—Pero ahora—prosiguió Cosme,—ahora, ¿quién es el que se casaría con

ella a no estar loco?... Los pobres estamos debajo, y tenemos que sufrir

estas vergüenzas. Si usted hubiera sido un igual mío nos hubiéramos

visto las caras... Pero si yo me hubiera metido con usted, no faltaría

quien me rompiese la cabeza, y sobre eso iría a la cárcel... Y sin

embargo—prosiguió después de un momento de silencio con acento más

ronco,—si yo ahora me volviese de repente loco, señorito... ¡adiós

caballos y coches! ¡adiós bailes! ¡adiós Valentina!... Con sólo empujar

un poco la navaja ¡pif! todo había concluído para siempre...

Pablito, cuyo rostro ya sin jabón estaba tan blanco como cuando lo

tenía, dejó escapar aquí un jipido tan extraño y doloroso, que Piscis

que venía observando con ojos recelosos al barbero, saltó repentinamente

sobre éste y le sujetó los brazos. Pablo se levantó entonces de un

salto. El dueño y los mancebos y todos los parroquianos gritaron a un

tiempo:

—¿Qué es eso?

—¡Pillo, asesino!—exclamó Pablito lanzándose sobre Cosme, que estaba

bien sujeto por atrás y tan pálido como un muerto.

En un instante el gallardo mancebo, que aun sudaba copiosamente, les

enteró de lo que había pasado. El pobre Cosme fué arrojado de la tienda

a puntapiés por el patrón, que no quería perder el mejor parroquiano de

la villa.

XIII

EN QUE SE DESCUBREN ALGUNOS SECRETOS DE LA VIDA DE GONZALO

Gonzalo recordó que aún no le habían curado el vejigatorio puesto el día

anterior. Tiró violentamente del cordón de la campanilla. Estaba tendido

en el lecho boca arriba, mirando los arabescos del techo. La estancia

bien esclarecida por los dos balcones que tenía. No se hallaba en su

alcoba, sino en el despacho, donde le habían puesto una cama el día

primero que se sintió mal. Ventura había mostrado pesar de dejar la

alcoba, y prefirió salir él, ya que juntos no podían dormir. El ataque

había sido tan fuerte como repentino: una erisipela que le inflamó el

rostro, las manos y las piernas, y estuvo a punto de causarle la muerte.

Conjurado el ataque cerebral por medio de violentos revulsivos a las

piernas, el médico le fué aplicando vejigatorios en diversas regiones

del cuerpo.

—¿Qué se le ofrecía, señorito?—dijo la doncella entreabriendo la

puerta.

—Haga usted el favor de llamar a la señorita.

Al cabo de un momento, la criada entreabrió de nuevo:

—Que viene al instante.

El joven esperó. Al cabo de diez minutos largos, la linda cabeza rubia

de su esposa asomó por la puerta.

—¿Qué me querías, pichón mío?—preguntó, sin entrar, en tono distraído,

que no encajaba bien con lo meloso de la pregunta.

—Entra... Son las once, y aún no me han curado el vejigatorio.

—Yo pensaba que esperarías a que el médico lo hiciese—dijo avanzando

con vacilación por la estancia. Vestía una magnífica bata de seda azul

que no podía velar la curva pronunciada de su vientre.

—No ha dicho que vendría él a curármelo... Además me molesta mucho ya.

La joven se acercó a la cama. Después de unos momentos de silencio,

poniendo la mano sobre la cabeza de su marido, le preguntó:

—¿No sería mejor que el médico te curase?

—No, no—respondió él, malhumorado.—Me está molestando mucho... Busca

las hilas y la pomada, y trae unas tijeras que corten bien.

Ventura salió sin decir nada. Poco después volvió con aquellos enseres

en las manos. Se había puesto seria y parecía distraída. El tenía

impreso en el rostro el hastío y el malestar que causa la cama.

Después que hubo colocado los efectos sobre la mesa de noche y esparcido

la pomada sobre las hilas con un cuchillo, la joven esposa dijo

suavemente:

—Vamos.

Gonzalo se incorporó, y desabrochando la camisa expuso al aire su pecho

de hércules de circo, a cuyo costado derecho estaba adherida una

cantárida. La joven se inclinó para levantar el parche. Gonzalo

aprovechó la ocasión para besarla en la frente.

No se dijeron nada. La vejiga era grande y rodeada por un círculo rojo

de carne inflamada. Ventura se alzó de nuevo y dijo con su habitual

desenfado:

—Bah, bah, mejor esperamos que venga el médico: no puede tardar... Si

quieres le pasaremos recado.

—Ya he dicho que no—manifestó el joven frunciendo el entrecejo.—Coge

las tijeras y corta la vejiga alrededor. Después pones las hilas encima

de la llaga y se concluyó... ¡Ya ves que es bien fácil!

Ventura no respondió. Tornó las tijeras, se inclinó de nuevo y se puso a

cortar la piel.

—¿Te duele?

—Nada: sigue adelante.

Pero al quedar la llaga al descubierto la joven no pudo reprimir un

gesto de repugnancia. Los ojos de su marido, que la espiaban, se

turbaron. Su frente se arrugó fuertemente.

—Mira, déjalo, déjalo... Esperaremos que venga el médico—dijo

cogiéndola por la muñeca y apartándola suave, pero firmemente.

Ventura le miró sorprendida.

—¿Por qué?

—Por nada. Déjalo, déjalo—replicó abrochándose de nuevo la camisa y

tapándose con la ropa.

Venturita se quedó con las tijeras en la mano mirándole fijamente, en

actitud confusa. El tenía la misma profunda arruga en la frente y miraba

al techo.

—¿Pero por qué?... ¿Qué te ha dado, chico?...

—Nada, nada. Déjame que voy a descansar.

La joven se quedó todavía unos instantes mirándole. Inflamándose de

pronto, tiró con rabia las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo

y desdeñoso que tan bien sabía dar a sus palabras cuando quería:

—Me alegro. El espectáculo no era muy agradable; sobre todo poco antes

de comer.

Al mismo tiempo se volvió dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Gonzalo

exclamó con sonrisa sarcástica:

—Y yo me alegro de haberte dado esa alegría.

Luego, al quedar solo, sus ojos chispearon de furor y sus labios

temblaron. Apretó la sábana con las manos convulsas, y lanzó una serie

de interjecciones brutales, entregándose a una de esas cóleras breves y

terribles de los hombres sanguíneos.

Antes que se hubiese apagado por completo, oyó tocar en la puerta

suavemente. Figurándose que era su mujer, gritó con furia:

—¿Quién va?

La persona que había llamado, estremecida sin duda por aquella voz,

tardó un instante en contestar.

—Soy yo, Gonzalo—dijo al cabo con voz débil.

—¡Ah! dispensa, Cecilia. Entra—replicó el joven dulcificándose de

pronto.

Su cuñada abrió la puerta, entró, y la cerró después con cuidado.

—Venía a saber cómo estabas, y al mismo tiempo a decirte que si quieres

la limonada ya la tienes hecha.

—Estoy mejor, gracias. Si sigo así, me parece que mañana o pasado a

todo tirar me levanto.

—¿Te han curado la cantárida?

—Ventura se puso a ello ahora; pero no ha concluído—respondió,

volviendo a fruncir la frente.

—Sí; acabo de encontrármela en el pasillo, y me ha dicho que te has

incomodado porque te figurabas que lo hacía con repugnancia—dijo

Cecilia sonriendo con bondad.

—¡No es eso! ¡No es eso!—repuso el joven en tono de impaciencia y no

poco avergonzado.

—Debes perdonarla, porque no está acostumbrada a estas cosas. Es una

chiquilla... Además, el estado en que se encuentra, tal vez influya en

su estómago.

—¡No es eso, Cecilia!—volvió a exclamar el joven con más impaciencia,

levantando un poco la cabeza de las almohadas.—Sería muy necio y muy

egoísta si fuese a incomodarme por una cosa que después de todo no está

en su mano el evitar. Es cuestión de temperamento, y yo acostumbro a

respetarlo; mucho más tratándose de mi esposa, que se encuentra en un

estado excepcional... Pero hay algo más. Lo que me acaba de pasar llueve

sobre mojado. Hace diez días que estoy en la cama, y no ha entrado en

esta habitación más de dos o tres veces cada día y casi siempre llamada

por mí... ¿Te parece que es eso lo que debe hacer una mujer por un

marido?... Si no hubiera sido por ti y por mamá... sobre todo por ti...

estaría abandonado en poder de criados como en una fonda.

—¡Oh, no, Gonzalo!

—Sí, sí, Cecilia—replicó con energía y exaltándose.—Abandonado. Mi

mujer no aparece por aquí sino cuando hay visita... Entonces, sí, viene

hecha un brazo de mar, oliendo a esencias y demonios colorados... Pero

traerme las tisanas, apuntar las prescripciones del médico, hacerme un

poco de compañía hablando o leyéndome algo... ¡De eso, nada!... Ahora le

ruego que me cure el vejigatorio, y, en cuanto se lo digo, cambia del

todo su fisonomía... Comienza a buscar salidas para zafarse. Sólo cuando

yo insisto con empeño, se decide... ¡pero de tan mala gana! con una cara

tan estirada, que estuve tentado a tirarle a ella todos los chirimbolos.

No tendría ni pizca de dignidad, ni vergüenza siquiera, si la hubiese

consentido seguir...

Se había ido exaltando cada vez más, hasta el punto de incorporarse del

todo en el lecho. Cecilia, en pie, en medio de la habitación, le

escuchaba inquieta y confusa, sin saber qué replicar. Quería defender a

su hermana; pero no encontraba argumentos bastante poderosos para

contrarrestar los de su cuñado.

—Gonzalo—le dijo al fin, con voz firme y semblante sereno, acercándose

al lecho,—el disgusto que acabas de tener te ha exaltado un poco, y no

ves las cosas como en realidad son... Es posible que Ventura se haya

descuidado un poco en el cumplimiento de sus deberes; pero estate seguro

de que no ha sido por falta de voluntad. La conozco bien. Sé que su

carácter no se presta a ocuparse en estos pormenores y cuidados que un

enfermo necesita. No sirve para enfermera. Además, considera que ahora

se encuentra en un estado en que hay que dispensarle muchas cosas...

—¡Pero si es así en todo, Cecilia! ¡Si es así en todo!—replicó el

joven con tanta viveza como mal humor.—¡Si es una chiquilla que no

tiene atadero! Los asuntos de la casa le tienen sin cuidado. Para ella,

lo único importante en el mundo es ella misma, su hermosura, sus trajes,

sus joyas... Todo lo demás, padres, hermanos, marido, no significan

nada... Estoy seguro de que le ha preocupado más el sombrero que ha

encargado a París que mi enfermedad...

—¡Oh, no digas eso, por Dios! Estás loco.

—No estoy loco. Digo la pura verdad...

Y con palabra rápida, vibrante, tropezando muchas veces por la

irritación de que estaba poseído, expuso prolijamente sus quejas,

complaciéndose en hacer sangrar de nuevo los pinchazos que había

recibido en su vida matrimonial. Ventura tenía un carácter

diametralmente opuesto al suyo. No era posible estar bien con ella más

de una hora. Porque si duraba mucho la avenencia, y no se presentaba

motivo de riña, se encargaba ella de buscarlo, hastiada, sin duda, de

hallarse en paz con su marido. Si hacía una cosa por proporcionarle un

goce cualquiera, en vez de agradecérselo, le pagaba generalmente con

alguna burla o sarcasmo. Todo le parecía poco. Los mayores sacrificios

los encontraba pequeños. No había posibilidad de hacerla pensar más que

en sus vestidos, en sus perfumes, en sus cintajos. ¡Qué vida la que le

había hecho llevar en Madrid los tres meses que allí habían estado! No

salían de los comercios de sedas, de las joyerías, de casa de la

modista. Por las noches, infaliblemente al teatro. Aunque estuviese

cansado o se le partiese la cabeza de dolor, nada, era preciso exhibirse

en algún palco del Real, del Príncipe o la Zarzuela. El dinero que allí

habían gastado, sumaba una cantidad imponente. Creía haber llevado

bastante, y por tres veces tuvo que pedir más a su casa. Luego,

comprendiendo que dado aquel tren con sus rentas no tendrían bastante,

sobre todo si Dios le daba muchos hijos, había tratado de montar una

fábrica de cerveza, para aprovechar siquiera los estudios que había

hecho. Ventura se había opuesto resueltamente a ello, diciendo que no

quería ser «la señora de un cervecero...» Estaba convencido de que la

sangre que se había quemado en Madrid, y la que seguía quemándose en

Sarrió, era lo que había causado aquel ataque repentino de erisipela.

¡Claro! El necesitaba una vida de actividad y de trabajo, salir mucho al

campo, cazar, montar a caballo. Su naturaleza pletórica exigía el

ejercicio. Aquella vida sedentaria que le gustaba a Ventura, aquel

eterno teatro, aquellas visitas, aquel trasnochar sin sustancia, le

mataban; la sangre se le ponía espesa como el aceite... ¡Pero qué le

importaba a ella todo eso! Lo principal era satisfacer su gusto en todo

y por todo... En Madrid había aprendido a pintarse; ¡una gran

barbaridad, porque era blanca como la leche!... Pues aunque él le había

manifestado repetidas veces que le repugnaba aquella asquerosa manía, no

había sido posible que le hiciera caso.

Mientras se desahogaba de este modo en un flujo intermitente de

palabras, el rostro de Gonzalo iba expresando sucesivamente la

indignación, la tristeza, la cólera, el desprecio, todas las emociones

que agitaban su alma al recuerdo de sus padecimientos. Su gran torso de

atleta, se movía convulsivamente sobre el lecho, incorporándose unas

veces, otras dejándose caer, mientras las manos temblorosas y crispadas

se ocupaban instintivamente en tirar de la ropa, que a impulso de sus

bruscas sacudidas se le marchaba.

Cecilia, con la cabeza baja y las manos caídas y cruzadas, le escuchaba

esperando que después de soltar el fardo de sus disgustos, la cólera del

joven se aplacase.

Y así fué. Después que ya no tuvo más palabras en el cuerpo, cubriéndose

con la sábana hasta los ojos dejó escapar una serie interminable de

resoplidos entremezclados de frases incoherentes. Cecilia comenzó a

decirle con voz muy suave:

—Yo no sé qué decirte a todo eso, Gonzalo. Meterse en las desavenencias

que pueda haber en un matrimonio es muy peligroso. Si a alguien

corresponde intervenir en vuestras cosas no es a mí, sino a mamá... Pero

siempre he oído decir que en todos los matrimonios hay riñas y

disgustillos, sobre todo al principio, mientras los caracteres no se

amolden... Todo eso pasa. Son nubes de verano. Mientras no afecte al

fondo, mientras los corazones no se desunan, las reyertas matrimoniales

tienen bien poca importancia... Y aquí no hay miedo a eso, por

fortuna... Tú quieres a Ventura...

—¡Oh, cada día más!—exclamó él, con rabia de sí mismo.—Estoy

enamorado como un burro... sí, sí, ¡como un burro!

Una sombra de mortal dolor, veloz como un relámpago, pasó por los claros

ojos de Cecilia. Pero al instante volvieron a lucir serenos y brillantes

como siempre.

—Ella también te quiere a ti; no lo dudes. Su genio es vivo, acaso un

poco caprichoso, por lo mismo que ha sido siempre el mimo de la casa.

Pero es incapaz de guardar rencor por una ofensa, ni obra jamás con

premeditación, sino empujada por las impresiones del momento... Además,

Gonzalo—añadió sonriendo,—considera que ahora le debes muchas más

atenciones, muchísimo más cariño, si es posible...

La joven, con frases delicadas empapadas de ternura, le habló de su

futuro hijo; un clavito que remacharía de modo inquebrantable la unión

de sus almas. Aquel niño para el cual todo el mundo estaba ya trabajando

en la casa, disiparía con su sonrisa inocente las nubéculas que

sombrearan por un instante el amor de sus papás. Después que estuviese

en el mundo ¡bien se acordaría Ventura de coloretes! ¡Anda, anda! pues

no tendría poco que hacer para tenerle limpio, darle el pecho y

entretenerle cuando llorase. Y él estaría tan embobado contemplándolo,

que no tendría tiempo a ocuparse en si su mujer traía tal o cual

vestido, ni siquiera si estaba de bueno o de mal humor.

La voz de Cecilia, suave, persuasiva, un poco empañada siempre, lo cual

daba a su acento singular ternura y humildad que llegaba al corazón,

logró conmover pronto el de su cuñado.

Apaciguóse súbito. Dilatado su rostro por una sonrisa, exclamó antes de

que concluyese:

—¡Chica, qué gran abogado harías!

—Es que tengo razón—replicó ella riendo.

—Y si no la tuvieses ya te arreglarías para aparecer con ella... ¡Ea,

ya pasó!... A mí las rabietas me duran poco... Y, sobre todo, en cuanto

tú empiezas a hablar, pierdo la fuerza. No hay orador que se te iguale

en eso de acumular los razonamientos en el punto que te convenga; y

hasta sabes sacar el Cristo... digo, el niño...

Cecilia soltó la carcajada.

—Reconocerás que ha sido con oportunidad.

—No lo niego.

Ambos rieron con alegría, embromándose cariñosamente, mecidos en dulce

fraternidad que los hacía felices.

Cecilia se retiró al fin. Antes de llegar a la puerta se volvió,

preguntando con timidez, donde apuntaba un vivo y mal disimulado deseo:

—¿Quieres que te haga yo la cura?... Debes estar molesto...

El joven vaciló un instante. Temía ofender el pudor de su hermana

política.

—Si tú quieres... No hay necesidad... Acaso te cause repugnancia...

Pero Cecilia ya se había acercado a la cama y recogía las hilas, la

pomada y las tijeras, poniéndolo todo en orden. Hizo una nueva tableta,

y extendió con esmero el ungüento sobre ella. Gonzalo la miraba, un poco

inquieto. Ella guardaba silencio, haciendo esfuerzos heroicos por vencer

la confusión que se iba apoderando de su alma. Ya estaba arrepentida de

su proposición. Dejaba transcurrir el tiempo pasando infinitas veces el

cuchillo sobre las hilas, con los ojos bajos, fingiendo gran atención a

la tarea que tenía entre manos. Al fin, haciendo un supremo esfuerzo,

tomó la tableta, y levantando la cabeza hacia su cuñado, le dijo con

afectada indiferencia:

—Cuando quieras.

Gonzalo, con mano vacilante, bajó la ropa. Se incorporó en el lecho, y

con lentitud embarazosa principió a desabotonarse la camisa. Al fin

descubrió su enorme pecho musculoso.

—¡Buen cuadro para antes de comer!—exclamó avergonzado, repitiendo la

idea expresada por su esposa.

Cecilia no contestó. Se puso a examinar la llaga, cubierta a medias por

la piel que Ventura no había acabado de cortar. Tomó las tijeras, y con

mano firme cortó lo que faltaba.

—¿Te hago daño?—preguntó.

—Ninguno.

Descubierta enteramente la llaga, grande como la palma de la mano,

aplicó con suavidad sobre ella la tableta de hilas, pasó repetidas veces

la mano por encima para ajustarla, colocó un trapo sobre las hilas, y

sin dejar de oprimirlo con la mano izquierda, tomó con la derecha una

venda que había sobre la mesilla, y la aplicó por el medio encima del

trapo.

—Ahora es necesario que te pases la venda por detrás de la espalda,

para atarla después aquí encima.

—¿No te atreves tú?—dijo él con sonrisa entre burlona y avergonzada.

Ella no contestó. Quería a fuerza de seriedad dominar la confusión que

la embargaba. Únicamente se podía advertir su emoción en el temblor

ligerísimo de sus labios. Los ojos medio cerrados, lucían por detrás de

sus largas pestañas con íntimo gozo que la expresión indiferente y grave

de su fisonomía no podía ocultar.

Gonzalo trató de cruzar la venda por detrás, pero le fué imposible.

Cecilia acudió en su auxilio metiendo la mano con decisión por debajo de

la camisa. Al sentir el tibio contacto de la carne del joven, aquella

mano tembló levemente; mas no dejó de seguir con firmeza su tarea.

—¿Buen pecho, eh?—dijo él con afectado desenfado, para ocultar el

embarazo que a ambos dominaba.

Tampoco respondió Cecilia.

—No creas que es todo natural. Estos brazos y este pecho me los hice

remando en el Támesis.

—¿Remando?

—Sí, remando. Allí los jóvenes más ricos no se desdeñan de vestir la

blusa del marinero o la camiseta. Al contrario, es de lo más

_fashionable_, como ellos dicen. ¡Cuántos viajes habremos hecho río

arriba! Luego cada poco tiempo hay regatas. Acude la gente como en

Madrid a los toros, se cruzan grandes apuestas... ¡Es un recreo

delicioso! ¡Qué entusiasmo entre nosotros desde muchos días antes!...

Se conmovía al recuerdo de aquellas horas felices de salud y de fuerza,

cuando ni el amor ni cuidado alguno doméstico turbaban aún su vida de

estudiante rico y desaplicado. Y viendo la atención que Cecilia le

prestaba, se extendía en menudencias pueriles, trayendo al recuerdo los

ínfimos pormenores de aquella existencia consagrada a la gimnasia.

Refería las regatas que había ganado, las que había perdido y todos los

incidentes que en ellas habían surgido. Contaba sus impresiones antes y

después del suceso, la clase de alimentación que usaba para adquirir

vigor y perder la grasa; describía los trajes que usaban, la forma de

los botes, los gritos de la muchedumbre que los alentaba desde la

orilla...

—No habría allí quien tuviese más fuerza que tú—le dijo ella

comiéndolo con los ojos.

—¡Oh, sí! No era de los más flojos; pero todavía había algunos de más

fuerza—respondió él con modestia.

Había desaparecido la cortedad de ambos. Tornaba aquella dulce

fraternidad de antes. Gonzalo descansaba sobre el lecho con los brazos

fuera. En cuanto se viera fuera de él, y con ánimos, se iba a Tejada.

Era necesario cambiar de vida, para evitar nuevos ataques. Pensaba

dedicarse a la caza con ahinco. Montaría además un gimnasio en el sitio

más adecuado de la casa. En fin, se prometía ser otro hombre así que

curase del todo.

Cecilia aplaudía aquella decisión; prometía ir con él algunas veces.

Gozaba mucho más en Tejada que en Sarrió. Había nacido para aldeana. El

se reía de aquellos propósitos.

—No sabes lo que es ir de caza en este país. A ver si me veo precisado

a traerte en brazos como a Ventura.

—No tengas cuidado; soy más fuerte de lo que parezco.

Al fin la joven trató de marcharse. Gonzalo le preguntó con timidez:

—¿No me lees hoy un poco?

Cecilia no había pensado en otra cosa desde hacía rato. Pero como había

oído al joven quejarse con amargura de que su mujer no lo hiciese, temía

dejarla en peor lugar, ofreciéndose a desempeñar esta tarea.

—¿Qué quieres que te lea?

—Con tal que no sea una de esas novelas terroríficas que le encantan a

mi mujer, cualquier cosa.

—Bueno; te leeré el Año Cristiano.

—¡No tanto!—exclamó él riendo.

Cecilia tomó de la librería un volumen de versos, y se puso a leer

sentada cerca de los pies de la cama. Al cuarto de hora Gonzalo dormía

deliciosamente, con la tranquilidad de un niño. La joven suspendió la

lectura al observarlo, y le contempló atentamente, mejor dicho, le

acarició con los ojos larguísimo rato. Al cabo creyó sentir ruido de

pasos en el corredor, y poniéndose encarnada a la idea de que pudieran

sorprenderla en aquella actitud, se alzó vivamente de la silla, y salió

de la estancia sobre la punta de los pies.

Gonzalo, en cuanto estuvo convaleciente, quiso trasladarse a Tejada. Le

acompañó toda la familia, excepto don Rosendo. Corría el mes de octubre.

En medio del ropaje amarillo de los campos comarcanos, la posesión de

don Rosendo, poblada de coníferas, resaltaba como mancha negra, nada

grata a los ojos. El joven puso en práctica inmediatamente su programa

de vida higiénica. Levantábase de madrugada, tomaba la carabina, llamaba

a los perros y lanzábase al través de los campos, llegando la mayor

parte de los días a la noche, rendido, con algunas perdices en el morral

y un hambre de caníbal. Cuando las excursiones eran más cortas, Cecilia

le acompañaba, según le había prometido. Aunque en esta ocasión se

mataban pocas perdices, Gonzalo apetecía su compañía como la de un

agradable y simpático camarada. La joven nunca se confesaba fatigada;

pero él, adivinándolo en su marcha vacilante, daba el alto, la obligaba

a sentarse, y se hacía el distraído charlando, a fin de que durase más

el descanso.

Mas ella luchaba entre el placer de estas correrías, y el compromiso que

había contraído con su hermana de hacerle el canastillo para el niño.

Cuando llegó la ocasión de pensar en él, al quinto o sexto mes de

hallarse en cinta, Ventura decidió encargarlo a Madrid; pero Cecilia le

había dicho:

—Si me traes los modelos, yo respondo de hacértelo igual.

Venturita se había resistido un poco; mas al ver el empeño que su

hermana ponía, consintió en ello. Cecilia emprendió con tanto afán la

obra, que le faltaba tiempo para comer y dormir. Algunas veces, cuando

su cuñado le instaba a salir, le respondía:

—Mira, hoy déjame trabajar. Hace tres días que apenas coso nada.

Y como él insistía haciendo burla de aquellos trabajos, ella se

resignaba diciendo:

—Bien, lo peor es para ti. A ver con qué vas a vestir a tu hijo cuando

nazca.

—Descuida, chica—replicaba él riendo.—Tengo bastantes camisas para él

y para mí... ¡Sobre todo, si le gustan de cuello bajo!...

El cuarto poder · 第 17 / 31 段