mucho más morena. Parecía un muchacho, un marinerito del muelle, según
la expresión de Gonzalo. Mientras tanto, Ventura hacía su vida de
sultana caprichosa, que ahora tenía más razón de ser. Apenas salía de la
casa. El cuidado exquisito de su persona, le ocupaba mucho tiempo. El
resto, solía emplearlo en leer novelas de folletín. Cada día estaba más
hermosa. Aquel culto fervoroso de su cuerpo, contribuía no poco a
realzar y aumentar sus gracias. Como un artista toca y retoca
incesantemente su obra, sin que le parezca jamás bastante acabada, así
la joven esposa cuidaba de sus cabellos, de su cutis, de sus dientes, de
sus manos, sin cansarse jamás. El matrimonio la había embellecido
dándole la plenitud amable de la forma femenina, convirtiendo su hermosa
primavera en dorado y espléndido estío. La misma maternidad, sin
quitarle frescura ni desfigurar su cuerpo, le prestaba una majestad
suave y protectora. Luego el soberano gusto, el arte, mejor dicho, con
que sabía adaptar el color y la forma del vestido al tono de sus carnes
y a los cambios que en su naturaleza se operaban, daba primor y relieve
a aquella adorable figura.
Eso sí, toda la casa giraba en torno de ella. Como una diosa adorada y
temida, movía a su talante todas las figuras humanas que cobijaban las
torres chinescas. Hasta doña Paula, que la había hecho rostro en los
primeros meses de matrimonio, había vuelto a caer en su esclavitud. Ella
no abusaba de aquel dominio. Dejaba que todos cumpliesen su gusto, menos
cuando directa o indirectamente iba contra el suyo. Así, por ejemplo,
nadie sabía cuándo tornarían a Sarrió, sino ella. La cocinera no
arreglaba la comida sin consultarla. El cochero subía a preguntarle
todos los días si quería salir de paseo. El jardinero no movía un tiesto
sin pedirle la venia. En cambio no le preocupaba poco ni mucho que su
marido saliese. Una sola vez, viéndole preparado a salir con Cecilia, le
dijo sonriendo en presencia de ésta y de otras personas:
—Muy amigos os vais haciendo tú y Cecilia. Mira que voy a celarme.
Y al tiempo de decirlo, clavaba en él una de esas miradas soberanas que
expresaba convencimiento profundo de su dominio. Gonzalo, por mucho que
se alejase, no podría romper la cadena; volvería blando y sumiso a sus
pies, como el cometa que en vertiginosa carrera surca los espacios y a
una distancia inconmensurable siente el freno del sol y vuelve dócil
hacia él su frente.
Gonzalo pagó aquella mirada con otra de rendimiento absoluto. Cecilia se
había puesto levemente pálida y sonreía para disimular su turbación.
—Vamos, ¡idos, idos! No os quiero ver delante—añadió.—Si me la estáis
pegando, peor para vosotros, porque tomaré una venganza sonada.
La broma no era delicada, teniendo presente lo que había mediado entre
Cecilia y Gonzalo. Pero no era Venturita mujer que reparase mucho para
soltarlas.
En los primeros días de diciembre se trasladaron a Sarrió. Un mes
después Ventura daba a luz una hermosa niña, blanca y rubia como ella.
Gonzalo estaba tan enamorado de su mujer, que la recibió con alegría,
sí, mas no con aquel gozo y anhelo con que los hombres suelen acoger a
su primer hijo. Lo que le interesaba principalmente era la salud de su
esposa, que no sobreviniese ningún incidente. Todo se volvía entrar y
salir del cuarto, tomarla el pulso y moler a preguntas a don Rufo. En
opinión de éste, Ventura podía criar sin inconveniente a su hija. Era
una muchacha robusta, bien conformada. Tan sólo cuando los niños salen
muy tragones, la frescura y la belleza de la madre suele marchitarse un
poco. Ante esta eventualidad, la joven se llenó de miedo y se opuso,
primero embozadamente, después en términos categóricos, a dar el pecho a
la niña. Gonzalo se convenció en seguida y hasta halló razonable aquella
oposición. En cambio doña Paula se indignó grandemente, aunque sólo
expresaba su desagrado a espaldas de Ventura.
Cecilia se mostró tan solícita, tan vigilante en el cuidado de la
criatura, que en poco tiempo se apoderó por completo de ella. Colocó en
su cuarto una cama para la nodriza y la cuna de la niña, con pretexto de
que Venturita se ponía enferma cuando pasaba una mala noche. Ella
resistía dos y tres en vela sin alteración alguna. Y en efecto, en
cuanto la chiquilla lloraba, era la primera que saltaba del lecho para
entregársela a la nodriza. Si ésta no conseguía acallarla, tomábala en
brazos, y se paseaba con ella horas y horas, hasta dormirla.
Con esto, los jóvenes esposos, pudieron dormir juntos de nuevo con la
misma libertad y descuido que en los primeros días de novios. Cuando por
la mañana presentaban la criatura a su madre, ya Cecilia la había bañado
en agua tibia y la traía envuelta en limpios pañales. Jugaba con ella un
rato. Cuando llegaba la hora de entrar en el tocador se la entregaba de
nuevo a su hermana.
Del mismo modo, aunque con cierta timidez, nacida del deseo de no
ofender a su hermana y formar contraste con ella, Cecilia intervino en
el cuidado de la ropa de Gonzalo, y en el arreglo de su despacho. Aquél
concluyó por darle las llaves de los armarios.—«Cecilia, voy a
vestirme.» La joven corría al cuarto y a los pocos momentos volvía
diciendo:—«Ya lo tienes todo». Gonzalo encontraba, en efecto, la ropa
plegada sobre la cama, la camisa con los botones puestos, las botas
relucientes, al lado de la mesa de noche.—«Cecilia, se me ha descosido
un poco el forro del gabán.» Cuando tornaba a ponérselo ya estaba
cosido. Y ella, que era asaz descuidada en renovar sus vestidos, gustaba
extremadamente de que su cuñado vistiese a la última moda; no consentía
por ningún concepto, que anduviese un día siquiera con una bota picada o
con la corbata sucia. Gozaba en verle salir con algún nuevo traje
elegante. Desde el balcón, levantando un poquito la cortina, seguíale
con la vista cuando iba al café con el cigarro en la boca. Y después que
daba la vuelta a la esquina, todavía contemplaba, hasta que se disipaba
en el aire, la última bocanada de humo que había soltado.
Un día, Gonzalo, enojado consigo mismo por lo que gastaba sin sustancia,
le dió la llave del dinero.—«Mira, guarda tú esa llave; ni Ventura ni
yo tenemos arte para manejar los cuartos. Cuando te pidamos dinero, lo
apuntas en este cuadernito y nos avisas de lo que llevamos gastado en el
mes. Tal vez de este modo nos iremos moderando un poco.» Convertida en
intendente general, pronto observaron los esposos cierta mejoría en sus
negocios. Gonzalo cuando llegaba alguna cuenta, decía al criado
sonriendo:—«Pásela usted al administrador». El criado sonreía también y
se la llevaba a Cecilia.
Aquella intimidad, aquella compenetración singular de los cuñados en
casi todos los actos de la vida, había engendrado una ilimitada
confianza entre ellos, sobre todo por parte de Gonzalo. Nada le pasaba a
éste en la calle, en el café, que no viniese a contar a Cecilia, que le
prestaba incansable atención. Su esposa en cambio ni atendía ni quería
oir hablar siquiera de sus cacerías, de sus disputas, de las ocurrencias
de sus amigos. Todo lo que no fuese modas, bailes, descripciones de las
_soirées_ madrileñas, bodas de los grandes de España, le interesaba
poco. Lo que más excitaba su curiosidad era cuanto se refería a los
reyes y a la real familia. Leía con avidez el relato de las recepciones
palaciegas, conocía la etiqueta tan bien como un gentilhombre de cámara,
cómo se saludaba a los reyes, cómo se les besaba la mano, cuándo se
había de hablar en su presencia, cómo había que retirarse. Sabía los
nombres y la biografía de cada uno de los miembros de la real familia y
también los de los nobles más caracterizados de la corte. Las novelas, y
una señora azafata de la reina que había estado a tomar baños en Sarrió,
le habían sugerido aspiraciones fantásticas, un anhelo de vivir en
aquella atmósfera brillante. La majestad de los príncipes la conmovía,
la embargaba de sumisión, ¡ella que era incapaz de humillarse a nadie! Y
aquella vida galante de la corte le producía cierto deslumbramiento como
los fulgores de un sueño feliz. Cuando había estado en Madrid, su
cualidad de provinciana rica, no le había consentido gozar más que de
los teatros, de los paseos en coche por la Castellana, de las tiendas y
las calles. De la corte, de sus saraos y regocijos, había permanecido
tan distante como en Sarrió. Y sin embargo, ella estaba bien convencida,
y no le faltaba razón, de que podía brillar en cualquier parte. Su
hermosura y la viva y graciosa imaginación de que estaba dotada, la
hubieran hecho notar inmediatamente en la sociedad más distinguida.
Algunas veces paseando en _landau_ con su marido, había visto fijarse en
ella con atención y codicia las miradas del duque de S... del marqués de
C... de encumbrados personajes políticos. En una ocasión había oído a la
duquesa de Medinaceli al cruzarse los carruajes, decir a su
compañera:—«¿Estará casada esta niña tan linda?» De aquellos tres meses
en Madrid, le había quedado una visión poética, un recuerdo confuso de
sus placeres, y cierto prurito de imitar con los pobres medios de que
disponía en la villa a las damas encopetadas de la corte, cuyas
costumbres sólo conocía de oídas.. Así, por ejemplo, cuando salía de
casa, que era pocas veces, solía hacerlo en carruaje, sobre todo si iba
al teatro. La costumbre de que el coche viniera a esperarles al
concluirse la función, había causado en Sarrió alguna sorpresa y no
pocas murmuraciones. Los trajes con que se presentaba en público eran
siempre de fantasía, distintos enteramente de los que vestían las otras
damas de la población. Estas, por regla general, solían andar en sus
casas con la ropa usada «en cualquier facha» como ellas decían. Ventura
operó una revolución, vistiéndose desde por la mañana con trajes nuevos
y adecuados a aquella hora. No se la sorprendía jamás, ni aun en el
retiro de su gabinete, sin todos los adminículos y adornos propios de la
ocasión. Sus batas de seda de color siempre apagado, sus cofias de
encaje nunca vistas hasta entonces, sus babuchas de terciopelo, eran el
pasmo de la población. Había muchas señoras que iban a visitarla, sólo
por enterarse de su tocado casero.
Gonzalo, al verla enfrascada en la lectura de las revistas de salones,
al oir describir, como si lo hubiera visto, un baile en Palacio,
exclamaba riendo:—«¿Sabes cómo se llama en medicina esa manía tuya?...
Delirio de grandezas». Ella se enojaba. Como todos los caracteres
burlones, le hería profundamente el ridículo. Con su cuñada el joven se
reía unas veces, otras se mostraba irritado de aquellas extravagancias
de su esposa, que calificaba de estúpidas y cursis. Cecilia procuraba
calmarle, achacándolo a los pocos años, al carácter tornadizo de
Ventura:—«Ya verás—le decía;—dentro de algunos meses no se acordará
de semejantes tonterías».
Cecilia era su paño de lágrimas, su confidente en todos los disgustos
matrimoniales. Nunca dejaba de recibir de su boca algún útil consejo,
algunas palabras consoladoras que calmaban sus fuertes y repentinos
enojos. Se había acostumbrado de tal modo a aquellas confidencias, que
cuando después de alguna reyerta con Ventura no hallaba a su cuñada en
casa, se ponía el sombrero y corría a buscarla al paseo, a la iglesia o
donde estuviese. El mucho tiempo que pasaban juntos convidaba también a
éstos desahogos. Ventura no quería salir de casa. Y como don Rufo exigía
que la niña tomase el aire libre, Cecilia se encargaba de acompañar a la
nodriza. Gonzalo las acompañaba a ambas, la nodriza con la niña delante,
él con Cecilia detrás. En aquellos largos paseos le confiaba todos sus
secretos, le explicaba prolijamente sus temores, sus alegrías, sus
esperanzas. A veces, oyéndola discurrir con tanta perspicacia en
aquellos asuntos morales, solía exclamar con poca galantería:—«¡Qué
lástima que Ventura no posea tu carácter juicioso y sensato!»
Ella, en cambio, permanecía impenetrable para él, como para todo el
mundo. O porque no tuviese secretos que contar, o por su temperamento
excesivamente reservado, la primogénita de Belinchón huía de hablar de
sí misma con un cuidado extraordinario. Ni sus alegrías ni sus pesares
eran conocidos de nadie. Sólo un observador muy fino podría, a fuerza
de costumbre, averiguar vagamente las emociones que la agitaban. Gonzalo
no lo era. En su egoísmo infantil de hombre sano y musculoso, había
llegado a considerar a su cuñada como un ser pasivo, razonable y frío,
admirable para aconsejar y dirigir a los demás, un ser superior, si se
quiere, pero incapaz de sentir aquellas cóleras, aquellas alegrías,
aquellas pasiones insensatas que alteraban a los caracteres débiles como
el suyo. Sin embargo, alguna vez, en son de broma, había tratado de
sacarle del cuerpo sus secretillos. Sabía que tres o cuatro mancebos de
la población aspiraban a su mano. A alguno de ellos le había sorprendido
más de una vez paseando la calle. En el teatro la flechaban con los
gemelos. Y aunque Gonzalo advertía con cierto disgusto que debía de
haber en aquella adoración más deseo de la dote que verdadero amor,
procuraba lisonjearla hablándola de sus pretendientes. Ella rehuía la
conversación con silencio obstinado, sonriendo vagamente para no dejar
traslucir su pensamiento; hasta que al cabo se veía precisado a hablarle
de otra cosa.
En cierta ocasión, sin embargo, Gonzalo tomó el asunto con más seriedad
y persistencia. Un amigo de la infancia, ingeniero de caminos, le habló
de Cecilia, y le pidió su protección para interesarla en su favor. La
franqueza y sinceridad de su lenguaje agradó mucho al joven.
—Gonzalo—le dijo,—me encuentro ya en edad y en disposición de
casarme. No he querido hacerlo en Madrid o en Sevilla, donde estuve
destinado, porque desconfío de las mujeres que no conozco de muy atrás.
Los hombres deben casarse en su patria con las jóvenes que han visto
crecer a su lado. Decidido a casarme con una chica de la población, me
he fijado en tu cuñada, y voy a decirte con toda sinceridad mis
pensamientos. Cecilia no es bonita ni es fea; es una mujer pasable.
Siempre he creído que éstas son las más a propósito para esposas. En las
cuatro o cinco veces que he hablado con ella en casa de las de Saldaña,
la he encontrado muy simpática y muy razonable, franca y modesta. Sus
amigas hablan todas bien de ella. Es un dato importantísimo que los
hombres no tienen en cuenta bastante al casarse. Porque las amigas
suelen ser implacables las unas para las otras, y se buscan las
cosquillas que es una bendición... Además, tu cuñada tendrá una buena
fortuna el día de mañana, y esto, ¿por qué no he de decírtelo? también
es otro dato que debe tenerse presente. No sé por qué se han de casar
los hombres por sistema con las mujeres pobres. Las necesidades que el
hombre se crea al contraer matrimonio, son muchas: los hijos pueden
aumentar demasiado, y todo debe mirarse. Yo no necesito casarme por
interés. Tengo una carrera bastante lucrativa. Mis padres me han de
dejar también alguna hacienda... ¿Quieres preguntarle si le he sido
antipático en las pocas veces que he hablado con ella, y si consiente
que me presenten en su casa?
Gonzalo le prometió interponer su influencia; le dejó entrever con
reticencias más o menos claras, un éxito lisonjero, jactándose del poder
que sobre ella ejercía. Hasta entonces todas las indicaciones que la
hiciera, habían sido atendidas.—«Creo que si yo no consigo llevar a
remate la empresa, ninguna otra persona podrá intentarla»—concluyó por
decir en un rapto de expansión y de orgullo.
Aquella misma noche aprovechó el momento en que Cecilia vino a
encenderle el quinqué al despacho, para decirla risueño:
—¿Tienes algo que hacer ahora, Cecilia?... ¿No?... Pues siéntate un
momento, que voy a confesarte.
La joven le miró con sus grandes ojos claros y suaves, donde se pintaba
la sorpresa. Gonzalo la obligó a sentarse.
—¿Tienes novio?—la preguntó bruscamente.
—¡Qué pregunta!—exclamó ella con semblante risueño, sin avergonzarse.
—No hablo de novio formal. Si lo tuvieras ya estaría yo enterado.
Quiero sólo saber si entre los jóvenes que te obsequian hay alguno que
hubiese logrado interesarte más o menos.
—¿Para qué quieres saber eso?
—Contesta.
Cecilia hizo un gesto negativo.
—Pues entonces voy a tomarme la libertad de hablarte de uno, que me lo
ha suplicado... Se trata de mi amigo Paco Flores, a quien ya conoces. Me
ha pedido que le recomendase a ti, preguntándote al mismo tiempo si en
las pocas veces que contigo ha hablado te había sido antipático.
—¿Antipático?—preguntó con sorpresa.—¿Por qué? A mi no me es nadie
antipático mientras no cometa alguna grosería.
—Después me ha rogado te pregunte si consientes en que sea presentado
en esta casa.
—Eso es otra cosa—respondió poniéndose repentinamente seria.—Yo no
puedo impedir que sea presentado aquí; pero, como mi consentimiento
podría implicar que tengo gusto en que nos visite, no estoy dispuesta a
dárselo.
—No se trata de que lo aceptes por novio—se apresuró a decir
Gonzalo.—Únicamente desea que le permitas tratarte algún tiempo; y si
al cabo le consideras merecedor de tu mano, se la otorgues, y si no, se
la niegues.
—Pues negada desde luego, y sin necesidad de trato—replicó con firmeza
la joven.
—Es muy pronto eso—dijo Gonzalo sonriendo para disimular la irritación
que aquella brusca respuesta le había producido.
—Me parece que en estos asuntos cuanto más sinceros seamos, mejor para
todos. ¿Por qué ha de molestarse ese muchacho en visitarme una larga
temporada para recibir la respuesta que desde ahora mismo le puedo dar?
—Bien, bien; procedamos con calma. Si Paco no te es antipático, como
confiesas, no puedes asegurar que al cabo de seis u ocho meses o un
año, no te enamores de él.
—Soy incapaz de enamorarme—dijo ella con sonrisa amarga que su cuñado
no entendió.
—El amor viene cuando menos se piensa—afirmó éste
sentenciosamente.—Estamos años y años sin sentirlo, y un día, ¡paf! da
un vuelco el corazón. Es que hemos hallado nuestra media naranja.
Estas palabras tan cándidas como crueles, removieron las escasas gotas
de hiel que Cecilia guardaba en su pecho. Con rápida frase y mirando
duramente a uno de los brazos del sillón donde se hallaba sentada,
repuso:
—Pues yo estoy segura de que mi corazón no hará ¡paf! ningún día.
—¿Por qué aseguras eso, Cecilia? Las mujeres, más que los hombres,
están hechas para el amor, para los goces que éste proporciona, para la
vida de familia. Se puede decir que el único destino de la mujer sobre
la tierra, es el matrimonio, porque es la encargada de sostener sobre
ella la vida. Su disposición física, todos los órganos de su cuerpo
están construídos para la producción de esta vida...
Gonzalo abogaba por su amigo Paco, apelando, como se ve, hasta a la
fisiología. Cecilia le escuchaba en silencio, el semblante severo, la
mirada fija en el vacío. Las palabras de su cuñado sonaban en su alma
como un acento de desolación. Sí; aquello era verdad, ¡por desgracia era
todo verdad! Cuando terminó de hacer la apología del amor, hizo la de su
amigo Paco Flores, un joven tan despejado, tan formal, hijo de una buena
familia, con brillante carrera, etc., etc.
Cecilia se obstinó secamente en rehusar su consentimiento para que
viniese a casa. Entonces Gonzalo, un poco irritado por la disputa, y
herido en su amor propio por haberse jactado sin razón delante de Paco
de su influjo sobre la joven, dejó escapar algunas frases duras: «¿Por
ventura le parecía poco para ella? Paco no era rico, pero podía aspirar
a su mano. En Sarrió no hallaría un muchacho mejor que él. Nadie
tacharía, seguramente, el matrimonio de desproporcionado. ¿O es que
esperaba un príncipe de la sangre?... Pues que no se descuidara mucho,
porque la juventud de las mujeres pasa pronto, y se han llevado en estos
asuntos bastantes chascos...»
La joven escuchó la filípica de su cuñado hasta el fin, sin mover un
dedo siquiera. Cuando terminó, levantóse vivamente del asiento, el
rostro pálido, las manos convulsas, y salió con precipitación de la
estancia. Al cruzar el pasillo para dirigirse a su cuarto, dos gruesas
lágrimas rodaban por sus mejillas.
XIV
DE LOS GALICISMOS QUE COMETÍA «EL FARO DE SARRIÓ» Y OTROS ASUNTOS NO
MENOS INTERESANTES.—PRIMERAS BAJAS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO.
Después de su ruidoso desafío, el esforzado Belinchón supo, aunque otra
cosa afirmen algunos cronistas, gozar con modestia de la merecida fama y
aureola que inmediatamente le circundaron. Quizá se fijen aquéllos para
sustentar la opinión contraria, en haberse descubierto algunas
provocaciones del insigne caballero a ciertos sujetos de la villa, no
bastante justificadas. Mas al hacerlo, no tenían en cuenta que tales
provocaciones vinieron, no a raíz del señalado acontecimiento que hemos
narrado, sino algún tiempo adelante. En la historia, la cronología es
siempre de importancia capital. Y en este particular de que tratamos,
explica satisfactoriamente los actos de nuestro héroe.
Mientras duró en la villa la impresión del suceso, se le tributaron
aquellas muestras de admiración a que era sin disputa acreedor. Sus
mismos enemigos al verle pasar, le miraban con respeto, ya que no con
simpatía. Entonces don Rosendo, en vez de abusar de su reconocida
superioridad, como hubiera hecho otro hombre de menos esfuerzo y
modestia, aparecía con un continente grave, sí, pero apacible,
recorriendo las calles con el mismo sosiego y mesura que antes. Ejemplo
notable de prudencia, que en vez de agradecérsele, sirvió para que se
intentasen y perpetrasen contra él algunos desacatos. Por lo pronto, en
el Camarote comenzó a hacerse chacota de tal desafío. Se ponderaba con
intención malévola y exagerándolos, los saltos que el fundador del
_Faro_ había dado hacia atrás en el combate. Estas burlas, de las
cuales, como puede suponerse, era el iniciador Gabino Maza, no
permanecieron mucho tiempo en el recinto de la tertulia. Se extendieron
por toda la población, de tal modo, que al cabo de algunos días una gran
parte de sus habitantes sonreía irónicamente al oir hablar del famoso
lance de honor. Don Rosendo traslució algo de esta befa, no sólo por los
oídos, sino también por los ojos. Advirtió que en vez de las miradas
respetuosas y de la cortesía que con él se usaba, comenzaban sus vecinos
a adoptar una actitud grosera, haciéndose los distraídos o volviendo la
cabeza cuando él pasaba. Al cruzar por delante de algún corrillo, creyó
percibir risas comprimidas.
¿Qué le tocaba hacer en este caso? Indudablemente dejar la modestia a un
lado y obligar a sentir a aquellos bellacos el peso de sus conocimientos
en la esgrima. La primera señal que dió de su indignación y del soberano
desprecio que sus enemigos le inspiraban, fué el escupir al suelo, con
ruido, cuando alguno de éstos cruzaba a su lado, como indicando que le
daba asco. En cuanto comprendieron el motivo de aquella extraordinaria
secreción, los más tímidos comenzaron a pensar que el rayo podía muy
bien acompañar a la lluvia, y evitaron con cuidado el tropezarle. Los
más bravos pasaban a su lado sin hacer caso de aquella tos
despreciativa; pero sin osar mirarle a la cara. Al cabo de algún tiempo
unos y otros lo tomaron con calma y se decían riendo:—«Acabo de
encontrarme con don Rosendo.—Qué tal, ¿te ha tosido?—Ya lo creo;
¡parecía que reventaba!» Y en el Camarote corrían las bromas y se
celebraban las burlas más groseras contra nuestro gran patricio. Una de
ellas fué el desfilar uno en pos de otro a cierta distancia, todos los
socios de la tertulia por delante de él. Don Rosendo quedó de aquella
vez sin saliva y con la garganta destrozada. Tan sólo Gabino Maza lo
tomaba en serio y aseguraba que ya se libraría aquel buey (la palabra es
dura, pero textual) de escupir cuando él pasase. Y en efecto, don
Rosendo se había abstenido hasta entonces de hacerlo. Creía que debía
guardar ciertas consideraciones al jefe del bando contrario. Mas una
noche en que traía la cabeza un poco exaltada por la lectura de cierto
desafío de dos _yankees_, al topar junto al café de la Marina con Maza,
se le ocurrió escupir en la forma provocativa que usaba. Aquél se volvió
repentinamente hecho una furia, y sujetándole con fuerza por la muñeca,
le dijo al oído con acento rabioso:
—Oiga usted, señor majadero: a mí no me tose usted ¡ni en cuarto grado
de tisis! ¿lo oye usted?
Don Rosendo, como hombre correcto y muy práctico en estos asuntos de
honor, no dijo nada en aquel momento. Pero al día siguiente no salió de
casa esperando los padrinos de Maza, los cuales, felizmente para éste,
no parecieron.