El magnate, de alma corrompida y cuerpo gastado, y la bella provinciana,

ansiosa de volar a esferas más altas, habían nacido, sin duda, para

comprenderse. Se atrajeron por afinidad electiva como muchos cuerpos de

la Naturaleza. Venturita agotaba todos los recursos de su imaginación en

el tocador, y se presentaba cada día más seductora. Cuando el Duque,

levantando un instante los párpados para mirarla, hacía una ligera señal

de aprobación, el gozo le subía en forma de carmín a las mejillas. En

aquel momento despreciaba de buena fe, con todas las veras de su alma,

al mundo cursi en que la suerte la había hecho nacer y vivir. Aunque no

abusaba, sabía usar perfectamente de la intimidad que el egregio huésped

la concedía; se autorizaba con él alguna bromita de buen género, que

hacía, no obstante, estremecer de susto a don Rosendo. Conocía que era

la preferida y comenzaba a coquetear. El Duque, por su parte, afectando

indiferencia absoluta por todas las cosas terrenales y celestiales, se

preocupaba muchísimo de los _jaquetes_, levitas, camisolas, corbatas y,

en general, por todo lo referente a la indumentaria. La variedad de

prendas con que se presentaba, y lo original y aun estrambótico de

algunas de ellas, llamaba poderosamente la atención del pueblo y

deslumbraba a Venturita. En realidad, si ella se vestía para el Duque,

éste se vestía también para ella.

Vagamente primero, con más precisión después, la hija menor de don

Rosendo pensaba que la amistad del magnate podía aprovecharse, no sólo

para aumentar la influencia política de su padre en la población, sino

también para dar lustre y brillo a la familia. Por ejemplo, una gran

cruz... Los que la lograban tenían tratamiento de Excelencia. Si su

padre fuese un Excelentísimo Señor, perdería aquel carácter de

comerciante en bacalao, que a ella le crispaba. ¿Y por qué no se la

habían de dar? A un personaje de tal magnitud como el Duque no le

costaba mucho trabajo conseguirla. Hasta había oído decir que con dinero

e influencia no era difícil llegar a poseer un título de conde o

marqués... ¡Un título! Venturita, sin considerar que tenía un hermano y

una hermana de más edad, se estremecía deliciosamente pensando que algún

día pudiera ser «la señora marquesa» o «la señora condesa». Pero aquel

marido que tenía era ¡tan obscuro! ¡tan enemigo de mezclarse en

política, ni darse importancia! ¡Oh, si ella fuese la que llevara los

pantalones, ya se vería hasta dónde llegaba!

En poco tiempo su amistad y su influencia con el Duque crecieron de tal

modo, que pudieron ser notadas, no sólo de los habitantes de la casa,

sino también de muchas personas de fuera. Don Jaime la iba a esperar al

baño muchos días y la acompañaba hasta casa atravesando la villa por el

medio, excitando poderosamente la curiosidad pública. La joven se moría

de placer deslumbrando de este modo, haciendo padecer a sus envidiosas

conocidas. Porque el Duque no se ocultaba para prodigarle mil atenciones

galantes, ni ella para ostentar un grado de confianza con él superior al

de los demás de la familia. Gonzalo había observado, con secreto

disgusto, aquella intimidad. El Duque «le había caído antipático» y

notaba perfectamente que había reciprocidad en este sentimiento, por más

que el personaje, como hombre de mundo, guardase frente a él una actitud

cortés y hasta benévola, donde sólo un espíritu observador o un hombre

de corazón y de instinto como Gonzalo podían traslucir la hostilidad.

Sin embargo, a medida que la amistad y confianza con su esposa crecían,

la antipatía del Duque parecía desvanecerse. Sus atenciones con el

esposo eran cada vez mayores, y en apariencia, más sinceras. Como

supiese que Gonzalo era excesivamente aficionado a la caza, le hizo el

obsequio de una magnífica escopeta que a él le había regalado el czar de

Rusia. El joven quedó agradecidísimo, y algo se borró con esta prueba de

aprecio su antipatía. Después el magnate le invitó varias veces a salir

de caza. En estas excursiones también se operó un deshielo evidente de

sus sentimientos hostiles. Pero, desgraciadamente, vino un suceso casual

a recrudecerlos. Un día, por hallarse Gonzalo en Lancia con una comisión

de su suegro, salió el Duque a matar liebres acompañado solamente de don

Feliciano y de Sanjurjo, el notario. Los perros que llevaban eran los de

casa. Pues sucedió que el que más estimaba Gonzalo se portó inicuamente

en la caza, tal vez por no asistir a ella su amo. Era un galgo finísimo

que había encargado a Inglaterra y le había costado una cantidad

exorbitante. La falta que cometió fué de las más graves que un individuo

puede cometer en el uso de sus funciones. Nada menos hizo que después de

cobrar una liebre, cuando el Duque corría hacia él para quitársela de la

boca, soltarla de pronto en el suelo. El inocente animal, que sólo

estaba herido en una pierna, corrió a esconderse en la maleza. Tal fué

la indignación del magnate que, montando la escopeta, hizo fuego sobre

el perro; mas éste, viendo la actitud agresiva del cazador, se había

alejado rápidamente y no le tocó un solo perdigón. El Duque,

encolerizado, furioso, le siguió para matarle, pero no logró darle

alcance. El culpable se huyó del cazadero, y nadie le vió más aquella

tarde. Cuando el magnate dió la vuelta a casa le dijeron que había

llegado a ella el perro. Don Jaime, en quien todavía persistía la

cólera, dijo al criado:

—Coge ese perro, sácalo al campo, y pégale un tiro.

El servidor se inmutó. Permaneció unos instantes suspenso; pero, ante la

mirada fija, imperiosa del Duque, bajó la cabeza y se dispuso a

cumplimentar la orden. Llamó al perro, le ató con una cadena, y tomando

la carabina, salió de casa. ¡Qué ajeno iba el pobre animal de que le

llevaban al suplicio! Brincaba con alegría, se retorcía, ladraba

acariciando con la mirada al fiel servidor, el cual sentía que las

lágrimas asomaban a sus ojos, maldiciendo del huésped y de la hora en

que había llegado, pues era mucho lo que amaba a aquel hermoso

animal.—¡Santo Cristo, qué va a decir el señorito Gonzalo cuando

llegue, y sepa que le han matado el Polión!

Justamente, al pensar esto, asomaba Gonzalo por la esquina de la misma

calle. Acababa de llegar de Lancia en la diligencia, y se dirigía a

casa. Al tropezar con el criado, le preguntó sorprendido:

—¿Adonde vas, Ramón?

El servidor acortado, temeroso, después de vacilar unas instantes, le

respondió:

—A matar el perro.

La estupefacción del joven fué tan grande, que pareció quedar

petrificado.

—¡A matar el perro!

—Sí, señor; el señor Duque me dió esa orden, porque soltó una liebre

después de cobrarla.

Gonzalo se puso lívido.

—¡Y qué tiene que mandar ese sinvergüenza!...—rugió sin poder proferir

más palabras, arrebatando al mismo tiempo la cadena de manos de Ramón,

con tal fuerza, que le hizo tambalearse. Y se dirigió a paso largo hacia

casa, arrastrando al perro, dispuesto a interpelar al Duque de un modo

violento. Mas antes de llegar, tuvo tiempo a reflexionar que su posición

era muy delicada. Reñir con el huésped por cosa tan baladí, a los ojos

de todo el mundo, por más que a los suyos no lo fuese, pasaría

seguramente por el colmo de la grosería. Contentóse al fin con mandar al

Polión a la perrera, y saludar al magnate con un poco de frialdad.

La antipatía, sofocada un instante, volvió a despertar con más fuerza.

La amistad, las atenciones del Duque con su esposa, comenzaron, no ya a

chocarle como antes, sino a herirle. No se le pasaba por la imaginación

que tuviesen más carácter que el de finezas o galanterías usadas en la

alta sociedad. La edad del prócer y la de su esposa parecía alejar todo

motivo de celos. Sin embargo, «aquellas mojigangas iban picando ya en

historia». Un día, hallándose a solas con Cecilia, le preguntó de pronto

bruscamente:

—Vamos a ver, Cecilia, ¿a ti qué te parece de la intimidad que va

adquiriendo mi mujer con el Duque?

La joven quedó sorprendida.

—¿Qué me ha de parecer?—le contestó mirándole con sus grandes ojos

serenos.—Que por lo visto Ventura le ha sido más simpática que los

demás de casa.

—Pero esa preferencia, ¿no te parece que va siendo ridícula para mí?

—¿Por qué?

—Porque sí... porque lo es—replicó con energía.

Después de unos instantes de silencio, añadió con gravedad:

—Tú, Cecilia, no sabes aún lo fácilmente que queda un marido en

ridículo cuando tiene una mujer tan frívola, tan imprudente como

Ventura.

—¡Gonzalo!

—Tan imprudente, ¡sí!... ¿Pero tú no observas qué afán tiene de hablar

aparte con él, el placer que experimenta cuando todo el mundo la ve

colgada de su brazo?... No me digas nada... Ya sé, ya sé que es pura

vanidad. Toda su vida ha tenido el mismo carácter orgulloso y

fantástico. Aunque no quieras convenir en ello, bien lo sabes. Pero aquí

su vanidad puede traer consecuencias muy desagradables para mí... y para

todos. Bueno que cada día se ponga un traje distinto, pensando que el

Duque se va a fijar en ellos. Pase que se recorte las uñas en triángulo,

y se dé colorete, y se descote, y hable de los cuadros de Meissonier,

sin haberlos visto, y haga otra porción de cursilerías por el estilo.

Pero, querida mía, esas sonrisitas delante de gente, esos apartes no son

tolerables. Si esto dura algunos días más, me parece que voy a

restablecer el orden de un modo que ella no puede sospechar siquiera.

Cecilia procuró calmarle. Si él mismo convenía en que todo ello dependía

del carácter romancesco de Venturita, ¿a qué exaltarse de aquel modo?

Los celos eran ridículos. Nadie en el mundo podría suponer que Venturita

fuese a considerar al Duque sino como lo que era, un hombre casado, un

viejo que podía bien ser su abuelo.

—No, si no tengo celos—decía avergonzado el joven.

—Sí los tienes, Gonzalo. Aunque no te des cuenta de ellos, los

tienes... Ese furor, esa exaltación, ¿qué son en el fondo más que

celos?... Y mira, chico, perdóname que te diga que es hacerte muy poco

favor, y hacerle menos aún a tu mujer. Si se te ha pasado por la

imaginación que Ventura puede preferir un trasto como ése a un marido

como tú, la supones con bien poco gusto.

Al decir esto se ruborizó. Gonzalo agradeció el piropo con una sonrisa,

sin darse por vencido. El instinto, que en él era poderoso, más que la

inteligencia, le decía que sí, que era posible aquella aberración. Sin

embargo, no quiso discutir, porque le humillaba defender tal supuesto,

aunque fuese delante de su cuñada.

Deseaba advertir a su esposa que le disgustaban las conferencias con el

Duque, sus apartes, sus muecas y sonrisas que iban ya tomando carácter

de verdaderas coqueterías. Pero conocía por experiencia a Venturita, y

se temía a sí mismo. Cualquier frase punzante de las que ella usaba a

menudo, cualquier burla inoportuna en aquella circunstancia, podía

dispararle, y él no sabía a dónde iba a parar cuando se disparaba.

Así estaban las cosas, cuando al día siguiente de aquella conversación

con Cecilia, fué a dar una vuelta por la mañana al Saloncillo, según

costumbre. Hojeando los periódicos que había sobre el velador del

centro, cayó en sus manos el último número de _El Joven Sarriense_. Casi

nunca lo leía. Por más que estuviese apartado de la lucha feroz de los

bandos, odiaba a los del Camarote. Luego temía encontrarse con injurias

a su suegro, que le excitaban la cólera. Pero esta vez paseó la vista

con indiferencia por él, y la detuvo para leer unos versos de Periquito

_a un grano de cierta dama_, que le hicieron reir a carcajadas. Debajo

de estos versos había una gacetilla que llevaba por título: _Un marido

como hay pocos_. Comenzó a leerla sin gana.

«Viajando un mandarín de la China, llega a alojarse en la casa de cierto

chino plebeyo que pone a su disposición las mejores habitaciones y

compra los pescados más caros del mercado para obsequiarle. Este chino

tenía una mujer muy hermosa, que desde luego llamó la atención del viejo

mandarín (porque era viejo). El mandarín no mira para los muebles que el

chino le presenta con orgullo, no repara en los lujosos tapices, en los

pescados suculentos. Mira tan sólo a la esposa del chino. Este le va

llevando a casa todos sus amigos, que se deshacen en cortesías y

genuflexiones, le abruman a sonrisas y lisonjas. Pero el mandarín,

apenas se digna dirigirles la palabra. Toda su saliva la gasta con la

esposa del chino. Le hace ver la población, los monumentos más notables,

los contornos pintorescos. Nada; el mandarín no tiene ojos más que para

la china. Invítale a grandes y magníficas cacerías, condúcele en rauda

balandra por el mar azul y tranquilo para que pesque plateados y

sabrosos peces. Mas el mandarín medita, cuando echa los anzuelos al

agua, que es mil veces preferible pescar a la linda consorte de su

huésped. Y mientras todos en la casa y fuera de ella, observan la

melancolía del mandarín y adivinan sus deseos, sólo el marido permanece

sosegado, ignorante, persistiendo siempre en alegrarle con opíparos

banquetes y regocijadas fiestas. Hasta que un amigo le dice al

oído:—«¿No ves, papanatas, que lo que tu huésped quiere no son

banquetes, ni pescas, ni cacerías, sino a tu hermosa mujer?» Entonces el

chino, despertando de pronto de su ignorancia, toma a su mujer de la

mano, se dirige con ella al mandarín, y le dice:—«Perdóname, señor, yo

no veía tu tristeza, yo no adivinaba tus deseos. Aquí tienes a mi

esposa. Si antes supiera que la apetecías, antes te la hubiera ofrecido,

¡oh mandarín excelso!»

Gonzalo terminó de leer la gacetilla con indiferencia. De pronto, cayó

como un rayo sobre su mente la idea de que en aquel cuentecillo se

aludía a él. Una ola de sangre subió a su rostro, y se lo encendió como

una brasa. Echó una rápida mirada de vergüenza en torno. Estaba solo.

Con las manos convulsas, tomó de nuevo el periódico que había dejado

caer, y leyó la gacetilla por segunda vez, por tercera, por cuarta...

Cuanto más la leía, más penetraba en su cerebro, más se aferraba a su

espíritu la funesta sospecha. Y sintió un frío extraño que le invadía

todo el cuerpo menos la cabeza. La primera idea que le acometió después,

fué ésta:—«Voy ahora mismo a la redacción del _Joven_, y hago pedazos a

cuantos encuentre dentro». Se puso el sombrero que se había quitado, y

salió de la estancia. Pero al llegar a la escalera, se le ocurrió otro

pensamiento; el del gran escándalo, la campanada que iba a dar en la

villa. Iba a confesarse burlado ante la población entera. Sus enemigos,

o por mejor decir, los de su suegro, ¡con qué placer le hincarían los

dientes! Subió de nuevo las escaleras y entró en el Saloncillo para

reflexionar un momento. Después de dar unas cuantas vueltas, con la

mirada extática, sin saber él mismo si andaba o permanecía inmóvil,

revocó su acuerdo. Tomó de la mesa el periódico, lo dobló pausadamente,

y lo guardó en el bolsillo. Luego bajó la escalera de caracol y se

dirigió a su casa, el rostro blanco, el paso lento, la mirada fija. El

exceso de ira y la confianza en su fuerza, le habían devuelto la calma.

—¿Está la señorita en su cuarto?—preguntó al criado que salió a

abrirle la puerta.

—Me parece que sí señor: preguntaré a la doncella.

—No, no preguntes nada; voy allá yo.

Y enderezó los pasos hacia el gabinete que le servía de habitación,

desde que el Duque ocupaba el piso segundo. Al pasar por delante del

corredor, no reparó en doña Paula, que estaba cerca de la puerta, y se

inmutó al ver la expresión extraña de su fisonomía.

Venturita estaba delante del espejo. Al ver a su marido, sin volver la

cabeza le preguntó:

—Hola: creí que habías salido ya. ¿Qué traes de nuevo?

Gonzalo sacó del bolsillo el periódico, lo desdobló lentamente, y se lo

presentó diciendo:

—Esto.

—¿Y qué es esto?—preguntó la joven con sorpresa.

—Un periódico.

—Ya lo veo... ¿Y qué?

—Trae una gacetilla muy interesante. Léela. Aquí, en la tercera plana,

debajo de estos versos.

En el gabinete había aún tres o cuatro tiestos con plantas de las que

habían servido para el retrato. Este, fijo ya en un gran marco dorado,

estaba arrimado a la pared, esperando la hora de ser colgado en el

salón. Los ojos de Gonzalo, al tropezar con él, se habían obscurecido

todavía más. Y eso que la imagen de su esposa, más rubia que un canario

y más colorada que una rosa de Alejandría, miraba al cielo con una

expresión mística que jamás él la conociera. El Duque hablaba de enviar

el retrato al Salón de París.

Mientras Ventura leyó la gacetilla, no le quitó ojo, escrutando con

anhelo inconcebible los rasgos de su fisonomía. Pero ésta permanecía

inalterable. Sólo al terminar y ofrecerle de nuevo el periódico, la

encontró ligeramente pálida.

—¿Por qué me mandas leer esto?... No entiendo...

—Voy a explicártelo—repuso Gonzalo con acento de ira concentrada,

recalcando mucho las sílabas.—Te he mandado leer esto, porque el

mandarín de que aquí se trata, es el duque de Tornos, la china eres tú,

y el chino yo... ¿Lo entiendes ahora?

Al decir esto, la miraba con extraña y terrible fijeza, apretando con

mano crispada una rama de la planta que tenía a su lado.

Ventura recibió aquella mirada sin pestañear, con sorpresa más que con

susto. Vaciló un instante, moviendo un poco los labios para contestar.

Por último soltó una gran carcajada.

—¡Ave María, qué barbaridad!

—Seamos serios, Ventura—replicó el joven.—Esto que excita tu risa, es

una cosa gravísima que puede decidir de tu felicidad y de la mía...

Ventura dió por toda contestación otra carcajada, y después otra.

Parecía desternillarse de risa. Mas aquellas carcajadas no salían de

adentro. Gonzalo notaba su afectación perfectamente.

—¡Cuidado, Ventura, cuidado!—exclamó con el rostro demudado.—¡Mira

que estoy hablando en serio!

—¡Pero, hombre! ¡ja, ja!... ¿Quieres que no me ría, si me dices, ¡ja,

ja, ja! que tú eres un chino y yo una china? ¡ja, ja, ja!

Sus carcajadas eran cada vez más sonoras y más fingidas.

—Hace ya bastantes días—profirió el joven, después de una pausa, con

acento sombrío—que debiera haber puesto las cosas en orden... Esa

intimidad infundada, inconveniente, estúpida, de que haces alarde,

delante de gente, de tener con el Duque, me cargaba ya hasta los

pelos... Pero no quería dar mi brazo a torcer. Siempre parecen ridículos

los hombres celosos. Ahora bien, ¡mira, mira lo que me pasa por ser

demasiado prudente!

Al decir esto, arrancó la rama que estaba apretando, y la hizo una

pelota dentro de la mano.

—¿Pero estás celoso de veras?—le preguntó ella, con acento entre

burlón y cariñoso.

—Si lo estuviese, me callaría, Ventura... me callaría y observaría... Y

si los celos fuesen fundados, he aprendido lo que se debe hacer antes

que el cura me leyese la epístola de San Pablo... Pero aquí no se trata

de celos... Ni la edad, ni la posición del Duque permiten bien que los

haya, ni yo te hago la ofensa de suponer que le prefieres a mí. Lo que

hay, es el ridículo que ha caído sobre mí por tus imprudencias. ¿Tú no

ves, desdichada, que el público nos observa, que tenemos muchísimos

enemigos, y que éstos se han de aprovechar del más mínimo pretexto para

zaherirnos?

—Bien, confiesas que esto no es más que un pretexto para

mortificarte—dijo la joven poniéndose seria.

—Sí, pero fundado en lo que tú has hecho arrastrada de esa vanidad

necia, que en vano he querido arrancarte del alma.

—Entendámonos, Gonzalo. ¿Qué es lo que yo he hecho?—profirió ella con

voz irritada.

El joven guardó silencio mirándola fijamente. Después de unos instantes

dijo con lentitud:

—Demasiado lo sabes. El repetirlo, me humilla.

Hubo otro rato de silencio. Ventura preguntó al fin con impaciencia:

—En resumidas cuentas, ¿qué quieres?

—Voy a decírtelo—contesto el joven, reprimiéndose con trabajo.—Quiero

que cese esa intimidad ofensiva para mí, como acabas de ver. Quiero no

pensar más en el duque de Tornos, ni ver su sonrisa protectora, ni sus

modales de conquistador aburrido. Quiero volver a la calma que todos

disfrutábamos antes de su llegada. Y como lo quiero a toda costa, estoy

dispuesto a conseguirlo a toda costa...

Calló un instante y luego añadió con fuerza, con más fuerza de la

necesaria:

—Hoy mismo, saldrá el Duque de esta casa.

Ventura le miró con estupor. Se puso repentinamente lívida, y con los

labios temblorosos por la ira, exclamó:

—¿Qué estás diciendo ahí? ¿Será necesario llevarte a Leganés?... Vamos,

vamos—añadió con acento despreciativo,—hazme el favor de dejarme en

paz. Ve a refrescarte, porque lo necesitas.

La faz de Gonzalo se contrajo violentamente; su boca se abrió con una

expresión de feroz sarcasmo, llamearon sus ojos.

—¡Ah!—rugió más que dijo.—Conque la amistad de ese cornudo (porque es

un cornudo, ¿sabes? toda España está enterada). ¡Conque la amistad de

ese cornudo, te interesa más que la felicidad de tu marido! ¡Conque te

figuras que yo por no ser duque y grande de España, no sé hacer respetar

mi honor! ¡Ahora verás! ¡ahora verás!... Mira por lo pronto lo que yo

respeto a ese cornudo...

Y al decir esto, dió un puntapié al retrato, que cayó al suelo con

estrépito. En seguida se puso a brincar sobre él los dientes apretados,

los ojos inyectados en sangre, con una de esas cóleras fragorosas de los

hombres fuertes y pacíficos. La tela quedó al instante hecha pedazos.

Ventura, enteramente demudada, vomitó, más que dijo, con la osadía

inconcebible de la mujer adorada:

—¡Bruto! ¡bruto!

La entonación de esta injuria era tan feroz, tan rabiosa, que Gonzalo

levantó la cabeza como si le hubiesen clavado un hierro candente.

Saltando sobre ella, la agarró por un brazo. La joven lanzó un grito

penetrante de angustia. La mano de su esposo era una tenaza de acero que

iba a triturarle el hueso.

—¡Perdónala, Gonzalo, perdónala!—entró gritando en aquel instante doña

Paula.

El indignado joven volvió la cabeza sin soltar a su esposa. Al ver a su

madre política, en cuyo rostro la enfermedad había hecho crueles

estragos, contraído ahora por el terror, con los ojos suplicantes, las

manos plegadas hacia él con mortal congoja, aflojó la suya y la dejó

caer sobre el muslo.

No tuvo tiempo a decir nada. Doña Paula, sin mirar a Ventura, le cogió

de la ropa diciéndole:

—Ven, hijo mío, ven. Yo arreglaré este asunto, y te volveré la calma.

Y Gonzalo se dejó arrastrar como un autómata, lleno de confusión.

Al llegar a su cuarto, la buena señora cerró la puerta.

—Lo he oído todo—le dijo, clavando en él aquellos grandes ojos negros

y tristes como los de una Dolorosa, único resto de su antigua

belleza.—Te vi cruzar por el pasillo con una cara tan extraña, que no

pude menos de seguirte... No sé lo que dice ese periódico que has dado a

Ventura, pero debe ser algo muy feo y repugnante...

—¡La injuria mayor que se puede hacer a un hombre!—profirió Gonzalo

con la garganta apretada.

—¡Qué infames! ¡Insultarte a ti que jamás les has hecho daño alguno!

Tienes razón, la culpa es de Ventura. Sus ligerezas, el gusanillo que

tiene metido en la cabeza, ha dado lugar a este disgusto, como a todos

los otros más pequeños que hasta ahora habéis tenido. Pero no vayas a

figurarte que hace estas cosas por maldad... Ventura es una loca, una

taravilla; pero en el fondo no es mala. Con el tiempo se irá

corrigiendo. Yo también he tenido mi cacho de orgullo y he gozado con

ciertas tonterías que hoy me avergüenzan. ¡Oh, los años, las tristezas,

las enfermedades, le van arrancando a una todas las ilusiones!... Lo que

importa ahora, es evitar a todo trance mayores disgustos. Hace tiempo

que vengo notando las atenciones del Duque con Venturita y la intimidad

que ha nacido entre ellos. Sé fijamente que esta intimidad no tiene

importancia alguna. Estoy enteramente segura de mi hija, como tú debes

estarlo. Pero comprendo muy bien que la conducta de ese señor te

moleste... Sobre todo, desde que un periódico se ha aprovechado de ella

para injuriarte, las cosas no pueden continuar así. Es necesario tomar

una resolución...

—Ya está tomada—dijo sordamente Gonzalo.—Hoy mismo despido al Duque

de esta casa.

—No, tú no puedes ni debes hacerlo. Tienes el genio violento. Habría

una escena escandalosa que es necesario evitar.

—¡Pues es lo que yo quiero precisamente! ¡esa escena!

—No seas niño, Gonzalo—repuso la señora.—El arreglo de este asunto me

corresponde a mí, ya que Rosendo, fuera de su política, ni ve, ni

entiende, ni oye. Un escándalo ahora, te pondría en ridículo...

—¡Pues aunque así sea!—exclamó el joven con rabia.—Quiero tener el

gusto de arrojarle de casa.

—Me obligas a decirte, Gonzalo—replicó doña Paula con impaciencia y

autoridad,—que no tienes ningún derecho a hacerlo. Ni tú le has

invitado, ni eres el dueño de la casa...

El joven se puso colorado. Observando su confusión, la señora añadió con

acento cariñoso:

El cuarto poder · 第 24 / 31 段