El desafío y la actitud de don Rosendo, tuvieron, sin embargo,

consecuencias provechosas para la población. Gracias a nuestro héroe

nació en ella la afición a las armas. Muchos de sus habitantes más

distinguidos comenzaron con ahinco a cultivar la esgrima. Ya no fueron

solamente los redactores del _Faro_ y los tertulios del Saloncillo

quienes se entregaban a este noble ejercicio amaestrados por M. Lemaire.

También los socios del Camarote, comprendiendo a la postre la

importancia de este arte, establecieron, en un almacén contiguo, sala de

armas. Al frente de ella, pusieron a un oficial de reemplazo

perteneciente al arma de caballería, que había tirado al florete en

Madrid. El resultado inmediato de este adelanto fué que las reyertas,

que a cada paso se suscitaban entre los del Saloncillo y los del

Camarote, eran conducidas con arreglo a todas las fórmulas y ceremonias

prescritas en el código del honor. No transcurría semana tal vez, sin

que la villa se estremeciese con las idas y venidas de los padrinos, los

rumores de las conferencias celebradas en los ángulos de los cafés, las

actas que inmediatamente se publicaban en el _Faro_ y en los periódicos

de Lancia. Porque de veinte pendencias las diez y nueve se terminaban

con un acta para ambas partes honrosa, suscrita y firmada por los

padrinos. De modo que de aquellos lances de honor, lo único positivo

eran los bastonazos o puñadas que los contendientes se daban

previamente, sin perjuicio de que las cosas siguiesen sus trámites

ordinarios.

Alguna que otra rara vez, cuando los ánimos se enconaban demasiado, se

iba «al terreno». Delaunay se había dado de sablazos con don Rufo, por

un comunicado inserto en _El Porvenir de Lancia_, en el que se decía que

los médicos no giraban la visita en el hospital a la hora reglamentaria.

El impresor Folgueras se había batido también con un cuñado de Marín,

por haber negado el saludo uno de ellos al otro. Afortunadamente, en

ninguno de los dos encuentros había habido más que planazos y

verdugones. El desafío más notable fué el de don Rudesindo con don Pedro

Miranda, que después de vacilar algún tiempo se había decidido por los

del Camarote. El motivo fué «el problema del matadero». La ocasión, la

siguiente. Don Pedro había manifestado en una casa que don Rudesindo

apoyaba el partido de Belinchón sólo porque no se emplazase el matadero

en la playa de las Meanas, donde sus casas salían perjudicadas. El

fabricante de sidra tuvo conocimiento de este dicho, habló pestes en el

Saloncillo de don Pedro, y se mostró vivamente ofendido de tal

suposición; mucho más ofendido de lo que en realidad estaba. Alvaro

Peña, que no estaba contento sino cuando tenía un desafío entre manos,

se apresuró a decirle en voz alta con la arrogancia que le

caracterizaba:

—Pierda usted cuidado, don Rudesindo. Miranda le dará a usted una

reparación. ¿Quiere usted dejarlo de mi cuenta?

El bueno del fabricante hubiera deseado comerse las palabras que había

soltado. ¡Aquel Peña era un hombre tan expeditivo! ¿Por qué diablos

había dicho que tenía ganas de tropezar a don Pedro para darle dos

puntapiés, cuando en realidad acababa de verle al salir de casa, y había

cruzado a su lado sin decirle una palabra? Pero estaban allí más de

veinte personas, y se vió en la dolorosa necesidad de contestar al

ayudante, aunque en el tono menos agresivo posible:

—Bueno... si usted cree que merece la pena...

—¡Pues no ha de merecer! Suponer que usted no está a nuestro lado sino

por móviles mezquinos bastardos es insultarle... A vej, don Feliciano.

¿Quiere usted escuchaj una palabra?

Don Feliciano y él conferenciaron en un rincón breves momentos. Acto

continuo salieron a la calle. Don Rudesindo quedó en la apariencia

tranquilo, en realidad fuertemente alterado y bramando en su interior

contra Peña, contra el Saloncillo, contra sí mismo y contra la madre que

le parió. ¿Qué necesidad tenía él de meterse en líos? Un hombre casado,

con hijos, que en toda su vida no había hecho más que trabajar como un

esclavo para labrarse un capitalito... Y ahora que lo tenía... por una

quijotada de ese farfantón... ¡acaso!... El fabricante apenas podía

pasar los sorbos de cognac que de vez en cuando introducía en la boca.

La cosa se arregló muy pronto. Don Pedro Miranda quedó viendo visiones

con la visita de Peña y don Feliciano. Dijo que no recordaba... que él

no tenía agravio alguno de don Rudesindo... al contrario. Pero Peña le

había atajado, diciéndole:

—Bueno, don Pedro. No podemos escuchar eso. Nombre usted dos personas

que se entiendan con nosotros.

El atribulado propietario nombró a Gabino Maza y Delaunay por

representantes. Como de éstos el uno era hombre acalorado y fiero, y el

otro mal intencionado, no fué posible avenencia. Se negaron en absoluto

a dar explicaciones. El lance quedó concertado a sable en el cementerio

antiguo, en las primeras horas de la mañana.

Don Rudesindo al saberlo, maldijo de la hora en que viera la luz del

día. Su contrario don Pedro se limitó sencillamente a dejarse caer en un

sofá y pedir una taza de tila. Mas no hubo otro remedio que acudir a

donde el honor los llamaba. A las seis de la mañana, Peña y don

Feliciano por una parte, y Maza y Delaunay por la otra, los sacaron de

sus domicilios para conducirlos al cementerio viejo. ¡Dios mío, al

cementerio viejo! ¡Qué ideas tan lúgubres revolotearon por el cerebro de

don Pedro Miranda mientras caminaba hacia allá! No es posible

compararlas sino con las que asaltaron a don Rudesindo en el mismo

trayecto. Peña le dijo antes de llegar:

—Es evidente, don Rudesindo, que usted le escabecha. Me lo da el

corazón... Usted le escabecha. No tira usted mucho, pero tiene un juego

muy difícil, ¡muy difícil!...

El fabricante hubiera dado en aquel momento toda su hacienda por tenerlo

no difícil, sino imposible.

—Don Pedro no tiene pierna; es además, corto de brazo... Pero, como ya

sabe usted que en las ajmas no hay nada seguro y a veces el que menos se

piensa, lleva el gato al agua, si usted tiene algo que encargarme,

hágalo antes que lleguemos.

Don Rudesindo se estremeció. Siguió caminando un rato en silencio, y

por fin, sacando unos papeles del bolsillo, se los entregó diciendo con

voz sorda:

—Si perezco, déle usted esto al señor Benito.

Dos lágrimas asomaron a sus ojos al mismo tiempo.

—¿El señor Benito el _Rato_?—preguntó Peña.

Don Rudesindo no le oyó. Se había escapado ya por la carretera adelante

para ocultar su emoción.

Por qué el nombre de su escribiente le producía en aquel instante tal

enternecimiento, no podemos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de

la vida, se despierten vivas y súbitas simpatías en el fondo de nuestro

ser, de las que no teníamos la menor sospecha.

El cementerio viejo, próximo ya a dedicarse al cultivo, era un pequeño

cercado donde crecía la hierba y la maleza. Las cruces de madera se

habían podrido. No había más testimonio de que tal recinto era mansión

de los muertos, que dos calaveras incrustadas en la pared a entrambos

lados de la puerta. Por cierto que estas calaveras, no produjeron una

impresión grata en don Rudesindo. En don Pedro no sabemos; pero puede

sospecharse que no sería más favorable. Tardaron algún tiempo en buscar

sitio, porque las ortigas y zarzales impedían _marchar y romper_

convenientemente a los combatientes. Mientras Peña, en compañía de los

testigos contrarios, se ocupaba en esta tarea gravísima, el bueno de don

Feliciano Gómez cometió la _incorrección_ (¡Dios le bendiga por ella!)

de acercarse a don Pedro Miranda, que descolorido, con la mirada

atónita, el estómago encharcado por la cantidad fabulosa de tazas de

tila que había tomado aquella noche, esperaba, arrimado a la tapia, que

aquellos señores concluyesen, en la actitud de un reo de muerte.

—Hola, don Pedro; frío, ¿eh? ¡Caramba qué mañana!... ¡Mire usted que

levantarse un hombre de la cama para esto! ¡Válgate Dios! _(Silencio

interrumpido por algunos eructos del infortunado Miranda.)_ Hubiera dado

el dedo meñique, ¡el dedo meñique, sí! por no tener que asistir a una

atrocidad semejante. Pero dicen que es un favor que no se puede negar.

Bueno: que no se niegue cuando se trata de una ofensa grave... ¿Dónde

está aquí la ofensa grave? Vamos a ver, que me lo digan, ¿dónde está?

¡Válgate Dios! ¡Válgate Dios! _(Nuevo silencio y nuevos eructos de don

Pedro, que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con la misma

resignación que si la pusiera sobre el tajo.)_ ¡Cuánto mejor sería estar

metido entre las sábanas tomando el chocolate! ¿verdad, mi

queridín?—profirió don Feliciano, poniéndole la mano sobre el hombro

con gran familiaridad. Miranda dejó escapar un imperceptible sonido

gutural.

—¡Ya lo creo!—siguió el comerciante.—Por más que me digan, don Pedro,

yo no puedo creer que usted tenga gana de matar a don Rudesindo... Un

vecino... que ha sido su amigo hasta hace poco... con quien se ha criado

y ha ido a la escuela...

—No... yo gana... ninguna—murmuró don Pedro, siempre con la cabeza

sobre el tajo.

—¡Velo usted ahí!—exclamó don Feliciano dando una gran palmada.—¡Lo

que yo decía! Pues lo mismo le pasa a don Rudesindo, mi queridín. Y

entonces, vamos a ver, ¿quién tiene ganas de matarse aquí? ¡A ver, que

me lo digan!

Y paseó la mirada en torno, buscando contestación. Peña, Maza y Delaunay

estaban lejos y ocultos por algunos cipreses. Don Rudesindo yacía

arrimado también a la tapia, a unos cincuenta pasos de distancia.

Entonces el comerciante, por una súbita y celestial inspiración, le hizo

seña de que se acercase.

Don Rudesindo avanzó hacia ellos lentamente, con paso tímido y

vacilante.

—¿Dice usted, mi queridín, que no tiene ninguna gana de matar a don

Rudesindo?—preguntó el comerciante a Miranda.

—Ninguna—murmuró éste.

—¿Tendría usted, por casualidad, deseos de herirle?

—Tampoco. Yo siempre he estimado a Rudesindo—balbució el propietario.

—¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué decía usted?—gritó don Feliciano con triunfal

exaltación.—Que usted siempre ha estimado mucho a don Rudesindo,

¿verdad, mi queridín? ¿Ha dicho usted eso?

—Sí, señor.

—Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pasos al encuentro del

fabricante de sidra). ¿Tienes deseos de matar aquí al señor don Pedro...

un vecino... que ha sido tu amigo hasta hace poco... con quien te has

criado y has ido a la escuela de don Matías _el Churro_?

—Yo, ¿por qué?—dijo el fabricante abriendo ansiosamente los ojos.

—¿Tendrías por casualidad deseos de herirle?

—Ni de hacerle el menor daño. Siempre le he tenido por verdadero amigo.

—¿Cómo es eso? ¿Eh? Por un verdadero amigo, ¿verdad?... Entonces, lo

que corresponde aquí, en mi humilde opinión, es que os deis un abrazo.

Apenas había pronunciado don Feliciano estas palabras, cuando Miranda y

don Rudesindo, por un movimiento simultáneo, avanzaron con ímpetu feroz

el uno sobre el otro alzaron briosamente los brazos y se abrazaron con

tal furia, que por poco se descoyuntan todos los huesos de la cavidad

torácica. Don Feliciano en el mismo punto se despojó con violencia del

sombrero, dejando al descubierto su enorme calva en declive, lo agitó

con frenesí algunos segundos, y gritó: «¡Hurra!» no se sabe a quién; tal

vez al dios astuto que le había suministrado tan famosa idea.

En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon

sorprendidos. Mostráronse alegres de tal solución en apariencia, pero

cada cual se separó por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Peña

reprendió ásperamente a don Feliciano por su conducta. Llegó a afirmar

que le había puesto en ridículo y que si no fuese porque se trataba de

un amigo antiguo y persona de más edad que él, «le exigiría una

jeparación».

—¡Una reparación!—exclamó el óptimo don Feliciano.—¡Qué más da que la

exigieras, rapaz!

—¿Se negaría usted a batijse conmigo?—preguntó el ayudante con su voz

campanuda.

—¿A qué habíamos de batirnos?

—A lo que usted quiera.

—Yo, a bailar un tango o una guaracha, mi queridín—respondió, y

diciendo y haciendo comenzó a saltar por la sala dando las castañetas

hasta que se le cayó el sombrero y quedó al aire la piedra de lavar que

tenía por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Peña

dejó escapar algunas frases de desprecio, y se retiró amoscado y

desabrido.

Los tertulios del Camarote, hostigados constantemente por las gacetillas

del _Faro_, se habían decidido al cabo a fundar otro periódico en el que

pudieran tomar venganza de las sinrazones que se les hacía.

Enormes sacrificios costaba esto. Muy pocos, de entre ellos, eran ricos.

El único que pudiera llamarse así era don Pedro Miranda. Este prefería

que le sacasen una muela a descorrer los cordones de la bolsa. A fuerza

de cabildeos, de ruegos, allegando recursos de aquí y de allá, haciendo

sumas y restas en el Camarote, se concluyó por obtener la cantidad

indispensable para montar una imprenta. En la de Folgueras, ni éste

quería tirar el periódico, ni ellos se humillarían a demandárselo.

Cuando estuvo la imprenta, modestísima por cierto, en disposición de

funcionar, celebraron el indispensable banquete. En él se convino en

denominar al nuevo órgano _El Joven Sarriense_. A los postres se brindó

con entusiasmo por su prosperidad y por la destrucción de sus viles

enemigos.

La aparición del primer número, que traía la consabida viñeta

representando un adolescente peinado con la raya por el medio, y rodeado

de una porción de latas de conservas a modo de libros, en actitud de

leer, más bien de merendar, una de ellas, causó viva sensación en la

villa. Lo merecía. Los del Camarote, como hombres que habían tenido que

devorar durante muchos meses los insultos del _Faro_, se desahogaban con

verdadera fruición. ¡Santo Cristo de Rodillero, qué cúmulo de

insolencias y procacidades! Desde el principio hasta el fin estaba

consagrado a escarnecer, a herir y ridiculizar a los socios del

Saloncillo. Parecía que les faltaba tiempo para llamar al uno feo, al

otro hambrón, al de más allá envidioso, a éste bruto, a aquél farfantón.

Por supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan transparentes, que

nadie en la población dejaba de conocerlos. Llamábase Belinchón _Don

Quijote_ y don Rudesindo _Sancho_, Sinforoso _Marqués del Tirapié_, Peña

_El Capitán Cólera_, etc., etc. Y escudados con esto los traían y los

llevaban, los barajaban que era una bendición. No les dejaban hueso

sano. Por la noche hubo palos (¿cómo no?) en la Rúa Nueva. Folgueras, a

quien también insultaban en _El Joven Sarriense_, se había encontrado

con Gabino Maza, y le descargó un bastonazo sobre la cabeza. Maza lo

devolvió con creces. Repitió Folgueras. Vino en ayuda de éste un cajista

que por allí cruzaba, y de aquél su cuñado. En un instante se armó una

de garrotazos que tocaba Dios a juicio.

_El Joven Sarriense_ se publicaba los domingos. Periquito Miranda, que a

causa de la desavenencia de su padre con los del Saloncillo, padecía una

peligrosa retención de lirismo, se alivió notablemente insertando en él

un sinnúmero de sonetos, sáneos, acrósticos y otras diversas

combinaciones métricas, destinadas a pregonar su adoración platónica a

la señora del gerente de la fábrica de aceros, una francesota grande y

pesada como un elefante, que le hubiera metido fácilmente en el

bolsillo. Ya sabemos que Periquito amaba las obras sólidas de la

Naturaleza. Para expresar los deseos que atormentaban su espíritu,

valíase ingeniosamente de la forma de sueños. El joven platónico soñaba

en verso que se hallaba en fresca gruta deleitosa donde de pronto

aparecía una ninfa de torneados brazos y turgente seno (la señora del

gerente) que le instaba a dormir sobre un lecho de rosas y verdes

pámpanos. Otras veces, se veía sobre la cúspide de una altísima montaña.

En las nubes amontonadas, en los confines del horizonte, comenzaban a

dibujarse los contornos de una mujer (la señora del gerente). Las nubes

se acercaban. La mujer era blanca como el campo de la nieve, mórbida y

espléndida como la flor de la magnolia. La hermosa aparición llegaba

hasta él por fin, y le arrebataba entre sus brazos por los espacios

azules. Otras, navegaba en frágil barquilla por la superficie del

Océano. La barca se hundía y él iba a parar al fondo del mar donde una

blonda y hermosísima náyade (siempre la señora del gerente) le llevaba

de la mano a un prodigioso palacio de cristal, le sentaba a su lado en

un trono de marfil, y le invitaba a contraer con ella justas nupcias,

efectuadas las cuales, se retiraban al son de dulce música a un gabinete

reservado, maravillosamente decorado, donde la náyade enamorada le hacía

poseedor de sus gracias. Estos ensueños de dicha, versificados con

facilidad y adornados de cierto naturalismo poético, causaban alguna

inquietud a los padres de familia. Periquito comía cada día más, y

estaba cada vez más flaco. _El Faro_, en el número del jueves, después

de insultar con rabia a los jefes del Camarote, «se metía» también con

él llamándole maliciosa y torpemente _Pericles_.

Colocados así, uno enfrente del otro, en feroz y perpetua rivalidad, _El

Faro_ y _El Joven Sarriense_ emplearon útilmente sus columnas en

injuriarse con más o menos descaro, según arreciaba o aflojaba la lucha.

Raro era el número de cada uno de ellos que no daba lugar a algunos

bastonazos o bofetadas, cuando no a un desafío formal. Sin embargo, en

éstos eran más parcos todos. Padrinos sí se nombraban por un quítame

allá esas pajas; pero darse de sablazos o de tiros, ya era otra cosa. La

contienda había enardecido los ánimos en la villa. Muchas de las

personas que habían permanecido indiferentes a las desavenencias de los

del Saloncillo y los del Camarote, habían concluído por tomar puesto en

uno u otro bando, unas veces porque tenían metidos en la refriega a sus

parientes, otras por algún antiguo resentimiento, otras, en fin, sin más

motivo que el calor y el entusiasmo que el combate despierta en los

temperamentos belicosos. Al poco tiempo la población estaba

verdaderamente partida en dos. El bando del cual era dignísimo jefe don

Rosendo Belinchón, era el más numeroso y contaba con casi todos los

comerciantes ricos de Sarrió. El de los del Camarote, más exiguo,

contaba con los terratenientes y las personas timoratas y religiosas a

quienes _El Faro_ había escandalizado. La lucha se fué acentuando de tal

modo, que al poco tiempo los que pertenecían a un partido ya no

saludaban a los del contrario, aunque hubieran sido hasta entonces

buenos amigos.

_El Faro_ y _El Joven Sarriense_ comenzaron a criticarse respectivamente

el estilo y la gramática. Buscáronse con encarnizamiento por una y otra

parte las faltas de sintaxis, fijándose lo mismo en los vocablos que en

el régimen.—«Esa palabra no es castellana»—decía _El Joven_.—«La

palabra _desilusionar_, que los peleles del _Joven Sarriense_ afirman

que no es castellana—contestaba _El Faro_,—la hemos visto empleada por

los más eminentes escritores de Madrid: Pérez, González, Martínez y

otros. Esta vez, como siempre, al órgano del Camarote le ha salido el

tiro por la culata.» Replicaba _El Joven_, contrarreplicaba _El Faro_,

citábanse párrafos de la gramática, del diccionario, de los escritores

distinguidos, y al cabo nadie sabía a qué atenerse. Y las cosas quedaban

como antes, aunque se hablaba a veces de remitir las cuestiones a la

resolución de la Academia de la Lengua. Se citaba mucho por los dos

lados el _Don Juan Tenorio_ de Zorrilla y los artículos del _Curioso

parlante_. Esta competencia gramatical traía consigo al menos una

ventaja; la de hacer que algunas personas que no la habían saludado se

dedicasen con ahinco a aprenderla. Lo mismo en el Saloncillo que en el

Camarote había dos o tres ejemplares de la última gramática _lata_ de la

Academia, que no reposaban nunca.

Contra quien se dispararon los tiros _lingüísticos_ más envenenados, fué

contra el inspirado don Rosendo, como quiera que era la cabeza y el

nervio de su partido y convenía, más que a nadie, aniquilar. Belinchón

no había estudiado la gramática, sino por un diminuto epítome allá en

la infancia. Pero, como todos los ingenios superiores, si no la sabía,

la adivinaba. Los contrarios le sacaban a relucir a cada instante mil

disparates de sus artículos. Mas es tal la confianza que nos inspira su

genio poderoso, que nunca hemos dado crédito a estas afirmaciones,

considerándolas como puras calumnias. Si no hubiera gramática,

Belinchón, con sólo sus luces naturales, sería capaz de inventarla.

Nadie manejó jamás como él ese lenguaje periodístico, ligero sí, pero

brillante, lleno de frases consagradas por el uso de cien mil

escritores, donde hasta los lugares más comunes, expresados con adecuado

énfasis, resplandecen como profundas y misteriosas sentencias. Merced a

su estilo prodigioso, don Rosendo escribía con la misma facilidad un

artículo sobre la libertad de cultos, que redactaba un informe acerca de

la industria pecuaria. Sus enemigos decían que cometía muchos

galicismos. ¿Y qué? En el mero hecho de prohijarlos un escritor de tal

valía, dejaban de serlo, y se convertían en puras y castizas locuciones

castellanas.

Este prurito de ajustarle los galicismos al _Faro_, fué una de las

manías que tuvo _El Joven Sarriense_ o sea el colega local, como le

llamaba siempre aquél, a fin de evitar el nombrarlo, por no dañar al

profundo desprecio que ansiaba mostrarle. Aprovechando cierto

diccionario curioso que uno de los socios del Camarote poseía,

trituraban sin piedad lo mismo los artículos que las «novelas a la mano»

del _Faro_. Si don Rosendo decía en él, verbigracia, que dejaba de tocar

ciertos asuntos «por no faltar a las conveniencias», al instante se le

echaba encima _El Joven_, interpelándole en forma sarcástica. ¿Dónde

había aprendido el ingenioso hidalgo (así llamaban casi siempre a

Belinchón) esta acepción de la palabra conveniencia? No sería

ciertamente en su famosa historia, contada por Cervantes. Si empleaba la

palabra «gubernamental», o «banal», o la frase «tener lugar», ¡qué

carcajadas las del _Joven Sarriense_! ¡qué chacota! ¡qué desprecio! Esto

duró hasta que los del Saloncillo adquirieron otro diccionario de

galicismos. Entonces ambos periódicos comenzaron a hilar tan delgado en

esta materia, que al fin concluyeron por olvidar el purismo y volver a

su estilo libre, feliz e independiente.

Además, la disputa se había ido exacerbando de tal suerte, que las

ligaduras clásicas les embarazaban para insultarse. Jugaban ya en todas

las gacetillas las frases de «reptil venenoso», «entes despreciables»,

«cerebros obtusos», «revolcándose en el fango», «seres innobles y

degradados» y otras no menos afectuosas para los del bando contrario.

Cansados de injuriarse unos a otros, comenzaron pronto a atacarse en sus

familias. No perdonaron ni a sus modestas esposas ni a sus ancianos

padres. _El Joven Sarriense_ fué el primero que dió la señal, publicando

un cuento árabe titulado _La esclava Daraja_ en que bajo este nombre, se

relataba _ce_ por _be_ la historia de doña Paula y su matrimonio con

Mahomad Zegrí (don Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y de

insinuaciones pérfidas. Belinchón estuvo tentado de mandar los padrinos

a la redacción. Pero considerando que esto sería dar su brazo a torcer y

aceptar lo que el artículo contenía de envenenado, prefirió no mostrarse

aludido y vengarse también en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo,

escribió un cuento indio, donde se narraba la vida y milagros del padre

de Maza, que había sido capitán negrero y en el tráfico de carne humana

hiciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos orientales como medio

para decirse toda suerte de picardías, fueron usados por ambos partidos.

El cuarto poder · 第 19 / 31 段