asuntos, que corresponden a los padres. Nosotros tenemos el deber de
velar por vuestra felicidad, sacrificarnos por ella. Yo haré que el
Duque salga de esta casa, sin escándalo, sin que se entere nadie del
motivo, sin exponerte a cometer una bajeza, de la cual te
arrepentirías... No creas que lo hago por él, a quien detesto... Desde
que llegó me ha sido profundamente repulsivo ese hombre. ¡Ahora que veo
lo que ha traído a nuestra casa, figúrate cómo le querré! Lo hago
únicamente por ti, a quien quiero, no diré más que a mi hija, porque los
hijos... ¡Oh, los hijos!... Tú ya sabes lo que son... pero tanto, por lo
menos... y a quien estimo mucho más...
Gonzalo, enternecido, se dejó caer en una silla. Comenzó a sollozar como
un niño, con el rostro entre las manos. La buena señora le puso la suya,
pálida y descarnada, sobre la cabeza, diciendo con lágrimas también en
los ojos:
—¡Pobre hijo mío! Aguárdame un instante. Voy a decir a ese señor lo que
hace al caso.
Subió la señora de Belinchón la escalera de caracol que conducía al piso
segundo. Arriba tropezó con el ayuda de cámara de su huésped.
—¿Qué hace el señor Duque?—le preguntó.
—Está pintando—respondió el criado mirando con sorpresa y curiosidad
los ojos llorosos de doña Paula.
—Dile que deseo hablar con él.
Mientras el doméstico fué a avisar a su señor, doña Paula creyó que las
fuerzas iban a faltarle. Comenzó a sentir los síntomas primeros de una
de aquellas sofocaciones que de vez en cuando le daban. Pero la firme
voluntad de devolver la calma a sus hijos venció a la enfermedad en tal
instante. Encomendóse devotamente a la Virgen de las Mercedes, y penetró
con resolución en el gabinete-estudio de don Jaime.
El cual, vestido medio a lo oriental con un traje estrambótico que usaba
por las mañanas dentro de casa, salió a recibirla teniendo aún en las
manos el pincel y la paleta.
—Señora—dijo inclinándose respetuosamente, quitando el gorro turco que
le cubría la calva,—mucho siento que usted se haya molestado en subir.
Bastaba un aviso para que yo me hubiera apresurado a ir a ponerme a sus
órdenes.
Doña Paula respondió con un gesto de gracias, llevándose la mano al
corazón que le saltaba dentro del pecho como un potro desbocado.
El Duque la examinó con sorpresa.
—Siéntese usted, señora—la dijo, depositando la paleta y el pincel
sobre una silla.
Sentóse, en efecto, en una butaca. Don Jaime permaneció en pie.
—Hay que cerrar la puerta—dijo ella tratando de levantarse nuevamente.
Pero el caballero se apresuró a hacerlo. Después vino a colocarse frente
a la dama, cuadrando los pies en actitud exageradamente respetuosa,
esperando a que ella hablase.
Tardó aún algunos momentos. Al fin, elevando hacia él sus ojos
doloridos, dijo:
—Señor Duque, usted nos ha honrado mucho viniendo a esta casa. Nunca le
agradeceremos bastante esta prueba de estimación que nos ha concedido...
El Duque se inclinó, levantando al mismo tiempo los pesados párpados
para dirigir a su interlocutora una mirada, donde se traslucía la
inquietud y la curiosidad.
—¿Por qué no se sienta usted?—preguntóle doña Paula interrumpiendo su
discurso.
—Estoy bien, señora; siga usted.
Con aquella interrupción se turbó. No supo proseguir en algunos
segundos. Al cabo murmuró:
—¡Es una desgracia!... No sabe usted, señor Duque, lo que está pasando
por mí en este momento. ¡Quisiera morirme!
Y las lágrimas acudieron a sus ojos. Sacó el pañuelo, y ocultó el rostro
con él.
El Duque, cada vez más inquieto, le dijo:
—Serénese usted, señora. Soy un verdadero amigo de usted y de
Belinchón. Cualquiera que sea el disgusto que usted tenga, yo lo
comparto como si fuese mío también, y estoy dispuesto a hacer todo lo
que esté de mi parte para calmarlo.
—Muchas gracias... muchas gracias—murmuró la señora sin separar el
pañuelo de los ojos. Al cabo de un rato de silencio, dijo con voz
temblorosa:
—Puede usted hacerme un favor muy grande... Un favor que le agradecería
mientras tuviese un soplo de vida... Pero no me atrevo a pedírselo...
—Le repito que estoy a sus órdenes, y que todo lo que pueda hacer en su
obsequio debe usted darlo por hecho...
—¡Oh, no; es una atrocidad!... Señor Duque, usted está muy lejos de
sospechar que su venida a esta casa ha producido graves disgustos. Su
carácter bondadoso y llano, la simpatía que el genio alegre y abierto de
mi hija Ventura ha conseguido inspirarle, ha dado lugar a habladurías en
el pueblo...
—¡Oh!—interrumpió el Duque sonriendo, para ocultar cierta emoción de
vergüenza.
—Sí; habladurías muy ofensivas para todos nosotros, pero principalmente
para mi hijo político, a quien queremos en casa como si fuese hijo
verdadero... No le recrimino a usted ni a ella. Creo que en usted no ha
habido más que exceso de amabilidad, que en un pueblo remoto como éste,
donde todo choca y se comenta, acaso no ha debido usted tener... En ella
ha habido la imprudencia y la ligereza que siempre han sido sus
defectos. Es una chiquilla que tiene la voluntad virgen, como suele
decirse... Si este pueblo no estuviese dividido, no hubiera esa maldita
guerra que a todos nos mata, acaso nadie se hubiera fijado... Por
desgracia, nuestros enemigos buscan el más pequeño pretexto para
mortificarnos y sacarnos a la vergüenza... Se ha publicado ya una
gacetilla que hiere de un modo escandaloso a mi yerno... y esto no lo
puedo consentir.
Doña Paula había ido perdiendo su cortedad a medida que hablaba. Las
últimas palabras las pronunció con energía. A la faz terrosa del Duque
había acudido un poco de color. Por la cabeza debieron pasarle ideas
graves y tristes; pero en realidad no le pasó más que la siguiente:
«Esta mujer me está dando una lección».
—Siento mucho, señora—dijo con expresión soberbia,—haber ocasionado a
ustedes un disgusto... Pero estoy tan acostumbrado a que el público se
fije en mis actos y los comente a su gusto, que esas habladurías y esas
gacetillas de que usted acaba de hablarme, no me causan la más mínima
molestia. Los pequeños se vengan de la superioridad de los grandes,
murmurando de ellos. Es ley eterna que no se debe contrariar.
—Todo eso está muy bien, señor Duque. A un personaje tan alto como
usted, no pueden llegar las murmuraciones del pueblo... Pero a nosotros
es muy distinto. No estamos colocados en esa altura y las malas lenguas,
crea usted que nos hacen muchísimo daño...—respondió doña Paula con
inocencia que resultaba profundamente irónica.
El Duque algo impaciente, jugando nerviosamente con el gorro que tenía
en la mano, replicó:
—Repito que lo siento mucho, señora. Si hubiera sabido que mis
inocentes atenciones con su hija pudieran interpretarse tan
malignamente, me hubiera guardado bien de prodigárselas... En adelante
procuraré ser más cauto... Pero, ¡Dios mío!—añadió riendo.—¿Cómo es
posible figurarse que un hombre de mis años pueda mirar a una niña como
Ventura, sino con ojos paternales?
Allá en el fondo, sentíase halagado de aquella suposición.
—¡Oh! señor Duque, los hombres de la posición de usted, no son nunca
viejos. El brillo atrae mucho a las mujeres... Por eso no basta que
usted se reprima en adelante y sea prudente. Es necesario quitar al
mundo todo pretexto para murmurarnos...
El Duque se puso repentinamente pálido. Vaciló unos instantes, y dijo al
cabo:
—Saliendo yo de esta casa, ¿verdad?
—Ese era el favor que venía a pedirle—dijo ella sin levantar los ojos,
con entonación humilde.
Don Jaime se puso aún más pálido. Dió una vuelta por la estancia
arrugando con mano crispada el gorro turco, dejó escapar una risita
sarcástica, y volviendo a plantarse delante de doña Paula, dijo con
burlona arrogancia:
—¿De modo, señora, que me echa usted de su casa?
—¿Yo, señor Duque?... ¡Qué idea!... Lo que quiero únicamente es
devolver la calma a mis hijos, y evitar un choque...
—¿Qué choque?—preguntó el Duque, por cuyos amortiguados ojos pasó un
relámpago siniestro.
Doña Paula adivinó un peligro para su yerno, y se apresuró a enmendar la
imprudencia.
—El choque de mi hijo político con los canallas que pretenden
insultarle... Mire usted, Duque; si toma a mal la súplica que acabo de
hacerle, se equivocará mucho... Nosotros estamos tan honrados con su
estancia en nuestra casa, que nada nos ha causado tanto orgullo como esa
preferencia... Mi marido la ha solicitado con empeño, y ha recibido gran
alegría cuando supo que usted había aceptado su invitación... ¿Cómo
puede nadie figurarse que yo no me encuentre satisfecha teniendo en mi
casa a una persona tan elevada, yo que soy una pobre mujer del pueblo,
hija de un marinero, nieta de un sereno, a quien toda la villa llama la
Serena, como llamaron a mi madre y a mi abuela?... Verdad que si hubiera
sido hace algunos años, estaría más orgullosa... Los desengaños, las
tristezas, van labrando la soberbia... Pero de todos modos estoy muy
contenta, y sólo el temor a los grandes disgustos que pueden venir a mis
hijos, me ha obligado a dar este paso... que usted me perdonará...
Don Jaime dió otro paseo por la sala, se detuvo en el medio a meditar
unos instantes, y concluyó por hacer un gesto de desdén con los labios,
levantando al mismo tiempo los hombros. Luego vino hacia doña Paula y le
preguntó:
—¿Su marido tiene conocimiento del paso que usted acaba de dar?
—No, señor..., y me alegraría de que pudiera arreglarse todo sin que él
se enterase...
—Perfectamente. Hoy mismo quedará usted complacida.
—¡Oh, señor Duque! Mil gracias... Usted sabrá perdonar...—exclamó
levantándose y extendiendo hacia él las manos.
El magnate se limitó a inclinarse profundamente sin contestar.
—Le suplico que no me guarde rencor...
—Lo que acabamos de hablar quedará secreto entre nosotros. Buscaremos
medio de que nadie sospeche el motivo de mi marcha. Procure usted
desempeñar bien su papel. Yo respondo del mío.
Doña Paula salió de la estancia escoltada por el Duque, que la despidió
a la puerta con una exagerada y silenciosa reverencia.
Al llegar a la escalera la angustiada señora, respiró con libertad.
Aunque fuese a costa de aquellas penosas emociones, se alegraba
vivamente de haber arreglado el asunto sin escándalo y sin peligro. Y
con pie ligero, ella que ordinariamente se arrastraba ya para andar, a
causa de su dolencia, fué a comunicar a Gonzalo el resultado de la
visita.
A la hora de almorzar el Duque manifestó que había recibido carta de uno
de sus hijos en que le noticiaba que vendría a pasar el mes de
septiembre con él a Sarrió. Probablemente vendría también su hermano el
marqués del Riego. Con este motivo expresó su resolución de tomar
habitaciones en la fonda. Al instante fué contrariada con gran calor por
don Rosendo, con el apoyo de su esposa. Venturita se había puesto
pálida. Miraba al Duque de un modo particular. Gonzalo, con los ojos
bajos, el rostro sombrío, comía en silencio mientras se disputaba. A
pesar de todas las razones que don Rosendo alegó para retenerle,
haciéndole presente que la casa era capaz para recibir a los nuevos
huéspedes, el disgusto que a él y toda su familia iba a ocasionarles
aquella tan inopinada marcha, etc., etc., el Duque se mostró inflexible.
Respondía con la misma sonrisa protectora a cuanto se le manifestaba, y
repetía sin cesar frases de agradecimiento y amistad.
Convencido al fin de que era inútil insistir, el insigne cuanto
atribulado don Rosendo, fué con el mismo Duque y su secretario a ver las
habitaciones de la fonda de la Estrella, la única decente que había en
la villa. Alquilaron todo el piso principal. Al día siguiente se
trasladó el magnate, a pesar de las vivas representaciones de su huésped
para que se quedase al menos mientras no llegasen los otros.
Sorprendió vivamente a la población aquel traslado. Preguntóse la causa;
y aunque don Rosendo informó cumplidamente a todo el mundo de lo que
había acaecido, no pudo evitarse que quedase en el espíritu del público
alguna duda o sospecha de que las cosas no habían pasado enteramente
como Belinchón las relataba. Particularmente sus enemigos recibieron
gran alegría. Se dedicaron con afán a descifrar aquel enigma, pensando,
no sin razón, que los del Saloncillo ya no podrían utilizar la fuerza
del Duque para combatirles. En los dos meses y pico que éste llevaba de
permanencia en Sarrió, los amigos de don Rosendo habían conseguido que
prosperase en el juzgado una denuncia contra el alcalde, previa la venia
del gobernador de la provincia; habían logrado «tumbar» al administrador
de Correos que era del Camarote, y que se resolviese en favor suyo «el
problema del matadero». Los amigos de Maza, que andaban cabizbajos y
abatidos, recibieron la noticia como una mosca, próxima a morir en el
otoño, recibe un tardío rayo de sol. ¡Santo Dios qué calurosos
comentarios aquella noche en el Camarote! ¡Cuánta conjetura! La alegría
chispeaba en todos los ojos. Abríanse las narices olfateando la caída de
los del Saloncillo, y su próxima y definitiva victoria. _El Joven
Sarriense_ publicó en su primer número la siguiente lacónica, pero
endemoniada gacetilla: «El lunes se ha trasladado a las habitaciones del
piso principal de la fonda de la Estrella el Excelentísimo señor duque
de Tornos, conde de Buenavista, que estaba hospedado en casa de don
Rosendo Belinchón. Damos al egregio Duque la más cumplida enhorabuena».
Este indigno comentario tuvo dos días enfermo al nobilísimo Belinchón,
pasados los cuales mandó sus padrinos a Maza. Pero éste contestó que
mientras estuviese constituído en autoridad no podía batirse. Cuando
dejase de estarlo ya vería si le convenía cruzar las armas con
«semejante mamarracho». Como los padrinos contestasen en mal tono, les
amenazó con llevarlos a la cárcel, y hubieron de retirarse.
El duque de Tornos siguió visitando de vez en cuando la casa de don
Rosendo y dejándose acompañar por éste y sus amigos siempre que salía a
la calle. En la apariencia, la amistad entre ellos seguía inalterable.
La poca gente imparcial que había en Sarrió iba creyendo que no había
misterio alguno en su traslación y que todo era imaginaciones ridículas
de los del Camarote, a quienes cegaba el deseo de vencer a sus
contrarios. Sin embargo, pasaban los días, había entrado ya septiembre,
y ni el hijo ni el hermano del magnate acababan de llegar. Este había
mejorado muchísimo de salud en Sarrió, según decía a cuantos se le
acercaban. Hizo traer de Madrid coche y caballos y compró una bonita
balandra para pescar. Parecía disponerse a pasar todavía algunos meses
en la villa.
En sus relaciones exteriores con la familia Belinchón, esto es, cuando
se encontraba con ella en público, observaba una conducta delicada y
afectuosa, como personas a quienes debía muchas atenciones. Con
Venturita no se autorizaba tantas familiaridades, pero no dejaba de
hablarla en el teatro o en el paseo de un modo cariñoso. Así hacía
perder la pista a los que buscaban la causa de su salida de la casa.
Doña Paula estaba muy satisfecha de esta conducta. El mismo Gonzalo,
comprendiendo que no se le podía exigir más, se mostraba con él atento y
cortés. La tranquilidad había vuelto a renacer entre los jóvenes
esposos. Venturita, después de unos días en que no cambió con su marido
palabra alguna y aparecía pálida y ceñuda, herida, sin duda, por la
violencia que éste había desplegado en la escena que hemos descrito,
volvió a ser lo que antes, alegre y decidora unas veces, colérica y
caprichosa otras, siempre de palabra aguzada y sarcástica. Notó, sin
embargo, Gonzalo cierta amabilidad y deferencia inusitadas en ella. Lo
achacó al deseo de borrar el recuerdo de aquel pasajero, pero muy
peligroso disgusto que habían tenido.
Y así continuaron deslizándose los días serenos en la casa de don
Rosendo, sólo turbados por los altibajos que la enfermedad de doña Paula
sufría. Tan pronto estaba en pie como en la cama. Salía en coche a dar
largos paseos con Cecilia o con Ventura, y solía llevar a su nieta
Cecilita, en quien adoraba. Don Rufo hablaba de la necesidad de
trasladarse a otro clima, a otro país más elevado sobre el nivel del
mar, donde el aire tuviese menos presión. Y don Rosendo, aunque con
repugnancia, pues el pensamiento de exterminar a sus contrarios y hacer
de una vez la felicidad de su villa natal, le perseguía sin cesar, iba
entrando por la idea y trazando vagamente planes útiles y grandiosos
como todos los suyos. Flotaba en su imaginación el proyecto feliz de
trasladar _El Faro de Sarrió_ a Madrid y hacerlo diario con el título de
_El Faro de las Provincias_. Defender los intereses morales y materiales
de las provincias, sostener su vida autonómica, independiente, frente a
la acción y poderío absorbentes de la capital, «foco de inmundicia que
envenenaba la savia de la nación y secaba todos sus veneros de riqueza».
¡Qué grande y noble pensamiento!
A fines de octubre, Gonzalo fué a Lancia con una comisión de su suegro.
Se trataba de persuadir a un banquero de aquella población, para que no
enajenase las acciones que tenía, en un embarcadero de Sarrió, a cierto
individuo del Camarote, como se decía. En todo caso, que se las cediese
por el mismo precio a don Rosendo. Hacía ya dos días que estaba allá. Al
tercero por la tarde, cerca de la hora del obscurecer, se le ocurrió a
doña Paula subir a hacer una visita a su hija Ventura, que desde el
traslado del Duque había vuelto a ocupar el piso segundo. Muy rara vez
subía ya la buena señora la escalerilla de caracol. Pero aquel día se
sentía más ágil, más desahogada del pecho. Quiso probar sus fuerzas y
darse a sí misma una prueba de que estaba mejor.
El móvil inmediato fué llevar a su nieta Cecilita una muñeca, cuyo
vestido desgarrado le acababa de coser la doncella. Los peldaños se le
hicieron muy altos. Al llegar a la mitad tuvo que detenerse a tomar
aliento. Cuando llegó al piso, dijo en la voz más alta que pudo:
—Cecilita, hija mía, ¿dónde estás?
—Aquí, abuelita, aquí—respondió la niña saliendo de la estancia de su
madre.
Era una criatura que aun no había cumplido los tres años, rubia como el
oro, tan habladora y espontánea, que ejercía sobre la abuela verdadera
fascinación.
—¿Qué me taes, abuelita, qué me taes?—preguntó, mirando con avidez a
doña Paula, después de haberla abrazado por las piernas con tal ímpetu,
que por poco da con ella en tierra.
—La muñeca, hermosa, que te ha arreglado la chacha.
—Muñeca no... muñeca pa Lalina... yo soy gande... yo quero un chocho.
—No tengo chochos aquí, vida mía—respondió la abuela mirándola
embelesada.
—Tene mamá chocho... Ven... dame uno.
Y la llevó por el vestido al gabinete de su madre.
Al entrar en él la niña, pareció sorprendida y echó una mirada a todas
partes. Ventura había salido a recibirlas con la sonrisa en los labios,
besando a su madre cariñosamente:
—¡Jesús, qué pinitos! ¿Cómo te has decidido?... No sé si te convendrá
subir escaleras, mamá... ¿Te sientes bien?
—No me he fatigado gran cosa. Yo creo que estoy mejor. Las pildoras de
Dehaud, me parece que me prueban bien.
—Vaya, me alegro que al fin hayamos dado con una medicina que produzca
algún efecto... ¿Quieres sentarte?
—Abuelita, dame un chocho—dijo la niña interrumpiéndoles.
—No tengo, hija mía... ¿Tienes algún caramelo, Ventura?
—No.
—Tene Jame que está aquí.
Venturita se puso horriblemente pálida.
—¿Qué Jame, niña?—preguntó doña Paula.
—Nada, nada, cualquier tontería... ¿Conque te han probado bien las
pildoras?... Si don Rufo, por más que digan, entiende... ¡Vaya si
entiende!—se apresuró a decir Ventura con voz temblorosa, la faz tan
descompuesta, que su madre la miró sorprendida.
—Jame está aquí... Tene chocho... Ven, abuelita.
La niña tiró del vestido a la señora. Esta, pálida ya también,
adivinando vagamente algo terrible, se dejó arrastrar sin saber lo que
hacía.
—¡Cecilia!—gritó Ventura con una voz extraña que jamás le había oído
su madre.
Pero la niña no hizo caso. Siguió arrastrando a su abuela hacia la
alcoba. Antes de llegar a la puerta, se presentó en ella el duque de
Tornos.
Doña Paula, ante aquella repentina aparición, se quedó un instante
clavada al suelo, el rostro blanco y aterrado, la mirada atónita.
Después cayó pesadamente al suelo, arrastrando en la caída a su nieta.
El Duque se apresuró a levantarla. Luego, ante un gesto imperioso de
Ventura, la dejó sobre el sofá y huyó.
A las voces de la joven, acudieron los criados y luego Cecilia. Se creyó
que era un síncope producido por la fatiga. Transportósela a su cama,
donde luego, merced a los cuidados de Cecilia, recobró el conocimiento.
Pero no la facultad de hablar. La infeliz señora no pudo ya articular
palabra. Así estuvo dos días, sin que los esfuerzos de don Rufo, ni los
de otro médico que llegó de Lancia, lograsen poner en movimiento aquella
lengua, que se había paralizado. Generalmente, estaba con los ojos
cerrados, exhalando leves gemidos. Sólo cuando Ventura entraba en el
cuarto los abría para clavarlos en ella con una expresión fija de
angustia y reconvención. El sacerdote a quien se llamó, se vió obligado
a confesarla por señas. Dos días después, casi a la misma hora en que
había acaecido la fatal escena, falleció la infeliz señora, que ni aun
en la hora de la muerte apartó sus ojos empañados del rostro de
Ventura.
XVII
QUE GONZALO TOMA UNA GRAVE RESOLUCIÓN Y CECILIA OTRA
La familia Belinchón se refugió en Tejada para vivir a solas con su
dolor, durante algún tiempo. Doña Paula fué llorada como lo merecía, por
su magnánimo esposo. Dando tregua al espíritu progresivo y reformista
que le animaba, supo mostrarse tierno y sensible, lo cual en nada
menoscaba su gloria de publicista. Cecilia no se cansó en mucho tiempo
de llorar a su buena madre, con quien la ligaba tanto el parentesco de
la carne como el del alma. De todos sus hijos, era ésta la que más
semejanza guardaba con ella, aunque no era la preferida. El favorito,
Pablo, la sintió todo lo profundamente que él podía sentir algo en el
mundo. Es fama que, algunos días después del suceso, vió al último potro
que había comprado alcanzarse en el trote, y no le afectó gran cosa.
Pero en quien hizo sobre todo aquella repentina muerte un efecto extraño
y terrible, fué en Venturita. Tanto la impresionó, que estuvo algunos
días en la cama con fuerte calentura. Después que sanó, veíasela pálida
y triste. Contestaba distraída a lo que le decían: no salía casi nunca
del cuarto, a pesar de las instancias de su esposo. Este sentimiento tan
vivo como inesperado fué para él una prueba de lo que Cecilia y doña
Paula sostenían siempre; esto es, que Venturita era loca, caprichosa y
altiva, pero buena en el fondo. Algo se mitigó con tal consideración el
sincero dolor que experimentó por la muerte de su madre política. El
último y maternal servicio que la buena señora le prestara, había puesto
el sello al cariño que, con su conducta prudente y afectuosa, había
sabido inspirarle.
El duque de Tornos se volvió a Madrid, poco después de la desgracia
sobrevenida a sus amigos. Desde allá se escribía con don Rosendo, a
quien obligó con más de un servicio en la lucha sin tregua que mantenía
contra sus enemigos los del Camarote. Estos servicios fueron coronados,
después de algún tiempo, por una gran cruz de Isabel la Católica. Al
mismo tiempo que el diploma, le remitía el magnate una placa de
brillantes, cuyo valor no bajaba de veinte mil reales. Puede cualquiera
imaginarse la emoción y la gratitud de don Rosendo, al recibir aquella
honrosísima distinción. Como en Sarrió nadie poseía una gran cruz, se
vió precisado a ir a Lancia, para que un caballero de la orden llevase a
cabo la ceremonia de ceñirle la banda. Y así que se vió caballero, él,
que profesaba cierto desprecio metafísico a las religiones positivas,
aprovechó una procesión de la parroquia para llevar el farol, con la
hermosa placa en el pecho y la banda por encima del frac. Los amigos de
Maza tragaron mucha hiel. Después la vomitaron, no sólo en su tertulia
del Camarote, sino en el periódico, donde, en serio y en burla, vejaron
de un modo repugnante al glorioso fundador del _Faro de Sarrió_. En
algunas cáusticas, feroces gacetillas, se estaba viendo al bilioso
alcalde con la pluma en la mano. Don Rosendo, por vez primera en su
vida, leyó aquellas diatribas sin conmoverse, con un desdén sincero. Y
es que, cuando se ha llegado a la cima de las sociedades humanas, deben
parecer las amenazas de los pigmeos más curiosas que ofensivas.