¿Quién era la mujer que en aquel momento obtenía los favores del sultán

de Sarrió? La blonda Nieves, responderán a una voz cuantos hayan seguido

el curso de esta verídica historia. Aunque sintamos ofender la

perspicacia de nuestros lectores, la verdad nos obliga a declarar que la

damisela del corredor no era la blonda Nieves, sino la blonda Valentina.

¿Cómo? ¿Aquella arisca costurera tan enemiga de los señoritos y que

además tenía un novio llamado Cosme?

La misma en cuerpo y alma, con sus rizos dorados sobre la frente, su

entrecejo saladísimo y nariz un poquito remangada. Pablito era hombre

para hacer estos y otros mayores milagros. Mientras seguía o aparentaba

seguir sus amoríos con Nieves, ya «le estaba poniendo los puntos» a

Valentina. Pero ésta se resistió mucho más que aquélla. Al primer beso

que le robó sobre la nuca estando bebiendo agua en la cocina, la

arriscada costurera «le armó un escándalo». Se puso roja como una

cereza, chispearon sus ojos expresivos con ira, y le gritó:

—¡Cuidadito, que yo no sufro esas cosas!... Vaya usted a hacerlas con

las que se lo aguanten.

Esto iba sin duda con Nieves. Pablito obró con más cautela en adelante,

aunque no con menor osadía. Dondequiera que la encontraba requebrábala a

su manera, bromeaba, sufría con paciencia sus «patas de gallo». Porque

era Valentina el tipo de la artesana de Sarrió, en quien la falta de

educación es una gracia más que añadir a las muchas que poseen.

Concluído el equipo de Ventura, y no teniendo ocasión de verla, Pablito

aprovechaba los bailes de las Escuelas para seguir festejándola.

Mas no por eso abandonaba a Nieves. El gallardo mancebo adivinaba que el

amor propio excitado por la competencia, haría más en su favor que las

mismas ventajas personales de que estaba dotado. Esta perspicacia era

innata en él. Se había manifestado claramente desde que había enamorado

a la primera mujer. Lo cual es un argumento más para los que creen en la

preexistencia del ser humano. Porque sólo habiendo seducido muchas

costureras en vidas anteriores, pudo nuestro mancebo poseer una noción

tan exacta del procedimiento adecuado a este fin.

Al fin se había rendido. Principió por abandonar a su novio. Concluyó

por dar citas de noche como la presente al gallardo Pablito.

—¿Duerme tu padre?—fué la primer pregunta que éste hizo en cuanto se

vió en el corredor.

—¿Qué te importa?—respondió la resuelta costurera.

—Es que si no duerme... ya ves... ¡Cáspita, la cosa es grave!

—Calla, cobarde; ¡vergüenza había de darte! Voy a hacer ruido por el

gusto de verte correr.

Pablito la estrechó entre sus brazos y le dió una razonable cantidad de

besos. La joven sonreía dichosa. Mas de pronto su frente se arrugó; su

fisonomía expresó una gran severidad.

—¡Quita, quita!—dijo rechazándole.—Tengo que hacerte una pregunta.

¿Dónde has estado esta mañana?

—¿Esta mañana?... En muchas partes. En casa, en el Saloncillo, en la

cochera... en la punta del Peón...

—¿No has estado en la calle de San Florencio?

—Sí; he pasado por allí dos o tres veces.

—¿Y a quién has encontrado?

—¡Chica, qué sé yo!... A mucha gente.

—¿No has encontrado a Nieves?—preguntó con reprimida cólera la gentil

costurera.

—Sí, la he encontrado—respondió él con acento indiferente.

—¿Y no te has parado con ella?

—No; la he dicho simplemente adiós.

—¡Embustero! ¡hipócrita! ¡tío silbante!—exclamó con furia

Valentina.—¡Toma, por zorro! (arrimándole un terrible pellizco en el

brazo). ¿Conque le has dicho adiós solamente y te has estado más de una

hora con ella? ¡Toma, trapacero! ¡toma!

Y le descargó sobre los brazos una granizada de pellizcos. El buen Pablo

se retorcía de dolor, pero sin gritar, porque respetaba mucho el sueño

del papá de la feroz muchacha.

—Por Dios, Valentina, si estás equivocada... No fué más que un instante

para preguntarle si había concluído de bordar mis pañuelos...

—¡No está mal instante! ¡Una hora por el reloj plantado con ella,

riendo como locos!... Me están dando ganas de ahogarte entre mis manos,

¡zorro! ¡zorro! ¡más que zorro!

La enojada chica, cada vez más poseída de la ira, echó las manos al

cuello a su galán, y estuvo a punto de estrangularle.

Daba compasión ver a un tan apuesto y gentil mancebo con la lengua fuera

y los ojos llenos de espanto. Valentina tuvo, en efecto, lástima de él,

y le dejó; pero todavía le retorció el pellejo de los brazos unas

cuantas veces.

—A mí no se me engaña, ¿lo sabes? ¡A mí no se me engaña! Si vuelvo a

saber que has estado con ella, excusas de venir más por aquí.

—Bueno, te prometo no hablarla más; pero no vayas a hacer caso del

primer cuento que te traigan.

—¿Cumplirás la palabra?—preguntó la cruel costurera mirándole

airadamente.

—Pierde cuidado.

—Cuenta conmigo si no la cumples. ¡Alza!

De este modo apacible y tierno, trataba Valentina al tenorio de Sarrió.

El, cuando daba cuenta de tales tratos a Piscis o a algún otro amigo,

sonreía como hombre de mundo; afirmaba que estas mujeres irascibles y

altivas, son las que más deleites proporcionan a los hombres, sobre todo

a los que como él estaban ya un poco gastados.

Después que hicieron las paces, o por mejor decir, después que Valentina

otorgó la paz, hubo un cuchicheo que duró no sabemos cuánto. Después no

se oyó nada, y hasta sería fácil que tampoco se viese gran cosa. El

corredor estaba como si no hubiese nadie en él. Si no fuese porque es

muy feo mancillar la honra de una muchacha, podríamos sospechar que la

amartelada pareja se había metido en lo interior de la casa.

Piscis, en tanto, hacía la centinela paseando a lo largo de la calle. Y

el caso es, que no era sólo él quien la hacía. Un hombre estaba

apostado, desde que ellos habían llegado, en el hueco de una puerta

donde las sombras se espesaban. Inmóvil y protegido por la obscuridad,

no pudo ser visto de Piscis. Aprovechando un momento en que éste paseaba

de espaldas a la casa, el hombre salió de su escondite y se acercó

sigilosamente a ella. Miró hacia el corredor y vaciló unos segundos.

Esto fué lo que le perdió. Cuando dió el salto para cogerse a las rejas,

el terrible Piscis se había vuelto ya y le vió. De dos brincos se plantó

debajo del corredor, antes que el intruso pudiera montar sobre la

barandilla, y con su famoso roten, le descargó en las espaldas tal

garrotazo, que el pobre hombre soltó las manos y se dejó caer al suelo.

Quiso repetir el feroz centauro, pero el hombre se levantó con agilidad

y se dió a correr de tan prodigiosa manera, que el segundo garrotazo lo

dió en el suelo, y en cuanto al tercero ni lo intentó siquiera.

—¡Mal rayo!—rugió Piscis.

Este rugido debió de llegar a oídos de su feliz amigo, porque algunos

segundos después montaba sobre la barandilla y se apeaba bonitamente en

la calle.

—¿Qué hay?—preguntó, acercándose a su Orestes.

—Un hombre.

—¿Dónde?—volvió a preguntar el seductor ansiosamente, girando dos

veces en redondo.

—Ya escapó. Le atrapé en el momento de subir al corredor, y le tiré al

suelo de un palo... Luego echó a correr... ¡Mal rayo! Ni el Romero a

todo escape lo alcanzaba.

—Ese hombre—profirió Pablito sordamente—debe de ser un novio que

tenía Valentina hace algún tiempo... ¿Qué trataría de hacer?

—Pues si era el novio, como no fuese para darte una puñalada, no sé a

qué había de subir.

Pablito echó el brazo por encima del hombro a su amigo, no para

sostenerse, aunque las corvas un poco se le doblaban, sino para decirle

con voz apagada:

—¿Crees eso?

—Una... o dos, o tres...

El bello mancebo guardó silencio. Al cabo de un momento le preguntó:

—¿Tú le conoces?

—Yo no, ¿y tú?

—No le he visto nunca: sólo sé que se llama Cosme, y que es barbero.

Alejáronse en silencio de la calle y en silencio llegaron hasta casa de

Belinchón. Allí, al despedirse, Pablito dijo a su amigo:

—Si vuelvo por allá (que lo dudo), me harás el favor de no perder de

vista el corredor, ¿verdad?

—A perro puesto—se limitó a contestar el indomable Piscis.

Al día siguiente era domingo y se celebraba en las Escuelas el baile

acostumbrado de todas las semanas. Se bailaba por la tarde, de tres a

siete. El salón era espacioso, construído hacía pocos años para escuela

de niños. Los bancos de éstos se amontonaban en la plataforma destinada

al maestro. Las paredes estaban tapizadas de carteles. Los adoradores de

Terpsícore, mientras bailaban la habanera lánguida, podían distraerse

leyendo en ellos una porción de inestimables consejos encaminados a

demostrar que la virtud y el trabajo son los verdaderos tesoros del

niño: _El niño estudioso recibirá el premio de su aplicación. La fe y la

constancia suplen al talento._ Y allá en el fondo, sobre la mesa del

maestro, la imagen de Cristo crucificado, ¡oh vilipendio! tapada con

una cortina de seda, presidía aquellas habaneras voluptuosas y

furibundas polkas.

Era el sitio donde sin temor al agua ni al sol, los extranjeros podían

ver y admirar en seductor ramillete a las _yeung girls_ de Sarrió. Y en

efecto, allí acudían todos los capitanes y pilotos que hacían escala en

la villa. Su admiración a veces, rebasando un poco los límites de la

gravedad británica, les impulsaba a aproximar demasiado las luengas

barbas rubias al rostro de alguna bella.

—¿Usted es bobo, cristiano?—preguntaba ella poniéndole la mano en el

pecho y rechazándole con fuerza.

—¡Crijstiano!... ¡crijstiano!—repetía con asombro el inglés.—¿Qué ser

crijstiano?

—Hombre de Cristo. ¿No sabe la _dotrina_? ¡Pus depréndala!

Cuando estaban de ver aquellas preciosas damas, era de cinco a seis de

la tarde, hora en que ya llevaban bailados cuatro o cinco valses y otras

tantas polkas. La sangre bien batida, teñía de vivo carmín sus mejillas

frescas. Los rubios o negros cabellos en grato desorden, se

desparramaban por el espacio o bien caían en adorables bucles por la

espalda; los ojos brillaban como luceros en aquellos rostros

celestiales; los labios rojos y húmedos se entreabrían para dejar ver el

aljófar inmaculado de sus dientes. Y basta, porque no concluiríamos

nunca. En esto de admirar a las artesanas de Sarrió, no hay inglés que

nos ponga el pie delante.

En el elemento femenino de los bailes había siempre perfecta

homogeneidad: todo él se componía de jóvenes situadas en el mismo

peldaño de la escala social. Pero en lo que toca al masculino, existía

peligrosa variedad: acudían a aquel sitio los jóvenes artesanos y los

señoritos de Sarrió. Los primeros creían vulnerados sus derechos por la

competencia de los señoritos; tanto más, cuanto que ésta era para ellos

desastrosa, por los repetidos ejemplos de uniones desiguales que se

efectuaban en la villa. Ya hemos dicho, y si no, lo decimos ahora, que

los indianos se quedaban con el contingente de señoritas más o menos

amojamadas, más o menos pobres que existían en la población. Los jóvenes

de la clase media, vencidos en esta competencia se refugiaban en las

artesanas, y no lo pasaban mal. Pero los pobres obreros o marineros,

vencidos por los señoritos, ¿dónde se refugiaban? No les quedaba más

recurso que la taberna y los palos. De éstos había en cada baile una

cantidad verdaderamente fantástica. Raro era el domingo en que no salían

de las Escuelas dos o tres señoritos con la cabeza rota.

Pablito había librado, hasta entonces, bastante bien, gracias a su

fidelísimo Piscis, que se encargaba de llevar por él los garrotazos que

se le destinaban. El único contratiempo que padecía en la mayor parte de

las reyertas, era la pérdida del sombrero. Esto fué tan repetidas veces,

que vino a averiguarse que le buscaban quimera para que lo perdiese.

Cuando un artesano necesitaba sombrero, ya sabía dónde buscarlo.

Pero Piscis no pudo librarle de ciertas bofetadas que recibió la tarde

de aquel domingo; no por falta de voluntad en el centauro, sino porque

hay cosas que no pueden ser... vamos, que no pueden ser. ¡Cuán ajeno

estaba el gallardo mozo al retorcerse las guías del bigote frente al

espejo y aliñarse las mejillas con un jaboncillo que se hacía traer de

Madrid, que una hora después habían de ser tan fiera y cruelmente

machacadas!

Paseábase por el medio del salón tan apuesto, tan bizarro, que daba

gloria verlo. Miraba cuándo a un lado, cuándo a otro, como hacen todos

los hombres de verdadero ingenio en estos casos. De vez en cuando, al

cruzar al lado de una damisela, la decía:—«¡Usted tan bonita, Julia!» O

bien: «Me están matando esos ojos» o «Como Torcuata no la hay en

Sarrió», u otra frase feliz por el estilo que encendía en puro gozo a la

doncella. Pero al dejarla escapar, no perdía un punto, de su gravedad.

Porque sabía que ésta era una de sus cualidades sobresalientes y que le

hacían más apetecible al bello sexo.

Esperaba hacía rato a Valentina. Pero ya estaba el salón poblado de

damas, y la fementida orquesta de metal había tocado dos bailables, sin

que la costurera gentil hubiera hecho su aparición en el baile.

Volvieron a sonar los acordes de una mazurka. La juventud dorada tornó a

estrechar los talles esbeltos de las hijas del pueblo. Pero nuestro

Pablito, fiel a la suya, permanecía inactivo mirando cruzar por delante

de él las parejas veloces.

Terminada la mazurka le asaltó la idea de que Valentina ya no vendría.

La tirantez de relaciones que mediaban entre ella y el autor de sus

días, sobre todo cuando éste tenía algunos vasos de vino en el cuerpo,

lo hacía muy verosímil. Pocos minutos después, Pablito estaba plenamente

convencido de ello.

Esta su disposición de espíritu coincidió con la entrada de la blonda

Nieves en el salón. Sus miradas se encontraron. La pobre muchacha,

villanamente abandonada no hacía siquiera dos meses, le sonrió con

dulzura. Esta dulzura había sido precisamente la causa de su desgracia.

El apuesto Pablito se cansaba pronto de las mujeres dulces. Sin embargo,

devolvió la sonrisa, y al pasar a su lado, le dijo áticamente:

—Te van a embestir los toros, Nieves.

La bordadora traía un pañuelo rojo atado a la cintura. Esta frase de su

ex galán le causó un efecto tan vivo, que no supo qué contestar. Sonrió

de nuevo, y dijo: ¡ah!... ¡sí!... ¡no! y algunas otras partículas que no

recordamos, y quiso desmayarse de emoción. A la vuelta siguiente le

preguntó si quería bailar con él la primera polka. La primera, la

segunda, la tercera, y todas las polkas que se toquen en el universo,

respondió Nieves con el sí tembloroso que salió de sus labios. Después

que comprometió la polka, Pablo sintió un gran arrepentimiento:—«¡Qué

tonto, qué bruto soy! ¿Y si ahora llega Valentina?»

Pero no llegó. La orquesta comenzó a preludiar los primeros compases. El

joven, sin quitar los ojos de la puerta, abrazó el talle de la

bordadora, lanzándose con ella en raudo vuelo por la sala. Otros

jóvenes, no menos raudos, venían del lado opuesto, y ¡claro! un choque

primero, después otro y después otro. Tales encuentros eran un atractivo

más en aquellos bailes. Las jóvenes, a quienes apabullaban el peinado u

obligaban a tambalearse, en vez de sentir enojo, reían a carcajadas con

placer vivísimo. Pablo y Nieves, que no podían dar cuatro pasos sin

tropezar con otra pareja, estaban verdaderamente hechizados. Sin

embargo, el joven, siempre que pasaba por delante de la puerta, sentía

un leve estremecimiento en las piernas, y se apresuraba a alejarse de

ella. Cuando la orquesta se calló, llevó a su pareja hacia un ángulo de

la sala, y allí departieron un momento de pie. Pablito sintió arder

entre las cenizas de su amor una chispa de simpatía por aquella muchacha

tan alegre, tan apacible, tan cariñosa.

—Ya tenía deseos de bailar contigo, Nieves—le dijo mientras se

limpiaba el sudor con el pañuelo.

—Y yo con usted, Pablo.

—¿Usted?

La joven se ruborizó.

—¿Has olvidado el tú ya?

—¡Tanto tiempo se pasó!

—Tienes razón... Pero mira cómo yo no lo he olvidado.

—El miércoles le vi... te vi en la carretera de Nieva... Ibas en un

caballo blanco...

—Era una yegua.

—Creí que te tiraba.

—¡Tirarme!—exclamó Pablito frunciendo el entrecejo.—¡Afloja un poco,

chica! A mí no me tira tan fácilmente una jaca.

—¡Es que daba unos brincos tan grandes!... Se ponía así para arriba...

¡Jesús! Yo estaba asustada.

—Es que la estaba enseñando a levantarse de manos—repuso el joven

sonriendo con superioridad.—Como no la han trabajado hasta ahora, se

resiste un poquito. Alguna vez da sus botes de carnero; pero total

nada... en el fondo es muy noble la Linda... Mira, tú, cuando la compré,

o, por mejor decir, cuando la cambié por el Negrillo, dando mil

quinientos reales encima, allá en el mes de octubre, bien te acordarás,

tenía una porción de zunas. Se me plantaba a lo mejor en medio de la

carretera, se espantaba con los carros... en fin, un animal perdido. Yo

me dije: ¿qué hay que hacer con esta jaca?...

Pablito, en cuyo pecho la joven había hecho vibrar la cuerda más

sensible, disertó larga y luminosamente acerca de aquellos asuntos

ecuestres. Nieves le escuchaba embelesada, enternecida, figurándose

acaso que detrás de aquella descripción minuciosa de las zunas de la

Linda iba a encontrar su amor perdido.

De pronto, el orador ¡paf! recibe un golpe en medio de la cara; el

auditorio ¡paf! recibe otro. Antes que se hubieran repuesto de la

sorpresa, reciben otros dos ¡paf, paf!

Era la colérica Valentina el autor de aquel daño. En menos de un minuto

los llenó a ambos de bofetadas. Pablito no encontró mejor recurso que

escabullirse bonitamente, y plantarse en la calle. Quedó Nieves como

inocente paloma en las garras del gavilán. Pero éste, viendo que no

podía saciarse, porque le sujetaron los brazos, se desprendió

bravamente, dejó el salón, dónde se había armado el consiguiente jollín,

y salió a la calle.

Pablito caminaba a paso lento, harto sofocado aún, cuando sintió un

terrible dolor en el brazo. Conocía tan bien aquel género de tormento,

que sin volver la cara exclamó:

—¡Valentina!

—¡Yo soy! ¿Creíais que os ibais a reir de mí?

—Lo que acabas de hacer es muy feo—profirió el joven con acento

irritado, mirando a su querida cara a cara.—Has dado un escándalo, y

me has puesto en ridículo. Yo no tolero eso, ¿lo oyes?

—¿Que no lo toleras? Pues, mira; como vuelva a verte otra vez con ella,

no me contento con lo que hoy hice... ¡Os clavo a los dos con una

navaja!

—Ya te librarás de hacer nada de eso, ni presentarte siquiera delante

de mí cuando esté hablando con otra mujer—gritó el joven cada vez más

enfurecido.

—¡En cuanto te vea con esa pendanga! ¡Alza! ¡ya verás! ¡ya verás!

Entonces el hermoso mancebo, justamente indignado, pero olvidando por el

estado de ofuscación en que se hallaba todos los artículos del código de

la galantería, descargó una bofetada en el rostro de su querida, y

después otra, y después otra... en fin, una _sopimpa_ más que regular.

La graciosa artesana se dejó solfear por su galán pacientemente, sin

hacer la más leve señal de resistencia, ni siquiera de esquivar los

golpes. Cuando Pablito cesó, le preguntó con deliciosa naturalidad:

—¿Has concluído ya?

—Por ahora... ¡pero me entran ganas de empezar otra vez!—rugió el

mancebo ciego de cólera.

—Pues empieza cuando gustes. Yo las he de llevar todas sin moverme.

Pero te advierto que me pegues o no me pegues, he de hacer lo que te

dije en cuanto te vea hablando con esa... Ahora llévame otra vez al

baile.

—No quiero.

—Bueno; pues llévame a cualquier parte donde pueda arreglar el pelo,

porque me has despeinado.

El joven hubo de transigir llevándola al café de la Estrella, no sin ir

pensando por el camino que sus conquistas le estaban saliendo un poco

caras.

Pocos días después tuvo aún mejor motivo para hacerse esta reflexión.

Fué en la Peluquería Madrileña, donde acostumbraba a afeitarse y

arreglarse el pelo a menudo. Acompañado de su primer caballerizo, entró

en ella y se sentó en un diván esperando la vez.

—Cuando usted guste, caballero—le dijo al cabo un muchacho pálido, con

ligero bigote negro, volviendo el asiento de gutapercha y mirándole de

través.

Pablito avanzó distraídamente y se dejó caer en la butaca con esa

languidez elegante que adoptan en las peluquerías aquellos a quienes la

Providencia señaló con un destello de superioridad. El chico le

embadurnó la cara con jabón. El joven Belinchón, con la preciosa cabeza

inclinada hacia atrás, esperó radiante de majestad que se le despojase

de la sombra negra que manchaba sus mejillas. Tenía los ojos cerrados

blandamente para mejor percibir los vagos y poéticos pensamientos que

cruzaban por su cerebro. Siempre que volvía de la cuadra traía la cabeza

repleta de ideas. Sus piernas se extendían cruzadas debajo de la mesa, y

sus manos enguantadas pendían de los brazos del sillón con la misma

elegancia que las piernas.

—Fernando—dijo en voz alta el artista que le iba a afeitar llamando a

uno de sus compañeros.

—¿Qué quieres, Cosme?

Este nombre hizo estremecer sin saber por qué a Pablito. Abrió los ojos

y dirigió una larga y ávida mirada al peluquero. No le conocía. Debía de

ser nuevo en el establecimiento. Esto, en vez de tranquilizarle, le

obligó a cambiar de postura varias veces, abandonando por el momento su

habitual majestad y languidez.

—¿Puedes darme la navaja que han vaciado hoy?

—Allá va.

Fernando alargó el brazo y Cosme recogió la navaja. Un vago deseo de

levantarse nació en el espíritu de Pablito. Mas antes de que pudiera

adquirir forma, el peluquero le había cogido por la nariz y comenzaba a

rasparle.

Al cabo de unos instantes en que nuestro joven por debajo de sus largas

pestañas seguía con mirada inquieta los movimientos de la mano del

artista, éste le dijo en voz baja, plegados los labios por una sonrisa

afectada que extendía desmesuradamente su boca:

—Usted es el señorito de Belinchón, ¿verdad?

—Sí—articuló.

—Yo le conozco a usted hace mucho tiempo—manifestó el peluquero con la

misma voz apagada y sin dejar de sonreir.—¡Oh, sí, hace mucho tiempo!

Usted no me conocerá... ¡Claro! los señoritos no acostumbran a fijarse

en nosotros. Le tengo visto muchas veces por ahí a caballo y en coche...

y también a pie. En los bailes de las Escuelas le veo a menudo. Baila

usted muy bien, señorito, ¡muy bien!...

—¡Phs!—profirió Pablito, en quien el deseo de levantarse se había

transformado ya en verdadero anhelo.

—Sí, muy bien... y además tiene gusto para escoger pareja. ¡Caramba qué

muchachas tan guapas se lleva usted siempre, señorito! Hace algunos

meses le veía bailar siempre con una rubia... ¡hasta allí! Es hermana de

un amigo mío... Pero hace ya tiempo que le veo bailar con otra muy

salada que se llama Valentina, ¿verdad? Es una chica muy graciosa...

¡Caramba qué buen ojo tiene usted, señorito!... A esta Valentina la

conozco un poquito... Hemos sido algo amigos en otro tiempo... ¿No le ha

hablado alguna vez de mí... de un tal Cosme?

—No—articuló el joven, en quien comenzaban los síntomas de una

abundante transpiración.

—Pues es extraño, porque éramos bastante amigos... ¡Como que hace tres

meses estábamos para casarnos!... Pero, amigo, vino usted, señorito, y

todo fué rodando.

Cosme había pronunciado estas últimas palabras con voz temblorosa.

Pablito sudaba gotas como avellanas sin sentir calor alguno. Tenía el

mismo temperamento de su glorioso padre, enemigo irreconciliable de las

traiciones y emboscadas.

—Naturalmente, ¿qué había de pasar?—prosiguió el artista en un tono de

voz indefinible, pues no se sabía si quería llorar o reir. Al mismo

tiempo pasaba la navaja con suavidad por la garganta del bizarro mancebo

para despojarle de algunos pelos importunos.—¡Naturalmente! Un señorito

tan principal como usted, ¿cómo no había de derrotar a un pelafustán

como yo? Las chicas, en cuanto uno de ustedes les canta al oído

cualquier cosita, se vuelven locas, aunque la mayor parte de las veces

ustedes lo hacen por divertirse, cuando no para otra cosa peor.

Demasiado se sabe que usted no se ha de casar con Valentina... Usted la

quiere para pasar el rato por las noches con ella en el corredor y hacer

sus escapaditas adentro, ¿verdad? Y después ¡ahí queda eso!... La

verdad, yo quería mucho a esa niña...

La voz del barbero volvió a temblar y la mano también. Pablito no pudo

siquiera hacer otro tanto. Estaba petrificado.

El cuarto poder · 第 16 / 31 段