A las tres, la Nozaleda estaba poblada de romeros. El vasto prado

parecía una alfombra de fondo verde. Los pañuelos de las mujeres,

blancos, rojos, amarillos, agitándose continuamente, llameando a la luz

del sol, formaban sobre aquel fondo un dibujo movible de brillantes

colores. La carretera mandaba de Sarrió a cada instante nuevos

pelotones de gente, que se diseminaban por el prado a entrambos lados.

Escuchábase un rumor confuso como el de las olas del mar a cierta

distancia, sobre el cual saltaba el agudo son de la gaita, y el

repiqueteo sordo y monótono del tambor. Algunas tiendas de campaña,

donde, sobre mesas portátiles de tabla, yacían los hinchados odres, como

víctimas preparadas al sacrificio, estaban rodeadas por numerosos grupos

de hombres. En otro más numeroso, de ambos sexos, hacia el medio, se

bailaba al uso del país, sonando las castañetas con las _mudanzas_

peculiares de aquella región. Aquel baile duraba cinco o seis horas sin

reposo alguno. Se sudaba copiosamente, ¡pero cansarse! los hombres

alguna vez, las mujeres nunca. Los que así bailaban eran aldeanos, los

habitantes de los contornos que, llegada la noche, se volvían a sus

casas por los atajos sin pasar por la villa. Las artesanas de Sarrió

formaban giraldillas, donde se cantaba a grito herido, abriéndose y

cerrándose sucesivamente, dejando en el medio ora un grupo de hombres,

ora de mujeres. Los señoritos, en relación con aquellas jóvenes por los

bailes de las Escuelas, acostumbrados ya al dulce, no querían perder su

derecho de monopolio ni aun al aire libre; entraban también en ellas,

bailando sin garbo, con los brazos muy abiertos y las piernas inmóviles.

Entonces los artesanos se salían y marchaban un poco más lejos a bailar

con aquellas que, desdeñadas por los caballeros, o de temperamento más

bravío, los seguían, arrojando miradas torvas de desafío al coro

principal.

Ni se crea que faltaba tampoco aquella tarde el baile de sociedad. Don

Mateo, buscando medio de substituir a la orquesta, había dado con un

arpista y un violín italianos, y los subvencionó, de su bolsillo

particular, para que tocasen. Y allá, en un extremo del prado, bajo un

inmenso nogal de la cinta que lo circundaba, una docena de parejas

estrechamente abrazadas, daban vueltas parsimoniosas al compás de

dulzona habanera, rodeadas por un espeso círculo de mirones. Las

señoritas solían presenciar con risita despreciativa aquel baile que

imitaba toscamente los suyos, doliéndose en su interior de que jóvenes

tan finos se abrazasen «a aquellas tarascas». Sin embargo, cuando alguno

las invitaba, después de resistirse un poco, reir a carcajadas,

ruborizarse y hacer buena porción de monerías para atestiguar que sólo

se rebajaban a aquello por pura condescendencia, solían agarrarse firme

al brazo de su bromista amigo y tardaban en soltarlo.

Gonzalo había venido a pie a la romería con Cecilia, la niña mayor y la

niñera. Y como el camino era largo y pendiente, porque ésta no se

cansase tanto, había traído a su hija en brazos casi todo el tiempo.

Ventura odiaba las romerías. Además, su padre había llevado el carruaje

a esperar al duque de Tornos, y pensar en que anduviese a pie media

legua, era una monstruosidad. Doña Paula tampoco podía venir. Hacía

tiempo que estaba delicada. Los médicos creían que su malestar y

decaimiento procedían de algún trastorno en la circulación, una afección

cardíaca, que podía con el tiempo ofrecer caracteres graves, aunque por

entonces no los presentase. Cecilia había querido durante el viaje

ayudar a su cuñado a soportar el fardo. Este se había reído:

—Calla, Huesitos, calla—así la llamaba familiarmente.—¡Ten cuidado no

me obligues a llevarte a ti también!

Y así que llegaron, como marido y mujer comenzaron a vagar por el gran

prado, deteniéndose a cada instante para saludar a los amigos con quien

tropezaban. Compraron dulces para la niña, estuvieron un rato viendo

bailar al son de la gaita; después se pararon delante de la giraldilla;

por último, se fueron a donde sonaba el violín y el arpa, y tuvieron

ocasión de ver entre las parejas a su hermano Pablo estrechando la

cintura de la hermosa Ramona. Por cierto que, al advertir su presencia,

el bizarro joven se inmutó un tanto. Aprovechando una de las vueltas

para pasar cerca de su hermana, le preguntó por lo bajo:

—¿Está ahí mamá?

Cecilia hizo un signo negativo, y se tranquilizó.

La niña se cansó pronto de aquel espectáculo. Quiso ir de nuevo a ver el

baile de los aldeanos. Desde allí, saltando otra vez a la carretera,

entraron en la romería que quedaba del otro lado. Fué gran ventura para

ellos. Porque a los pocos momentos acaeció en el sitio que habían

dejado, una escena espeluznante, terrorífica, digna de una tragedia

romántica.

Hallábase Pablito bailando con su morena, sereno, feliz, procurando

acortar distancias todo lo posible, y aún más. Sus mejillas, siempre

sonrosadas, estaban ahora vivamente encendidas, no tanto por el

movimiento como por el amor que poco a poco, a impulso de las cadencias

lánguidas de la habanera se había ido apoderando de su ser. Ramona,

encendida también como una amapola, apoyaba la barba adornada por los

lados con dos hechiceros hoyuelos, sobre su hombro. Ramona vió de pronto

con horror un rostro pálido donde brillaban dos ojos airados de loco.

Pablito escuchó detrás una voz estridente que gritaba:

—¡Toma, bribón!

Y al mismo tiempo sintió un fuerte topetazo en la espalda. Volvióse

rápidamente. Vió el semblante desencajado, fatídico, de Valentina, la

cual blandía en la mano derecha un arma.

El joven comprendió que estaba herido de muerte. Se dejó caer al suelo

con señales cadavéricas en el rostro. Instantáneamente, un golpe de

gente acudió a levantarle, mientras otro sujetaba a la costurera. Al

conducirle a la casita próxima de un aldeano, Pablo creyó escuchar

confusamente los gritos de Valentina, que intentaba desasirse de los que

la tenían, para rematarle, sin duda.

La noticia se extendió por la romería. Mucha gente acudió corriendo al

teatro del suceso. Cecilia y Gonzalo, que vieron el movimiento,

quisieron enterarse. Un amigo, conocedor de la verdad, les dijo que se

trataba de una reyerta entre aldeanos, y procuró llevarlos más lejos

todavía.

Mientras tanto, el médico de un concejo inmediato, que allí estaba, fué

avisado para que viniese a curar al herido. Era un joven recién salido

de las aulas. Lo primero que hizo fué despojarle de la chaqueta,

cortándosela por la espalda; después hizo lo mismo con el chaleco y la

camisa. Cuando la carne quedó al descubierto, no pudo retener una

carcajada:

—¡Qué herida, ni qué calabazas! Aquí no hay nada.

En efecto, el pequeño cortaplumas, de que la costurera se había valido

para asesinar a su pérfido amante, atravesó la chaqueta, el chaleco, la

camisa y la camiseta. En cuanto a la carne aborrecida del seductor,

había quedado enteramente incólume.

No poco se alegró éste de volver al gremio de los seres vivos. Después

que el ama de la casa le cosió provisionalmente la camisa, y se cubrió

con el gabán del médico, mientras Piscis iba a buscar los caballos,

salió por los prados de atrás para no ser visto, tanto por la vergüenza

que le daba ir vestido con aquel espantoso sayo, como porque creyó

escuchar a Valentina, mientras iba con las ansias de la muerte, ciertas

palabras pesadas. Si mal no recordaba (y podía recordar mal, dado su

desvanecimiento), la costurera decía gritando cuando le llevaban entre

cuatro:

—¡Anda, cochino, que si yo no te he matado, no faltará quien te mate!

Pablito hallaba tan feo el ser asesinado por un des-conocido, que no

quiso detenerse un minuto más en la romería. En cuanto salió a la

carretera, donde le esperaba Piscis, montó a caballo, y se trasladó en

un credo a la villa.

El sol se estaba poniendo. Alguna gente comenzaba a dejar la romería,

cuando ésta fué violentamente conmovida por el escape de seis u ocho

coches que llegaban de Lancia a la carrera. Era el duque de Tomos con su

séquito. En una carretela abierta venía él con su secretario y el gran

patricio don Rosendo. En el coche de éste venían don Rufo, Alvaro Peña

y dos señores de Lancia. Y acomodados en los otros, don Feliciano, don

Rudesindo, Navarro, don Jerónimo de la Fuente y algunos varones más de

los que seguían la bandera del glorioso Belinchón. Al llegar al medio de

la Nozaleda, el Duque mandó hacer alto sorprendido de ver aquella

muchedumbre abigarrada ocupando la extensa llanura del prado.

Era un hombre de unos cuarenta y seis años. Las mejillas flácidas, de

color pálido terroso, el labio inferior un poco caído, expresando desdén

y cansancio, los ojos de indefinible matiz, fríos y vidriosos como los

de un besugo muerto, con los párpados ordinariamente caídos, expresando

igualmente el hastío. En uno de ellos traía un cristal o _monocle_

hábilmente sujeto, que daba a su fisonomía un aspecto excesivamente

impertinente y repulsivo. No gastaba barba, sino largo bigote con las

puntas engomadas. Vestía con elegancia que no se ve jamás en provincia,

esto es, con cierta originalidad caprichosa de los que no siguen las

modas, sino que las imponen. Sombrero blanco de alas estrechísimas,

americana que parecía hecha de tela de jergón, camisa amarilla, guantes

de color lila, y en vez de corbata un pañuelo blanco en forma de

chalina, con una gruesa perla clavada.

—¡Precioso, precioso!—dijo al contemplar aquel pintoresco cuadro,

levantando con trabajo los párpados. La voz era cascada y la

pronunciación lenta, fatigosa, como si estuviera aplaudiendo en su palco

del teatro Real los trinos de una prima donna.

Don Rosendo se apresuró a darle noticias de la romería. Le mostró con la

mano el cerro de la ermita, que se veía a lo lejos. Después le fué

señalando, para que se fijase en ellos, los distintos grupos donde se

bailaba: «Vea usted, señor Duque; allí se baila al son de la gaita y el

tambor. Es el baile característico del país, en el campo, se entiende.

Aquéllas son las giraldillas, donde bailan cantando las muchachas de la

villa. Allí se bebe. Aquéllas son las mesas donde se venden confites.

Debajo de aquel nogal se están bailando habaneras... Mire usted, mire

usted, señor Duque, la clásica danza de nuestra tierra; los hombres a un

lado, las mujeres a otro. Con ese vaivén monótono están horas y horas

cantando las antiguas baladas... Es un baile casto, no lo negará

usted...

—¡Precioso, precioso!—repetía el Duque con su acento arrastrado,

enfilando el _monocle_ principalmente a las giraldillas.

El duque de Tornos decía una verdad. Pocos espectáculos tan bellos y

risueños podían ofrecerse en paraje alguno de la tierra. La romería,

antes de morir, se agitaba con un frenesí de alegría ruidosa. La gaita

acentuaba sus notas agudas, chillonas, que hacían vibrar el aire a larga

distancia, acompañada fiel y sordamente por el tambor. Las mozas

exaltadas, sudorosas, con las mejillas encendidas y los cabellos

revueltos, no cantaban ya, gritaban dando vueltas a la giraldilla,

despidiéndose con rabia de aquel goce, que sólo de tarde en tarde se les

ofrecía. Cantaban también los borrachos de dos en dos o tres en tres con

voces ásperas desafinadas, metiéndose el aliento por las narices,

balanceándose grotescamente, esparrancados sobre el césped. Y los mozos

y mozas de la danza-prima se desgañitaban, queriendo aguzar cada vez más

las notas largas, dormilonas, de sus baladas antiquísimas. Hasta el

violín y arpista italianos habían emprendido con furor una mazurka que

las parejas bailaban levantando extremadamente los pies, dando furiosas

patadas en la hierba.

La luz se iba huyendo del cuadro; pero al huirse suavizaba los tonos,

esparcía sobre él un encanto misterioso, poético, que traía al recuerdo

los dichosos rincones de la Arcadia antigua. Parecía que aquella gente

debía vivir y morir así, en perpetua alegría y juventud. ¿Por qué

marcharse, por qué huir de aquel recinto feliz, para volver a sumergirse

en las fatigas de la vida cotidiana, en la podredumbre y miseria de los

negocios humanos? ¡Gozar, gozar! gozar en la inocencia del corazón y los

sentidos, de la salud, de las sublimes armonías de la luz y del sonido;

gozar de las dulzuras del amor fecundo engendrador de todas las cosas;

gozar de la fuerza, que mantiene la cohesión del universo; gozar del

gorjeo de los pájaros, del murmullo de las fuentes, del aroma de las

flores, del rocío de los campos, de las espumas de los mares, del cielo

eternamente azul. Para esto debió ser creado el hombre, no para

acompañarse en los breves días de su existencia del trabajo abrumador,

de la airada venganza, de la pálida envidia, de la tristeza roedora. La

tradición del Paraíso, es la más lógica y venerable de las tradiciones

humanas.

El sol doraba ya solamente las cimas de los nogales que circundaban el

prado, extendiendo desmesuradamente sus sombras. Un leve estremecimiento

frío, melancólico, corrió por todos los ámbitos. En vano lucharon contra

él aquellos a quienes el baile o el vino había enardecido. Poco tiempo

después se había apoderado de todos. Escuchábanse las voces de las

madres llamando a sus hijos, de los hermanos llamando a sus hermanas.

Formábanse grupos, que permanecían algún tiempo vacilantes, buscando con

los ojos a alguno que les faltaba, para irse. Lo primero que se deshizo

fueron las giraldillas. El baile y la danza persistían. Los aldeanos

estaban más cerca de sus casas y no tenían tanto miedo a caminar de

noche. En torno de los coches situados en medio de la carretera, se

había ido aglomerando la gente. El Duque seguía enfilando su _monocle_ a

todos los rincones, presenciando los preparativos del desfile, con la

curiosidad atenta de un inteligente en pintura. Al fin, reparando en el

numeroso pelotón que por todas partes los estrechaba, dió orden de

marchar, pero lentamente, al paso de los romeros. Quería ver todo

aquello, no por hermoso, sino por nuevo.

Los coches comenzaron a caminar en medio de la muchedumbre. Rodeábanlos

amarteladas parejas que marchaban de bracero en íntimo coloquio, viejos

que llevaban niños de la mano, sujetando en la otra grandes pañuelos

atestados de confites, grupos de muchachas cambiando sus impresiones en

voz alta, riendo con sonoras carcajadas. En cuanto se alejaron un poco

del sitio de la Nozaleda comenzaron los cánticos. Esto es lo que

caracteriza la vuelta de las romerías en aquella región. Las artesanas

de Sarrió se precían de tener buena voz, y hacen bien. Generalmente la

emprenden con alguna canción romántica, una melodía tendida y

quejumbrosa, buscando armónico acompañamiento por medio de la segunda

voz en terceras. Otras veces, cuando el grupo es demasiado numeroso, se

acogen a los pasacalles tradicionales de la villa, que son infinitos y

deliciosos. Fué lo que hicieron en esta ocasión. El Duque quedó

sorprendido al escuchar aquel coro de frescas voces repitiendo sin cesar

coplas inocentes como éstas:

_En la torre más alta_

_del amor me vi;_

_falsearon los cimientos_,

_pero no caí._

_Cómo quieres que un pobre_

_llame a tu puerta_,

_si no le das limosna_,

_rica avarienta._

Y los pueriles conceptos que guardaban, adquirían en sus bocas una

importancia excesiva, parecían sentencias sagradas, fórmulas misteriosas

y amables que nadie podía tocar sin cometer un sacrilegio. El aire se

poblaba de aquellas notas suaves, prolongadas. Un enternecimiento

delicioso íbase apoderando de las cantantes a medida que las dejaban

escapar de sus gargantas. Cada vez las repetían con más cariño, con más

unción, exhalando en ellas aquel fondo de romanticismo que palpitaba

eternamente en sus corazones, transmitiéndose de madres a hijas en la

pintoresca villa del Cantábrico. Era la melancolía de quien presiente

el mundo de la belleza, lo ama, lo anhela, y por su condición está

destinado a vivir y morir lejos de él. Entre copla y copla, mediaba un

rato de silencio. Escuchábase el ruido acompasado de los pies. El coro

parecía soñar despierto, atento a los vagos sentimientos de ternura que

el canto removía en los limbos de su espíritu.

Se venía la noche precipitadamente. Los altos olmos recortaban aún con

admirable pureza sus ramas en el fondo diáfano de la atmósfera; pero de

sus copas caía sobre la carretera una sombra cada vez más espesa. La

campiña había perdido el color, extendía en el horizonte sus lomos

sombríos donde apenas resaltaban los toques amarillos de alguna heredad

plantada de trigo. Allá lejos la gran mancha del Océano se obscurecía.

Su azul brillante del mediodía habíase trocado en un gris triste,

verdoso, con reflejos metálicos.

El coro sacudió de pronto su melancolía. Una moza inició cierto

pasacalle vivo y alegre. Las demás la siguieron, de buena voluntad como

si despertasen de un sueño triste.

_No te compongas_

_que ya no irás_

_a San Antonio_

_a pasear_,

_que está lloviendo_

_y te mojarás_

_el vestidito_

_y no tienes más._

La emprendieron con él a gritos, desaforadamente, con la fe y el ahinco

con que lo cantaban todo. Una de ellas, a los pocos momentos, improvisó

una copla alusiva a la situación:

_A San Antonio_

_vente a pasear_,

_verás al Duque_

_que es muy galán._

_Todas las niñas_

_que en Sarrió hay_

_la bienvenida_

_le van a dar._

Y desde entonces, como si aquélla fuese la señal, no cesaron de

requebrar en sus cánticos al magnate. El cual, dirigiendo el _monocle_

unas veces a la derecha, otras a la izquierda, y sacudiendo la cabeza

con benévola sonrisa, repetía por lo bajo:

—¡Precioso, precioso! ¡Un tapiz de Teniers! ¡Un paisaje de Lorrain!

Cuando llegaron a la villa, era noche cerrada.

Subió el Duque con su secretario a las habitaciones que don Rosendo le

había destinado. El secretario era un joven de veinticuatro a veintiséis

años, pálido, rubio, en cuyo cerebro abultado de feto no cabían más

ideas que la de la importancia colosal del Duque, y la necesidad

imperiosa de llegar a ser un personaje, si no de tanta cuenta, lo

bastante para tener también secretario. Fuera de esto, el mundo no tenía

explicación para Cosío, que así se llamaba. Después que hubo descansado

unos momentos el magnate, bajó a comer en traje de etiqueta. Cosío lo

mismo. Don Rosendo había cambiado la hora española de comer por la

francesa. Al verle entrar de aquel modo, la familia se turbó. Sin duda

Belinchón, su hijo y su yerno habían dado una pifia no poniéndose el

frac. Venturita se lo hizo notar ásperamente a su marido en voz baja.

Este se encogió de hombros con supremo desdén, moviendo los labios de un

modo despreciativo. Estaba de mal humor. Al ver la mesa puesta sin el

plato de la niña, había preguntado por él. Su mujer le había contestado

con malos modos:

—¡Pero, hombre, no seas ridículo! ¿Quieres que la niña coma hoy con

nosotros?

—¿Por qué no?

Venturita se había escandalizado. Después se había reído preguntándole

si había aprendido aquellos usos en el club de regatas. Esto le había

irritado, le tenía propenso a no mostrarse con el Duque todo lo

deferente y respetuoso que debía. En cambio, ella hacía días que se

preocupaba con los preparativos para recibir al ilustre huésped. Por su

consejo y dirección se había aumentado la servidumbre, poniendo librea a

los criados. Viendo a Pachín, uno muy antiguo en la casa, con aquel

extraño uniforme, Gonzalo se había reído a grandes carcajadas, lo que

excitó la bilis de su esposa. Habíase encargado una nueva y fina vajilla

con la cifra de Belinchón; todo el aparato de las comidas modernas,

cuchillos de hoja de plata para la fruta, tenedores de ostras, tarjetas

litografiadas para el _menu_ y otros utensilios inusitados hasta

entonces en las comidas de la casa. El viento del extranjerismo soplaba

también sobre aquella mesa abundante, sana, patriarcal, que hemos

conocido al comenzar la presente historia.

Ventura se presentó en el salón con traje azul marino de seda, descotado

por el pecho, los brazos al aire. Había aprendido, no sabemos dónde, que

en las comidas de ceremonia las señoras van descotadas. Doña Paula no

cumplía con este precepto. En cambio, estaba esplendorosamente vestida

con telas de vivos colores, que formaban triste contraste con su rostro

marchito, minado por la enfermedad. Los únicos convidados eran Alvaro

Peña y don Rufo.

Pachín, el buen Pachín, vestido de máscara, abrió la puerta y dijo con

voz sonora que Ventura le había ensayado:

—La señora está servida.

El Duque ofreció su brazo a doña Paula y se trasladaron todos al

comedor. Esta ocupó el sitio preferente por indicación previa de su

hija. El Duque se colocó a su derecha; don Rufo a su izquierda; los

demás se fueron sentando sin orden: Venturita a la derecha del egregio

huésped, después Alvaro Peña, Cosío, Pablito, don Rosendo. Gonzalo al

lado de Cecilia.

Y la comida dió principio, ceremoniosa, fría, con largos intervalos de

silencio. Todos estaban cohibidos, aplastados por la grandeza del

personaje que tenían delante. Este ostentaba una calva lustrosa que le

tomaba casi toda la cabeza. Los pocos cabellos de la parte posterior y

de los lados eran negros a pesar de sus cuarenta y seis años. Sus

menores gestos eran observados con atención idolátrica. Las palabras que

dejaba escapar, acogidas con una sonrisa de afectada complacencia y

admiración. Las primeras que salieron de sus labios, después de algunas

de cortesía, fueron para seguir admirándose de los contornos de la

villa.

—Yo no conocía del Norte más que las Provincias—decía con su

pronunciación lenta, arrastrada.—Encuentro este país muy superior a

ellas en lo que se refiere al paisaje. Ofrece mayor variedad, más

riqueza de color. Hay sitios agrestes allá en el puerto que hemos

atravesado, comparables a los más decantados paisajes de la Suiza. Y al

llegar a la costa, se encuentra la misma suavidad de las líneas, la

misma dulzura en el ambiente, que en el Mediodía de Italia.

—¡Oh, señor Duque, usted nos favorece demasiado!—Pura amabilidad,

señor Duque.—En el verano puede pasar este país; ¡pero en el invierno!

Don Rosendo, Alvaro Peña y don Rufo, inundados de felicidad y gratitud,

se ruborizaban, rechazaban aquellos elogios, como si fuesen dirigidos a

ellos. El Duque siguió hablando como si no hubiese escuchado siquiera

sus exclamaciones.

—Es más abrupto que el de las Provincias, los tonos más pronunciados.

He visto desde la carretera de Lancia hacia el Oriente, un término de

montañas con las cimas nevadas aún, que es verdaderamente delicioso.

Sólo le faltan al país algunos lagos, para ser digno de presentarse a

los extranjeros.

—Tenemos un lago en el occidente de la provincia—dijo Peña.

—¿Un lago?—preguntó el Duque, levantando los párpados para fijarse en

su interruptor.

—Sí, señoj: se llama el lago Nojdón.

El Duque dejó caer sobre el ayudante por algunos segundos su mirada

vidriosa. Peña concluyó por turbarse. Después siguió, paseándola con

esfuerzo por los circunstantes:

—En mi galería de Bourges, tengo un paisaje de Backhuysen con un fondo

muy semejante al de esas montañas. Solamente que en primer término,

aparece un lago cercado de maleza. A la derecha, hay unos cisnes

sumergiéndose en el agua; a la izquierda, una barca con dos jóvenes

campesinos. Lo he comprado por la delicadeza del colorido tan sólo...

—Al señor Duque le gustan por lo visto los buenos cuadros—dijo don

Rufo plegando la boca hasta las orejas para sonreir.

—¿Y a quién no le gustan?—respondió el magnate clavando en él sus ojos

muertos de besugo.

—¡Oh, sí, señor!... es verdad... tiene usted mucha razón. A todo el

mundo le gustan... Pero es un vicio muy caro... Sólo los grandes

potentados como el señor Duque pueden permitirse...

Don Rufo se confundía, creyendo haber dicho una necedad.

—¿El señor Duque posee muchos cuadros de los mejores pintores, según

tengo entendido?—dijo a la sazón don Rosendo para salvar a su

compañero.

—Tengo algunos—respondió el prócer echando agua al mismo tiempo en el

vaso de Venturita.

Esta se estremeció de gratitud. La sangre se le agolpó al rostro.

—La suya es una de las primeras galerías de Europa—decía, en tanto,

por lo bajo Cosío a Peña.

—Me gusta la pintura porque es el arte nacional—siguió diciendo el

magnate.—Es el único en que hemos verdaderamente descollado, el único

en el cual aún hoy florecemos... Porque yo, aunque he pasado la mayor

parte de mi vida en el extranjero, amo mucho a mi patria—añadió con un

amago de sonrisa en tono protector.

La patria, si pudiera escuchar aquellas benévolas palabras, se

estremecería infaliblemente de gozo, como Venturita.

El cuarto poder · 第 22 / 31 段