consecuencias provechosas para la población. Gracias a nuestro héroe
nació en ella la afición a las armas. Muchos de sus habitantes más
distinguidos comenzaron con ahinco a cultivar la esgrima. Ya no fueron
solamente los redactores del _Faro_ y los tertulios del Saloncillo
quienes se entregaban a este noble ejercicio amaestrados por M. Lemaire.
También los socios del Camarote, comprendiendo a la postre la
importancia de este arte, establecieron, en un almacén contiguo, sala de
armas. Al frente de ella, pusieron a un oficial de reemplazo
perteneciente al arma de caballería, que había tirado al florete en
Madrid. El resultado inmediato de este adelanto fué que las reyertas,
que a cada paso se suscitaban entre los del Saloncillo y los del
Camarote, eran conducidas con arreglo a todas las fórmulas y ceremonias
prescritas en el código del honor. No transcurría semana tal vez, sin
que la villa se estremeciese con las idas y venidas de los padrinos, los
rumores de las conferencias celebradas en los ángulos de los cafés, las
actas que inmediatamente se publicaban en el _Faro_ y en los periódicos
de Lancia. Porque de veinte pendencias las diez y nueve se terminaban
con un acta para ambas partes honrosa, suscrita y firmada por los
padrinos. De modo que de aquellos lances de honor, lo único positivo
eran los bastonazos o puñadas que los contendientes se daban
previamente, sin perjuicio de que las cosas siguiesen sus trámites
ordinarios.
Alguna que otra rara vez, cuando los ánimos se enconaban demasiado, se
iba «al terreno». Delaunay se había dado de sablazos con don Rufo, por
un comunicado inserto en _El Porvenir de Lancia_, en el que se decía que
los médicos no giraban la visita en el hospital a la hora reglamentaria.
El impresor Folgueras se había batido también con un cuñado de Marín,
por haber negado el saludo uno de ellos al otro. Afortunadamente, en
ninguno de los dos encuentros había habido más que planazos y
verdugones. El desafío más notable fué el de don Rudesindo con don Pedro
Miranda, que después de vacilar algún tiempo se había decidido por los
del Camarote. El motivo fué «el problema del matadero». La ocasión, la
siguiente. Don Pedro había manifestado en una casa que don Rudesindo
apoyaba el partido de Belinchón sólo porque no se emplazase el matadero
en la playa de las Meanas, donde sus casas salían perjudicadas. El
fabricante de sidra tuvo conocimiento de este dicho, habló pestes en el
Saloncillo de don Pedro, y se mostró vivamente ofendido de tal
suposición; mucho más ofendido de lo que en realidad estaba. Alvaro
Peña, que no estaba contento sino cuando tenía un desafío entre manos,
se apresuró a decirle en voz alta con la arrogancia que le
caracterizaba:
—Pierda usted cuidado, don Rudesindo. Miranda le dará a usted una
reparación. ¿Quiere usted dejarlo de mi cuenta?
El bueno del fabricante hubiera deseado comerse las palabras que había
soltado. ¡Aquel Peña era un hombre tan expeditivo! ¿Por qué diablos
había dicho que tenía ganas de tropezar a don Pedro para darle dos
puntapiés, cuando en realidad acababa de verle al salir de casa, y había
cruzado a su lado sin decirle una palabra? Pero estaban allí más de
veinte personas, y se vió en la dolorosa necesidad de contestar al
ayudante, aunque en el tono menos agresivo posible:
—Bueno... si usted cree que merece la pena...
—¡Pues no ha de merecer! Suponer que usted no está a nuestro lado sino
por móviles mezquinos bastardos es insultarle... A vej, don Feliciano.
¿Quiere usted escuchaj una palabra?
Don Feliciano y él conferenciaron en un rincón breves momentos. Acto
continuo salieron a la calle. Don Rudesindo quedó en la apariencia
tranquilo, en realidad fuertemente alterado y bramando en su interior
contra Peña, contra el Saloncillo, contra sí mismo y contra la madre que
le parió. ¿Qué necesidad tenía él de meterse en líos? Un hombre casado,
con hijos, que en toda su vida no había hecho más que trabajar como un
esclavo para labrarse un capitalito... Y ahora que lo tenía... por una
quijotada de ese farfantón... ¡acaso!... El fabricante apenas podía
pasar los sorbos de cognac que de vez en cuando introducía en la boca.
La cosa se arregló muy pronto. Don Pedro Miranda quedó viendo visiones
con la visita de Peña y don Feliciano. Dijo que no recordaba... que él
no tenía agravio alguno de don Rudesindo... al contrario. Pero Peña le
había atajado, diciéndole:
—Bueno, don Pedro. No podemos escuchar eso. Nombre usted dos personas
que se entiendan con nosotros.
El atribulado propietario nombró a Gabino Maza y Delaunay por
representantes. Como de éstos el uno era hombre acalorado y fiero, y el
otro mal intencionado, no fué posible avenencia. Se negaron en absoluto
a dar explicaciones. El lance quedó concertado a sable en el cementerio
antiguo, en las primeras horas de la mañana.
Don Rudesindo al saberlo, maldijo de la hora en que viera la luz del
día. Su contrario don Pedro se limitó sencillamente a dejarse caer en un
sofá y pedir una taza de tila. Mas no hubo otro remedio que acudir a
donde el honor los llamaba. A las seis de la mañana, Peña y don
Feliciano por una parte, y Maza y Delaunay por la otra, los sacaron de
sus domicilios para conducirlos al cementerio viejo. ¡Dios mío, al
cementerio viejo! ¡Qué ideas tan lúgubres revolotearon por el cerebro de
don Pedro Miranda mientras caminaba hacia allá! No es posible
compararlas sino con las que asaltaron a don Rudesindo en el mismo
trayecto. Peña le dijo antes de llegar:
—Es evidente, don Rudesindo, que usted le escabecha. Me lo da el
corazón... Usted le escabecha. No tira usted mucho, pero tiene un juego
muy difícil, ¡muy difícil!...
El fabricante hubiera dado en aquel momento toda su hacienda por tenerlo
no difícil, sino imposible.
—Don Pedro no tiene pierna; es además, corto de brazo... Pero, como ya
sabe usted que en las ajmas no hay nada seguro y a veces el que menos se
piensa, lleva el gato al agua, si usted tiene algo que encargarme,
hágalo antes que lleguemos.
Don Rudesindo se estremeció. Siguió caminando un rato en silencio, y
por fin, sacando unos papeles del bolsillo, se los entregó diciendo con
voz sorda:
—Si perezco, déle usted esto al señor Benito.
Dos lágrimas asomaron a sus ojos al mismo tiempo.
—¿El señor Benito el _Rato_?—preguntó Peña.
Don Rudesindo no le oyó. Se había escapado ya por la carretera adelante
para ocultar su emoción.
Por qué el nombre de su escribiente le producía en aquel instante tal
enternecimiento, no podemos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de
la vida, se despierten vivas y súbitas simpatías en el fondo de nuestro
ser, de las que no teníamos la menor sospecha.
El cementerio viejo, próximo ya a dedicarse al cultivo, era un pequeño
cercado donde crecía la hierba y la maleza. Las cruces de madera se
habían podrido. No había más testimonio de que tal recinto era mansión
de los muertos, que dos calaveras incrustadas en la pared a entrambos
lados de la puerta. Por cierto que estas calaveras, no produjeron una
impresión grata en don Rudesindo. En don Pedro no sabemos; pero puede
sospecharse que no sería más favorable. Tardaron algún tiempo en buscar
sitio, porque las ortigas y zarzales impedían _marchar y romper_
convenientemente a los combatientes. Mientras Peña, en compañía de los
testigos contrarios, se ocupaba en esta tarea gravísima, el bueno de don
Feliciano Gómez cometió la _incorrección_ (¡Dios le bendiga por ella!)
de acercarse a don Pedro Miranda, que descolorido, con la mirada
atónita, el estómago encharcado por la cantidad fabulosa de tazas de
tila que había tomado aquella noche, esperaba, arrimado a la tapia, que
aquellos señores concluyesen, en la actitud de un reo de muerte.
—Hola, don Pedro; frío, ¿eh? ¡Caramba qué mañana!... ¡Mire usted que
levantarse un hombre de la cama para esto! ¡Válgate Dios! _(Silencio
interrumpido por algunos eructos del infortunado Miranda.)_ Hubiera dado
el dedo meñique, ¡el dedo meñique, sí! por no tener que asistir a una
atrocidad semejante. Pero dicen que es un favor que no se puede negar.
Bueno: que no se niegue cuando se trata de una ofensa grave... ¿Dónde
está aquí la ofensa grave? Vamos a ver, que me lo digan, ¿dónde está?
¡Válgate Dios! ¡Válgate Dios! _(Nuevo silencio y nuevos eructos de don
Pedro, que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con la misma
resignación que si la pusiera sobre el tajo.)_ ¡Cuánto mejor sería estar
metido entre las sábanas tomando el chocolate! ¿verdad, mi
queridín?—profirió don Feliciano, poniéndole la mano sobre el hombro
con gran familiaridad. Miranda dejó escapar un imperceptible sonido
gutural.
—¡Ya lo creo!—siguió el comerciante.—Por más que me digan, don Pedro,
yo no puedo creer que usted tenga gana de matar a don Rudesindo... Un
vecino... que ha sido su amigo hasta hace poco... con quien se ha criado
y ha ido a la escuela...
—No... yo gana... ninguna—murmuró don Pedro, siempre con la cabeza
sobre el tajo.
—¡Velo usted ahí!—exclamó don Feliciano dando una gran palmada.—¡Lo
que yo decía! Pues lo mismo le pasa a don Rudesindo, mi queridín. Y
entonces, vamos a ver, ¿quién tiene ganas de matarse aquí? ¡A ver, que
me lo digan!
Y paseó la mirada en torno, buscando contestación. Peña, Maza y Delaunay
estaban lejos y ocultos por algunos cipreses. Don Rudesindo yacía
arrimado también a la tapia, a unos cincuenta pasos de distancia.
Entonces el comerciante, por una súbita y celestial inspiración, le hizo
seña de que se acercase.
Don Rudesindo avanzó hacia ellos lentamente, con paso tímido y
vacilante.
—¿Dice usted, mi queridín, que no tiene ninguna gana de matar a don
Rudesindo?—preguntó el comerciante a Miranda.
—Ninguna—murmuró éste.
—¿Tendría usted, por casualidad, deseos de herirle?
—Tampoco. Yo siempre he estimado a Rudesindo—balbució el propietario.
—¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué decía usted?—gritó don Feliciano con triunfal
exaltación.—Que usted siempre ha estimado mucho a don Rudesindo,
¿verdad, mi queridín? ¿Ha dicho usted eso?
—Sí, señor.
—Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pasos al encuentro del
fabricante de sidra). ¿Tienes deseos de matar aquí al señor don Pedro...
un vecino... que ha sido tu amigo hasta hace poco... con quien te has
criado y has ido a la escuela de don Matías _el Churro_?
—Yo, ¿por qué?—dijo el fabricante abriendo ansiosamente los ojos.
—¿Tendrías por casualidad deseos de herirle?
—Ni de hacerle el menor daño. Siempre le he tenido por verdadero amigo.
—¿Cómo es eso? ¿Eh? Por un verdadero amigo, ¿verdad?... Entonces, lo
que corresponde aquí, en mi humilde opinión, es que os deis un abrazo.
Apenas había pronunciado don Feliciano estas palabras, cuando Miranda y
don Rudesindo, por un movimiento simultáneo, avanzaron con ímpetu feroz
el uno sobre el otro alzaron briosamente los brazos y se abrazaron con
tal furia, que por poco se descoyuntan todos los huesos de la cavidad
torácica. Don Feliciano en el mismo punto se despojó con violencia del
sombrero, dejando al descubierto su enorme calva en declive, lo agitó
con frenesí algunos segundos, y gritó: «¡Hurra!» no se sabe a quién; tal
vez al dios astuto que le había suministrado tan famosa idea.
En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon
sorprendidos. Mostráronse alegres de tal solución en apariencia, pero
cada cual se separó por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Peña
reprendió ásperamente a don Feliciano por su conducta. Llegó a afirmar
que le había puesto en ridículo y que si no fuese porque se trataba de
un amigo antiguo y persona de más edad que él, «le exigiría una
jeparación».
—¡Una reparación!—exclamó el óptimo don Feliciano.—¡Qué más da que la
exigieras, rapaz!
—¿Se negaría usted a batijse conmigo?—preguntó el ayudante con su voz
campanuda.
—¿A qué habíamos de batirnos?
—A lo que usted quiera.
—Yo, a bailar un tango o una guaracha, mi queridín—respondió, y
diciendo y haciendo comenzó a saltar por la sala dando las castañetas
hasta que se le cayó el sombrero y quedó al aire la piedra de lavar que
tenía por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Peña
dejó escapar algunas frases de desprecio, y se retiró amoscado y
desabrido.
Los tertulios del Camarote, hostigados constantemente por las gacetillas
del _Faro_, se habían decidido al cabo a fundar otro periódico en el que
pudieran tomar venganza de las sinrazones que se les hacía.
Enormes sacrificios costaba esto. Muy pocos, de entre ellos, eran ricos.
El único que pudiera llamarse así era don Pedro Miranda. Este prefería
que le sacasen una muela a descorrer los cordones de la bolsa. A fuerza
de cabildeos, de ruegos, allegando recursos de aquí y de allá, haciendo
sumas y restas en el Camarote, se concluyó por obtener la cantidad
indispensable para montar una imprenta. En la de Folgueras, ni éste
quería tirar el periódico, ni ellos se humillarían a demandárselo.
Cuando estuvo la imprenta, modestísima por cierto, en disposición de
funcionar, celebraron el indispensable banquete. En él se convino en
denominar al nuevo órgano _El Joven Sarriense_. A los postres se brindó
con entusiasmo por su prosperidad y por la destrucción de sus viles
enemigos.
La aparición del primer número, que traía la consabida viñeta
representando un adolescente peinado con la raya por el medio, y rodeado
de una porción de latas de conservas a modo de libros, en actitud de
leer, más bien de merendar, una de ellas, causó viva sensación en la
villa. Lo merecía. Los del Camarote, como hombres que habían tenido que
devorar durante muchos meses los insultos del _Faro_, se desahogaban con
verdadera fruición. ¡Santo Cristo de Rodillero, qué cúmulo de
insolencias y procacidades! Desde el principio hasta el fin estaba
consagrado a escarnecer, a herir y ridiculizar a los socios del
Saloncillo. Parecía que les faltaba tiempo para llamar al uno feo, al
otro hambrón, al de más allá envidioso, a éste bruto, a aquél farfantón.
Por supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan transparentes, que
nadie en la población dejaba de conocerlos. Llamábase Belinchón _Don
Quijote_ y don Rudesindo _Sancho_, Sinforoso _Marqués del Tirapié_, Peña
_El Capitán Cólera_, etc., etc. Y escudados con esto los traían y los
llevaban, los barajaban que era una bendición. No les dejaban hueso
sano. Por la noche hubo palos (¿cómo no?) en la Rúa Nueva. Folgueras, a
quien también insultaban en _El Joven Sarriense_, se había encontrado
con Gabino Maza, y le descargó un bastonazo sobre la cabeza. Maza lo
devolvió con creces. Repitió Folgueras. Vino en ayuda de éste un cajista
que por allí cruzaba, y de aquél su cuñado. En un instante se armó una
de garrotazos que tocaba Dios a juicio.
_El Joven Sarriense_ se publicaba los domingos. Periquito Miranda, que a
causa de la desavenencia de su padre con los del Saloncillo, padecía una
peligrosa retención de lirismo, se alivió notablemente insertando en él
un sinnúmero de sonetos, sáneos, acrósticos y otras diversas
combinaciones métricas, destinadas a pregonar su adoración platónica a
la señora del gerente de la fábrica de aceros, una francesota grande y
pesada como un elefante, que le hubiera metido fácilmente en el
bolsillo. Ya sabemos que Periquito amaba las obras sólidas de la
Naturaleza. Para expresar los deseos que atormentaban su espíritu,
valíase ingeniosamente de la forma de sueños. El joven platónico soñaba
en verso que se hallaba en fresca gruta deleitosa donde de pronto
aparecía una ninfa de torneados brazos y turgente seno (la señora del
gerente) que le instaba a dormir sobre un lecho de rosas y verdes
pámpanos. Otras veces, se veía sobre la cúspide de una altísima montaña.
En las nubes amontonadas, en los confines del horizonte, comenzaban a
dibujarse los contornos de una mujer (la señora del gerente). Las nubes
se acercaban. La mujer era blanca como el campo de la nieve, mórbida y
espléndida como la flor de la magnolia. La hermosa aparición llegaba
hasta él por fin, y le arrebataba entre sus brazos por los espacios
azules. Otras, navegaba en frágil barquilla por la superficie del
Océano. La barca se hundía y él iba a parar al fondo del mar donde una
blonda y hermosísima náyade (siempre la señora del gerente) le llevaba
de la mano a un prodigioso palacio de cristal, le sentaba a su lado en
un trono de marfil, y le invitaba a contraer con ella justas nupcias,
efectuadas las cuales, se retiraban al son de dulce música a un gabinete
reservado, maravillosamente decorado, donde la náyade enamorada le hacía
poseedor de sus gracias. Estos ensueños de dicha, versificados con
facilidad y adornados de cierto naturalismo poético, causaban alguna
inquietud a los padres de familia. Periquito comía cada día más, y
estaba cada vez más flaco. _El Faro_, en el número del jueves, después
de insultar con rabia a los jefes del Camarote, «se metía» también con
él llamándole maliciosa y torpemente _Pericles_.
Colocados así, uno enfrente del otro, en feroz y perpetua rivalidad, _El
Faro_ y _El Joven Sarriense_ emplearon útilmente sus columnas en
injuriarse con más o menos descaro, según arreciaba o aflojaba la lucha.
Raro era el número de cada uno de ellos que no daba lugar a algunos
bastonazos o bofetadas, cuando no a un desafío formal. Sin embargo, en
éstos eran más parcos todos. Padrinos sí se nombraban por un quítame
allá esas pajas; pero darse de sablazos o de tiros, ya era otra cosa. La
contienda había enardecido los ánimos en la villa. Muchas de las
personas que habían permanecido indiferentes a las desavenencias de los
del Saloncillo y los del Camarote, habían concluído por tomar puesto en
uno u otro bando, unas veces porque tenían metidos en la refriega a sus
parientes, otras por algún antiguo resentimiento, otras, en fin, sin más
motivo que el calor y el entusiasmo que el combate despierta en los
temperamentos belicosos. Al poco tiempo la población estaba
verdaderamente partida en dos. El bando del cual era dignísimo jefe don
Rosendo Belinchón, era el más numeroso y contaba con casi todos los
comerciantes ricos de Sarrió. El de los del Camarote, más exiguo,
contaba con los terratenientes y las personas timoratas y religiosas a
quienes _El Faro_ había escandalizado. La lucha se fué acentuando de tal
modo, que al poco tiempo los que pertenecían a un partido ya no
saludaban a los del contrario, aunque hubieran sido hasta entonces
buenos amigos.
_El Faro_ y _El Joven Sarriense_ comenzaron a criticarse respectivamente
el estilo y la gramática. Buscáronse con encarnizamiento por una y otra
parte las faltas de sintaxis, fijándose lo mismo en los vocablos que en
el régimen.—«Esa palabra no es castellana»—decía _El Joven_.—«La
palabra _desilusionar_, que los peleles del _Joven Sarriense_ afirman
que no es castellana—contestaba _El Faro_,—la hemos visto empleada por
los más eminentes escritores de Madrid: Pérez, González, Martínez y
otros. Esta vez, como siempre, al órgano del Camarote le ha salido el
tiro por la culata.» Replicaba _El Joven_, contrarreplicaba _El Faro_,
citábanse párrafos de la gramática, del diccionario, de los escritores
distinguidos, y al cabo nadie sabía a qué atenerse. Y las cosas quedaban
como antes, aunque se hablaba a veces de remitir las cuestiones a la
resolución de la Academia de la Lengua. Se citaba mucho por los dos
lados el _Don Juan Tenorio_ de Zorrilla y los artículos del _Curioso
parlante_. Esta competencia gramatical traía consigo al menos una
ventaja; la de hacer que algunas personas que no la habían saludado se
dedicasen con ahinco a aprenderla. Lo mismo en el Saloncillo que en el
Camarote había dos o tres ejemplares de la última gramática _lata_ de la
Academia, que no reposaban nunca.
Contra quien se dispararon los tiros _lingüísticos_ más envenenados, fué
contra el inspirado don Rosendo, como quiera que era la cabeza y el
nervio de su partido y convenía, más que a nadie, aniquilar. Belinchón
no había estudiado la gramática, sino por un diminuto epítome allá en
la infancia. Pero, como todos los ingenios superiores, si no la sabía,
la adivinaba. Los contrarios le sacaban a relucir a cada instante mil
disparates de sus artículos. Mas es tal la confianza que nos inspira su
genio poderoso, que nunca hemos dado crédito a estas afirmaciones,
considerándolas como puras calumnias. Si no hubiera gramática,
Belinchón, con sólo sus luces naturales, sería capaz de inventarla.
Nadie manejó jamás como él ese lenguaje periodístico, ligero sí, pero
brillante, lleno de frases consagradas por el uso de cien mil
escritores, donde hasta los lugares más comunes, expresados con adecuado
énfasis, resplandecen como profundas y misteriosas sentencias. Merced a
su estilo prodigioso, don Rosendo escribía con la misma facilidad un
artículo sobre la libertad de cultos, que redactaba un informe acerca de
la industria pecuaria. Sus enemigos decían que cometía muchos
galicismos. ¿Y qué? En el mero hecho de prohijarlos un escritor de tal
valía, dejaban de serlo, y se convertían en puras y castizas locuciones
castellanas.
Este prurito de ajustarle los galicismos al _Faro_, fué una de las
manías que tuvo _El Joven Sarriense_ o sea el colega local, como le
llamaba siempre aquél, a fin de evitar el nombrarlo, por no dañar al
profundo desprecio que ansiaba mostrarle. Aprovechando cierto
diccionario curioso que uno de los socios del Camarote poseía,
trituraban sin piedad lo mismo los artículos que las «novelas a la mano»
del _Faro_. Si don Rosendo decía en él, verbigracia, que dejaba de tocar
ciertos asuntos «por no faltar a las conveniencias», al instante se le
echaba encima _El Joven_, interpelándole en forma sarcástica. ¿Dónde
había aprendido el ingenioso hidalgo (así llamaban casi siempre a
Belinchón) esta acepción de la palabra conveniencia? No sería
ciertamente en su famosa historia, contada por Cervantes. Si empleaba la
palabra «gubernamental», o «banal», o la frase «tener lugar», ¡qué
carcajadas las del _Joven Sarriense_! ¡qué chacota! ¡qué desprecio! Esto
duró hasta que los del Saloncillo adquirieron otro diccionario de
galicismos. Entonces ambos periódicos comenzaron a hilar tan delgado en
esta materia, que al fin concluyeron por olvidar el purismo y volver a
su estilo libre, feliz e independiente.
Además, la disputa se había ido exacerbando de tal suerte, que las
ligaduras clásicas les embarazaban para insultarse. Jugaban ya en todas
las gacetillas las frases de «reptil venenoso», «entes despreciables»,
«cerebros obtusos», «revolcándose en el fango», «seres innobles y
degradados» y otras no menos afectuosas para los del bando contrario.
Cansados de injuriarse unos a otros, comenzaron pronto a atacarse en sus
familias. No perdonaron ni a sus modestas esposas ni a sus ancianos
padres. _El Joven Sarriense_ fué el primero que dió la señal, publicando
un cuento árabe titulado _La esclava Daraja_ en que bajo este nombre, se
relataba _ce_ por _be_ la historia de doña Paula y su matrimonio con
Mahomad Zegrí (don Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y de
insinuaciones pérfidas. Belinchón estuvo tentado de mandar los padrinos
a la redacción. Pero considerando que esto sería dar su brazo a torcer y
aceptar lo que el artículo contenía de envenenado, prefirió no mostrarse
aludido y vengarse también en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo,
escribió un cuento indio, donde se narraba la vida y milagros del padre
de Maza, que había sido capitán negrero y en el tráfico de carne humana
hiciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos orientales como medio
para decirse toda suerte de picardías, fueron usados por ambos partidos.