Camarote habían emprendido y el de resultados más positivos lo mismo
para el vencedor que para el vencido, era la política. A él volvieron,
pues, desde los primeros momentos los ojos unos y otros contendientes.
No perdonaron medio alguno para derribarse y triunfar. Hasta la división
del vecindario ya sabemos que la política jugaba poco papel en Sarrió.
Desde esta fecha, fué la comida ordinaria, el elemento indispensable que
se mezclaba en todas las conversaciones masculinas. Ni unos ni otros
habían pensado en despojar de su representación en el Congreso a Rojas
Salcedo. Era amigo de todos y había representado al distrito por espacio
de diez y ocho años. Sin embargo, cuando llegaron las elecciones
municipales, escribiéronle cartas los dos bandos, pidiéndole protección.
Se sabía que los del Saloncillo querían a todo trance separar a don
Roque de la alcaldía, porque ya más de una vez, en uso de sus funciones,
se había puesto de parte de los disidentes en perjuicio de sus antiguos
amigos. _El Faro_ le había zarandeado de lo lindo con este motivo.
Creció la enemistad. Vengóse don Roque, abusando de su autoridad, para
mandar a la cárcel a Folgueras. Repitiéronse los ataques del _Faro_ con
más furia. Don Roque, juzgándose por ellos un tirano de la Edad Media,
comenzó a temer por su vida y se hizo acompañar de noche y de día por el
veterano Marcones. Se dijo que en una reunión misteriosa de los del
Saloncillo, se había decretado su muerte. Al alcalde no le llegaba la
camisa al cuerpo. Cuando en un paraje retirado alcanzaba a ver a alguno
del _Faro_, ordenaba prontamente la vuelta.
Rojas Salcedo contestó a los del Camarote que si don Roque salía elegido
concejal, sería nombrado otra vez alcalde. Pero al mismo tiempo escribía
con misterio a los del Saloncillo, encargándoles que trabajasen todo lo
posible para que no saliese. De este modo se libraba de un compromiso.
En efecto, los partidarios de Belinchón, por su número, por su riqueza y
por la buena maña que se dieron, lograron triunfar en toda la línea. La
lucha, últimamente, se había concentrado en el punto por donde se
presentaba don Roque. Los del Camarote sabían que si éste era elegido,
la batalla estaba ganada. Sería alcalde y las facultades de éste
contrarrestaban muy bien las del ayuntamiento. Los del Saloncillo lo
presentían también. Ambos partidos luchaban con empeño feroz. Por fin,
el anciano alcalde perdió la elección por un corto número de votos.
Confuso y abatido, con los ojos terriblemente inyectados y la faz
amoratada, que daba miedo, se retiró al fin a su casa, después de pasar
todo el día en la del municipio. Ni un rey a quien despojasen de la
corona, sentiría golpe tan tremendo. Llegó a su domicilio sin escolta,
como el más ínfimo particular. Bien había visto a Marcones paseando por
los corredores, y estaba seguro de que aquél le vió también a él. No se
atrevió a pedirle que le acompañase. El viejo alguacil estaba hablando
con agasajo a don Rufo, a un enemigo suyo, y fingió no advertir que su
jefe pasaba. No era que se volviese al sol que más calentaba. Era
simplemente que Marcones, imbuído en las doctrinas de los modernos
estadistas, comprendía que la fuerza pública debe estar siempre al
servicio del poder constituído.
Y, sin embargo, nunca don Roque tuvo más necesidad de ser acompañado que
entonces. Además de un frío moral que le helaba el corazón, sentíase
físicamente indispuesto. Aquellas horas mortales de agonía recibiendo
noticias contradictorias a cada instante, sin tomar alimento, con sólo
algunas copas de ginebra en el cuerpo desde la mañana, le habían
alterado hasta un punto indecible. Las piernas le flaqueaban y la vista
se le obscurecía. Para llegar a su casa tuvo necesidad varias veces de
apoyarse en las paredes. Cuando entró, la vieja criada que salió a
abrirle, retrocedió asustada. La cara de su amo parecía como si unas
manos invisibles le estuviesen apretando sin piedad la garganta. A pesar
de hallarse bien avezada a descifrar los caóticos, inextricables
sonidos, que salían de su boca en todas ocasiones, por esta vez no
comprendió la orden que le daba. Vió que se retiraba derechamente a su
cuarto. Procediendo por inducción, le llevó luz y un vaso de agua. Pero
don Roque se enfureció, tiró el vaso al suelo, gritó como un energúmeno.
Imposible, no obstante, averiguar qué querían decir aquellos rumores
huecos, temerosos, infernales, que nacían en su garganta, y antes de
salir se reflejaban con terrible resonancia cuatro o cinco veces en las
paredes de su enorme cavidad bocal. Temblorosa, azorada, fué a buscar
una botella de vino. Aunque un poco menos indignado, tampoco quiso
recibirla; repitió con mayor énfasis, pero no más claridad, la orden que
había dado. Al cabo, a fuerza de aguzar el oído, la sirvienta vino a
entender que su amo pedía un ponche de ron. Don Roque, observando que le
habían comprendido, se serenó, despojóse del enorme gabán en que yacía
prisionero, de la levita, del chaleco. Al tratar de sacarse las botas,
su noble faz municipal tomó el color del vino de Valdepeñas después de
encabezado, y no pudo llevar la empresa a feliz término. Cuando vino la
criada con el ponche, concluyó de sacárselas. Después, manifestó que se
iba a meter en la cama, que cerrasen bien las puertas y no no se le
turbase bajo ningún pretexto. La criada no entendió una palabra de su
discurso, pero adivinó bien esta vez la sustancia, y se retiró.
Don Roque se dejó caer, en efecto, sobre el lecho. Se cubrió con la ropa
hasta la cintura, y reclinando la espalda contra las almohadas, tomó el
vaso de ponche y lo acercó a los labios. Al instante echó de ver que
existía deficiencia en una de las bases. Hizo un gesto avinagrado, dejó
escapar un sonido gutural inadmisible, y levantándose en calzoncillos,
sacó de su armario la botella del ron, que colocó sobre la mesa de
noche. Tornó a acostarse. Después, grave y solemnemente, con el vaso en
una mano y la botella en la otra, fué reparando el yerro de la criada.
Bebía un sorbo de ponche, y en seguida se apresuraba, a llenar el vacío
con el líquido de la botella. Así modificada la composición, resultaba
mucho más adecuada al estado de agitación en que su espíritu se hallaba.
Porque, bajo aquel aparente sosiego, el cerebro de don Roque desplegaba
una actividad prodigiosa. Todas las horas de aquel día se le presentaban
una a una tristes y sombrías; las decepciones que había sufrido, las
esperanzas fallidas, las disputas acaloradas, hasta el abandono de
Marcones. Y luego, lo porvenir. Esto era lo más negro. Dejar el bastón
de alcalde que tantos años había empuñado con gloria, convertirse en un
simple particular, en un quídam. No tener derecho a entrar en el
ayuntamiento. Pasar cerca de un guardia municipal, y no poder decirle:
—«Juan, ve a la fuente de la Rabila y no consientas que las criadas
frieguen allí las herradas.» Ver un picapedrero trabajando en la calle y
no tener facultades para ordenarle que calque más o menos las piedras,
que suba o baje la rasante.
Sentía frío intenso a los pies. Se levantó dos o tres veces para echar
ropa encima, sin lograr calentarlos. La botella pasó al fin toda al
vaso, y del vaso al estómago. Esto produjo allá dentro un suave calor,
que se fué esparciendo gratamente por todos los miembros. Don Roque
sintió que la lengua se le desligaba, y comenzó a hablar solo con
extremada claridad en su opinión. En realidad, si algún dios o mortal
pudiese escuchar aquellos bárbaros sonidos, retrocedería horrorizado.
Sobre todos flotaba sin cesar uno por demás extraño algo así como _all,
call, mall_. Un filólogo perspicaz, después de estudiar bien aquel
sonido, teniendo en cuenta la persistencia de la vocal _a_ y de la
consonante _ll_, acaso deduciría que la palabra expresada por el alcalde
era canalla. Sin embargo, esto no sería otra cosa que una inducción más
o menos legítima.
Al cabo calló. Sintió un fuerte calor en la garganta, que le invadió
instantáneamente el rostro y la cabeza. La lengua no quiso trabajar.
Experimentaba una impresión de engrandecimiento físico de todo su ser.
Sobre todo, la cabeza crecía, creía de un modo tan desmesurado, que
apenas podía con ella. Al mismo tiempo los objetos que le rodeaban, el
armario, la cama, el lavabo, los bastones arrimados a la esquina, le
aparecían de un tamaño diminuto. Creyó sentir dentro del cerebro el
ruido de una maquinaria de reloj en movimiento, un volante que giraba
con velocidad y un martillo que caía a compás con ruido metálico. El
martillo cesó, y siguió el volante girando. Allá fuera, en la calle,
percibió fuerte rumor de gente; luego extraños sonidos que le dejaron
yerto. El pobre don Roque no sabía que le estaban dando a aquella hora
sus enemigos una regular cencerrada. Estuvo por llamar a la criada, pero
temió que tales sonidos fuesen como otras veces imaginarios. Y, en
efecto, se confirmó en la idea al escuchar una descarga de campanas que
le ensordecieron. Era un repique horrísono, donde tomaban parte desde la
mayor de Toledo, hasta la campanilla de su escribanía. ¡Qué vértigo!
¡Qué fatiga! Afortunadamente cesó de golpe el campaneo. Pero fué al
instante substituído por un silbido prolongado y tan agudo, que le
desgarraba el tímpano de los oídos. Instintivamente se llevó las manos a
ellos. Al terminar el silbido, se le figuró que la cama se levantaba por
la parte de los pies. La cabeza se le iba hundiendo. Veía sus pies allá
arriba. Esto le produjo fuerte congoja. Dió un gran suspiro, y los pies
volvieron a su nivel. Mas en seguida tornaban poco a poco a levantarse y
la cabeza a hundirse. Era necesario dar grandes suspiros para
restablecerlos en su sitio.
Ni con aquel fantástico manejo se calentaban los malditos. Eran dos
pedazos de hielo. En cambio, lo restante de don Roque ardía, se
abrasaba. Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura pasmosa, que
iba cada vez en aumento. Cuando se llevó la mano a la frente creyó
advertir que brotaba una llama azulada. Y oyó una voz, la voz de su
mujer muerta hacía veinte años, que le llamaba a gritos: «¡Roque!
¡Roque! ¡Roqueee!» Los dientes del alcalde chocaron de terror. Dejó de
ver el armario, las paredes de la alcoba, los objetos que tenía en
torno, y en su lugar percibió un millón de luces de todos colores que al
principio estaban inmóviles, después comenzaron a bailar con extremada
violencia. A fuerza de cruzarse las unas con las otras, llegaron pronto
a formar círculos concéntricos, uno azul, otro rojo, otro violeta, etc.,
que giraban sobre sí constituyendo un espectro mucho más rico que el de
la luz solar. Al fin aquellos círculos, también desaparecieron, quedando
un solo punto luminoso apenas perceptible. Mas aquel punto fué
creciendo lentamente. Primero era una estrella, después una luna,
después un sol enorme que se iba extendiendo y adquiría al mismo tiempo
un vivo color rojo. Aquel sol crecía, crecía constantemente. Su disco
inmenso de color de sangre tapaba la mitad de la bóveda; después, cubrió
las dos terceras partes; por último la llenó toda. Don Roque quedó un
instante deslumbrado. De repente no vió nada.
Jamás volvió a ver nada el buen alcalde. Por la mañana le hallaron
muerto, sentado en la cama, con la cabeza doblada hacia atrás. Un caso
de apoplejía fulminante.
XV
DE LA ENTRADA FAMOSA QUE HIZO EN SARRIÓ EL DUQUE DE TORNOS, CONDE DE
BUENAVISTA
El señor Anselmo, jefe de la banda de música de Sarrió, vino a
participar al presidente de la Academia que el alcalde le había
amenazado con suprimir la subvención de la orquesta, si aquella tarde
iban a la romería de San Antonio.
—¿Cómo es eso?—preguntó don Mateo incorporándose en el lecho en que
aun yacía, y echando mano a las gafas que tenía sobre la mesa de
noche..—¿Suprimir? ¿Por qué la han de suprimir?
—No lo sé. Así me lo ha enviado a decir por Próspero.
—¿Pero a él qué le importa que la música vaya a San Antonio?—profirió
con acento irritado.
—Creo que es porque hoy llega un señor a casa de don Rosendo... y como
la carretera atraviesa la romería...
—Ah, sí, el duque de Tornos... ¿Pero qué tiene que ver?... ¡Vamos,
están locos!... Mira, déjame un momento; voy a vestirme, y veré a Maza.
Creo que lo arreglaremos. Déjame.
Despejó el señor Anselmo la estancia, y, con más premura de lo que
pudiera esperarse de sus años y achaques, aderezóse don Mateo para
salir. Su esposa y su hija estaban, como de costumbre, en la iglesia.
Pidió el desayuno.
—No puedo dárselo, señor. La señora se ha llevado las llaves, y no hay
chocolate fuera.
—¡Siempre lo mismo!—murmuró el anciano, no tan enojado como
debiera.—Yo no sé por qué esa mujer no deja fuera al marcharse lo que
hace falta... Es verdad que, por regla general, me levanto tarde; pero
puede haber un negocio urgente como ahora...
—¿Quiere que vaya a pedir una onza de chocolate a la vecina?
—No, no hace falta. Estoy seguro de que Matilde se enfadaría. ¿No hay
por ahí nada que comer?
La criada tardó unos segundos en contestar.
—No, señor, me parece que no hay nada. Ya sabe que la señora...
—Sí, sí, ya sé.
Don Mateo fué al comedor y comenzó a escudriñar los tiradores. Nada; no
había más que los utensilios de la mesa, cuchillos, tenedores, el
sacacorchos. Al través de los cristales del armario vió algunas
pastillas de chocolate y una bandeja de bizcochos.
—¡Caramba, si diera alguna llave!
Y sacando las suyas comenzó a introducirlas en la cerradura. Las pruebas
no tuvieron buen éxito.
Desesperanzado, al fin, se arregló las gafas con impaciencia, se puso el
sombrero, cogió su cayado y dijo emprendiendo la marcha:
—Vaya, vaya; nos aguantaremos por hoy.
Pero antes de llegar a la puerta se volvió, y algo acortado preguntó a
la doméstica:
—¿Hay pan por ahí?
—No ha venido aún la panadera. Si quiere de lo mío...—respondió la
muchacha sonriendo.
—Bueno; a ver ese pan tuyo.
Se fué a la cocina. La criada levantó la tapa de la masera, y don Mateo
sacó un medio pan de centeno, bastante negro.
—Este pan moreno en otro tiempo no me disgustaba—dijo cortando un
pedazo.—¡Viva la gente morena!—añadió paseando por la boca un bocado
de miga, pues con la corteza hacía años que no se atrevía.
La criada se reía sorprendida de aquel buen humor.
—Es más sabroso que el nuestro. Si no fuera que ya está un poco duro...
Se sacudió las migajas con la mano, volvió a arreglarse las gafas y
después de beber un trago de agua porque también el vino estaba cerrado,
se partió en dirección al ayuntamiento. El reloj del edificio señalaba
las diez. Atravesó el soportal de arcos, subió la vasta escalera de
piedra y al llegar a los corredores donde había más de un dedo de polvo
sobre el entarimado, preguntó a Marcones, que le salió al encuentro, por
don Gabino.
—El señor alcalde está en sesión.
—¿En sesión? ¡Diablo, a qué hora tan rara!
En efecto, por lo rara se había señalado.
Dos años habían transcurrido desde el fallecimiento de don Roque. Los
del Saloncillo, que habían entrado en el ayuntamiento como triunfadores
y tuvieron por alcalde a don Rufo, más de año y medio, a la hora
presente padecían las amarguras de la derrota. Aún tenían mayoría en la
corporación municipal, aunque escasa. Pero los del Camarote se habían
arreglado en Madrid de tal manera, que lograron hacer nombrar alcalde a
Gabino Maza. Decíase que esto se debía al pasteleo repugnante de Rojas
Salcedo. Advirtiendo éste en las últimas elecciones municipales bastante
progreso en las fuerzas de los del Camarote, se había inclinado de su
lado. No hay para qué decir la tempestad de odios y amenazas que contra
él se levantó por tal motivo entre los partidarios de don Rosendo.
Se había entablado una lucha feroz. Cada sesión del ayuntamiento era un
escándalo. Los de Maza habían hecho procesar a la corporación saliente,
por dilapidación de fondos: tenían al juez de primera instancia por
suyo. Los de Belinchón contaban con que en la Audiencia les harían
justicia. Mas por aquello que dicen que dijo Dios: _ayúdate y
ayudaréte_, se ponían en juego poderosas influencias para conseguirlo.
Cartas iban y venían de Madrid. Los del Camarote no se descuidaban
tampoco para estorbarlo. Maza deslomaba a sus contrarios con la vara de
la justicia. Como la mayoría de don Rosendo era sólo de dos votos, urdía
tramas admirables para arrancárselos. Unas veces convocaba a sesión
extraordinaria a horas en que a alguno de ellos le fuera imposible
asistir; otras, mandaba recados fingidos a ciertos concejales,
anunciándoles que se había suspendido; otras; en el momento de ponerse a
votación cualquier asunto, lo hacía con palabras ambiguas de acuerdo con
sus amigos, para que los de don Rosendo se confundiesen y votasen contra
sí mismos, como sucedió en más de una ocasión. En más de una también,
dejó cerrados en la secretaría a algunos concejales llevándose la llave.
Después que los padres del municipio se hartaban de gritar y dar golpes
a la puerta, venía un alguacil a abrirles; pero ya se había efectuado la
votación. Gracias a estas y otras tretas, a las arbitrariedades sin
cuento que cometía, vengábase el bilioso ex marino de sus enemigos, que
era un primor. Su táctica consistía en atacarlos donde más les dolía;
esto es, en sus bienes inmuebles. Cuando en alguna calle había una o más
casas de cualquier socio del Saloncillo y ninguna de sus amigos, hacía
que el arquitecto municipal variase la rasante, dejándola más baja. De
esta suerte se descubrían los cimientos de las casas y corrían riesgo de
venir al suelo, además de la molestia consiguiente de poner escaleras
para subir al portal. A los pocos meses de ser alcalde, había más de
veinte casas en Sarrió con los cimientos al aire. Otras veces, hacía
subir la rasante para que cuando lloviese fuerte, se inundasen. Como es
natural, tales picardías despertaban fuerte clamoreo en los partidarios
de Belinchón, rabiosas diatribas por parte del _Faro_, y tumultos sin
cuento en las sesiones municipales. Pero a Maza se le daba por todo una
higa. Seguía impasible sus inauditas reformas urbanas, escuchando con
sonrisa cruel las quejas de sus víctimas, contestando con sarcasmos
feroces a los discursos de los oradores del bando contrario.
Marcones introdujo a don Mateo en una sala contigua al salón de
sesiones. La tribuna destinada al público era demasiado asquerosa para
entrar en ella una persona decente. Además, le interesaban muy poco las
peleas de aquellos gallos ingleses. En la misma sala estaban sentados
departiendo amigablemente los dos notarios de la población, don Víctor
Varela y Sanjurjo. El uno era un viejo, pequeño, de ojos saltones, con
enorme peluca, tan groseramente fabricada, que parecía de esparto; el
otro, un hombre de media edad, pálido, con bigote entrecano y cojo de
nacimiento. Saludóles nuestro anciano como antiguos amigos, a quienes se
ve todos los días. A nadie en el radio de la villa dejaba de saludar don
Mateo.
—¿Esperando que termine la sesión, eh?
—Sí, señor—respondió uno con sequedad y reserva que quitó al anciano
el deseo de entrar en más averiguaciones.
Buscó otra conversación, la que más podía complacer a los depositarios
de la fe pública; la caza. Los dos eran crueles perseguidores de las
codornices, peguetas y chochas; pero mucho más terribles y empedernidos
aún de las liebres. Apenas venían algunos días despejados, estos veloces
o inocentes animales tenían que sufrir una violenta persecución por
parte del gremio notarial, activamente secundado por media docena de
galgos que, para que mejor corriesen, se les dejaba morir de hambre.
Hablar de las liebres, era para don Víctor y Sanjurjo la antesala del
Cielo. Levantarlas con las varas, metidos en la maleza hasta la cintura,
el Cielo mismo.
—¡Qué lástima de día!—exclamó don Víctor dando un suspiro y mirando al
cielo por los cristales del balcón, llenos de polvo.
—Verdad—contestó Sanjurjo, dando otro suspiro.—Sin embargo, la tierra
de Maribona puede que esté un poco blanda; llovió bastante estos días.
—¡Qué ha de estar!—profirió don Mateo.—Ahora en el verano pronto se
seca. Además, toda aquella región es caliza y absorbe el agua
fácilmente.
Los notarios le miraron con enternecimiento.
—Me ha dicho Pepe la Esguila—prosiguió—que los paisanos han visto
saltar las liebres estos días en Ladreda.
—Ya lo sabemos,—dijo Sanjurjo.—Hoy, si no fuera por un quehacer que
nos ha salido, hubiéramos ido a allá.
Al mismo tiempo hacía un signo de inteligencia a don Víctor.
—Pues Pepe debió de irse esta mañana con Fermo. Eso me dijeron al menos
ayer noche.
Los notarios se miraron consternados.
—¡Qué le decía yo a usted, Sanjurjo!—exclamó don Víctor.
—Francamente, me engañó ese tuno... Bueno; alguna dejarán... Mañana
iremos usted y yo, don Víctor.
Pero la noticia les había puesto tristes. Guardaron silencio obstinado.
Dentro del salón se oían voces descompasadas, fuertes rumores. Alguna
vez sonaba el agudo repique de la campanilla presidencial, llamando al
orden.
Don Mateo, pesaroso de no haber acertado aquella vez a animar la
conversación, la estableció de nuevo, encarándose con Sanjurjo.
—Hombre, parece mentira que usted con su defecto en la pierna, pueda
dedicarse a la caza.
—¿Quién? ¿éste? Ahí donde usted le ve, corre como un galgo—exclamó don
Víctor con cariñoso entusiasmo.—En cuanto se pone sobre la pista de la
liebre, deja de ser cojo. Yo le digo que eso de la cojera lo ha
inventado él para llamar la atención. Tan cojo es, como usted y como yo.
—¡Si usted me lo hiciera bueno!—profirió Sanjurjo, sonriendo con
resignación.
Aquel toque de broma, les puso alegres. Don Víctor contaba las proezas
de su compañero en diversas ocasiones. Un día, para correr mejor, se
había puesto en cuatro patas: era una exhalación.—¿Cómo?—preguntaba
don Mateo asombrado,—¿en cuatro patas?—Lo que usted oye. Sanjurjo se
reía a carcajadas, afirmando que había aprendido a correr así de niño,
cuando su cojera era más pronunciada y no podía competir con los
compañeros. A su vez, ponderaba la poltronería de don Víctor, un tumbón
que registraba hasta la más pequeña hierba por no ir adelante y
cansarse. Don Víctor reía también, sosteniendo que no se levantaban
liebres con las piernas, sino con los ojos. ¡Cuántas veces aquella
obstinación suya había dado al fin resultado!—¿Se acuerda usted de
aquel día de San Pedro, hace tres años, cuando me dejó solo cerca de
Arceanes? ¿Quién levantó la liebre, usted que se fué con viento fresco,
o yo que me quedé hurga que hurga por las matas?
La conversación se iba calentando con gran satisfacción de don Mateo que
no podía ver a nadie triste a su lado. Cuando más embebidos se hallaban
en ella, sin hacer caso bendito de los gritos y campanillazos que
sonaban detrás de la puerta, ábrese ésta con estrépito y aparece la
majestuosa figura de don Rosendo Belinchón, en un estado de trastorno
difícil de pintar, los cabellos revueltos, algunos de ellos pegados a la
frente por el sudor, las mejillas inflamadas, los ojos vidriosos, el
nudo de la corbata en el cogote.
—¡Sanjurjo!... ¡Sanjurjo, venga usted!—dijo con voz alterada, sin
saludar, sin ver siquiera a don Mateo.
El notario se levantó tranquilamente y entró en el salón con él. Don
Víctor no hizo alusión ninguna a aquella repentina marcha. Quedó
departiendo amigablemente sobre lo mismo que estaban hablando con don
Mateo, el cual, aunque un poco sorprendido, no se atrevía a preguntar
nada. Al cabo de un rato, apareció Sanjurjo, que cerró la puerta tras
sí, y vino a sentarse con el mismo sosiego al lado de ellos, continuando
su interrumpida conversación. Pero no se pasaron muchos minutos sin que
de nuevo se abriese la puerta con ruido, apareciendo esta vez la persona
rechoncha de don Pedro Miranda en estado igualmente de descomposición.
—¡Don Víctor, don Víctor, entre usted!
Tampoco saludó, ni vió siquiera a don Mateo. El notario se levantó
gravemente y le siguió.
—¿Qué diablo significa esto?—preguntó don Mateo a Sanjurjo, después
que se hubo cerrado la puerta.
Este hizo un vago ademán de desprecio levantando los hombros.
—¡Qué tonterías!—gruñó don Mateo.—¡Belinchón y Miranda, que en su
vida se metieron en estos asuntos del ayuntamiento ni quisieron ser
alcalde, tomarlo ahora con tanto apuro!