realizado uno de los sueños que más acariciaba. Tomó parte en la alegría
y triunfo de su padre, y empezó a dejarse ver algunos días en la villa,
siempre en carruaje, por supuesto. Creció su orgullo y aquella
languidez señorial, imponente, que hacía morir de envidia y de rabia a
las señoras y señoritas de la villa, quienes se vengaban de su desprecio
llamándola, en sus horas de murmuración, «la princesa del Bacalao». La
muerte de su madre, a quien todo el mundo había conocido en Sarrió
artesana, «con pañuelo atado atrás», como allí se decía, contribuyó
tanto como la gran cruz de su padre a elevar el nivel social de la
familia, a aristocratizarla, por decirlo así. Ventura, con su desdeñoso
porte, con sus riquísimos vestidos, con la frialdad despreciativa con
que trataba a sus conocidas, vengaba lindamente a aquella pobre mujer, a
quien las señoras de Sarrió tanto habían hecho sufrir en vida.
Se pasó el invierno en Tejada, un invierno crudo, como pocos lo habían
sido. A temporadas llovió mucho, y esto hacía imposible el salir de
casa. Otras veces heló cruelmente. El cielo se mantenía sereno, pero los
campos, por la mañana, aparecían blancos, con una escarcha de medio dedo
de grueso. En ocasiones también nevó abundantemente. Todos estos
fenómenos meteorológicos tienen sus encantos en la aldea para el que
sabe hallarlos. Gonzalo había nacido para vivir feliz en medio de las
fluctuaciones de la Naturaleza. Si helaba, levantábase de madrugada y
dejaba atónitos a los de casa saliendo al corredor en mangas de camisa,
lavándose todo el cuerpo con el agua que se hacía sacar de las pilas de
mármol, después de roto el hielo. Luego, se vestía con un ligero traje
de caza, tomaba la escopeta, y emprendía famosas, descomunales correrías
de seis y ocho leguas, sin que nadie le oyera jamás quejarse de
cansancio. Si nevaba, se ponía el impermeable, las botas altas y la
gorra de pelo, y salía a matar palomas torcaces o gachas por las
cercanías de la posesión. Más de una vez tiene caído en cisternas
atacadas de nieve, logrando salir, gracias solamente a su vigor
extraordinario. Cuando llovía no había más remedio que quedarse en casa.
Pero aun entonces ofrecía la aldea placeres desconocidos en la villa.
Aquel lavado de los árboles y plantas era grato a los ojos. El verde
obscuro de las coníferas, después de algunos días de lluvia, adquiría
tonos claros merced a los retoños que apuntaban en la cima de las ramas;
en cambio la escarcha los marchitaba instantáneamente. Las hojas de las
magnolias brillaban como cristales, y en aquella atmósfera acuosa los
colores, los matices de la naturaleza cambiaban sin cesar, los contornos
de los árboles y las montañas se desvaían con suavidad exquisita. Y la
misma monotonía del agua al caer constantemente sobre los árboles con
triste rumor, engendra una soñolencia feliz, no exenta de voluptuosidad
para los que nada tienen que hacer fuera de casa, y encuentran en ella
las comodidades y refinamientos que la civilización proporciona a los
ricos. Era grato escuchar el _pío, pío_ de los ateridos gorriones,
guareciéndose por centenares en una washingtonia que había cerca de
casa, como en una gran pajarera: era grato ir a dar de comer a los
animalitos exóticos que don Rosendo tenía en su finca, salvando en
almadreñas la distancia que separaba sus cobertizos de la casa: era
grato también quedarse adormecido en una butaca al pie de la chimenea
con el cigarro en la boca y la botellita de ron delante, mientras
Cecilia leía un cuento interesante o algunos versos sonoros y
armoniosos.
Don Rosendo y Pablo se iban todos los días invariablemente a Sarrió
después de almorzar y venían a la hora de comer. El uno se ocupaba en
encauzar la opinión pública por los derroteros del progreso moral y
material, con mengua de los «reptiles que se arrastraban por el cieno,
impotentes para elevarse un instante a la región de las ideas,
escupiendo su veneno a todo el que sobresale por la inteligencia o por
la virtud». Excusado es decir quiénes eran estos reptiles a los que don
Rosendo aludía con frecuencia en sus artículos. El otro, tratando de
inclinar siempre los ojos y el corazón de cuantas forasteras hermosas
llegaban a la villa, hacia su adorable persona. Alguna mañana salía con
su cuñado de caza; pero observando que la intemperie atezaba su rostro,
dejó casi por completo este ejercicio. Por otra parte, Piscis era
enemigo nato de él. Para este inteligente centauro holgaba todo en la
tierra menos los caballos.
En las horas de la tarde, cuando llovía, si Ventura estaba de buen
humor, jugaba con Cecilia y Gonzalo al tresillo. Si no, jugaban los dos
últimos al _tute_ mano a mano con las niñas sentadas en sus regazos
respectivos, las cuales les molestaban a cada momento llevando sus
manecitas a los naipes. Ambos eran de buena pasta y se contentaban con
apartárselas suavemente.
—Quieta, Cecilita, quieta, que si le enseñas mis cartas a tu tía, me va
a ganar.
—No hagas caso, monina, tira por ellas—decía la joven riendo.
Hasta que concluían por entregárselas, quedándose ambos arrobados
mirándolas hacer castilletes, ayudándolas ellos mismos con grave
atención, mientras la lluvia azotaba los cristales pintados de las
ventanas chinescas y los maderos de haya chisporroteaban en la chimenea.
Las niñas comían antes que la familia. Era importante ocupación para
Cecilia hacerles plato, anudarles la servilleta, servirles agua y
vigilar «que no hiciesen cochinetas». Gonzalo, cuando estaba en casa,
presenciaba con deleite la refacción: se mantenía en pie como un magiar
detrás de las sillas de sus hijas. Después, era preciso llevarlas a la
cama. Cecilia cogía una en brazos, Gonzalo la otra, y las llevaban al
cuarto de aquélla, donde ambas dormían. La tarea de desnudarlas era
complicada y entretenida. Gonzalo, a pesar de su musculatura de toro,
poseía tanta delicadeza como una mujer para desatar las cintas y mover
sus cuerpecitos a un lado y a otro sin lastimarlas. A menudo las manos
de los cuñados se tropezaban. Cecilia retiraba la suya prontamente. Una
leve nube sombría cruzaba rápidamente por su risueño semblante. Gonzalo
no advertía nada. Cuando ya estaban acostadas, escuchaban sonriendo las
inocentes oraciones que _tiita_ hacía repetir a Cecilia. Paulina aun no
sabía elevar su entendimiento al Ser Supremo, y hasta se rebelaba para
hacer la señal de la cruz. Mientras se dormían, papá y _tiita_ habían de
estar bien pegaditos a las camas sin moverse. Si mantenían conversación
entre sí, las niñas se agitaban y tardaban mucho más en conciliar el
sueño. Así que procuraban guardar silencio, o cambiar solamente palabras
sueltas en voz baja. Cecilita no podía dormirse sin tener cogida una
oreja de su tía. Contra este capricho protestaba a menudo Gonzalo; todos
los días hablaba de quitárselo; pero su cuñada no hacía caso; ella misma
se inclinaba sobre la almohada para que la niña lo satisficiese. Gonzalo
se quedaba algunas veces dormido sobre la de Paulina, sobre todo cuando
había ido de caza. Al despertar, veía frente a sí el rostro pálido y
dulce de su cuñada, con los ojos muy abiertos, mirando con fijeza al
vacío.
—¿En qué piensas, Huesitos?—le preguntaba restregando los suyos.
La joven salía de su éxtasis estremeciéndose, y sonreía bondadosamente.
—No lo sé yo misma... En nada.
—¿No tienes algún quebradero de cabeza?—le dijo una noche levantándose
y cogiéndola afectuosamente la barba.
—Bah, ¿qué quebraderos de cabeza quieres que tenga en esta
aldea?—respondió Cecilia poniéndose colorada, y retirando el rostro.
—Puedes tenerlo en Sarrió.
—¿Y había de ser tan ingrato que no viniera a verme en los meses que
hace que aquí estamos?... Ya te he dicho que yo me quedo para vestir
santos—añadió sonriendo.
—No puede ser eso—replicó con calor el joven,—¡no puede ser! Sería
un delito de lesa humanidad que te quedases soltera. Tú has nacido para
casada... No tienes más aficiones que la de arreglar la casa, cuidar a
los niños, coser, limpiar... Serás una _perfecta casada_, como la
describe Fr. Luis de León. No puede tolerarse que pudiendo hacer la
felicidad de cualquier hombre, te empeñes en ser una solterona... Mira
que son muy antipáticas...
No sabemos lo que Cecilia pensó en aquel momento; pero bien pudo ser una
cosa semejante a ésta:—«Sí; he podido hacer la felicidad de todos...
menos la tuya».
Alargó con un gesto de indiferencia los labios y respondió:
—¡Qué le vamos a hacer! Esas cualidades las tienen todas las mujeres
que no son bonitas. Las que pueden brillar, se ocupan de sus trajes, y
tienen razón.
Había en estas palabras una ironía triste, desgarradora, que Gonzalo no
pudo menos de sentir en el corazón.
—¡Oh, siempre estás con esa tonadilla!... Me parece que te haces la
modesta para que te regalen el oído... Demasiado sabemos todos que tú
puedes brillar como la primera... Tienes unos ojos como no hay otros...
eres esbelta, elegante, distinguida; ¿quiere usted más, mademoiselle
Huesitos?... Lo que hay, señorita, es que usted tiene más de aquí que de
aquí...
Y le puso primero el dedo en la frente y después en el sitio del
corazón.
—Cuando venga alguno que sepa interesarte de verdad, ya se verá cómo
desaparecen todas esas ideas de celibato.
Cecilia levantó los hombros y volvió a quedarse con los ojos extáticos,
rehuyendo la conversación.
Ya no salía tantas veces con su cuñado de caza. El cuidado de las niñas
reclamaba su presencia. Pero casi siempre iba a esperarle por las
tardes, unas veces sola, otras con las niñas y sus doncellas. Al partir
no se olvidaba Gonzalo de decirle por cuál camino tomaba:
—«Hoy voy hacia Naves a ver si suelto alguna liebre.—Hoy volveré por
la carretera de Nieva.—Hoy voy por el camino de Rodillero».
Estas esperas, cuando iba sola, como quiera que se alejaba de la casa,
no dejaban de ofrecer algunos peligros. Por más que Gonzalo se los
representaba, nunca quiso hacer caso. Desde niña había mostrado siempre
una extraña serenidad, nada femenina, para desafiarlos. Jamás había
creído en apariciones o en duendes, ni la sobresaltaban, hasta el punto
de turbarle la razón, los ruidos temerosos, ni siquiera los peligros
ciertos. En más de una ocasión, ante una vaca desmandada o una riña de
borrachos, cuando sus compañeras huían gritando o se desmayaban, ella
sola se mantenía firme y sosegada, juzgando con precisión el riesgo, y
evitándolo sin descomponerse. Tal cualidad había contribuído no poco a
crearle aquella fama de fría y apática que tenía dentro y fuera de casa.
Llegó el mes de abril y la familia se trasladó de nuevo a Sarrió.
Efectuáronse elecciones municipales en junio, y Gonzalo salió elegido
concejal, contra su gusto. Don Rosendo le había impuesto este
sacrificio. Ventura, desde que entró el verano, parecía más animada.
Salía con alguna frecuencia de casa, y su aparición en coche
descubierto, causaba siempre cierta sensación. La verdad es que estaba
preciosa con sus ricos trajes de luto, llegados de París. Por coquetería
debiera vestirse de negro, pues era incalculable lo que realzaba este
color el brillo nacarado de su tez, los reflejos dorados de sus
cabellos. Cuando iba los domingos a la iglesia para oir la misa de once,
que era la más concurrida, nunca dejaba de levantar su presencia un
murmullo reprimido de curiosidad en las mujeres, de admiración en los
hombres. Aquel aire de princesa que ponía fuera de sí a las señoras, era
lo que más placer causaba a los caballeros. Todos convenían en que por
su belleza y elegancia, por sus modales distinguidos, se apartaba mucho
de las demás jóvenes del pueblo, y haría lucido papel en los salones más
aristocráticos. También Venturita había convenido en ello hacía mucho
tiempo. La idea de irse a vivir a Madrid, trabajaba con ahinco en su
mente. Insinuósela a su marido; pero éste mostró gran repugnancia a
trasladarse. No era él hombre para la corte. Los deberes sociales que
allí impone la cortesía, le aburrían. Había nacido para la libertad,
para el goce que proporciona el aire libre del mar, el ejercicio
corporal, los trajes cómodos, holgados. Además, presumía muy bien que la
renta que en Sarrió les permitía vivir como los primeros, en Madrid no
bastaría a sustentarlos en el mismo pie, sobre todo, dada la inclinación
de su mujer al boato. Venturita, sin embargo, estaba tan segura de
vencer esta resistencia, que no hablaba siquiera del asunto, meditando
la época y la forma en que habían de irse.
Un suceso vino a turbar en cierto modo la vida de la familia Belinchón.
Gonzalo fué nombrado inopinadamente alcalde de Sarrió, por mediación del
duque de Tornos. Su primera idea fué rechazar aquel nombramiento,
presentar alguna excusa; pero cayeron sobre él don Rosendo y todos sus
amigos, poniendo tanto empeño y calor en que aceptase, que no tuvo más
remedio que hacerlo. A los del Saloncillo les iba muchísimo en ello.
Verdad que se vieron defraudados, pues el nuevo alcalde no quiso de
ningún modo poner al aire los cimientos de las casas de sus enemigos,
como había hecho Maza, ni cometer otra porción de tropelías que le
exigían. En el mes de septiembre, cuando terminó la temporada de baños,
que en la villa era animada, y comenzaba en el campo la de la caza,
Gonzalo se trasladó con la familia a Tejada. Las niñas se ponían aquí
muy buenas y él se divertía extremadamente. Por otra parte, no dejaban
grandes recreos tampoco en Sarrió. Algo le estorbaba su cargo de alcalde
para este traslado; pero convino con sus compañeros de municipio en
venir todos los días, o por lo menos con mucha frecuencia. El trayecto
se recorría en carruaje en menos de media hora. No obstante, don Rosendo
dejó abierta la casa de Sarrió para que Gonzalo y él pudiesen comer y
dormir allí siempre que quisieran. Venturita, pensando en marcharse a
Madrid la próxima primavera, no puso obstáculo a los planes de su
marido.
Mucho se alegró éste de haber tomado aquella resolución cuando supo que
el duque de Tornos pensaba venir el próximo mes de octubre, alegando
que con la vida de Madrid habían vuelto a exacerbarse sus padecimientos,
casi extintos mientras permaneció en Sarrió. Porque allá, en el fondo
del alma, y sin querer confesárselo, nuestro joven sentía la mordedura
de los celos. Cuantas reflexiones se hacía y argumentos poderosos a sí
mismo se presentaba para tranquilizarse, no bastaban a arrancárselos del
pecho. Había pensado, mientras el Duque estuvo por allá, que ya nunca
más se acordaría de aquel rincón. La noticia de su venida fué, pues,
para él, una contrariedad, si no un disgusto serio. Y, en efecto, hacia
últimos de octubre, no tuvo más remedio que ir a esperarle a Lancia, en
compañía de su suegro y de otra porción de señores, todos socios del
Saloncillo. El nombramiento de alcalde a su favor, había constituído al
magnate en protector decidido de este partido. Alojóse con su secretario
en la fonda de la Estrella, y comenzó a hacer la vida de ejercicio que
tan bien le sentaba, según decía (y así era la verdad). Muchos días
buenos salía de pesca o de paseo; otros iba de caza o montaba a caballo.
Esta vez no había traído más que dos, uno de tiro para un tílburi, y
otro magnífico de silla. El secretario, cuando iba de paseo, montaba en
uno que don Rosendo había puesto a su disposición.
Con la familia de éste mantenía cordiales relaciones; pero sólo había
ido a Tejada tres veces en quince días. Como Ventura y Cecilia solían
venir a Sarrió a menudo, aquí las veía y hablaba, por más que huía de
acompañarlas públicamente. Gonzalo, desde que llegara, leía asiduamente
_El Joven Sarriense_, que se publicaba ya tres veces a la semana, lo
mismo que _El Faro_. Lo leía para apaciguar un poco la inquietud que
sentía. Porque siempre estaba temiendo alguna gacetilla injuriosa como
la que tanto le había hecho padecer el verano anterior. En los primeros
números, después de la llegada del magnate, _El Joven_, francamente
hostil ya a él, se contentaba con ridiculizarle bajo nombres
transparentes, como pintor y pescador, y hasta como hombre político,
insinuando la idea de que el Duque era un personaje desprestigiado de
Madrid, rechazado por la corte y sin influencia con el Gobierno. Sacó a
luz algunas anécdotas de su vida, en que no hacía muy honroso papel, y
hasta la emprendió con sus trajes y corbatas, no perdonando medio para
hacer reir a su costa. Don Jaime no leía tal papelucho; pero habiéndole
indicado Peña algo de lo que decía contra él, sonrió malévolamente y
escribió al gobernador de la provincia pidiéndole que aprovechase el
primer pretexto para suprimirle. Los del Saloncillo sabían de esta carta
y esperaban con ansia y fruición el golpe.
Al fin la envenenada flecha que tanto temía Gonzalo, vino a clavársele
en el corazón. No fué una gacetilla, sino un cuento que figuraba pasar
en Escocia, donde bajo nombres ingleses, salían a relucir él, su esposa,
el Duque, don Rosendo y otras personas conocidas, para vejarlas y
ponerlas atrozmente en ridículo. Entre otras cosas, se decía que
mientras el _sheriff_ (él, sin duda alguna) cumplía con extremado celo
los deberes de su cargo, lord Trollope (el Duque) cumplía por él los
deberes de esposo cerca de su bella mitad. Gonzalo sintió el mismo
escalofrío de dolor y de ira que la vez pasada. Pero ahora, aleccionado,
se propuso dominarse, cerciorarse de si aquella maligna insinuación
tenía algún fundamento, y si por desgracia esto sucediese, tomar una
venganza cumplida, y que fuese sonada. Gran trabajo le costó disimular
la emoción que le embargaba. No estaba avezado a ocultar sus
sentimientos. Mas el vivo deseo de salir de dudas, le ayudó
poderosamente. Lo único que se notó en su casa fué que andaba un poco
más triste y distraído. Se dedicó durante algunos días a observar a su
esposa, no perderla de vista un instante; pero nada encontró que pudiera
dar pábulo a sus sospechas. Al mismo tiempo, estudiaba si el Duque podía
avistarse con ella y de qué manera. El resultado de sus investigaciones
fué que sólo cuando él venía a las sesiones del ayuntamiento, podía
darse esto caso. De día, sumamente difícil, porque no era el Duque
persona que pudiera pasar inadvertida. Fijóse, por tanto, en las horas
de la noche, cuando él se quedaba a dormir en la villa.
Resolvió saber de una vez la verdad. Para ello, anunció con dos días de
anticipación a la familia, que el viernes debía dormir en Sarrió, a
causa de una sesión del ayuntamiento, que presumía había de ser
borrascosa. De nada menos se trataba que del nombramiento de uno de los
dos médicos del partido, que la corporación municipal pagaba. Los de
Maza tenían su candidato y los de don Rosendo también. La lucha estaba
empeñadísima, no por razón de los votos, que estaban perfectamente
contados de antemano, sino porque los del Camarote, que habían de
resultar vencidos, tenían preparada una zancadilla parlamentaria, para
inutilizar al candidato de sus enemigos, por faltarle algunos meses de
práctica, para llenar el tiempo que el municipio había impuesto como
condición a los pretendientes.
El día de la gran prueba, Gonzalo estuvo muy agitado. Había tratado de
inquirir con disimulo, si algún criado de la casa estaba comprometido, o
por lo menos sabía algo. Nada encontró tampoco que lo hiciera presumir.
Almorzó sin apetito. En cuanto tomó café mandó enganchar y se fué en
compañía de su suegro. La sesión del ayuntamiento duró hasta las diez de
la noche. A esa hora se retiró a casa y don Rosendo también, el cual
encontraba a su yerno harto distraído y preocupado. Gonzalo se
disculpaba diciendo que le irritaba mucho la bilis la conducta de los
amigos de Maza. Fuéronse a dormir. A eso de las once, cuando todo estaba
en silencio, nuestro joven salió sigilosamente de casa y emprendió a pie
por el camino de Tejada. La noche estaba nublada, pero no muy obscura.
La luz de la luna se cernía al través de la capa de nubes, dejando bien
percibir los objetos a corta distancia. Caminaba con premura, apoyándose
en un grueso bastón de estoque. Además llevaba en el bolsillo un
revólver. Sentía una tristeza profunda. Aquella prueba que iba a hacer
le causaba temor y remordimientos a la vez. Si su mujer era culpable,
¡qué horrible tragedia la que se preparaba! Y si no lo era, él cometía
una bajeza sospechando de su honradez. Iba con el mismo recelo que el
ladrón que va a asaltar una casa, ocultándose detrás de las paredes de
la carretera en cuanto sentía pasos, estremeciéndose si escuchaba una
voz, por lejana que fuese. La idea de que algún conocido le viese a
aquellas horas caminando a pie, le causaba gran vergüenza, dando por
seguro que había de adivinar su intención. El aire era fresco y le
penetraba hasta los huesos, aunque rara vez había sentido frío en su
vida. Los árboles, como negros fantasmas alineados a lo largo de la
carretera, dejaban salir de sus copas blando rumor melancólico. Debajo
de uno de ellos creyó percibir un bulto que se movía y saltó a los
prados, temiendo tropezarse con alguien que le conociese. Miró por
encima de la paredilla y vió una vaca acostada rumiando tranquilamente.
Más allá, al pasar por delante de la casa de un labrador, se abrió
repentinamente una ventana y apareció el bulto de una mujer. Echó a
correr desaforadamente buscando la sombra de los árboles. A medida que
avanzaba, el corazón se le oprimía. Mil encontradas ideas batallaban en
su mente. Tan pronto recordando los deliciosos detalles de sus primeros
meses de matrimonio, las palabras dulces, las pruebas ostensibles de
amor que su mujer le diera, su mujer, cuyos defectos eran los de todas
las niñas demasiado mimadas, se ponía a imaginar que estaba bajo el
poder de una maldita alucinación, una de las mil infamias que los
enemigos de su suegro habían inventado para hacerles daño, y estaba a
punto de volverse a Sarrió y meterse nuevamente en la cama; como
apreciando y pensando los motivos que tenía para sospechar de ella,
aquella grave escena que determinó la salida del Duque de la casa de sus
suegros, su frivolidad y coquetería, la denuncia aunque embozada
persistente del periódico enemigo, se le encendía la sangre de golpe y
apretaba vivamente el paso. ¡Oh, desgraciados de ellos si era verdad!
¡Más les valía no haber nacido! Y apretaba con mano crispada el bastón
y tiraba del estoque para cerciorarse de que estaba allí pronto a
obedecerle. No se le ocurrió ni una vez acariciar el revólver.
Necesitaba a toda costa ver la sangre de los traidores.
Cuando llevaba la mitad del camino andado próximamente, sintió detrás de
sí el galope de un caballo. Sin saber por qué, le dió un vuelco terrible
el corazón. Se apresuró a saltar a los prados y aguardó con ansiedad
mirando sigilosamente por encima de la pared a que el jinete pasase. No
transcurrieron dos minutos sin que en efecto cruzase por delante de él
como un relámpago. Pudo reconocer perfectamente el magnífico caballo
alazán del Duque. A éste no pudo distinguirle porque iba envuelto en un
capote, con un gran sombrero calado hasta las narices. Pero si los ojos
no, el corazón lo vió con toda claridad. Quedó yerto, pegado al suelo.
Sintió un desfallecimiento singular en las piernas como si fuese a caer.
Mas prontamente la sangre hirvió dentro de su brioso temperamento de
atleta. Tendiéronse sus músculos acerados y saltó sin tocar con las
manos la paredilla de seis pies que cerraba la finca. Cayó en medio de
la carretera. Sin detenerse un punto, emprendió una carrera vertiginosa,
loca, detrás del caballo, como si tuviese la absurda pretensión de
alcanzarle. Aunque su aliento era grande, sin embargo, se le concluyó
mucho antes de llegar a la quinta. Necesitó pararse tres o cuatro veces.
Por fin llegó a la verja. Entró por la puerta de hierro, que sólo estaba
llegada. Echó una mirada en torno y vió el caballo del Duque atado a un
árbol. Siguió precipitadamente, pero cuidando de no hacer ruido, por una
de las avenidas orladas de coníferas que conducían a la casa. Como
conocía todas las entradas, no se dirigió a la puerta cuyo llavín
llevaba consigo. Temía que algún criado le sintiese. Escaló por una
parra que adornaba el balcón del cuarto de su suegro, que solía quedar
abierto cuando él no dormía en casa. Por desgracia estaba cerrado.
Entonces sacó el estoque, y metiéndolo por la rendija de la puerta logró
levantar el pestillo y entró.