—La amo, confesando, no obstante, su degradación. La Naturaleza nos ha

dotado con mano próvida de los más ricos dones. Un país fértil (no tanto

como vulgarmente se cree, pero, en fin, fértil), admirablemente situado

a un extremo de la Europa, tendiendo la mano a América al través de los

mares. Un cielo, ¡oh, el cielo! no hay otro como él. El aire tiene aquí,

sobre todo en el Mediodía, una transparencia... ¡Oh, una transparencia

infinita! La desesperación de los pintores. En cambio esta transparencia

da mayor pureza a la línea. En ninguna parte se destacan los objetos

como aquí. En Castilla las torres se perciben a muchas leguas de

distancia, con la misma dureza en los contornos que si estuviéramos a

algunos pasos. Esto depende, claro está, de la altura a que se encuentra

sobre el nivel del mar...

—Los países muy elevados sobre el nivel del mar, se ha demostrado que

son los menos inteligentes—apuntó don Rufo, respirando por su manía

fisiológica.

El Duque volvió la cabeza para mirarle y siguió como si no hubiese oído:

—Luego el admirable brillo del sol que hace más crudo el contraste

entre la luz y la sombra y añade la oposición de las masas a la decisión

de las líneas. Sólo aquí, en el Norte, el vapor acuoso que flota en la

atmósfera, reblandece y borra un poco los contornos, los esfuma; pero en

cambio la riqueza de los tonos es mayor. En el Mediodía los tonos de la

tierra se extinguen por el esplendor preponderante del cielo, por la

iluminación universal del aire: ¡pero aquí! ¡qué inmensa variedad de

_nuances_! ¡Oh, hermosa, infinita!... ¡Luego, qué fuerza, qué movilidad!

En el Mediodía un tono permanece fijo. La luz inmutable del cielo le

mantiene durante muchas horas, y lo mismo un día que otro. Mas en estos

países en que la luz cambia a cada instante, varía también el color; el

modelado es perfecto, las gradaciones del color _fondue_, transforman en

espeso relieve su tono general...

El Duque, que había comenzado a enumerar las ventajas de que los

españoles estábamos dotados, no acababa de salir del contorno, de la

luz, del color, se perdía en disquisiciones pictóricas que los

comensales escuchaban con los ojos muy abiertos, sin comprender,

moviendo con pereza las mandíbulas. Pero sin dejar de hablar atendía a

Venturita. Prevenía sus deseos, echándole agua en el vaso, alargándole

los entremeses, el pan, todo lo que pudiera serle agradable, haciendo

seña al criado para que le sirviese vino cuando advertía que sus copas

estaban vacías, con esa oportunidad desembarazada, elegante, del hombre

educado en la cumbre de la sociedad. Venturita acogía aquellas

galanterías confusa, sonriente, con vivos temblores de gratitud, sin

comprender que en aquel momento no representaba para el magnate más que

«la dama que estaba a su derecha».

Gonzalo, mal prevenido contra el egregio huésped, se había llegado a

cansar de aquel monólogo de pintura, y cambiaba frases por lo bajo con

su cuñada, embromándola, como de costumbre, con lo poco que comía:

—Vamos, Huesitos, otra chuleta, no te dé vergüenza porque este señor

esté delante. Ya le hemos dicho que no se sorprendiera de verte comer

tanto. Los temperamentos como el tuyo necesitan reponer la grasa.

Cecilia contestaba sonriendo, con medias palabras, dirigiendo vivas

ojeadas de respeto al Duque. Este, que había advertido su plática, por

dos veces levantó los párpados para mirarles de aquel modo frío,

distraído, que por no expresar nada, ni desdén siquiera, era el colmo

del orgullo. La segunda vez, sobre todo, en que Cecilia y Gonzalo se

rieron con gana llevándose la servilleta a la boca para apagar el ruido,

la mirada del prócer fué más larga, más fría y distraída aún. Venturita,

indignada, los apuñalaba con los ojos. Pero Gonzalo, o por vengarse de

sus burlas anteriores, o porque en realidad no sintiese ante el

personaje el embarazo y respetó que los demás, no amainó en la manía de

platicar con su cuñada y hacerla reir.

La fraternidad cariñosa de los dos cuñados, no decrecía. Gonzalo y sus

hijas pertenecían a Cecilia. En todos los momentos de su vida, la

influencia de ésta se dejaba sentir suave y bienhechora. De las dos

niñas, la primera, Cecilita, tenía ya dos años y medio; la otra,

Paulina, contaba ocho meses. Lo mismo una que otra, vivían al calor

maternal de su tía. Ella las lavaba, ella las vestía, las daba de comer,

las sacaba a paseo, enseñaba a orar a la primera. La madre, sin dejar de

quererlas, se cansaba pronto, sus lloros la impacientaban, y cuando

trataba de hacerlas callar no sabía; concluía por aturdirse y sofocarse.

De aquí que en sus necesidades, en sus anhelos infantiles no clamasen

más que por _tiita_. Alguna vez, Ventura, herida por esta preferencia,

celosa, las forzaba a aceptar sus oficios, las retenía a su pesar al

lado de ella. Esto sólo daba por resultado mayor despego en las

criaturas mezclado de miedo. En cuanto a Gonzalo, tenía en Cecilia una

hermana y una madre atenta siempre a evitarle disgustos, a separarle los

abrojos del camino. En ella descansaba, a ella acudía como un niño

grande y mimoso, impacientándose cuando no cumplía al instante sus

deseos, molestándola más de la cuenta. Pero el lazo que le unía a su

esposa, continuaba firme, inalterable. El vivo sentimiento de adoración

y de deseo que le había hecho cometer la primera vileza de su vida, no

se apagaba. Por mucho que se alejase, por excéntrica que fuese la órbita

de su vida, Ventura le retenía con los rayos de su belleza, seguía

fascinando como antes sus sentidos. Lo adivinaba muy bien Cecilia. Por

eso cuando el joven, herido de algún desdén, de alguna palabra malévola

de su mujer, se desataba en denuestos contra ella, sonreía con tristeza,

procuraba calmarle, segura de que su cuñado no tardaría en humillarse,

en ir contrito y avergonzado a besarle los pies.

Cuando el prócer terminó al fin su monólogo, hubo unos instantes de

silencio. Después, como si recordase una omisión cometida, principió a

enterarse con benévola y afectada atención, de los asuntos de sus

comensales.

El señor don Rufo Pedrosa era médico, ¿verdad? El ejercicio de la

medicina es penoso, sobre todo en provincias, donde no obtiene por regla

general la merecida recompensa.—El señor Peña, marino, ¿no es eso? Oh,

el cuerpo de la armada, siempre ha sido brillante. Lástima que no

corresponda nuestro material de guerra al valor y a la pericia de los

oficiales. ¿Corren mucho las escalas? ¿Da mucho que hacer la dirección

de un puerto? Pensaba presentar en el Senado una moción, pidiendo la

construcción de dos acorazados.—¿Y Pablito, se divertía mucho en

Sarrió? ¿Qué recursos ofrecía aquella villa a los jóvenes? ¿Había estado

en Madrid? Era aficionado a los caballos. ¡Ah! la equitación, un gran

ejercicio. El Duque comprendía muy bien aquella afición. ¿Los caballos

que tenía, eran del país o extranjeros?...

Hacía todas aquellas preguntas de un modo distraído, con sonrisa de

maniquí, apresuradamente, como si estuviese recitando una lección. Era,

en efecto, la página más penosa del libro de la buena educación, aquella

en que se advierte que es preciso hacerse agradable a las personas con

quienes se habla, interesándose por sus negocios. A Gonzalo y Cecilia

los miró un instante fríamente; pero no les hizo pregunta alguna.

Cumplida tan ímproba tarea, el magnate volvió a caer en el eterno

monólogo. Esta vez no fué sobre pintura, sino sobre arqueología. En

Lancia había visto una capilla bizantina que le llamó mucho la atención

por su pureza. No había en ella aún síntoma alguno de transformación. La

catedral mediana. Sólo la torre era notable por su esbeltez. La aguja

debía de ser, no obstante, primitivamente más alta, más _elancé_. Sin

duda al restaurarla después de la destrucción causada por un rayo, se

habían acortado sus dimensiones. Tenía entendido que Sarrió poseía una

iglesia muy bella, estilo plateresco...

Mientras el Duque arrastraba más que movía su lengua en disertación

doctísima, infinita (como él diría), don Rosendo manifestaba en sus

ademanes y en sus ojos una inquietud extraña que procuraba con cuidado

refrenar, aunque sin resultado. Por tres veces había dado recados en voz

baja al criado, y otras tantas había recibido de éste respuestas,

también en voz baja.

Llegó el momento del café. El Duque, terminado el monólogo arqueológico,

había trabado conversación con Venturita, con ese admirable instinto que

poseen los orgullosos para comprender a quién fascinan y a quién no. Y

su plática se fué animando poco a poco. Alguna vez se dignaba sonreir el

egregio huésped y hacía a su bella interlocutora el honor de levantar

los caídos párpados para fijar en ella una mirada de curiosidad y

simpatía. La joven, exaltada por aquella honra, con las mejillas

encendidas y los ojos brillantes, departía con fácil ingenio y palabra,

mostrando tanta gracia y finura, que el Duque quedó de ella altamente

complacido. Al parecer, hablaban de pintura. Cecilia y Gonzalo, que

charlaban aparte, la oyeron decir:

—¡Oh, Rubens! ¡Qué modo de pintar la carne! Rubens es el Cervantes de

la pintura.

Gonzalo volvió la cabeza como si le hubieran pinchado. Y una viva

sorpresa se pintó en su rostro.

—Chica, ¿dónde ha aprendido mi mujer estas cosas?—dijo en seguida a su

cuñada.

Esta se encogió de hombros. Pero Venturita había observado el movimiento

de Gonzalo, su sorpresa y las palabras que dirigió a Cecilia. Se puso

colorada, y bajó la voz. Luego, observando la mirada burlona de su

marido, le clavó otra, relampagueante y colérica.

Mientras tanto, doña Paula explicaba a don Rufo la marcha de su

dolencia. Cosío describía con orgullo a Peña y Pablito las grandezas y

comodidades del castillo de Bourges, donde el Duque tenía su famosa

galería de pinturas.

Sólo don Rosendo permanecía silencioso, cada vez más inquieto, haciendo

con los dedos nerviosos bolitas de pan. De pronto, su noble faz se

extendió con una sonrisa bienaventurada. Todos levantaron al mismo

tiempo la cabeza al escuchar en la calle un trompeteo horrísono. Era la

orquesta de Lancia que al fin había llegado.

XVI

DE LO MUCHO Y BUENO QUE HIZO EL DUQUE DE TORNOS EN SARRIÓ

_El Faro_ dedicó casi todo su número del jueves a cantar ditirambos al

duque de Tornos. Publicó su biografía en la primera plana, describió en

la segunda su entrada triunfal en la romería y el modo gallardo con que

fué acompañado por las jóvenes más hermosas de la villa en medio de

cantos y vítores. Insertó cerca de esta descripción unos versos con el

mismo asunto de uno de los chicos de don Rufo. Por último, en la plana

tercera, aún podían leerse dos o tres gacetillas referentes al egregio

huésped. _El Joven Sarriense_ se limitó a dar la noticia de su llegada

en un gacetilla cortés y fría, titulada _Bien venido_. Pero a renglón

seguido, y cogiendo la ocasión por los pelos, la emprendió como siempre

a tajos y mandobles con sus enemigos. Figuraba el gacetillero que don

Rosendo llevaba al Duque al Saloncillo y le iba presentando uno por uno

los hombres más notables que allí se reunían. Con tal motivo se hacía

innoble chacota de don Rudesindo, don Feliciano Gómez, Alvaro Peña, don

Rufo, Navarro y otras respetabilísimas personas. Indignó la gacetilla en

alto grado a todos los amigos de Belinchón, e hizo crecer en sus

corazones el fuego de la venganza. Por lo bien escrita y

malintencionada, achacábase comúnmente a Sinforoso Suárez.

¿Cómo? ¿Sinforoso no era el redactor principal de _El Faro_, el amigo

fiel y edecán de don Rosendo? Ya no. Cerca de un año hacía que se

apartara de sus antiguos amigos para ir a formar en las filas de los

contrarios. Estos, sospechando la flaqueza de su carácter y las pasiones

que germinaban en el fondo de su alma, le habían hecho la rosca, como

vulgarmente se dice. Persuadiéronle, por medio de su padre y otras

personas, de que unido a los del Saloncillo no haría jamás carrera; que

atacando las ideas religiosas de la población no sería recibido en las

casas respetables ni bienquisto de las damas. Al mismo tiempo procuraron

engolosinarle con la perspectiva de un matrimonio para él muy brillante.

La hija de un cuñado de Maza, era la joven que se le prometía vagamente.

Al fin, con sorpresa y estupefacción de la villa, traicionó a sus amigos

y protectores. De la noche a la mañana dejó la redacción del _Faro_ y

pasó a escribir en _El Joven Sarriense_. No fué impunemente,

sin-embargo. La primera vez que tropezó con él Alvaro Peña en la Rúa

Nueva, a las doce del día, le llenó de denuestos, y lo que es peor, le

llenó la cara de dedos. La corrección fué tan vergonzosa, tan

humillante, que Sinforoso, que no pecaba de bravo y altanero, concibió

contra su verdugo odio feroz y un deseo punzante de venganza. Armándose

de un palo de hierro que le facilitó su nuevo amigo Delaunay, esperó al

ayudante en la esquina de la calle de San Florencio, y por detrás le

arrimó un garrotazo en la cabeza que le hizo caer al suelo sin sentido.

Transportaron a Peña a su casa y estuvo más de ocho días en la cama.

Fueron inútiles los esfuerzos de sus amigos para obligarle a que diese

parte a la justicia. A todo trance, como hombre irascible y arrebatado,

quería tomársela por la mano, lo cual tenía sumamente medroso al agresor

y bastante preocupada a la población. Contábase que el ayudante, mirando

desde la cama por el balcón de su cuarto las tapias del cementerio,

había dicho con acento de profunda convicción:—«El pobre Sinforoso no

tajdará muchos días en dojmij allí para siempre.» Tales palabras

produjeron gran sensación en la villa, porque se le suponía con arrestos

para llevar a cabo el propósito. El efecto que hicieron en Sinforoso, no

es para descrito.

En cuanto el ayudante salió a la calle, restablecido ya de su herida, el

hijo de Perinolo se eclipsó. Nadie volvió a verle en un mes. Se decía

que sólo salía de noche y con grandes precauciones. Pero, como todo

decae y pasa en este mundo, su miedo mismo fué al cabo debilitándose,

pensando tal vez que los sanguinarios pensamientos de Peña se habían

borrado igualmente con el tiempo. Poco a poco se fué familiarizando con

el peligro. Se aventuró a salir de día, huyendo, no obstante, de

aquellos sitios en que pudiese tropezar con su cruel enemigo,

informándose de todos si le habían visto pasar y hacia qué paraje se

había dirigido. Con esto, la villa estaba anhelante, y preveía que la

hora menos pensada iba a suceder una catástrofe.

Cierta tarde, con la seguridad que le dieron de que Peña había ido de

paseo hacia la Escombrera con don Rosendo, nuestro Sinforoso se arriesgó

a entrar a beber una botella de cerveza en el café de la Marina. Sentóse

en una de las primeras mesas y al instante observó que los rostros de

los parroquianos, muchos de ellos conocidos y amigos, se volvían hacia

él sonrientes unos, otros con expresión de susto. No se pasaron muchos

segundos sin que llegase a sus oídos la voz campanuda del ayudante, que

discutía con sus amigos allá en el fondo del café, en lo más obscuro.

Oirla nuestro periodista y dejarse caer al suelo en cuatro patas, fué

todo uno. De esta suerte fué caminando sigilosamente hasta que alcanzó

de nuevo la puerta, y se salió a toda velocidad. Cuando supuso que

estaba ya muy lejos, uno de los parroquianos gritó:

—Alvaro, ¿sabes quién acaba de estar aquí?

—¿Quién?

—Sinforoso: ahora mismo se ha ido.

—¡Ah, mala centella que lo mate!—exclamó brincando más que corriendo

al través de las mesas, saliendo disparado como un cohete.

Pero, ¿dónde estaba ya Sinforoso? Después de correr buen trecho por la

calle sin saber a dónde iba, el ayudante se vió precisado a dar la

vuelta y entrar de nuevo en el café con el despecho y la ira pintados en

el rostro. Tanto tiempo se pasó, no obstante, sin lograr tropezar con

él, que al cabo concluyó por perdonarle. Satisfizo su agravio con

arrearle un par de puntapiés en el trasero, cuando después de tres

meses, le halló paseando en la punta del Peón. El hijo del Perinolo dió

gracias al Cielo de haber librado tan bien.

El enojo que la indigna gacetilla les produjo, se fué templando con la

esperanza de aplastar muy pronto a los reptiles que la habían inspirado,

o por lo menos darles algunos golpes formidables con el ariete del

Duque. Los amigos de Belinchón andaban, los días que siguieron a la

llegada de aquél, satisfechos y rozagantes, mirando a sus enemigos con

ojos provocativos.—«Temblad, petates, temblad»—parecían decirles con

la mirada.—El mismo don Rosendo, tan magnánimo, tan filósofo, tan

humanitario, participaba de aquel rencor implacable, deseaba

ardientemente el exterminio de sus contrarios. Poco a poco, a impulso de

la lucha mortal en que estaba comprometido, aquellos sentimientos

románticos de progreso, aquel amor a los adelantos morales y materiales

de su villa natal, que hemos tenido el placer de admirar en los primeros

capítulos de esta historia, habían cedido el sitio a un triste deseo de

destrucción. Sin embargo, esto era puramente accidental. Allá en el

fondo, su alma quedaba tan pura, tan progresista como había salido de

las manos del Hacedor.

El partido del Saloncillo formó en torno del Duque una muralla

impenetrable; «le secuestró», según la expresión del _Joven Sarriense_.

No salía jamás a la calle sin ir acompañado de cuatro o seis de sus

miembros más notables. Para mostrarle lo que guardaba la población digno

de verse, le llevaban materialmente escoltado. Después vinieron las

jiras a los caseríos y parroquias de las cercanías, a las casas de

campo de los amigos de Belinchón, los banquetes opíparos, las

excursiones de pesca y las cacerías. Realmente la vida era grata en

Sarrió por el verano. El Duque, que había mandado delante un regular

equipaje, tenía los enseres necesarios para pintar, y aprovechaba los

ratos en que se le dejaba libre para bosquejar horrendos paisajes dignos

del fuego eterno. Sus relaciones con la familia de Belinchón eran de

estricta finura, una cortesía infatigable que mantenía admirablemente

las distancias. En sus palabras, en su gesto, se traslucía siempre un

sentimiento afectuoso de protección que suavizaba un poco aquella

expresión de cansancio y hastío en que constantemente caía su rostro

cuando le dejaban en libertad.

Tan sólo con Venturita parecían animarse un poco aquellos ojos muertos.

Cuando se hallaba al lado de ella, el Duque redoblaba su finura hasta

dar en viva y desenvuelta galantería. Cuando hablaba al corro de la

familia, su mirada iba dirigida a ella, como si entre los demás no

hubiera ninguno capaz de comprenderle. Las creaciones de su pincel nadie

las veía primero que la esposa de Gonzalo, y si de alguien estimaba la

admiración, era de ella. Le había dado a leer algunas novelas francesas

que traía, y sobre su argumento y el mérito de los autores departían

largamente en la mesa escuchados por los otros que apenas sabían de qué

se trataba. Y al cabo de algunos días le propuso hacer su retrato. Sus

aficiones le dirigían al paisaje; no había pintado más retratos que el

de la duquesa de Montmorency y el de una de las infantitas de España;

pero ahora sentía un vivo deseo, un capricho más bien, de retratar a

Venturita tal cual la había visto por primera vez, con aquel traje azul

marino descotado. La joven sintióse profundamente lisonjeada. La primera

una duquesa, la segunda una infanta, ¡la tercera ella! Luego aquel

singular deseo de retratarla en el traje de la primera noche, ¿no hacía

presumir con fundamento que era viva la impresión que había producido en

el Duque? Comenzaron las sesiones en uno de los gabinetes del piso

principal. Don Jaime (que así se llamaba el magnate) había pensado

retratarla reclinada en un diván rojo con algunas plantas y flores a los

lados. Los tres primeros días asistieron a la sesión doña Paula, Gonzalo

y Cecilia. Pero se cansaron pronto. En los siguientes los dejaron solos,

viniendo la madre de vez en cuando a echar una ojeada al retrato y a

decir dos palabritas de cortesía. En aquellos quince días que la pintura

del retrato duró, la intimidad entre el Duque y la hermosa joven creció

extremadamente. El magnate había condescendido hasta contarle mucha

parte de su historia privada. La pública era bien conocida de todos.

Don Jaime de la Nava y Sandoval se había casado muy joven con una

egregia dama ligada por vínculos estrechos de parentesco con la

soberana. No había sido feliz en su matrimonio. El amor frenético de la

dama (que la había hecho saltar la barrera social que la separaba de su

esposo), entibióse presto. Surgieron desavenencias. Hubo algún

escándalo, y concluyeron por separarse. Don Jaime, aunque disfrutaba de

las preeminencias y honores que correspondían a su elevada posición, no

hacía, sin embargo, un papel muy airoso. Sobre su frente pesaba un

estigma fatal, que le había hecho padecer mucho hasta que se fué

acostumbrando. De esta herida, que dado el temperamento de su esposa, no

tenía tiempo a cicatrizarse, vengábase lindamente despellejando a la

aristocracia de Madrid, arrojando puñados de lodo que llegaban, a

salpicar a las más altas personas. Pasaba el duque de Tornos por una de

las lenguas más aguzadas y temibles de la capital.

Venturita tuvo ocasión pronto de conocer su temple y su filo. En cuanto

el magnate adquirió con ella alguna confianza y penetró por su larga

experiencia, más que por su ingenio, el carácter que tenía, principió a

dejarse resbalar un tanto en las conversaciones, como si el desenfado

para tratar los asuntos escabrosos fuese una prueba de «buen tono».

Habló con gran naturalidad y como cosa corriente, de las relaciones

ilícitas que sostenía la mayoría de las damas aristocráticas de Madrid.

«La duquesa de Tal, ahora está enredada con el hijo del banquero Fulano.

La marquesa de Cual, se fugó a Bruselas con el secretario de la embajada

de Rusia. A esta señora le gustaban los toreros; a aquélla la habían

sorprendido con el lacayo. La condesa de Tal se gloriaba de tener tres

amantes a un tiempo. La baronesa Fulana iba con el suyo en carruaje,

mientras el marido guiaba afanoso los caballos.» No quedaba dama en la

corte a quien no le arrancara una tirita de pellejo. No perdonaba

siquiera a su esposa. Una vez concluyó por decir sonriendo

cínicamente:—«Y por último, si se quiere saber lo que es la

aristocracia de Madrid, ahí está la duquesa de Tornos, que es un buen

resumen de todos sus vicios.»

Ventura quedó aterrada. Sabía vagamente los motivos de rencor que el

Duque tenía contra su esposa; pero no creía posible que un marido

pudiese hablar de aquel modo de su mujer en ninguna circunstancia. No

obstante, se hallaba tan fascinada por la grandeza del personaje, que

pronto vino a figurarse que aquellas formas, aquel cinismo, eran la

expresión de la moda y el «buen tono». Luego vinieron las anécdotas

picantes. El Duque contaba con su voz cascada y aquella sonrisa de

hastío y superioridad que no se le caía de los labios casi nunca,

multitud de aventuras galantes, devaneos y obscenidades que hacía pasar,

diciendo previamente:—«Usted ya está casada y se le pueden contar

ciertas cosas.» En pocos días desplegó como en un gran telón ante los

ojos pasmados de la joven, el mundo cortesano que tanto ansiaba ella

conocer, la vida íntima, secreta, de aquellos jóvenes pálidos, de

bigotes retorcidos, que veía pasar en la Castellana guiando lujosos

trenes, de aquellas lindas y orgullosas damas, que ostentaban en su

carruaje timbre ducal y apenas se dignaban dejar caer sobre ella una

mirada indiferente y desdeñosa. Fingiendo nada más que complaciente

atención, Ventura recogía ávidamente aquellos pormenores mundanos. Luego

los repasaba con febril actividad en su imaginación inquieta, donde

siempre habían germinado vagos deseos de brillo, caprichos fantásticos,

aspiraciones imposibles. El duque de Tornos, sin propósito de ello, sólo

por el placer de dar rienda suelta a su lengua de hombre gastado y

herido, corrompió más en pocos días el alma de la joven esposa que todas

cuantas novelas había leído. Al fin y al cabo lo que las novelas decían,

era mentira, mientras que las anécdotas del Duque acababan de

efectuarse, los personajes que en ellas habían intervenido vivían y eran

conocidos de todo el mundo. En fin, todo aquello estaba sangrando, como

se dice vulgarmente.

El cuarto poder · 第 23 / 31 段