrió malévolamente y

escribió al gobernador de la provincia pidiéndole que aprovechase el

primer pretexto para suprimirle. Los del Saloncillo sabían de esta carta

y esperaban con ansia y fruición el golpe.

Al fin la envenenada flecha que tanto temía Gonzalo, vino a clavársele

en el corazón. No fué una gacetilla, sino un cuento que figuraba pasar

en Escocia, donde bajo nombres ingleses, salían a relucir él, su esposa,

el Duque, don Rosendo y otras personas conocidas, para vejarlas y

ponerlas atrozmente en ridículo. Entre otras cosas, se decía que

mientras el _sheriff_ (él, sin duda alguna) cumplía con extremado celo

los deberes de su cargo, lord Trollope (el Duque) cumplía por él los

deberes de esposo cerca de su bella mitad. Gonzalo sintió el mismo

escalofrío de dolor y de ira que la vez pasada. Pero ahora, aleccionado,

se propuso dominarse, cerciorarse de si aquella maligna insinuación

tenía algún fundamento, y si por desgracia esto sucediese, tomar una

venganza cumplida, y que fuese sonada. Gran trabajo le costó disimular

la emoción que le embargaba. No estaba avezado a ocultar sus

sentimientos. Mas el vivo deseo de salir de dudas, le ayudó

poderosamente. Lo único que se notó en su casa fué que andaba un poco

más triste y distraído. Se dedicó durante algunos días a observar a su

esposa, no perderla de vista un instante; pero nada encontró que pudiera

dar pábulo a sus sospechas. Al mismo tiempo, estudiaba si el Duque podía

avistarse con ella y de qué manera. El resultado de sus investigaciones

fué que sólo cuando él venía a las sesiones del ayuntamiento, podía

darse esto caso. De día, sumamente difícil, porque no era el Duque

persona que pudiera pasar inadvertida. Fijóse, por tanto, en las horas

de la noche, cuando él se quedaba a dormir en la villa.

Resolvió saber de una vez la verdad. Para ello, anunció con dos días de

anticipación a la familia, que el viernes debía dormir en Sarrió, a

causa de una sesión del ayuntamiento, que presumía había de ser

borrascosa. De nada menos se trataba que del nombramiento de uno de los

dos médicos del partido, que la corporación municipal pagaba. Los de

Maza tenían su candidato y los de don Rosendo también. La lucha estaba

empeñadísima, no por razón de los votos, que estaban perfectamente

contados de antemano, sino porque los del Camarote, que habían de

resultar vencidos, tenían preparada una zancadilla parlamentaria, para

inutilizar al candidato de sus enemigos, por faltarle algunos meses de

práctica, para llenar el tiempo que el municipio había impuesto como

condición a los pretendientes.

El día de la gran prueba, Gonzalo estuvo muy agitado. Había tratado de

inquirir con disimulo, si algún criado de la casa estaba comprometido, o

por lo menos sabía algo. Nada encontró tampoco que lo hiciera presumir.

Almorzó sin apetito. En cuanto tomó café mandó enganchar y se fué en

compañía de su suegro. La sesión del ayuntamiento duró hasta las diez de

la noche. A esa hora se retiró a casa y don Rosendo también, el cual

encontraba a su yerno harto distraído y preocupado. Gonzalo se

disculpaba diciendo que le irritaba mucho la bilis la conducta de los

amigos de Maza. Fuéronse a dormir. A eso de las once, cuando todo estaba

en silencio, nuestro joven salió sigilosamente de casa y emprendió a pie

por el camino de Tejada. La noche estaba nublada, pero no muy obscura.

La luz de la luna se cernía al través de la capa de nubes, dejando bien

percibir los objetos a corta distancia. Caminaba con premura, apoyándose

en un grueso bastón de estoque. Además llevaba en el bolsillo un

revólver. Sentía una tristeza profunda. Aquella prueba que iba a hacer

le causaba temor y remordimientos a la vez. Si su mujer era culpable,

¡qué horrible tragedia la que se preparaba! Y si no lo era, él cometía

una bajeza sospechando de su honradez. Iba con el mismo recelo que el

ladrón que va a asaltar una casa, ocultándose detrás de las paredes de

la carretera en cuanto sentía pasos, estremeciéndose si escuchaba una

voz, por lejana que fuese. La idea de que algún conocido le viese a

aquellas horas caminando a pie, le causaba gran vergüenza, dando por

seguro que había de adivinar su intención. El aire era fresco y le

penetraba hasta los huesos, aunque rara vez había sentido frío en su

vida. Los árboles, como negros fantasmas alineados a lo largo de la

carretera, dejaban salir de sus copas blando rumor melancólico. Debajo

de uno de ellos creyó percibir un bulto que se movía y saltó a los

prados, temiendo tropezarse con alguien que le conociese. Miró por

encima de la paredilla y vió una vaca acostada rumiando tranquilamente.

Más allá, al pasar por delante de la casa de un labrador, se abrió

repentinamente una ventana y apareció el bulto de una mujer. Echó a

correr desaforadamente buscando la sombra de los árboles. A medida que

avanzaba, el corazón se le oprimía. Mil encontradas ideas batallaban en

su mente. Tan pronto recordando los deliciosos detalles de sus primeros

meses de matrimonio, las palabras dulces, las pruebas ostensibles de

amor que su mujer le diera, su mujer, cuyos defectos eran los de todas

las niñas demasiado mimadas, se ponía a imaginar que estaba bajo el

poder de una maldita alucinación, una de las mil infamias que los

enemigos de su suegro habían inventado para hacerles daño, y estaba a

punto de volverse a Sarrió y meterse nuevamente en la cama; como

apreciando y pensando los motivos que tenía para sospechar de ella,

aquella grave escena que determinó la salida del Duque de la casa de sus

suegros, su frivolidad y coquetería, la denuncia aunque embozada

persistente del periódico enemigo, se le encendía la sangre de golpe y

apretaba vivamente el paso. ¡Oh, desgraciados de ellos si era verdad!

¡Más les valía no haber nacido! Y apretaba con mano crispada el bastón

y tiraba del estoque para cerciorarse de que estaba allí pronto a

obedecerle. No se le ocurrió ni una vez acariciar el revólver.

Necesitaba a toda costa ver la sangre de los traidores.

Cuando llevaba la mitad del camino andado próximamente, sintió detrás de

sí el galope de un caballo. Sin saber por qué, le dió un vuelco terrible

el corazón. Se apresuró a saltar a los prados y aguardó con ansiedad

mirando sigilosamente por encima de la pared a que el jinete pasase. No

transcurrieron dos minutos sin que en efecto cruzase por delante de él

como un relámpago. Pudo reconocer perfectamente el magnífico caballo

alazán del Duque. A éste no pudo distinguirle porque iba envuelto en un

capote, con un gran sombrero calado hasta las narices. Pero si los ojos

no, el corazón lo vió con toda claridad. Quedó yerto, pegado al suelo.

Sintió un desfallecimiento singular en las piernas como si fuese a caer.

Mas prontamente la sangre hirvió dentro de su brioso temperamento de

atleta. Tendiéronse sus músculos acerados y saltó sin tocar con las

manos la paredilla de seis pies que cerraba la finca. Cayó en medio de

la carretera. Sin detenerse un punto, emprendió una carrera vertiginosa,

loca, detrás del caballo, como si tuviese la absurda pretensión de

alcanzarle. Aunque su aliento era grande, sin embargo, se le concluyó

mucho antes de llegar a la quinta. Necesitó pararse tres o cuatro veces.

Por fin llegó a la verja. Entró por la puerta de hierro, que sólo estaba

llegada. Echó una mirada en torno y vió el caballo del Duque atado a un

árbol. Siguió precipitadamente, pero cuidando de no hacer ruido, por una

de las avenidas orladas de coníferas que conducían a la casa. Como

conocía todas las entradas, no se dirigió a la puerta cuyo llavín

llevaba consigo. Temía que algún criado le sintiese. Escaló por una

parra que adornaba el balcón del cuarto de su suegro, que solía quedar

abierto cuando él no dormía en casa. Por desgracia estaba cerrado.

Entonces sacó el estoque, y metiéndolo por la rendija de la puerta logró

levantar el pestillo y entró.

El cuarto poder · 第 26 / 31 段